Capítulo 4 · 59 min de lectura
Sermón II
Ezequiel 33:11.
Diles: Vivo yo, dice Jehová el Señor, que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva. Volveos, volveos de vuestros malos caminos; ¿por qué moriréis, oh casa de Israel?
Ya se os ha dado una descripción verdadera de quienes se hallan en estado de conversión; también se ha descrito el cambio que la conversión obra en el alma; y se os repite con la mayor seriedad la petición de que consideréis vuestra condición con imparcialidad y a fondo: no os quedéis satisfechos hasta saber si de veras estáis convertidos.
Pero quizá diréis: ¿y si nos hallásemos aún inconversos, qué haremos entonces? Esta pregunta me lleva a mi segunda doctrina, que contribuirá mucho a responderla, y a la cual paso ahora.
Doct. 2. Es promesa de Dios que el impío vivirá, con tal que se convierta; que se convierta sin fingimiento y a fondo.
El Señor declara aquí que esto es lo que le agrada: que el impío se convierta y viva. El cielo está tan asegurado para los convertidos como el infierno para los inconversos. «Conviértete y vivirás» es una verdad tan cierta como «conviértete o morirás». Dios no estaba obligado a proveernos un Salvador, ni a abrirnos una puerta de esperanza, ni a llamarnos al arrepentimiento y a la conversión una vez que nos habíamos perdido por el pecado; pero lo ha hecho libremente, para engrandecer su misericordia. Pecadores, ninguno de vosotros tendrá motivo para irse a casa y decir que os predico desesperación. ¿Acaso solemos cerraros la puerta de la misericordia? ¡Ojalá no os la cerréis vosotros mismos! ¿Acaso solemos deciros que Dios no tendrá misericordia de vosotros, aunque os convirtáis y seáis santificados? ¿Cuándo oísteis jamás a un predicador decir tal cosa? Vosotros que ladráis contra los predicadores del evangelio porque desean guardaros del infierno, y decís que predican desesperación, decidme, si podéis: ¿cuándo oísteis a algún hombre sensato decir que no hay esperanza para vosotros, aunque os arrepintáis y os convirtáis? No; lo contrario es lo que proclamamos de parte del Señor; y todo el que nace de nuevo, y por la fe y el arrepentimiento llega a ser una nueva criatura, ciertamente será salvo. Y tan lejos estamos de persuadiros a desesperar de esto, que más bien os persuadimos a que no lo pongáis en duda. Es vida, no muerte, la primera parte de nuestro mensaje para vosotros; nuestra comisión es ofrecer salvación, salvación segura; una salvación pronta, gloriosa y eterna, a cada uno de vosotros; al mendigo más pobre tanto como al mayor de los señores; al peor de vosotros, aun a borrachos, blasfemos, mundanos y ladrones; sí, aun a los que desprecian y ultrajan el santo camino de la salvación. El Señor, nuestro maestro, nos manda ofreceros el perdón de todo lo pasado, con tal que ahora, por fin, os volváis y viváis; nos manda rogaros y suplicaros que aceptéis el ofrecimiento y os volváis; que os digamos qué preparativos ha hecho Cristo, qué misericordia os aguarda, qué paciencia os espera, qué pensamientos de bondad tiene Dios para con vosotros, y cuán felices, cuán cierta e indeciblemente felices podéis ser, si queréis. Cierto es que también tenemos un mensaje de ira y de muerte; más aún, de una doble ira y muerte; pero ninguno de los dos es nuestro mensaje principal. Debemos hablaros de la ira que ya pesa sobre vosotros, y de la muerte bajo la cual habéis nacido, por el quebrantamiento de la ley de las obras; pero esto es solo para mostraros la necesidad de la misericordia, y para moveros a estimar la gracia del Redentor. Y no os decimos sino la verdad, que debéis conocer; pues ¿quién buscará remedio si no sabe que está enfermo? El deciros vuestra miseria no es lo que os hace miserables, sino lo que os impulsa a buscar misericordia. Vosotros mismos os habéis acarreado esta muerte. Os hablamos también de otra muerte: un tormento sin remedio y mucho mayor, que caerá sobre los que no quieran convertirse. Pero, aunque esto es verdad y hay que decíroslo, es solo la última y más triste parte de nuestro mensaje. Primero hemos de ofreceros misericordia, si queréis convertiros; y solo a los que no quieran convertirse, ni oír la voz de la misericordia, hemos de anunciarles la condenación. Con tal que arrojéis de vosotros vuestras transgresiones, no demoréis más, sino que vengáis al llamado de Cristo, y os convirtáis, y lleguéis a ser nuevas criaturas, no tendremos una sola palabra de ira condenatoria ni de muerte que decir contra vosotros. Aquí, en el nombre del Señor de la vida, proclamo a todos los que hoy me oyen, al mayor y más viejo pecador, que podéis alcanzar misericordia y salvación, con tal que os convirtáis. Hay misericordia en Dios, hay suficiencia en la satisfacción de Cristo; la promesa es gratuita, plena y universal; podéis tener vida, con tal que os convirtáis. Pero entonces, por amor a vuestras almas, recordad de qué conversión habla la Escritura. No es remendar la casa vieja, sino derribarla toda y edificar de nuevo sobre Cristo, la roca y el fundamento firme. No es enmendar algo en un modo de vida carnal, sino hacer morir la carne y vivir según el espíritu. No es servir a la carne y al mundo de una manera más reformada, sin pecados escandalosos ni vergonzosos, y con cierta clase de religiosidad; sino cambiar de amo, de obras y de fin, volver el rostro en dirección contraria, hacerlo todo por la vida que nunca habéis visto, y consagraros a vosotros mismos y todo cuanto tenéis a Dios. Este es el cambio que ha de hacerse, si queréis vivir.
Vosotros mismos sois ahora testigos de que es la salvación, y no la condenación, la gran doctrina que os predico, y la primera parte de mi mensaje para vosotros. Aceptad esto, y no iremos más lejos con vosotros; pues no quisiéramos siquiera espantaros ni turbaros con el nombre de la condenación sin necesidad.
Pero si no queréis ser salvos, no hay más remedio: la condenación ha de tener lugar; pues no hay término medio entre las dos cosas: habéis de tener o vida o muerte.
Y no solo hemos de ofreceros la vida, sino mostraros los fundamentos sobre los cuales lo hacemos, y llamaros a creer que Dios quiere decir de veras lo que dice: que la promesa es verdadera, y se extiende condicionalmente a vosotros tanto como a otros; y que el cielo no es una fantasía, sino una verdadera dicha.
Si preguntáis: ¿dónde está vuestra comisión para este ofrecimiento?, entre cien textos de la Escritura os lo mostraré en estos pocos:
Primero, lo veis aquí en mi texto y en los versículos siguientes, y en el capítulo 18 de Ezequiel, con la mayor claridad. Y en 2 Corintios 5:17-21 tenéis la suma misma de nuestra comisión: «Si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Jesucristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; a saber, que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. Así que somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: reconciliaos con Dios. Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él». Así también Marcos 16:15-16: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere (esto es, con una fe convertidora como la que se ha expresado) y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado». Y Lucas 24:46-47: «Así fue necesario que el Cristo padeciese y resucitase de los muertos al tercer día, y que el arrepentimiento (que es la conversión) y el perdón de pecados se predicase en su nombre entre todas las naciones». Y Hechos 5:30-31: «El Dios de nuestros padres levantó a Jesús, a quien vosotros matasteis colgándole en un madero. A éste, Dios ha exaltado con su diestra por Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y perdón de pecados». Y Hechos 13:38-39: «Sabed, pues, esto, varones hermanos: que por medio de él se os anuncia perdón de pecados, y que de todo aquello de que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en él es justificado todo aquel que cree». Y, para que no penséis que este ofrecimiento se limita a los judíos, ved Gálatas 6:15: «Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale nada, ni la incircuncisión, sino una nueva creación». Y Lucas 14:17: «Venid, que ya todo está preparado»; y los versículos 23 y 24.
Ya veis, pues, que se nos manda ofreceros la vida a todos vosotros, y deciros, de parte de Dios, que si os convertís, podréis vivir.
Aquí podéis confiar vuestras almas sin peligro; pues el amor de Dios es la fuente de este ofrecimiento (Juan 3:16), y la sangre del Hijo de Dios lo ha comprado. La fidelidad y la verdad de Dios están empeñadas en cumplir la promesa; los milagros han sellado su verdad; predicadores son enviados por todo el mundo para proclamarla; los sacramentos han sido instituidos y se usan para la entrega solemne de la misericordia ofrecida a quienes la acepten; y el Espíritu abre el corazón para recibirla, y es él mismo las arras de la plena posesión. De modo que es cosa fuera de toda discusión que el peor de todos vosotros, y cada uno de vosotros, si tan solo os convertís, podéis ser salvos.
