Un llamado a los inconversos
Sermón IV

Capítulo 6 · 56 min de lectura

Sermón IV

Ezequiel 33:11.

Diles: Vivo yo, dice Jehová el Señor, que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva. Volveos, volveos de vuestros malos caminos; ¿por qué moriréis, oh casa de Israel?

OS HE mostrado ya cuán razonables son los mandamientos de Dios, y cuán irrazonable es la desobediencia de los malvados. Si nada les basta, sino que los hombres aún rehúsan convertirse, nos toca ahora considerar de quién es la culpa si acaban condenados. Y esto me lleva a la última doctrina, que es:

Doctrina 7. Que si, después de todo, estos hombres no se convierten, no es culpa de Dios que sean condenados, sino de ellos mismos, de su propia obstinación. Mueren porque quieren morir; esto es, porque no quieren convertirse.

Si queréis ir al infierno, ¿qué remedio queda? Aquí Dios se declara libre de vuestra sangre; no recaerá sobre él si os perdéis. Un ministro negligente puede atraerla sobre sí; y los que os animan al pecado, o no os estorban en él, pueden atraerla sobre sí; pero tenedlo por seguro: no recaerá sobre Dios. Dice el Señor, acerca de su viña infructuosa, en Isaías 5:2-4: «Juzgad ahora, os ruego, entre mí y mi viña: ¿qué más se podía hacer a mi viña, que yo no haya hecho en ella? Cuando la había plantado en tierra fértil, y la había cercado, y despedregado, y plantado de vides escogidas», ¿qué más había de hacer por ella? Él os ha hecho hombres, y os ha dotado de razón; os ha provisto de todo lo necesario para lo exterior, os ha dado una ley justa y perfecta. Cuando la quebrantasteis, y os arruinasteis a vosotros mismos, tuvo compasión de vosotros, y envió a su Hijo, por un milagro de misericordia condescendiente, para morir por vosotros y ser sacrificio por vuestros pecados; y él «estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo». El Señor Jesús os ha otorgado escritura de donación de sí mismo, y de la vida eterna con él, con la sola condición de que la aceptéis y os volváis. Bajo esta razonable condición os ha ofrecido el perdón gratuito de todos vuestros pecados; lo ha escrito en su palabra, lo ha sellado con su Espíritu, y os lo ha enviado por medio de sus ministros; ellos os han hecho el ofrecimiento (muchas veces) y os han llamado a aceptarlo, y a convertiros a Dios. En su nombre os han rogado, y han razonado el caso con vosotros, y han respondido a todas vuestras frívolas objeciones. Mucho tiempo os ha esperado, ha aguardado vuestro momento, y ha soportado que le ultrajarais en su misma cara. Con misericordia os ha sostenido en medio de vuestros pecados; os ha rodeado de toda clase de misericordias; también ha entremezclado aflicciones para recordaros vuestra insensatez, y haceros volver en vuestro juicio; y su Espíritu ha luchado a menudo con vuestros corazones, diciendo allí dentro: «Conviértete, pecador, conviértete al que te llama: ¿adónde vas? ¿Qué haces? ¿Sabes cuál será el fin? ¿Hasta cuándo aborrecerás a tus amigos, y amarás a tus enemigos? ¿Cuándo lo dejarás todo, y te volverás, y te entregarás a Dios, y darás a tu Redentor la posesión de tu alma? ¿Cuándo será, de una vez?» Estas súplicas se han empleado contigo; y cuando has demorado, se te ha instado a darte prisa, y Dios te ha llamado: «Hoy, mientras se dice: Hoy, no endurezcas tu corazón: ¿por qué no ahora, sin más demora?» Se os ha puesto delante la vida, se os han abierto en el evangelio los gozos del cielo; se os ha manifestado su certeza; se os ha declarado la certeza de los tormentos eternos de los condenados. A menos que hubierais querido ver con los ojos el cielo y el infierno, ¿qué más podríais desear? Cristo ha sido, por así decirlo, presentado crucificado ante vuestros ojos (Gálatas 3:1). Cien veces se os ha dicho que no sois sino hombres perdidos hasta que vengáis a él. Otras tantas se os ha hablado del mal del pecado, de la vanidad del mundo, y de todos los placeres y riquezas que puede dar, o de la brevedad e incertidumbre de vuestra vida, y de la duración sin fin del gozo o del tormento de la vida venidera. Todo esto, y más que esto, se os ha dicho, y repetido, hasta que os cansasteis de oírlo, y hasta que pudisteis tomarlo a la ligera, porque lo habíais oído tantas veces, como el perro del herrero, que por la costumbre llega a dormir bajo el ruido de los martillos, aun cuando las chispas le vuelan alrededor de las orejas; y, aunque todo esto no os haya convertido, todavía estáis vivos, y aún hoy podríais alcanzar misericordia, si tan solo tuvierais corazón para recibirla. Y ahora, sea la razón misma el juez: si es culpa de Dios o vuestra, que después de esto sigáis sin convertiros y seáis condenados. Si morís ahora, es porque queréis morir. ¿Qué más se os podría decir? ¿O qué camino se podría tomar que fuera más eficaz? ¿Podéis acaso decir, y probarlo: «Bien quisimos convertirnos, y ser nuevas criaturas, pero no pudimos; bien quisimos abandonar nuestros pecados, pero no pudimos; quisimos cambiar de compañías, y de pensamientos, y de conversación, pero no pudimos»? ¿Por qué no pudisteis, si hubierais querido? ¿Qué os lo impidió, sino la maldad de vuestros corazones? ¿Quién os forzó a pecar? ¿O quién os retuvo del deber? ¿No tuvisteis la misma enseñanza, y tiempo, y libertad para ser piadosos, que tuvieron vuestros piadosos vecinos? ¿Por qué, pues, no pudisteis ser piadosos como ellos? ¿Se os cerraron las puertas del templo? ¿O fuisteis vosotros mismos los que os apartasteis, o os sentasteis a dormir, u oísteis como si no oyerais? ¿Puso Dios alguna excepción contra vosotros en su palabra, cuando invitó a los pecadores a volverse, y cuando prometió misericordia a los que se vuelven? ¿Dijo acaso: «Perdonaré a todos los que se arrepientan, menos a ti»? ¿Os excluyó de la libertad de su santo culto? ¿Os prohibió orarle más que a los demás? Bien sabéis que no. Dios no os apartó de sí, sino que vosotros lo abandonasteis, y huisteis por vuestra cuenta. Y cuando os llamó a sí, no quisisteis venir. Si Dios os hubiera exceptuado de la promesa y del ofrecimiento general de misericordia, o si os hubiera dicho: «Apartaos; nada quiero tener que ver con los que son como vosotros; no me oréis, porque no os oiré; por más que os arrepintáis, y por más que claméis por misericordia, no os haré caso», si Dios no os hubiera dejado más recurso que la desesperación, entonces tendríais una buena excusa. Podríais decir: «¿De qué me sirve arrepentirme y volverme, si de nada ha de servir?» Pero no