Amanda Smith: una autobiografía
Su presencia y mi obediencia

Capítulo 11 · 38 min de lectura · 49 min de escucha

Su presencia y mi obediencia

Un día estaba ocupada en mi trabajo, pensando y en comunión con Jesús, porque descubrí que no hacía falta ser monja ni vivir aislada, muy lejos, en algún retiro profundo para tener comunión con Jesús; aunque tus manos estén ocupadas en los quehaceres de cada día, eso no impide que el alma tenga comunión con Jesús. Muchas veces, sobre mi tina de lavar y mi mesa de planchar, y mientras hacía la cama, barría la casa y lavaba los platos, he recibido algunas de las bendiciones más ricas. ¡Oh, qué contenta estoy de saber esto, y a cuántos corazones de madre he animado al decirles que la bendición de la santificación no significaba aislarse de todos los deberes naturales y legítimos de la vida, como algunos parecen pensar! De ninguna manera. Significa Dios en ti, supliendo todo lo que te falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús; nuestra necesidad de gracia, de paciencia, de longanimidad y de tolerancia, porque tenemos que aprender no solo a soportar, sino también a sobrellevar con paciencia las flaquezas, tanto las nuestras como las de los demás.

Vuelvo a mi historia. Mientras pensaba así, volví a preguntar: «Me pregunto por qué el Señor no me santificó por completo cuando me justificó. Él era Dios, y podía haberlo hecho; podía haberlo hecho todo de una vez si hubiera querido». Entonces vino la pregunta: «Bueno, ¿y por qué no lo hizo?», y me quedé atascada. Creo que esa pregunta venía de Satanás; quería hacerme pensar mal de Dios. «Aquí has estado luchando todos estos años; Dios podía haberlo hecho todo de una vez; pero ¿por qué no lo hizo?». «Sí», dije yo, «así es».

«Bueno, ¿y por qué no lo hizo?». Y me puse tan triste que me eché a llorar y dije: «Señor, no sé por qué no me santificaste

por completo cuando me justificaste gratuitamente; pero sé que no lo has hecho». Entonces el bendito Espíritu Santo vino con tanta dulzura y respondió mi pregunta haciéndome otra: «¿Por qué Jesús no hizo ver al ciego la primera vez que le tocó los ojos?». Después del primer toque, Jesús le mandó mirar y le preguntó qué veía. Él dijo: «Veo los hombres como árboles que andan».

Entonces volvió a tocarlo, y él dijo que veía a todos claramente.

Era Cristo, con el mismo poder en su primer toque que en el segundo. Podía haber hecho que el ciego viera claramente la primera vez, pero no lo hizo.

«¡Vaya!», dije, «Señor, ya lo veo, y no es asunto mío por qué no me santificaste por completo cuando me convertiste; me basta saber que lo has hecho». Salí a la luz y a la libertad alabando a la Trinidad. Dejé de hacerle preguntas a Dios sobre su propia obra. Creo que es una impertinencia, y sin embargo, ¡cuántos hacen justamente eso!, y cuando no reciben una respuesta que los deje satisfechos, se quedan perplejos y luego acaban en el escepticismo respecto de toda la doctrina y la verdad de esta gran salvación.

Una de las primeras cosas que descubrí después de entrar en la bendita luz y la experiencia de la salvación plena fue una fe firme, una fe que se apropia, como nunca antes la había conocido. Siempre había creído la Biblia y todas las promesas, pero no parecía tener poder para apropiarme de las promesas para la necesidad de mi alma; pero después de que entró la luz y huyeron mis tinieblas, se me dio poder no solo para creer las promesas, sino para apropiármelas.

«¡Caramba!», decía yo al leer las promesas, «eso es mío, y eso es mío»; y era como cuando los marineros recogen las velas: yo las agarraba, me envolvía en ellas y andaba de arriba abajo tomando posesión de la tierra. Todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios. Yo cantaba:


«Todo es mío,
pues yo soy suya—
¿cómo no he de cantar?»

Un día, mientras me ocupaba de mi cuarto, me pareció sentir la presencia consciente de Jesús. No vi nada con los ojos, pero me parecía tener conciencia de la presencia de un Ser Santo junto a mí y a mi alrededor, y hablé con él, y le estaba diciendo: «Ahora bien, si alguien me pidiera que le dijera la diferencia entre la justificación

y la santificación, ¿cómo podría explicárselo? Hay una diferencia; lo sé; lo siento; pero no sé cómo decirlo». Y el querido Señor Jesús pareció responder mi pregunta haciéndome otra. Me dijo: «¿Cuál es la diferencia entre la luz del sol y la luz de la luna?». En un momento lo vi. Yo conocía la belleza de la hermosa luz de la luna. Había leído a su claridad, y muchas veces había cosido de noche, y era hermosa. Ese era mi estado de justificación. Cuántas veces no entendía con claridad, como a la luz del sol; pero la experiencia más profunda era en poder como la luz del sol en el mundo natural. Penetra en todos los rincones oscuros. Si hay aunque sea un agujerito de clavo en una puerta, o una rendija en cualquier parte, el sol lo descubre y se asoma por ahí; luego calienta todo lo que hay alrededor. No puede haber escarcha donde está la luz del sol; allí es trópico todo el tiempo. Había recovecos profundos en mi corazón que la luz de la luna no revelaba, pero cuando llegó la gran luz del sol de la santificación, ¡cómo pareció casi eclipsar el estado de luz de luna de la justificación, salvo la conciencia permanente del momento en que Dios obró aquella primera obra en mi alma! Ya no cantaba el viejo himno,


«El sol de pleno verano brilla apenas;
en vano los campos procuran lucir alegres;
pero cuando en él soy feliz,
diciembre es tan agradable como mayo».

