Capítulo 3 · 50 min de lectura
Sermón I
Ezequiel 33:11.
Diles: Vivo yo, dice Jehová el Señor, que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva. Volveos, volveos de vuestros malos caminos; ¿por qué moriréis, oh casa de Israel?
Ha sido el asombro pasmoso de muchos hombres, tanto como el mío, leer en las Sagradas Escrituras cuán pocos serán salvos; y que la mayor parte, aun de los que son llamados, quedará excluida para siempre del reino de los cielos, y será atormentada con los demonios en el fuego eterno. Los incrédulos no creen esto cuando lo leen, y por eso habrán de sentirlo. Los que sí lo creen se ven forzados a clamar con Pablo, en Romanos 11:33: «¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!». Pero la naturaleza misma nos enseña a todos a echar la culpa de las malas obras sobre quienes las cometen; y por eso, cuando vemos que se comete algo atroz, un principio de justicia nos mueve a preguntar por el que lo hizo, para que el mal de la obra recaiga como mal de vergüenza sobre su autor. Si viéramos a un hombre asesinado y despedazado, al instante preguntaríamos: «¡Oh! ¿Quién cometió esta cruel acción?». Si alguien prendiera fuego a la ciudad a propósito, preguntaríais: «¿Qué malvado hizo esto?». Así, cuando leemos que la mayoría serán tizones del infierno para siempre, no podemos menos que pensar: ¿cómo llega esto a suceder?, ¿y por culpa de quién?, ¿quién es tan cruel como para ser la causa de algo semejante? Y hallamos a pocos que reconozcan la culpa. Cierto es que todos confiesan que Satanás es la causa; pero eso no resuelve la duda, porque él no es la causa principal. No obliga a los hombres a pecar, sino que los tienta a ello, y deja a su propia voluntad el hacerlo o no: no lleva a nadie a la taberna, ni le abre por fuerza la boca para verterle la bebida; ni lo sujeta para que no pueda acudir al servicio de Dios; ni le arranca del corazón por fuerza los pensamientos santos. La cuestión, pues, queda entre Dios mismo y el pecador; uno de los dos ha de ser la causa principal de toda esta miseria, cualquiera que sea, pues no hay otro a quien atribuirla; y Dios la rechaza, no la toma sobre sí; y el malvado también suele rechazarla, y no la toma sobre sí. Y esta es la controversia que aquí se ventila en mi texto.
El Señor se queja del pueblo, y el pueblo cree que es Dios quien tiene la culpa. La misma controversia se trata en el capítulo 18, versículo 25, donde ellos dicen sin rodeos «que no es recto el camino del Señor»; y Dios responde que son «sus caminos los que no son rectos». Así también aquí dicen, en el versículo 10: «Si nuestras rebeliones y nuestros pecados están sobre nosotros, y a causa de ellos somos consumidos, ¿cómo, pues, viviremos?». Como si dijeran: si hemos de morir y ser miserables, ¿qué podemos hacer?, como si no fuera por culpa de ellos, sino de Dios. Pero Dios, en mi texto, se declara libre de ello, y les muestra cómo pueden remediarlo si quieren, y los persuade a usar los medios; y si no se dejan persuadir, les hace saber que la culpa es de ellos mismos; y si esto no los satisface, no por eso dejará de castigarlos. Él será su juez, y los juzgará conforme a sus caminos; ellos no son jueces de él ni de sí mismos, pues les faltan la autoridad, la sabiduría y la imparcialidad. Ni les servirá de nada altercar con Dios, ni los salvará de la ejecución de la justicia contra la cual murmuran.
Las palabras de este versículo contienen: 1. La declaración de Dios de que no tiene culpa en la destrucción de ellos. Esto no lo hace negando sus juicios ni la ejecución de la ley, ni dándoles esperanza alguna de que la ley no se cumplirá, sino declarando que no es en la muerte de ellos en lo que se complace, sino más bien en que se conviertan, para que vivan; y esto se lo confirma con su juramento. 2. Una exhortación expresa a los malvados para que se conviertan, en la cual Dios no solo manda, sino que además persuade y condesciende a razonar el caso con ellos: ¿por qué habrán de morir? El fin directo de su exhortación es que se conviertan y vivan. Los fines secundarios o reservados, en el supuesto de que aquel no se alcance, son estos dos: primero, convencerlos, por los medios que empleó, de que no es por culpa de Dios que sean miserables; segundo, convencerlos, por su manifiesta obstinación en rechazar todos sus mandatos y ruegos, de que la culpa es de ellos mismos, y que mueren porque quieren morir.
La sustancia del texto radica en las observaciones siguientes.
Doctrina 1. Es ley inmutable de Dios que los malvados han de convertirse o morir.
Doctrina 2. Es promesa de Dios que los malvados vivirán, con tal que se conviertan.
Doctrina 3. Dios se complace en la conversión y salvación de los hombres, pero no en su muerte ni en su condenación; prefiere que se conviertan y vivan, antes que sigan adelante y mueran.
Doctrina 4. Esta es una verdad certísima que, por no querer Dios que los hombres la pongan en duda, se la ha confirmado solemnemente con su juramento.
Doctrina 5. El Señor redobla sus mandatos y ruegos para que los malvados se conviertan.
Doctrina 6. El Señor condesciende a razonar el caso con ellos, y pregunta a los malvados por qué quieren morir.
Doctrina 7. Si, después de todo esto, los malvados no quieren convertirse, no es por culpa de Dios que perezcan, sino de ellos mismos; su propia obstinación es la causa de su condenación; mueren, pues, porque quieren morir.
Habiendo expuesto ante vuestros ojos el texto en estas proposiciones sencillas, hablaré a continuación algo de cada una de ellas por orden, aunque brevemente.
Doctrina 1. Es ley inmutable de Dios que los malvados han de convertirse o morir.
Si estás dispuesto a creer a Dios, cree esto: no hay sino uno de estos dos caminos para todo malvado, o la conversión o la condenación. Bien sé que a los malvados difícilmente se los persuadirá ni de la verdad ni de la justicia de esto. No es de extrañar que el culpable riña con la ley. Pocos hombres se inclinan a creer lo que no querrían que fuese verdad, y menos aún quisieran que fuese verdad lo que perciben en contra suya. Pero no es altercando con la ley, ni con el juez, como se salvará el malhechor. Creer y respetar la ley podría haber impedido su muerte; pero negarla y acusarla solo la apresurará. Si no fuera así, ciento alegarían su razón contra la ley, por uno que sometiera su razón a la ley. Y los hombres preferirían dar sus razones de por qué no deberían ser castigados, antes que escuchar los mandatos y las razones de sus gobernantes, que les exigen obedecer. La ley no se hizo para que tú la juzgues, sino para que por ella seas gobernado y juzgado.
Mas si hay alguno tan ciego que se atreva a poner en duda la verdad o la justicia de esta ley de Dios, le daré brevemente prueba de ambas cosas, la cual, a mi parecer, debería satisfacer a todo hombre razonable.
