Capítulo 10 · 23 min de lectura · 29 min de escucha
Un árbol que Dios mismo plantó
HABÍA llegado ya plenamente el tiempo en que el divino Labrador iba a glorificarse por medio de un fruto de su propia labranza en el suelo de Bristol.
El 20 de febrero de 1834, George Müller fue guiado por Dios a sembrar la semilla de lo que con el tiempo llegó a ser un gran medio de bien, conocido como «Instituto de Conocimiento Bíblico (para el País y el Extranjero)». Como en todos los demás pasos de su vida, esto fue fruto de mucha oración, de meditación en la Palabra, de examen de su propio corazón y de una paciente espera hasta conocer la mente de Dios.
Será útil en este punto una breve exposición de las razones para fundar tal institución y de los principios sobre los que se basó. Fueron motivos de conciencia los que llevaron al señor Müller y al señor Craik a comenzar una obra nueva en lugar de unirse a las sociedades ya establecidas con fines misioneros, para la distribución de Biblias y tratados y para el fomento de escuelas cristianas. Así como habían procurado conformar por completo su vida personal y la conducta de la iglesia al modelo bíblico, sentían que toda obra para Dios debía llevarse a cabo cuidadosamente en exacta conformidad con su voluntad conocida, a fin de recibir su más plena bendición. Muchos rasgos de las sociedades existentes les parecían ajenos a la Escritura, si no decididamente contrarios a ella, y se sentían obligados a evitarlos.
Por ejemplo, consideraban que el fin propuesto por tales organizaciones, a saber, la conversión del mundo en esta dispensación, no estaba justificado por la Palabra, que en todas partes presenta esta época como la del recogimiento de la iglesia sacada del mundo, y no la de la incorporación del mundo a la iglesia. Proponerse como meta la conversión del mundo no solo carecería, por tanto, de respaldo bíblico, sino que sería engañoso y decepcionante: desalentaría a los siervos de Dios al no ver realizado el resultado, y deshonraría a Dios mismo al hacerlo parecer infiel.
Además, al señor Müller y al señor Craik les parecía que estas sociedades existentes mantenían una relación equivocada con el mundo: mezcladas con él, en lugar de separadas de él. Cualquiera que pagara cierta suma fija de dinero podía llegar a ser miembro, o incluso director, con voz o voto en la dirección de los asuntos y con derecho a ocupar cargos. Para recaudar dinero, se empleaban comúnmente medios contrarios a la Escritura, como pedir ayuda a personas inconversas o solicitar donativos solo por el dinero mismo, sin tener en cuenta el carácter de los donantes ni la manera en que se había obtenido el dinero. La costumbre de buscar el patrocinio de hombres del mundo y de pedirles que presidieran reuniones públicas, y el hábito de contraer deudas,: estos y algunos otros métodos de administración les parecían tan contrarios a la Escritura y tan poco espirituales que los fundadores de esta nueva institución no podían, con buena conciencia, darles su aprobación. Por eso esperaban que, al basar su obra en principios plenamente bíblicos, pudieran obtener muchos resultados benditos.
Ante todo, creían con confianza que la obra del Señor podía llevarse a cabo mejor y con más éxito dentro de los linderos y límites establecidos en su palabra, y que el hecho mismo de llevarla así a cabo daría denuedo en la oración y confianza en el trabajo. Pero también deseaban que la obra misma fuera un testimonio del Dios vivo y un testimonio para los creyentes, llamando la atención sobre los métodos censurables ya en uso y animando a todos los verdaderos siervos de Dios a adherirse a los principios y prácticas que él ha sancionado.
El 5 de marzo, en una reunión pública, el anuncio formal de la intención de fundar tal institución fue acompañado de una exposición completa de sus propósitos y principios,* que en sustancia fue la siguiente:
* Apéndice D. Diario I. 107-113.
1. Es deber y privilegio de todo creyente ayudar a la causa y la obra de Cristo.
2. No se ha de buscar el patrocinio del mundo, ni depender de él, ni consentirlo.
3. No se ha de pedir ni buscar ayuda económica, ni ayuda para administrar o llevar adelante sus asuntos, de quienes no son creyentes.