En verdad, si os empeñáis en creer que seréis salvos sin conversión, creéis una falsedad; y si yo os predicara eso, predicaría una mentira: eso no sería creer a Dios, sino al diablo y a vuestros propios corazones engañosos. Dios tiene su promesa de vida, y el diablo tiene la suya. La promesa de Dios es: «vuélvete y vivirás»; la promesa del diablo es: «vivirás, te conviertas o no». La palabra de Dios, como os he mostrado, es: «De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos» (Mateo 18:3); «El que no naciere de nuevo, no puede entrar en el reino de Dios» (Juan 3:3, 5); «Sin santidad nadie verá a Dios» (Hebreos 12:14). La palabra del diablo es: «podéis ser salvos sin nacer de nuevo ni convertiros; os irá bastante bien sin ser santos; Dios solo os asusta; es demasiado misericordioso para hacer lo que dice; será mejor con vosotros que su propia palabra». Y, ¡ay!, la mayor parte del mundo cree esta palabra del diablo antes que la palabra de Dios; tal como el pecado y la miseria entraron en el mundo. Dios dijo a nuestros primeros padres: «si coméis, moriréis»; y el diablo lo contradijo y dijo: «No moriréis, con tal que al fin claméis: “Dios tenga misericordia”, y dejéis los actos del pecado cuando ya no podáis practicarlos». Y esta es la palabra que el mundo cree. ¡Oh atroz maldad, creer al diablo antes que a Dios!
Y con todo, eso no es lo peor; sino que, blasfemamente, llaman a esto creer y confiar en Dios, cuando lo revisten de la figura de Satanás, que fue mentiroso desde el principio. Y cuando creen que la palabra de Dios es mentira, llaman a esto confiar en Dios, y dicen que creen en él y que confían en él para su salvación. ¿Dónde dijo Dios jamás que el no regenerado, el inconverso, el no santificado, será salvo? Mostrad tal palabra en la Escritura. Os desafío, si podéis. Pues bien, esta es la palabra del diablo, y creerla es creer al diablo; es el pecado que comúnmente se llama presunción. ¿Y a esto llamáis creer y confiar en Dios? Todo hay en la palabra de Dios para consolar y fortalecer los corazones de los santificados; pero ni una palabra para fortalecer las manos de la maldad, ni para dar a los hombres la menor esperanza de ser salvos, si nunca son santificados.
Pero, si os convertís y entráis en el camino de la misericordia, la misericordia del Señor está pronta para recibiros. Entonces confiad en Dios para la salvación con osadía, pues por su palabra se ha comprometido a salvaros. No será padre sino de sus hijos, y no salvará sino a los que abandonan el mundo, el diablo y la carne, y entran en su familia para ser miembros de su Hijo y tener comunión con sus santos. Pero, si no quieren entrar, la culpa es de ellos mismos. Sus puertas están abiertas; a nadie rechaza. Nunca envió a ninguno de vosotros un mensaje como este: «Ya es demasiado tarde; no te recibiré, aunque te conviertas». Bien pudo haberlo hecho, y no os habría hecho agravio; pero no lo hizo, ni lo hace hasta el día de hoy. Todavía está pronto para recibiros, con tal que estéis dispuestos, sin fingimiento y de todo corazón, a convertiros. Y la plenitud de esta verdad aparecerá aún más en las dos doctrinas siguientes, a las cuales, por tanto, paso ahora, antes de hacer ninguna otra aplicación de esto.
Doct. 3. Dios se complace en la conversión y salvación de los hombres, pero no en su muerte ni condenación: prefiere que se conviertan y vivan, antes que sigan adelante y mueran.
Primero os enseñaré cómo entender esto, y luego os aclararé su verdad.
Y, en cuanto a lo primero, debéis observar las cosas siguientes.
1. Una simple disposición, o complacencia, es el primer acto de la voluntad, que sigue a la simple aprehensión de la cosa, antes de que la voluntad pase a comparar unas cosas con otras. Pero el acto de elegir es un acto posterior, y supone el acto práctico y comparativo del entendimiento. Y estos dos actos pueden a menudo dirigirse a objetos contrarios sin culpa alguna en la persona.
2. Una disposición sincera puede tener diversos grados. De algunas cosas estoy dispuesto hasta el punto de hacer todo cuanto está en mi poder para lograrlas; y de otras estoy verdaderamente dispuesto a que otro las haga, aunque no haré todo cuanto me sea posible para procurarlas, teniendo muchas razones que me disuaden de ello, si bien haré todo lo que me corresponde hacer.
3. La voluntad de un gobernante, como tal, se manifiesta en dictar y ejecutar leyes; pero la voluntad de un hombre, en su simple capacidad natural, o como dueño absoluto de lo suyo, se manifiesta en desear o resolver acontecimientos.
4. La voluntad de un gobernante, como legislador, es primera y principalmente que sus leyes sean obedecidas, y de ningún modo que la pena se ejecute sobre nadie, sino solo en el supuesto de que no obedezcan sus leyes. Pero la voluntad de un gobernante, como juez, supone la ley ya guardada o ya quebrantada; y por tanto resuelve premios o castigos en consecuencia.
Hechas estas distinciones necesarias, las aplicaré ahora al caso presente en las proposiciones siguientes.
1. Es en el espejo de la palabra y de las criaturas donde en esta vida hemos de conocer a Dios; y así, conforme a la naturaleza del hombre, le atribuimos entendimiento y voluntad, quitando cuantas imperfecciones podemos, porque no somos capaces de concepciones positivas más altas de él.
2. Y, sobre los mismos fundamentos, distinguimos (con la Escritura) entre los actos de la voluntad de Dios, diversificados según los respectos o los objetos, aunque en cuanto a la esencia de Dios todos son uno solo.
3. Y con tanta mayor libertad, cuanto que, cuando hablamos de Cristo, tenemos más fundamento para ello desde la naturaleza humana.
4. Y así decimos que la simple complacencia, voluntad o amor de Dios se dirige a todo lo que es natural o moralmente bueno, según la naturaleza y el grado de su bondad. Y de este modo él se complace en la conversión y salvación de todos, la cual, sin embargo, nunca llegará a suceder.
5. Y Dios, como gobernante y legislador del mundo, tiene una voluntad práctica para la salvación de ellos, hasta el punto de otorgarles una donación gratuita de Cristo y de la vida, y un acto de perdón para todo su pecado, con tal que no lo rechacen ingratamente, y de mandar a sus mensajeros que ofrezcan este don a todo el mundo y persuadan a los hombres a aceptarlo. Y así hace todo lo que, como legislador o promitente, le corresponde hacer para la salvación de ellos.
6. Pero, con todo, resuelve, como legislador, que los que no quieran convertirse morirán; y, como juez, cuando haya pasado su día de gracia, ejecutará ese decreto.
7. De modo que él quiere así, sin fingimiento, la conversión de aquellos que nunca se convertirán; pero no como Señor absoluto, con la más plena y eficaz resolución, ni como cosa que él resuelva haya de suceder indudablemente, o para cuya realización empeñe todo su poder. Está en el poder de un príncipe poner guardia sobre un homicida, para que no cometa homicidio y sea ahorcado; pero, si por buena razón se abstiene de ello y se limita a enviar a sus súbditos avisos y ruegos de que no sean homicidas, creo que bien puede decir que no querría que cometieran homicidio y fueran ahorcados: no se complace en ello, sino más bien en que se abstengan y vivan; y, si hace más por algunos, por alguna razón especial, no por eso se ve obligado a hacer lo mismo por todos. Bien puede el rey decir a todos los homicidas y malhechores de su reino: «No me complazco en vuestra muerte, sino más bien en que obedezcáis mis leyes y viváis; pero, si no queréis, con todo esto he resuelto que moriréis». El juez puede decir con verdad al ladrón o al homicida: «Ay, hombre, no me deleito en tu muerte: preferiría que hubieras guardado la ley y salvado tu vida; pero, viendo que no lo has hecho, he de condenarte, o de lo contrario sería injusto». Así, aunque Dios no se complace en vuestra condenación, y por eso os llama a volveros y vivir, sí se complace en la demostración de su propia justicia y en la ejecución de sus leyes; y por tanto, con todo esto, ha resuelto plenamente que, si no queréis convertiros, seréis condenados. Si Dios estuviera tan en contra de la muerte del impío como para estar resuelto a hacer todo lo que puede por impedirla, entonces ningún hombre sería condenado; mientras que Cristo os dice que pocos serán salvos. Pero Dios está en contra de vuestra condenación en la medida en que os enseñará y os avisará, y pondrá delante de vosotros la vida y la muerte, y os ofrecerá elegir, y mandará a sus ministros suplicaros que no os condenéis a vosotros mismos, sino que aceptéis su misericordia, y así dejaros sin excusa. Pero, si esto no basta, y aún seguís inconversos, os declara que está resuelto a vuestra condenación, y nos ha mandado deciros en su nombre (v. 18): «¡Oh impío, de cierto morirás!». Y Cristo poco menos que lo ha jurado una y otra vez, con un «De cierto, de cierto os digo: si no os convertís y nacéis de nuevo, no podéis entrar en el reino de los cielos» (Mateo 18:3; Juan 3:3). Notad que dijo no podéis. Es en vano esperarlo, y en vano soñar que Dios lo quiere, pues es cosa que no puede ser.