era este vuestro caso. Podríais haber tenido a Cristo por Señor y Salvador vuestro, igual que otros, y no quisisteis; porque no os sentíais bastante enfermos para el médico, y porque no queríais renunciar a vuestra dolencia. En vuestros corazones dijisteis, como aquellos rebeldes de Lucas 19:14: «No queremos que éste reine sobre nosotros». Cristo «quiso recogeros bajo las alas de su salvación, y no quisisteis» (Mateo 23:37). ¡Cuántos deseos de vuestro bien expresó el Señor en su santa palabra! ¡Con qué compasión se inclinó sobre vosotros, diciendo: «¡Oh, si me hubiera oído mi pueblo, si en mis caminos hubiera andado!» (Salmo 81:13). «¡Quién diera que tuviesen tal corazón, que me temiesen y guardasen siempre todos mis mandamientos, para que a ellos y a sus hijos les fuese bien para siempre!» (Deuteronomio 5:29). «¡Ojalá fueran sabios, que comprendieran esto, y consideraran su postrimería!» (Deuteronomio 32:29). Él habría sido vuestro Dios, y habría hecho por vosotros cuanto vuestras almas pudieran bien desear; pero amasteis al mundo y a vuestra carne más que a él, y por eso no quisisteis escucharle; aunque le halagabais, y le dabais altos títulos, sin embargo, a la hora de la verdad, «no lo quisisteis» (Salmo 81:11, 12). «No es de extrañar, pues, que os entregara a vuestras propias concupiscencias, y que anduvierais en vuestros propios consejos.» Él se digna razonar, y pleitea el caso con vosotros, y os pregunta: «¿Qué hay en mí o en mi servicio, para que tanto estéis en contra mía? ¿Qué daño te he hecho, pecador? ¿He merecido este trato descortés de tu mano? Muchas misericordias te he mostrado; ¿por cuál de ellas así me desprecias? ¿Soy yo, o es Satanás, tu enemigo? ¿Soy yo, o es tu propio yo carnal el que quiere arruinarte? ¿Es de una vida santa, o de una vida de pecado, de lo que tienes causa de huir? Si te pierdes, tú mismo te lo procuras, abandonándome a mí, el Señor, que habría querido salvarte» (Jeremías 2:7). «¿No te castiga tu propia maldad, y te reprenden tus pecados, para que veas cuán malo y amargo es haberme abandonado?» (Jeremías 2:19). «¿Qué maldad hallasteis en mí, para que os fuerais tras la vanidad, y me abandonarais?» (Jeremías 2:5, 6). Clama, por así decirlo, a las bestias, para que oigan el pleito que tiene contra vosotros (Miqueas 6:3-5): «Oíd, montes, el pleito de Jehová, y vosotros, fuertes fundamentos de la tierra; porque Jehová tiene pleito con su pueblo, y altercará con Israel. Pueblo mío, ¿qué te he hecho, o en qué te he molestado? Responde contra mí; que yo te hice subir de la tierra de Egipto, y te redimí, etc.» «Oíd, cielos, y escucha tú, tierra; porque Jehová habla: Crié hijos, y los engrandecí, y ellos se rebelaron contra mí. El buey conoce a su dueño, y el asno el pesebre de su señor; ¡pero Israel no entiende, mi pueblo no tiene conocimiento! ¡Ah, gente pecadora, pueblo cargado de maldad, generación de malignos, etc.!» (Isaías 1:2-4). «¿Así pagáis a Jehová, pueblo loco e ignorante? ¿No es él tu padre que te creó? ¿No te hizo él, y te estableció?» (Deuteronomio 32:6). Cuando vio que le abandonabais, y aun por nada, y que os apartabais de vuestro Señor y vuestra vida, para ir tras la paja y las plumas del mundo, os habló de vuestra insensatez, y os llamó a un empleo más provechoso (Isaías 55:1-3): «¿Por qué gastáis el dinero en lo que no es pan, y vuestro trabajo en lo que no sacia? Oídme atentamente, y comed del bien, y se deleitará vuestra alma con grosura. Inclinad vuestro oído, y venid a mí; oíd, y vivirá vuestra alma; y haré con vosotros pacto eterno, las misericordias firmes a David. Buscad a Jehová mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano. Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar» (vv. 6, 7); y así también en Isaías 1:16-18. Y, cuando no quisisteis oír, ¡a qué quejas le habéis obligado, cargándolo sobre vosotros como vuestra obstinación y terquedad! (Jeremías 2:13): «Espantaos, cielos, sobre esto, y horrorizaos en gran manera, dijo Jehová. Porque dos males ha hecho mi pueblo: me dejaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen agua.» Muchas veces os ha proclamado Cristo aquella invitación gratuita (Apocalipsis 22:17): «Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente.» Pero, tras todos sus ofrecimientos, le hicisteis quejarse: «No quieren venir a mí para que tengan vida» (Juan 5:40). Os ha invitado a banquetear con él en el reino de su gracia, y habéis puesto excusas por vuestras tierras, y vuestro ganado, y vuestros negocios mundanos; y, cuando no quisisteis venir, dijisteis que no podíais; y le provocasteis a resolver que jamás gustaríais de su cena (Lucas 14:15-24). ¿Y de quién es ahora la culpa, sino vuestra? ¿Y qué podemos decir que sea la causa principal de vuestra condenación, sino vuestra propia voluntad? Vosotros queréis ser condenados. El caso entero lo expone el mismo Cristo (Proverbios 1, desde el versículo 20 hasta el fin): «La sabiduría clama en las calles, alza su voz en las plazas; clama en los principales lugares de reunión: ¿Hasta cuándo, oh simples, amaréis la simpleza, y los burladores desearán el burlar, y los insensatos aborrecerán la ciencia? Volveos a mi reprensión; he aquí yo derramaré mi espíritu sobre vosotros, y os haré saber mis palabras. Por cuanto llamé, y no quisisteis oír; extendí mi mano, y no hubo quien atendiese, sino que desechasteis todo consejo mío, y mi reprensión no quisisteis; también yo me reiré en vuestra calamidad, y me burlaré cuando os viniere lo que teméis; cuando viniere como una destrucción lo que teméis, y vuestra calamidad llegare como un torbellino; cuando sobre vosotros viniere tribulación y angustia. Entonces me llamarán, y no responderé; me buscarán de mañana, y no me hallarán; por cuanto aborrecieron la ciencia, y no escogieron el temor de Jehová. No quisieron mi consejo, y menospreciaron toda reprensión mía; comerán, pues, del fruto de su camino, y serán hastiados de sus propios consejos. Porque el desvío de los ignorantes los matará, y la prosperidad de los necios los echará a perder; mas el que me oyere, habitará confiadamente, y vivirá tranquilo, sin temor del mal.» Me pareció mejor recitaros el texto entero por extenso, porque muestra tan cabalmente la causa de la destrucción de los malvados. No es porque Dios no quisiera enseñarles, sino porque ellos no quisieron aprender. No es porque Dios no quisiera llamarles, sino porque ellos no quisieron volverse ante su reprensión. Su obstinación es su ruina.