Y en primer lugar, si dudas de si esto es o no la palabra de Dios, además de otros cien textos, puedes quedar satisfecho con estos pocos. Mateo 18:3: «De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos». Juan 3:3: «De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios». 2 Corintios 5:17: «De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas». Colosenses 3:9-10: «Habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos, y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno». Hebreos 12:14: «Sin la santidad, nadie verá al Señor». Romanos 8:8-9: «Los que viven según la carne no pueden agradar a Dios»; «y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él». Gálatas 6:15: «Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale nada, ni la incircuncisión, sino una nueva creación». 1 Pedro 1:3: «Según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva». Versículo 23: «Siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre». 1 Pedro 2:1-2: «Desechando, pues, toda malicia, todo engaño, hipocresía, envidias, y todas las detracciones, desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis». Salmos 9:17: «Serán trasladados los malos al Seol, todas las gentes que se olvidan de Dios». Salmos 11:5: «Jehová prueba al justo; pero al malo y al que ama la violencia, su alma los aborrece».
Como no necesito detenerme a explicar estos textos, que tan claros son, creo que tampoco necesito añadir más de esa multitud que dice lo mismo. Si eres hombre que cree la palabra de Dios, aquí hay ya suficiente para convencerte de que el malvado ha de convertirse o ser condenado. Se te ha llevado ya tan lejos que, o has de confesar que esto es verdad, o has de decir sin rodeos que no crees la palabra de Dios. Y si una vez llegas a ese punto, poca esperanza queda de ti: cuídate cuanto puedas, porque es probable que no tardes mucho en caer en el infierno. Estarías presto a echarte encima del que te desmintiera; ¿y te atreves a desmentir a Dios? Pero si le dices a Dios sin rodeos que no le vas a creer, no le culpes si nunca más te advierte, o si te abandona y te da por perdido. Pues ¿de qué serviría que te advirtiera, si no vas a creerle? Aunque te enviara un ángel del cielo, parece que ni así creerías. Porque un ángel no puede hablar sino la palabra de Dios; y si un ángel te trajera otro evangelio, no habrías de recibirlo, sino tenerlo por anatema (Gálatas 1:8). Y de cierto no hay ángel que merezca más crédito que el Hijo de Dios, que vino del Padre para traernos esta doctrina. Si a él no se le ha de creer, entonces a ninguno de los ángeles del cielo se ha de creer. Y si en estos términos te pones con Dios, te dejaré hasta que él trate contigo de un modo más convincente. Dios tiene una voz que te hará oír. Aunque ahora te ruega que oigas la voz de su evangelio, te hará oír la voz de su sentencia condenatoria, sin ruegos. Nosotros no podemos hacerte creer contra tu voluntad; pero Dios te hará sentir contra tu voluntad.
Pero oigamos qué razón tienes para no creer esta palabra de Dios, que nos dice que el malvado ha de convertirse o ser condenado. Ya sé cuál es tu razón: es porque juzgas improbable que Dios sea tan falto de misericordia; te parece crueldad condenar a los hombres para siempre por algo tan pequeño como una vida pecaminosa. Y esto nos lleva a lo segundo, que es justificar la justicia de Dios en sus leyes y sus juicios.
Y en primer lugar, creo que no negarás que a un alma inmortal le corresponde muy bien ser gobernada por leyes que prometen una recompensa eterna y amenazan con un castigo sin fin. De otro modo, la ley no se ajustaría a la naturaleza del sujeto, que no se dejará gobernar del todo por medios inferiores a la esperanza o el temor de las cosas eternas. Ocurre como con el castigo temporal: si ahora se dictara una ley de que los crímenes más atroces se castiguen con cien años de cautiverio, podría tener alguna eficacia, por ser equivalente a nuestra vida. Pero si no hubiera habido otras penas antes del diluvio, cuando los hombres vivían ochocientos o novecientos años, no habría bastado, porque los hombres sabrían que después podían gozar de tantos siglos de impunidad. Así ocurre en el caso presente.
2. Supongo que confesarás que la promesa de una gloria eterna e inconcebible no es tan impropia de la sabiduría de Dios ni de la condición del hombre. ¿Por qué, pues, no habrías de pensar lo mismo de la amenaza de una miseria eterna e indecible?
3. Cuando halles en la palabra de Dios que así es y así será, ¿te crees capaz de contradecir esta palabra? ¿Llevarás a tu Hacedor al banquillo, y examinarás su palabra bajo acusación de falsedad? ¿Arremeterás contra él, y lo juzgarás por la ley de tus caprichos? ¿Eres acaso más sabio, mejor y más justo que él? ¿Ha de venir el Dios del cielo a ti a aprender sabiduría? ¿Ha de aprender de la necedad la sabiduría infinita?, ¿y ha de ser corregida la Santidad infinita por un pecador egoísta que no puede conservarse limpio ni una hora? ¿Ha de comparecer el Todopoderoso ante el tribunal de un gusano? ¡Oh, horrenda arrogancia del polvo insensato! ¿Acaso todo topo, o terrón, o muladar acusará al sol de tinieblas, y pretenderá alumbrar al mundo? ¿Dónde estabas tú cuando el Todopoderoso hizo estas leyes, para que no te llamara a su consejo? De cierto las hizo antes de que nacieras, sin pedir tu parecer, y viniste al mundo demasiado tarde para revocarlas. Si hubieras podido realizar obra tan grande, deberías haber salido de tu nada, y haber contradicho a Cristo cuando estaba en la tierra, o a Moisés antes de él, o haber librado a Adán y a su pecaminosa descendencia de la muerte amenazada, para que así no hubiera habido necesidad de Cristo. ¿Y qué si Dios retira su paciencia y su sustento, y te deja caer al infierno mientras alteras con su palabra? ¿Creerás entonces que no hay infierno?
4. Si el pecado es un mal tal que requiere la muerte de Cristo para su expiación, no es de extrañar que merezca nuestra miseria eterna.
5. Y si el pecado de los demonios mereció un tormento sin fin, ¿por qué no también el pecado del hombre?
6. Y me parece que deberías comprender que no es posible que ni los mejores de los hombres, y mucho menos los malvados, sean jueces competentes de lo que el pecado merece. ¡Ay! Somos a la vez ciegos y parciales. Nunca podrás conocer plenamente lo que el pecado merece hasta que conozcas plenamente la maldad del pecado; y nunca podrás conocer plenamente la maldad del pecado hasta que conozcas plenamente: 1. La excelencia del alma, que él deforma; 2. la excelencia de la santidad, que él borra; 3. la razón y la excelencia de la gloria, que él viola; 4. la excelencia de la gloria, que él desprecia; 5. la excelencia y el oficio de la razón, que él pisotea; 6. y ni aun eso, hasta que conozcas la infinita excelencia, omnipotencia y santidad de aquel Dios contra quien se comete. Cuando conozcas plenamente todas estas cosas, conocerás plenamente lo que el pecado merece. Además, bien sabes que el ofensor es demasiado parcial para juzgar la ley o el proceder del juez. Juzgamos por el sentimiento, que ciega nuestra razón. Vemos, en las cosas comunes del mundo, que la mayoría de los hombres cree que es justa la causa que es la suya, y que está mal todo lo que se hace en contra suya; y por más que los amigos más sabios, justos e imparciales los persuadan de lo contrario, todo es en vano. Pocos son los hijos que no crean que el padre es cruel, o que los trata con dureza, si los azota. Apenas hay miserable tan vil que no crea que la iglesia le hace agravio si lo excomulga; ni apenas hay ladrón o asesino ahorcado que no acuse a la ley y al juez de crueldad, si con ello se saliera con la suya.