4. No se han de contraer ni permitir deudas por ningún motivo en la obra del Señor.
5. La medida del éxito no ha de ser numérica ni económica.
6. Se ha de evitar toda transigencia con la verdad y toda medida que menoscabe el testimonio de Dios.
Así se aceptó la palabra de Dios como consejera, y toda la dependencia estaba puesta en la bendición de Dios en respuesta a la oración.
Asimismo, se anunciaron los objetivos de la institución, que eran los siguientes:
1. Establecer o ayudar escuelas diurnas, escuelas dominicales y escuelas para adultos, dirigidas y atendidas solo por creyentes y sobre principios plenamente bíblicos.
2. Hacer circular las Santas Escrituras, completas o en porciones, por el territorio más amplio posible.
3. Ayudar a los esfuerzos misioneros y asistir a los obreros de la viña del Señor, en cualquier lugar, que trabajen sobre una base bíblica y miren solo al Señor para su sostenimiento.
Proyectar una obra así, a tal escala y en tal momento, era doblemente un acto de fe; porque no solo la obra que ya tenían entre manos bastaba para absorber todo el tiempo y las fuerzas disponibles, sino que en ese mismo momento aparece esta anotación en el diario del señor Müller: «Solo nos queda un chelín». ¡Sin duda no se habría dado ningún paso adelante si los ojos no se hubieran vuelto, no hacia la bolsa vacía, sino hacia el tesoro lleno e inagotable de un Señor rico y generoso!
Era claramente el propósito de Dios que, de tal abundancia de pobreza, se manifestaran las riquezas de su generosidad. Agradó a aquel de quien y por quien son todas las cosas que la obra comenzara cuando sus siervos eran más pobres y más débiles, para que su crecimiento hasta proporciones tan gigantescas demostrara aún más que era una planta plantada por su propia diestra, y para que en toda su historia se cumpliera su palabra:
«Yo, el Señor, la guardo; cada momento la regaré; para que nadie la dañe, la guardaré de noche y de día» (Isaías 27:3).
Piénsese lo que se quiera sobre la necesidad de tal organización nueva, o sobre los escrúpulos que movieron a sus fundadores a insistir, aun en asuntos menores, en la más estrecha fidelidad a la enseñanza de la Escritura, al menos esto es evidente: que durante más de medio siglo se ha mantenido sobre su fundamento original, y que su crecimiento y su utilidad han superado los sueños más entusiastas de sus fundadores; y nunca se han abandonado los principios declarados al principio. Con el Dios vivo como su único patrocinador y la oración como su único llamamiento, ha alcanzado vastas proporciones, y su obra mundial ha sido señaladamente reconocida y bendecida.
El 19 de marzo la señora Müller dio a luz un hijo, para gran gozo de sus padres; y, tras mucha oración, le pusieron por nombre Elijah —«Mi Dios es Jah»—, nombre que era en sí mismo uno de los lemas de la vida de George Müller. Hasta entonces las familias del señor Müller y del señor Craik habían vivido bajo un mismo techo, pero desde ese momento se juzgó prudente que tuvieran alojamientos separados.
Cuando, al cierre de 1834, se echó la acostumbrada mirada retrospectiva a la dirección y los tratos del Señor, el señor Müller reconoció con gratitud la bondad divina que lo había ayudado a poner en marcha la obra con sus diversos departamentos. Mirando solo al Señor en busca de luz y ayuda, había puesto la piedra angular de esta «pequeña institución»; y en octubre, tras solo siete meses de existencia, ya había comenzado a afianzarse. En la escuela dominical había ciento veinte niños; en las clases de adultos, cuarenta; en las cuatro escuelas diurnas, doscientos nueve niños y niñas; se habían puesto en circulación cuatrocientas ochenta y dos Biblias y quinientos veinte Nuevos Testamentos, y se habían gastado cincuenta y siete libras en ayuda de la obra misionera. Durante estos siete meses el Señor había enviado, en respuesta a la oración, más de ciento sesenta y siete libras en dinero, y mucha bendición sobre la obra misma. Los hermanos y hermanas que estaban a cargo habían sido dados igualmente por el mismo Dios que oye la oración, en respuesta directa al clamor de la necesidad y a la súplica de la fe.
Entretanto, otro objetivo iba cobrando mayor relieve en la mente y el corazón del señor Müller: era la idea de hacer alguna provisión permanente para los niños sin padre ni madre.
