Días del cielo en la tierra
Julio

Capítulo 7 · 33 min de lectura · 42 min de escucha

Julio

1 de julio

“Después que hayáis padecido un poco de tiempo” (1 Pedro 5:10).

Amado, ¿estamos aprendiendo el amor en la escuela del sufrimiento? ¿Están nuestros corazones madurando y ahondándose bajo el calor estival de la prueba, hasta que el fruto del Espíritu, “que es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, mansedumbre, templanza, fe, esté madurando para la cosecha de su venida, y nuestros sufrimientos se sobrelleven con facilidad por amor de Él”? ¡Oh, esta es la escuela del amor, y hace que Él sea indeciblemente más querido para nuestro corazón, y nosotros para el suyo! Y solo así podremos aprender jamás con Él la caridad celestial que “es sufrida, es benigna.”

Vemos que el primero y el último de los rasgos del rostro del amor, tal como los traza el retrato de San Pablo (1 Corintios 13), son marcas de dolor y de paciente sufrimiento: “es sufrida,” “todo lo sufre.” Aprendamos, pues, así, en la escuela del amor, a sufrir y ser benignos, a soportarlo todo.

Ciertamente no será difícil amar a través de todo cuando es el corazón de Jesús dentro de nosotros el que amará y seguirá amando hasta el fin.

Quiero el amor que sufre y es benigno, Que no envidia, ni jacta su orgullo o su fama, Que no se envanece, ni hace nada indebido, Que no se irrita, ni busca lo suyo reclamar.

2 de julio

“Y juntamente con Él nos resucitó” (Efesios 2:6).

La ascensión es más que la resurrección. El Nuevo Testamento habla mucho de ella. Cristo se eleva por encima de todas las cosas. Lo vemos en el acto mismo de ascender, como no lo vemos en la resurrección misma, cuando, con las manos y los labios ocupados en bendecir, se aparta suavemente de junto a ellos, con tanta sencillez, tan sin ostentación, con tan poca ceremonia imponente, que hace el cielo tan cercano a nuestra vida común que basta un susurro para alcanzarlo. Y nosotros también debemos ascender, aun aquí. “Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba.” Debemos aprender a vivir del lado del cielo y mirar las cosas desde arriba. ¡Cómo vence esto el pecado, desafía a Satanás, disipa las perplejidades, nos eleva por encima de las pruebas, nos separa del mundo y vence el temor de la muerte: contemplar todas las cosas como Dios las ve, como Cristo las contempla, como un día las miraremos desde su gloria, y como si ahora estuviéramos realmente “Sentados con Él,” como de hecho lo estamos, “en los lugares celestiales”! Levantémonos con su resurrección y, en comunión con su gloriosa ascensión, aprendamos desde ahora a vivir en lo alto.

3 de julio

“Mira desde la cumbre” (Cantares 4:8).

Sí, nuestras perplejidades se aclararían si nos mantuviéramos en una elevación espiritual. ¡Cuántas veces, cuando el viajero ha perdido por completo el camino, pronto puede hallarlo de nuevo desde la copa de algún árbol o la cima de alguna colina, donde todas las sendas sinuosas que ha recorrido se extienden detrás de él, y todo el camino de regreso a casa se abre delante! Así, desde las alturas de la oración y de la fe, también nosotros podemos ver la senda llana, y saber que vamos a casa.

No hay otra manera de obtener la victoria sobre el mundo. Tenemos que elevarnos por encima de él. Tenemos que verlo desde el lado de nuestra gran recompensa. Entonces nos parece como los objetos terrenales después de haber mirado fijamente al sol por un rato: quedamos ciegos para ellos. Cuando el frutero italiano descubre que es heredero de un palacio ducal, ya no puedes tentarlo con las mezquinas ganancias de su oficio ni con la compañía de sus antiguos camaradas. Está por encima de todo eso. Los que conocen la esperanza de su llamamiento y las riquezas de la gloria de su herencia bien pueden menospreciar el mundo. Son los pobres hambrientos los que andan ansiando las algarrobas de la tierra. Hemos nacido de lo alto y anhelamos volver a casa. Salgamos hoy con el corazón puesto en la recta final que lleva a casa.

4 de julio

“Todo aquel que permanece en Él no peca” (1 Juan 3:6).

En la santificación, ¿qué sucede con la vieja naturaleza? Muchos se preocupan más de la cuenta por saber si puede ser muerta de una vez por todas, y parecen desear una especie de certificado de su muerte y sepultura. Basta saber que ella está fuera y Cristo está dentro. Puede volver a manifestarse, y aun llamar a la puerta y suplicar que la dejen entrar, pero está fuera para siempre mientras permanezcamos en Él. Si saliéramos de Él y entráramos en el pecado, podríamos encontrar el viejo cadáver en el cementerio espantoso, y su hedor inmundo podría aún revivir y abrazarnos otra vez. Pero el que permanece en Él no peca, y no puede pecar mientras así permanezca.