7. ¿Puedes acaso pensar que un alma sin santidad sea apta para el cielo? ¡Ay! Allí no podrían amar a Dios, ni prestarle servicio alguno que él pueda aceptar. Son contrarios a Dios; aborrecen lo que él más ama, y aman lo que él abomina; son incapaces de aquella comunión imperfecta con él de la que sus santos participan aquí. ¿Cómo, pues, podrían vivir en aquel amor perfecto hacia él, y en el pleno deleite y comunión con él, que es la bienaventuranza del cielo? Tú no te acusas de falta de misericordia por no hacer de tu enemigo el consejero de tu pecho; y con todo, culparás al Señor absoluto, al Soberano más sabio y bondadoso del mundo, si condena a los inconversos a la miseria perpetua.
APLICACIÓN.
Os ruego ahora, a todos los que amáis vuestras almas, que en lugar de altercar con Dios y con su palabra, os sometáis a ella sin demora, y la uséis para bien. Todos los que en esta asamblea estáis inconversos, tomad esto como verdad indudable de Dios: en breve habréis de ser convertidos o condenados; no hay otro camino, sino convertirse o morir. Cuando Dios, que no puede mentir, os ha dicho esto; cuando lo oís de labios del Hacedor y Juez del mundo, tiempo es de que oiga el que tiene oídos. A estas alturas podéis ver a qué ateneros. No sois sino hombres muertos y condenados, a menos que os convirtáis. Si os dijera otra cosa, os engañaría con una mentira. Si os ocultara esto, os perdería, y sería culpable de vuestra sangre, como me lo aseguran los versículos que preceden a mi texto, versículo 8: «Cuando yo dijere al impío: Impío, de cierto morirás; si tú no hablares para que se guarde el impío de su camino, el impío morirá por su pecado, pero su sangre yo la demandaré de tu mano». Ya veis, pues, que, aunque esta sea una doctrina áspera y desagradable, es tal que nosotros hemos de predicarla y vosotros habéis de oírla. Más fácil es oír hablar del infierno que sentirlo. Si vuestra necesidad no lo exigiera, no lastimaríamos vuestros delicados oídos con verdades que parecen tan duras y penosas. No estaría tan lleno el infierno si la gente estuviera dispuesta a conocer su estado, y a oír y a pensar en él. La razón por la que tan pocos escapan de él es que no se esfuerzan por entrar por la puerta estrecha de la conversión, ni por andar el angosto camino de la santidad mientras tienen tiempo; y no se esfuerzan porque no están despiertos a un vivo sentimiento del peligro en que se hallan; y no están despiertos porque les repugna oír o pensar en ello, y esto en parte por una necia blandura y un carnal amor propio, y en parte porque no creen bien la palabra que los amenaza. Si no crees de todo corazón esta verdad, me parece que su peso debería forzarte a recordarla; y debería perseguirte y no darte reposo hasta que te conviertas. Si tan solo una vez hubieras oído esta palabra por voz de un ángel: «Has de ser convertido o condenado; conviértete o muere», ¿no se te quedaría grabada en la mente, y no te acosaría de día y de noche, de suerte que, al pecar, la recordarías como si la voz aún resonara en tus oídos: «conviértete o muere»? ¡Oh, dichosas serían vuestras almas si así obrara en vosotros, y nunca se olvidara ni os dejara en paz hasta haber llevado vuestro corazón a Dios! Pero si la desecháis por el olvido o la incredulidad, ¿cómo podrá obrar para vuestra conversión y salvación? Mas llevad esto con vosotros, para vuestro pesar: aunque podáis apartar esto de vuestra mente, no podéis quitarlo de la Biblia; allí permanecerá como verdad establecida, que conoceréis por experiencia para siempre, que no hay otro camino sino convertirse o morir.
¡Oh! ¿Qué sucede, entonces, que los corazones de los pecadores no queden traspasados por verdad tan grave? Cualquiera pensaría que toda alma inconversa que oye estas palabras habría de sentirse herida en el corazón, y decirse a sí misma: este es mi propio caso; y no habría de sosegar hasta hallarse convertida. Creedlo, señores: este talante soñoliento y descuidado no durará mucho. La conversión y la condenación son, ambas, cosas que despiertan. Puedo predecirlo con tanta certeza como si lo viera con mis ojos: que, en breve, la gracia o el infierno tocarán estas cosas en lo vivo, y os harán decir: «¿Qué he hecho? ¡Qué camino tan necio y perverso he tomado!». El estado burlón y estúpido de los pecadores durará muy poco. Tan pronto como se conviertan o mueran, se acabará el sueño presuntuoso, y entonces les volverán el juicio y el sentimiento.
Pero preveo que hay dos cosas que probablemente endurecerán a los inconversos, y me harán perder todo mi trabajo, a menos que se puedan quitar de en medio; y son estas: la mala inteligencia de aquellas dos palabras: [el malvado] y [convertirse]. Algunos pensarán para sí: es verdad, el malvado ha de convertirse o morir; pero ¿qué tiene eso que ver conmigo? Yo no soy malvado, aunque soy pecador, como lo son todos los hombres. Otros pensarán: «Es verdad que debemos apartarnos de nuestros malos caminos; pero yo me convertí hace mucho: confío en que esto no es cosa que ahora deba hacer». Y así, mientras los malvados se creen no malvados, sino ya convertidos, perdemos todo nuestro trabajo en persuadirlos a que se conviertan. Por tanto, antes de seguir adelante, os diré aquí quiénes son los que se entienden por malvados, y quiénes son los que han de convertirse o morir; y también qué se entiende por convertirse, y quiénes son los que verdaderamente están convertidos. Y esto lo he reservado adrede para este lugar, prefiriendo el método que conviene a mi fin.
Y aquí podéis observar que, en el sentido del texto, un hombre malvado y un hombre convertido son contrarios. Ningún hombre convertido es malvado, y ningún hombre malvado está convertido; de modo que ser hombre malvado y ser hombre inconverso es todo uno. Y por eso, al explicar lo uno, explicaremos lo otro.
Antes de poder deciros qué es la maldad o la conversión, he de ir al fondo, y traer el asunto desde el principio.
