Un llamado a los inconversos
Sermón III

Capítulo 5 · 41 min de lectura

Sermón III

Ezequiel 33:11.

Diles: Vivo yo, dice Jehová el Señor, que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva. Volveos, volveos de vuestros malos caminos; ¿por qué moriréis, oh casa de Israel?

SE ha explicado y demostrado que Dios se complace en la conversión y la salvación de los hombres, y no en su muerte ni en su condenación. Antes prefiere que se conviertan y vivan, a que sigan adelante y mueran:—Y, para no dejar al hombre pretexto alguno para dudarlo, el Señor nos lo ha confirmado con su juramento. Más aún: tan de veras anhela Dios la conversión de los pecadores, que redobla con vehemencia sus mandatos y exhortaciones, Volveos, volveos.

Habiendo ya ilustrado y aplicado cada uno de estos puntos, pasemos a la siguiente doctrina, y oigamos vuestras razones.

Doctrina 6. El Señor condesciende a razonar el caso con los pecadores inconversos, y a preguntarles por qué quieren morir.

Extraña disputa es esta, tanto por la controversia como por los que en ella contienden.

1. La controversia o cuestión que se propone para debatir es esta: «¿Por qué se condenarán a sí mismos los malvados?» O bien: «¿Por qué prefieren morir antes que convertirse?» ¿Tienen acaso razón suficiente para obrar así?

2. Los que contienden son Dios y el hombre; el Dios santísimo, y los pecadores malvados e inconversos.

¿No es cosa extraña la que Dios parece dar aquí por supuesta, que haya hombre alguno dispuesto a morir y a condenarse? Más aún, que este sea el caso de los malvados; esto es, de la mayor parte del mundo. Pero diréis que esto no puede ser, porque la naturaleza desea su propia conservación y felicidad, y los malvados son más egoístas que los demás, no menos; ¿cómo, pues, puede alguien estar dispuesto a condenarse?—A lo cual respondo:

1. Es verdad cierta que nadie puede querer el mal como mal, sino solo en cuanto tiene alguna apariencia de bien; mucho menos puede nadie querer ser atormentado eternamente. La desdicha, como tal, nadie la desea.

2. Y con todo, no deja de ser cierto lo que aquí nos enseña Dios: que la causa por la que los malvados mueren y se condenan es que quieren morir y condenarse. Y esto es verdad en varios sentidos.

1. Porque quieren ir por el camino que lleva al infierno, aunque Dios y los hombres les dicen adónde va y dónde termina; y aunque Dios ha declarado tantas veces en su palabra que, si persisten en ese camino, serán condenados, y que no serán salvos a menos que se conviertan, Isaías 48:22 y 57:21: «No hay paz para los malos, dijo Jehová». Isaías 59:8: «No conocieron camino de paz, ni hay derecho en sus caminos; sus veredas son torcidas; cualquiera que por ellas fuere, no conocerá paz». Tienen la palabra y el juramento del Dios vivo de que, si no se convierten, no entrarán en su reposo.—Y con todo, malvados son y malvados quieren ser, digan lo que digan Dios y los hombres; carnales son y carnales quieren ser; mundanos son y mundanos quieren ser; aunque Dios les ha dicho que «el amor del mundo es enemistad contra Dios; y que si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él», Santiago 4:4; 1 Juan 2:15. De modo que, por consiguiente, estos hombres están dispuestos a condenarse, aunque no directamente; están dispuestos a andar por el camino del infierno, y aman la causa cierta de su tormento; aunque no quieran el infierno en sí, ni amen el dolor que habrán de padecer.

¿No es esta la verdad de vuestro caso, pecadores? No querríais arder en el infierno; pero encendéis el fuego con vuestros pecados y os arrojáis en él; no querríais ser atormentados con los demonios para siempre, pero hacéis lo que ciertamente lo procura, a despecho de cuanto se os pueda decir en contra. Es como si dijerais: «Beberé este veneno, pero no moriré. Me arrojaré de cabeza desde lo alto de un campanario, pero no me mataré. Hundiré este cuchillo en mi corazón, pero no me quitaré la vida. Prenderé este fuego en la paja de mi tejado, pero no lo quemaré».—Así ocurre con los malvados: quieren ser malvados, y quieren vivir según la carne y el mundo, y sin embargo no querrían condenarse. Pero ¿no sabéis que los medios conducen al fin? ¿y que Dios, por su justa ley, ha decretado que os arrepintáis o perezcáis? El que quiera tomar veneno bien puede decir sin rodeos: «Me mataré»; porque no vendrá a parar en otra cosa: aunque quizá lo amara por lo dulce del azúcar que le mezclaron, y no hubiera modo de persuadirlo de que era veneno, sino que podía tomarlo y quedar sano; pero no serán sus fantasías y su confianza las que le salven la vida. Así, si queréis ser borrachos, o fornicarios, o mundanos, o vivir según la carne, bien podéis decir sin rodeos: «Nos condenaremos», pues así será a menos que os convirtáis. ¿No reprenderíais la locura de un ladrón o de un homicida que dijera: «Robaré y mataré, pero no me ahorcarán», sabiendo que, si hace lo uno, el juez con justicia hará que se cumpla lo otro? Si dice «Robaré y asesinaré», bien puede decir sin rodeos: «Seré ahorcado». Así, si persistís en una vida carnal, bien podéis decir sin rodeos: «Iremos al infierno».

2. Además, los malvados no quieren usar aquellos medios sin los cuales no hay esperanza de su salvación. El que no quiere comer bien puede decir sin rodeos que no quiere vivir, a menos que sepa cómo vivir sin alimento; el que no quiere emprender su viaje bien puede decir sin rodeos que no quiere llegar al término. El que cae al agua y no quiere salir, ni deja que otro lo saque, bien puede decir sin rodeos que quiere ahogarse. Así, si sois carnales e impíos, y no queréis convertiros, ni usar los medios por los cuales habríais de convertiros, sino que lo tenéis por más trabajo del necesario, bien podéis decir sin rodeos que queréis condenaros. Porque si habéis hallado un modo de ser salvos sin conversión, habréis hecho lo que nunca antes se hizo.