Por tanto, permanezcamos, y no estemos ansiosos por escapar del abrazo de la vigilancia eterna y del permanecer incesante. Nuestras sendas están trazadas, y también la fuerza para recorrerlas; andemos en ellas. Dios ha provisto para nosotros una santificación plena. ¿Es extraño que Él nos la exija, y que nos pida ser santos, así como Él es santo, puesto que nos ha dado su propia santidad? Vistámonos, pues, de nuestras ropas hermosas y preparémonos para andar con Él en vestiduras blancas.

5 de julio

“Huerto cerrado” (Cantares 4:12).

La figura aquí es la de un huerto cerrado, no la de un desierto. La tierra del huerto es tierra cultivada, muy distinta de la orilla del camino o del desierto. La idea de un huerto es el cultivo. Hay que preparar la tierra, romperla con el arado, mullirla con la grada, quitar todas las piedras y arrancar las raíces de todo crecimiento natural, porque las cosas buenas que buscamos no son productos naturales y no crecerán en nuestro suelo. Todos comenzamos sobre la vieja base y tratamos de mejorar la vieja naturaleza, pero ese no es el camino de Dios. Su camino es quitar enteramente al yo de en medio y dejar que Él cree de nuevo de la nada, para que todo sea de Él; y debemos hallar en Jesús el Alfa y la Omega.

Lo que necesitas aprender aquí es a morir. No puede haber vida verdadera hasta que el yo muera; y no trates de morir por ti mismo, sino pide a Dios que te dé muerte, y Él hará una obra completa.

Este es el secreto que la naturaleza esconde: Muere el verano y vuelve a vivir, De la tumba del invierno surge la primavera, La cosecha brota del grano sepultado.

6 de julio

“Yo soy de mi amado” (Cantares 7:10).

Si quieres poder, tienes que comprimir. Es el encierro del vapor lo que mueve la máquina. La cantidad de pólvora que, encerrada en un cañón, envía una bala a su destino, sobre una superficie plana solo produce un fogonazo. Si quieres conducir la corriente eléctrica, tienes que estar aislado. Pon a un hombre sobre una plataforma de vidrio, conecta a él una batería, y quedará lleno de electricidad. Que baje del vidrio, y en el momento en que toque tierra pierde el poder.

Tenemos que estar cercados por su Pacto eterno. Este nos sostiene y nos guarda de caer. Él será un muro de fuego en derredor nuestro. Él mismo viene y nos envuelve por todas partes con la antigua gloria de la Shekiná, y será la gloria en medio. Él nos quiere cercados—dedicados enteramente a Él por un acto definido de consagración. ¿Estás cercado por sus vallas, sus mandamientos, sus promesas, su pacto? ¿Es tu corazón real y únicamente para el Señor?

Si no, ven a Él ahora y deja que te separe de todas las cosas que te roban la vida, y que te separe para sí mismo, el Dador de la Vida.

7 de julio

“Y la gloria del Señor llenó el tabernáculo” (Éxodo 40:35).

En el último capítulo de Éxodo leemos todo lo que el Señor mandó hacer a Moisés, y que, a medida que él cumplía estos mandatos, la gloria del Señor descendió y llenó el tabernáculo, hasta que no hubo lugar para Moisés; y desde aquel momento la columna de nube los cubrió con su sombra, como su guía y su protección. Así también nosotros hemos estado edificando como el Señor mismo lo mandó, y ahora el templo ha de ser entregado a Él para que lo posea y lo llene. Él te llenará de tal manera, si se lo permites, que tú mismo y todo lo demás quedará quitado de en medio; la gloria del Señor llenará el templo, rodeando, levantando, guiando, guardando; y desde ahora tu luna no retirará su luz, ni se pondrá tu sol.

¿Quieres poder? Tienes a Dios para ello. ¿Quieres santidad? Tienes a Dios para ello; y así con todo. Y Dios se inclina hoy desde su trono para levantarte a tu verdadero lugar en Él. Desde ahora, que la nube de su gloria nos rodee y nos llene de tal manera que se nos pierda de vista para siempre.

8 de julio

“¿Habiendo comenzado por el Espíritu, ahora vais a acabar por la carne?” (Gálatas 3:3).

Gracia significa literalmente aquello que no tenemos que ganarnos. Siempre tiene dos grandes sentidos: viene gratis, y viene cuando estamos indefensos; no se limita a ayudar al hombre que se ayuda a sí mismo—eso no es el Evangelio; el Evangelio es que Dios ayuda al hombre que no puede ayudarse a sí mismo. Y luego hay otra cosa: Dios ayuda al hombre a ayudarse a sí mismo, porque todo lo que el hombre hace viene de Dios. La gracia se da al hombre que es tan débil e indefenso que no puede dar el primer paso. Ese es el significado de la gracia—un poco de su significado; nunca podremos conocer toda la plenitud que encierra. Ahora bien, este río es tan libre como lleno; pero, ya sabes, algunos tienen la idea de que, cuando avanzan un poco más, tendrán que pagar una entrada, y que los asientos reservados son muy caros, y retroceden ante las bendiciones más altas del Evangelio; los cristianos comunes apenas se atreven a reclamarlas. Si entiendo bien el sentido de esto, Dios no ha apartado las bendiciones más altas para una clase separada que de algún modo está más cerca de Él. Dios no hace acepción de personas.

