George Müller de Bristol
El crecimiento de la planta de Dios

Capítulo 11 · 26 min de lectura · 34 min de escucha

El crecimiento de la planta de Dios

EL último gran paso para entrar de lleno en el servicio de toda su vida fue, para el señor Müller, la fundación de la obra de los huérfanos, un paso tan importante y tan destacado que aun los detalles menores que condujeron a él tienen una significación y un atractivo singulares.

En el año 1835, el 20 de noviembre, mientras tomaba el té en casa de una hermana cristiana, volvió a ver un ejemplar de la vida de Francke. Desde hacía bastante tiempo venía pensando en labores semejantes, aunque no en semejante escala ni por mera imitación de Francke, sino bajo la conciencia de una dirección divina parecida. Aquella impresión se había convertido en convicción, y la convicción había florecido en una resolución que ahora maduraba rápidamente en la acción correspondiente. Lo animó a dar este paso adelante, apoyado solo en Dios, el hecho de que en ese mismo momento, en respuesta a la oración, se le habían enviado diez libras más de lo que había pedido para otra obra ya existente, como si Dios le diera una prenda de que estaba dispuesto y pronto a suplir toda necesidad.

Quizá nada sea más digno de imitarse que la manera invariablemente deliberada, escrutadora de sí misma y llena de oración con que emprendía cualquier obra a la que se sentía guiado. Así fue de modo eminente al intentar esta nueva forma de servicio, cuyo crecimiento futuro ni siquiera cabía entonces en su pensamiento. En la oración diaria procuraba, como en la presencia de su Maestro, separar del grano puro de un propósito piadoso de glorificarlo a él toda la paja de los motivos egoístas y carnales, librarse de toda mancha de ambición mundana o de afán de aplauso, y llevar cautivo todo pensamiento al Señor. Sondeaba constantemente su propio corazón para descubrir los impulsos secretos y sutiles que son indignos de un verdadero siervo de Dios; y, creyendo que un hermano de mente espiritual a menudo ayuda a uno a ver dentro de su propio corazón, hablaba con frecuencia de sus planes con el hermano Craik, rogando a Dios que lo usara como medio para poner al descubierto cualquier motivo indigno o para sugerir cualquier objeción bíblica a su proyecto. Siendo su sincero propósito agradar a Dios, anhelaba conocer su propio corazón, y acogía cualquier luz que le revelara su verdadero yo y le evitara un error.

El señor Craik lo animó tan decididamente, y la oración posterior confirmó de tal modo las impresiones anteriores de la dirección de Dios, que el 2 de diciembre de 1835 se dio el primer paso formal al encargar unos carteles impresos que anunciaban una reunión pública para la semana siguiente, en la que se expondría a los hermanos la propuesta de abrir una casa de huérfanos y se buscaría juntos más luz en cuanto a la voluntad del Señor.

Tres días más tarde, leyendo los Salmos, le impresionaron estas palabras: «Abre bien tu boca, y yo la llenaré.» (Salmo 81:10.)

Desde aquel momento este texto llegó a ser uno de los grandes lemas de su vida, y esta promesa se convirtió en una fuerza que moldeó toda su obra. Hasta entonces no había orado pidiendo dinero ni colaboradores, pero ahora fue guiado a aplicar confiadamente esta escritura al nuevo plan y a pedir en seguida, con osadía, un local, mil libras en dinero y colaboradores idóneos que se hicieran cargo de los niños. Dos días después recibió, para el adelanto de su obra, el primer donativo en dinero: un chelín; y al cabo de otros dos días, el primer donativo en mobiliario: un gran ropero.

Llegó el día de la memorable reunión pública: el 9 de diciembre. En el intervalo Satanás había estado ocupado arrojando contra el señor Müller sus dardos de fuego, y él se sentía muy abatido. Iba a dar un paso que no podría desandar sin mucha humillación para sí mismo y sin oprobio para su Maestro: ¡y si fuera un paso en falso y estuviera avanzando sin verdadera dirección de lo alto! Pero en cuanto comenzó a hablar, le fue dada ayuda. Fue sostenido por los Brazos Eternos y tuvo la seguridad de que la obra era del Señor. Evitó cuidadosamente toda apelación a los sentimientos pasajeros de sus oyentes y no hizo ninguna colecta, pues deseaba que todos estos primeros pasos se dieran con calma y que cada asunto se sopesara con cuidado y oración antes de decidir. La excitación de las emociones o los arrebatos de entusiasmo podían oscurecer la visión e impedir una clara comprensión de la mente de Dios. Después de la reunión hubo un donativo voluntario de diez chelines, y una hermana se ofreció para la obra. A la mañana siguiente se imprimió una declaración acerca de la nueva obra de los huérfanos, y el 16 de enero de 1836 apareció una declaración complementaria.*

* Apéndice E. Relato 1:143-146, 148-152, 154, 155.