Plugo al gran Creador del mundo hacer tres clases de criaturas vivientes. A los ángeles los hizo espíritus puros, sin carne, y por eso los hizo solo para el cielo, y no para morar en la tierra. Las bestias fueron hechas carne, sin almas inmortales, y por eso fueron hechas solo para la tierra, y no para el cielo. El hombre es de una naturaleza intermedia entre ambos, pues participa de carne y de espíritu; así, fue hecho para la tierra, pero como paso o camino hacia el cielo, y no para que esta fuera su casa o su felicidad. El bienaventurado estado para el que fue hecho el hombre era contemplar la gloriosa majestad del Señor, y alabarlo entre sus santos ángeles, y amarlo, y ser lleno de su amor para siempre. Y así como este era el fin para el que fue hecho el hombre, así también Dios le dio los medios apropiados para alcanzarlo. Estos medios eran principalmente dos: primero, la recta disposición de la mente del hombre; segundo, el recto ordenamiento de su vida. En cuanto a lo primero, Dios ajustó al fin la disposición del hombre, dándole tal conocimiento de Dios cual convenía a su estado presente, y un corazón inclinado a Dios en santo amor. Pero no lo fijó ni lo confirmó en esta condición, sino que, habiéndolo hecho agente libre, lo dejó en manos de su propia voluntad. En cuanto a lo segundo, Dios hizo lo que a él le correspondía: esto es, dio al hombre una ley perfecta, exigiéndole que permaneciera en el amor de Dios, y que le obedeciera perfectamente. Por la voluntaria quebrantadura de esta ley, el hombre no solo perdió sus esperanzas de vida eterna, sino que también apartó su corazón de Dios, y lo fijó en estas cosas inferiores y carnales, y con ello borró de su alma la imagen espiritual de Dios; de suerte que el hombre a la vez no alcanzó la gloria de Dios, que era su fin, y se apartó del camino por el cual debía haberla alcanzado; y esto tanto en cuanto a la contextura de su corazón como de su vida. La santa inclinación y el amor de su alma a Dios los perdió, y en su lugar contrajo una inclinación y un amor a complacer a su carne, o yo carnal, por medio de las cosas terrenales; extrañándose de Dios y familiarizándose con la criatura. Y el curso de esta vida se ajustó a la inclinación de su corazón: vivía para su yo carnal, y no para Dios; buscaba la criatura, para complacer a su carne, en vez de buscar el agrado del Señor. Con esta naturaleza, o inclinación corrompida, nacemos ahora todos en el mundo; porque, «¿quién hará limpio a lo inmundo? Nadie», Job 14:4. Como el león tiene una naturaleza fiera y cruel antes de devorar, y la víbora tiene una naturaleza venenosa antes de morder, así en nuestra infancia tenemos esas naturalezas o inclinaciones pecaminosas antes de que pensemos, o hablemos, o obremos mal; y de ahí brota todo el pecado de nuestra vida. Y no solo eso, sino que, cuando Dios en su misericordia nos ha provisto un remedio, esto es, al Señor Jesucristo, para que sea el Salvador de nuestras almas y nos vuelva a traer a Dios, por naturaleza amamos nuestro estado presente, y nos repugna que nos saquen de él, y por eso nos oponemos a los medios de nuestra recuperación. Y aunque la costumbre nos ha enseñado a agradecer a Cristo su buena voluntad, con todo el yo carnal nos persuade a rechazar sus remedios, y a pedir que se nos excuse cuando se nos manda tomar las medicinas que él ofrece, y somos llamados a dejarlo todo y a seguirle hacia Dios y hacia la gloria.
Os ruego que leáis de nuevo esta hoja, y que la notéis bien; porque en estas pocas palabras tenéis una descripción verdadera de nuestro estado natural, y por consiguiente del hombre malvado. Pues todo hombre que se halla en este estado de naturaleza corrompida es un hombre malvado, y está en estado de muerte.
Por esto también quedáis preparados para entender qué es ser convertido; para lo cual habéis de saber, además, que la misericordia de Dios, no queriendo que el hombre pereciera en su pecado, proveyó un remedio, haciendo que su Hijo tomara nuestra naturaleza y, siendo en una sola persona Dios y hombre, se hiciera mediador entre Dios y el hombre; y, muriendo por nuestros pecados en la cruz, nos rescatara de la maldición de Dios y del poder del diablo; y, habiéndonos así redimido, el Padre nos ha entregado en sus manos como cosa suya. Sobre esto, el Padre y el Mediador establecen una nueva ley y pacto para el hombre: no como el primero, que no daba vida sino al perfectamente obediente, y condenaba al hombre por cada pecado; sino que Cristo ha hecho una ley de gracia, es decir, una promesa de perdón y de vida eterna para todos los que, por el verdadero arrepentimiento y por la fe en Cristo, se convierten a Dios. Como un edicto de amnistía que un príncipe concede a una banda de rebeldes, con la condición de que depongan las armas, se rindan y sean, en adelante, súbditos leales.
Pero, porque el Señor sabe que el corazón del hombre se ha vuelto tan malvado que, con todo esto, los hombres no aceptarán el remedio si se los deja a sí mismos, por eso el Espíritu Santo ha tomado como oficio suyo inspirar a los apóstoles, y sellar las Escrituras con milagros y prodigios, e iluminar y convertir a los hijos de los elegidos.
De modo que por esto veis que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo tienen, cada uno, sus obras propias, que eminentemente se les atribuyen.
Las obras del Padre fueron crearnos, gobernarnos como criaturas racionales suyas por la ley de la naturaleza, y juzgarnos por ella, y en su misericordia proveernos un Redentor cuando estábamos perdidos, y enviar a su Hijo, y aceptar su rescate.
Las obras del Hijo por nosotros fueron estas: rescatarnos y redimirnos por sus padecimientos y su justicia; promulgar la promesa o ley de gracia, y gobernar y juzgar al mundo como Redentor suyo, en términos de gracia; e interceder por nosotros, para que se nos comunique el beneficio de su muerte; y enviar al Espíritu Santo, lo cual el Padre también hace por medio del Hijo. Las obras del Espíritu Santo por nosotros son estas: dictar las Sagradas Escrituras, inspirando y guiando a los profetas y a los apóstoles, y sellando la palabra con sus dones y obras milagrosas; e iluminar y mover a los ministros ordinarios del evangelio, capacitándolos y ayudándolos así a publicar esa palabra; y, por la misma palabra, iluminar y convertir las almas de los hombres. De suerte que, así como no habríais podido ser criaturas racionales si el Padre no os hubiera creado, ni habríais tenido acceso alguno a Dios si el Hijo no os hubiera redimido, así tampoco podéis tener parte en Cristo, ni ser salvos, a menos que el Espíritu Santo os santifique.