Eso supone dos estados distintos, tan reales como la luz de la luna y la luz del sol. Yo sabía que era verdad, pero, ¡oh!, ¿por qué habría de haber un diciembre en mi corazón cuando puedo tener el sol radiante? Cuando el Espíritu Santo vino a mi alma con poder santificador, fue la inauguración de un perpetuo primero de mayo que seguirá creciendo en fe, y luz, y fuerza, y poder, y acción de gracias, y alabanza, y descanso, y paz, y triunfo por los siglos de los siglos, para siempre. Amén. Amén.

¡Qué cierto es este viejo himno de Charles Wesley!:


«Lo hallo cantando;
lo hallo en la oración;
en dulce meditación
siempre está allí.
Mi compañero constante,
¡oh, nunca nos separemos!
Toda la gloria a Jesús.
Él mora en mi corazón».

Un día estaba meditando y pensando en su bondad. Mi corazón rebosaba de alabanza al pensar en todo lo que el Señor había hecho, y dije: «Oh, ya no voy a necesitar orar como antes». En ese mismo instante me vinieron estas palabras: «Los hijos de Israel recogían el maná fresco cada mañana». Dije: «Sí, Jesús». Sabía que quería enseñarme que mi alma necesitaría pan de cada día, y que así como mi necesidad natural se suplía cada día, así mi necesidad espiritual tenía que suplirse por la oración, la lectura de su Santa Palabra y la apropiación de sus promesas. Sin esto, todo lo demás no serviría de nada.

¡Cómo me maravillo de la paciencia de Dios conmigo cuando pienso en cómo me llevó de un lado a otro para enseñarme a ser obediente, a pesar de todas las artimañas de Satanás!

Un día tenía trabajo en la parte alta de la ciudad, porque la señora quería que le lavaran unas mantas. La mañana en que debía ir me había dormido un poco. Tenía que estar allí a las siete. Era una larga caminata desde la calle Cuarta hasta la calle Veintitrés. Sentí que debía llevar unos tratados. Siempre tenía un montón a mano y los llevaba cuando salía, y por lo general los repasaba para ver y saber exactamente qué estaba repartiendo. Esa mañana Satanás parecía meterme prisa: «Vas a llegar demasiado tarde si te paras a escoger los tratados».

«Sí», dije, «me temo que sí». Entonces el Espíritu parecía decir: «Lleva los tratados». Entonces agarré un puñado y empecé a repasarlos. Y me puse tan nerviosa. Satanás dijo: «Ya sabes que esa señora no te pagará si no estás allí a las siete».

«Sí», dije, «de todos modos es muy dura con el dinero». Así que dejé los tratados y me puse en camino, y me pareció que nunca había visto tantas oportunidades de dar un tratado como aquella mañana. Cuando llegué a la casa, la señora dijo que no quería que se lavaran las mantas ese día; que volviera la semana siguiente. Y vi cómo Satanás me había estorbado. ¡Cuánto lamenté no haber escuchado al buen Espíritu y no haber llevado los tratados! Dios sabía que el lavado no se iba a hacer ese día, y por eso susurró tan suavemente a mi corazón: «Lleva los tratados». No sé quién perdió la bendición porque yo no los repartí, pero sé que yo perdí una bendición por no obedecer. ¡Oh, qué seguro es obedecer aunque todo esté oscuro! Unos días después fui, y como había escogido mis tratados, oré para que el Señor me mostrara a quién dárselos; ¡y qué buen rato pasé! Me encontré con un

hombre de muy buena presencia, y al mirarlo temblé; pero cuando se acercó dije: «Ahora, Señor, ayúdame». Me había encontrado con algunos hombres de color y les había dado unos tratados y les había dicho una palabra, y el Diablo dijo: «Ese es un caballero blanco, y te va a maldecir».

Pero cuando se acercó le dije: «Perdone, señor; ¿quiere un tratado?».

Pareció asombradísimo, pero fue muy agradable y cortés. Tomó el tratado y me dio las gracias. Un par de semanas después, una amiga me dijo: «¿Le diste un tratado a un joven en la Sexta Avenida la semana pasada?».

«Sí».

«Pues bien», dijo ella, «entonces eras tú. Yo estaba trabajando para la señora A., y me contó que su hijo llegó a casa tan feliz y le dijo que una mujer de color le había dado un tratado, y que nunca había leído nada que le hubiera hecho tanto bien como ese tratado».

¡Oh, cómo se regocijaron juntos la madre y el hijo! Su querido muchacho, por quien ella había orado tanto tiempo, había hallado paz y gozo en el Señor. Qué extraño que sucediera de la manera en que sucedió, pero Dios obra por caminos misteriosos para realizar sus maravillas. Un poco más adelante pasé junto a dos hombres: eran músicos. Estaban de pie conversando, y cuando me acerqué a ellos me vino un sentir profundo de que debía darles un tratado a esos hombres. El corazón me latía deprisa, pero justo cuando llegué cerca de ellos, parecieron adivinar lo que iba a hacer, así que echaron a andar y cruzaron a la otra acera. Dije: «Señor, si quieres que le dé un tratado a ese hombre, si hay una palabra que tú quieres que tenga, haz que vuelva a cruzar en la próxima esquina». ¡Oh, cómo oré! Efectivamente, volvió a cruzar en la siguiente esquina, se encontró conmigo cara a cara, tomó un tratado, me dio las gracias y pareció profundamente impresionado. Alabado sea Dios.