En cada punto decisivo el señor Müller tiene derecho a explicar sus propias opiniones y acciones; y la obra que ahora emprendía está tan vitalmente unida a toda su vida posterior que merece aquí una mención completa. En cuanto a la casa de huérfanos que se proponía abrir, da tres razones principales para establecerla:

1. Que Dios sea glorificado al proveer los medios de tal manera que se vea que no es cosa vana confiar en él.

2. Que se promueva el bienestar espiritual de niños sin padre ni madre.

3. Que se asegure su bien temporal.

En sus labores pastorales tenía frecuentes recordatorios de que la fe de los hijos de Dios necesitaba mucho ser fortalecida; y anhelaba tener alguna prueba visible que señalar, de que el Padre celestial es el mismo fiel Prometedor y Proveedor de siempre, tan dispuesto como siempre a DEMOSTRAR que es el DIOS VIVO para todos los que ponen en él su confianza, y de que ni aun en la vejez abandona a los que se apoyan solo en él. Recordando la gran bendición que le había llegado a él mismo por medio de la obra de fe de Francke, juzgó que estaba obligado a servir a la Iglesia de Cristo siendo capaz de tomar a Dios por su palabra y apoyarse en ella.

Si él, un hombre pobre, sin pedir a nadie sino a Dios, podía obtener los medios para sostener una casa de huérfanos, se vería que Dios SIGUE SIENDO FIEL y que TODAVÍA ESCUCHA LA ORACIÓN. Aunque la obra de los huérfanos iba a ser una rama del Instituto de Conocimiento Bíblico, solo se aplicarían a ella los fondos que se dieran expresamente con ese fin; y se llevaría adelante solo hasta donde y tan aprisa como el Señor proveyera dinero y colaboradores.

Se proponía recibir solo a niños que hubieran perdido a ambos padres, y admitirlos desde los siete hasta los doce años, aunque más adelante se admitieron huérfanos más pequeños; criar a los varones para un oficio y a las niñas para el servicio doméstico, y darles a todos una educación sencilla que los preparara para la obra de su vida.

Tan pronto como la empresa quedó bien lanzada, el poder y la voluntad del Señor para proveer comenzaron a manifestarse en seguida y cada vez más; y, desde este punto en adelante, el diario es un largo registro de la fe y la súplica del hombre y de la fidelidad y la intervención de Dios. Solo queda señalar los nuevos pasos de avance que marcan el crecimiento de la obra, y los nuevos aprietos que surgen y cómo se resuelven, junto con aquellas cuestiones y crisis desconcertantes que de vez en cuando exigen y reciben una nueva solución divina.

Una de las primeras necesidades era la de colaboradores capaces e idóneos, que solo Dios podía suplir. Para llevar a cabo plenamente sus planes, el señor Müller sentía que debía contar con hombres y mujeres del mismo sentir, que se interesaran sinceramente por el estado de los huérfanos y de la obra. Si un solo Acán pudo perturbar todo el campamento de Israel, y un solo Ananías o una sola Safira, toda la iglesia de Cristo, un solo asistente infiel, sin oración y egoísta resultaría ser no una ayuda sino un estorbo, tanto para la obra misma como para todos sus compañeros de trabajo. Por eso no se dio ningún paso a la ligera. Hasta entonces había esperado pacientemente en Dios, y ahora esperaba recibir de sus manos a sus propios siervos escogidos para unirse a este servicio y darle unidad de plan y de espíritu.

Antes que él clamara, el Señor respondió. Ya el 10 de diciembre un hermano y una hermana se habían ofrecido de buena gana, y el espíritu que los movía se verá en las palabras de su carta:

«Nos ofrecemos para el servicio de la proyectada casa de huérfanos, si se nos considera aptos para ello; también para entregar para su uso todos los muebles, etc., que el Señor nos ha dado; y para hacerlo sin recibir salario alguno, creyendo que, si es la voluntad del Señor emplearnos, él suplirá todo lo que nos falte.»