3. Y esto no es todo; sino que los malvados no quieren siquiera participar de la salvación misma. Aunque deseen algo que llaman con el nombre de cielo, el cielo mismo, considerado en la verdadera naturaleza de su bienaventuranza, no lo desean; antes bien, sus corazones están del todo en contra de él. El cielo es un estado de perfecta santidad, y de continuo amor y alabanza a Dios, y los malvados no tienen corazón para esto. El amor, la alabanza y la santidad imperfectos que aquí se pueden alcanzar no los apetecen; mucho menos aquello que es tanto mayor. Los gozos del cielo son de naturaleza tan pura y espiritual, que el corazón del malvado no puede desearlos.

De suerte que ya podéis ver sobre qué fundamento supone Dios que los malvados quieren su propia destrucción: prefieren aventurarse a una desdicha cierta antes que convertirse; y luego, para aquietarse en sus pecados, se hacen creer que, a pesar de todo, escaparán.

2. Y así como esta controversia es motivo de asombro (que hasta los hombres sean tan enemigos de sí mismos, que voluntariamente arrojen sus almas), así también lo son los que en ella contienden. ¡Que Dios se rebaje tanto como para pleitear así el caso con el hombre; y que los hombres sean tan extrañamente ciegos y obstinados que necesiten todo esto en un caso tan claro; y aún más, que resistan todo esto, cuando de ello pende su propia salvación!

No es de extrañar que no nos oigan a nosotros, que somos hombres, cuando no quieren oír al Señor mismo. Como dice Dios, Ezequiel 3:7, cuando envió al profeta a los israelitas: «la casa de Israel no te querrá oír, porque no me quiere oír a mí; porque toda la casa de Israel es dura de frente y obstinada de corazón». No es de extrañar que puedan pleitear contra un ministro, o contra un vecino piadoso, cuando pleitean contra el Señor mismo; sí, contra los pasajes más claros de su palabra, y piensan que la razón está de su parte. Cuando cansan al Señor con sus palabras, dicen: «¿En qué le hemos cansado?», Malaquías 2:17. Los sacerdotes que menospreciaban su nombre osaron preguntar: «¿En qué hemos menospreciado tu nombre?»; y cuando profanaban su altar y hacían despreciable el templo del Señor, osaron decir: «¿En qué te hemos deshonrado?», Malaquías 1:6, 7. Pero: «¡Ay del que pleitea con su Hacedor! ¡el tiesto con los tiestos de la tierra! ¿Dirá el barro al que lo labra: Qué haces?», Isaías 45:9.

Pregunta. Mas, ¿por qué razón quiere Dios razonar el caso con el hombre?

Respuesta. 1. Porque el hombre, siendo criatura racional, ha de ser tratado conforme a ello, y persuadido y vencido por la razón; por eso lo dotó Dios de razón, para que la emplease para él. Uno pensaría que una criatura racional no había de ir contra la razón más clara y más grande del mundo, cuando se le pone delante.

2. Al menos, verán los hombres que Dios no les exigió nada que fuera irracional, sino que en todo lo que les prohíbe tiene de su parte toda la recta razón del mundo; y ellos tienen buena razón para obedecerle, y ninguna para desobedecerle. Y así, hasta los condenados se verán forzados a justificar a Dios, y a confesar que era del todo razonable que se hubiesen convertido a él; y se verán forzados a condenarse a sí mismos, y a confesar que poca razón tenían para arrojarse a la perdición despreciando su gracia en el día de su visitación.

APLICACIÓN.

Reunid vuestras mejores y más fuertes razones, pecadores, si queréis sostener vuestro camino:—Ya veis con quién tenéis que habéroslas.—¿Qué dices tú, pecador inconverso y sensual? ¿Te atreves a aventurarte en una disputa con Dios? ¿Eres capaz de refutarlo? ¿Estás listo para entrar en la liza? Dios te pregunta: ¿Por qué quieres morir? ¿Estás provisto de una respuesta suficiente? ¿Te comprometerás a probar que Dios está equivocado, y que tú tienes razón? ¡Oh, qué empresa es esa!—Pues, o él o tú estáis equivocados, cuando él está a favor de tu conversión y tú en contra: él te llama a convertirte, y no quieres; te manda hacerlo ahora mismo, hoy, mientras se llama hoy, y tú lo demoras, y piensas que habrá tiempo de sobra más adelante.—Él dice que ha de ser un cambio total, y que has de ser santo, y criatura nueva, y nacer de nuevo; y tú piensas que menos puede bastar, y que es suficiente remendar al viejo hombre, sin llegar a ser nuevo. ¿Quién tiene ahora la razón? ¿Dios o tú? Dios te llama a convertirte, y a vivir una vida santa, y no quieres; por tu vida desobediente se ve que no quieres. Si quieres, ¿por qué no lo haces? ¿Por qué no lo has hecho en todo este tiempo? ¿Y por qué no te pones a ello todavía? Tu voluntad gobierna tu vida. Bien podemos concluir que no quieres convertirte, cuando no te conviertes. Y ¿por qué no quieres? ¿Puedes dar de ello alguna razón que merezca llamarse razón?

Yo, que no soy más que un gusano, criatura como tú, de escasa capacidad, me atrevo a desafiar al más sabio de todos vosotros a que razone el caso conmigo, mientras defiendo la causa de mi Hacedor; y no tengo por qué desanimarme, sabiendo que no defiendo sino la causa que Dios defiende, y que contiendo por aquel que al fin ha de llevar la mejor parte. Con solo tener estos dos fundamentos generales contra vosotros, estoy seguro de que no tenéis buena razón de vuestra parte.