En otra ocasión. Una noche cruzaba en el transbordador. Llevaba en la mano un buen periódico religioso, que traía un buen sermón y algunos testimonios. Me dije: «Voy a llevar esto y dárselo a alguien; los hombres aceptan un periódico con más gusto que un tratado». En el barco, justo enfrente de mí, estaba sentado un muchacho de buen aspecto, y al mirarlo, el Espíritu dijo: «Dale ese periódico». Volví a mirarlo y pensé que se lo daría antes de que bajáramos. Entonces algo pareció decir: «Dáselo a este otro hombre, que parece más reflexivo».

«No», me vino, «dáselo a ese muchacho».

Me levanté y se lo entregué. Él lo tomó y lo tiró debajo

del banco. Entonces dijo Satanás: «Ahora sí que te has equivocado; más te habría valido dárselo al hombre».

Pero elevé mi corazón en oración y dije: «Ahora, Señor, si hay algo en ese periódico que tú quieres que ese joven sepa, haz que lo recoja. Señor, no lo dejes salir; haz que recoja ese periódico». Seguí orando, y nos íbamos acercando a la orilla. Vi que el muchacho estaba muy inquieto. ¡Oh, cómo le rogué al Señor que lo hiciera recogerlo! Sentía que tenía una palabra para él. Justo cuando el barco tocó el muelle, se agachó, recogió el periódico, se lo metió en el bolsillo y salió corriendo. En ese mismo momento me vino el grandioso texto antiguo: «Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré». (Juan 14:14).

Creo que fue en noviembre de 1869. Una tarde, volviendo del trabajo a casa, me encontré con una amiga en la Sexta Avenida. Me dijo: «Smith, ¿vas a ir a la feria esta noche?».

«No», dije, «estoy cansada y no voy a ir».

«Tengo dos entradas; si quieres ir, te las doy».

«Está bien», dije, «si me siento mejor cuando llegue a casa, iré. Ya sabes que nunca voy a esos sitios a menos que el Señor quiera que haga algo por él».

«Bueno», dijo ella, «me gustaría que fueras».

Me fui a mi casa, en el número treinta y cinco de la calle Amity, y cuando oré y le pregunté al Señor, me quedó muy claro que debía ir. Era una tarde húmeda y lluviosa, y yo pensaba: «Bueno, hace demasiada humedad y no voy a ir». Entonces me venía: «Ve, lleva unos tratados».

Sabía que me criticarían, porque me había convertido en un ave de muchos colores entre mi propia gente a causa de mi profesión de la bendición de la santidad. Se oían comentarios: «Ahí está Amanda Smith otra vez con su santificación». Así que yo sabía todo lo que se diría, pero dije: «Señor, ayúdame, e iré por ti. Dime qué quieres que haga».

Entré, y había bastante gente; todos parecieron mirarme, se hicieron comentarios, y luego todo siguió como suele seguir allí. Anduve por el lugar y hablé con varios; luego me senté, elevé mi corazón en oración y dije: «Señor, no tengo nada que hacer aquí, y ¿por qué habría de quedarme? Muéstrame claramente qué quieres que haga»; y estas palabras se dijeron a mi corazón con toda claridad: «Ve y ponte en el camino». Me levanté, fui y me puse en lo alto de la escalera, por donde subía la gente. Subieron varias personas, luego llegaron

dos jóvenes muy alegres. El Espíritu pareció señalar a uno en particular, y dijo: «Háblale a ese joven». Lo hice; él fue todo lo respetuoso que podía ser, pero dijo que todavía tenía tiempo de sobra, y con un movimiento de cabeza se dio la vuelta.

Les di unos tratados a varios otros, y entonces el Señor pareció decir: «Ya puedes irte a casa». Salí, y sentí que había hecho lo que se me había mandado, pero qué extraño que no hiciera nada más que eso. Me fui a casa y presenté a ese joven delante de Dios en oración. Esto, creo, fue un miércoles por la noche. El sábado, cuando llevaba ropa a casa de una clienta, me encontré con alguien en la Sexta Avenida que me dijo: «¿Te has enterado de que Charlie S. ha muerto?».

«No».

«Pues sí, ha muerto; lo encontraron muerto en su cama esta mañana; la otra noche estaba en la feria, sano y fuerte». Fui a verlo. Allí estaba, muerto, sin ninguna señal de enfermedad, y era precisamente el joven al que Dios me había enviado a hablar. Parecía que estaba dormido. ¡Oh, qué triste era, y sin embargo qué contenta estaba de que se me hubiera dado fuerza aquella noche para obedecer al Señor y hacer lo que yo creía que él me indicaba, ya fuera que el joven escuchara o que dejara de escuchar!

Me parecía ver las incoherencias de los hermanos y hermanas mucho más que nunca antes. Ya había visto algunas, como supongo que le pasa a la mayoría de la gente. Veía las mías, y de lo que el Señor me había salvado, y quería que todo el mundo se salvara enseguida. El hermano Patterson era pastor de la Iglesia A. M. E. de la calle Sullivan cuando recibí la bendición. Él disfrutaba de esa experiencia y predicaba la doctrina. Pero la gente de color es como algunos blancos; aunque la iglesia prosperó bajo su administración, y tuvimos un avivamiento maravilloso durante esos dos años, y la iglesia fue edificada y fortalecida, a muchos no les gustaba él. Cuando se fue, nos enviaron al reverendo Nelson Turpin. Era feroz. Se opuso abiertamente a la doctrina y a la experiencia de la bendición de la salvación plena y las denunció, aunque había varios en la iglesia, algunos entre los miembros principales, que afirmaban tener esa experiencia. Era muy popular entre la gran mayoría. La iglesia se llenaba. Así que las pobres almas que nos atrevíamos a testificar claramente en un ágape o en una reunión general de clase podíamos esperar una buena reprimenda; y sobre todo los domingos por la noche, cuando la iglesia estaba llena, él se esmeraba de manera especial en contar alguna incoherencia ridícula de alguna hermana o algún