Siguieron otras entregas semejantes de sí mismos, que probaban que el pueblo de Dios es de buena voluntad en el día de su poder. El que obraba en su siervo así el querer como el hacer envió colaboradores para compartir sus cargas, y hasta el día de hoy ha suplido todas las necesidades semejantes conforme a sus riquezas en gloria. Nunca ha faltado todavía una provisión de colaboradores competentes, alegres y consagrados, aunque la obra se amplió y se extendió con tanta rapidez.

Los donativos con que se sostuvo la obra requieren un repaso aparte, para que queden registradas muchas lecciones de interés. Pero conviene señalar aquí que, entre los primeros donantes, hubo una pobre costurera que trajo la sorprendente suma de cien libras; la singular abnegación y la entrega de todo corazón que mostró hicieron de esta una ofrenda particularmente sagrada y una prenda del favor de Dios. Se percibía un significado en que él escogiera a una pobre costurera enfermiza como instrumento para poner los cimientos de esta gran obra. El que hace todas las cosas según el consejo de su voluntad, pasando por alto a los ricos, poderosos y nobles que son algo en este mundo, escogió una vez más a los pobres, débiles, viles y menospreciados que no son nada, para que ninguna carne se jacte en su presencia.

Para la obra entre los huérfanos hacía falta una casa, y por ella se ofreció una oración definida; y se fijó el 1 de abril de 1836 como fecha para abrir esa casa para niñas huérfanas, como las más desamparadas. El edificio, el n.º 6 de Wilson Street, donde el propio señor Müller había vivido hasta el 25 de marzo, alquilado por un año, se abrió formalmente el 21 de abril, día que se dedicó a la oración y la alabanza. Se informó al público en general de que el camino estaba abierto para recibir a los solicitantes necesitados, y el 18 de mayo se anunció además que se pensaba abrir pronto una segunda casa para niños pequeños, tanto varones como niñas.

Volvamos ahora un poco sobre nuestros pasos para prestar especial atención a un hecho de la experiencia del señor Müller que, en cuanto al tiempo, pertenece a una fecha anterior.

Aunque había presentado al Señor aun los detalles más minuciosos de sus planes para la proyectada obra de los huérfanos, la casa y los colaboradores, pidiendo con fe el edificio y el mobiliario, el dinero para el alquiler y otros gastos, etc., confiesa que ni una sola vez había pedido al Señor que le enviara los huérfanos. Parece una omisión inexplicable; pero lo cierto es que había dado por sentado que habría solicitudes en abundancia. No es fácil imaginar su sorpresa y su pesar cuando llegó el día señalado para recibir las solicitudes, el 3 de febrero, y no se presentó ni una sola. Todo estaba listo excepto los huérfanos. Esto lo llevó a la más profunda humillación delante de Dios. Toda la tarde de aquel día estuvo literalmente postrado sobre su rostro, sondeando su propio corazón para leer sus propios motivos y rogando a Dios que lo examinara y le mostrara su voluntad. Fue llevado tan bajo que de corazón pudo decir que, si así Dios había de ser más glorificado, se regocijaría de que todo su proyecto quedara en nada. Al día siguiente mismo se presentó la primera solicitud de admisión; el 11 de abril comenzaron a admitirse huérfanos; y para el 18 de mayo había en la casa veintiséis, y se esperaban más cada día. Como se presentaron varias solicitudes para niños menores de siete años, se llegó a la conclusión de que, mientras quedaran plazas, no había por qué atenerse al límite de edad fijado al principio; pero cada nuevo paso se dio con cuidado y oración, para que no fuera en la energía de la carne ni en la sabiduría humana, sino en el poder y la sabiduría del Espíritu. ¡Cuán a menudo olvidamos aquella solemne advertencia del Espíritu Santo: que, aun cuando toda nuestra obra no esté en peligro por un comienzo falso, sino bien asentada sobre un fundamento verdadero, podemos por descuido edificar sobre él madera, heno y hojarasca, que serán quemados en la prueba de fuego que ha de probar la obra de cada uno, cuál sea!

