Capítulo 6 · 3 min de lectura · 4 min de escucha
Recuperar a Frances
«Defended al débil y al huérfano; haced justicia al afligido y al menesteroso». — Salmos 82:3
Frances, la hermana menor de Amanda, nació libre, en Pensilvania, de padres libres. Con eso debería haberse acabado el peligro. No fue así. Cuando Frances era pequeña se fue a vivir con una tía en Maryland, y las cosas salieron mal: la tía era dura, Frances se escapó a una familia que la trataba mejor y, en el caos de los años de la Guerra Civil, cuando a la gente negra la capturaban y la vendían si no podía demostrar al instante que era libre, a una niña nacida libre simplemente la vendieron de todos modos. Por cuarenta dólares. A un hombre, por un plazo de diez años.
Amanda trabajaba como sirvienta por seis dólares al mes cuando le llegó la noticia. Pidió prestados cincuenta dólares a cuenta de su salario y fue: una mujer negra que viajaba a un estado esclavista en plena guerra para recuperar a su hermana. Llegó a la zona y empezó a caminar las millas que la separaban de la granja, sola, sin haber comido nada en todo el día. Le daba miedo pararse en las casas aunque fuera para pedir un vaso de agua. En una casa elegante, con una bomba de agua ahí mismo en el patio, le pidió agua a una anciana que estaba en el porche y le contestaron: «No, no; sigue, sigue». Amanda estuvo a punto de desmayarse, y entonces le pidió a Dios que sencillamente le quitara la sed; y, según contó, la sed se le fue por completo, y siguió caminando otra milla bajo el sol.
Cuando llegó a la granja y encontró a Frances, el hombre que era «dueño» de su hermana se puso furioso, soltó maldiciones y se negó a dejar ir a una muchacha nacida libre por menos de los cuarenta dólares que había pagado. Era indignante: Amanda no tenía ninguna obligación legal de pagar ni un centavo por una persona que nunca había sido propiedad legítima de nadie. Pero no había nadie que jurara por Frances ante un tribunal, no venía ninguna protección, y tenía delante a un hombre enfurecido con un látigo en la mano. Así que Amanda pagó. Entregó el dinero, y Frances se fue con el único vestido que llevaba puesto y otro bajo el brazo. Amanda pasó años trabajando para saldar esa deuda.
Sé sincero sobre lo que te hace sentir esta historia, porque ese sentimiento es justamente la cuestión. Da rabia. Amanda lo hizo todo bien y aun así tuvo que comprarle su propia hermana, que era libre, a un hombre que no tenía ningún derecho a venderla, porque ni la ley ni la gente de alrededor iban a proteger a una muchacha negra. A veces hacer lo que el amor pide significa pagar un precio completamente injusto, un precio que nunca te debieron poner delante. Amanda lo pagó porque Frances le importaba más que el principio del asunto.
Esa es una clase de amor dura y adulta, y vas a necesitar entenderla. Habrá momentos en que la solución justa sencillamente no esté disponible: cuando defender a alguien, limpiar un desastre que no era tuyo o proteger a una persona arrinconada te cueste dinero, tiempo, comodidad o un reconocimiento que no debías. La respuesta inmadura es: «Eso no es justo, así que no lo hago». La respuesta de Amanda fue considerar que la persona valía más que la injusticia. Nunca fingió que fuera justo. Simplemente decidió que Frances iba primero.
Una cosa que hacer: piensa en una persona de tu vida a la que están tratando injustamente y que no puede arreglarlo sola: un hermano, un amigo, alguien de la escuela. Haz esta semana una cosa para ayudarla que te cueste algo y que, técnicamente, «no tienes por qué» hacer. Un amor que solo aparece cuando es justo y cómodo no es el que practicaba la familia de Amanda.
Preguntas para pensar
Piénsalo primero; luego toca una pregunta para ver una forma de responderla.
¿Por qué tuvo Amanda que viajar a Maryland, y qué hizo cuando llegó a la granja?
A su hermana Frances, que había nacido libre, la habían vendido por cuarenta dólares por un plazo de diez años. Frente a un hombre enfurecido con un látigo y sin ninguna protección legal, Amanda pagó los cuarenta dólares y se llevó a Frances a casa, y después pasó años trabajando para saldar la deuda.
El capítulo llama a esto «una clase de amor dura y adulta». ¿Qué lo hace así?
Amanda no debía nada —Frances nunca había sido propiedad legítima de nadie—, pero pagó un precio injusto porque su hermana le importaba más que el principio. Nunca fingió que fuera justo; simplemente decidió que Frances iba primero.
¿A quién de tu vida tratan injustamente y no puede arreglarlo solo? ¿Qué te costaría ayudarlo?
La idea del capítulo: la respuesta inmadura es «Eso no es justo, así que no lo hago». Propone hacer esta semana una cosa que te cueste algo y que, técnicamente, «no tienes por qué» hacer: un amor que espera a que las cosas sean justas no es el que practicaba Amanda.
Capítulo 6 completado
Recuperar a Frances