hermano santificado que había conocido. Luego, si se trataba de una hermana, decía: «Se ponen una toca y un chal sencillos y andan con cara larga, pero son demonios santificados». Entonces todas las miradas se volvían hacia la hermana Scott y hacia mí, porque éramos casi las únicas que vestíamos de la manera que él describía. Y luego se oía una risita general por todo el templo. ¡Con cuánto tuve que luchar! De ahí mi tentación de dejar la iglesia. Además, no me gustaban las ferias, las fiestas y todo lo demás. Pero Dios me guardó de apartarme por ninguna de esas cosas. Además, yo estaba esclavizada por mi ropa; esclavizada por la ropa de los demás. Si no estaba hecha exactamente como yo pensaba que debía estar, me inquietaba, y no me importaba no oírlos hablar ni orar en la reunión de oración. Prefería no arrodillarme a tomar la comunión junto a esa gente tan emperifollada. Además, le tenía miedo al hermano Turpin. Al principio fue muy amable; pero al poco tiempo siempre procuraba esquivarme. Pero yo lo buscaba, le pedía que viniera a verme, e iba a visitar a la hermana Turpin y a los niños. Pero él siempre se mostraba muy formal y frío. ¡Caramba, qué miedo le llegué a tener! Así que un día la madre Jones me dijo: «Hermana Smith, si yo fuera usted no diría nada sobre la santificación. Ya ve que a la gente no le gusta, y la persiguen a usted, y a mí no me gusta oírlos».

«Bueno, pero, madre Jones», le dije, «el Señor me ha bendecido tanto que no puedo evitarlo». Entonces ella se rio, me tomó cariñosamente del brazo y dijo: «Si yo fuera usted, no diría nada de eso».

Así que me fui a casa pensando en lo comprensiva que había sido conmigo la madre Jones. Y empecé a ser muy vaga en mi testimonio. Escogía palabras que le gustaran a la gente. Decía: «Soy toda del Señor». Ellos decían: «¡Amén!». O si decía: «Jesús me salva plenamente», o «La sangre limpia», también a eso decían: «¡Amén!». Pero si usaba la palabra «santificar», entonces se oía un ruido entre los huesos secos. Y luego, cuidado con el siguiente testimonio, sobre todo si era en una reunión general de clase o en un ágape. Gracias a Dios, él llevó a mi guía de clase, Henry De Sheilds, a esa experiencia en respuesta a la oración, justo tres semanas después de que yo recibiera la bendición. Así que, aunque «Pop» Scott, que era guía de clase auxiliar, nunca llegó a tener una experiencia clara, el hermano De Shields era un poder y una gran ayuda para mí y para muchos. Todavía vive en Nueva York, y mientras escribo esto anda en la luz de la salvación plena. Aun así, yo le tenía miedo al hermano Turpin. Entonces vinieron sobre mí las tinieblas, y el gozo

y la paz parecían haberse ido del todo. No sabía qué me pasaba. Así que aparté el viernes para ayunar y orar, y averiguar la causa de esas tinieblas. Satanás me sugirió muchas cosas, pero yo me aferré y clamé a Dios pidiendo luz y ayuda. Y como a las dos de la tarde, aunque ese día ya había dejado mi trabajo varias veces y me había retirado a orar, tomé mi Biblia y me arrodillé a orar. Y dije: «¡Oh, Señor, muéstrame qué es lo que pasa! ¿Por qué hay estas tinieblas en mi mente? ¡Oh, Señor, acláramelo!». Y el Espíritu pareció decirme con toda claridad: «Lee». Y abrí mi Biblia, y mis ojos cayeron sobre estas palabras: «El perfecto amor echa fuera el temor. El que teme no está perfecto en el amor». Entonces dije: «Señor, si no lo estoy, lo estaré ahora». Entonces vi lo que pasaba. ¡El temor! Y dije: «¡Oh, Señor, quita de mí todo espíritu de temor a los hombres! Te doy gracias por lo que has hecho por mí, pero líbrame del temor. Quita de mí todo espíritu de temor a las mujeres, y dame la victoria completa sobre este temor». Y, gracias al Señor, lo hizo. No hubo ninguna manifestación especial, pero había en mi corazón una conciencia profunda de que lo que le había pedido al Señor, él lo había hecho, y lo alabé. Entonces me vino esto: «¿Irás a la iglesia Union, en la parte alta de la ciudad, el domingo, y testificarás claramente?».

«Sí, Señor, si tú me ayudas, y me das tu fuerza, y vas conmigo, iré». Y hubo calma y paz en mi corazón. La iglesia Union, en la parte alta, era una iglesia de gente de color. No había en ella ni un solo miembro que creyera en la doctrina de la santidad; y de esa iglesia habían salido grandes críticas por mi profesión de semejante bendición. Llegó el domingo por la mañana. El ágape era a las seis de la mañana. Yo solo había ido una vez antes. Me preparé y fui. Me temblaba el corazón y me temblaban las rodillas. Pero seguí adelante, y dije: «Ahora, Señor, ayúdame, e iré». Entré y me senté. La iglesia estaba bastante llena. Varios ministros forasteros estaban sentados en el altar. Todos los ojos se volvieron hacia mí. Después de abrirse la reunión, empezaron los testimonios. Los ministros insistían en que todos fueran breves, y en muchos de los testimonios se lanzaban comentarios e indirectas contra mí. Yo me quedé quieta y oré. ¡Oh, cómo oré! Entonces empezaron a hacer mucho ruido. Gritaban y alababan. Le dije al Señor: «Ahora, Señor, hablaré por ti si haces que esta gente se calle. Señor, haz que se callen. No puedo hablar cuando hay mucho ruido, y tú me has enviado aquí a hablar por ti, y quiero que la