Apenas se había abierto la primera casa para niñas cuando quedó allanado el camino para la segunda: se obtuvo un local adecuado en el n.º 1 de la misma calle, y en respuesta a la oración fue dada una directora bien preparada. El 28 de noviembre, unos siete meses después de la apertura de la primera, se abrió esta segunda casa. Algunas de las niñas mayores y más capaces de la primera casa se emplearon en las tareas domésticas de la segunda, en parte para ahorrar servidumbre pagada y en parte para acostumbrarlas a trabajar para otros, dando así la debida dignidad a lo que a veces se desprecia como una forma de servicio degradante y servil. Para el 8 de abril de 1837 había en cada casa treinta niños huérfanos.

El fundador de esta obra de los huérfanos, que al principio había pedido a Dios mil libras, nos dice que en su propia mente la cosa estaba prácticamente hecha, de modo que con frecuencia daba gracias por esta gran suma como si ya la tuviera en la mano. (Marcos 11:24; 1 Juan 5:13, 14.) Este hábito de contar una promesa como ya cumplida tuvo mucho que ver con los triunfos de su fe y el éxito de su labor. Ahora que la primera parte de su Relato de los tratos del Señor estaba a punto de salir de la imprenta, sintió que honraría mucho al Maestro a quien servía que toda la cantidad estuviera realmente en mano antes de que apareciera el Relato, y sin que se hubiera pedido a nadie que contribuyera. Por eso se entregó de nuevo a la oración; y el 15 de junio la suma entera estaba completa, sin que se hubiera hecho otra apelación que al Dios Vivo, ante quien, como registra con su habitual precisión matemática, había presentado diariamente su petición durante dieciocho meses y diez días.

Al cerrar esta parte de su relato insinúa una proyectada ampliación de la obra con una tercera casa para niños huérfanos varones de más de siete años, con capacidad para unos cuarenta. Se interpusieron dificultades, pero, como de costumbre, desaparecieron ante el poder de la oración. Entretanto, toda la obra del Instituto de Conocimiento Bíblico prosperaba: se habían establecido cuatro escuelas diurnas, con más de mil alumnos, y se habían distribuido más de cuatro mil ejemplares de la palabra de Dios.

George Müller tuvo siempre el cuidado de consultar a su conciencia y luego obedecerla. Por eso su sentido moral, mediante un ejercicio saludable, discernía cada vez con más claridad el bien y el mal. Esta escrupulosidad se vio en la publicación de la primera edición de su Relato. Cuando llegaron de la imprenta los primeros quinientos ejemplares, lo abrumaron tanto los recelos que vaciló en distribuirlos. A pesar del espíritu de oración con que había comenzado, continuado y terminado su redacción, y con que había hecho cada corrección de las pruebas; a pesar del motivo, conscientemente acariciado de principio a fin, de que la gloria de Dios fuera promovida en este registro de su fidelidad, volvió a plantearse toda la cuestión de si este Relato publicado no apartaría los ojos de los hombres del gran Maestro Obrero para ponerlos en su instrumento humano. Al abrir la caja que contenía los informes, se sintió fuertemente tentado a retener los folletos que contenía; pero desde el momento en que entregó el primer ejemplar, y ya no podía volverse atrás, sus escrúpulos callaron.

Más tarde vio que sus dudas y recelos habían sido una tentación de Satanás, y desde entonces nunca puso en duda que, al escribir, imprimir y distribuir esta y las siguientes partes del Relato, había hecho la voluntad de Dios. Tan amplio y tan claro fue el sello divino puesto sobre él, en la gran bendición que trajo a muchas personas muy dispersas, que no quedó lugar para la duda. Cabe preguntarse si algún diario semejante ha sido tan ampliamente leído y tan notablemente usado, tanto en la conversión de pecadores como en el avivamiento de los santos. Más adelante aparecerán pruebas abundantes de ello.

Fue en el año 1837 cuando el señor Müller, que entonces cursaba el trigésimo segundo año de su vida, sintió con una convicción cada vez más profunda que, para su propio crecimiento en la gracia, en la piedad y en el poder para el servicio, había dos cosas absolutamente indispensables: primero, más retiro para la comunión secreta con Dios, aun a costa aparente de su obra pública; y segundo, una provisión más amplia para la supervisión espiritual del rebaño de Dios, pues el número total de comulgantes se acercaba ya a cuatrocientos.

