Capítulo 11 · 8 min de lectura · 10 min de escucha
Carta a los esmirniotas
Ignacio, llamado también Teóforo, a la iglesia de Dios Padre y del amado Jesucristo, que ha sido dotada misericordiosamente de toda gracia, llena de fe y de amor, a la que no falta ninguna gracia, reverendísima y portadora de cosas santas; a la iglesia que está en Esmirna de Asia, en espíritu irreprochable y en la palabra de Dios, abundantes saludos.
Glorifico a Jesucristo, el Dios que os ha concedido tal sabiduría; porque he advertido que estáis afianzados en una fe inconmovible, como clavados en la cruz del Señor Jesucristo, en la carne y en el espíritu, y firmemente asentados en el amor en la sangre de Cristo, plenamente convencidos acerca de nuestro Señor de que es verdaderamente del linaje de David según la carne, pero Hijo de Dios por la voluntad y el poder divinos, verdaderamente nacido de una virgen, bautizado por Juan para que se cumpliera por él toda justicia,
verdaderamente clavado en la carne por nosotros bajo Poncio Pilato y Herodes el tetrarca (de cuyo fruto somos nosotros, es decir, de su bienaventuradísima pasión); para alzar por medio de su resurrección un pendón para todos los siglos, para sus santos y fieles, ya sea entre los judíos o entre los gentiles, en un solo cuerpo de su Iglesia.
Porque todas estas cosas las padeció por nosotros [para que fuésemos salvos]; y padeció verdaderamente, así como verdaderamente se resucitó a sí mismo; no como dicen algunos incrédulos, que padeció en apariencia, siendo ellos mismos pura apariencia. Y según sean sus opiniones, así les sucederá, pues son incorpóreos y semejantes a los demonios.
Porque yo sé y creo que él estaba en la carne aun después de la resurrección;
y cuando vino a Pedro y a los que estaban con él, les dijo: Tomad, palpadme y ved que no soy un demonio incorpóreo. Y al instante lo tocaron y creyeron, quedando unidos a su carne y a su sangre. Por eso también despreciaron la muerte; más aún, se mostraron superiores a la muerte. Y después de su resurrección él [comió con ellos y bebió con ellos como quien está en la carne, aunque espiritualmente estaba unido con el Padre.
Os advierto estas cosas, amados, sabiendo que vosotros mismos pensáis así. Pero os prevengo con tiempo para protegeros de las fieras en forma humana, hombres a quienes no solo no debéis recibir, sino, si fuera posible, ni siquiera encontraros con [ellos]; solamente orad por ellos, por si acaso se arrepienten. Esto ciertamente es difícil, pero Jesucristo, nuestra verdadera vida, tiene poder sobre ello.
Porque si estas cosas fueron hechas por nuestro Señor en apariencia, entonces también yo estoy encadenado en apariencia. ¿Y por qué, entonces, me he entregado a la muerte, al fuego, a la espada, a las fieras? Pero cerca de la espada, cerca de Dios; en compañía de las fieras, en compañía de Dios. Solo que sea en el nombre de Jesucristo, para que padezcamos juntamente con él. Todo lo soporto, porque él mismo, que es hombre perfecto, me fortalece.
Pero algunos, por ignorancia, lo niegan, o más bien han sido negados por él, siendo abogados de la muerte más que de la verdad; y no los han persuadido las profecías ni la ley de Moisés, ni siquiera hasta esta misma hora el Evangelio, ni los sufrimientos de cada uno de nosotros en particular; porque también acerca de nosotros piensan lo mismo.
Porque ¿de qué [me] aprovecha que alguien me alabe, si blasfema contra mi Señor, no confesando que fue portador de carne? Pero el que no afirma esto, por eso mismo lo niega por completo, siendo él mismo portador de un cadáver.
Pero sus nombres, puesto que son incrédulos, no he creído conveniente consignarlos por escrito; más aún, lejos de mí siquiera recordarlos, hasta que se arrepientan y vuelvan a la pasión, que es nuestra resurrección.
Nadie se engañe. Aun los seres celestiales, y la gloria de los ángeles, y los príncipes visibles e invisibles, si no creen en la sangre de Cristo [que es Dios], también a ellos les aguarda el juicio. El que pueda recibirlo, que lo reciba. Que ningún cargo envanezca a nadie; porque la fe y el amor lo son todo en todo, y nada se les antepone.
Pero observad a los que sostienen doctrinas extrañas acerca de la gracia de Jesucristo que vino a nosotros, cuán contrarios son al sentir de Dios. No se cuidan del amor, ni de la viuda, ni del huérfano, ni del afligido, ni del preso, ni del hambriento o del sediento. Se abstienen de la Eucaristía (acción de gracias) y de la oración, porque no admiten que la Eucaristía es la carne de nuestro Salvador Jesucristo, la cual padeció por nuestros pecados y a la cual el Padre, por su bondad, resucitó.
