Un festín a la mesa
Estar firmes

Capítulo 9 · 9 min de lectura · 11 min de escucha

Estar firmes

Cuando hemos aprendido a estar sentados en los lugares celestiales (2:6) y a andar en amor y en la luz (5:2, 8), somos llamados a ser fuertes y a estar firmes (6:10, 11). La novia del capítulo 8 tiene que llegar a ser vencedora si ha de llevar la corona y reinar con Jesús. Como tal, está llamada a ser un soldado.

Vimos en la primera parte del capítulo 6 que Pablo continúa el tema de la vida llena del Espíritu tal como se aplica a la relación entre hijos y padres, y entre trabajadores y amos. Uno de los pensamientos principales aquí tiene que ver con los «padres» que «provocan a ira a sus hijos». Bien podría tratarse de las madres, pero lo más común es que sean los padres. Es interesante que muchos psicólogos consideren el «enojo» como el fruto de heridas interiores: heridas del alma producidas por padres (y madres) que no llenan de amor el tanque de amor de su hijo (abrazos, besos, identidad, valores morales, autoestima, seguridad, metas, etc.). Es mi triste conclusión que esas heridas del alma son las armas más eficaces que Satanás usa para derrotar a muchos creyentes.

Un estudio interesante es considerar qué significa ser un «vencedor» y ver las recompensas de esa victoria. Tomémonos un «tiempo aparte» para considerar 3 versículos de 1 Juan que hablan de vencer: 1 Juan 2:12-14.

Aquí Juan coloca a todos los creyentes en una de tres categorías, a las que llama hijitos, padres y jóvenes.

Los hijitos son aquellos cuyos pecados han sido perdonados por su nombre (v. 12) y que pueden llamar a Dios «Padre» (v. 13). Esto es cierto de todos los que han nacido de nuevo por el Espíritu. Puede que no sepan nada de teología ni de historia de la iglesia, pero pueden decir dos cosas: «Mis pecados están perdonados y puedo llamarlo “Padre”». Fíjate que esto no tiene nada que ver con la edad cronológica. Conozco a muchos creyentes, ya bastante entrados en años, que tristemente nunca han pasado más allá de esta etapa: ¡se han quedado en el infantilismo!

Los padres son aquellos que han llegado a conocer al que es desde el principio. No se trata solo de un conocimiento intelectual, sino de una intimidad, porque Dios se les ha dado a conocer. Esta es la meta de la oración de Pablo en Efesios 1:17.

Esta es la madurez cristiana: conocerlo a él. Fíjate que tampoco se trata aquí de la edad cronológica, ni depende del sexo. Felizmente, conozco a muchos jóvenes, hombres y mujeres, que han llegado a conocer a Dios de una manera profunda y personal: son «padres» espirituales.

Hay una sola manera de avanzar de aquellos primeros días de ser «hijitos» a un lugar donde Dios se nos da a conocer a medida que maduramos: siendo «jóvenes».

Una vez más, este no es un término de edad cronológica ni de sexo.

Los jóvenes son los que han vencido al maligno (v. 13); son fuertes porque la palabra de Dios permanece en ellos (v. 14). Para cada arma de Satanás tienen una respuesta en la Palabra de Dios.

Contrarrestan sus mentiras con la verdad bíblica. Por ejemplo, el enemigo podría regodearse en tu fracaso y decirte: «¡Dios ya no te ama, porque lo has decepcionado!». Esa mentira se contrarresta con la verdad de que «nada me podrá apartar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús» (Romanos 8:39).

Cada vez que somos probados por nuestras circunstancias, por las mentiras de Satanás o por las tentaciones del mundo, Dios está observando para ver cómo reaccionamos. Él está al costado de la cancha alentándonos. Cuando vencemos, él se regocija y nos revela más de su carácter.

Veamos ahora a los vencedores de Apocalipsis 2 y 3, donde Juan ve al Cristo glorificado y recibe la instrucción de escribir a las siete iglesias de Asia Menor. Al final de cada carta, Jesús habla de las recompensas que se darán a «los que vencen».

Apocalipsis 2: el vencedor comerá del árbol de la vida (v. 7); no recibirá daño de la muerte segunda (v. 11); comerá del «maná» escondido y se le dará una piedrecita blanca y un nombre nuevo (v. 17); se le dará autoridad sobre las naciones y la estrella de la mañana (vv. 26-28).

Apocalipsis 3: el vencedor será vestido de vestiduras blancas y su nombre será confesado delante del Padre y de sus ángeles (v. 5); será hecho columna en el templo eterno y recibirá la triple marca de Dios (v. 12); se sentará con Jesús en su trono: reinará con él (v. 21).

Por eso el Señor permite que los creyentes pasen por algunas pruebas duras, con sufrimiento y oposición, y por eso a menudo parece mantenerse al margen de la dificultad aun cuando clamamos a él en oración. Él quiere que lleguemos a ser vencedores en la dificultad, en lugar de librarnos él de ella. Nos ha dado el Espíritu Santo como nuestro ayudador en la batalla y nos ha dado una armadura para vestirnos. Mayor es el que está en nosotros que el que está en el mundo.