La primera de estas convicciones tiene un énfasis que toca la vida de todo creyente en su centro vital. George Müller tenía conciencia de estar demasiado ocupado para orar como debía. Su acción exterior era demasiado constante para la reflexión interior, y vio que corría el peligro de perder la paz y el poder, y que la actividad, aun en la esfera más sagrada, no debe absorber tanto que impida la santa meditación en la Palabra y la súplica ferviente. El Señor dijo primero a Elías: «Ve, ESCÓNDETE»; y luego: «Ve, MUÉSTRATE». El que no se esconde primero en el lugar secreto para estar a solas con Dios no está en condiciones de mostrarse en el lugar público para moverse entre los hombres. Más tarde el señor Müller solía decir a los hermanos que tenían «demasiado que hacer» para dedicar a Dios el tiempo debido, que cuatro horas de trabajo para las que prepara una hora de oración valen más que cinco horas de trabajo sin la oración; que nuestro servicio a nuestro Maestro es más aceptable, y nuestra misión a los hombres más provechosa, cuando están empapados de la humedad de la bendición de Dios, el rocío del Espíritu. Todo lo que se gana en cantidad se pierde en calidad cada vez que un compromiso sigue a otro sin dejar los intervalos debidos para refrescarse y renovar las fuerzas esperando en Dios. Quizá ningún hombre desde John Wesley ha realizado tanto, aun en una vida larga, como George Müller; y sin embargo pocos se han retirado jamás con tanta frecuencia ni por tanto tiempo al pabellón de la oración. De hecho, desde cierto punto de vista su vida parece más entregada a la súplica y a la intercesión que a la mera acción u ocupación entre los hombres.

Al mismo tiempo sentía que el cuidado de las almas no debía descuidarse a causa de su absorción en el trabajo o en la oración. Tanto los creyentes como los interesados necesitaban supervisión pastoral; ni él ni el hermano Craik tenían tiempo suficiente para visitar un rebaño tan grande, muchos de cuyos miembros estaban dispersos por la ciudad; y cada año se añadían unos cincuenta miembros nuevos que tenían especial necesidad de enseñanza y cuidado. Además, como había dos congregaciones separadas, el número de reuniones casi se duplicaba; y las interrupciones de visitantes de cerca y de lejos, el peso de la correspondencia y la supervisión de la obra del Señor en general consumían tanto tiempo que, aun con dos pastores, no se podía atender a las necesidades de la iglesia. En una reunión de ambas congregaciones en octubre, se expusieron francamente estos asuntos a los creyentes, y quedó claro que debían proveerse otros colaboradores y unirse las dos iglesias de modo que disminuyera el número de reuniones separadas.

En octubre de 1837 se consiguió un edificio para una tercera casa de huérfanos, para varones; pero como los vecinos se opusieron fuertemente a que se usara como institución benéfica, el señor Müller, con mansedumbre de espíritu, renunció en seguida a todo derecho sobre el local, recordando la máxima de la Escritura: «En cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres.» (Romanos 12:18.) Estaba seguro de que el Señor proveería, y su fe fue recompensada con la pronta provisión de un edificio en la misma calle donde estaban las otras dos casas.

La debilidad de la carne volvió a probar la fe y la paciencia del señor Müller. Durante ocho semanas se vio apartado del púlpito. La extraña debilidad en la cabeza, que ya había padecido antes y que a veces parecía amenazar su razón, lo obligó a descansar; y en noviembre fue a Bath y a Weston-super-Mare, dejando en Manos más altas la obra para la cual no tenía fuerzas.

Una cosa notó y dejó registrada: que, aun durante este mal de la cabeza, la oración y la lectura de la Biblia se soportaban mejor que cualquier otra cosa. Concluyó que, siempre que se dedica un cuidado excesivo al cuerpo, es muy difícil evitar un descuido excesivo del alma; y que, por tanto, es comparativamente mucho más seguro desatender el cuerpo, para poder entregarse por completo al cultivo de la salud espiritual y al cuidado de la obra del Señor. Aunque algunos piensen que en esto llegó a un extremo fanático, no cabe duda de que esto se convirtió cada vez más en una ley de su vida. Procuraba desechar toda ansiedad, como un deber; y, entre otras preocupaciones ansiosas, esa forma tan sutil y seductora de solicitud que vigila cada cambio de los síntomas y corre tras algún nuevo médico o algún nuevo remedio para todas las dolencias, reales o imaginarias.