En una palabra, veis, pues, el sentido del texto: que Dios, el gran legislador del mundo, no se complace en la muerte del impío, sino más bien en que se conviertan y vivan; aunque, con todo, está resuelto a que nadie viva sino los que se convierten, y, como juez, aun se deleita en la justicia y en manifestar su odio al pecado, aunque no en la miseria que ellos mismos se han acarreado, considerada en sí misma.
2. Y en cuanto a las pruebas de este punto, seré muy breve, porque supongo que ya lo creéis fácilmente.
1. La misma naturaleza clementísima de Dios, proclamada en Éxodo 34:6 y 20:6, y con frecuencia en otros lugares, puede aseguraros esto: que no se complace en vuestra muerte.
2. Si Dios se complaciera más en tu muerte que en tu conversión y vida, no te habría mandado tan a menudo en su palabra que te conviertas; no te habría hecho tales promesas de vida, con tal que te conviertas; no te habría persuadido a ello con tantas razones. El tenor de su evangelio prueba este punto.
3. Y la comisión que dio a los ministros del evangelio lo prueba plenamente. Si Dios se hubiera complacido más en vuestra condenación que en vuestra conversión y salvación, jamás nos habría encargado ofreceros misericordia y enseñaros el camino de la vida, en público y en privado; ni rogaros y suplicaros que os convirtáis y viváis; ni daros a conocer vuestros pecados y anunciaros vuestro peligro, y hacer cuanto nos sea posible por vuestra conversión, y continuar haciéndolo con paciencia, aunque nos odiéis o maltratéis por nuestro afán. ¿Habría hecho Dios esto, y establecido sus ordenanzas para vuestro bien, si se complaciera en vuestra muerte?
4. Se prueba también por el curso de su providencia. Si Dios prefiriera veros condenados antes que convertidos y salvos, no acompañaría su palabra con sus obras, ni te atraería hacia sí con su bondad diaria, ni te daría todas las misericordias de esta vida —que son sus medios para llevarte al arrepentimiento (Romanos 2:4)—, ni te pondría tantas veces bajo su vara para hacerte recobrar el juicio. No pondría tantos ejemplos ante tus ojos, ni te esperaría con tanta paciencia como lo hace, día tras día y año tras año. Estas no son señales de quien se complace en tu muerte. Si esto hubiera sido su deleite, ¿con qué facilidad podría haberte tenido en el infierno hace ya mucho tiempo? ¿Cuántas veces, antes de ahora, podría haberte arrebatado en medio de tus pecados, con una maldición, un juramento o una mentira en la boca, en tu ignorancia, tu soberbia y tu sensualidad? Cuando estabas la última vez en tu embriaguez, o la última vez burlándote de los caminos de Dios, ¿con qué facilidad podría haber cortado tu aliento, y domarte con sus plagas, y hacerte sobrio en otro mundo? ¡Ay!, ¡qué cosa tan pequeña es para el Todopoderoso gobernar la lengua del más profano difamador, y atar las manos del perseguidor más malicioso, o calmar la furia del más amargo de sus enemigos, y hacerles saber que no son sino gusanos! Si él frunciera el ceño contra ti, caerías en tu sepultura. Si diera comisión a uno de sus ángeles para ir a destruir a diez mil pecadores, ¡con qué rapidez se haría! ¡Con qué facilidad puede postrarte en el lecho de la languidez, y hacerte gemir allí de dolor, y hacerte tragar las palabras de reproche que has proferido contra sus siervos, su palabra, su culto y sus santos caminos, y hacerte enviar a rogar las oraciones de aquellos a quienes despreciaste en tu presunción! ¡Con qué facilidad puede poner tu carne bajo retortijones y gemidos, y hacerla demasiado débil para sostener tu alma, y hacerla más repugnante que el estiércol de la tierra! Esa carne que ahora ha de tener lo que ama, y no ha de ser contrariada aunque Dios sea contrariado, y ha de ser complacida en comida, bebida y ropa, diga Dios lo que diga en contra: ¡con qué rapidez la consumiría el ceño de Dios! Cuando defendías tu pecado con pasión, y reñías con los que querían apartarte de él, y mostrabas tu rencor contra el que te reprendía, y abogabas por las obras de las tinieblas, ¡con qué facilidad podría Dios haberte arrebatado en un instante, y haberte puesto ante su temible Majestad, donde verías diez mil veces diez mil ángeles gloriosos sirviendo ante su trono! Y allí te habría llamado a defender tu causa, y te habría preguntado: «¿Qué tienes ahora que decir contra tu Creador, su verdad, sus siervos o sus santos caminos? Defiende ahora tu causa, y saca de ella el mejor partido que puedas. ¿Qué puedes decir ahora en excusa de tus pecados? Da ahora cuenta de tu mundanalidad y de tu vida carnal, de tu tiempo, de todas las misericordias que has recibido». ¡Oh, cómo se habría derretido tu corazón obstinado, y abatido tus miradas altivas, y palidecido tu semblante, y trocado tus palabras arrogantes en mudo silencio o en gritos espantosos, si Dios te hubiera puesto así ante su tribunal, y hubiera defendido contra ti su propia causa, contra la cual aquí has abogado con tanta malicia! ¡Con qué facilidad puede en cualquier momento decir a tu alma culpable: «Sal de ahí, y no vivas más en esa carne hasta la resurrección», y ella no puede resistir! Una palabra de su boca quitaría el contrapeso de tu vida presente, y entonces todas tus partes y potencias quedarían inmóviles; y, si te dijera: «No vivas más, o vive en el infierno», no podrías desobedecer.
Pero Dios no ha hecho nada de esto todavía, sino que te ha soportado con paciencia, y te ha sostenido con misericordia, y te ha dado ese aliento que exhalabas contra él, y te ha dado esas misericordias que sacrificabas a tu carne, y te ha proporcionado ese sustento que gastabas para satisfacer tu garganta glotona; te dio cada minuto de ese tiempo que malgastabas en ociosidad, o embriaguez, o mundanalidad: ¿y no muestran toda su paciencia y misericordia que no deseaba tu condenación? ¿Puede arder la vela sin el aceite? ¿Pueden mantenerse en pie vuestras casas sin la tierra que las sostenga? Con la misma imposibilidad podéis vivir una sola hora sin el sostén de Dios. ¿Y por qué sostuvo tu vida por tanto tiempo, sino para ver cuándo reflexionarías sobre la locura de tus caminos, y te volverías y vivirías? ¿Pondrá alguien a propósito armas en manos de su enemigo para que le resista, o alumbrará con una vela a un asesino que está matando a sus hijos, o a un siervo perezoso que mientras tanto juega o duerme? Ciertamente es para ver si al fin te vuelves y vives, que Dios te ha esperado tanto tiempo.
5. Se prueba además, por el padecimiento de su Hijo, que Dios no se complace en la muerte del impío. ¿Los habría rescatado de la muerte a precio tan caro? ¿Habría asombrado a ángeles y a hombres con su condescendencia? ¿Habría Dios morado en carne, y venido en forma de siervo, y asumido la humanidad en una sola persona con la Deidad? ¿Y habría Cristo vivido una vida de sufrimiento, y muerto una muerte maldita por los pecadores, si más bien se hubiera complacido en su muerte? Suponed que lo vierais tan ocupado en predicarles y sanarlos, como lo halláis en Marcos 3:21; o ayunando tanto tiempo, como en Mateo 4; o toda la noche en oración, como en Lucas 6:12; o orando con gotas de sangre que caían de él en lugar de sudor, como en Lucas 22:44; o sufriendo una muerte maldita en la cruz, y derramando su alma como sacrificio por nuestros pecados: ¿habríais pensado que estas eran señales de quien se deleitaba en la muerte del impío?