gente oiga. Señor, haz que se queden quietos». A veces había tres o cuatro de pie hablando al mismo tiempo. Los ministros los animaban y decían: «El Señor puede oírlos a todos. No se esperen unos a otros». Pero yo oraba: «Señor, cállalos, cállalos». Entonces hubo una pausa. Entonces me puse de pie. Entonces volvieron a gritar, y ahogaron mi voz. Así que me quedé de pie, quieta, y oré: «Señor, calma a la gente». Y lo hizo. Se calmaron, de modo que cuando empecé, no habló ningún otro. Comencé citando varios pasajes de la Escritura que hablaban claramente de la santidad, y de la promesa de Dios de esta gracia para los que la buscaran, y de cómo se obtenía por la fe. Y escucharon. Los ministros se daban codazos. Seguí hablando, y al poco rato llegué a un punto en que pareció que un dedo me tocaba la lengua, y el poder de Dios vino sobre mí de una manera tan maravillosa que hablé, me pareció, unos diez minutos. La gente parecía alarmada. Los ministros que estaban sentados en el altar, y que habían puesto una cara tan crítica cuando entré, empezaron a gritar: «¡Amén! ¡Señor Todopoderoso, bendice a esa hermana!». Y entonces pareció que el fuego caía sobre toda la gente. Cuando terminé, me senté, sintiendo que había entregado el mensaje conforme a la voluntad del Señor. A su nombre sea toda la gloria por la fuerza que me dio aquel día. Amén. Amén.

Un día vino a verme la hermana Scott, y estaba muy feliz. Me contó que unas hermanas blancas habían estado en su casa, habían orado y cantado, y estaban llenas del Espíritu Santo. Vestían de manera tan sencilla y pulcra. Pertenecían a la Iglesia Metodista Libre, en algún lugar de la parte alta de Nueva York. Y la habían invitado a algunas de sus reuniones. «¡Oh!», le dije, «¿por qué no las trajiste a verme?». Ella dijo: «Les dije que algún día te llevaría a su iglesia». Así que el domingo fui con ella. Estaba a unas dos millas de donde yo vivía. Salimos temprano y, por supuesto, fuimos andando todo el camino. Pensábamos que era algo terrible viajar en los tranvías en domingo. Y todavía pienso que no deberíamos hacerlo siempre que podamos evitarlo. Pero ni siquiera en esto estoy tan atada como lo estuve en otro tiempo. ¡Alabado sea el Señor! Llegamos a la iglesia. El señor Mackey, tan conocido en toda Nueva York, era entonces muy popular y destacado en esa iglesia, y era un buen amigo de la gente de color. Durante años dirigió reuniones en el Hogar para Gente de Color de Nueva York. Cuando entramos en la iglesia, él estaba allí, y se alegró tanto de vernos. Nos dio la mano, nos acomodó en un asiento y fue muy amable.

«¡Caramba!», pensé, «qué buena es esta gente». Porque semejante trato en una iglesia de blancos no era común para la gente de color. Además, la iglesia era tan bonita y sencilla. Sin vitrales, ni cojines, ni órgano de tubos, ni coro de cuarteto. Y las hermanas eran todas tan sencillas. Y yo también. Porque antes de recibir la bendición yo vestía al estilo cuáquero, porque me gustaba y por economía. Además, el predicador de aquel domingo por la mañana era un tal señor James, y no llevaba botones de oro en la camisa ni anillos en los dedos. Su rostro era sereno y luminoso. ¡Y qué sermón predicó sobre la santidad! Mi alma fue alimentada, y le pedí al Señor que pusiera en el corazón del ministro invitar a las personas a unirse a la iglesia. Sentía que tenía que unirme a esa iglesia. Era una iglesia verdadera. Y esa clase de predicación era la que había oído mencionar a mi padre, la que se oía cuarenta años atrás. Pues bien, oré. Siempre antes, cuando había orado, desde que recibí la bendición, de alguna manera el Señor me había respondido tan rápido. Pero aquella mañana no parecía responder; y sin embargo, ahora veo que aquello fue una respuesta. Porque a veces, cuando el Señor niega una petición, es tanto una respuesta como cuando la concede. Aunque yo había sido miembro de la Iglesia Metodista Africana durante años, aquella mañana estaba dispuesta a unirme sin carta de traslado, a prueba. Dije: «Puedo conseguir mi carta de mi iglesia, lo sé, pero querrán saber todos los porqués, y no quiero decirlo. Solo quiero entrar en esta iglesia. ¡Esta gente parece tan buena! Justo la clase de gente que debe ser». Así que seguí orando. Terminó el sermón. Luego tuvieron una reunión de oración, y oró el hermano Irvin. ¡Oh, qué oración! Siempre la recordaré. Era muy conocido, y un hombre de un poder maravilloso. Y yo pensaba: «¡Van a terminar sin preguntar si alguien quiere unirse! Me levantaré e iré a pedirles que me reciban. Pero entonces se preguntarán por qué no he traído mi carta, ¿y qué voy a decir? ¡El Señor me ayude!». Y me ayudó, pero no como yo quería entonces, sino como está escrito: «Conoceréis, si proseguís en conocer al Señor». La reunión terminó, y no se invitó a nadie a unirse. Pero los amigos se reunieron alrededor de la hermana Scott y de mí, nos dieron la mano y dijeron que se alegraban de vernos. El ministro nos dio la mano y nos invitó a volver. Todos eran tan amables. Gritaban de júbilo y tenían tanta libertad, como la tienen los metodistas libres. El hermano Irvin se me acercó y me dio varios tratados sobre el origen y la doctrina de la Iglesia Metodista Libre. Cómo se había separado a causa de la esclavitud y de las

