Capítulo 32 · 1 min de lectura · 1 min de escucha
Somos justificados no por nuestras propias obras, sino por la fe
Quien considere con sinceridad cada cosa en particular reconocerá la grandeza de los dones que fueron concedidos por medio de él. Porque de él proceden los sacerdotes y todos los levitas que ministran en el altar de Dios. De él también [descendió] nuestro Señor Jesucristo según la carne. De él [surgieron] reyes, príncipes y gobernantes del linaje de Judá. Tampoco sus demás tribus gozan de poca gloria, puesto que Dios había prometido: «Tu descendencia será como las estrellas del cielo». Todos estos, pues, fueron grandemente honrados y engrandecidos, no por sí mismos, ni por sus propias obras, ni por la justicia que practicaron, sino por la acción de su voluntad. Y nosotros también, llamados por su voluntad en Cristo Jesús, no somos justificados por nosotros mismos, ni por nuestra propia sabiduría, entendimiento o piedad, ni por las obras que hayamos hecho en santidad de corazón, sino por aquella fe por la cual, desde el principio, Dios todopoderoso ha justificado a todos los hombres; a él sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
Capítulo 32 completado
Somos justificados no por nuestras propias obras, sino por la fe