9 de julio

“Echa sobre el Señor tu carga” (Salmo 55:22).

Queridos amigos, a veces traemos una carga a Dios, y gemimos tanto por ella que parecemos pensar que Dios también lo pasa terriblemente; pero en realidad no le pesa en absoluto. Dios dice: Cosa ligera es para Mí hacer esto por ti. Tu carga, aunque pesada para ti, no es pesada para Él. Cristo lleva todo el peso sobre un solo hombro, no sobre los dos. El gobierno del mundo está sobre su hombro. Él no anda forcejeando y gimiendo bajo él. Su brazo poderoso es capaz de llevar todas tus cargas. Hay poder en Cristo para nuestra santificación. Él es poderoso para santificarte. Sí, sí, el Señor puede santificar, el Señor puede sanar, el Señor puede hacerlo todo. Tienes que tener fe en Dios. Si vienes a este río esta mañana, te tomará como tu Niágara tomaría un botecito, y simplemente te llevará corriente abajo—¿a un precipicio? Oh, no, sino al seno del amor y de la bendición para siempre.

A menudo llega un mensaje maravilloso, Cuando mi esperanza se va apagando; Puedo oírlo a través de las tinieblas Como un himno dulce y lejano. Nada es demasiado difícil para Jesús, Nadie puede obrar como Él.

10 de julio

“Para que sepamos lo que Dios nos ha dado gratuitamente” (1 Corintios 2:12).

Las bendiciones más altas del Evangelio son tan gratuitas como las más bajas; y cuando le has servido diez años no puedes sentarte y decir: “Ahora tengo una experiencia y cuento con ella.” ¡Cuántas veces hacemos eso! Decimos: “Ahora sé que soy salvo, lo siento.” Y así estamos edificando sobre un fundamento distinto—estamos edificando sobre algo que hay en nosotros mismos. Recibe siempre la gracia como algo que no mereces, algo que se otorga gratuitamente. El río largo, profundo, sin límites, es gratuito; es tan libre en la desembocadura como en el arroyuelo de su nacimiento, y libre a todo lo largo de su curso; cualquiera puede venir a beber, y cualquiera puede venir a bañarse en sus aguas sin límites. ¿Vas a creerlo?

Dios nos ha dado su Espíritu Santo para que “sepamos lo que Dios nos ha dado gratuitamente.” Es cosa dura para el niño pobre mirar por la ventana y ver el fuego, y a la familia feliz sentada alrededor de la mesa, mientras él se muere de hambre. ¿De qué sirve saber que hay calor, y amor, y luz, si no es gratuito? Dios ha dado gratuitamente toda la bondad de su gracia y de su amor.

11 de julio

“Porque Dios es el que en vosotros produce” (Filipenses 2:13).

Un día con Jesús. Busquemos en Él su plan y su dirección. Tomemos su pensamiento y su voluntad más altos para nosotros en este día. Miremos a Él para nuestros deseos, ideales y expectativas en ese día. Entonces nos traerá mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos. Que Él sea nuestro Guía y nuestro Camino. No pensemos tanto, ni aun en su plan y su camino, como en Él mismo, el Guía Personal de cada momento, de quien dependemos constantemente para que dirija cada uno de nuestros pasos.

Que Él sea también la suficiencia y la fuerza de todo el día. No olvidemos nunca el secreto: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.” Tengamos a Jesucristo mismo en nosotros para hacer las obras, y apoyémonos en Él a cada momento, para que produzca en nosotros así el querer como el hacer, por su buena voluntad. Que nuestra santidad sea “la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús.” Que nuestra salud sea la “vida de Jesús manifestada en nuestra carne mortal.” Que nuestra fe sea “la fe del Hijo de Dios, el cual nos amó.” Que nuestra paz y nuestro gozo sean su paz y su gozo. Y que nuestro servicio no sean nuestras obras, sino la gracia de Cristo dentro de nosotros.

12 de julio

“Cuando oréis, creed que recibís” (Marcos 11:24).