APLICACIÓN.

De lo que se ha dicho, podéis aprender además las cosas siguientes:

1. De aquí podéis ver, no solo qué blasfemia e impiedad es echar sobre Dios la culpa de la destrucción de los hombres, sino también cuán indignos son estos malvados desdichados de presentar semejante cargo contra su Hacedor. Claman contra Dios, y dicen que no les da gracia, y que sus amenazas son severas, y que no permita Dios que sean condenados todos los que no son convertidos y santificados; y les parece medida dura que un pecado breve tenga un sufrimiento sin fin; y si son condenados, dicen que no lo pueden remediar; cuando entretanto andan ocupados en su propia destrucción, degollando a sus propias almas, y no se dejan persuadir a detener las manos. Piensan que Dios sería cruel si los condenara; y, sin embargo, son tan crueles consigo mismos, que corren al fuego del infierno, cuando Dios les ha dicho que está un poco delante de ellos, y ni ruegos, ni amenazas, ni cosa alguna que se les diga, los detiene. Los vemos casi perdidos; sus vidas descuidadas, mundanas y carnales nos dicen que están en poder del diablo; sabemos que, si mueren antes de convertirse, el mundo entero no puede salvarlos; y, conociendo la incertidumbre de su vida, tememos cada día que caigan en el fuego. Y por eso les rogamos que se compadezcan de sus propias almas, y que no se arruinen a sí mismos cuando la misericordia está a mano, y no nos escuchan. Les rogamos que arrojen su pecado, y vengan a Cristo sin demora, y que tengan alguna misericordia de sí mismos, pero no la tienen. Y aún piensan que Dios sería cruel si los condenara. ¡Oh pecadores obstinados y miserables! No es Dios quien es cruel con vosotros; sois vosotros los crueles con vosotros mismos. Se os dice que debéis convertiros o arder, y sin embargo no os convertís. Se os dice que, si os empeñáis en guardar vuestros pecados, guardaréis con ellos la maldición de Dios, y sin embargo los guardáis. Se os dice que no hay camino a la felicidad sino por la santidad, y sin embargo no queréis ser santos. ¿Qué más queréis que Dios os diga? ¿Qué queréis que haga con su misericordia? Os la ofrece, y no la queréis. Estáis en el foso del pecado y de la miseria, y él os tiende la mano para sacaros, y rehusáis su ayuda; quiere limpiaros de vuestros pecados, y vosotros preferís conservarlos. Amáis vuestra concupiscencia, y amáis vuestra glotonería, y vuestros placeres, y vuestra embriaguez, y no los queréis soltar. ¿Queréis que os lleve al cielo, queráis o no? ¿O queréis que os lleve al cielo junto con vuestros pecados? Pues eso es imposible: bien podríais esperar que convirtiera el sol en tinieblas. ¡Cómo! ¡Un corazón carnal y no santificado en el cielo! No puede ser. «No entrará en ella ninguna cosa inmunda» (Apocalipsis 21:27). «¿Qué comunión tiene la luz con las tinieblas, o Cristo con Belial?» (2 Corintios 6:14, 15). «Todo el día extendí mis manos a un pueblo rebelde y contradictor» (Romanos 10:21). ¿Qué haréis ahora? ¿Clamaréis a Dios por misericordia? Pues Dios os llama a que tengáis misericordia de vosotros mismos, y no queréis. Los ministros ven la copa envenenada en la mano del borracho, y le dicen que hay veneno en ella, y le ruegan que tenga misericordia de su alma, y se abstenga; y no nos escucha: beberla ha de beberla, y la beberá; la ama; y por eso, aunque el infierno venga después, dice que no lo puede remediar. ¿Qué se le podría decir a hombres como estos? Decimos al mundano descuidado e impío que no es tal vida la que sirve, ni la que jamás os llevará al cielo. Si un oso os siguiera de cerca, apretaríais el paso; y, cuando la maldición de Dios os sigue de cerca, y Satanás y el infierno os siguen de cerca, ¿no os moveréis, sino que preguntaréis: a qué viene tanto alboroto? ¿Es que un alma inmortal no vale más? ¡Oh, tened misericordia de vosotros mismos! Pero no tendrán misericordia de sí mismos, ni nos harán el menor caso. Les decimos que el fin será amargo. ¿Quién podrá morar con el fuego eterno? Y, sin embargo, no tendrán misericordia de sí mismos. Y aún dirán estos pobres desdichados que Dios es demasiado misericordioso para condenarlos, cuando son ellos mismos los que cruel y despiadadamente corren a la condenación; y, si vamos a ellos y les rogamos, no podemos detenerlos. Si nos arrodillásemos ante ellos, no podríamos detenerlos; sino que al infierno irán, y aun así no creerán que van allá. Si les suplicamos por amor de Dios, que los hizo y los sostiene; por amor de Cristo, que murió por ellos; por amor de sus propias pobres almas, que se compadezcan de sí mismos, y no vayan más adelante en el camino del infierno, sino que vengan a Cristo mientras sus brazos están abiertos, y entren en el estado de vida mientras la puerta está abierta, y ahora reciban misericordia mientras la misericordia puede alcanzarse; no se dejan persuadir. Aunque muriésemos por ello, no lograríamos siquiera que de cuando en cuando reflexionen consigo mismos sobre el asunto, y se vuelvan. Y aún pueden decir: «Espero que Dios sea misericordioso.» ¿Nunca considerasteis lo que dice en Isaías 27:11? «Porque aquel es pueblo sin entendimiento; por tanto, el que lo hizo no tendrá de él misericordia, y el que lo formó no le mostrará favor.» Si otro hombre no os vistiera cuando estáis desnudos, ni os diera de comer cuando tenéis hambre, diríais que es despiadado. Si os echara en la cárcel, o os golpeara y atormentara, diríais que es despiadado. Y, sin embargo, vosotros haréis mil veces más contra vosotros mismos, arrojando alma y cuerpo para siempre, ¡y nunca os quejáis de vuestra propia crueldad! Más aún: y Dios, que todo este tiempo os ha aguardado con su misericordia, ¡ha de ser tenido por despiadado si os castiga después de todo esto! A menos que el santo Dios del cielo dé a estos desdichados licencia para pisotear la sangre de su Hijo, y, con los judíos, por así decirlo, escupirle de nuevo en el rostro, y ultrajar al Espíritu de gracia, y hacer burla del pecado, y mofa de la santidad, y estimar en menos la misericordia salvadora que la inmundicia de sus placeres carnales; y a menos que, después de todo esto, los salve por la misericordia que desecharon, y no quisieron, el mismo Dios ha de ser llamado despiadado por ellos. Pero él será justificado cuando juzgue, y no quedará en pie ni caerá ante el tribunal de un gusano pecador. Sé que hay muchos reparos particulares que ellos presentan contra el Señor; pero no me detendré aquí a responderlos uno por uno, habiéndolo hecho ya en mi Tratado del Juicio, al cual los remito. Si la parte disputadora del mundo hubiera sido tan cuidadosa en evitar el pecado y la destrucción como diligente ha sido en buscar su causa, y presta en imputarlos directamente a Dios, habría ejercitado su ingenio con más provecho, y habría agraviado menos a Dios, y le habría ido mejor a sí misma. Cuando un monstruo tan feo como el pecado está dentro de nosotros, y cosa tan pesada como el castigo está sobre nosotros, y cosa tan espantosa como el infierno está delante de nosotros, se pensaría que sería pregunta fácil quién tiene la culpa, si Dios o el hombre es la causa principal y culpable. Algunos hombres son jueces tan favorables de sí mismos, que están más prontos a acusar a la perfección y bondad infinitas mismas que a sus propios corazones, e imitan a sus primeros padres, que dijeron: «La serpiente me engañó, y la mujer que me diste me dio del árbol, y comí», dando a entender secretamente que Dios era la causa. Así dicen ellos: «El entendimiento que me diste era incapaz de discernir; la voluntad que me diste era incapaz de hacer mejor elección; los objetos que pusiste delante de mí me atrajeron; la tentación que permitiste que me asaltara prevaleció contra mí.» Y algunos son tan reacios a pensar que Dios pueda hacer una criatura con libre determinación, que no se atreven a negarle lo que tienen por prerrogativa suya: ser el que determina la voluntad en cada pecado, como primera causa eficiente, inmediata y física. Y muchos se contentarían con absolver a Dios de causar tanto el mal, si tan solo pudieran conciliarlo con que él sea la causa principal del bien; como si las verdades dejaran de ser verdades por no poder verlas nosotros en su orden y coherencia perfectos; porque nuestro ingenio enredado no las alcanza a ver bien juntas, ni sabe asignar a cada verdad su propio lugar, presumimos concluir que algunas han de desecharse. Este es el fruto de la soberbia presunción de sí mismo: cuando los hombres no reciben la verdad de Dios como el niño su lección, en santa sumisión a la omnisciencia de nuestro maestro, sino como censores demasiado sabios para aprender.

Objeción. Pero no podemos convertirnos a nosotros mismos hasta que Dios nos convierta: nada podemos hacer sin su gracia. No depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia.

Respuesta. Dios tiene dos grados de misericordia que mostrar: primero, la misericordia de la conversión; y por último, la misericordia de la salvación. Esta última no la dará sino a los que quieren y corren, y solo a ellos la ha prometido. La primera es hacer que quieran los que no quieren; y, aunque vuestra propia disposición y esfuerzos no merezcan su gracia, sin embargo vuestra obstinada negativa merece que se os niegue. Vuestra incapacidad es vuestra misma falta de voluntad, la cual no excusa vuestro pecado, sino que lo agrava. Podríais convertiros si de veras quisierais; y, si vuestras propias voluntades están tan corrompidas que nada sino la gracia eficaz las moverá, tanta más razón tenéis para buscar esa gracia, y ceder a ella, y hacer cuanto podáis en el uso de los medios, y no descuidarla, ni poneros en contra de ella. Haced primero lo que os es posible, y después quejaos de Dios por negaros la gracia, si tenéis causa.

Objeción. Pero parece que en todo esto dais a entender que el hombre tiene libre albedrío.

Resp. La disputa sobre el libre albedrío está por encima de vuestra capacidad; por eso no os molestaré ahora sino con esto acerca de ella. Vuestra voluntad es por naturaleza una facultad libre, es decir, que se determina a sí misma, pero está viciosamente inclinada, y remisa para el bien; y por eso vemos, por triste experiencia, que no posee una libertad moral virtuosa. Mas es su maldad la que merece el castigo. Y os ruego que no nos engañemos con opiniones. Sea vuestro el caso. Si tuvierais un enemigo tan malicioso que se lanzara sobre vosotros, y os golpeara cada vez que os encontrara, y quitara la vida a vuestros hijos, ¿lo excusaríais porque dijera: «No tengo libre albedrío, es mi naturaleza; no puedo elegir, a menos que Dios me dé gracia»? Si tuvierais un siervo que os robara, ¿aceptaríais tal respuesta de él? ¿No podría todo ladrón y homicida que es ahorcado en el tribunal dar tal respuesta? «No tengo libre albedrío; ¡no puedo cambiar mi propio corazón! ¿Qué puedo hacer sin la gracia de Dios?» ¿Y habrían de ser por eso absueltos? Si no, ¿por qué, pues, habríais de pensar que seréis absueltos por una vida de pecado contra el Señor?

