Capítulo 16 · 22 min de lectura · 29 min de escucha
Se recomiendan las devociones de las nueve de la mañana, llamadas en la Escritura la hora tercera del día. El tema de estas oraciones es la humildad
AHORA llego a otra hora de oración, que en la Escritura se llama la hora tercera del día, pero que, según nuestra manera de contar las horas, se llama las nueve de la mañana.
A esta hora el cristiano devoto debe considerarse llamado por Dios a renovar sus actos de oración y a dirigirse de nuevo al trono de la gracia.
Es cierto que no hay en la Escritura ningún mandamiento expreso de repetir nuestras devociones a esta hora. Pero también hay que considerar que tampoco hay ningún mandamiento expreso de comenzar y terminar el día con la oración. De modo que, si eso se tiene por razón para descuidar la devoción a esta hora, igualmente podría alegarse como razón para descuidar la devoción tanto al comienzo como al final del día.
Pero si la práctica de los santos de todas las edades del mundo, si las costumbres de los judíos piadosos y de los primeros cristianos, tienen alguna fuerza para nosotros, tenemos autoridad suficiente para persuadirnos a hacer de esta hora un tiempo constante de devoción.
Las Escrituras nos muestran cómo esta hora estaba consagrada a la devoción, tanto por los judíos como por los cristianos; de modo que, si deseamos contarnos entre aquellos cuyos corazones estaban consagrados a Dios, no debemos dejar pasar esta hora sin presentarnos ante él en alguna solemnidad de devoción. Y además de esta autoridad en favor de esta práctica, lo razonable que es basta para invitarnos a observarla.
Porque si te levantaste a buena hora por la mañana, tus primeras devociones habrán quedado a una distancia conveniente de esta hora; habrás estado ocupado en otros asuntos el tiempo suficiente para que te convenga volver a este, el mayor de todos los asuntos: elevar tu alma y tus afectos a Dios.
Pero si te has levantado tan tarde que apenas puedes comenzar a esta hora tus primeras devociones, cuando esta hora es la propia de las segundas, de ahí puedes aprender que complacerte en el sueño de la mañana no es cosa de poca monta, puesto que te atrasa tanto en tus devociones y te roba aquellas gracias y bendiciones que se obtienen con la oración frecuente.
Porque si la oración tiene poder ante Dios, si desata las ataduras del pecado, si purifica el alma, reforma nuestros corazones y atrae los auxilios de la gracia divina, ¿cómo puede tenerse por cosa de poca monta aquello que nos roba una hora de oración?
Imagínate colocado en algún lugar del aire, como espectador de todo lo que sucede en el mundo, y que vieras, de una sola mirada, las devociones que todo el pueblo cristiano ofrece a Dios cada día: imagina que vieras a algunos repartiendo piadosamente el día y la noche, como lo hacían los primeros cristianos, y constantes en todas las horas de devoción, cantando salmos e invocando a Dios en todos aquellos tiempos en que los santos y los mártires recibieron de Dios sus dones y sus gracias; imagina que vieras a otros vivir sin regla alguna en cuanto a los tiempos y la frecuencia de la oración, y que solo acuden a sus devociones más temprano o más tarde, según el sueño y la pereza tengan a bien permitírselo. Ahora bien, si vieras esto como Dios lo ve, ¿cómo supones que te afectaría semejante espectáculo? ¿Qué juicio imaginas que formarías sobre estas diferentes clases de personas? ¿Podrías pensar que aquellos que eran tan exactos en sus reglas de devoción no ganaban nada con su exactitud? ¿Podrías pensar que sus oraciones eran recibidas exactamente de la misma manera, y que no les procuraban más bendiciones que las de aquellos que prefieren la pereza y la comodidad a los tiempos y las reglas de la devoción?
¿Podrías tener a los unos por siervos de Dios tan verdaderos como los otros? ¿Podrías imaginar que quienes eran tan diferentes en su vida no hallarían diferencia alguna en su estado después de la muerte? ¿Podrías pensar que te es indiferente a cuál de estas personas te parezcas más?
Si no es así, procura ahora unirte a ese número de personas devotas, a esa sociedad de santos entre los cuales deseas ser hallado cuando dejes el mundo.