En la consagración se entra por un acto de fe. Has de tomar el don de Dios, creer que lo tienes y confesar que lo tienes. Pisa firme sobre él, y haz saber al diablo que lo tienes, tanto como al Señor. Cuando una vez le dices con valentía: “Soy Tuyo,” Él responde desde las alturas celestiales: “Eres Mío,” y los ecos van resonando a través de toda tu vida: “¡Mío! ¡Tuyo!” Si te atreves a confesar a Cristo como tu Salvador y Santificador, Él se ha comprometido a hacerlo realidad; pero tienes que mantenerte firme detrás de su poderosa Palabra. La esencia del testimonio es contar lo que Jesús ha prometido llegar a ser para ti. Es bueno tener palabras gloriosas de acción de gracias, pero estas no son exactamente testimonio. Dios quiere que pongamos nuestro sello sobre las promesas, y que alcemos las manos y las reconozcamos como nuestras.

Luego has de hacer caso omiso de la vieja vida y considerarla ya no tuya si volviera a aparecer. Cada vez que aparezca, di: “Esto viene del mundo de abajo. Yo estoy sentado en los lugares celestiales con Cristo.”

13 de julio

“Ni aun Cristo se agradó a sí mismo” (Romanos 15:3).

Que este sea un día de ministerio olvidado de sí mismo, por Cristo y por los demás. No pensemos ni una sola vez en ser servidos, sino digamos siempre con Él: “Yo estoy entre vosotros como el que sirve.” No arrastremos nuestras cargas a lo largo del día, sino dejemos caer todos nuestros fardos de afán y quedemos libres para llevar su yugo y su carga. Hagamos el dichoso intercambio: demos lo nuestro y tomemos lo suyo. Que el pacto sea: “Tú permanecerás para Mí, y yo también para ti.” Así perderemos nuestra carga más pesada—nosotros mismos—y así hallaremos nuestro gozo más alto, el amor divino, que es más bienaventurado “dar” que “recibir.” Hagamos bien a todos según tengamos oportunidad. No perdamos ninguna ocasión de bendecir, y busquemos con ingenio maneras de servir y de ser útiles. Sobre todo, procuremos ganar almas.

Los Días del Cielo son días de afán, Sirven sin cesar; Así, gastados para Ti y los Tuyos, nuestros días Cual Días del Cielo han de ser. Los Días del Cielo son días de amor, Todos concuerdan como uno; Así, enlazados en amorosa unidad, Sean nuestros días como el Cielo.

14 de julio

“Es necesario orar siempre” (Lucas 18:1).

Que este sea un día de oración. Veamos que nuestro ministerio y nuestro poder más altos consisten en tratar con Dios a favor de los hombres. Obedezcamos todas las voces de oración del Espíritu Santo en nosotros. Contemos cada apremio como un llamado a orar. Cultivemos el espíritu de oración incesante y de comunión permanente. Aprendamos el significado del ministerio de la oración. Alcancemos hoy a personas que no podemos alcanzar en persona; esperemos resultados que nunca antes nos atrevimos a reclamar; contemos cada dificultad solo como una ocasión mayor para orar, y clamemos a Dios, que nos enseñará muchas cosas grandes y ocultas que no conocemos.

Y que sea un día de gozo y de alabanza. Vivamos en las promesas de Dios y en la perspectiva de su liberación y su bendición. No nos detengamos nunca en la prueba, sino siempre en la victoria que está justo delante. No moremos en el sepulcro, sino en el huerto de José y en la luz de la resurrección. Mantengamos el rostro vuelto hacia la salida del sol. Levántate, resplandece. Estad siempre gozosos. Dad gracias en todo. Alabad al Señor.

Señor, danos tu gozo en el corazón, un gozo que nos levante para levantar a otros, y llénanos para que rebosemos hacia los demás.

15 de julio

“Yo soy de mi Amado, y mi Amado es mío” (Cantares 6:3).

Si yo soy del Señor, entonces el Señor es mío. Si Cristo me posee, yo lo poseo a Él. Y así la fe debe extender la mano y reclamar su herencia plena, y comenzar a usar sus grandes recursos. Momento a momento podemos ahora tomarle como nuestra gracia y nuestra fuerza, nuestra fe y nuestro amor, nuestra victoria y nuestro gozo, nuestro todo en todo. Y al reclamarle así, hallaremos que su gracia nos basta, y comenzaremos a aprender que darlo todo es sencillamente recibirlo todo. Sí, la consagración es obtenerle a Él plenamente en lugar de nuestra propia vida miserable. Hay, en verdad, dos lados en ella. Hay dos personas en la consagración. Una de ellas es el amado Señor mismo. “Y por ellos,” dice Él, “yo me consagro a Mí mismo, para que también ellos sean consagrados por la verdad.” En el momento en que nos consagramos a Él, Él se consagra a nosotros, y desde entonces toda la fuerza de su vida, de su amor y de su poder eterno queda dedicada a guardar y completar nuestra consagración, y a sacar lo mejor y lo máximo de nuestra vida consagrada. ¿Quién no se entregaría a un Salvador así? Ciertamente lo haremos hoy: primero entregarnos nosotros mismos, y luego darle cada momento según llegue, para que sea llenado y usado.

16 de julio

“Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por Ti, oh Dios, el alma mía” (Salmo 42:1).