1. Estoy seguro de que no puede ser buena razón la que está contra el Dios de la verdad y de la razón. No puede ser luz lo que es contrario al sol. No hay en criatura alguna otro conocimiento que el que tiene de Dios; y por tanto ninguna puede ser más sabia que Dios. Sería presunción fatal que el ángel más alto se comparase con su Creador. ¿Qué será, pues, que un puñado de barro, un necio ignorante, que no se conoce a sí mismo ni a su propia alma, que apenas sabe algo de las cosas que ve, y que es más ignorante que muchos de sus vecinos, se levante contra la sabiduría del Señor? Es una de las más plenas manifestaciones de la horrible maldad de los hombres carnales, y de la pura locura de quienes pecan, que un topo tan necio ose contradecir a su Hacedor, y poner en tela de juicio la palabra de Dios; sí, que aquellas gentes de nuestras parroquias, tan ignorantes que no saben darnos una respuesta razonable acerca de los mismos principios de la religión, sean con todo tan sabias en su propia opinión, que osen cuestionar las más claras verdades de Dios, sí, contradecirlas y cavilar contra ellas, cuando apenas saben hablar con sentido, y no las crean sino en cuanto concuerdan con su necia sabiduría.

2. Y así como sé que Dios ha de tener por fuerza la razón, así sé que el caso que él impugna es tan palpable y grosero que ningún hombre puede tener razón para él. ¿Es posible que un hombre tenga razón alguna para quebrantar las leyes de su Señor? ¿y razón para deshonrar al Señor de la gloria? ¿y razón para ultrajar al Señor que lo compró? ¿Es posible que un hombre tenga buena razón para condenar su propia alma inmortal?—Reparad en la pregunta del Señor: «Volveos, volveos; ¿por qué moriréis?» ¿Es la muerte eterna cosa que se haya de desear? ¿Estáis enamorados del infierno? ¿Qué razón tenéis para perderos voluntariamente? Si pensáis que tenéis razón para pecar, ¿no habríais de recordar que «la paga del pecado es muerte», Romanos 6:23, y considerar si tenéis alguna razón para arruinaros, cuerpo y alma, para siempre?—No solo habríais de preguntar si amáis la víbora, sino si amáis su ponzoña.—Tal cosa es que un hombre arroje su felicidad eterna, y peque contra Dios, que ninguna buena razón puede darse de ello; antes bien, cuanto más alguien la defiende, más loco se muestra. Aunque se os ofreciera un señorío o un reino por cada pecado que cometéis, no sería razón, sino locura, aceptarlo. Aunque por cada pecado pudierais obtener lo más alto que en la tierra apetece la carne, no sería valor digno de persuadiros con razón a cometerlo. Aunque fuera para agradar a vuestros mayores o más queridos amigos, o para obedecer al mayor príncipe de la tierra, o para salvar vuestra vida, o para escapar de la mayor desdicha terrenal; nada de esto tiene peso para mover a un hombre, con razón, a cometer un solo pecado. Si fuera una mano derecha o un ojo derecho lo que estorbara vuestra salvación, lo más provechoso es arrojarlo, antes que ir al infierno por salvarlo; porque no hay modo de salvar una parte cuando se pierde el todo. Tan grandes en extremo son las cosas de la eternidad, que nada en este mundo merece siquiera ser nombrado en comparación con ellas; ni cosa terrenal alguna, aunque fuera la vida, o coronas, o reinos, puede ser excusa razonable para el descuido de asuntos de tan alta y eterna consecuencia. Ningún hombre puede tener razón para frustrar su fin último. El cielo es tal cosa, que, si lo perdéis, nada puede suplir su falta ni reparar la pérdida; y el infierno es tal cosa, que, si lo padecéis, nada puede quitar vuestra desdicha ni daros alivio y consuelo. Y por tanto nada puede ser consideración de valor para excusaros de descuidar vuestra propia salvación; porque, dice nuestro Salvador: «¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?», Marcos 8:36.

¡Oh señores, si tan solo supierais qué cosas son estas de las que ahora os hablamos! Los santos en el cielo tienen muy otros pensamientos sobre estas cosas. Si el diablo pudiera acercarse a los que viven en la vista y el amor de Dios, y les ofreciera una copa de cerveza, o una ramera, o alegre compañía, o diversión, para apartarlos de Dios y de la gloria, decidme, os ruego, ¿cómo pensáis que acogerían tal propuesta? Es más, si les ofreciera ser reyes de la tierra, ¿pensáis que esto los atraería a bajar del cielo? ¡Oh, con qué aborrecimiento y santo desdén despreciarían y rechazarían la propuesta! ¿Y por qué no habríais de hacer vosotros lo mismo, vosotros que tenéis el cielo abierto a vuestra fe, si tan solo tuvierais fe para verlo? No hay un alma en el infierno que no sepa ya, a estas alturas, que fue un trueque de locos soltar el cielo por un placer carnal, y que no es un poco de alegría, o de placer, o de riquezas mundanas, o de honra, o la buena voluntad o la palabra de los hombres, lo que apagará el fuego del infierno, o salvará al que pierde su alma. ¡Oh! Si hubierais oído lo que yo creo, si hubierais visto lo que yo creo, y eso sobre el crédito de la palabra de Dios, diríais que no puede haber razón que justifique a un hombre para condenar su alma: no osaríais dormir tranquilos otra noche, antes de haber resuelto convertiros y vivir.

Si veis a un hombre meter la mano en el fuego hasta que se le queme, os maravillaréis de ello; pero esto es cosa para la cual un hombre puede tener una razón, como la tuvo el obispo Cranmer cuando quemó su mano por haber suscrito el papismo. Si veis a un hombre cortarse una pierna o un brazo, es triste espectáculo; pero esto es cosa para la cual un hombre puede tener buena razón, como muchos lo hacen para salvar la vida. Si veis a un hombre entregar su cuerpo para ser quemado hasta las cenizas, y ser atormentado en el potro, y rehusar la liberación cuando se le ofrece, duro caso es ese para la carne y la sangre; pero esto un hombre puede tenerlo por buena razón, como podéis ver en Hebreos 11:33, 34, 35, 36, y como han hecho muchos centenares de mártires. Pero que un hombre abandone al Señor que lo hizo, y corra al fuego del infierno, cuando se le advierte de ello, y se le ruega que se convierta para ser salvo; esto es cosa que no puede tener en el mundo razón alguna, que sea de veras razón, que la justifique o excuse. Porque el cielo pagará la pérdida de cualquier cosa que podamos perder para alcanzarlo; pero nada puede pagar la pérdida del cielo.

