Capítulo 30 · 1 min de lectura · 1 min de escucha
Hagamos lo que agrada a Dios
Siendo, pues, porción del Santo, hagamos todo lo que pertenece a la santidad, huyendo de toda maledicencia, de todo abrazo abominable e impuro, así como de toda embriaguez, del afán de novedades, de toda concupiscencia abominable, del detestable adulterio y de la execrable soberbia. «Porque Dios», dice [la Escritura], «resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes». Unámonos, pues, a aquellos a quienes Dios ha dado su gracia. Revistámonos de concordia y humildad, ejercitando siempre el dominio propio, manteniéndonos lejos de toda murmuración y maledicencia, justificados por nuestras obras y no por nuestras palabras. Porque [la Escritura] dice: «El que mucho habla, también oirá mucho en respuesta. ¿Y el que es pronto en hablar se tiene por justo? Bienaventurado el nacido de mujer, que vive poco tiempo: no te des a hablar mucho». Que nuestra alabanza esté en Dios, y no venga de nosotros mismos; porque Dios aborrece a los que se alaban a sí mismos. Que otros den testimonio de nuestras buenas obras, como sucedió con nuestros justos antepasados. La osadía, la arrogancia y la audacia son propias de los malditos de Dios; pero la moderación, la humildad y la mansedumbre, de los que son bendecidos por él.
Capítulo 30 completado
Hagamos lo que agrada a Dios