Lo primero para una vida consagrada es que haya un sentido de necesidad: necesidad de pureza, de poder y de una mayor cercanía al Señor. A menudo llega en la vida cristiana una segunda convicción. Ya no es tanto un sentido de culpa y de la ira de Dios, sino del poder y la maldad del pecado interior, y de lo insatisfactoria que es la vida que el alma está viviendo. Suele venir de una revelación más profunda de la verdad de Dios, de una enseñanza más espiritual, de ejemplos y testimonios concretos de esta vida en otros, y a menudo de una experiencia de profunda prueba, conflicto y tentación en la que el alma ha hallado que sus logros y recursos son insuficientes para las verdaderas cuestiones y necesidades de la vida. El primer resultado suele ser un hondo desaliento y aun desesperación; pero el valle de Acor es la puerta de esperanza, y el capítulo siete de Romanos, con su clamor amargo, “¡Miserable de mí!,” es la entrada al octavo, con su grito de triunfo: “El Espíritu de vida en Cristo me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.”

17 de julio

“Con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados” (Hebreos 10:14).

¿Te estás perdiendo lo que te pertenece? Él ha prometido santificarte. Ha prometido la santificación para ti viniendo Él mismo a ti y siéndote hecho por Dios santificación. Jesús es mi santificación. Teniéndole a Él, tengo obediencia, descanso, paciencia y todo lo que necesito. Él vive por los siglos. Si le tienes a Él, nada puede estar contra ti. Tus tentaciones no estarán contra ti; tu mal genio no estará contra ti; tu vida dura, tus circunstancias, aun el diablo mismo no estará contra ti. Cada vez que venga a atacarte, solo te arraigará más hondo en Cristo. Llegarás a ser un cobarde ante la idea de estar solo; serás arrojado a Jesús cada vez que una angustia te asalte. Desde ahora todas las cosas obrarán juntas para bien de tu propia alma. Puesto que Dios está por ti, nada puede estar contra ti.

Mi celestial Esposo me buscó y me llamó un día feliz: “Levántate, amor mío, hermosa mía, levántate y ven,” Escuché su ruego, le di todo mi corazón, Y somos uno para siempre, y nunca más nos separaremos.

18 de julio

“Vosotros estáis completos en Él” (Colosenses 2:10).

En Él estamos ahora completos. El modelo perfecto de la vida de santo servicio para la cual Él nos ha redimido y llamado está ahora en Él, en el cielo, así como la maqueta del arquitecto se proyecta, se prepara y se termina en su oficina. Pero ahora ha de ser labrado en nosotros y trasladado a nuestra vida terrenal, y esta es la obra del Espíritu Santo. Él toma los dones y las gracias de Cristo y los trae a nuestra vida, según los necesitamos y los recibimos día a día, así como las secciones del barco se reproducen en el lejano Continente; y así recibimos de su plenitud, y gracia sobre gracia: su gracia por nuestra gracia, su provisión por nuestra necesidad, su fuerza por nuestra fuerza, su cuerpo por nuestro cuerpo, su Espíritu por nuestro espíritu; y Él sencillamente “nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención.”

Pero es mucho más que una mera ayuda y gracia abstractas, mucho más aun que el Espíritu Santo trayéndonos fuerza, y paz, y pureza. ¡Es compañía personal con Jesús mismo!

Señor, ayúdanos a recibir hoy de Ti esa gracia en toda prueba que significará nuestro perfeccionamiento en Ti.

19 de julio

“Con todo, David tomó la fortaleza de Sion” (1 Crónicas 11:5).

Muchos de vosotros tenéis que pelear tanto porque no tenéis, para empezar, una batalla aguda y decisiva. Es mucho más fácil tener una gran batalla que seguir escaramuzando toda la vida. Conozco hombres que se pasan cuarenta años combatiendo lo que llaman su pecado dominante, y en ello malgastan fuerza suficiente para evangelizar el mundo.

Queridos amigos, ¿vale la pena desperdiciar vuestras vidas? Tened una batalla, una victoria, y luego alabad a Dios. Así tuvieron descanso de sus enemigos alrededor. Hay que esforzarse para entrar. La cuesta es empinada. El camino de la cruz no es un camino fácil. Es difícil entrar, pero una vez dentro hay descanso perfecto. Que Dios nos ayude y nos dé su descanso perfecto.

Oh, ven y deja tu yo pecador para siempre Bajo la fuente de la sangre del Salvador; Oh, ven y tómale como tu Santificador, Ven con nosotros y te haremos bien. Ven a la tierra donde todos los enemigos son vencidos, Y el dolor, el pecado, la enfermedad y la muerte, sometidos; ¡Oh alma cansada! por Satanás herida y burlada, Ven con nosotros y te haremos bien.

20 de julio

“Olvida también a los tuyos” (Salmo 45:10).