Os ruego ahora que esta palabra llegue más cerca de vuestros corazones. Así como estáis convencidos de que no tenéis razón para destruiros a vosotros mismos, decidme también qué razón tenéis para rehusar convertiros y vivir para Dios. ¿Qué razón tiene el más consumado mundano, o borracho, o pecador ignorante y descuidado de entre todos vosotros, para no ser tan santo como cualquiera que conozcáis, y tan cuidadoso de vuestra alma como cualquier otro? ¿No será el infierno tan ardiente para vosotros como para los demás? ¿No habría de seros vuestra propia alma tan querida como la de ellos les es a ellos? ¿No tiene Dios sobre vosotros tanta autoridad? ¿Por qué, pues, no habéis de llegar a ser un pueblo santificado tan bien como ellos?

¡Oh señores, cuando Dios reduce el asunto a los mismos principios de la naturaleza, y muestra que no tenéis más razón para ser impíos que la que tenéis para condenar vuestras propias almas! si aun así no queréis entender y convertiros, parece desesperado el caso en que os halláis. Y ahora, o tenéis razón para lo que hacéis, o no la tenéis: si no, ¿iréis contra la razón misma? ¿Haréis aquello para lo cual no tenéis razones? Pero si pensáis que las tenéis, presentadlas, y sacad el mejor partido de vuestra causa. Razonad un poco el caso conmigo, vuestra criatura semejante, lo cual es mucho más fácil que razonar el caso con Dios. Dime, hombre, aquí delante del Señor, como si hubieras de morir en esta hora, ¿por qué no habrías de resolverte a convertirte hoy mismo, antes de moverte del lugar donde estás? ¿Qué razón tienes para negarte, o para demorarte? ¿Tienes alguna razón que satisfaga tu propia conciencia? ¿O alguna que oses reconocer y alegar ante el tribunal de Dios? Si la tienes, oigámosla, sácala, y hazla valer. Pero, ¡ay!, ¡qué pobre cosa, qué disparates en lugar de razones oímos a diario de labios de los hombres impíos! De no ser por lo necesario, me avergonzaría de nombrarlos.

1. Uno dice: «Si nadie ha de ser salvo sino los convertidos y santificados de que habláis, entonces el cielo quedaría vacío; ¡que Dios ampare entonces a tantos!»

Respuesta. ¡Cómo! Parece que pensáis que Dios no lo sabe, o bien que no se le ha de creer. No lo midáis todo por vosotros mismos; Dios tiene millares y millones de santificados suyos; y con todo son pocos en comparación con el mundo, como Cristo mismo nos lo ha dicho, Mateo 7:13, 14; Lucas 12:32. Mejor os estaría hacer de esta verdad el uso que Cristo os enseña: «Esforzaos a entrar por la puerta angosta; porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan; mas ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella», Lucas 13:22, 23, 24.—«No temáis, manada pequeña (dice Cristo a sus santificados), porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino», Lucas 12:32.

Objeción. 2. Estoy seguro de que, si los que somos como yo vamos al infierno, tendremos abundante compañía.

Respuesta. ¿Y os será eso algún alivio o consuelo? ¿O pensáis que no podríais tener compañía bastante en el cielo? ¿Os perderéis por tener compañía? ¿O acaso no creeréis que Dios ejecutará sus amenazas, porque son muchos los culpables? Todas estas son necias e irracionales fantasías.

Objeción. 3. Pero todos los hombres son pecadores, hasta los mejores de vosotros.

Respuesta. Pero no todos son pecadores inconversos. Los piadosos no viven en pecados groseros; y sus mismas flaquezas son su pesar y su carga, de las cuales a diario anhelan, oran y luchan por verse libres. El pecado no tiene dominio sobre ellos.

Objeción. 4. No veo que los que hacen profesión de fe sean mejores que los demás hombres; también engañan, y oprimen, y son tan codiciosos como cualquiera.

Respuesta. Sean lo que fueren los hipócritas, no es así con los que están santificados. Dios tiene millares y decenas de millares que son de otra manera; aunque el mundo malicioso los acuse de lo que nunca podrá probar, y de lo que jamás entró en sus corazones. Y por lo común los acusan de pecados del corazón, que nadie sino Dios puede ver; porque no pueden acusarlos en su vida de la maldad de que ellos mismos son culpables.

Objeción. 5. Pero yo no soy fornicario, ni borracho, ni opresor; ¿por qué, pues, me llamas a convertirme?

Respuesta. ¡Como si no hubieras nacido según la carne, y no hubieras vivido según la carne, tanto como los demás! ¿No es acaso pecado tan grande como cualquiera de esos que un hombre tenga una mente terrenal, y ame al mundo por encima de Dios, y tenga un corazón incrédulo y no humillado? Es más, os diré aún otra cosa: que muchas personas que evitan los pecados vergonzosos están tan firmemente aferradas al mundo, y son tan esclavas de la carne, y tan extrañas a Dios, y tan aversas al cielo en su trato más honesto, como otros lo son en sus pecados más vergonzosos y notorios.

Objeción. 6. Pero yo no deseo mal a nadie, ni hago mal a nadie; ¿por qué, pues, habría de condenarme Dios?

Respuesta. ¿No es ningún mal descuidar al Señor que te hizo, y la obra para la cual viniste al mundo, y preferir la criatura al Creador, y despreciar la gracia que a diario se te ofrece? Es lo más hondo de tu pecado el no sentirlo; los muertos no sienten que están muertos. Si una vez fueras hecho vivo, verías mucho más de malo en ti mismo, y te maravillarías de ti por haberlo tenido en tan poco.