Y no penséis atenuarlo diciendo que fue solo por sus escogidos; pues fue tu pecado, y el pecado de todo el mundo, lo que cargó sobre nuestro Redentor; y su sacrificio y satisfacción bastan para todos, y sus frutos se ofrecen tanto a uno como a otro; aunque es cierto que nunca fue el propósito de su mente perdonar y salvar a ninguno que no quisiera convertirse por la fe y el arrepentimiento. Si lo hubierais visto y oído llorando y lamentando el estado de gente desobediente e impenitente (Lucas 19:41-42), o quejándose de su obstinación, como en Mateo 23:37: «¡Jerusalén, Jerusalén! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!»; o si lo hubierais visto y oído en la cruz orando por sus perseguidores: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen», ¿habríais sospechado que se deleitaba en la muerte del impío, aun de aquellos que perecen por su incredulidad voluntaria? Cuando Dios tanto amó (no solo amó, sino que tanto amó) al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, con una fe eficaz, no se pierda, sino que tenga vida eterna, creo que con ello ha probado, contra la malicia de los hombres y de los demonios, que no se complace en la muerte del impío, sino que más bien quiere que se conviertan y vivan.
6. Por último, si todo esto aún no os satisface, tomad su propia palabra, la de quien mejor conoce su propia mente; o al menos creed su juramento. Pero esto me lleva a la cuarta doctrina.
Doct. 4. El Señor nos ha confirmado con su juramento que no se complace en la muerte del impío, sino más bien en que se convierta y viva; para no dejar al hombre pretexto alguno de poner en duda esta verdad.
Si os atrevéis a poner en duda su palabra, espero que no os atreváis a poner en duda su juramento. Así como Cristo ha protestado solemnemente que el no regenerado y el inconverso no pueden entrar en el reino de los cielos (Mateo 18:3; Juan 3:3), así Dios ha jurado que su complacencia no está en la muerte de ellos, sino en su conversión y vida. Y, como dice el apóstol (Hebreos 6:13, 16-18), porque no podía jurar por otro mayor, juró por sí mismo, diciendo: «Vivo yo, etc.». Pues los hombres, en verdad, juran por el mayor, y para ellos el juramento de confirmación pone fin a toda controversia; por lo cual Dios, queriendo mostrar más abundantemente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su consejo, la confirmó con juramento, para que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, «tengamos un fortísimo consuelo los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros, la cual tenemos como ancla del alma, segura y firme». Si hay algún hombre que no puede conciliar esta verdad con la doctrina de la predestinación, o con la condenación efectiva de los impíos, esa es su propia ignorancia; no le queda pretexto para negar ni poner en duda por ello la verdad del punto que tratamos; pues este está confirmado por el juramento de Dios, y por tanto no ha de torcerse para reducirlo a otros puntos, sino que más bien los puntos dudosos han de reducirse a él, y las verdades ciertas han de creerse en armonía con él, aunque nuestras mentes superficiales apenas disciernan tal armonía.
USO.
Ahora te ruego, si eres un pecador inconverso que oyes estas palabras, que reflexiones un poco en las doctrinas antes mencionadas, y consideres por un momento quién es el que se complace en tu pecado y condenación. Ciertamente no es Dios: él ha jurado, por su parte, que no se complace en ello. Y sé que no es a él a quien pretendes agradar con ello. No te atreverás a decir que bebes, y blasfemas, y descuidas los deberes sagrados, y apagas el impulso del Espíritu, para agradar a Dios. Eso sería como si injuriaras al príncipe, y quebrantaras sus leyes, y procuraras su muerte, y dijeras que hacías todo esto para agradarle.
¿Quién es, pues, el que se complace en tu pecado y tu muerte? Ninguno de los que llevan la imagen de Dios, pues han de ser de un mismo sentir con él. Dios sabe que es escaso placer para vuestros fieles maestros veros servir a vuestro enemigo mortal, y arriesgar locamente vuestro estado eterno, y correr voluntariamente a las llamas del infierno. Escaso placer es para ellos ver en vuestras almas (en sus tristes efectos) tal ceguera, tal dureza de corazón, tal descuido y presunción; tal obstinación en el mal, y tal indocilidad y terquedad contra los caminos de la vida y de la paz. Saben que estas son marcas de muerte y de la ira de Dios, y saben por la palabra de Dios cuál es probable que sea su fin; y por tanto no es para ellos mayor placer que para un médico compasivo ver brotar en su paciente las marcas de la peste. ¡Ay, prever vuestros tormentos eternos, y no saber cómo impedirlos! ¡Ver cuán cerca estáis del infierno, y no poder haceros creerlo ni considerarlo! ¡Ver con cuánta facilidad, con cuánta certeza, podríais escapar, si tan solo supiéramos cómo haceros dispuestos! ¡Cuán a punto estáis de la salvación eterna, con tal que os convirtierais e hicierais cuanto pudierais, y lo hicierais el cuidado y el negocio de vuestra vida! Pero no lo hacéis. Aunque en ello nos fuera la vida, no podemos persuadiros a ello. Estudiamos día y noche qué deciros que pueda convenceros y persuadiros, y con todo queda sin efecto. Ponemos delante de vosotros la palabra de Dios, y os mostramos el capítulo y el versículo mismo donde está escrito que no podéis ser salvos si no os convertís, y con todo dejamos a los más de vosotros como os hallamos. Esperamos que creáis la palabra de Dios, aunque no nos creáis a nosotros, y que la atendáis cuando os mostremos la Escritura clara que lo dice; pero esperamos en vano, y trabajamos en vano, en cuanto a todo cambio salvador en vuestros corazones. ¿Y pensáis que esto es cosa agradable para nosotros? Muchas veces, en oración secreta, nos vemos forzados a quejarnos a Dios con el corazón triste: «¡Ay, Señor! Les hemos hablado en tu nombre, pero poco caso nos hacen; les hemos dicho lo que tú nos mandaste decirles acerca del peligro de un estado inconverso, pero no nos creen; les hemos dicho que tú has protestado que “no hay paz para los malos” (Isaías 48:22; 57:21), pero el peor de todos ellos apenas creerá que es malo; les hemos mostrado tu palabra, donde has dicho “que si viven conforme a la carne, morirán” (Romanos 8:13), pero dicen “que creerán en ti aun cuando no te crean; que confiarán en ti aun cuando no den crédito a tu palabra; y cuando abrigan la esperanza de que las amenazas de tus palabras son falsas, todavía llaman a esto esperar en Dios; y, aunque les mostramos dónde has dicho que, cuando un impío muere, todas sus esperanzas perecen (Proverbios 11:7), no podemos apartarlos de sus esperanzas engañosas”. Les decimos qué cosa tan vil e inútil es el pecado, pero lo aman, y por eso no lo dejan. Les decimos cuán caro compran este placer, y que han de pagarlo en tormento eterno; y se felicitan a sí mismos, y no lo creen, sino que hacen como hacen los más; y, porque Dios es misericordioso, no le creen, sino que arriesgan sus almas, pase lo que pase. Les decimos cuán pronto está el Señor para recibirlos; y esto no hace sino que demoren su arrepentimiento y sean más osados en su pecado. Algunos dicen que se proponen arrepentirse, pero siguen igual; y algunos dicen que ya se arrepienten, mientras aún no se han convertido de sus pecados. Los exhortamos, les rogamos, les ofrecemos nuestra ayuda, pero no podemos prevalecer con ellos; sino que los que eran borrachos, borrachos siguen; y los que eran míseros voluptuosos, amadores de la carne, tales siguen; y los que eran mundanos, mundanos siguen; y los que eran ignorantes, soberbios y engreídos, así siguen. Pocos de ellos verán y confesarán su pecado, y menos aún lo abandonarán, sino que se consuelan con que todos los hombres son pecadores, como si no hubiera diferencia entre un pecador convertido y uno inconverso. Algunos no se acercan a nosotros cuando estamos dispuestos a instruirlos, sino que piensan que ya tienen bastante y no necesitan nuestra instrucción; y algunos nos dan oído, y hacen lo que se les antoja; y la mayoría son como muertos que no pueden sentir; de modo que, cuando les hablamos de las cosas de consecuencia eterna, no logramos hacer llegar ni una palabra a sus corazones. Si no los obedecemos y complacemos bautizando a los hijos de los más obstinadamente malvados, y dándoles la Cena del Señor, y haciendo todo lo que quisieran, por más contrario que sea a la palabra de Dios, nos odiarán y nos injuriarán; pero si les suplicamos que confiesen y abandonen sus pecados, y salven sus almas, no lo harán. Les decimos que, con tal que se conviertan, no les negaremos ninguna de las ordenanzas de Dios, ni el bautismo a los hijos, ni la Cena del Señor a ellos mismos; pero no nos escuchan. Querrían que desobedeciéramos a Dios, y que condenáramos nuestras propias almas para complacerlos, y sin embargo ellos no quieren convertirse y salvar sus propias almas para complacer a Dios. Son más sabios a sus propios ojos que todos sus maestros; se enfurecen y confían en su propio camino, y, por mucho que quisiéramos, no podemos cambiarlos. Señor, tal es la condición de nuestros míseros prójimos, y no podemos remediarlo; los vemos a punto de caer en el infierno, y no podemos remediarlo; sabemos que, si se convirtieran sin fingimiento, podrían ser salvos, pero no podemos persuadirlos; si se lo rogáramos de rodillas, no podemos persuadirlos a ello; si se lo rogáramos con lágrimas, no podemos persuadirlos; ¿y qué más podemos hacer?»