También nosotros, como los antiguos levitas, debemos ser “consagrados cada uno en nuestro hijo y en nuestro hermano,” y “olvidar nuestra parentela y la casa de nuestro padre” en todo sentido en que pudieran estorbar nuestra plena libertad y nuestro servicio al Señor. También nosotros debemos dejar ir nuestro negocio si se interpone entre nosotros y el Señor, y en todo caso que en adelante sea su negocio y solo suyo, llevado adelante para Él, dirigido por Él, y sus ganancias dedicadas enteramente a Él y usadas según Él disponga. Y, como Jacobo y Juan, tienes que estar dispuesto a dejar también a “los jornaleros.” Esto hará una gran diferencia en tu manera de vivir. Será un cambio renunciar a tu comodidad y a tu lujo, a ser atendido y complacido en todo deseo, y tener que hacer tu propio trabajo, renunciar a las atenciones de los demás, soportar privaciones, incomodidades y humillaciones; pero será fácil hacerlo con Él. Él nunca poseyó un palmo de tierra. Nunca viajó en carruaje. Nunca tuvo un criado a sueldo. Al final reposó en una tumba prestada. Pero ahora es bastante rico, y así lo serás tú algún día, si tan solo estás dispuesto a sufrir y a esperar.

21 de julio

“Mira desde el lugar donde estás” (Génesis 13:14).

Veamos ahora la bienaventuranza de la fe. Nuestra propia pequeñez y nulidad a veces se convierte en esclavitud. Somos tan pequeños a nuestros propios ojos que no nos atrevemos a reclamar las grandes promesas de Dios. Decimos: “Si pudiera estar seguro de que estoy en el camino de Dios, podría confiar.” Esto está del todo mal. La conciencia de sí mismo es una gran barrera para la fe. Pon tus ojos en Él y solo en Él; no en tu fe, sino en el Autor de tu fe; no una mirada a medias, sino una mirada firme y prolongada, con un corazón sincero y firmeza de propósito, que no conoce vacilación ni parlamento con el enemigo, sin una sombra de temor. Cuando te entra el miedo, es casi seguro que fracasarás.

Los viajeros que han cruzado los Alpes saben cuán peligrosos son esos pasos de montaña, cuán estrecho el punto de apoyo, cuán profundos los barrancos rocosos, y cuán necesario es para la seguridad mirar continuamente hacia arriba; una sola mirada hacia abajo, a las profundidades vertiginosas, sería fatal; y así, si queremos remontar las alturas de la fe, tenemos que mirar hacia arriba—mirar hacia arriba. Aparta los ojos de ti mismo, de las circunstancias que te rodean, de los medios, de los dones, y ponlos en el gran Dador.

22 de julio

“El que ministra, dediquémonos a nuestro ministerio” (Romanos 12:7).

Amado, ¿estás sirviendo a Cristo? ¿Lo haces con tus manos? ¿Lo haces con tus bienes y con lo que tienes? ¿Recibe Él lo mejor de lo que para ti es más real? ¿Tiene Él un lugar en tu mesa? Y cuando Él no viene a ocupar la silla, ¿queda libre para su representante, sus hijos pobres y humildes? Tus palabras y deseos salen baratos si no hallan expresión en tus dádivas reales. Ni aun María se contentó con ofrecerle el incienso de su corazón, sino que puso a sus pies sus dones más costosos.

Vosotras, mujeres atareadas, que trabajáis tanto para vestir a vuestros hijos y amueblar vuestras casas y vuestras mesas, ¿qué han ganado vuestras manos para el Maestro, qué habéis hecho o sacrificado por Jesús? “¿Puedes permitírtelo?” le preguntaron a una noble mujer cuando prometió una ofrenda costosa para la obra del Maestro. “No,” fue su noble respuesta, “pero puedo sacrificarlo.” Miremos hoy a nuestro alrededor y veamos qué más podemos hacer y dar al amante Salvador, que entregó toda su vida por nosotros.

23 de julio

“Traédmelos acá” (Mateo 14:18).

¿Por qué no habéis recibido toda la plenitud del Espíritu Santo? ¿Y cómo podemos ser ungidos con “el resto del aceite?” La mayor necesidad es hacer lugar cuando Dios lo abre. Mira a tu alrededor, a tu situación. ¿No estás en este mismo momento rodeado de necesidades, y casi abrumado por dificultades, pruebas y emergencias? Todas estas son vasijas provistas por Dios para que el Espíritu Santo las llene, y si tan solo entendieras correctamente su significado, se convertirían en oportunidades para recibir nuevas bendiciones y liberaciones que no puedes obtener de ninguna otra manera.

Trae estas vasijas a Dios. Mantenlas firmemente delante de Él en fe y oración. Quédate quieto, y deja tu propio afanarse inquieto hasta que Él comience a obrar. No hagas nada que Él mismo no te mande hacer. Dale ocasión de obrar, y ciertamente lo hará; y las mismas pruebas que amenazaban con vencerte con desaliento y desastre se convertirán en la oportunidad de Dios para revelar su gracia y su gloria en tu vida, como nunca antes le habías conocido. “Traedlas (todas las necesidades) a Mí.”