De modo que a estas alturas podéis ver las diversas causas de esta obra: el Padre envía a su Hijo; el Hijo nos redime, y hace la promesa de gracia; el Espíritu Santo dicta y sella este evangelio; los apóstoles son los secretarios del Espíritu para escribirlo; los predicadores del evangelio, para proclamarlo y persuadir a los hombres a que lo obedezcan; y el Espíritu Santo hace eficaz su predicación, abriendo los corazones de los hombres para que la reciban; y todo esto para reparar la imagen de Dios en el alma, y para poner de nuevo el corazón en Dios, y apartarlo de la criatura y del yo carnal a los que se ha pasado, y así encauzar la corriente de la vida por un rumbo celestial, siendo antes terrenal; y todo esto mediante la acogida por la fe de Cristo, que es el médico del alma.
Por lo que he dicho, podéis ver qué es ser malvado y qué es ser convertido; lo cual, creo, os será aún más claro si os lo describo según sus diversas partes; y, en primer lugar, a un hombre malvado se le puede reconocer por estas tres cosas.
Primero, es aquel que pone su principal contento en la tierra, y ama a la criatura más que a Dios, y su prosperidad carnal por encima de la felicidad celestial. Favorece las cosas de la carne, pero ni discierne ni gusta las cosas del espíritu. Aunque diga que el cielo es mejor que la tierra, en realidad no lo estima así para sí mismo; si pudiera tener asegurada la tierra, soltaría el cielo, y preferiría quedarse aquí antes que ser trasladado allá. Una vida de santidad perfecta, a la vista de Dios, y en su amor y alabanza para siempre en el cielo, no le agrada tanto al corazón como una vida de salud, de riqueza y de honra, aquí en la tierra. Y aunque profese falsamente que ama a Dios sobre todas las cosas, en realidad nunca sintió dentro de sí el poder del amor divino, sino que su mente está más puesta en el mundo, o en los placeres carnales, que en Dios. En una palabra, todo el que ama la tierra más que el cielo, y la prosperidad carnal más que a Dios, es un hombre malvado e inconverso.
Por otra parte, el hombre convertido es iluminado para discernir la hermosura de Dios; y de tal modo cree en la gloria que ha de tenerse con Dios, que su corazón queda arrebatado hacia ella, y puesto en ella más que en cualquier cosa de este mundo. Prefiere ver el rostro de Dios, y vivir en su amor y sus alabanzas eternas, antes que tener todas las riquezas o placeres del mundo; ve que todo lo demás es vanidad, y que nada sino Dios puede llenar el alma; y por eso, vaya el mundo por donde quiera, atesora sus tesoros y esperanzas en el cielo, y por ello resuelve dejarlo todo. Como el fuego se remonta hacia arriba, y la aguja tocada por el imán se vuelve siempre al norte, así el alma convertida se inclina a Dios. Ninguna otra cosa puede satisfacerlo, ni puede hallar contento y reposo sino en su amor. En una palabra, todos los que están convertidos estiman y aman a Dios más que a todo el mundo, y la felicidad celestial les es más querida que su prosperidad carnal. La prueba de lo que he dicho la podéis hallar en estos lugares de la Escritura: Filipenses 3:18, 21; Mateo 6:19-21; Colosenses 3:1, 2, 4, 5; Romanos 8:5-9, 18, 23; Salmos 73:25, 26.
Segundo, el hombre malvado es aquel que hace de la prosperidad en el mundo y del logro de sus fines carnales el principal empeño de su vida. Y aunque lea y oiga, y haga mucho en los deberes externos de la religión, y se abstenga de pecados vergonzosos, todo esto no es sino lo secundario; jamás hace del agradar a Dios y del alcanzar la gloria eterna el principal empeño de su vida, sino que despacha a Dios con las sobras del mundo, y no le da más servicio del que la carne puede dispensar; porque no está dispuesto a renunciar a todo por el cielo.
Por el contrario, el hombre convertido es aquel que hace del agradar a Dios y del ser salvo el principal cuidado y empeño de su vida, y toma todas las bendiciones de esta vida solo como recursos en su viaje hacia otra vida, y usa la criatura en subordinación a Dios; ama una vida santa, y anhela ser más santo; no tiene pecado alguno que no aborrezca, y del cual no anhele, ore y luche por verse libre. El rumbo e inclinación de su vida es para Dios; y, si peca, es contra la inclinación misma de su corazón y de su vida, y por eso se levanta de nuevo y lo lamenta, y no se atreve a vivir voluntariamente en ningún pecado conocido. No hay nada en este mundo que le sea tan querido que no pueda entregarlo a Dios, y renunciar a ello por él y por la esperanza de la gloria. Todo esto lo podéis ver en Colosenses 3:1-5; Mateo 6:20, 33; Lucas 18:22, 23, 29; Lucas 14:18, 24, 26, 27; Romanos 8:13; Gálatas 5:24; Lucas 12:21, &c.
Tercero, el alma del hombre malvado jamás discernió ni gustó de veras el misterio de la redención, ni acogió con gratitud al Salvador que se le ofrece; ni está prendado del amor del Redentor, ni dispuesto a ser gobernado por él como médico de su alma, para ser salvo de la culpa y del poder de sus pecados, y restaurado a Dios; antes bien, su corazón es insensible a este beneficio inefable, y está del todo en contra de los medios sanadores por los que debía ser restaurado. Aunque esté dispuesto a ser carnalmente religioso, con todo jamás entrega su alma a Cristo, ni a la moción y dirección de su palabra y de su Espíritu.
Por el contrario, el alma convertida, habiéndose sentido perdida por el pecado, y percibiendo que ha perdido su paz con Dios y sus esperanzas del cielo, y que está en peligro de una miseria eterna, acoge con gratitud las nuevas de la redención; y, creyendo en el Señor Jesús como su único Salvador, se entrega a él para recibir sabiduría, justicia, santificación y redención; toma a Cristo como la vida de su alma, y vive por él, y lo usa como bálsamo para toda llaga, admirando la sabiduría y el amor de Dios en esta maravillosa obra de la redención del hombre. En una palabra, Cristo hasta mora en su corazón por la fe, y la vida que ahora vive es por la fe del Hijo de Dios, que lo amó y se entregó a sí mismo por él; más aún, no es tanto él quien vive, como Cristo en él. Para esto, véase Job 1:11, 12, y 3:20; Juan 15:2, 3, 4; 1 Corintios 1:20, y 2:2.