Estas son las quejas y los gemidos secretos que más de un pobre ministro se ve forzado a proferir. ¿Y pensáis que él halla algún placer en esto? ¿Es placer para él veros seguir en el pecado, sin poder deteneros? ¿Veros tan miserables, y no poder siquiera haceros sensibles a ello? ¿Veros alegres, cuando no tenéis seguridad de estar ni una hora fuera del infierno? ¿Pensar lo que habréis de sufrir para siempre, porque no queréis convertiros? ¿Y pensar qué vida eterna de gloria despreciáis y desecháis voluntariamente? ¿Qué cosa más triste podéis traer a sus corazones? ¿Y cómo podríais idear afligirlos más?
¿A quién, pues, complacéis con vuestro pecado y vuestra muerte? A ninguno de vuestros amigos piadosos y sensatos. ¡Ay!, es la pena de sus almas ver vuestra miseria; y os lamentan muchas veces cuando vosotros apenas se lo agradecéis, y cuando no tenéis corazón para lamentaros a vosotros mismos.
¿Quién es, pues, el que se complace en vuestro pecado? Nadie sino los tres grandes enemigos de Dios, a quienes renunciasteis en vuestro bautismo, y a quienes ahora, falsamente, os habéis vuelto para servir.
1. El diablo, en verdad, se complace en vuestro pecado y vuestra muerte; pues este es el fin mismo de todas sus tentaciones. Para esto vela noche y día: no podríais idear cómo agradarle mejor que siguiendo en el pecado. ¡Cuán contento se pone cuando te ve ir a la taberna, o a otro pecado, y cuando os oye maldecir, o blasfemar, o injuriar! ¡Cuán contento se pone cuando te oye vituperar al ministro que quisiera apartarte de tu pecado y ayudar a salvarte! Estos son su deleite.
2. Los malvados también se deleitan en ello, pues es conforme a su naturaleza.
3. Pero sé, con todo esto, que no es al diablo a quien pretendéis agradar, aun cuando lo agradáis; sino que es a vuestra propia carne, el mayor y más peligroso enemigo, a quien pretendéis complacer. Es la carne la que querría ser mimada, la que querría ser complacida en comida, bebida y vestido; complacida en vuestras compañías, complacida en el aplauso y el crédito ante el mundo, y complacida en diversiones, y concupiscencias, y ociosidad: este es el abismo que todo lo devora. Este es el dios mismo que servís, pues la Escritura dice de tales: «el dios de los cuales es el vientre» (Filipenses 3:19).
Pero os ruego que os detengáis un poco y consideréis el asunto.
1. Pregunta. ¿Ha de ser complacida vuestra carne antes que vuestro Hacedor? ¿Desagradaréis al Señor, y a vuestros maestros, y a vuestros amigos piadosos, y todo por complacer vuestros apetitos brutales o vuestros deseos sensuales? ¿No es Dios digno de ser el gobernante de vuestra carne? Si él no la gobierna, no la salvará; no podéis con razón esperar que lo haga.
2. Pregunta. Vuestra carne se complace con vuestro pecado; pero ¿se complace vuestra conciencia? ¿No se queja dentro de vosotros, y os dice a veces que no todo está bien, y que vuestra situación no es tan segura como la hacéis? ¿Y no debería vuestra alma y vuestra conciencia ser complacida antes que vuestra carne corruptible?
3. Pregunta. Pero ¿no está vuestra carne preparando también su propio desagrado? Ama el cebo, pero ¿ama el anzuelo? Ama la bebida fuerte y los bocados dulces; ama su comodidad, su diversión y su alegría; ama ser rica, y bien hablada por los hombres, y ser alguien en el mundo; pero ¿ama la maldición de Dios? ¿Ama estar temblando ante su tribunal, y ser condenada al fuego eterno? ¿Ama ser atormentada con los demonios para siempre? Tomadlo todo junto, pues no hay modo de separar el pecado y el infierno sino por la fe y la verdadera conversión; si queréis quedaros con uno, habréis de tener el otro. Si la muerte y el infierno os son agradables, no es de extrañar que sigáis en el pecado; pero, si no lo son (como estoy seguro de que no lo son), entonces, por más agradable que fuera el pecado, ¿vale la pena la pérdida de la vida eterna? Un poco de bebida, o de comida, o de comodidad; la buena palabra de los pecadores; las riquezas de este mundo, ¿han de estimarse por encima de los gozos del cielo? ¿O valen acaso los padecimientos del fuego eterno?
Estas preguntas deberían ser consideradas, antes de seguir adelante, por todo hombre que tenga razón para considerar, y que crea que tiene un alma que salvar o perder.
Pues bien, el Señor jura aquí que no se complace en vuestra muerte, sino más bien en que os convirtáis y viváis; si aun así seguís adelante y morís antes que convertiros, recordad que no fue para agradar a Dios que lo hicisteis; fue para agradar al mundo y para agradaros a vosotros mismos. Y, si los hombres quieren condenarse por complacerse a sí mismos, y correr a tormentos sin fin por deleite, y no tienen el juicio, el corazón ni la gracia para escuchar a Dios ni a los hombres que quisieran hacerlos volver, ¿qué remedio hay? Han de quedarse con lo que de ello sacan, y arrepentirse de otra manera, ¡cuando ya sea demasiado tarde! Antes de proseguir más en la aplicación, pasaré a la doctrina siguiente, que me da un fundamento más pleno para ella.
Doct. 5. Tan vehemente es Dios por la conversión de los pecadores, que redobla con vehemencia sus mandatos y exhortaciones: «Volveos, volveos, ¿por qué moriréis?»
Esta doctrina es la aplicación de la anterior, a modo de un uso de exhortación, y así la trataré.
¿Hay algún pecador inconverso que oiga estas vehementes palabras de Dios? ¿Hay algún hombre o mujer en esta congregación que sea todavía extraño a la obra renovadora y santificadora del Espíritu Santo? Feliz congregación, si no es así con los más. Escuchad, pues, la voz de vuestro Hacedor, y convertíos a él por Cristo sin demora. ¿Queréis conocer la voluntad de Dios? Pues esta es su voluntad: que os convirtáis ahora mismo. ¿Enviará el Dios vivo un mensaje tan encarecido a sus criaturas, y no habrían de obedecer? Escuchad, pues, todos los que vivís conforme a la carne: el Señor, que te dio el aliento y el ser, os ha enviado un mensaje desde el cielo; y este es su mensaje: «Volveos, volveos, ¿por qué moriréis?». El que tiene oídos para oír, oiga. ¿Ha de ser despreciada la voz de la Majestad eterna? Si él no hace más que tronar terriblemente, ya tiemblas. Pero esta palabra concierne a tu vida o a tu muerte eterna. Es a la vez un mandato y una exhortación. Como si te hubiera dicho: «Te ordeno, por la lealtad que me debes como tu Creador y Redentor, que renuncies a la carne, al mundo y al diablo, y te vuelvas a mí para que vivas. Me digno a rogarte, por cuanto amas o temes al que te hizo; por cuanto amas tu propia vida, tu vida eterna, vuélvete y vive; así como querrías escapar de la miseria eterna: “Vuélvete, vuélvete, ¿por qué morirás?”». ¿Y hay corazón en el hombre, en una criatura racional, que pueda por una vez rehusar tal mensaje, tal mandato, tal exhortación como esta? ¡Oh, qué cosa es entonces el corazón del hombre!