El señor Müller nunca fue realmente temerario con su salud corporal. Sus hábitos eran templados y sanos, pero ningún hombre podía estar tan completamente absorto en la voluntad y la obra de su Maestro sin olvidarse en la misma medida de su cuerpo físico. No son pocos, aun entre los santos de Dios, aquellos a quienes sus debilidades y padecimientos corporales absorben de tal modo que su única ocupación parece ser cuidar del cuerpo, mantenerlo vivo y procurar su comodidad. Como habría dicho el doctor Watts, eso es vivir «a este pobre ritmo moribundo».

Cuando comenzó el año 1838, la debilidad y el malestar en la cabeza todavía afligían al señor Müller. Los síntomas eran tan malos como siempre, y le resultaba especialmente penoso que fueran acompañados de una tendencia a la irritabilidad de carácter, y aun de una especie de sentimiento satánico, del todo ajeno a él en otros momentos. A menudo se le recordaba que por naturaleza era hijo de ira, lo mismo que los demás, y que, como hijo de Dios, solo podía estar firme contra las asechanzas del diablo vistiéndose de toda la armadura de Dios. El pabellón de Dios es el lugar de descanso del santo; la panoplia de Dios es su cota de malla. La gracia no quita ni vence de una vez todas las tendencias al mal, pero, si no son erradicadas, son contrarrestadas por la obra maravillosa del Espíritu. Pedro comprobó que mientras tenía los ojos puestos en su Maestro podía andar sobre el agua. Siempre hay una tendencia a hundirse, y un andar santo con Dios, que desafía esa tendencia hacia abajo, es un arte divino que no puede aprenderse ni practicarse sino mientras seguimos «puestos los ojos en Jesús»: esa mirada de fe contrarresta la tendencia natural a hundirse, mientras mantiene el alma estrechamente unida a él. Este hombre de Dios sentía su peligro y, por dura que fuera para él esta prueba, no oraba tanto para que se la quitara como para ser guardado de cualquier deshonra abierta al nombre del Señor, suplicando a Dios que antes muriera que traer jamás oprobio sobre él.

El diario del señor Müller no es solo un registro de su vida exterior de labor consagrada y de su expansión, sino un espejo de su vida interior y de su crecimiento. Es un estímulo para todos los demás santos descubrir que este crecimiento se produjo, como el suyo propio, a pesar de muchos y formidables obstáculos sobre los cuales solo la gracia podía triunfar. Junto a vislumbres de una escrupulosidad habitual y de gozo en Dios, encontramos revelaciones de épocas de frialdad y desaliento. Es una saludable lección de vida santa ver a este hombre dedicarse a la tarea deliberada de cultivar la obediencia y la gratitud; creciendo, por el cultivo de la obediencia, en conocimiento y fuerza, y, por el cultivo de la gratitud, en acción de gracias y amor. La debilidad y la frialdad no son estados sin esperanza: tienen sus remedios divinos, que fortalecen y dan calor a todo el ser.

Tres anotaciones, que se encuentran una junto a otra en su diario, ofrecen una ilustración oportuna y una instrucción muy saludable sobre este punto. Una anotación registra su profundo agradecimiento a Dios por el privilegio de que se le permitiera ser su instrumento para proveer a huérfanos sin hogar, mientras contempla a las niñas, vestidas con ropas limpias y abrigadas, pasar ante su ventana camino de la capilla el domingo por la mañana. Una segunda anotación registra su determinación, con la ayuda de Dios, de no enviar más cartas dentro de paquetes, porque ve que es una violación de las leyes postales del país, y porque desea, como discípulo del Señor Jesús, someterse a todas las leyes humanas en la medida en que tal sumisión no entre en conflicto con la lealtad a Dios. Inmediatamente sigue una tercera anotación que revela a este mismo hombre luchando contra aquellas tendencias innatas al mal que obligan a recurrir continuamente al trono de la gracia y a su compasivo Sumo Sacerdote. «Esta mañana —escribe— deshonré mucho al Señor con la irritabilidad que mostré hacia mi querida esposa; y eso, casi inmediatamente después de haber estado de rodillas delante de Dios, alabándolo por haberme dado una esposa así.»