Objeción. 7. Me parece que volveríais locos a los hombres con el pretexto de convertirlos; basta para trastornar el juicio de la gente pecadora el cavilar tanto sobre asuntos demasiado altos para ellos.

Respuesta. 1. ¿Podéis estar más locos de lo que ya estáis? O al menos, ¿puede haber locura más peligrosa que descuidar vuestro bienestar eterno, y arruinaros voluntariamente?

2. Un hombre nunca está en su sano juicio hasta que se convierte; nunca conoce a Dios, ni conoce el pecado, ni conoce a Cristo, ni conoce el mundo, ni se conoce a sí mismo, ni sabe cuál es su tarea en la tierra, de modo que se aplique a ella, hasta que se convierte.—Dice la Escritura «que los impíos son hombres perversos», 2 Tesalonicenses 3:2; y «que la sabiduría de este mundo es insensatez para con Dios», 1 Corintios 1:20; y Lucas 15:17. Del pródigo se dice que, «cuando volvió en sí», resolvió regresar.—¡Bonito juicio el del mundo, cuando los hombres desobedecen a Dios, y corren al infierno por miedo a perder la razón!

3. ¿Qué hay en la obra a la que Cristo os llama que deba sacar de quicio a un hombre? ¿Es el amar a Dios, y el invocarlo, y el pensar con consuelo en la gloria venidera, y el abandonar nuestros pecados, y el amarnos los unos a los otros, y el deleitarnos en el servicio de Dios? ¿Son estas cosas capaces de volver locos a los hombres?

4. Y en cuanto a decir que estos asuntos son demasiado altos para nosotros, acusáis a Dios mismo por haberlos hecho tarea nuestra, y por darnos su palabra, y por mandar a todos los que quieran ser bienaventurados que mediten en ella de día y de noche. ¿Son los asuntos para los que fuimos hechos, y para los que vivimos, demasiado altos para que nos ocupemos de ellos? Esto es lisa y llanamente despojarnos de nuestra humanidad, y hacer de nosotros bestias, como si fuéramos semejantes a aquellas que no han de ocuparse de asuntos más altos que los que pertenecen a la carne y a la tierra. Si el cielo es demasiado alto para que penséis en él y os proveáis para él, demasiado alto será también para que jamás lo poseáis.

5. Si Dios permite a veces que algunas personas de cabeza débil se trastornen pensando en las cosas eternas, es porque las entienden mal, y corren sin guía; y, de las dos cosas, antes preferiría estar en el caso de uno de esos que en el del mundo loco e inconverso, que tiene por sabiduría su propio desvarío.

Objeción. 8. No creo que a Dios le importe tanto lo que los hombres piensan, o dicen, o hacen, como para hacer de ello un asunto tan grande.

Respuesta. Parece, entonces, que tenéis por falsa la palabra de Dios; ¿y qué creeréis entonces? Pero vuestra propia razón podría enseñaros algo mejor, aunque no creyerais las Escrituras: pues veis que Dios no nos tiene en tan poco, sino que se dignó hacernos, y todavía nos conserva, y a diario nos sostiene, y provee para nosotros; ¿y hará algún hombre sabio un artefacto primoroso para nada? ¿Haríais o compraríais un reloj, y lo miraríais a diario, sin cuidaros de si anda bien o mal? De cierto, si no creéis que un ojo particular de la Providencia observa vuestros corazones y vuestras vidas, tampoco podéis creer ni esperar que ninguna Providencia particular atienda vuestras necesidades y aflicciones para socorreros. Y si Dios se hubiera cuidado de vosotros tan poco como imagináis, nunca habríais vivido hasta ahora; cien enfermedades habrían porfiado sobre cuál os destruiría primero; sí, los demonios os habrían acosado, y os habrían arrebatado vivos, como los peces grandes devoran a los pequeños, y como las aves y las bestias rapaces devoran a los demás. No podéis pensar que Dios hizo al hombre sin fin ni uso alguno; y, si lo hizo para algún fin, con seguridad fue para sí mismo. ¿Y podéis pensar que no le importe si sus fines se cumplen, y si hacemos la obra para la que fuimos hechos?

Es más, con esta objeción atea hacéis que Dios haya hecho y sostenido todo el mundo en vano. Porque, ¿para qué son todas las demás criaturas inferiores, sino para el hombre? ¿Qué hace la tierra, sino sostenernos y alimentarnos? y las bestias nos sirven con sus trabajos y sus vidas; y así lo demás. ¿Y ha hecho Dios morada tan gloriosa, y ha puesto al hombre a habitar en ella, y ha hecho a todos sus siervos; y ahora no espera nada de sus manos? ¿ni le importa cómo piensa, o habla, o vive? Esto es de lo más irracional.

Objeción. 9. Mejor mundo era cuando los hombres no hacían tanto alboroto con la religión.

Respuesta. 1. Siempre ha sido costumbre alabar los tiempos pasados. Aquel mundo de que habláis solía decir que mejor mundo había sido el de los días de sus antepasados, y lo mismo decían estos de los suyos. No es sino una vieja costumbre, porque todos sentimos el mal de nuestros propios tiempos, pero no vemos el que hubo antes de nosotros.

2. Quizá habláis según pensáis: los mundanos piensan que el mundo está en su mejor momento cuando es conforme a su gusto, y cuando tienen más alegría y placer mundano. Y no dudo de que el diablo, tanto como vosotros, diría que entonces sí que era mejor mundo, pues entonces tenía más servicio y menos estorbo. Pero el mundo está en su mejor momento cuando Dios es más amado, atendido y obedecido. ¿Y de qué otro modo sabréis cuándo el mundo es bueno o malo, sino por esto?

Objeción. 10. Hay tantos caminos y tantas religiones que no sabemos de cuál ser, y por eso nos quedaremos tal como estamos.