Y aunque el mero número y la repetición de nuestras oraciones valen poco, sin embargo, puesto que la oración, hecha como es debido y con atención, es el medio más natural de enmendar y purificar nuestros corazones; puesto que la Escritura nos encarece la insistencia y la frecuencia en la oración tanto como la oración misma, podemos estar seguros de que, cuando somos frecuentes e insistentes en nuestras oraciones, estamos empleando el mejor medio de obtener los más altos beneficios de una vida devota.
Y, por otra parte, de aquellos que por negligencia, pereza o cualquier otra complacencia se vuelven incapaces o poco inclinados a observar reglas y horas de devoción, podemos estar seguros de que se privan de aquellas gracias y bendiciones que una devoción exacta y ferviente obtiene de Dios.
Ahora bien, así como esta frecuencia en la oración está fundada en las doctrinas de la Escritura y nos la recomienda la práctica de los verdaderos adoradores de Dios, no debemos creernos dispensados de ella sino cuando podamos demostrar que empleamos nuestro tiempo en ocupaciones más agradables a Dios que estos regresos a la oración.
Menos que nada debemos imaginar que la torpeza, la negligencia, la complacencia o las diversiones puedan ser excusas perdonables para no observar un método exacto y frecuente de devoción.
Si eres de espíritu devoto, te alegrarás de estos regresos a la oración, que mantienen tu alma en un santo gozo de Dios, que transforman tus pasiones en amor divino y llenan tu corazón de gozos y consuelos más intensos que los que puedas hallar en ninguna otra cosa.
Y si no eres de espíritu devoto, entonces estás además obligado a esta frecuencia en la oración, para educar y ejercitar tu corazón hasta que alcance un verdadero sentido y sentimiento de la devoción.
Ahora bien, puesto que el santo espíritu de la religión cristiana y el ejemplo de los santos de todas las edades te llaman a repartir así el día en horas de oración, te será sumamente provechoso hacer una buena elección de los asuntos que han de ser materia de tus oraciones, y reservar cada hora de oración para algún tema particular, que podrás cambiar o ampliar según lo requiera el estado en que te encuentres.
De este modo tendrás ocasión de detenerte con amplitud y detalle en todas las partes de cualquier virtud o gracia que entonces conviertas en materia de tus oraciones. Y pidiéndola en todas sus partes, y haciendo de ella la sustancia de una oración entera una vez cada día, pronto notarás un gran cambio en tu corazón, y verás que no puedes pedir así constantemente todas las partes de una virtud cada día de tu vida y, sin embargo, vivir el resto del día en contra de ella.
Si un hombre de mentalidad mundana orara cada día contra todas las manifestaciones de una disposición mundana; si hiciera una descripción detallada de las tentaciones de la codicia y pidiera a Dios que lo ayudara a rechazarlas todas y que frustrara todos sus designios codiciosos, encontraría su conciencia tan despierta que se vería obligado o a abandonar tales oraciones o a abandonar una vida mundana.
Lo mismo valdrá en cualquier otro caso. Y si pedimos y no recibimos, es porque pedimos mal: porque pedimos con fórmulas frías y generales, que solo nombran las virtudes sin describir sus partes particulares, fórmulas que no se ajustan lo bastante a nuestra condición y que, por tanto, no producen ningún cambio en nuestros corazones. En cambio, cuando un hombre enumera en sus oraciones todas las partes de una virtud, su conciencia despierta con ello, y él se asusta al ver cuán lejos está de alcanzarla. Y esto lo mueve al ardor en la devoción, cuando ve cuánto le falta de aquella virtud por la que está orando.
En el capítulo anterior te expuse la excelencia de la alabanza y la acción de gracias, y te la recomendé como tema de tus primeras devociones de la mañana.
Y puesto que un estado humilde del alma es el estado mismo de la religión, puesto que la humildad es la vida y el alma de la piedad, el fundamento y el sostén de toda virtud y de toda buena obra, la mejor guardia y seguridad de todos los afectos santos, te recomendaré la humildad como sumamente apropiada para ser el tema constante de tus devociones en esta hora tercera del día; y te ruego encarecidamente que no tengas por seguro, ni por probable que acabe bien, ningún día en el que no te hayas puesto así, desde temprano, en esta actitud de humildad, y no hayas invocado a Dios para que te lleve a través del día en el ejercicio de un espíritu manso y humilde.