sociedades secretas. Todo esto era nuevo para mí, pero me venía como anillo al dedo. Luego me dio un tratado sobre el vestir sencillo. ¡Oh, cómo lo estudié! El hermano E. vivía en la calle Dominick, en la parte baja de la ciudad, no muy lejos de donde yo vivía, en la calle Amity. Tenía una reunión de clase entre semana en su casa, así que nos invitó a ir. El martes por la noche fui. Hacía calor, y había sobre la mesa una jarra de agua, y de vez en cuando alguno de los hermanos gritaba: «¡Gloria a Dios!», y luego se tomaba un vaso de agua. Pues bien, a mí me pareció terrible. Porque pensé: «Nosotros no hacemos eso. Podemos aguantar en la reunión de clase hasta que termine sin beber agua». Además, yo pensaba que estaba mal usar un abanico. Así que prefería sufrir el calor antes que abanicarme cuando estaba en la iglesia. Y además hacían tanto ruido innecesario. Justo lo que no me gustaba de mi propia gente. Y yo había pensado que sería distinto.

Pero yo ya había decidido unirme a esa iglesia. Así que la semana siguiente volví, y estaban teniendo una reunión de oración. Tenían a un carretero enorme de rodillas junto a una silla en medio del salón. Había un hermano a cada lado de él, uno detrás y otro delante, y gritaban y daban golpes tratando de hacer que el hombre dijera que creía. «¡Tú crees! Di aleluya». «Alabado sea el Señor». Luego decían: «¡Amén!». Después se levantaron, agarraron al hombre, lo pusieron de pie y dijeron: «Alabado sea el Señor». Pero él era pesado, y no quiso decirlo.

«Bueno», dije, «eso es justamente lo que les reprocho a los míos. Y esta gente es buena gente, pero tiene sus defectos, igual que todo el mundo. Así que más me vale quedarme donde estoy». Entonces me dijeron que entre ellos no había prejuicios. Que a la gente de color siempre se la trataba bien. Y me alegré de eso. Así que la semana siguiente volví. Esa noche dirigía la clase el hermano James. Llevaba echado sobre los hombros un chal muy elegante, de los que usaban los caballeros en aquellos días, y en él un alfiler de acero muy bonito con su cadena, que brillaba mucho.

«Vaya», dije, «no pensé que el hermano James se pusiera eso».

Luego entró una hermana. Cuando vio a la hermana Thompson, a quien yo había convencido de que me acompañara esa noche, y a mí, frunció el ceño y nos dio la espalda. «Vaya», pensé, «dicen que no tienen prejuicios. Pero ella se porta exactamente como si los tuviera. Al fin y al cabo, quizá sea mejor que no me una».

Entonces se levantó una señora muy querida y dio un testimonio tan hermoso,

y tenía un espíritu tan dulce. ¡Cómo me ayudó su testimonio! Pero, ¡oh, qué reprimenda le echó el hermano James por su vestido! Llevaba una sencilla toca de paja negra de cincuenta centavos, con un trozo de cinta negra atravesada por el medio y un lacito a un lado. Ni una flor, ni un toque de color de ninguna clase. Ella dijo: «Bueno, hermano James, nunca pensé nada de eso. Simplemente le pedí a la sombrerera que me la arreglara para ir al mercado, y me la puse». A mí nunca se me había ocurrido nada sobre el lazo que él había denunciado con tanta amargura. Pero no la dejó en paz. Hizo pedazos su testimonio. ¡Cuánto lo sentí por ella! Y pensé que había mucho más del yo y de mal espíritu en sus modales, y en aquel chal tan elegante y en el alfiler de acero con su cadena que se balanceaba, que en la hermana a la que él había reprendido así. Luego le tocó a la hermana que nos había dado la espalda. Habló secamente, y siguió dándonos la espalda. Cuando llegó a mí, me levanté y dije: «Yo entendí que ustedes no tienen prejuicios contra la gente de color».

«Así es», dice el hermano E.

«Bueno, ¿estará bien que diga exactamente lo que pienso?».

«Sí, desde luego», dijo él. «Somos metodistas libres, así que puede decir lo que piensa».

«Pues bien», dije, «yo creo que tienen el espíritu del prejuicio entre ustedes, igual que otra gente. No creo estar equivocada, porque el espíritu de esta reunión me parece muy claro».

Tenían sobre la repisa de la chimenea tres o cuatro pajaritos disecados. Así que dije: «No creo que esté bien tener ahí esos pájaros disecados. La Biblia dice que no debemos tener imágenes de nada de lo que está en el cielo, ni en la tierra, ni en las aguas». Bueno, en aquel entonces me sabía bien la cita. Y después de que dije esto, el hermano E. dijo: «Bien, hermana Smith, Dios la bendiga. En cuanto a que haya prejuicio, está equivocada; pero en cuanto a las imágenes, tiene razón».

Entonces el hermano E. dirigió a su esposa, y le dijo: «Ya no oras tanto como antes, lo sé. Muchas veces, cuando yo estaba en mi oficina en el centro, podía saber cuándo estabas orando». Y siguió hablándole así delante de toda la gente.