Respuesta. Porque hay muchos, ¿vais a ser de aquel camino que con seguridad sabéis que es el errado? Nadie está más fuera del camino que los pecadores mundanos, carnales e inconversos; porque no yerran solo en esta o aquella opinión, sino en el rumbo y el propósito mismo de su vida. Si fuerais de viaje del cual dependiera vuestra vida, ¿os detendríais o os volveríais atrás porque hallaseis algunas encrucijadas, o porque vieseis a unos viajeros ir por el camino de herradura, y a otros por el sendero de a pie, y a algunos quizá saltar por encima del seto, sí, y a algunos errar el camino? ¿o no os cuidaríais más bien de preguntar por el camino con mayor diligencia? Si tuvierais algunos siervos que no supieran hacer bien vuestro trabajo, y otros que fueran infieles, ¿os parecería bien que cualquiera de los demás se quedara por ello ocioso, y no os prestara servicio alguno, porque ve a sus compañeros tan malos?

Objeción. 11. No veo que a los que son tan piadosos les vaya mejor que a los demás hombres; son tan pobres, y están en tanta angustia, como los otros.

Respuesta. Y quizá en mucha más, cuando Dios lo tiene por conveniente. No toman la prosperidad terrenal por su salario; han atesorado su tesoro y sus esperanzas en otro mundo, o de lo contrario no son verdaderos cristianos; cuanto menos tienen, más les queda reservado, y se contentan con esperar hasta entonces.

Objeción. 12. Cuando hayáis dicho todo lo que podáis, yo estoy resuelto a esperar bien y confiar en Dios, y a obrar lo mejor que pueda, y a no hacer tanto alboroto.

Respuesta. 1. ¿Es eso obrar lo mejor que puedes, cuando no quieres convertirte a Dios, sino que tu corazón está en contra de su santo y diligente servicio? Es, en efecto, tan bien como quieres, pero esa es tu desdicha.

2. Mi deseo es que esperéis y confiéis en Dios: pero ¿qué es lo que esperáis? ¿Es ser salvos, si os convertís y sois santificados? Para esto tenéis la promesa de Dios; esperadlo, pues, y no os detengáis. Pero si esperáis ser salvos sin conversión y sin una vida santa, esto no es esperar en Dios, sino en Satanás, o en vosotros mismos; porque Dios no os ha dado tal promesa, sino que os ha dicho lo contrario; son Satanás y el amor propio los que os hicieron tales promesas, y os alzaron a tales esperanzas.—Pues bien, si estas y otras semejantes son todo cuanto tenéis que decir contra la conversión y una vida santa, vuestro todo es nada, y peor que nada; y si estas y otras semejantes os parecen razones bastantes para persuadiros a abandonar a Dios, y arrojaros al infierno, el Señor os libre de tales razones, y de entendimientos tan ciegos, y de corazones tan insensibles y endurecidos. ¿Osaréis sostener una de esas razones ante el tribunal de Dios? ¿Pensáis que os servirá entonces decir: «Señor, no me convertí, porque tenía mucho que hacer en el mundo, o porque no me gustaba la vida de algunos que profesaban la fe, o porque veía a los hombres de tan diversos pareceres»?—¡Oh, con qué facilidad avergonzará la luz de aquel día tales razonamientos como estos! ¿Teníais que atender al mundo? Que el mundo al que servisteis os pague ahora vuestro salario, y os salve si puede. ¿No teníais primero un mundo mejor que atender? ¿Y no se os mandó «buscar primeramente el reino de Dios y su justicia, con la promesa de que las demás cosas os serían añadidas», Mateo 6:33? ¿Y no se os dijo «que la piedad para todo aprovecha, pues tiene promesa de esta vida presente, y de la venidera», 1 Timoteo 4:8? ¿Os estorbaron los pecados de los que profesan la fe? Antes bien debierais haber estado más atentos, y aprender de sus caídas a andar con cuidado, y ser más precavidos, y no más descuidados. La Escritura, y no la vida de ellos, era vuestra regla. ¿Os estorbaron las muchas opiniones de este mundo? Pues la Escritura, que era vuestra regla, os enseñaba un solo camino, y ese era el camino recto; si lo hubierais seguido, aun en lo que era claro y fácil, jamás os habríais perdido. ¿No os harán callar respuestas como estas? Y si estas no, Dios tiene otras que sí; cuando pregunte al hombre, Mateo 22:12: «Amigo, ¿cómo entraste aquí, sin estar vestido de boda?» Esto es: ¿qué haces en mi iglesia, entre los que profesan ser cristianos, sin un corazón y una vida santos? ¿Qué respondió él? Pues el texto dice que enmudeció; nada tuvo que decir. La claridad del caso, y la majestad de Dios, cerrarán entonces con facilidad la boca a los más confiados de vosotros, aunque ahora no os dejéis reducir por nada de cuanto podamos deciros, sino que sostengáis vuestra causa, por mala que sea. Ya sé de antemano que ninguna razón que ahora podáis darme os hará provecho alguno al fin, cuando vuestro caso haya de abrirse delante del Señor y de todo el mundo. Es más, apenas creo que vuestra propia conciencia esté bien satisfecha con vuestras razones. Porque, si lo está, parece entonces que ni siquiera os habéis propuesto arrepentiros. Pero, si os proponéis arrepentiros, parece que no ponéis mucha confianza en las razones que alegáis en contra. ¿Qué decís, pecadores inconversos? ¿Tenéis buenas razones que dar de por qué no habríais de convertiros, y convertiros ahora mismo, con todo vuestro corazón? ¿O iréis al infierno a despecho de la razón misma? Pensad a tiempo lo que hacéis, porque pronto será demasiado tarde para pensarlo.—¿Podéis hallar falta alguna en Dios, o en su obra, o en su salario? ¿Es acaso mal amo? ¿Es mejor el diablo, a quien servís? ¿O es mejor la carne? ¿Hay algún mal en una vida santa? ¿Es mejor una vida de mundanalidad e impiedad? ¿Pensáis en vuestra conciencia que os haría algún daño el convertiros y vivir una vida santa? ¿Qué daño puede haceros? ¿Os es dañoso tener dentro de vosotros el espíritu de Cristo? ¿Y tener un corazón limpio y purificado? Si es malo ser santo, ¿por qué dice Dios: «Sed santos, porque yo soy santo», 1 Pedro 1:15, 16; Levítico 20:7? ¿Es malo ser semejante a Dios? ¿No está escrito «que Dios creó al hombre a su imagen»? Pues bien, esta santidad es su imagen. Esto perdió Adán, y esto Cristo, por su palabra y su Espíritu, querría restauraros, como lo hace con todos los que ha de salvar. ¿Por qué fuisteis bautizados en el Espíritu Santo? ¿y por qué bautizáis a vuestros hijos en el Espíritu Santo como vuestro santificador, si no queréis ser santificados por él, sino que os parece cosa dura ser santificados? Decidme de veras, como delante del Señor, aunque os repugne vivir una vida santa, ¿no preferiríais morir en el caso de los que así viven, antes que en el de los demás? Si hubierais de morir hoy, ¿no preferiríais morir en el caso de un hombre convertido antes que en el de un inconverso? ¿de un hombre santo y celestial antes que en el de un hombre carnal y terrenal? ¿Y no diríais, como Balaam, Números 23:10: «Muera yo la muerte de los rectos, y mi postrimería sea como la suya»? ¿Y por qué no queréis ser ahora del parecer que tendréis entonces? Tarde o temprano habréis de llegar a esto: o a convertiros, o a desear haberlo hecho, cuando ya sea demasiado tarde. Pero ¿qué es lo que teméis perder si os convertís? ¿Son vuestros amigos? No haréis sino cambiarlos; Dios será vuestro amigo, y Cristo, y el Espíritu, serán vuestro amigo, y todo cristiano será vuestro amigo. Ganaréis un Amigo que os valdrá más que cuantos amigos en el mundo hubieran podido valeros. Los amigos que perdéis no habrían hecho sino atraeros al infierno; pero no habrían podido libraros: mas el Amigo que ganáis os salvará del infierno, y os llevará a su propio reposo eterno.