Además, deberíamos llegar a dominar la «Palabra» para entender las tácticas del enemigo, Satanás. Pablo se apresuraba a perdonar para no darle ventaja a Satanás, «pues no ignoramos sus maquinaciones» (2 Corintios 2:11). Antes, en Efesios, nos exhortó a que «no se ponga el sol sobre nuestro enojo, ni demos lugar al diablo» (4:26, 27).

Asimismo, el diablo disparará sus «dardos de fuego» (6:16): mentiras que con tanta facilidad dejamos entrar en nuestra mente y creemos. Pedro lo describe como un «león rugiente» que anda buscando a quien devorar (1 Pedro 5:8): rugidos que afectan nuestras emociones y nos asustan hasta volvernos cobardes en la batalla. Recuerda que rugir es todo lo que puede hacer, ¡porque ha perdido los dientes y las garras! Jesús lo desarmó en la cruz (Colosenses 2:15).

La batalla en verdad es del Señor, pero nosotros hemos de estar armados para vencer.

Volvamos ahora a Efesios, capítulo 6: v. 11: «Vestíos de toda la armadura de Dios».

Vv. 12-13: Fíjate dónde debe estar nuestro enfoque en esta batalla: no en otras personas, sean creyentes o no. Es allí adonde deben dirigirse nuestras energías. Por supuesto, hemos de oponernos a la carne (nuestra vieja naturaleza), pero incluso esa es una batalla del espíritu más que una batalla de lo material. Tenemos que ver al enemigo que está detrás de la persona.

Los «principados» son supervisores espirituales de gobiernos, naciones, etc.

Las «potestades» son «piratas» demoníacos que llevan a cabo la obra del diablo en áreas más pequeñas.

Los «gobernadores de las tinieblas» influyen en quienes influyen en otros: políticos, educadores, filósofos, etc.

Las «malicias espirituales» se refieren a los supervisores de la religión, etc.

Estas son divisiones aproximadas de los diversos rangos de ángeles (caídos) y eran un entendimiento común en los días de Pablo.

V. 14: La verdad es la prenda clave a la cual todas las demás están atadas o unidas. Necesitamos desesperadamente verdad, o integridad, en todas nuestras acciones. La coraza de justicia guarda nuestro corazón; nuestros pies están calzados con el apresto del evangelio de la paz: ¡siempre estamos en misión!

¡Fíjate que no hay armadura para la espalda! ¡Uno no puede darse vuelta y huir!

Vv. 17, 18: Las armas ofensivas son una espada (la Palabra de Dios) y la oración en el Espíritu. Con ellas seremos vencedores, ¡así que más vale que aprendamos a usarlas! Me asombra cuántos creyentes van a la batalla sin estar «cargados de oración».

Finalmente, en 1 Tesalonicenses 5:8, Pablo añade a esta armadura: «Vestíos con la coraza de la fe y del amor, y por yelmo, la esperanza de la salvación». Una vez más vemos las tres joyas de Pablo; las pone juntas al menos 7 veces en sus cartas, sobre todo en aquel gran capítulo sobre el amor, 1 Corintios 13:13: «Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor».

Rara vez reconocemos la grandeza de la esperanza (cristiana), porque la asociamos con su sentido débil en nuestro idioma: «Espero que hoy no llueva»… ¡pero podría llover!

Para Pablo, la esperanza era algo mucho mayor. Delante del rey Agripa declararía: «Estos judíos me acusan de sedición, pero hoy estoy delante de ti por la esperanza de la resurrección» (Hechos 26:1-8, en paráfrasis). No está diciendo: «¡Espero que haya resurrección y que no haya abandonado mi gran carrera en vano por seguir este Camino!». Está diciendo: «¡Sé que sé que sé que hay una resurrección para mí!». Tiene una certeza dentro de sí.

Yo defino la esperanza como «un atributo de la mente que se evidencia en la confianza». Por eso el yelmo se llama la esperanza de la salvación.

De manera semejante, «la fe es un atributo del corazón y se evidencia en la obediencia».

Confío en que estos breves capítulos hayan sido una bendición para ti mientras buscas acercarte a él, aprendiendo a estar sentado en él y a andar en amor y en la luz. Que seas un vencedor a quien el Señor se complazca en revelar más de su carácter.

Permíteme terminar con la oración de Pablo (1:15-20; 3:16-19): Oro para que el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, te dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él. Oro para que sean alumbrados los ojos de tu corazón, para que sepas cuál es la esperanza de su llamamiento, cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos, y cuál la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos… que te conceda, conforme a las riquezas de su gloria, ser fortalecido con poder en el hombre interior por su Espíritu, para que Cristo habite por la fe en tu corazón, a fin de que, arraigado y cimentado en amor, puedas comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seas lleno de toda la plenitud de Dios.

¡¡A él sea gloria en la iglesia!!

FIN

Capítulo 9 completado

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