Capítulo 20 · 2 min de lectura · 2 min de escucha
La paz y la armonía del universo
Los cielos, girando bajo su gobierno, le están sujetos en paz. El día y la noche recorren el curso que él les ha señalado, sin estorbarse en modo alguno el uno al otro. El sol y la luna, con los coros de las estrellas, ruedan en armonía según su mandato, dentro de los límites que les han sido prescritos, y sin desviación alguna. La tierra fecunda, conforme a su voluntad, produce alimento en abundancia, a su debido tiempo, para el hombre y para las bestias y para todos los seres vivientes que hay sobre ella, sin vacilar jamás ni alterar ninguna de las ordenanzas que él ha establecido. Los lugares insondables de los abismos y las regiones indescriptibles del mundo inferior están sujetos a las mismas leyes. El mar vasto e inmensurable, reunido por su obra en diversas cuencas, nunca traspasa los límites puestos a su alrededor, sino que hace lo que él le ha mandado. Porque él dijo: «Hasta aquí llegarás, y tus olas se quebrarán dentro de ti». El océano, infranqueable para el hombre, y los mundos que hay más allá de él, se rigen por las mismas disposiciones del Señor. Las estaciones de la primavera, el verano, el otoño y el invierno se suceden pacíficamente unas a otras. Los vientos, cada uno en su lugar, cumplen a su debido tiempo su servicio sin impedimento. Las fuentes perennes, creadas tanto para el disfrute como para la salud, ofrecen sin falta sus pechos para la vida de los hombres. Aun los más pequeños de los seres vivientes se reúnen en paz y concordia. Todas estas cosas ha dispuesto el gran Creador y Señor de todo que existan en paz y armonía; y él hace bien a todos, pero con mayor abundancia a nosotros, que nos hemos acogido a sus compasiones por medio de Jesucristo nuestro Señor, a quien sea la gloria y la majestad por los siglos de los siglos. Amén.
Capítulo 20 completado
La paz y la armonía del universo