¿Es el placer lo que teméis perder? Pensáis que nunca volveréis a tener un día alegre, una vez que os convirtáis. ¡Ay, que tengáis por mayor placer vivir en necios juegos y diversiones, y complacer vuestra carne, que vivir en los pensamientos creyentes de la gloria, y en el amor de Dios, y en justicia, y paz, y gozo en el Espíritu Santo, en lo cual consiste el estado de gracia!, Romanos 14:17. Si os fuera mayor placer pensar en vuestras tierras y en vuestra herencia (fuerais dueños de toda la comarca) que lo es para un niño jugar por alfileres, ¿por qué no había de seros mayor gozo pensar que el reino de los cielos es vuestro, que pensar en todas las riquezas o placeres del mundo? Así como no es sino necia puerilidad la que hace a los niños deleitarse tanto en sus juguetes que no los dejarían por toda vuestra tierra, así no es sino necia mundanalidad, y carnalidad, y maldad, la que os hace deleitaros tanto en vuestras casas, y tierras, y comida, y bebida, y comodidad, y honra, que no las dejaríais por los deleites celestiales. Pero ¿qué haréis por placer cuando estos se acaben? ¿No pensáis en ello? Cuando vuestros placeres terminen en horror, y se apaguen como pábilo hediondo, los placeres de los santos apenas empiezan a estar en su mejor punto. Yo mismo no he gustado sino un poco de los placeres celestiales en la anticipación del bendito día que se acerca, y en las presentes persuasiones del amor de Dios en Cristo; pero he bebido un trago demasiado hondo de los placeres terrenales, de modo que podéis ver que, si soy parcial, lo soy de vuestra parte; y aun así he de declarar, por aquella poca experiencia, que no hay comparación.—Más gozo se puede tener en un solo día (si el sol de la vida brilla claro sobre nosotros) en el estado de santidad, que en toda una vida de placeres pecaminosos. «Escogería antes estar a la puerta de la casa de mi Dios, que habitar en las moradas de maldad» (Salmo 84:10). «Mejor es un día en tus atrios que mil fuera de ellos», Salmo 84:10. La alegría de los malvados es como la risa de un loco que no conoce su propia desdicha; y por eso dice Salomón de tal risa: «A la risa dije: Enloqueces; y al placer: ¿De qué sirve esto?», Eclesiastés 2:2; y Eclesiastés 7:2-6: «Mejor es ir a la casa del luto que a la casa del banquete; porque aquello es el fin de todos los hombres, y el que vive lo pondrá en su corazón. Mejor es el pesar que la risa; porque con la tristeza del rostro se enmendará el corazón. El corazón de los sabios está en la casa del luto; mas el corazón de los insensatos, en la casa en que hay alegría. Mejor es oír la reprensión del sabio que la canción de los necios; porque la risa del necio es como el estrépito de los espinos debajo de la olla». Todo el placer de las cosas carnales no es sino como el rascarse de un hombre que tiene sarna; es su enfermedad la que le hace desearlo; y un hombre sabio antes preferiría estar sin ese placer que verse molestado por su sarna. Vuestra risa más sonora no es sino como la de un hombre a quien hacen cosquillas; ríe cuando no tiene causa de gozo. Juzgad, como hombres que sois, si esta es la parte de un hombre sabio. No es sino vuestra naturaleza carnal y no santificada la que hace que una vida santa os parezca penosa, y que un camino de sensualidad os parezca más deleitoso. Si tan solo os convertís, el Espíritu Santo os dará otra naturaleza y otra inclinación, y entonces os será más grato veros libres de vuestro pecado que ahora conservarlo; y diréis entonces que no sabíais lo que era una vida dichosa hasta ahora, y que nunca os fue bien hasta que Dios y la santidad fueron vuestro deleite.

Pregunta. Pero ¿cómo sucede que los hombres sean tan irracionales en los asuntos de la salvación? Tienen ingenio de sobra para otras cosas; ¿qué los hace tan reacios a convertirse, que sean menester tantas palabras en un caso tan claro, y aun así no baste, sino que los más vivan y mueran inconversos?