Ya veis ahora, en términos claros, por la palabra de Dios, quiénes son los malvados y quiénes los convertidos. La gente ignorante piensa que, si un hombre no es blasfemo, ni maldiciente, ni injuriador, ni borracho, ni fornicario, ni estafador, ni agravia a nadie en sus tratos, y si va a la iglesia, y reza sus oraciones, recibe el sacramento, y a veces extiende la mano para el socorro de los pobres, no puede ser hombre inconverso. O si un hombre que ha sido culpable de embriaguez, o de blasfemia, o de juego, o de vicios semejantes, tan solo se abstiene de ellos en adelante, piensan que es un hombre convertido. Otros piensan que, si un hombre que ha sido enemigo y burlador de la piedad tan solo la aprueba, y se une a los que son piadosos, y es aborrecido por ello por los malvados, como lo son los piadosos, este ha de ser por fuerza un hombre convertido. Y algunos son tan necios que creen estar convertidos por haber adoptado alguna opinión nueva. Y algunos piensan que, si tan solo han sido espantados por los temores del infierno, y han tenido convicción y tormentos de conciencia, y a raíz de ello se han propuesto y prometido enmienda, y adoptan una vida de conducta decente y religión externa, esto ha de ser por fuerza verdadera conversión. Y estas son las pobres almas engañadas que están a punto de perder el beneficio de todas nuestras persuasiones; y, cuando oyen que el malvado ha de convertirse o morir, piensan que esto no se dice para ellos, pues no son malvados, sino que ya están convertidos. Y por eso Cristo dijo a algunos de los príncipes de los judíos, que eran más graves y decentes que la gente común, que «los publicanos y las rameras van delante de vosotros al reino de Dios», Mateo 21:31. No que una ramera o un pecador grosero pueda ser salvo sin conversión, sino porque era más fácil hacer que estos pecadores groseros percibieran su pecado y su miseria, y la necesidad de un cambio, que hacerlo con los de índole más decente, que se engañan a sí mismos creyendo que ya están convertidos, cuando no lo están.
¡Oh, señores! La conversión es una obra muy distinta de lo que la mayoría imagina; no es cosa pequeña traer una mente terrenal al cielo, y mostrarle al hombre las amables excelencias de Dios hasta que quede arrebatado en un amor hacia él que jamás pueda apagarse; quebrantar el corazón a causa del pecado, y hacer que huya en busca de refugio a Cristo, y lo abrace con gratitud como la vida de su alma; que el rumbo y la inclinación mismos del corazón y de la vida queden cambiados, de suerte que el hombre renuncie a lo que tenía por felicidad, y ponga su felicidad donde nunca antes la puso, y no viva para el mismo fin, ni persiga en el mundo el mismo designio que antes seguía. En una palabra, el que está en Cristo es una nueva criatura: «Las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas» (2 Corintios 5:17). Tiene un nuevo entendimiento, una nueva voluntad y resolución, nuevas tristezas, y deseos, y amor, y deleite; nuevos pensamientos, nuevas palabras, nueva compañía (de ser posible) y nueva conversación. El pecado, que antes era para él cosa de risa, le es ahora tan odioso y terrible que huye de él como de la muerte. El mundo, que era tan hermoso a sus ojos, le parece ahora solo vanidad y aflicción. Dios, que antes era desatendido, es ahora la única felicidad de su alma; antes lo tenía olvidado, y prefería toda concupiscencia antes que a él; pero ahora lo pone junto al corazón, y todas las cosas han de cederle el lugar, y el corazón se ocupa en atenderlo y observarlo, y se aflige cuando él esconde su rostro, y jamás se juzga bien sin él. El mismo Cristo, en quien solía pensar con ligereza, es ahora su única esperanza y refugio, y vive de él como de su pan de cada día; no puede orar sin él, ni regocijarse sin él, ni pensar, ni hablar, ni vivir sin él. El cielo mismo, que antes miraba solo como un recurso tolerable que esperaba le sirviera mejor que el infierno cuando ya no pudiera permanecer más en el mundo, es ahora tenido por su hogar, el lugar de su única esperanza y descanso, donde verá, y amará, y alabará a aquel Dios que ya tiene su corazón. El infierno, que antes le parecía solo un espantajo para apartar a los hombres del pecado, se le muestra ahora como una miseria real, con la que no se ha de correr riesgo, ni se ha de bromear. Las obras de santidad, de las que antes se cansaba, y que le parecían más trabajo del necesario, son ahora a la vez su recreo, y su ocupación, y el oficio del que vive. La Biblia, que antes era para él casi como un libro común, es ahora como la ley de Dios, como una carta escrita para él desde el cielo, y firmada con el nombre de la eterna Majestad; es la regla de sus pensamientos, y palabras, y obras; los mandatos son obligatorios, las amenazas son temibles, y sus promesas hablan vida a su alma. Los piadosos, que le parecían solo como los demás hombres, son ahora los más excelentes y dichosos de la tierra. Y los malvados que eran sus compañeros de juego, son ahora su dolor; y el que podía reírse de sus pecados, está ahora más presto a llorar por su pecado y su miseria (Salmos 16:3 y 15:4; Filipenses 3:18). En suma, tiene un nuevo fin en sus pensamientos, y un nuevo camino en sus afanes, y por eso su corazón y su vida son nuevos. Antes, su yo carnal era su fin, y su placer, y las ganancias mundanas, y la reputación eran su camino; y ahora Dios y la gloria eterna son su fin, y Cristo, y el Espíritu, y la palabra, y las ordenanzas, la santidad para con Dios, y la justicia, y la misericordia para con los hombres, estos son su camino. Antes, el yo era el gobernante supremo, ante el cual las cosas de Dios y de la conciencia habían de doblegarse y ceder el lugar. Y ahora Dios en Cristo, por el Espíritu, la palabra y el ministerio, es ese gobernante supremo, ante quien tanto el yo como todas las cosas del yo han de ceder el lugar. De modo que esto no es un cambio en uno, ni en dos, ni en veinte puntos, sino en el alma entera, y en el fin y la inclinación mismos de la manera de vivir. Un hombre puede salir de una senda a otra, y con todo llevar el rostro en la misma dirección, y seguir yendo hacia el mismo lugar; pero otra cosa es volverse del todo atrás, y emprender el viaje en dirección contraria, hacia un lugar contrario. Así es aquí: un hombre puede pasar de la embriaguez a la frugalidad, y abandonar sus malas compañías, y otros pecados groseros y vergonzosos, y ponerse a cumplir algunos deberes de religión, y con todo seguir yendo al mismo fin que antes, poniendo su yo carnal por encima de todo, y dándole todavía el gobierno de su alma. Pero, cuando es convertido, este yo es negado y abatido, y Dios es entronizado, y su rostro es vuelto en dirección contraria; y el que antes estaba entregado a sí mismo, y vivía para sí mismo, está ahora, por la santificación, consagrado a Dios, y vive para Dios. Antes se preguntaba a sí mismo qué había de hacer con su tiempo, sus dotes y sus bienes, y los usaba para sí mismo; pero ahora pregunta a Dios qué ha de hacer con ellos, y los usa para él. Antes quería agradar a Dios en la medida en que ello se compadeciera con el placer de su carne y de su yo carnal, pero no hasta gran disgusto de estos. Pero ahora quiere agradar a Dios, por más que la carne y el yo queden disgustados. Este es el gran cambio que Dios hará en todos los que han de ser salvos.
Podéis decir que el Espíritu Santo es nuestro santificador; pero ¿sabéis qué es la santificación? Pues bien, es esto que os he expuesto ahora; y todo hombre y toda mujer en el mundo ha de tener esto, o ser condenado a una miseria eterna. Han de convertirse o morir.