2. De aquí también podéis observar estas tres cosas juntas: 1. Qué sutil tentador es Satanás. 2. Qué cosa tan engañosa es el pecado. 3. Qué criatura tan necia es el hombre corrompido. Sutil tentador, en verdad, que puede persuadir a la mayor parte del mundo a irse voluntariamente al fuego eterno, teniendo tantas advertencias y disuasiones como tienen. Cosa engañosa es el pecado, en verdad, que puede hechizar a tantos millares para que renuncien a la vida eterna, por una cosa tan vil y del todo indigna. Criatura necia es el hombre, en verdad, que se deja despojar de su salvación por nada, sí, por una nada conocida; y eso por un enemigo, y un enemigo conocido. Pensaríais imposible que ningún hombre en su sano juicio se dejara persuadir, por una bagatela, a arrojarse al fuego, o al agua, o a un pozo de carbón, para destrucción de su vida. Y, sin embargo, los hombres se dejan seducir a arrojarse al infierno. Si vuestras vidas naturales estuvieran en vuestras propias manos, de modo que no murierais hasta que os matarais a vosotros mismos, ¿cuánto viviría la mayoría de vosotros? Y, sin embargo, estando vuestra vida eterna en vuestras propias manos, bajo Dios, hasta tal punto que no podéis ser arruinados hasta que os arruinéis a vosotros mismos, ¿cuán pocos de vosotros os abstendréis de vuestra propia ruina? ¡Ah, qué cosa tan boba es el hombre! ¡Y qué cosa tan hechizadora y embaucadora es el pecado!

3. De aquí también podéis aprender que no es gran maravilla si los malvados son estorbo para otros en el camino al cielo, y quisieran tener a cuantos pudieran sin convertir, y los arrastrarían al pecado y los mantendrían en él. ¿Podéis esperar que tengan misericordia de otros los que no la tienen de sí mismos? ¿Y que se detengan tanto ante la destrucción de otros los que no se detienen ante la suya propia? No obran peor con otros de lo que obran consigo mismos.

4. Por último, de aquí podéis aprender que el mayor enemigo del hombre es él mismo; y que el mayor juicio en esta vida que puede caer sobre él es ser entregado a sí mismo; que la gran obra que la gracia tiene que hacer es salvarnos de nosotros mismos; que las mayores acusaciones y quejas de los hombres deberían ser contra sí mismos; que la mayor obra que nosotros mismos tenemos que hacer es resistirnos a nosotros mismos; y que el mayor enemigo contra el cual deberíamos orar, velar y luchar cada día son nuestros propios corazones y voluntades carnales; y que la mayor parte de vuestra obra, si queréis hacer bien a otros y ayudarlos al cielo, es salvarlos de sí mismos, esto es, de sus entendimientos ciegos, y voluntades corrompidas, y afectos perversos, y pasiones violentas, y sentidos indómitos. Solo los nombro todos por brevedad, y los dejo a vuestra ulterior consideración.

PUES bien, señores, ahora que hemos descubierto al gran delincuente y homicida de las almas (esto es, los hombres mismos, sus propias voluntades), ¿qué resta sino que juzguéis conforme a la evidencia, y confeséis esta gran iniquidad delante del Señor, y os humilléis por ella, y no lo hagáis más? Con estos tres fines distintos, añadiré unas pocas palabras más: 1. Para convenceros aún más. 2. Para humillaros. Y 3. Para reformaros, si aún queda alguna esperanza.

1. Sabemos tanto de la naturaleza sumamente bondadosa de Dios, que está tan dispuesto a hacer el bien, y se deleita en mostrar misericordia, que no tenemos razón para sospechar que él sea la causa culpable de nuestra muerte, ni para llamarle cruel: él hizo todo bueno, y a todo lo conserva y sostiene; los ojos de todas las cosas esperan en él, y él les da su comida a su tiempo; abre su mano, y sacia el deseo de todo ser viviente (Salmo 145:15, 16). No solo es «justo en todos sus caminos» (y por tanto obrará con justicia), «y santo en todas sus obras» (y por tanto no es el autor del pecado), «sino que también es bueno para con todos, y sus tiernas misericordias están sobre todas sus obras» (Salmo 145:17, 9). Pero en cuanto al hombre, sabemos que su mente es oscura, su voluntad perversa, y que sus afectos lo arrastran tan de cabeza, que por su insensatez y corrupción está dispuesto a una obra como la de destruirse a sí mismo. Si vierais un cordero muerto en el camino, ¿sospecharíais antes de la oveja o del lobo como autor de ello, si ambos estuvieran al lado? O, si veis una casa forzada y a sus moradores asesinados, ¿sospecharíais antes del príncipe, o del juez, que es sabio y justo, y no tenía necesidad; o de un ladrón u homicida conocido? Digo, pues, como en Santiago 1:13-15: «Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios»; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie (para arrastrarlo al pecado); sino que cada uno es tentado cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Luego, cuando la concupiscencia ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte. Veis aquí que el pecado es hijo de vuestra propia concupiscencia, y no ha de atribuirse a Dios; y que la muerte es hija de vuestro propio pecado, y el fruto que os dará en cuanto madure. Tenéis un tesoro de mal en vosotros mismos, como la araña lo tiene de veneno, del cual sacáis daño para vosotros mismos, tejiendo tales telas que enredan a vuestras propias almas. Vuestra naturaleza muestra que sois vosotros la causa.

2. Es evidente que sois vuestros propios destructores, en que estáis tan prontos a acoger casi cualquier tentación que se os ofrece. Apenas está Satanás más presto a moveros a algún mal que vosotros a oírle y a hacer lo que él quiere. Si tienta vuestro entendimiento al error y al prejuicio, cedéis. Si quiere estorbaros de buenas resoluciones, pronto lo consigue. Si quiere enfriar algún buen deseo o afecto, pronto lo consigue. Si quiere encender en vosotros alguna concupiscencia, o afectos y deseos viles, pronto lo consigue. Si os incita a malos pensamientos o hechos, sois tan francos que no necesita vara ni espuela. Si quiere apartaros de pensamientos, palabras y caminos santos, con poco lo logra: no necesitáis freno. No examináis sus sugestiones, ni las resistís con resolución alguna; ni las arrojáis según él las arroja dentro, ni apagáis las chispas que se esfuerza por encender; sino que os aliáis con él, y le salís al encuentro a mitad de camino, y abrazáis sus ideas, y le tentáis a que os tiente. Y le es fácil pescar tales peces ávidos, que andan buscando cebo, y morderán el anzuelo desnudo.

3. Vuestra destrucción es evidentemente de vosotros mismos, en que resistís todo lo que podría ayudar a salvaros, y haceros bien, o estorbaros de arruinaros a vosotros mismos. Dios querría ayudaros y salvaros por su palabra, y vosotros la resistís; os resulta demasiado estricta. Querría santificaros por su Espíritu, y vosotros lo resistís y lo apagáis. Si alguno os reprende por vuestro pecado, le saltáis a la cara con malas palabras; y si quiere atraeros a una vida santa, y advertiros del peligro presente, poco se lo agradecéis, sino que, o le decís que cuide de sí mismo, que no responderá por vosotros; o, en el mejor de los casos, lo despacháis con un agradecimiento sin alma, y no os convertís cuando se os persuade. Si los ministros quisieran instruiros y ayudaros en privado, no acudís a ellos; vuestras almas no humilladas sienten muy poca necesidad de su ayuda; si quisieran catequizaros, sois demasiado viejos para ser catequizados, aunque no sois demasiado viejos para ser ignorantes e impíos. Cualquier cosa que puedan deciros para vuestro bien, sois tan presumidos y sabios a vuestros propios ojos (aun en lo profundo de la ignorancia), que no haréis caso de nada que no concuerde con vuestras opiniones presentes; sino que contradecís a vuestros maestros, como si fuerais más sabios que ellos; resistís todo lo que puedan deciros, con vuestra ignorancia, terquedad, y necios reparos, y evasivas escurridizas, y desagradecidos rechazos; de modo que ningún bien que se os ofrezca puede hallar en vosotros acogida ni recibimiento.

4. Además, es manifiesto que sois destructores de vosotros mismos, en que sacáis la materia de vuestro pecado y destrucción aun del mismo Dios bendito. No os gusta la traza de su sabiduría; no os gusta su justicia, sino que la tenéis por crueldad; no os gusta su santidad, sino que estáis prontos a pensar que él es uno como vosotros (Salmo 50:21), y que hace tan poco caso del pecado como vosotros; no os gusta su verdad, sino que querríais que sus amenazas, aun sus amenazas terminantes, resultaran falsas. Y su bondad, que parecéis aprobar sumamente, en parte la resistís, en cuanto quisiera llevaros al arrepentimiento; y en parte abusáis de ella, para fortaleceros en el pecado, como si pudierais pecar libremente porque Dios es misericordioso, y porque su gracia sobreabunda tanto.