Estas tres anotaciones, puestas juntas, transmiten una lección que no se aprende de ninguna de ellas por separado. Aquí hay gratitud por la misericordia divina, la resolución concienzuda de abandonar en seguida una práctica dudosa, y la confesión de una incoherencia en su vida doméstica. Todas ellas son experiencias típicas y nos sugieren medios de crecimiento en la gracia. El que no deja escapar ninguna misericordia de Dios sin reconocerla con gratitud, el que nunca vacila en abandonar en seguida una práctica mala o dudosa, y el que, en lugar de atenuar un pecado porque es comparativamente pequeño, lo confiesa y lo abandona sin demora, un hombre así crecerá sin duda en semejanza a Cristo.

Debemos ejercitar nuestros sentidos espirituales si hemos de discernir las cosas espirituales. Hay una visión clara para la bondad de Dios, y hay un ojo apagado que ve poco por lo que dar gracias; hay una conciencia sensible, y hay un sentido moral que se vuelve cada vez menos sensible al mal; hay una obediencia a la reprensión del Espíritu que lleva a la confesión inmediata y aumenta la fuerza para cada nuevo conflicto. El señor Müller cultivó hábitos de vida que hicieron que toda su naturaleza estuviera cada vez más abierta a la impresión divina, y así su sentido de Dios se volvió cada vez más agudo y constante.

Uno de los grandes resultados de este cultivo espiritual fue una creciente absorción en Dios y un celo por su gloria. A medida que veía con más claridad las cosas divinas y sentía su suprema importancia, se entregaba por entero a engrandecerlas ante los hombres; y esto es glorificar a Dios. No podemos hacer a Dios esencialmente más glorioso, pues es infinitamente perfecto; pero podemos ayudar a los hombres a ver qué Dios tan glorioso es, y entrar así en esa santa asociación con el Espíritu de Dios, cuyo oficio es tomar de las cosas de Cristo y mostrarlas a los hombres, y glorificar así a Cristo. Esa comunión en la glorificación de Dios se propuso el señor Müller; y a la luz de tal aspiración santificada podemos leer aquella humilde anotación en la que, repasando el año 1837 con todo su peso de responsabilidad creciente, eleva su corazón a su divino Señor y Maestro con estas sencillas palabras:

«Señor, tu siervo es un hombre pobre; pero ha confiado en ti y se ha gloriado en ti delante de los hijos de los hombres; ¡por tanto, no permitas que sea confundido! Que no se diga: “Todo esto es entusiasmo, y por eso ha venido a parar en nada.”»

Uno recuerda a Moisés en su intercesión por Israel, a Elías en su gran celo por el Señor de los ejércitos, y aquella oración de Jeremías que tanto nos asombra por su osadía:

«¡No nos deseches por amor de tu nombre! ¡No deshonres el trono de tu gloria!»*

* Comp. Números 14:13-19; 1 Reyes 19:10; Jeremías 14:21.

Al repasar el crecimiento de la obra a finales del año 1837, deja constancia de los siguientes hechos y cifras:

Había ya abiertas tres casas de huérfanos con ochenta y un niños, y nueve colaboradores a cargo de ellos. En las escuelas dominicales había trescientos veinte, y en las escuelas diurnas trescientos cincuenta; y el Señor había provisto más de trescientas siete libras para las necesidades temporales.

Desde este mismo punto de vista puede ser bueno echar una mirada atrás a los cinco años de labor en Bristol hasta julio de 1837. Entre él y el hermano Craik había existido una armonía ininterrumpida desde el principio. Habían estado perfectamente de acuerdo en su manera de ver la verdad, en su testimonio de la verdad y en su juicio sobre todos los asuntos que afectaban a los creyentes sobre los cuales el Espíritu Santo los había puesto por obispos. Bajo su cuidado pastoral conjunto, los hijos de Dios habían sido guardados de la herejía y del cisma; y todas estas bendiciones el señor Müller y su fiel compañero de yugo las atribuían humildemente a la misericordia y la gracia del gran Pastor y Obispo de las almas. Hasta entonces más de ciento setenta se habían convertido y habían sido admitidos a la comunión, lo que elevaba el número total de comulgantes a trescientos setenta, repartidos casi por igual entre Bethesda y Gideon. Toda la historia de estos años está iluminada por la luz del sol de la sonrisa y la bendición de Dios.

Página 1 / 1 · 26 min restantes en el capítulo
Anterior Siguiente