¿Creéis todo esto, o no? De seguro no os atrevéis a decir que no, pues está más allá de toda duda o negación. Estas no son controversias en que un docto y piadoso varón sea de un parecer, y otro de otro; en que un bando diga esto, y otro diga aquello; todas las denominaciones entre nosotros que merecen llamarse cristianas concuerdan en esto que he dicho; y si no queréis creer al Dios de verdad, y eso en un asunto en que todos los bandos le creen, sois del todo inexcusables.
Pero, si lo creéis, ¿cómo es que vivís tan tranquilos en un estado inconverso? ¿Sabéis acaso que estáis convertidos? ¿Y halláis este maravilloso cambio en vuestras almas? ¿Habéis nacido así de nuevo, y sido hechos nuevos? ¿No son estas, para muchos de vosotros, cosas extrañas, y tales como nunca sentisteis en vosotros mismos? Si no podéis señalar el día o la semana de vuestro cambio, ni el sermón mismo que os convirtió, ¿halláis con todo que la obra está hecha, que tal cambio en verdad existe, y que tenéis un corazón como el que antes se describió? ¡Ay! Los más siguen sus negocios mundanos, y poco inquietan su mente con tales pensamientos; y, con tal que se abstengan de pecados escandalosos, y puedan decir: «No soy fornicario, ni ladrón, ni maldiciente, ni blasfemo, ni borracho, ni estafador; voy a la iglesia, y rezo mis oraciones», piensan que esto es verdadera conversión, y que serán salvos tanto como cualquiera. ¡Ay! Esto es engañarse a sí mismos neciamente; esto es demasiado desprecio de una gloria sin fin, y demasiado craso descuido de vuestras almas inmortales. ¿Podéis tener en tan poco el cielo y el infierno? Vuestro cadáver yacerá en breve en el polvo, y los ángeles o los demonios se apoderarán al instante de vuestras almas, y cada hombre y cada mujer de entre vosotros estará en breve en otra compañía, y en otra condición que la de ahora; habitaréis en esas casas solo un poco más, trabajaréis en vuestras tiendas solo un poco más; os sentaréis en estos asientos, y moraréis sobre esta tierra, solo un poco más; veréis con esos ojos, y oiréis con esos oídos, y hablaréis con esas lenguas, solo un poco más, hasta el día de la resurrección; ¿y podéis arreglároslas para olvidar esto? ¡Oh, en qué lugar de gozo o de tormento estaréis en breve! ¡Oh, qué espectáculo veréis en breve en el cielo o en el infierno! ¡Oh, qué pensamientos llenarán en breve vuestros corazones de deleite indecible o de horror! ¡En qué obra estaréis ocupados: en alabar al Señor con los santos y los ángeles, o en clamar en el fuego inextinguible con los demonios! ¿Y habría de olvidarse todo esto? Y todo esto será sin fin, y sellado por un decreto inmutable; la ETERNIDAD, la ETERNIDAD será la medida de vuestros gozos o de vuestras penas; ¿y puede esto olvidarse? Y todo esto es verdad, muy ciertamente verdad. Cuando hayáis ido y venido un poco más, y dormido y despertado unas cuantas veces más, estaréis muertos e idos, y hallaréis verdadero todo lo que ahora os digo. ¿Y con todo podéis ahora olvidarlo tanto? Recordaréis entonces que oísteis este sermón, y que este día, desde este lugar, se os recordaron estas cosas; y las percibiréis mil veces mayores de lo que ni vosotros ni yo pudimos haber concebido; ¿y con todo habrían ahora de olvidarse tanto?
Amados amigos, si el Señor no me hubiera despertado a creer y a poner yo mismo en el corazón estas cosas, habría permanecido en un estado oscuro y egoísta, y habría perecido para siempre; pero, si de veras me ha hecho sensible a ellas, esto me obligará a compadecerme de vosotros tanto como de mí mismo. Si vuestros ojos se abrieran hasta ver el infierno, y vierais a vuestros vecinos, que estaban inconversos, arrastrados allá entre gritos horrendos, aunque fueran de los que teníais por gente honrada en la tierra, y que nada semejante temían para sí, tal espectáculo os haría iros a casa y pensar en ello; y pensarlo de nuevo, y os haría advertir a todos los que os rodean, como aquel condenado mundano de Lucas 16:28 habría querido que se advirtiera a sus hermanos, para que no vinieran a aquel lugar de tormento. Pues bien, la fe es una especie de vista; es el ojo del alma, la evidencia de lo que no se ve. Si creo a Dios, es lo más cercano a ver; y por eso os ruego que me disculpéis si soy con vosotros ni la mitad de vehemente en estas cosas de lo que sería si las hubiera visto. Si hubiera de morir mañana, y estuviera en mi poder volver de otro mundo y contaros lo que hubiera visto, ¿no estaríais dispuestos a oírme?, ¿y no creeríais y atenderíais lo que os dijera? Si pudiera predicaros un solo sermón después de muerto, y habiendo visto lo que se hace en el mundo venidero, ¿no querríais que os dijera llanamente la verdad?, ¿y no os agolparíais para oírme?, ¿y no lo pondríais en el corazón? Pero esto no puede ser; Dios tiene su modo establecido de enseñaros por la Escritura y los ministros, y no complacerá a los incrédulos hasta el punto de enviarles hombres de entre los muertos, ni de alterar su modo establecido. Si alguno riñe con el sol, Dios no lo complacerá hasta el punto de encender una luz más clara. Amigos, os ruego que me atendáis ahora como lo haríais si viniera a vosotros de entre los muertos; porque puedo daros tan plena seguridad de la verdad de lo que os digo como si hubiera estado allí y lo hubiera visto con mis ojos. Pues es posible que uno que viene de entre los muertos os engañe; pero Jesucristo jamás puede engañaros. La palabra de Dios, entregada en la Escritura, y sellada por los milagros y las santas obras del Espíritu, jamás puede engañaros. Creed esto, o no creáis nada. Creed y obedeced esto, o estáis perdidos. Ahora bien, por cuanto creéis la palabra de Dios, y por cuanto os importa la salvación de vuestras almas, permitidme rogaros esta razonable petición; y os suplico que no me la neguéis: que, sin más demora, cuando os hayáis ido de aquí, recordéis lo que oísteis, y entréis en un serio examen de vuestros corazones, y os digáis a vosotros mismos: «¿Es así en verdad? ¿He de convertirme o morir? ¿He de ser convertido o condenado? Tiempo es entonces de que mire por mí, antes de que sea demasiado tarde. ¡Oh! ¿Por qué no me ocupé de esto hasta ahora? ¿Por qué aplacé temerariamente asunto tan grande? ¿Estaba yo despierto, o en mi juicio? ¡Oh, bendito Dios, qué misericordia es que no cortaras mi vida en todo este tiempo, antes de que tuviera esperanza cierta alguna de vida eterna! En fin, no permita Dios que descuide esta obra por más tiempo. ¿En qué estado está mi