5. Más aún: ¡sacáis destrucción del bendito Redentor, y muerte del mismo Señor de la vida! Y nada os envalentona más en el pecado que el que Cristo haya muerto por vosotros; como si ya hubiera pasado el peligro de la muerte, y pudierais aventuraros con audacia; como si Cristo se hubiera hecho siervo de Satanás y de vuestros pecados, y hubiera de serviros mientras abusáis de él; y, porque se ha hecho médico de las almas, y es poderoso para salvar perpetuamente a todos los que por él se acercan a Dios, pensáis que ha de consentir que rehuséis su ayuda, y arrojéis las medicinas, y que ha de salvaros vengáis o no a Dios por él; de modo que gran parte de vuestros pecados nacen de vuestra osada presunción sobre la muerte de Cristo; sin considerar que él vino para redimir a su pueblo de sus pecados, y para santificarlo como pueblo propio suyo, y para confirmarlo en la santidad conforme a la imagen de su Padre celestial y de su Cabeza (Mateo 1:21; Tito 2:14; 1 Pedro 1:15, 16; Colosenses 3:10, 11; Filipenses 3:9, 10).

6. También sacáis vuestra propia destrucción de todas las providencias y obras de Dios. Cuando pensáis en su presciencia y decretos eternos, es para endureceros en vuestro pecado, o para llenaros la mente de pensamientos pendencieros, como si sus decretos os pudieran ahorrar el trabajo del arrepentimiento y de una vida santa, o bien fueran la causa del pecado y de la muerte. Si os aflige, os quejáis; si os prospera, más lo olvidáis, y más remisos estáis a pensar en la vida venidera. Si los malvados prosperan, olvidáis el fin que enderezará todas las cuentas, y estáis prontos a pensar que tanto da ser malvado como piadoso; y así de todo sacáis vuestra muerte.

7. Y lo mismo hacéis con todas las criaturas y misericordias de Dios para con vosotros. Él os las da como prendas de su amor, y como pertrechos para su servicio, y vosotros las volvéis contra él, para agradar a vuestra carne. Coméis y bebéis para agradar a vuestro apetito, y no para la gloria de Dios, ni para capacitaros a cumplir su obra. De vuestros vestidos abusáis para la soberbia. Vuestras riquezas apartan del cielo vuestros corazones (Filipenses 3:18). Vuestros honores y aplausos os envanecen. Si tenéis riqueza y fuerza, os hacen más confiados, y os hacen olvidar vuestro fin. Más aún: de las misericordias de otros hombres abusáis para vuestro daño. Si veis sus honores y dignidad, os provocan a envidiarlos. Si veis sus riquezas, estáis prontos a codiciarlas. Si miráis la hermosura, os incitáis a la concupiscencia. Y sería mucho si la piedad misma no os resultara enojosa a la vista.

8. Los dones mismos que Dios os concede, y las ordenanzas de gracia que ha instituido para su Iglesia, los convertís en pecado. Si tenéis mejores dotes que otros, os volvéis soberbios y presumidos. Si tenéis solo dones comunes, los tomáis por gracia especial. Tenéis el mero oír vuestro deber por obra tan buena, como si os excusara de no obedecerlo. Vuestras oraciones se convierten en pecado, porque miráis la iniquidad en vuestros corazones (Salmo 66:18), y no os apartáis «de la iniquidad al invocar el nombre del Señor» (2 Timoteo 2:19). «Vuestras oraciones son abominables, porque apartáis vuestro oído para no oír la ley» (Proverbios 28:9), y estáis más prontos a ofrecer el sacrificio de los necios (pensando que hacéis a Dios algún servicio especial) que a oír su palabra y obedecerla (Eclesiastés 5:1).

9. Más aún: a las personas con quienes tratáis, y a todas sus acciones, las hacéis ocasión de vuestro pecado y destrucción. Si viven en el temor de Dios, las aborrecéis. Si viven impíamente, las imitáis. Si los malvados son muchos, pensáis que podéis seguirlos con más audacia. Si los piadosos son pocos, más os envalentonáis a despreciarlos. Si andan con exactitud, pensáis que son demasiado escrupulosos; si uno de ellos cae en alguna tentación particular, tropezáis en ellos, y os apartáis de la santidad, porque otros son imperfectamente santos; como si estuvierais autorizados a desnucaros, porque algún otro, por descuido, se ha torcido un tendón o dislocado un hueso. Si un hipócrita se descubre, decís: todos son iguales, y os tenéis por tan honrados como ellos. Apenas puede un cristiano de profesión resbalar en algún desliz, sino que, porque él se corta un dedo, vosotros pensáis que podéis con audacia cortaros la garganta. Si los ministros os hablan con franqueza, decís que os injurian. Si hablan con suavidad o frialdad, o bien dormís bajo su predicación, o quedáis poco más conmovidos que los bancos en que os sentáis. Si algunos errores se deslizan en la Iglesia, unos los acogen con avidez, y otros por ellos reprochan a la doctrina cristiana, que es la que más se opone a ellos. Y si quisiéramos apartaros de algún error antiguo y arraigado, que no puede alegar sino la costumbre de doscientos, o trescientos, o seiscientos, o setecientos años, os ofendéis tanto ante una propuesta de reforma como si fuerais a perder la vida por ella, y os aferráis a los errores viejos, mientras clamáis contra los nuevos. Apenas puede surgir una diferencia entre los ministros del evangelio, sin que saquéis de ella vuestra propia muerte. Y no queréis oír, o al menos no obedecer, la doctrina incuestionable de ninguno de los que no concuerdan con vuestras ideas. Uno no quiere oír a un ministro porque reza el padrenuestro; y otro no quiere oírle porque no lo usa. Uno no quiere oír a los que están a favor del episcopado; y otro no quiere oír a los que están en contra. Y así podría mostrároslo en muchos otros casos, cómo volvéis a vuestra propia destrucción a todos los que se os acercan; tan claro es que los impíos son destructores de sí mismos, y que su perdición procede de ellos mismos.

Me parece ahora que, considerando lo dicho, y repasando vuestros propios caminos, deberíais meditar en lo que habéis hecho, y avergonzaros y humillaros profundamente al recordarlo. Si no lo hacéis, os ruego que consideréis estas verdades siguientes:

1. Ser destructores de vosotros mismos es pecar contra el principio más hondo de vuestra naturaleza, esto es, el principio de la propia conservación. Toda cosa naturalmente desea o se inclina a su propia dicha, bienestar o perfección. ¿Y os dispondréis a vuestra propia destrucción? Cuando se os manda amar al prójimo como a vosotros mismos, se supone que naturalmente os amáis a vosotros mismos. Pero si no amáis a vuestro prójimo mejor de lo que os amáis a vosotros mismos, parece que querríais que el mundo entero fuese condenado.

2. ¡Cuán extremadamente contrariáis vuestras propias intenciones! Sé que no pretendéis vuestra propia condenación, aun cuando la estáis procurando. Pensáis que os hacéis bien a vosotros mismos, satisfaciendo los deseos de vuestra carne; pero, ¡ay!, no es sino como un trago de agua fría en una fiebre ardiente, o como el rascarse una erupción que pica, lo cual aumenta la enfermedad y el dolor. Si de veras queréis placer, o provecho, u honra, buscadlos donde se hallan, y no vayáis a cazarlos por el camino del infierno.

3. ¡Qué lástima es que hagáis contra vosotros mismos lo que ningún otro en la tierra ni en el infierno puede hacer! Si todo el mundo se conjurara contra vosotros, o todos los diablos del infierno se conjuraran contra vosotros, no podrían destruiros sin vosotros mismos, ni haceros pecar sino con vuestro propio consentimiento. ¿Y haréis contra vosotros mismos lo que ningún otro puede hacer? Tenéis pensamientos de odio hacia el diablo, porque es vuestro enemigo, y procura vuestra destrucción. ¿Y seréis peores que los diablos para con vosotros mismos? Pues así es con vosotros, si tuvierais corazón para entenderlo: cuando corréis al pecado, y huis de la piedad, y rehusáis convertiros al llamado de Dios, hacéis más contra vuestras propias almas de lo que hombres o diablos podrían hacer además. Y, aunque os propusierais y aguzarais el ingenio para haceros el mayor daño, no podríais idear hacer uno mayor.