Cuando terminó, ella se levantó, subió la escalera y dio un portazo. Y yo dije: «Bueno, eso significa lo mismo que significaba cuando yo daba un portazo». Pero aun así, él sí le dijo muchas cosas que a mi parecer debía haberle dicho a solas. Así que dije: «Bueno, esta gente es igual que la mía. Así que creo que no me uniré».

Cuando salimos, una de las hermanas salió con nosotras. Ella

era una buena hermana. Se me acercó, me tomó del brazo y dijo: «Hermana Smith, tiene razón en lo del prejuicio. Esa hermana a la que usted se refería sí tiene prejuicios, y estaba muy molesta, y dijo esta noche, mientras venía, que ojalá no estuviera allí la gente de color. No le gusta que vengan». Yo dije: «Sabía que tenía razón. Pero el hermano E. no lo sabe, ¿verdad?».

«¡Oh, no! A ellos no se lo dice; pero a mí sí me lo ha dicho, y yo la conozco».

Así que nunca volví.

En aquel tiempo el reverendo Joshua Woodland era pastor de la Iglesia A. M. E. de Brooklyn. Era un hombre de Dios, y predicaba el evangelio. Así que dije: «Ya que no puedo recibir verdadero alimento para mi alma en mi propia iglesia, iré a Brooklyn y me uniré a la del hermano Woodland. Claro que me costará algo ir y volver, pero caminaré de este lado, cruzaré en el barco y caminaré del otro lado hasta la iglesia; y así un sermón a la semana me ayudará, y seguiré yendo a mi clase aquí en Nueva York». Así que oré pidiendo luz y dirección durante tres semanas. Por fin, un día dije: «Señor, muéstrame por tu Espíritu, mediante tu Palabra, lo que debo hacer. Tú sabes que solo quiero hacer tu voluntad». Y abrí mi Biblia, y al mirar, mis ojos cayeron sobre estas palabras: «No temáis; estad quietos, y ved la salvación de Dios». Y vino a mi corazón un torrente de luz y de paz. Y me levanté y alabé al Señor. Nunca dejé la iglesia, pero he visto los tristes resultados de muchos que la dejaron y se fueron. Algunos quizá hayan salido bien, pero otros han fracasado tristemente. ¡Qué lástima! Puedo recordar a varios blancos, hombres y mujeres jóvenes, que conocí en Nueva York, y ¡oh, cómo han fracasado en su vida, dejando una iglesia y uniéndose a otra! Gracias al Señor, que me ha mantenido firme. Amén.

A menudo me dicen: «Qué bien le va, señora Smith; todo el mundo parece tratarla con tanta bondad, y siempre parece que le va tan bien».

«Sí; eso es lo que ustedes piensan», dije, «pero tengo que luchar con mucho más de lo que ustedes se imaginan». Entonces me dijeron: «Oh, bueno, pero nadie la trataría mal». Entonces dije: «Pero si quieren saber y entender de verdad con lo que tiene que luchar Amanda Smith, vuélvanse negros y anden por ahí como ando yo, y llegarán a otra conclusión». Y creo que algunas

personas entenderían la quintaesencia de la gracia santificadora si pudieran ser negras unas veinticuatro horas. Necesitamos ser salvados a fondo para que lleguemos a ser cristianos cabales, completos, de una pieza, a la altura de la norma, y no rebajar la norma hasta nosotros; y como solía decir el anciano hermano Cooper en África: «Señor, ayuda a la gente a ver». Amén.

Un día una señora me preguntó si yo no creía que toda la gente de color quería ser blanca. Le dije que no lo creía; y no lo creía. Nunca deseé ser blanca más que una vez, que yo recuerde, y eso fue hace años. Estaba en una iglesia metodista de blancos en Lancaster; me senté en la galería. Había llegado el nuevo ministro. Era su primer domingo. Yo vivía en casa del coronel Henry McGraw, en la calle Lime, y la iglesia estaba a unas dos cuadras de donde yo vivía. La iglesia de gente de color a la que yo pertenecía y asistía quedaba bastante lejos de nuestra casa. Siempre tenía que cocinar una gran comida los domingos cuando el señor McGraw estaba en casa. Tenía un amigo muy querido, el señor James Reynolds, a quien siempre le gustaba tener a comer con él. Por lo general me gustaba ir a la iglesia el domingo por la mañana, pero estaba demasiado lejos para ir y volver a tiempo de tener lista la comida. Siempre me enorgullecía mucho de ser puntual con la comida, así que muchas veces los domingos solo podía salir por la noche. Ese domingo pensé que iría a oír al nuevo ministro. Todos los jóvenes solían sentarse arriba, y para ellos una persona de color era objeto de burla y de crítica. Yo tenía cuidado de no hacer nada que provocara ese espíritu, pero por lo general recibía bastante de él.