Esta virtud es tan esencial para el recto estado de nuestras almas que no cabe pretender una vida razonable o piadosa sin ella. Tanto valdría pensar en ver sin ojos o en vivir sin aliento como pensar en vivir en el espíritu de la religión sin el espíritu de la humildad.
Y aunque es así el alma y la esencia de todos los deberes religiosos, es, sin embargo, hablando en general, la menos comprendida, la menos estimada, la menos buscada como intención, la menos deseada y procurada de todas las virtudes, entre toda clase de cristianos.
Nadie tiene más motivo para temer los avances del orgullo que quienes han hecho algunos progresos en una vida piadosa; porque el orgullo puede crecer tanto sobre nuestras virtudes como sobre nuestros vicios, y se nos insinúa en todas las ocasiones.
Cada buen pensamiento que tenemos, cada buena acción que hacemos, nos expone al orgullo y nos deja a merced de los asaltos de la vanidad y de la satisfacción de nosotros mismos.
No son solo la hermosura de nuestra persona, los dones de la fortuna, nuestros talentos naturales y las distinciones de la vida; también nuestras devociones y limosnas, nuestros ayunos y humillaciones, nos exponen a nuevas y fuertes tentaciones de este espíritu maligno.
Y por esta razón aconsejo tan encarecidamente a toda persona devota que comience cada día con este ejercicio de humildad, para que pueda avanzar seguro bajo la protección de este buen guía, y no caer víctima de su propio progreso en aquellas virtudes que han de salvar a la humanidad de la perdición.
La humildad no consiste en tener de nosotros mismos peor opinión de la que merecemos, ni en rebajarnos más de lo que realmente somos; sino que, así como toda virtud se funda en la verdad, la humildad se funda en un sentido verdadero y justo de nuestra debilidad, miseria y pecado. El que siente rectamente este sentido de su condición y vive en él, vive en la humildad.
La debilidad de nuestro estado se manifiesta en nuestra incapacidad de hacer cosa alguna como por nosotros mismos. En nuestro estado natural carecemos por completo de todo poder; somos, en efecto, seres activos, pero solo podemos obrar por un poder que Dios nos presta a cada momento.
No tenemos más poder propio para mover una mano o dar un paso que para mover el sol o detener las nubes.
Cuando pronunciamos una palabra, no sentimos en nosotros más poder para hacerlo que el que sentimos para resucitar a los muertos. Porque no obramos más dentro de nuestro propio poder, ni por nuestras propias fuerzas, cuando pronunciamos una palabra o emitimos un sonido, que los apóstoles obraban dentro de su propio poder, o por sus propias fuerzas, cuando una palabra de su boca echaba fuera demonios y curaba enfermedades.
Así como era únicamente el poder de Dios lo que los capacitaba para hablar con tales efectos, así es únicamente el poder de Dios lo que nos capacita a nosotros para hablar en absoluto.
Ciertamente comprobamos que podemos hablar, como comprobamos que estamos vivos; pero el ejercicio efectivo del habla no está más en nuestro poder que el goce efectivo de la vida.
Esta es la pobreza dependiente y desvalida de nuestro estado, la cual es una gran razón para la humildad. Porque, puesto que ni somos ni podemos hacer nada por nosotros mismos, enorgullecernos de algo que somos o de algo que podemos hacer, y atribuirnos gloria por estas cosas como si fueran adornos nuestros, tiene la culpa del robo y de la mentira a la vez. Tiene la culpa del robo, porque nos atribuimos a nosotros mismos cosas que solo pertenecen a Dios; tiene la culpa de la mentira, porque es negar la verdad de nuestro estado y pretender ser algo que no somos.
En segundo lugar, otro argumento en favor de la humildad se funda en la miseria de nuestra condición.
Ahora bien, la miseria de nuestra condición se manifiesta en esto: en que usamos estas facultades prestadas de nuestra naturaleza para tormento y vejación de nosotros mismos y de nuestros semejantes.
Dios Todopoderoso nos ha confiado el uso de la razón, y nosotros la usamos para el desorden y la corrupción de nuestra naturaleza. A fuerza de razonar nos metemos en toda clase de locuras y miserias, y hacemos de nuestra vida el juguete de pasiones necias y extravagantes; buscamos una felicidad imaginaria bajo toda clase de formas, nos creamos mil necesidades, entretenemos nuestro corazón con falsas esperanzas y temores, tratamos el mundo peor que los animales irracionales, y nos envidiamos, nos irritamos y nos atormentamos unos a otros con pasiones inquietas y contiendas irrazonables.