4. Sois infieles a la confianza que Dios ha depositado en vosotros. Mucho os ha confiado vuestra propia salvación; ¿y traicionaréis su confianza? Con toda diligencia os ha puesto a guardar vuestros corazones; ¿y es así como los guardáis? (Proverbios 4:23).

5. Aun prohibís a todos los demás que se compadezcan de vosotros, cuando vosotros no queréis compadeceros de vosotros mismos. Si clamáis a Dios en el día de vuestra calamidad, pidiendo misericordia, misericordia, ¿qué podéis esperar, sino que os aparte, y os diga: «No; tú no quisiste tener misericordia de ti mismo. ¿Quién trajo esto sobre ti, sino tu propia obstinación?» Y si vuestros hermanos os ven en miseria eterna, ¿cómo se compadecerán de vosotros, que fuisteis vuestros propios destructores, y no os dejasteis disuadir?

6. Para siempre os hará ser vuestros propios atormentadores en el infierno pensar en esto: que vosotros mismos, voluntariamente, os llevasteis a aquella miseria. ¡Oh, qué pensamiento tan torturador será por siempre pensar dentro de vosotros que esto fue obra vuestra! ¡Que fuisteis advertidos de este día, y advertidos una y otra vez, y de nada sirvió! ¡Que voluntariamente pecasteis, y voluntariamente os apartasteis de Dios! ¡Que tuvisteis tiempo como los demás, pero abusasteis de él! ¡Que tuvisteis maestros como los demás, pero rehusasteis sus instrucciones! Tuvisteis santos ejemplos, pero no los imitasteis. Se os ofreció a Cristo, y gracia, y gloria, igual que a otros; pero teníais más inclinación a vuestro placer carnal. Teníais el precio en la mano, pero no teníais corazón para emplearlo (Proverbios 17:16). ¿Podrá menos que atormentaros pensar en esta vuestra presente insensatez? ¡Oh, si se abrieran vuestros ojos para ver lo que habéis hecho al agraviar voluntariamente a vuestras propias almas! ¡Y si entendierais mejor estas palabras de Dios (Proverbios 8:33-36): «Atended el consejo, y sed sabios, y no lo menospreciéis. Bienaventurado el hombre que me escucha, velando a mis puertas cada día, aguardando a los postes de mis puertas. Porque el que me halle, hallará la vida, y alcanzará el favor de Jehová. Mas el que peca contra mí, defrauda su alma; todos los que me aborrecen aman la muerte.»!

Y ahora que he llegado a la conclusión de esta obra, mi corazón se turba al pensar cómo os dejaré, no sea que, después de esto, la carne aún os engañe, y el mundo y el diablo os mantengan dormidos, y os deje como os hallé, hasta que despertéis en el infierno. Aunque, por cuidado de vuestras pobres almas, temo esto, conociendo la obstinación de un corazón carnal, sin embargo puedo decir con el profeta Jeremías (17:16): «No he deseado el día calamitoso, el Señor lo sabe»; no he deseado, como Jacobo y Juan, que «descendiera fuego del cielo» para consumir a los que rechazaron a Jesucristo (Lucas 9:54); ¡sino que es el prevenir el fuego eterno lo que he procurado todo este tiempo! ¡Y ojalá hubiera sido obra innecesaria! ¡Que Dios y la conciencia hubieran estado tan dispuestos a ahorrarme este trabajo como algunos de vosotros habríais podido estarlo! ¡Queridos amigos! Tan reacio soy a que muráis en el fuego eterno, y seáis excluidos del cielo, si es posible impedirlo, que una vez más os preguntaré: ¿qué resolvéis ahora? ¿Os convertiréis, o moriréis? Os miro como el médico a su paciente, en una enfermedad peligrosa, que le dice: «Aunque estés muy grave, toma solo esta medicina, y abstente solo de estas pocas cosas que te dañan, y me atrevo a garantizarte la vida; pero si no haces esto, eres hombre muerto.» ¿Qué pensaríais de tal hombre, si el médico, y todos los amigos que tiene, no pudieran persuadirle a tomar una medicina para salvar su vida, o a abstenerse de una o dos cosas venenosas que lo matarían? Este es vuestro caso. Por lejos que hayáis ido en el pecado, convertíos ahora y venid a Cristo, y tomad sus remedios, y vuestras almas vivirán. Arrojad vuestros pecados mortales por el arrepentimiento, y no volváis más al venenoso vómito, y os irá bien. Pero, con todo, si fueran vuestros cuerpos aquello con que tuviéramos que tratar, en parte sabríamos qué hacer por vosotros: aunque no consintierais, se os podría sujetar o atar, mientras se os vertiera la medicina por la garganta, y se os podrían apartar las cosas dañinas; pero con vuestras almas no puede ser así: no podemos convertiros contra vuestra voluntad. No hay modo de llevar a los locos al cielo encadenados; podéis ser condenados contra vuestra voluntad, porque pecasteis con vuestra voluntad; pero no podéis ser salvados contra vuestra voluntad. La sabiduría de Dios ha tenido por conveniente hacer depender la salvación o la destrucción de los hombres, en grandísima medida, de la elección de su propia voluntad; de modo que ningún hombre irá al cielo si no escogió el camino del cielo, y ningún hombre irá al infierno sin verse forzado a decir: «Tengo lo que escogí; mi propia voluntad me trajo aquí.» Ahora bien, si tan solo lograra que quisierais, que quisierais entera, resuelta y habitualmente, la obra estaría más que medio hecha. Y, ¡ay!, ¿hemos de perder a nuestros amigos, y han de perder ellos a su Dios, su felicidad, sus almas, por falta de esto? ¡Oh, no lo permita Dios! Cosa extraña me resulta que los hombres sean tan inhumanos y estúpidos en los asuntos más grandes, siendo en cosas menores muy corteses y atentos, y buenos vecinos. Por lo que sé, tengo el afecto de todos, o de casi todos mis vecinos, hasta tal punto que, si enviara a pedir a cualquier hombre del pueblo, o de la parroquia, o de la comarca, un favor razonable, me lo concederían; y cuando vengo a pedirles el asunto más grande del mundo, para ellos mismos, y no para mí, no puedo obtener de muchos de ellos sino una audiencia paciente. No sé si la gente piensa que un hombre en el púlpito habla en serio o no, y quiere decir lo que dice; porque creo que tengo pocos vecinos que, si estuviera sentado familiarmente con ellos, contándoles lo que he visto, o hecho, o conocido en el mundo, no me creyeran, y no hicieran caso de lo que digo; pero cuando les digo, de la palabra infalible de Dios, lo que ellos mismos verán y conocerán en el mundo venidero, muestran por sus vidas que, o no lo creen, o no le hacen mucho caso. Si me encontrara a alguno de ellos en el camino, y le dijera: allá hay un pozo de carbón, o hay una arena movediza, o hay ladrones al acecho, podría persuadirle a desviarse; pero cuando les digo que Satanás está al acecho contra ellos, y que el pecado es veneno para ellos, y que el infierno no es cosa con que bromear, siguen adelante como si no me oyeran. En verdad, vecinos, tan de veras os hablo en el púlpito como en cualquier conversación familiar; y, si alguna vez habéis de hacerme caso, os ruego que sea aquí. Creo que no hay un solo hombre entre todos vosotros que, si mi propia alma quedara a vuestra voluntad, no estuviera dispuesto a salvarla (aunque no puedo prometer que dejarais vuestros pecados por ella). Si llegara hambriento o desnudo a alguna de vuestras puertas, ¿no os desprenderíais de más que un vaso de bebida para socorrerme? Estoy seguro de que sí; si fuera para salvarme la vida, sé que algunos de vosotros arriesgaríais la vuestra. Y, sin embargo, ¿no os dejaréis rogar que os desprendáis de vuestros placeres sensuales por vuestra propia salvación? Os declaro, señores, que soy hoy tan sincero mendigo con vosotros, por la salvación de vuestras propias almas, como lo sería por mi propio sustento, si me viera forzado a venir a mendigar a vuestras puertas. Y por eso, si me oyerais entonces, oídme ahora; si os compadecierais de mí entonces, dejaos rogar ahora que os compadezcáis de vosotros mismos. Os suplico de nuevo, como si fuera de rodillas, que escuchéis a vuestro Redentor, y os convirtáis, para que viváis. Todos vosotros los que habéis vivido en ignorancia, descuido y presunción hasta el día de hoy; todos vosotros los que os habéis anegado en los afanes del mundo, y no tenéis pensamiento de Dios ni de la gloria eterna; todos vosotros los que estáis esclavizados a vuestros deseos carnales de comida y bebida, placeres y concupiscencias; y todos vosotros los que no conocéis la necesidad de la santidad, y jamás conocisteis la obra santificadora del Espíritu Santo sobre vuestras almas; que jamás abrazasteis a vuestro bendito Redentor con una fe viva, y con admiradas y agradecidas percepciones de su amor; y que jamás sentisteis por Dios y por el cielo una estima mayor, ni un amor más cordial, que por vuestra prosperidad carnal y las cosas de abajo: os suplico encarecidamente, no solo por amor de mí, sino por amor del Señor, y por amor de vuestras almas, que no andéis un día más en vuestra antigua condición, sino que miréis en derredor, y claméis a Dios por gracia convertidora, para que seáis hechos nuevas criaturas, y escapéis de las plagas que están un poco delante de vosotros. Y si alguna vez habéis de hacer algo por mí, concededme esta petición: convertíos de vuestros malos caminos, y vivid. Negadme cualquier otra cosa que os pidiere para mí mismo, con tal que me concedáis esto. Y si me negáis esto, no me importa ninguna otra cosa que me concedierais. Más aún: como quiera que alguna vez hayáis de hacer algo a petición del Señor que os hizo y os redimió, no le neguéis esto; porque, si le negáis esto, no le importa nada de cuanto le concedáis. Como quiera que deseéis que él oiga vuestras oraciones, y conceda vuestras peticiones, y obre por vosotros en la hora de la muerte y en el día del juicio, o en cualquiera de vuestros apuros, no le neguéis su petición ahora, en el día de vuestra prosperidad. Oh, creedlo: la muerte y el juicio, y el cielo y el infierno, son otra cosa cuando os acercáis a ellos, que lo que parecen a los ojos carnales desde lejos. Pues bien, aunque no puedo esperar tan bien de todos, esperaré que algunos de vosotros estéis ya a estas alturas proponiéndoos convertiros y vivir, y que estáis prontos a decir: «No permita Dios que escojamos la destrucción rehusando la conversión, como hasta ahora lo hemos hecho.»