24 de julio

“Para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros” (Romanos 8:4).

En nuestras primeras experiencias conocemos al Espíritu Santo solo a distancia, en cosas que suceden por dirección providencial, o solo en la Palabra; pero al cabo de un tiempo le recibimos como Huésped interior, y Él mora en lo más hondo de nosotros, y nos habla en las cámaras más íntimas de nuestro ser. Pero entonces la obra externa de su poder no cesa, sino que solo aumenta, y parece aún más gloriosa. El Poder que mora dentro de nosotros obra fuera de nosotros, contestando la oración, sanando la enfermedad, gobernando las providencias, “Haciendo todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el Poder que actúa en nosotros.”

Hay una doble presencia del Señor para el creyente consagrado. Él está presente en el corazón, y está poderosamente presente en los acontecimientos de la vida. Él es el Cristo en nosotros, el Cristo de todos los días, con todo poder en el cielo y en la tierra.

Y así el Espíritu Santo es nuestro obrador de maravillas, nuestro Dios y Guardián todosuficiente, y está esperando en estos días para obrar tan poderosamente en los asuntos de los hombres como en los días de Moisés, de Daniel y de Pablo.

25 de julio

“El que en estas cosas sirve a Cristo es acepto a Dios” (Romanos 14:18).

Dios solo puede usarnos mientras estamos en lo recto. A Satanás le importaba mucho menos la negación de Pedro a su Maestro que el uso que después hizo de ella para destruir su fe. Por eso Jesús le dijo: “Yo he rogado por ti, que tu fe no falte.” Era la fe de Pedro lo que él atacaba, y así también es nuestra fe lo que Satanás nos disputa. “La prueba de nuestra fe es mucho más preciosa que el oro que perece.”

Soltemos lo que soltemos, aferrémonos firmemente a nuestra confianza. “No perdáis, pues, vuestra confianza,” y “retened firme hasta el fin el gozo de nuestra esperanza.” Y si quieres retener tu confianza, retén tu dulzura, tu rectitud de espíritu, tu obediencia a Cristo, tu victoria en todo sentido.

Venga lo que venga, considéralo de menos importancia que el que tú triunfes y te mantengas firme; y, aceptando cada circunstancia tal como a Dios le plazca permitirla, ondea la bandera de tu victoria ante todo enemigo, y sigue adelante, aclamando en su nombre: “Gracias a Dios, que siempre nos lleva en triunfo en Cristo Jesús.”

26 de julio

“Ahora mis ojos te ven” (Job 42:5).

Debemos reconocer el verdadero carácter de nuestra vida del yo, y su real virulencia y vileza. Debemos consentir en su destrucción, y debemos tomarla nosotros mismos, como Abraham tomó a Isaac, y ponerla a los pies de Dios en sacrificio voluntario.

Esta es una obra dura para el corazón natural; pero en el momento en que la voluntad se rinde y se hace la elección, esa muerte queda atrás, la agonía ha terminado, y nos asombramos al descubrir que la muerte está consumada.

Por lo general, la crisis de la vida en tales casos depende de un solo punto. Dios no necesita herirnos en cien lugares para infligir una herida mortal. Hay un punto que toca el corazón, y ese es el punto que Dios suele herir: lo más querido de nuestra vida, lo decisivo en nuestros planes, la ciudadela de la voluntad, el centro del corazón; y cuando cedemos allí, queda poco por ceder en ninguna otra parte; y cuando nos negamos a ceder en este punto, un espíritu de evasión y de componenda entra en todo el resto de nuestra vida. Señor, te tomamos para que nos capacites para querer que tu voluntad se haga en todas las cosas de nuestra vida, por fuera y por dentro.

27 de julio

“La edificación del cuerpo de Cristo” (R. V., Efesios 4:12).

Dios está preparando a sus héroes, y cuando llegue la oportunidad puede encajarlos en su lugar en un momento, y el mundo se preguntará de dónde salieron. Deja que el Espíritu Santo te prepare, querido amigo, mediante toda la disciplina de la vida; y cuando se haya dado el último toque al mármol, será fácil para Dios ponerlo sobre el pedestal y encajarlo en su nicho.

Viene un día en que, como Otoniel, también nosotros juzgaremos a las naciones, y gobernaremos y reinaremos con Cristo en la tierra milenial; pero antes de que pueda llegar ese día glorioso, debemos dejar que Dios nos prepare como preparó a Otoniel en Quiriat-sefer, en medio de las pruebas de nuestra vida presente, y en las pequeñas victorias cuyo significado quizá ni soñamos. Al menos, estemos seguros de esto: que si el Espíritu Santo tiene listo a un Otoniel, el Señor del cielo y de la tierra tiene un trono preparado para él.