Un niño huérfano que había asistido a la escuela había sido llevado al asilo de pobres, pues la extrema pobreza ya no le permitía asistir; y este pequeño incidente movió al señor Müller a pensar y a orar acerca de los huérfanos. ¿No podría hacerse algo para atender las necesidades materiales y espirituales de esta clase de niños tan pobres? Sin que él mismo lo supiera, Dios había puesto una semilla en su alma, y la estaba vigilando y regando. La idea de una obra definida en favor de los huérfanos había echado raíces en él y, como cualquier otro germen vivo, brotaba y crecía sin que él supiera cómo. Por ahora solo era hierba, pero con el tiempo vendría la espiga, y después el grano lleno en la espiga, la nueva semilla de una cosecha mayor.
Entretanto, la iglesia crecía. En estos dos años y medio se habían añadido más de doscientos, con lo que el total de miembros llegaba a doscientos cincuenta y siete; pero el ensanchamiento de la obra en general no hizo que se descuidara la vida de la iglesia ni que decayera ningún ramo del deber, hecho muy digno de notarse en esta historia.
El punto al que hemos llegado ahora es de doble interés e importancia, pues es a la vez punto de llegada y de partida. La obra del siervo escogido de Dios puede considerarse inaugurada, si no del todo, sí en buena medida, en todas sus formas principales de servicio. Él mismo está en su trigésimo año, la edad en que su divino Maestro comenzó a manifestarse plenamente al mundo y a andar haciendo bienes. Por los pasos y etapas preparatorios que conducían a su misión y ministerio completos para la iglesia y el mundo, ha sido llevado también el humilde discípulo de Cristo, y comienza ahora su carrera más plena de utilidad, con los diversos instrumentos en marcha por medio de los cuales, durante más de sesenta años, habría de dar prueba y ejemplo de lo que Dios puede hacer por medio de un hombre dispuesto a ser sencillamente el instrumento con el que él obre. Nada hay más marcado en George Müller, hasta el día mismo de su muerte, que esto: que de tal modo miraba a Dios y se apoyaba en Dios que se sentía a sí mismo nada, y a Dios todo. Procuró estar siempre y en todo rendido, como herramienta pasiva, a la voluntad y la mano del Maestro Artífice.
Este punto de llegada y de partida es también un punto de perspectiva. Deteniéndonos aquí y mirando atrás, podemos abarcar de un vistazo los diversos pasos y etapas sucesivos de preparación con los que el Señor había dispuesto a su siervo para la esfera de servicio a la que lo llamó y para la cual lo capacitó. Basta, desde esta altura, recorrer con la mirada los diez años transcurridos para ver, fuera de toda discusión o duda, el designio divino que había detrás de la vida de George Müller, y para sentir reverencia ante el Dios que así escoge y forma, y luego usa, sus vasos de servicio.
Convendrá, aunque suponga alguna repetición, pasar revista a los pasos más importantes del proceso por el cual el divino Alfarero había formado su vaso para su propósito, educando y preparando a George Müller para su obra.
1. Ante todo, su conversión. De la manera más imprevista y en el momento más inesperado, Dios lo llevó a apartarse del error de su camino y lo condujo al conocimiento salvador de Jesucristo.
2. Luego, su espíritu misionero. Se encendió en él esa llama consumidora que, avivada por el Espíritu y alimentada con el combustible de los hechos, inclina al servicio desinteresado y dispone a uno a ir adondequiera y a hacer cualquier cosa que el Señor quiera.
3. Luego, su renuncia a sí mismo. En más de una ocasión se le capacitó para renunciar, por amor de Cristo, a un apego terrenal que era idolátrico, porque estorbaba su plena obediencia y su lealtad sin doblez a su Maestro celestial.
4. Después, su costumbre de pedir consejo a Dios. Al principio de su vida cristiana adquirió el hábito, en lo grande y en lo pequeño, de averiguar la voluntad del Señor antes de actuar, pidiendo dirección en todo asunto por medio de la Palabra y del Espíritu.
5. Su carácter humilde y como de niño. El Padre atrajo hacia sí a su hijo, impartiéndole la mente sencilla que pide con fe y confía con seguridad, y el espíritu filial que se somete al consejo y la dirección paternos.
6. Su método de predicación. Bajo esta misma enseñanza divina aprendió temprano a predicar la Palabra en sencilla dependencia del Espíritu de Dios, estudiando las Escrituras en los idiomas originales y exponiéndolas sin sabiduría de palabras.