Si estos son los pensamientos y propósitos de vuestros corazones, con gusto os daré indicaciones de lo que habéis de hacer, y ello solo con brevedad, para que más fácilmente lo recordéis y lo pongáis en práctica.

INDICACIÓN I

SI queréis ser convertidos y salvados, esforzaos por entender la necesidad y la verdadera naturaleza de la conversión: para qué, y de qué, y a qué, y por qué medio habéis de convertiros. Considerad en qué lamentable condición estáis hasta la hora de vuestra conversión, para que sintáis que no es estado en que descansar. Estáis bajo la culpa de todos los pecados que jamás cometisteis; y bajo la ira de Dios, y la maldición de su ley; sois esclavos del diablo, ocupados a diario en su obra contra el Señor, contra vosotros mismos, y contra otros; estáis espiritualmente muertos y deformes, por carecer de la vida, la naturaleza y la imagen santas del Señor. Sois ineptos para toda obra santa, y no hacéis nada que sea verdaderamente agradable a Dios. Estáis sin promesa ni seguridad alguna de su protección, y vivís en continuo peligro de su justicia, sin saber a qué hora podéis ser arrebatados al infierno, y con toda certeza condenados si morís en tal condición. Y nada menos que la conversión puede impedirlo. Cualesquiera cortesías, o enmiendas, o virtudes que se queden cortas de la verdadera conversión, jamás lograrán la salvación de vuestras almas. Guardad en vuestros corazones el verdadero sentido de esta miseria natural, y así de la necesidad de la conversión.

Y entonces habéis de entender lo que es ser convertido: es tener un corazón o disposición nuevos, y una nueva conducta.

Pregunta. 1. ¿Para qué hemos de convertirnos?

Resp. Para los fines siguientes, que podréis alcanzar: 1. Seréis inmediatamente hechos miembros vivos de Cristo, y tendréis parte en él, y seréis renovados conforme a la imagen de Dios, y adornados con todas sus gracias, y vivificados con una vida nueva y celestial, y salvados de la tiranía de Satanás y del dominio del pecado, y justificados de la maldición de la ley, y tendréis el perdón de todos los pecados de toda vuestra vida, y seréis aceptados por Dios, y hechos hijos suyos, y tendréis libertad para llamarle Padre, y acudir a él por la oración, en todas vuestras necesidades, con promesa de ser oídos; tendréis al Espíritu Santo morando en vosotros, para santificaros y guiaros; tendréis parte en la hermandad, la comunión y las oraciones de los santos; seréis aptos para el servicio de Dios, y libres del dominio del pecado, y útiles y de bendición para el lugar donde vivís, y tendréis la promesa de esta vida, y de la venidera. No os faltará nada que sea verdaderamente bueno para vosotros, y vuestras aflicciones necesarias seréis capacitados para soportarlas; podréis gustar algo de la comunión con Dios en el espíritu, especialmente en todas las santas ordenanzas, donde Dios prepara un banquete para vuestras almas; seréis herederos del cielo mientras vivís en la tierra, y podréis prever por la fe la gloria eterna, y así vivir y morir en paz; y jamás os veréis tan abatidos, sin que vuestra felicidad sea incomparablemente mayor que vuestra miseria. ¡Cuán preciosa es cada una de estas bendiciones, que solo nombro brevemente, y que en esta vida podéis recibir!

Y luego, 2. En la muerte vuestras almas irán a Cristo, y en el día del juicio, alma y cuerpo serán justificados y glorificados, y entrarán en el gozo de vuestro Señor; donde vuestra felicidad consistirá en estos puntos:

1. Vosotros mismos seréis perfeccionados: vuestros cuerpos mortales serán hechos inmortales, y lo corruptible se vestirá de incorrupción; ya no tendréis hambre, ni sed, ni cansancio, ni enfermedad; ni tendréis que temer vergüenza, ni dolor, ni muerte, ni infierno. Vuestras almas serán perfectamente libradas del pecado, y perfectamente dispuestas para el conocimiento, y el amor, y las alabanzas del Señor.

2. Vuestra ocupación será contemplar a vuestro glorioso Redentor, con todos vuestros santos conciudadanos del cielo; y ver la gloria del Dios bienaventurado, y amarle perfectamente, y ser amados por él, y alabarle eternamente.

3. Vuestra gloria contribuirá a la gloria de la Nueva Jerusalén, la ciudad del Dios vivo; lo cual es más que tener una felicidad privada para vosotros mismos.

4. Vuestra gloria contribuirá a la glorificación de vuestro Redentor, quien eternamente será magnificado y complacido en vosotros, que sois el fruto de la aflicción de su alma; y esto es más que la glorificación de vosotros mismos.

5. Y la eterna Majestad, el Dios vivo, será glorificado en vuestra gloria; tanto en cuanto es magnificado por vuestras alabanzas, como en cuanto os comunica de su gloria y bondad, y en cuanto se complace en vosotros, y en la consumación de su gloriosa obra, en la gloria de la Nueva Jerusalén, y de su Hijo. Todo esto, el más pobre mendigo de entre vosotros, que sea convertido, ciertamente y sin fin lo disfrutará.

2. Ya veis para qué habéis de convertiros: enseguida habéis de entender de qué habéis de convertiros. Y es, en una palabra, de vuestro yo carnal, que es el fin de todos los inconversos. De la carne, que quiere ser complacida antes que Dios, y no cesa de seduciros; del mundo, que es el cebo; y del diablo, que es el pescador de almas, y el engañador. Y así de todos los pecados conocidos y voluntarios.

3. Después habéis de saber a qué fin habéis de convertiros: y es, a Dios como vuestro fin, a Cristo como el camino al Padre; a la santidad, como el camino que Cristo os ha señalado; y al uso de todas las ayudas y medios de gracia que el Señor os ha concedido.

4. Por último, habéis de saber por qué medio habéis de convertiros: y es, por Cristo, como el único Redentor e Intercesor; y por el Espíritu Santo, como el santificador; y por la Palabra, como su instrumento o medio; y por la fe y el arrepentimiento, como los medios y deberes que os toca cumplir. Todo esto es de necesidad.