¿Es para mí ser usado por su gracia, Ayudando a traer su reino? ¿Es para mí heredar un lugar, Aun en el trono de mi Rey?

28 de julio

“No mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42).

El que una vez sufrió en Getsemaní será también nuestra fuerza y nuestra victoria. Podremos temer, podremos también hundirnos, pero no desmayemos, y aún le alabaremos, y miraremos atrás desde una carrera terminada, y diremos: “No ha faltado una sola palabra de todo lo que el Señor ha dicho.”

Pero para hacer esto debemos, como Él, enfrentar el conflicto no con un espíritu desafiante, sino sumiso. Él tuvo que decir: “No se haga mi voluntad, sino la tuya”; pero al decirlo ganó precisamente aquello que entregó. Así, la sumisión de Getsemaní no es la sumisión ciega y muerta de un corazón que abandona toda su esperanza; sino que es la sumisión libre que inclina la cabeza para obtener doble fuerza por medio de la fe y la oración.

Soltamos, para poder asirnos con más firmeza. Renunciamos, para poder recibir más plenamente. Ponemos a nuestro Isaac sobre el monte Moriah, y lo pedimos de vuelta, ya no como nuestro Isaac, sino como el Isaac de Dios, e infinitamente más seguro, porque nos es devuelto en la vida de resurrección.

29 de julio

“Mis colaboradores en Cristo Jesús” (Romanos 16:3).

La Iglesia de Cristo está plagada de capitanes. Tiene gran necesidad de unos cuantos soldados rasos más. Unos pocos ríos desembocan en el mar, pero un número mayor desemboca en otros ríos. No todos podemos ser pioneros, pero todos podemos ser ayudantes, y nadie está capacitado para ir al frente hasta que haya aprendido bien a ir en segundo lugar.

Un espíritu de importancia propia es fatal para toda obra para Cristo. El mayor enemigo del verdadero poder espiritual es la conciencia espiritual de sí mismo. Josué tiene que morir antes de que Jericó pueda caer.

Dios a menudo tiene que probar a sus siervos escogidos poniéndolos en un lugar subordinado antes de poder llevarlos al frente. José tiene que aprender a servir en la cocina y a sufrir en la cárcel antes de poder subir al trono; y tan pronto como José está listo para el trono, el trono siempre está esperando a José. Dios tiene más puestos que candidatos aceptados. No temamos entrar en la clase de entrenamiento, y aun tomar el lugar más bajo, porque pronto subiremos, si de verdad lo merecemos. Señor, úsame de tal modo que Tú seas glorificado y yo quede escondido de mí mismo y de los demás.

30 de julio

“Si oyeres atentamente la voz del Señor tu Dios y guardares todos sus estatutos” (Éxodo 15:26).

A veces la gente fracasa porque no tiene confianza en el Médico. El primer requisito de este Doctor es que confíes en Él, y que confíes en Él implícitamente, tan implícitamente que avances apoyado en su sola palabra, y actúes como si hubieras recibido su sanidad en el momento en que reclamaste su promesa. Pero nadie esperaría ser sanado por un médico terrenal tan pronto como obedeciera sus indicaciones.

Tienes que hacer lo que el Gran Médico te dice, si esperas que Él te sane.

No puedes esperar ser sanado si vives en pecado, como tampoco podrías esperar que el mejor médico te curara mientras vivieras en un clima palúdico e inhalaras veneno con cada aliento. Así que tienes que subir al aire puro de la confianza y la obediencia antes de que Cristo pueda sanarte. Y entonces, si confías en Él y atiendes a sus indicaciones, hallarás que hay bálsamo en Galaad, y que allí hay un Gran Médico.

31 de julio

“En todo fuimos atribulados” (2 Corintios 7:5).

¿Por qué tendría Dios que guiarnos así, y permitir que la presión sea tan dura y constante?

Pues bien, en primer lugar, muestra su fuerza y su gracia todosuficientes mucho mejor que si estuviéramos exentos de presión y de prueba. “El tesoro está en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros.”

Nos hace más conscientes de nuestra dependencia de Él. Dios está constantemente tratando de enseñarnos nuestra dependencia, y de sostenernos absolutamente en su mano y pendientes de su cuidado.

Este fue el lugar donde Jesús mismo estuvo y donde Él quiere que nosotros estemos: no con una fuerza constituida por nosotros mismos, sino con una mano siempre apoyada en la suya, y una confianza que no se atreve a dar un solo paso a solas.

Nos enseña a confiar. No hay manera de aprender la fe sino por la prueba. Es la escuela de fe de Dios, y es mucho mejor para nosotros aprender a confiar en Dios que disfrutar de la vida.

La lección de la fe, una vez aprendida, es una adquisición perpetua y una fortuna eterna lograda; y sin confianza aun las riquezas nos dejarán pobres.

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