7. Su desprendimiento del hombre. Paso a paso abandonó toda dependencia del hombre y todo llamamiento al hombre para su sostenimiento económico, junto con todo préstamo, toda deuda, todo salario fijo, etc. Sus ojos se volvieron solo a Dios como Proveedor.
8. Su satisfacción en la Palabra. A medida que crecía su conocimiento de las Escrituras, aumentaba su amor por los oráculos divinos, hasta que todos los demás libros, aun los de índole religiosa, perdieron su encanto en comparación con el libro de texto de Dios mismo, explicado e iluminado por el divino Intérprete.
9. Su estudio profundo de la Biblia. Pocos jóvenes han sido llevados jamás a una búsqueda tan sistemática en los tesoros de la verdad de Dios. Leyó el Libro de Dios de principio a fin una y otra vez, grabando sus enseñanzas en su mente por la meditación y traduciéndolas en práctica.
10. Su libertad del control humano. Sintió la necesidad de ser independiente del hombre para depender por completo de Dios, y rompió con valentía todas las ataduras que estorbaban su libertad para predicar, para enseñar o para seguir al Guía celestial y servir al Maestro celestial.
11. Su aprovechamiento de las oportunidades. Sentía el valor de las almas, y adquirió el hábito de abordar a otros en cuanto a la salvación, aun en los transportes públicos. Con una palabra de testimonio, un tratado, un ejemplo humilde, procuraba constantemente llevar a alguien a Cristo.
12. Su liberación de las obligaciones civiles. Esto fue puramente providencial. De una manera extraña, Dios lo libró de toda obligación de servicio militar y lo dejó libre para seguir su llamamiento celestial como soldado suyo, sin enredarse en los negocios de esta vida.
13. Sus compañeros de servicio. Dios le proveyó dos colaboradores de lo más eficaces: primero, su hermano Craik, tan de su mismo sentir; y segundo, su esposa, don de Dios de manera tan singular; y ambos resultaron de gran ayuda en el trabajo y en llevar las cargas de la responsabilidad.
14. Su visión de la venida del Señor. Dio gracias a Dios por haberle desvelado esa gran verdad, que él consideraba no inferior a ninguna otra en su influencia sobre su piedad y su utilidad; y a su luz vio con claridad que el propósito de esta era del evangelio no es convertir al mundo, sino llamar de él a una iglesia creyente como esposa de Cristo.
15. Su espera en Dios para recibir un mensaje. Para cada nueva ocasión le pedía una palabra a su tiempo; luego, la manera de tratarla y la unción al pronunciarla; y con sencillez y sinceridad piadosas, con demostración del Espíritu, procuraba alcanzar a los oyentes.
16. Su sumisión a la autoridad de la Palabra. A la luz de los santos oráculos revisó todas las costumbres, por antiguas que fueran, y todas las tradiciones de los hombres, por populares que fueran; sometió todas las opiniones y prácticas a la prueba de la Escritura y luego, sin importarle las consecuencias, anduvo conforme a toda nueva luz que Dios le daba.
17. Su modelo de vida de iglesia. Desde que entró en la obra pastoral, procuró guiar a otros solo siguiendo él mismo al Pastor y Obispo de las almas. Instó a la asamblea de creyentes a conformarse en todo a los modelos del Nuevo Testamento en la medida en que pudieran hallarse claramente en la Palabra, y a reformar así todos los abusos existentes.
18. Su insistencia en las ofrendas voluntarias. Mientras renunciaba con valor a todo salario fijo para sí, enseñaba que toda la obra de Dios debía sostenerse con las dádivas voluntarias de los creyentes, y que el alquiler de los bancos fomenta distinciones odiosas entre los santos.
19. Su renuncia a todas las posesiones terrenales. Tanto él como su esposa vendieron literalmente todo lo que tenían y dieron limosna, para vivir desde entonces al día, sin atesorar dinero ni siquiera previendo un tiempo de necesidad futura, enfermedad, vejez o cualquier otra posible crisis de escasez.
20. Su hábito de oración en secreto. Aprendió a estimar tanto la comunión con Dios en el aposento que llegó a considerarla su deber y privilegio más alto. Para él nada podía compensar la falta o la pérdida de esa comunión con Dios y de la meditación en su palabra que son el sostén de toda vida espiritual.