Indic. II. Si queréis ser convertidos y salvados, dedicaos mucho a la consideración seria y secreta. La irreflexión arruina al mundo. Retiraos a menudo a la soledad apartada, y allí meditad en el fin para el que fuisteis hechos; en la vida que habéis vivido; en el tiempo que habéis perdido; en el pecado que habéis cometido; en el amor, los padecimientos y la plenitud de Cristo; en el peligro en que estáis; en la cercanía de la muerte y del juicio; en la certeza y la excelencia de los gozos del cielo; y en la certeza y el terror de los tormentos del infierno; y en la eternidad de ambos; y en la necesidad de la conversión y de una vida santa. Empapad vuestros corazones en consideraciones como estas.

Indic. III. Si queréis ser convertidos y salvados, atended a la palabra de Dios, que es el medio ordinario. Leed la Escritura, u oídla leer, y otros escritos santos que la apliquen; asistid constantemente a la predicación pública de la palabra. Como Dios quiere alumbrar al mundo por medio del sol, y no por sí solo sin él, así también convertirá y salvará a los hombres por medio de sus ministros, que son las luces del mundo (Hechos 26:17, 18; Mateo 5:14). Cuando hubo humillado milagrosamente a Pablo, lo envió a Ananías (Hechos 9:10). Y cuando envió un ángel a Cornelio, fue solo para mandarle que hiciera venir a Pedro, que había de decirle lo que debía creer y hacer.

Indic. IV. «Acudid a Dios en un curso de oración seria y constante. Confesad y lamentad vuestra vida pasada, y rogad su gracia para que os ilumine y os convierta. Suplicadle que perdone lo pasado, y que os dé su Espíritu, y cambie vuestros corazones y vuestras vidas, y os guíe en sus caminos, y os libre de las tentaciones.» Y ejercitad esta obra cada día, y no os canséis de ella.

Indic. V. «Dejad de inmediato vuestros pecados conocidos y voluntarios. Deteneos, y no vayáis más por ese camino.» No os embriaguéis más, sino evitad el lugar y la ocasión de ello. Arrojad con aborrecimiento vuestras concupiscencias y placeres pecaminosos, y no injuriéis más; y, si habéis agraviado a alguno, restituid como lo hizo Zaqueo. Si volvéis a cometer vuestros antiguos pecados, ¿qué bendición podéis esperar sobre los medios para la conversión?

Indic. VI. «De inmediato, si es posible, cambiad de compañías, si hasta ahora han sido malas.» No abandonando vuestras relaciones necesarias, sino vuestros innecesarios compañeros pecaminosos, y uníos con los que temen al Señor, e inquirid de ellos el camino al cielo (Hechos 9:19, 26; Salmo 15:4).

Indic. VII. «Entregaos al Señor Jesús como al médico de vuestras almas», para que os perdone por su sangre, y os santifique por su Espíritu, por su palabra y sus ministros, los instrumentos del Espíritu. Él es el camino, la verdad y la vida; no hay modo de venir al Padre sino por él (Juan 14:6). «Ni hay otro nombre debajo del cielo por el cual podáis ser salvos» (Hechos 4:12). Estudiad, pues, su persona y su naturaleza, y lo que ha hecho y padecido por vosotros, y lo que es para vosotros, y lo que será, y cómo está dispuesto para el pleno suministro de todas vuestras necesidades.

Indic. VIII. Si de veras pensáis convertiros y vivir, «hacedlo pronto, sin demora». Si no queréis convertiros hoy, no queréis hacerlo en absoluto. Recordad que todo este tiempo estáis en vuestra sangre, bajo la culpa de muchos miles de pecados, y bajo la ira de Dios, y estáis al mismísimo borde del infierno; no hay sino un paso entre vosotros y la muerte. Y este no es caso en que un hombre en su sano juicio pueda estar tranquilo. Levantaos, pues, de inmediato, y huid como por vuestra vida; como saldríais de vuestra casa, si estuviera toda en llamas sobre vuestras cabezas. ¡Oh, si tan solo supierais en qué continuo peligro vivís, y qué pérdida diaria e indecible sufrís, y qué vida más segura y más dulce podríais vivir, no os quedaríais perdiendo el tiempo, sino que os convertiríais de inmediato! Multitudes se pierden por demorar voluntariamente, cuando están convencidas de que ha de hacerse. Vuestra vida es corta e incierta; y ¡en qué situación estáis, si morís antes de convertiros del todo! Ya habéis tardado demasiado, y demasiado tiempo habéis agraviado a Dios; el pecado cobra fuerza y arraigo mientras demoráis. Vuestra conversión se hará más difícil y dudosa. Mucho tenéis que hacer, y por eso no lo dejéis todo para lo último, no sea que Dios os abandone, y os entregue a vosotros mismos, y entonces estéis perdidos para siempre.

Indic. IX. Si os convertís y vivís, hacedlo «sin reservas, absoluta y universalmente». No penséis en capitular con Cristo, y dividir vuestro corazón entre él y el mundo, y desprenderos de algunos pecados, y guardar los demás; y soltar solo aquello de que vuestra carne puede prescindir. Esto no es sino engañarse a sí mismo; habéis de renunciar en corazón y resolución a todo cuanto tenéis, o de lo contrario no podéis ser sus discípulos (Lucas 14:26, 33). Si no queréis tomar a Dios y al cielo por vuestra porción, y poner todo lo de aquí abajo a los pies de Cristo, sino que forzosamente habéis de tener también vuestros bienes aquí, y una porción terrenal, y Dios y la gloria no os bastan, en vano soñáis con la salvación en tales términos, porque no será. Por muy religiosos que parezcáis, si con todo no es sino una justicia carnal, y la prosperidad, o el placer, o la seguridad de la carne queda todavía exceptuada de vuestra consagración a Dios, este es camino tan seguro a la muerte como la profanidad manifiesta, aunque pueda ser más plausible.

Indic. X. Si os convertís y vivís, hacedlo «resueltamente», y no os quedéis deliberando, como si fuera caso dudoso. No os quedéis vacilando, como si aún estuvierais inciertos de si Dios o la carne es el mejor amo; o si el cielo o el infierno es el mejor fin; o si el pecado o la santidad es el mejor camino. Sino desechad vuestras antiguas concupiscencias, y de inmediato, habitual y fijamente resolveos. No seáis un día de un parecer, y al día siguiente de otro; sino zanjadlo con todo el mundo, y entregaos resueltamente, y todo cuanto tenéis, a Dios. Ahora, mientras leéis u oís esto, resolveos. Antes de dormir otra noche, resolveos. Antes de moveros del lugar, resolveos. Antes de que Satanás tenga tiempo de apartaros, resolveos. Nunca os convertís de veras hasta que os resolvéis, y ello con una resolución firme e inmutable. Basta ya de las Indicaciones.

Y ahora que he cumplido mi parte en esta obra, para que os convirtáis al llamado de Dios, y viváis, qué será de ella, no lo puedo decir: he sembrado la semilla por mandato de Dios, pero no está en mi poder dar el crecimiento. No puedo ir más lejos con mi mensaje: no puedo llevarlo a vuestros corazones, ni hacerlo obrar; no puedo hacer vuestra parte por vosotros, la de acogerlo y considerarlo; no puedo hacer la parte de Dios, la de abrir vuestro corazón para haceros acogerlo; ni puedo mostrar el cielo o el infierno a vuestra vista, ni daros corazones nuevos y tiernos. Si supiera qué más hacer por vuestra conversión, espero que lo haría.

Pero, oh tú, que eres el bondadoso Padre de los espíritus, tú has jurado que no te deleitas en la muerte del impío, sino más bien en que se convierta y viva; no niegues tu bendición a estas persuasiones e indicaciones, y no permitas que tus enemigos triunfen ante tu vista, ni que el gran engañador de las almas prevalezca contra tu Hijo, tu Espíritu y tu Palabra. ¡Oh, compadécete de los pobres pecadores inconversos, que no tienen corazón para compadecerse de sí mismos! Manda a los ciegos que vean, y a los sordos que oigan, y a los muertos que vivan, y no dejes que el pecado y la muerte puedan resistirte. Despierta a los confiados, resuelve a los indecisos, confirma a los vacilantes, y haz que los ojos de los pecadores que lean estas líneas se empleen enseguida en llorar sobre sus pecados; y tráelos a sí mismos y a tu Hijo, antes de que sus pecados los hayan llevado a la perdición. Si tú solo dices la palabra, estos pobres esfuerzos prosperarán para ganar más de un alma, para su gozo eterno, y su eterna gloria. Amén.

FIN.

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