Que cualquier hombre mire tan solo hacia atrás, a su propia vida, y vea qué uso ha hecho de su razón, qué poco la ha consultado y menos aún la ha seguido. ¡Qué pasiones necias, qué pensamientos vanos, qué trabajos innecesarios, qué proyectos extravagantes han ocupado la mayor parte de su vida! ¡Qué necio ha sido en sus palabras y en su conversación; qué pocas veces ha obrado bien con juicio, y cuántas veces lo ha librado de obrar mal la casualidad; qué pocas veces ha logrado contentarse a sí mismo, y cuántas ha disgustado a los demás; cuántas veces ha cambiado de parecer, ha odiado lo que amaba y amado lo que odiaba; cuántas veces se ha enfurecido y arrebatado por naderías, se ha complacido y disgustado con las mismísimas cosas, y ha pasado constantemente de una vanidad a otra! Que un hombre contemple así su propia vida, y verá razón de sobra para confesar que el orgullo no se hizo para el hombre.
Que considere tan solo que, si el mundo supiera de él todo lo que él sabe de sí mismo; si viera qué vanidad y qué pasiones gobiernan su interior, y qué disposiciones secretas manchan y corrompen sus mejores acciones, no tendría más derecho a ser honrado y admirado por su bondad y su sabiduría que un cuerpo podrido y enfermo a ser amado y admirado por su hermosura y su gracia.
Esto es tan cierto, y tan conocido en el corazón de casi todas las personas, que nada les parecería más espantoso que ver su corazón descubierto así por completo a los ojos de todos los que miran.
Y quizá haya muy pocas personas en el mundo que no prefirieran morir antes que ver dadas a conocer al mundo todas sus locuras secretas, los errores de su juicio, la vanidad de su mente, la falsedad de sus pretensiones, la frecuencia de sus pasiones vanas y desordenadas, su desasosiego, sus odios, envidias y enojos.
¿Y se dará acogida al orgullo en un corazón tan consciente de su propia conducta miserable? Una criatura en tal condición, que no podría sostenerse bajo la vergüenza de ser conocida por el mundo en su verdadero estado, ¿esa criatura, porque su vergüenza solo la conocen Dios, los santos ángeles y su propia conciencia, se atreverá, a la vista de Dios y de los santos ángeles, a ser vanidosa y orgullosa de sí misma?
En tercer lugar, si a esto añadimos la vergüenza y la culpa del pecado, hallaremos una razón todavía mayor para la humildad.
Ninguna criatura que hubiera vivido en la inocencia habría obtenido por ello derecho alguno a honrarse y estimarse a sí misma; porque, como criatura, todo lo que es, o tiene, o hace, procede de Dios, y por tanto la honra de todo lo que le pertenece solo se debe a Dios.
Pero si una criatura que es pecadora, que está bajo el desagrado del gran Gobernador de todo el mundo, y que no merece de él otra cosa que dolores y castigos por el vergonzoso abuso de sus facultades; si semejante criatura pretende gloriarse a sí misma por algo que es o que hace, de ella solo puede decirse que se gloría en su vergüenza.
Ahora bien, cuán monstruosa y vergonzosa es la naturaleza del pecado se ve con suficiente claridad por aquella gran expiación que es necesaria para limpiarnos de su culpa.
Nada menos que los sufrimientos y la muerte del Hijo de Dios se han requerido para quitar la culpa de nuestros pecados. Si él no hubiera tomado sobre sí nuestra naturaleza, nuestra naturaleza habría quedado para siempre separada de Dios e incapaz de comparecer jamás ante él.
¿Y hay algún lugar para el orgullo o la gloria propia mientras participamos de una naturaleza como esta?
¿Nos han hecho nuestros pecados tan abominables y odiosos a aquel que nos creó que él no podía siquiera recibir nuestras oraciones ni admitir nuestro arrepentimiento hasta que el Hijo de Dios se hizo hombre y se convirtió en Abogado sufriente de todo nuestro linaje; y podemos nosotros, en este estado, pretender tener altos pensamientos de nosotros mismos? ¿Presumiremos de deleitarnos en nuestro propio valor, nosotros que no somos dignos siquiera de pedir perdón por nuestros pecados sin la mediación y la intercesión del Hijo de Dios?