Escuchad, pues, todos los que os amáis a vosotros mismos, y todos los que atendéis a vuestra propia salvación: aquí está el mensaje más gozoso que jamás se envió a oídos de hombre: «Volveos, volveos, ¿por qué moriréis?». Aún no estáis encerrados bajo la desesperación. Aquí se os ofrece misericordia; convertíos, y la tendréis. ¡Oh, con qué corazones gozosos deberíais recibir estas nuevas! Sé que no es la primera vez que lo oís; pero ¿cómo lo habéis atendido, o cómo lo atendéis ahora? ¡Oíd, todos vosotros, pecadores ignorantes y descuidados, la palabra del Señor! ¡Oíd, todos vosotros, mundanos, sensuales amadores de la carne; glotones, borrachos, fornicarios y blasfemos; injuriadores y calumniadores, difamadores y mentirosos: «Volveos, volveos, ¿por qué moriréis?»!
Oíd, todos los que estáis vacíos del amor de Dios, cuyos corazones no están vueltos hacia él, ni ocupados con las esperanzas de la gloria, sino que estiman más vuestra prosperidad y deleites terrenales que los gozos del cielo; todos los que sois religiosos apenas de pasada, y no dais a Dios más que lo que vuestra carne puede ceder; que no habéis negado vuestro yo carnal, ni abandonado todo cuanto tenéis por Cristo, en la estimación y firme resolución de vuestras almas, sino que tenéis alguna cosa en el mundo tan querida para vosotros que no podríais cederla por Cristo, si él la exigiera, sino que preferiríais arriesgaros a su desagrado antes que abandonarla: «Volveos, volveos, ¿por qué moriréis?».
Si nunca lo oísteis, ni lo advertisteis antes, recordad que hoy se os dijo, de parte de la palabra de Dios, que si tan solo os convertís, podréis vivir; y que si no os convertís, de cierto moriréis.
¿Qué haréis ahora, señores? ¿Cuál es vuestra resolución? ¿Os convertiréis, o no? No claudiquéis más entre dos opiniones: si el Señor es Dios, seguidle; si vuestra carne es dios, entonces seguid sirviéndola. Si el cielo es mejor que la tierra y los placeres carnales, venid entonces, y buscad una patria mejor, y «acumulad vuestro tesoro donde el orín y la polilla no corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan; y despertad al fin, con todas vuestras fuerzas, a buscar el reino que no puede ser conmovido» (Hebreos 12:28), y a emplear vuestra vida en un designio más alto, y a llevar la corriente de vuestros cuidados y afanes por otro cauce distinto del que antes seguíais. Pero, si la tierra es mejor que el cielo, o hará más por vosotros, o os durará más, entonces quedaos con ella, y sacadle el mejor partido, y seguidla todavía. ¿Estáis resueltos a qué hacer? Si no lo estáis, os pondré delante algunas consideraciones más conmovedoras, para ver si la razón os hace resolveros.
Considerad primero «qué preparativos ha hecho la misericordia para vuestra salvación», y qué lástima sería que algún hombre se condenara después de todo esto. Hubo un tiempo en que la espada encendida cerraba el camino, y la maldición de la ley de Dios te habría hecho retroceder, por más dispuesto que hubieras estado a volverte a Dios. Hubo un tiempo en que ni tú mismo, ni todos los amigos que tienes en el mundo, habríais podido jamás procurarte el perdón de tus pecados pasados, por más que los hubieras lamentado y enmendado. Pero Cristo ha quitado este impedimento con el rescate de su sangre. Hubo un tiempo en que Dios estaba enteramente sin reconciliar, por no estar satisfecha la violación de su ley; pero ahora está satisfecho y reconciliado hasta tal punto que te ha otorgado un acto gratuito de perdón, y una donación gratuita de Cristo y de la vida, y te lo ofrece, y te ruega que lo aceptes, y puede ser tuyo, si quieres. «Porque Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación» (2 Corintios 5:18-19). Pecadores, también a nosotros se nos manda entregaros este mensaje a todos, de parte del Señor: «Venid, que ya todo está preparado» (Lucas 14:17). ¿Está todo preparado, y estáis vosotros sin preparar? Dios está pronto para recibiros, y perdonar todo lo que habéis hecho contra él, con tal que vengáis. Por mucho que hayáis pecado, por más voluntariamente que hayáis pecado, está pronto para echarlo todo tras sus espaldas, con tal que vengáis. Aunque hayáis sido pródigos, y hayáis huido de Dios, y os hayáis quedado lejos tanto tiempo, está pronto aun para salir a vuestro encuentro, y abrazaros en sus brazos, y regocijarse en vuestra conversión, con tal que os convirtáis. Aun el mundano terrenal y el borracho cerril hallarán a Dios pronto para darles la bienvenida, con tal que vengan. ¿No mueve esto tu corazón dentro de ti? Oh pecador, si tienes en ti corazón de carne, y no de piedra, me parece que esto debería derretirlo. ¿Ha de esperar la infinita Majestad del cielo tu regreso, y estar pronta para recibirte a ti, que la has ultrajado y olvidado por tanto tiempo? ¿Ha de deleitarse en tu conversión aquel que en cualquier momento podría glorificar su justicia en tu condenación, y con todo esto no se derrite tu corazón dentro de ti, y aún no estás dispuesto a entrar? ¿No tienes tú tanta razón para estar dispuesto a venir, como Dios la tiene para invitarte y darte la bienvenida?
Pero eso no es todo: Cristo ha cumplido su parte en la cruz, y te ha abierto tal camino al Padre, que por causa de él puedes ser bien recibido, si quieres venir. ¿Y aún no estás dispuesto?
Un perdón te está ya expresamente concedido y ofrecido en el evangelio. ¿Y aún no estás dispuesto?
Los ministros del evangelio están prontos para ayudarte, para instruirte; están prontos para orar por ti, y para sellar tu perdón mediante la administración del santo sacramento. ¿Y aún no estás dispuesto?
Todos los que temen a Dios en torno a ti están prontos para regocijarse en tu conversión, y para recibirte en la comunión de los santos, y para darte la diestra de compañerismo; sí, aunque hubieras sido de los que fueron expulsados de su sociedad. No se atreven sino a perdonar donde Dios perdona, cuando les es manifiesto por tu confesión y enmienda; no se atreven siquiera a echarte en cara tus pecados pasados, porque saben que Dios no te los reprochará. Por escandaloso que hubieras sido, si tan solo te convirtieras de corazón y entraras, no te rechazarían, dijera el mundo lo que dijera contra ello. Y, ¿están todos estos prontos para recibirte, y con todo tú no estás dispuesto a entrar?
Sí, el cielo mismo está pronto; el Señor te recibirá en la gloria de sus santos, por más vil bruto que hayas sido: con tal que seas limpiado, podrás tener un lugar ante su trono; sus ángeles estarán prontos para custodiar tu alma hasta el lugar del gozo, con tal que entres sin fingimiento. Y ¿está Dios pronto, pronto el sacrificio de Cristo, pronta la promesa, pronto el perdón? ¿Están prontos los ministros, pronto el pueblo de Dios, pronto el cielo mismo, prontos los ángeles, y todos estos no esperan sino tu conversión, y con todo tú no estás dispuesto? ¡Cómo! ¿No dispuesto a vivir, cuando has estado muerto tanto tiempo? ¿No dispuesto a volver a tu recto juicio, como se dice que el pródigo volvió en sí (Lucas 15:17), cuando has estado fuera de ti tanto tiempo? ¿No dispuesto a ser salvado, cuando estás a punto de ser condenado? ¿No dispuesto a echar mano de Cristo, que quiere librarte, cuando estás a punto de ahogarte y hundirte en la condenación? ¿No dispuesto a ser salvado del infierno, cuando estás a punto de ser arrojado en él sin remedio? ¡Ay, hombre! ¿Sabes lo que haces? Si mueres inconverso, no hay duda que hacer de tu condenación, y no tienes seguridad de vivir ni una hora; ¿y con todo no estás dispuesto a convertirte y a entrar? ¡Oh miserable desdichado! ¿No has servido bastante a la carne y al diablo? ¿Aún no tienes bastante pecado? ¿Tan bueno te es, o tan provechoso para ti? ¿Sabes qué es aquello de lo que aún querrías tener más? ¿Has tenido tantos llamamientos, y tantas misericordias, y tantos golpes, y tantos ejemplos? ¿Has visto a tantos puestos en la sepultura, y con todo no estás dispuesto a soltar tus pecados y venir a Cristo? ¡Cómo! Después de tantas convicciones, y remordimientos de conciencia, después de tantos propósitos y promesas, ¿aún no estás dispuesto a convertirte y vivir? ¡Oh, si tus ojos y tu corazón se abrieran, para conocer cuán generoso ofrecimiento se te hace ahora, y qué gozoso mensaje es aquel con que somos enviados, para invitarte a venir, porque ya todo está preparado!