Respuesta. Nombrándolas solo en pocas palabras, las causas son estas:

1. Los hombres están naturalmente enamorados de la tierra y de la carne, y su naturaleza tiene una enemistad contra Dios y la piedad, como la naturaleza de la serpiente la tiene contra el hombre; y cuando todo cuanto podemos decir va contra una inclinación habitual de su naturaleza, no es de extrañar que poco prevalezca.

2. Están en tinieblas, y no conocen las cosas mismas que oyen. Como un hombre que nació ciego, y oye grandes elogios de la luz: pero ¿de qué le servirá oír, si no la ve? No saben qué es Dios, ni cuál es el poder de la cruz de Cristo, ni qué es el espíritu de santidad, ni qué es vivir en amor por la fe; no conocen la certeza, la conveniencia y la excelencia de la herencia celestial. No saben qué son la conversión, y una mente y una conducta santas, aun cuando oyen hablar de ellas. Están en una niebla de ignorancia. Están perdidos y extraviados en el pecado; como un hombre que se ha perdido en la noche, y no sabe dónde está, ni cómo volver en sí, hasta que la luz del día lo recobra.

3. Están voluntariosamente confiados en que no necesitan conversión, sino solo alguna enmienda parcial; y en que ya van camino del cielo, y en que están convertidos cuando no lo están. Y si encontráis a un hombre que va del todo descaminado, por mucho que lo llaméis a volver atrás, será en vano, si no os cree que va fuera del camino.

4. Se han hecho esclavos de su carne, y están anegados en el mundo por proveer para ella. Sus concupiscencias, y pasiones, y apetitos los han trastornado, y han cobrado tal dominio sobre ellos, que no saben cómo negárselos, ni cómo atender a ninguna otra cosa. De suerte que el borracho dice: «Amo una copa de buen licor, y no puedo pasarme sin ella». El glotón dice: «Amo el buen comer, y no puedo pasarme sin él». El fornicario dice: «Amo ver cumplida mi pasión, y no puedo pasarme sin ella». Y el jugador ama sus diversiones, y no puede pasarse sin ellas. De modo que se han hecho esclavos cautivos de su carne, y su misma obstinación se ha vuelto impotencia; y lo que no querrían hacer, dicen que no pueden hacerlo. Y el mundano está tan absorto en las cosas terrenales, que no tiene ni corazón, ni mente, ni tiempo para las celestiales; sino que, como en el sueño de Faraón, Génesis 41:4, «las vacas flacas devoraron a las gordas», así esta tierra flaca y estéril devora todos los pensamientos del cielo.

5. Algunos se dejan arrastrar de tal modo por la corriente de las malas compañías, que quedan poseídos de duros pensamientos contra la vida piadosa, por oírlos hablar contra ella; o al menos piensan que bien pueden atreverse a hacer lo que ven hacer a los más, y así persisten en sus caminos pecaminosos; y cuando uno es segado y arrojado al infierno, y otro arrebatado de entre ellos a la misma condenación, no los espanta mucho, porque no ven adónde han ido. Pobres desdichados, persisten en su impiedad a pesar de todo esto; pues poco saben que sus compañeros están ahora lamentándolo entre tormentos. En Lucas 16, el rico que estaba en el infierno bien habría querido tener quien avisara a sus cinco hermanos, no fuera que llegaran también a aquel lugar de tormento. Es probable que conociera sus mentes y sus vidas, y supiera que se apresuraban hacia allá, y poco soñaba que él estaría allí; sí, y poco habría creído a quien se lo hubiera dicho. Recuerdo un suceso que un caballero, aún vivo, me contó haber visto sobre un puente del río Severn. Un hombre arreaba un rebaño de corderos cebados, y, al salirles algo al paso y estorbarles el paso, uno de los corderos saltó sobre el pretil del puente, y, resbalándosele las patas, cayó a la corriente; los demás, al verlo, uno tras otro saltaron por encima del puente, y todos, o casi todos, se ahogaron.—Los que venían detrás poco sabían qué había sido de los que iban delante, sino que pensaban que bien podían atreverse a seguir a sus compañeros; pero, tan pronto como pasaban el pretil, y caían de cabeza, el caso mudaba. Así ocurre con los hombres carnales e inconversos. Uno muere al lado de ellos, y se precipita en el infierno, y otro sigue el mismo camino; y con todo van tras ellos, porque no piensan adónde han ido. ¡Oh, pero cuando la muerte les haya abierto una vez los ojos, y vean lo que hay al otro lado del pretil, ya en otro mundo, entonces qué darían por estar donde estaban!

6. Además, tienen un enemigo sutil y malicioso, invisible para ellos, que juega su partida en la oscuridad; y es su principal ocupación estorbar su conversión, y por eso mantenerlos donde están, persuadiéndolos a no creer las Escrituras, o a no inquietar su mente con estos asuntos; o persuadiéndolos a pensar mal de una vida piadosa, o a tenerla por más trabajo del necesario, y a creer que pueden ser salvos sin conversión, y sin todo este afán; y que Dios es tan misericordioso que no condenará a ninguno como ellos; o al menos, que bien pueden aguardar un poco más, y tomar su placer, y seguir al mundo todavía un poco más, y luego dejarlo, y arrepentirse después. Y con tales engaños embusteros como estos, el diablo mantiene a los más en su cautiverio, y los lleva a su desdicha. Estos y otros semejantes impedimentos mantienen a tantos millares sin convertirse, cuando Dios ha hecho tanto, y Cristo ha padecido tanto, y los ministros han dicho tanto por su conversión; cuando sus razones han sido acalladas, y no son capaces de responder al Señor que va llamándolos: «Volveos, volveos; ¿por qué moriréis?», con todo, en la mayor parte de ellos todo viene a parar en nada; y no nos dejan ya más que hacer, después de todo, sino sentarnos a lamentar su voluntaria desdicha.

Página 1 / 1 · 41 min restantes en el capítulo