No recuerdo cuál era el texto; pero ¡oh, qué bien recuerdo el poder con que habló el predicador, y la dulzura de su rostro! Mientras predicaba, el Señor me bendijo de una manera maravillosa, y yo tenía tantas ganas de gritar «¡Alabado sea el Señor!»; y recuerdo que dije: «Ojalá fuera blanca, y gritaría “¡Gloria a Jesús!”». A los blancos no los miraban ni hacían comentarios cuando gritaban; ¡porque sí que gritaban! Yo no grité, pero pensé: «Si primero hay la voluntad dispuesta, será aceptada según lo que uno tiene, no según lo que no tiene». Y esa fue la única vez en mi vida que quise ser blanca. Pero, ¡alabado sea el Señor!, ahora grito siempre que su Espíritu me mueve a hacerlo. No, los que somos del negro real estamos muy satisfechos con el don que él nos dio en este color tan sólido. Yo, por mi parte, lo alabo por lo que me ha dado, aunque a veces resulta muy incómodo. Por ejemplo: cuando iba camino de California en enero del año pasado, si hubiera sido blanca podría haberme alojado en un hotel, pero

por ser negra, aunque era una mujer sola, me vi obligada a pasar toda la noche en la sala de espera de Austin, Texas, a pesar de que llegué a las diez de la noche; y muchas veces, estando en Filadelfia, o en Nueva York, o en Baltimore, o casi en cualquier otro sitio, excepto en la grande y antigua e histórica Boston, no podía entrar a tomar una taza de té o una comida en un hotel o en un restaurante. Puede que haya lugares en esas ciudades donde se atienda a la gente de color, pero por lo general se le cierra la puerta, y eso a veces resulta muy incómodo. Podría pagar el precio: sí, eso está muy bien; sé comportarme: sí, eso está muy bien; puede que lleve puesto mi mejor vestido y me vea elegante: sí, eso está muy bien; se me conoce como una señora cristiana: sí, eso está muy bien; no ocuparé más que una silla; no tocaré el plato ni el tenedor de nadie: sí, eso está muy bien; ¡pero usted es negra! Ahora bien, decir que el ser negros no nos causaba a menudo incomodidades no sería verdad; pero, como pertenecemos a un linaje real, nos proponemos arrostrar esta incomodidad por ahora, y seguir adelante hacia el gran futuro, donde todas estas pequeñeces se perderán de vista por su absoluta pequeñez. ¡Que el Señor envíe el futuro a nuestro encuentro! Amén.

En Ocean Grove una señora me llevó aparte y me dijo: «Mire, Amanda Smith, quiero preguntarle con toda sinceridad; sé que usted no puede ser…».

«¿Y ahora qué?», pensé.

«Sé que usted no puede ser blanca, pero si pudiera serlo, ¿no preferiría ser blanca antes que negra?».

«No, no», le dije, «vive el Señor que prefiero ser negra y plenamente salva antes que ser blanca y no salva; ya era bastante mala, negra como soy, y habría sido diez veces peor si hubiera sido blanca». ¡Cómo se rio a carcajadas! Ella no tenía mala intención, pero creo que solo quería ponerme un poquito a prueba. Sí, gracias a Dios, estoy satisfecha con mi color. Me alegro de que no se me diera a elegir, porque si así hubiera sido, estoy segura de que no habría quedado satisfecha; porque cuando era jovencita me apasionaba el verde guisante, y si me hubieran dejado elegir habría escogido ser verde, y estoy segura de que el color de Dios es el mejor y el más sólido. Es la sangre la que da la blancura. ¡Aleluya!


«Aplicada la sangre,
justificada estoy,
salva por fuera y por dentro;
la sangre de Jesús me limpia
de toda huella de pecado».


CORO—«Hay poder en la sangre de Jesús,
hay poder en la sangre de Jesús,
hay poder en la sangre de Jesús
para lavarme y dejarme blanca como la nieve».


«Muchos años mi corazón anhelante
había suspirado, había anhelado conocer
la virtud de la sangre del Salvador,
que lava y deja blanco como la nieve».

Un día, en Nueva York, fui a la reunión de los martes de la señora Palmer. Entró una señora, y había un asiento muy cómodo a mi lado, y después de buscar algún otro sitio por todas partes, al fin decidió tomar el que estaba junto a mí; pero vi que estaba incómoda. Se abanicaba, se removía, se agitaba y se daba aire, hasta que deseé en mi corazón que se hubiera ido a otra parte. Antes de que terminara la reunión me levanté y hablé; el Señor me ayudó y bendijo a la gente. Al terminar la reunión, esta señora se volvió hacia mí toda llena de sonrisas amables y dijo: «¡Oh, no sabía que estaba sentada junto a Amanda Smith; me siento muy honrada!». La miré y la compadecí, ¡pero me sentí mal! Dije en mi corazón: «¡De toda hipocresía y de toda farsa, líbranos, buen Señor!».

Un día, en la reunión campestre de Oakington, oí a una señora dar su testimonio. Dijo: «He venido desde más de quinientas millas a esta reunión para recibir la bendición de la santificación completa. Creo que es mi privilegio disfrutar de esta experiencia, pero no la tengo. He leído todas las obras sobre el tema y la he buscado con fervor día y noche, y sin embargo no he recibido la luz».

¡Oh, cuánto quería decirle que no estaba en los libros! Me levanté para hablar y decírselo, como creía que el Señor quería que lo hiciera, pero me dijeron que me sentara, que había otros que querían hablar. Lo lamenté un poco, porque estaba bastante segura de que mi deseo de hablar era un impulso del Señor; pero tenía que aprender la obediencia a las autoridades establecidas. Alabado sea el Señor por la gracia que me permitió hacerlo. ¡Aleluya! También vi algunas cosas que no eran lo que yo llamaba coherentes con la profesión de la vida santificada. Fue inesperado, y yo era nueva en la experiencia y me afectó un poco; pero Dios me guardó de apartarme de este principio, como les pasa a muchos cuando encuentran en la vida cosas que no armonizan con la profesión de la santidad. Hay mucho de la naturaleza humana con lo que tenemos que luchar, aun después de estar enteramente

santificados, de modo que siempre necesitaremos la hermosa gracia de la paciencia. «Porque la paciencia os es necesaria; para que, habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa». Hebreos 10:36.

Página 1 / 1 · 38 min restantes en el capítulo
Anterior Siguiente