2. Considerad también cuántos llamamientos tienes para convertirte y vivir. Cuántos, cuán fuertes, cuán encarecidos, cuán terribles, y con todo cuán alentadores y gozosos llamamientos.
Pues el principal que invita es Dios mismo. Él, que manda al cielo y a la tierra, te manda a ti que te conviertas; y que te conviertas ahora mismo, sin demora. Manda al sol que corra su curso, y que se levante sobre ti cada mañana; y, aunque es criatura tan gloriosa, y muchas veces mayor que toda la tierra, con todo le obedece, y no falla ni un minuto de su tiempo señalado. Manda a todos los planetas y orbes del cielo, y obedecen. Manda al mar que fluya y refluya, y a toda la creación que guarde su curso, y todo le obedece. Los ángeles del cielo obedecen su voluntad, cuando los envía a servir a gusanos tan insignificantes como nosotros en la tierra (Hebreos 1:14). Y con todo, si él no hace sino mandar a un pecador que se convierta, este no le obedece; solo se cree más sabio que Dios, y objeta y aboga por la causa del pecado, y no obedece. Si el Señor Todopoderoso dice la palabra, los cielos y todo lo que hay en ellos le obedecen; pero, si él no hace sino llamar a un borracho fuera de la taberna, este no obedece; o, si llama a un pecador mundano y carnal a que se niegue a sí mismo, y haga morir la carne, y ponga su corazón en una herencia mejor, no le obedece.
Si hubiera en ti algún amor, conocerías la voz, y dirías: «¡Oh, este es el llamado de mi Padre! ¿Cómo podría hallar en mi corazón desobedecer? Pues las ovejas de Cristo conocen y oyen su voz, y le siguen, y él les da vida eterna» (Juan 10:4). Si hubiera en ti alguna vida y sentido espiritual, al menos dirías: «Este llamado es la voz terrible de Dios, ¿y quién se atreve a desobedecer?». Pues dice el profeta (Amós 3:8): «El león ha rugido, ¿quién no temerá?». Dios no es hombre, para que juguetees y te diviertas con él: recuerda lo que dijo a Pablo en su conversión: «Dura cosa te es dar coces contra el aguijón» (Hechos 9:5). ¿Y todavía irás a despreciar su palabra, y a resistir su Espíritu, y a taparte el oído contra su llamado? ¿Quién llevará la peor parte en esto? ¿Sabes a quién desobedeces y con quién contiendes, y lo que estás haciendo? Tarea mucho más sabia y fácil te sería contender con los espinos, y pisotearlos con tus pies descalzos, y golpearlos con tus manos desnudas, o meter tu cabeza en el fuego ardiente. «No os engañéis, Dios no puede ser burlado» (Gálatas 6:7). Cualquier otro podrá ser burlado, pero Dios no: más te valdría jugar con el fuego en tu tejado de paja que con el fuego de su ira ardiente: «Porque nuestro Dios es fuego consumidor» (Hebreos 12:29). ¡Oh, qué contendiente tan disparejo eres tú para Dios! «Horrenda cosa es caer en las manos de Dios» (Hebreos 10:31). Y por tanto, horrenda cosa es contender con él, o resistirle. Por amor a vuestras almas, mirad lo que hacéis. ¿Qué diréis, si él comienza a litigar con vosotros en ira? ¿Qué haréis, si os toma una vez entre sus manos? ¿No lucharéis contra su juicio, como ahora lucháis contra su gracia? Dice el Señor (Isaías 27:4-6): «No hay enojo en mí»; es decir, no me deleito en destruiros; lo hago, por así decir, de mala gana; pero, con todo: «¿Quién pondrá contra mí en batalla espinos y cardos? Yo los hollaría, los quemaría juntamente. ¡Oh, que se ase de mi fortaleza, y haga paz conmigo; sí, que haga paz conmigo!». Combate desigual es que los espinos y el rastrojo hagan guerra contra el fuego.
Y así veis quién es el que os llama, lo cual debería moveros a oír este llamado y convertiros; considerad también por medio de qué instrumentos, y cuán a menudo, y cuán encarecidamente lo hace.
1. Cada hoja del bendito libro de Dios tiene, por así decir, una voz, y te llama: ¡Vuélvete y vive; vuélvete, o morirás! ¿Cómo puedes abrirlo, y leer una hoja, u oír un capítulo, y no percibir que Dios te manda convertirte?
2. Es la voz de cada sermón que oyes; pues ¿cuál es el propósito y la intención de todos ellos, sino llamarte, persuadirte y rogarte que te conviertas?
3. Es la voz de muchos impulsos del Espíritu, que secretamente repite estas palabras una y otra vez, y te insta a convertirte.
4. Es probable que, a veces, sea la voz de tu propia conciencia. ¿No estás a veces convencido de que no todo está bien contigo? ¿Y no te dice tu conciencia que has de ser un hombre nuevo, y tomar un nuevo rumbo, y no te llama a menudo a volver?
5. Es la voz de los ejemplos llenos de gracia de los piadosos. Cuando los ves vivir una vida celestial, y huir del pecado que es tu deleite, esto en verdad te llama a convertirte.
6. Es la voz de todas las obras de Dios. Pues también ellas son libros de Dios, que te enseñan esta lección, mostrándote su grandeza, su sabiduría y su bondad, y llamándote a observarlas y a admirar al Creador (Salmo 19:1-2): «Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos; un día emite palabra a otro día, y una noche a otra noche declara sabiduría». Cada vez que el sol se levanta sobre ti, en verdad te llama a convertirte, como si dijera: «¿Para qué viajo y recorro el mundo, sino para declarar a los hombres la gloria de su Hacedor, y alumbrarlos para que hagan su obra? ¿Y todavía te hallo haciendo la obra del pecado, y durmiendo tu vida en la negligencia? Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo» (Efesios 5:14). «La noche está avanzada, y se acerca el día; es ya hora de levantarnos del sueño. Desechemos, pues, las obras de las tinieblas, y vistámonos las armas de la luz. Andemos como de día, honestamente; no en glotonerías y borracheras, no en lujurias y lascivias, no en contiendas y envidia, sino vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne» (Romanos 13:11-14). Este texto fue el medio de la conversión de Agustín.
7. Es la voz de cada misericordia que posees. Si tan solo pudieras oírlas y entenderlas, todas te claman: conviértete. ¿Por qué te sostiene la tierra, sino para que busques y sirvas al Señor? ¿Por qué te da sus frutos, sino para servirle? ¿Por qué te da el aire aliento, sino para servirle? ¿Por qué todas las criaturas te sirven con sus labores y sus vidas, sino para que tú sirvas al Señor de ellas y tuyo? ¿Por qué te da tiempo, salud y fuerza, sino para servirle? ¿Por qué tienes comida, bebida y ropa, sino para su servicio? ¿Tienes algo que no hayas recibido? Y, si lo recibiste, razón es que consideres de quién, y con qué fin y uso, lo recibiste. ¿Nunca clamaste a él por ayuda en tu angustia? ¿Y entendiste entonces que a ti te tocaba convertirte y servirle, si él te libraba? Él ha cumplido su parte, y te ha perdonado aún más tiempo, y te ha probado un año y otro año; ¿y con todo no te conviertes? Conoces la parábola de la higuera estéril (Lucas 13:6-9). Cuando el Señor había dicho: «Córtala; ¿para qué inutiliza también la tierra?», se le rogó que la probara un año más, y que entonces, si no daba fruto, la cortara. El propio Cristo hace allí la aplicación por partida doble (versículos 3 y 5): «Si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente». ¿Cuántos años ha buscado Dios en ti los frutos del amor y de la santidad, y no ha hallado ninguno, y con todo te ha perdonado? ¡Cuántas veces, con tu ignorancia voluntaria, tu descuido y tu desobediencia, has provocado a la justicia a decir: «Córtalo; ¿para qué inutiliza también la tierra?»! Y con todo, la misericordia ha prevalecido, y la paciencia ha contenido hasta hoy el golpe fatal. Si tuvieras dentro de ti el entendimiento de un hombre, sabrías que todo esto te llama a convertirte. «¿Piensas que escaparás del juicio de Dios? ¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento? Pero, por tu dureza y por tu corazón no arrepentido, atesoras para ti mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios, el cual pagará a cada uno conforme a sus obras» (Romanos 2:3-6).