21. Su celo por su testimonio. Al hacerse cargo de una congregación, tuvo cuidado de protegerse de toda posible interferencia en la plenitud y libertad de su palabra y de su servicio. No podía tolerar restricción alguna sobre su palabra o su acción que pudiera comprometer su lealtad al Señor o su fidelidad a los hombres.
22. Su organización de la obra. Dios lo llevó a proyectar un plan que abarcaba varios departamentos de santa actividad, como la difusión del conocimiento de la palabra de Dios por todas partes, el fomento de la evangelización mundial y la educación cristiana de los jóvenes; y a guardar la nueva Institución de toda dependencia del patrocinio, los métodos o los llamamientos del mundo.
23. Su compasión por los huérfanos. Su corazón amoroso se había conmovido ante la pobreza y la miseria dondequiera que estuvieran, pero especialmente en el caso de los niños desamparados privados de ambos padres; y su familiaridad con la obra de Francke en Halle le sugirió una obra semejante en Bristol.
24. Además de todos estos pasos de preparación, el Señor lo había guiado desde su tierra natal en Prusia a Londres, Teignmouth y Bristol, en Gran Bretaña; y así el vaso escogido, formado para su gran uso, había sido llevado por la misma Mano divina al lugar exacto donde había de prestar tan señalado servicio como testimonio del Dios vivo.
Ciertamente ningún observador imparcial puede contemplar este curso de disciplina y preparación divinas, y recordar cuán breve fue el período que abarca, menos de diez años, y notar los muchos pasos definidos por los que esta educación para una vida de servicio llegó a ser singularmente completa, sin un sentimiento de asombro y reverencia. Cada rasgo destacado que después había de aparecer de forma notoria en la carrera de este siervo de Dios quedó anticipado en la formación con la que fue capacitado para su obra e introducido en ella. ¡Hemos tenido una vívida visión del divino Alfarero sentado a su rueda, tomando el barro en sus manos, ablandando su dureza, sometiéndolo a su propia voluntad; luego, poco a poco y con destreza, formando con él el vaso de barro; después, cociéndolo en su horno de disciplina hasta que alcanzó la solidez y firmeza necesarias; luego, llenándolo con los ricos tesoros de su palabra y su Espíritu; y finalmente, colocándolo donde quería que sirviera a sus usos especiales, transmitiendo a otros la excelencia de su poder!
Perder de vista esta Mano soberana que forma es perder una de las principales lecciones que Dios quiere enseñarnos por medio de toda la carrera de George Müller. Él mismo veía y sentía que no era más que un vaso de barro; que Dios lo había escogido y llenado para la obra que había de hacer; y, si bien esta convicción lo hacía feliz en su obra, lo hacía también humilde, y cuanto más envejecía, más humilde se volvía. Sentía cada vez más su total insuficiencia. Le dolía que los ojos humanos se apartaran alguna vez del Maestro para fijarse en el siervo, y procuraba continuamente desviar las miradas de sí mismo hacia Dios solo. «Porque de él, y por él, y para él son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén».
Hay varios episodios importantes en la historia del señor Müller que pueden pasarse por alto ligeramente, porque no son tan característicos de él que no hubieran podido ser comunes a muchos otros, y por tanto no constituyen rasgos que distingan esta vida de las demás hasta el punto de convertirla en una lección especial para los creyentes.
Por ejemplo, a comienzos de 1835 hizo una visita a Alemania con un encargo particular. Fue para ayudar al señor Groves, que había venido de las Indias Orientales en busca de nuevos misioneros y que le pidió ayuda, como a quien conocía el idioma del país, para presentar los derechos de la India ante los hermanos alemanes e interceder por sus millones de inconversos.
Cuando el señor Müller fue a la oficina de extranjeros de Londres para obtener un pasaporte, descubrió que, por ignorancia, había infringido la ley que exigía a todo extranjero renovar semestralmente su certificado de residencia, so pena de una multa de cincuenta libras o de prisión. Confesó al funcionario su incumplimiento, excusándose solo por su ignorancia, y confió todas las consecuencias a Dios, quien en su gracia inclinó al funcionario a pasar por alto su falta. Otro obstáculo que todavía impedía obtener el pasaporte fue también quitado en respuesta a la oración; de modo que desde el principio quedó muy impresionado por la aprobación del Señor a su empresa.