Así de hondo está puesto el fundamento de la humildad en estas deplorables circunstancias de nuestra condición, las cuales muestran que para un hombre, en este estado de cosas, reclamar cualquier grado de gloria es una ofensa tan grande contra la verdad y contra la razón de las cosas como pretender el honor de haberse creado a sí mismo. Si el hombre quiere jactarse de algo como suyo, ha de jactarse de su miseria y de su pecado; porque no hay ninguna otra cosa, aparte de esta, que sea propiedad suya.
Vuelve los ojos hacia el cielo, e imagina que vieras lo que allí se hace; que vieras a los querubines y serafines, y a todos los gloriosos habitantes de aquel lugar, todos unidos en una sola obra: no buscando gloria los unos de los otros, no afanándose por su propio ascenso, no contemplando sus propias perfecciones, no cantando sus propias alabanzas, no estimándose a sí mismos y despreciando a los demás, sino todos ocupados en una y la misma obra, todos dichosos en uno y el mismo gozo; «echando sus coronas delante del trono de Dios», y tributando la gloria y la honra y el poder solo a él. [Apocalipsis 4:10, 11]
Luego vuelve los ojos al mundo caído, y considera cuán irrazonable y odioso ha de ser que unos gusanos tan pobres, unos pecadores tan miserables, se deleiten en sus propias glorias imaginarias, mientras los más altos y gloriosos hijos del cielo no buscan otra grandeza ni otra honra que la de atribuir toda honra, toda grandeza y toda gloria solo a Dios.
El orgullo no es más que el desorden del mundo caído; no tiene lugar entre los demás seres; solo puede subsistir donde reinan la ignorancia y la sensualidad, las mentiras y la falsedad, las concupiscencias y la impureza.
Que un hombre, cuando más complacido esté con su propia figura, mire un crucifijo y contemple a nuestro bendito Señor extendido y clavado en una cruz; y que considere luego cuán absurdo ha de ser que un corazón lleno de orgullo y de vanidad ore a Dios por los sufrimientos de un Salvador tan manso y crucificado.
Estas son las reflexiones en que debes meditar a menudo, para quedar así dispuesto a andar delante de Dios y de los hombres con el espíritu de humildad que conviene al estado débil, miserable y pecador de todos los que descienden del Adán caído.
Cuando con reflexiones generales como estas hayas convencido a tu mente de lo razonable que es la humildad, no debes contentarte con ello, como si fueras humilde por el hecho de que tu mente reconozca lo razonable de la humildad y se declare contra el orgullo. Sino que debes entrar inmediatamente en la práctica de esta virtud, como un joven principiante que tiene que aprenderla toda, que solo puede aprender poco cada vez y con gran dificultad. Debes considerar no solo que tienes que aprender esta virtud, sino que has de conformarte con avanzar en ella como aprendiz todo el tiempo de tu vida, esforzándote por alcanzar mayores grados de ella y practicando cada día actos de humildad, así como cada día practicas actos de devoción.
No te imaginarías devoto por el hecho de que en tu juicio aprobaras las oraciones y declararas a menudo tu parecer en favor de la devoción. ¡Y sin embargo, cuántas personas se imaginan bastante humildes sin otra razón que la de que a menudo alaban la humildad y hacen vehementes declaraciones contra el orgullo!
Cecus es un hombre rico, de buena educación y de muy finas dotes. Es aficionado al vestido y minucioso en las cosas más pequeñas que puedan añadir algún adorno a su persona. Es altivo e imperioso con todos sus inferiores, está muy pagado de todo lo que dice o hace, y jamás imagina posible que un juicio como el suyo se equivoque. No soporta ninguna contradicción, y descubre la debilidad de tu entendimiento en cuanto te opones a él. Cambia todo lo que hay en su casa, su indumentaria y su carruaje cada vez que se le presenta algo más elegante. Cecus habría sido muy religioso, de no ser porque siempre creyó que ya lo era.
No hay nada tan odioso para Cecus como un hombre orgulloso; y la desgracia es que en esto tiene la vista tan aguda que descubre en casi todo el mundo algunos rasgos de vanidad.
Por otra parte, siente un extraordinario afecto por las personas humildes y modestas. La humildad, dice, es una cualidad tan amable que se gana nuestra estima dondequiera que la encontremos. No hay modo de despreciar a la persona más humilde que la tenga, ni de estimar al hombre más grande que carezca de ella.