8. Además, es la voz de cada aflicción, que te llama a apresurarte y convertirte. La enfermedad y el dolor claman: conviértete; y la pobreza, y la pérdida de amigos, y cada vara del azote castigador claman: conviértete; ¿y con todo no escucharás el llamado? Estas cosas se han acercado a ti, y te han hecho sentir, te han hecho gemir; ¿y no pueden hacerte convertir?
9. La misma constitución de tu naturaleza y de tu ser reclama tu regreso. ¿Por qué tienes razón, sino para gobernar tu carne y servir a tu Señor? ¿Por qué tienes un alma dotada de entendimiento, sino para aprender y conocer su voluntad y hacerla? ¿Por qué tienes dentro de ti un corazón que puede amar, temer y desear, sino para que le temas, le ames y le desees?
10. Más aún, tus propios compromisos, por la promesa hecha al Señor, te llaman a convertirte y servirle. Te ataste a él por un pacto bautismal, y renunciaste al mundo, a la carne y al diablo; esto lo confirmaste con la profesión del cristianismo, y lo renovaste en los sacramentos, y en tiempos de aflicción. ¿Y prometerás y jurarás, y nunca cumplirás, ni te volverás a Dios?
Junta ahora todo esto, y mira cuál debería ser el resultado. La santa Escritura te llama a convertirte; los ministros de Cristo te llaman a convertirte; el Espíritu clama: conviértete; tu conciencia clama: conviértete; los piadosos, con sus exhortaciones y su ejemplo, claman: conviértete; el mundo entero, y todas las criaturas que hay en él, puestas ante tu consideración, claman: conviértete; la presente paciencia de Dios clama: conviértete; todas las misericordias que recibes claman: conviértete; la vara del castigo de Dios clama: conviértete; tu razón, y la constitución de tu naturaleza, reclaman tu conversión; y otro tanto hacen todas tus promesas a Dios; ¿y con todo no te has resuelto a convertirte?
11. Además, ¡pobre pecador! ¿consideraste alguna vez en qué términos estás durante todo este tiempo con aquel que te llama a convertirte? Eres suyo, y le debes a ti mismo y todo cuanto tienes; ¿y no podrá él mandar sobre lo suyo? Eres su siervo absoluto, y no deberías servir a ningún otro amo. Estás a su merced, y tu vida está en su mano; y él ha resuelto no salvarte en otros términos. Tienes muchos enemigos espirituales llenos de malicia, que se alegrarían si Dios te abandonara, y los dejara a solas contigo, y te entregara a su voluntad; ¡con qué rapidez te tratarían de otra manera! Y no puedes ser librado de ellos sino volviéndote a Dios. Ya has caído bajo su ira por tu pecado, y no sabes cuánto tiempo esperará todavía su paciencia. Quizá este sea el último año; quizá el último día; su espada está junto a tu corazón mientras la palabra está en tu oído; y, si no te conviertes, eres un hombre muerto y perdido. Si tus ojos estuvieran abiertos para ver dónde te encuentras, al borde mismo del infierno, y para ver cuántos millares están allí ya, que no se convirtieron, verías que es tiempo de mirar en torno a ti.
Pues bien, señores, mirad ahora hacia dentro, y decidme: ¿cómo se hallan afectados vuestros corazones con estos ofrecimientos del Señor? Oís cuál es su ánimo: no se deleita en vuestra muerte; os llama: Volveos, volveos. Terrible señal es si todo esto no te mueve, o si solo te mueve a medias; y mucho más si te hace más descuidado en tu miseria, porque oyes hablar de la misericordia de Dios. El efecto de la medicina nos dirá en parte si hay alguna esperanza de cura. ¡Oh, qué buenas nuevas serían para los que están ahora en el infierno, si tan solo tuvieran tal mensaje de parte de Dios! ¡Qué palabra tan gozosa sería oír esto: vuélvete y vive! Sí, ¡qué palabra tan bienvenida sería para ti mismo, cuando hayas sentido esa ira de Dios apenas una hora! O, si después de mil o diez mil años de tormento pudieras oír de Dios tal palabra: vuélvete y vive; ¿y con todo la despreciarás, y nos dejarás volver sin haber cumplido nuestro encargo?
Mirad, pecadores: hemos sido enviados aquí como mensajeros del Señor, para poner delante de vosotros la vida y la muerte. ¿Qué decís? ¿Cuál de ellas escogeréis? Cristo está, por así decir, junto a ti, con el cielo en una mano y el infierno en la otra, y te ofrece elegir; ¿cuál escogerás? «La voz del Señor hace temblar las peñas» (Salmo 29). ¿Y no es nada oírle amenazarte, si no quieres convertirte? ¿No entiendes y sientes esta voz: «Volveos, volveos, ¿por qué moriréis?»? Pues bien, es la voz del amor, de un amor infinito, de tu mejor y más bondadoso amigo, como fácilmente podrías percibir por el impulso; ¿y con todo puedes despreciarla? Es la voz de la piedad y de la compasión. El Señor ve mejor que tú adónde vas, lo cual le hace llamar tras de ti: «Volveos, volveos». Él ve qué será de ti si no te conviertes. Piensa para sí: «Ah, este pobre pecador se arrojará a tormentos sin fin si no se convierte; en justicia he de tratarlo conforme a mi ley recta»; y por eso llama tras de ti: ¡Vuélvete, vuélvete, oh pecador! Si tan solo conocieras la milésima parte de lo que Dios conoce, el peligro que está cerca de ti, y la miseria en que te precipitas, no habría ya necesidad de que te llamáramos a convertirte.
Además, esta voz que te llama es la misma que ya ha prevalecido con millares, y ha llamado al cielo a todos los que ahora están allí; y ellos no querrían ahora, por mil mundos, haberla tenido en poco, y no haberse vuelto a Dios. ¿Qué poseen ahora los que se convirtieron al llamado de Dios? Ahora perciben que era, en verdad, la voz del amor, que no les quería más mal que su salvación. Y, si tú obedeces ese mismo llamado, llegarás a la misma felicidad. Hay millones que han de lamentar para siempre no haberse convertido; pero no hay ni una sola alma en el cielo que se duela de haberse convertido.
Pues bien, señores, ¿estáis ya resueltos, o no? ¿Necesito deciros algo más? ¿Qué haréis? ¿Os convertiréis, o no? Habla, hombre, en tu corazón a Dios, aunque no me hables a mí en voz alta; habla, no sea que él tome tu silencio por negativa; habla pronto, no sea que nunca más te haga semejante ofrecimiento. Habla con resolución, y no con vacilación, pues no quiere por seguidores a los indiferentes. Di ahora en tu corazón, sin más demora, aun antes de moverte de aquí: «Por la gracia de Dios estoy resuelto a convertirme ahora mismo. Y, porque conozco mi propia insuficiencia, estoy resuelto a esperar en Dios por su gracia, y a seguirle en sus caminos, y a abandonar mis antiguos rumbos y compañías, y a entregarme a la guía del Señor».
No estáis encerrados en las tinieblas del paganismo, ni en la desesperación de los condenados. La vida está delante de vosotros, y podéis tenerla en términos razonables, si queréis; sí, de gracia, sin costo alguno, si la aceptáis. El camino de Dios está llano delante de vosotros; la iglesia está abierta para vosotros; podéis tener a Cristo, y el perdón, y la santidad, si queréis. ¿Qué decís? ¿Queréis, o no queréis? Si decís que no, o no decís nada, y seguís adelante, Dios es testigo, y esta congregación es testigo, y vuestras propias conciencias son testigos, de cuán generoso ofrecimiento tuvisteis este día. Recordad que pudisteis tener a Cristo, y no quisisteis. Recordad, cuando lo hayáis perdido, que pudisteis tener la vida eterna tanto como otros, y no quisisteis; y todo porque no quisisteis convertiros.
Capítulo 4 completado
Sermón II