Las cartas de Ignacio y la historia de su vida
Carta a Policarpo

Capítulo 12 · 6 min de lectura · 7 min de escucha

Carta a Policarpo

Ignacio, llamado también Teóforo, a Policarpo, obispo de la iglesia de los esmirniotas, o más bien, que tiene por obispo a Dios Padre y a Jesucristo, abundantes saludos.

Acogiendo tu sentir piadoso, que está cimentado como sobre una roca inconmovible, doy gloria sobremanera por habérseme concedido ver tu rostro irreprochable,

del cual quisiera gozar en Dios. Te exhorto, en la gracia de que estás revestido, a que avances en tu carrera y exhortes a todos a que se salven. Haz honor a tu cargo con toda diligencia de carne y de espíritu. Cuida de la unión, pues no hay cosa mejor. Sobrelleva a todos, como también el Señor te sobrelleva a ti. Soporta a todos en amor, como ya lo haces.

Entrégate a oraciones incesantes. Pide mayor sabiduría de la que tienes. Vela, y guarda tu espíritu del sueño. Habla a cada uno en particular a la manera de Dios. Lleva las enfermedades de todos, como atleta perfecto. Donde hay más trabajo, hay mucha ganancia.

Si amas a los buenos discípulos, no es eso en ti digno de gratitud. Más bien somete con mansedumbre a los más dañinos. No todas las heridas se curan con el mismo ungüento. Calma los dolores agudos con fomentos.

Sé prudente como la serpiente en todas las cosas, y sencillo siempre como la paloma. Para eso estás hecho de carne y de espíritu, para que trates con suavidad las cosas que se presentan ante tus ojos; y en cuanto a las invisibles, ora para que te sean reveladas; a fin de que nada te falte, sino que abundes en todo don espiritual.

El tiempo te reclama, como los pilotos reclaman los vientos, o como el navegante sacudido por la tormenta reclama el puerto, para que alcance a Dios. Sé sobrio, como atleta de Dios. El premio es la incorrupción y la vida eterna, de lo cual también tú estás persuadido. En todo me entrego por ti —yo y mis cadenas, que tú estimaste.

Que no te turben los que parecen dignos de crédito y, sin embargo, enseñan doctrinas extrañas. Mantente firme, como el yunque cuando es golpeado. Propio es de un gran atleta recibir golpes y vencer. Pero sobre todo debemos soportarlo todo por amor de Dios, para que también él nos soporte a nosotros.

Sé más diligente de lo que eres. Observa los tiempos. Aguarda a aquel que está por encima de todo tiempo, el Eterno, el Invisible, que por nosotros se hizo visible; el Impalpable, el Impasible, que por nosotros padeció, que por nosotros lo soportó todo de todas las maneras.

Que las viudas no sean descuidadas. Después del Señor, sé tú su protector. Que nada se haga sin tu consentimiento; ni hagas tú nada sin el consentimiento de Dios, como ciertamente no lo haces. Mantente firme.

Que las reuniones se celebren con más frecuencia. Busca a todos por su nombre.

No desprecies a los esclavos, sean hombres o mujeres. Pero que tampoco ellos se envanezcan, sino que sirvan con más fidelidad para gloria de Dios, a fin de obtener de Dios una libertad mejor. Que no deseen ser liberados a costa del erario común, no sea que se hallen esclavos de la concupiscencia.

Huye de las malas artes, o más bien predica contra ellas. Di a mis hermanas que amen al Señor y que estén contentas con sus maridos en carne y en espíritu. Del mismo modo, encarga también a mis hermanos, en el nombre de Jesucristo, que amen a sus mujeres, como el Señor amó a la Iglesia.

Si alguno puede permanecer en castidad para honra de la carne del Señor, que permanezca así sin jactancia. Si se jacta, está perdido; y si se da a conocer más allá del obispo, se ha corrompido. Conviene a los hombres y también a las mujeres que se casan unirse con el consentimiento del obispo, para que el matrimonio sea según el Señor y no según la concupiscencia. Hágase todo para honra de Dios.

Atended al obispo, para que también Dios os atienda a vosotros. Yo me entrego por los que están sujetos al obispo, a los presbíteros, a los diáconos. Ojalá me sea concedido tener mi parte con ellos en la presencia de Dios. Trabajad juntos unos con otros, luchad juntos, corred juntos, sufrid juntos, acostaos juntos, levantaos juntos, como administradores, asesores y servidores de Dios.

Agradad al Capitán bajo cuyas órdenes militáis, de quien también recibiréis la paga. Que ninguno de vosotros sea hallado desertor. Que vuestro bautismo permanezca con vosotros como escudo; vuestra fe, como yelmo; vuestro amor, como lanza; vuestra paciencia, como armadura. Que vuestras obras sean vuestros depósitos, para que recibáis los haberes que os corresponden. Sed, pues, longánimes unos con otros con mansedumbre, como Dios lo es con vosotros. Ojalá pueda gozarme siempre de vosotros.

Puesto que la iglesia que está en Antioquía de Siria tiene paz, según se me ha informado, gracias a vuestras oraciones, también yo me he sentido más consolado, ya que Dios ha desterrado mi inquietud; si es que por el sufrimiento alcanzo a Dios, para ser hallado discípulo por vuestra intercesión.

Te conviene, bienaventuradísimo Policarpo, convocar un consejo piadoso y elegir entre vosotros a alguno que os sea muy querido y también celoso, que sea apto para llevar el nombre de correo de Dios —designarlo, digo, para que vaya a Siria y glorifique vuestro celoso amor para gloria de Dios.

El cristiano no tiene potestad sobre sí mismo, sino que dedica su tiempo a Dios. Esta es obra de Dios, y también vuestra, cuando la llevéis a término; porque confío en la gracia divina en que estáis preparados para una buena obra digna de Dios. Conociendo el fervor de vuestra sinceridad, os he exhortado en una breve carta.

Puesto que no he podido escribir a todas las iglesias, por tener que zarpar súbitamente de Tróade a Neápolis, como lo ordena la voluntad divina, tú escribirás a las iglesias que están más adelante, como quien posee el sentir de Dios, a fin de que también ellas hagan lo mismo —que los que puedan envíen mensajeros, y los demás, cartas por medio de los que tú envíes, para que seáis glorificados por una obra siempre memorable—, pues esto es digno de ti.

Saludo a todos por su nombre, y en especial a la mujer de Epítropo con toda su casa y la de sus hijos. Saludo a Átalo, mi amado. Saludo al que sea designado para ir a Siria. La gracia estará siempre con él, y con Policarpo, que lo envía.

Os digo adiós, siempre en nuestro Dios Jesucristo, en quien permaneced en la unidad y la vigilancia de Dios. Saludo a Alce, nombre muy querido para mí. Que os vaya bien en el Señor.

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