Así pues, los que contradicen el buen don de Dios perecen en sus disputas. Pero les convendría tener amor, para que también resuciten.
Conviene, por tanto, que os apartéis de tales hombres y no habléis de ellos ni en privado ni en público; sino que atendáis a los profetas, y especialmente al Evangelio, en el cual se nos ha mostrado la pasión y se ha consumado la resurrección.
[Pero] huid de las divisiones, como principio de males. Seguid todos a vuestro obispo, como Jesucristo siguió al Padre, y al presbiterio como a los apóstoles; y a los diáconos respetadlos como al mandamiento de Dios. Que nadie haga nada de lo que atañe a la Iglesia sin el obispo. Téngase por válida la Eucaristía que se celebra bajo el obispo o bajo aquel a quien él se la haya encomendado.
Donde aparezca el obispo, allí esté el pueblo; así como donde esté Jesucristo, allí está la Iglesia católica. No es lícito sin el obispo ni bautizar ni celebrar el ágape; pero todo lo que él apruebe, eso es también agradable a Dios, para que todo cuanto hagáis sea seguro y válido.
Es razonable que en adelante despertemos a la sobriedad, mientras [aún] tenemos tiempo para arrepentirnos y volvernos a Dios. Bueno es reconocer a Dios y al obispo. El que honra al obispo es honrado por Dios; el que hace algo a espaldas del obispo rinde culto al diablo.
Que todas las cosas, pues, abunden para vosotros en gracia, porque sois dignos. En todo me habéis confortado, y Jesucristo os confortará a vosotros. Ausente y presente me habéis amado. Que Dios os lo recompense; si por él lo soportáis todo, lo alcanzaréis.
A Filón y a Reo Agatópode, que me siguieron por la causa de Dios, hicisteis bien en recibirlos como servidores de [Cristo] Dios; ellos también dan gracias al Señor por vosotros, porque los confortasteis de todas las maneras. Nada se perderá para vosotros.
Mi espíritu se entrega por vosotros, como también mis cadenas, que no despreciasteis ni de las cuales os avergonzasteis. Tampoco se avergonzará de vosotros aquel que es la fidelidad perfecta, Jesucristo.
Vuestra oración llegó hasta la iglesia que está en Antioquía de Siria; viniendo de allí prisionero en cadenas muy agradables a Dios, saludo a todos, aunque no soy digno de pertenecer a ella, siendo el último de todos. Por la voluntad divina se me concedió esto, no por obra mía, sino por la gracia de Dios, la cual ruego que me sea dada plenamente, para que por vuestras oraciones alcance a Dios.
Así pues, para que vuestra obra sea perfecta tanto en la tierra como en el cielo, conviene que vuestra iglesia designe, para honra de Dios, un embajador de Dios que vaya hasta Siria y los felicite porque están en paz, y han recobrado su propia estatura, y se les ha restituido su propio cuerpo.
Me pareció, pues, cosa conveniente que enviaseis a uno de los vuestros con una carta, para que se uniera a ellos en dar gloria por la calma que, por voluntad de Dios, les había sobrevenido, y porque, gracias a vuestras oraciones, ya estaban llegando a puerto. Puesto que sois perfectos, sean también perfectos vuestros propósitos; porque si deseáis obrar bien, Dios está pronto a concederos los medios.
Os saluda el amor de los hermanos que están en Tróade, desde donde también os escribo por mano de Burro, a quien enviasteis conmigo juntamente con los efesios, vuestros hermanos. Él me ha confortado en todo. Y ojalá todos lo imitaran, porque es un modelo del ministerio de Dios. La gracia divina lo recompensará en todo.
Saludo a vuestro obispo, digno de Dios, y a vuestro venerable presbiterio, [y] a mis consiervos los diáconos, y a todos vosotros, uno por uno y en conjunto, en el nombre de Jesucristo, y en su carne y su sangre, en su pasión y resurrección, que fue a la vez carnal y espiritual, en la unidad de Dios y de vosotros. Gracia a vosotros, misericordia, paz, paciencia, siempre.
Saludo a las familias de mis hermanos con sus esposas e hijos, y a las vírgenes llamadas viudas. Os digo adiós en el poder del Padre. Os saluda Filón, que está conmigo.
Saludo a la familia de Tavia, y ruego que sea afianzada en la fe y el amor, tanto de la carne como del espíritu. Saludo a Alce, nombre muy querido para mí, y al incomparable Dafno, y a Eutecno, y a todos por su nombre. Que os vaya bien en la gracia de Dios.
Capítulo 11 completado
Carta a los esmirniotas