Su estancia en el extranjero duró casi dos meses, durante los cuales estuvo en París, Strasburg, Basle, Tubingen, Wurtemberg, Schaffhausen, Stuttgart, Halle, Sandersleben, Aschersleben, Heimersleben, Halberstadt y Hamburgo. En Halle visitó al Dr. Tholuck tras siete años de separación, y fue recibido calurosamente y obligado a alojarse en su casa. Del Dr. Tholuck oyó muchos relatos gratos sobre antiguos condiscípulos que se habían vuelto al Señor desde sendas impías, o que habían sido fortalecidos en su fe y devoción cristianas. Visitó también las casas de huérfanos de Francke, y pasó una velada en la misma habitación donde la obra de gracia de Dios había comenzado en su corazón, y se encontró de nuevo con varios de aquel mismo pequeño grupo de creyentes que en aquellos días oraban juntos.
Asimismo dio en todas partes fiel testimonio del Señor. Estando en casa de su padre, se le abrió el camino para dar testimonio indirectamente a su padre y a su hermano. Había comprobado que abordar directamente a su padre sobre la salvación de su alma solo despertaba su ira, y por ello juzgó más prudente abstenerse de un proceder que solo alejaría a quien deseaba ganar. Un amigo inconverso de su padre lo visitaba por entonces, y ante él expuso la verdad con toda franqueza y plenitud, en presencia de su padre y de su hermano, dándoles así testimonio también a ellos con igual eficacia. Pero se sintió movido especialmente a orar para poder dar testimonio en su hogar con toda su vida, manifestando su amor por los suyos y su propio gozo en Dios, su satisfacción en Cristo y su total indiferencia hacia todos los antiguos atractivos de una vida mundana y pecaminosa, por la suprema atracción que hallaba en él; porque estaba seguro de que esto tendría mucha más influencia que meras palabras: nuestro andar cuenta más que nuestro hablar, siempre.
El efecto fue de lo más feliz. Dios ayudó de tal modo al hijo a vivir delante del padre que, poco antes de su partida hacia Inglaterra, este le dijo: «¡Hijo mío, que Dios me ayude a seguir tu ejemplo y a obrar conforme a lo que me has dicho!».
El 22 de junio de 1835 murió el suegro del señor Müller, el señor Groves; sus dos hijos estaban muy enfermos, y cuatro días después se llevó el Señor al pequeño Elijah. Ambos padres habían sido singularmente preparados para estas pérdidas y fueron sostenidos por Dios. No habían sentido libertad para orar por la recuperación del niño, por querido que les fuera; y abuelo y nieto fueron sepultados en una misma tumba. En adelante, el señor y la señora Müller no habían de tener ningún hijo varón, y Lydia había de seguir siendo su única hija.
Hacia mediados del mes siguiente, el señor Müller quedó del todo incapacitado para trabajar por una debilidad del pecho que hizo necesarios el reposo y un cambio de aires. El Señor proveyó con ternura a su necesidad por medio de personas cuyo corazón tocó, llevándolas a ofrecerles hospitalidad a él y a su esposa en la isla de Wight, mientras que al mismo tiempo se le enviaba dinero destinado a «un cambio de aires». En su trigésimo cumpleaños, en relación con una comunión con Dios especialmente refrescante, y por primera vez desde su enfermedad, se le concedió un espíritu de oración creyente por su propia recuperación; y sus fuerzas crecieron tan rápidamente que a mediados de octubre estaba de vuelta en Bristol.
Fue poco antes de esto, el día nueve de ese mismo mes, cuando la lectura de la Vida de John Newton lo movió a dar un testimonio semejante de los tratos del Señor con él. Verdaderamente no hay cosas pequeñas en nuestra vida, pues lo que parece trivial puede ser el medio de producir resultados de gran trascendencia. Es la segunda vez que la lectura casual de un libro resultaba un punto de inflexión para George Müller. La vida de Francke movió su corazón a comenzar una obra con los huérfanos, y la vida de Newton le sugirió el relato de los tratos del Señor. A lo que se llama una casualidad se deben, bajo Dios, esas páginas del diario de su vida que se leen como nuevos capítulos de los Hechos de los Apóstoles, y que todavía serán tan ampliamente leídas y tan abundantemente usadas por Dios.
Capítulo 10 completado
Un árbol que Dios mismo plantó