Cecus no sospecha que es orgulloso más de lo que sospecha que le falta juicio. Y la razón es que siempre se encuentra tan enamorado de la humildad y tan indignado contra el orgullo.
Es muy cierto, Cecus, que hablas con sinceridad cuando dices que amas la humildad y aborreces el orgullo. No eres ningún hipócrita; expresas los verdaderos sentimientos de tu mente; pero ten presente esto, Cecus: que solo amas la humildad y odias el orgullo en los demás. Nunca en tu vida has pensado en otra humildad, ni en otro orgullo, que el que has visto en otras personas.
El caso de Cecus es un caso común; muchas personas viven en todas las manifestaciones del orgullo y se permiten toda vanidad que pueda entrar en su mente, y sin embargo nunca sospechan que las gobiernan el orgullo y la vanidad, porque saben cuánto les desagradan las personas orgullosas y cuánto les complacen la humildad y la modestia dondequiera que las encuentran.
Todos sus discursos en favor de la humildad, y todas sus invectivas contra el orgullo, son tenidos por otros tantos verdaderos ejercicios y efectos de su propio espíritu humilde.
Cuando, en verdad, están tan lejos de ser actos o pruebas propias de la humildad que son grandes indicios de su falta.
Porque cuanto más lleno de orgullo está uno, tanto más impaciente se mostrará ante las más pequeñas manifestaciones de él en los demás. Y cuanta menos humildad tiene uno en su propia mente, tanto más la exigirá y se deleitará en ella en los demás.
Debes, pues, obrar con una medida enteramente contraria, y tenerte por humilde solo en la medida en que te impongas a ti mismo toda manifestación de humildad y nunca la reclames de los demás; y por enemigo del orgullo solo en la medida en que nunca lo perdones en ti mismo ni lo censures jamás en otras personas.
Ahora bien, para hacer esto, solo tienes que considerar que el orgullo y la humildad no significan nada para ti sino en cuanto son tuyos; que no te hacen ni bien ni mal sino en cuanto son disposiciones de tu propio corazón.
Amar la humildad, por tanto, no te reporta beneficio ni ventaja alguna sino en la medida en que amas ver todos tus pensamientos, palabras y acciones gobernados por ella. Y odiar el orgullo no te hace ningún bien, no es en ti perfección alguna, sino en la medida en que odias albergar cualquier grado de él en tu propio corazón.
Ahora bien, para comenzar y emprender bien la práctica de la humildad, debes dar por sentado que eres orgulloso, que toda tu vida has estado más o menos infectado de esta disposición irrazonable.
Debes creer también que es tu mayor debilidad, que tu corazón está sujeto a ella más que a ninguna otra, que se te insinúa tan constantemente que tienes razón para vigilar y sospechar sus acercamientos en todas tus acciones.
Porque esto es lo que la mayoría de las personas, especialmente los recién iniciados en una vida piadosa, pueden pensar de sí mismos con toda verdad.
Porque no hay ningún vicio que esté más hondamente arraigado en nuestra naturaleza, ni que reciba un alimento tan constante de casi todo lo que pensamos o hacemos; pues apenas hay nada en el mundo que necesitemos o usemos, ni acción o deber alguno de la vida, del que el orgullo no halle uno u otro modo de asirse. De suerte que, en cualquier momento en que comencemos a ofrecernos a Dios, apenas podemos estar más seguros de nada que de tener mucho orgullo del que arrepentirnos.
Si, por tanto, te resulta desagradable abrigar esta opinión de ti mismo, y no puedes ponerte entre los que necesitan ser curados del orgullo, puedes estar tan seguro como si un ángel del cielo te lo hubiera dicho de que no solo te queda mucha humildad por buscar, sino toda.
Porque no puedes tener señal mayor de un orgullo más arraigado que cuando piensas que eres bastante humilde. Así como el que piensa que ama bastante a Dios se muestra enteramente extraño a esa santa pasión, así el que piensa que tiene bastante humildad muestra que ni siquiera es un principiante en la práctica de la verdadera humildad.
Capítulo 16 completado
Se recomiendan las devociones de las nueve de la mañana, llamadas en la Escritura la hora tercera del día. El tema de estas oraciones es la humildad