alma? ¿Estoy convertido, o no? ¿Se obró jamás en mi alma tal cambio u obra? ¿He sido iluminado por la palabra y el Espíritu del Señor para ver lo odioso del pecado, la necesidad de un Salvador, el amor de Cristo, y las excelencias de Dios y de la gloria? ¿Está mi corazón quebrantado o humillado dentro de mí a causa de mi vida anterior? ¿He acogido con gratitud a mi Salvador y Señor, que se ofreció con perdón y vida para mi alma? ¿Aborrezco mi anterior vida pecaminosa, y el resto de todo pecado que hay en mí? ¿Huyo de ellos como de mis enemigos mortales? ¿Me entrego a una vida de santidad y de obediencia a Dios? ¿La amo y me deleito en ella? ¿Puedo decir de veras que estoy muerto al mundo y al yo carnal, y que vivo para Dios, y para la gloria que él ha prometido? ¿Tiene el cielo más de mi estima y de mi resolución que la tierra? ¿Y es Dios lo más querido y lo más alto en mi alma? Una vez, bien lo sé, vivía principalmente para el mundo y la carne, y Dios no tenía sino algunos servicios sin corazón de los que el mundo podía prescindir, y que eran las sobras de la carne. ¿Está ahora mi corazón vuelto por otro camino? ¿Tengo un nuevo designio, y un nuevo fin, y un nuevo cortejo de santos afectos? ¿He puesto mis esperanzas y mi corazón en el cielo? ¿Y no es el propósito, y el designio, y la inclinación de mi corazón y de mi vida llegar bien al cielo, y ver el glorioso rostro de Dios, y vivir en su amor y alabanza eternos? Y cuando peco, ¿es contra la inclinación y el designio habituales de mi corazón? ¿Y venzo todos los pecados groseros, y estoy cansado y dispuesto a verme libre de mis flaquezas? Este es el estado de un alma convertida, y así ha de ser conmigo, o he de perecer. ¿Es así en verdad conmigo, o no lo es? Tiempo es de resolver esta duda, antes de que la resuelva el juez terrible. No soy tan extraño a mi propio corazón y vida como para no poder percibir en algo si estoy así convertido o no; y si no lo estoy, de nada me servirá adular a mi alma con falsas ilusiones y esperanzas. Estoy resuelto a no engañarme más, sino a procurar saber de veras, de un modo u otro, si estoy convertido, sí o no; para que, si lo estoy, me regocije en ello, y glorifique a mi bondadoso Señor, y siga adelante con consuelo hasta alcanzar la corona; y, si no lo estoy, me disponga a rogar y a buscar la gracia que debe convertirme, y me convierta sin más demora. Porque, si hallo a tiempo que estoy fuera del camino, con la ayuda de Cristo puedo convertirme y ser restaurado; pero, si aguardo hasta que mi corazón sea abandonado de Dios, en ceguera o en dureza, o hasta que la muerte me arrebate, entonces es demasiado tarde. No hay entonces lugar para el arrepentimiento y la conversión; sé que ha de ser ahora o nunca».
Señores, esta es mi petición para vosotros: que solo toméis vuestros corazones por asunto, y los examinéis así, hasta que veáis, de ser posible, si estáis convertidos o no; y, si no podéis averiguarlo por vuestros propios esfuerzos, id a vuestros ministros, si son hombres fieles y experimentados, y pedidles ayuda. Grande es el asunto; que no os lo impidan ni la vergüenza ni el descuido. Ellos están puestos sobre vosotros para aconsejaros, para la salvación de vuestra alma, como los médicos os aconsejan para la cura de vuestro cuerpo. A muchos millares los pierde el pensar que van por el camino de la salvación cuando no es así, y el creerse convertidos cuando no hay tal cosa. Y entonces, cuando les rogamos que se conviertan, se van como vinieron, y piensan que esto no les concierne, pues ya están convertidos, y esperan que les irá bastante bien en el camino en que están; al menos si tan solo escogen la senda más limpia, y evitan algunos de los pasos más sucios; cuando, ¡ay!, todo este tiempo no viven sino para el mundo y la carne, y son extraños a Dios y a la vida eterna, y están del todo fuera del camino del cielo. Y todo esto se debe en gran parte a que no podemos persuadirlos a que dediquen unos pocos pensamientos serios a su condición, y a que pasen unas pocas horas examinando su estado. ¿No hay acaso más de un miserable que se engaña a sí mismo, que me oye este día, y que jamás empleó una sola hora en toda su vida en examinar su alma, y probar si está verdaderamente convertido o no? ¡Oh Dios misericordioso, que cuidarás de tales miserables que ya no cuidan de sí mismos, y que harás tanto por salvarlos del infierno y llevarlos al cielo, cuando ellos hacen tan poco por sí mismos! Si todos los que van camino del infierno tan solo lo supieran, no se atreverían a continuar en él. La mayor esperanza que tiene el diablo de llevaros a la condenación sin rescate está en manteneros con los ojos vendados e ignorantes de vuestro estado, y en haceros creer que podéis ir bastante bien en el camino en que estáis. Si supierais que estáis fuera del camino del cielo, y perdidos para siempre si murierais tal como estáis, ¿os atreveríais a dormir otra noche en el estado en que estáis? ¿Os atreveríais a vivir otro día en él? ¿Podríais reír de corazón o alegraros en tal estado? ¡Cómo! ¡Y sin saber si acaso podéis ser arrebatados al infierno dentro de una hora! De seguro os obligaría a abandonar vuestra antigua compañía y proceder, y a acogeros a los caminos de la santidad y a la comunión de los santos; de seguro os impulsaría a clamar a Dios por un corazón nuevo, y a buscar la ayuda de los que son idóneos para aconsejaros. De seguro no hay entre vosotros ninguno a quien no le importe ser condenado. Pues bien, os ruego que sin demora indaguéis en vuestros corazones, y no les deis reposo hasta averiguar vuestra condición; para que, si es buena, os regocijéis en ella, y sigáis adelante; y, si es mala, miréis al punto por vuestra recuperación, como hombres que creen que han de convertirse o morir. ¿Qué decís, señores? ¿Os resolveréis, y prometeréis, a tomaros tanto trabajo por vuestras propias almas? ¿Os pondréis a este examen de vosotros mismos cuando lleguéis a casa? ¿Es irrazonable mi petición? Vuestras conciencias saben que no lo es. Resolveos, pues, a ello, antes de moveros, sabiendo cuánto atañe a vuestras almas. Os ruego, por amor de aquel Dios que os lo manda, ante cuyo tribunal todos compareceréis en breve, que no me neguéis esta razonable petición; por amor de las almas que han de convertirse o morir, os ruego que no me la neguéis; siquiera para que hagáis vuestro empeño el entender vuestra propia condición, y edificar sobre suelo firme, y saber, de un modo u otro, si estáis convertidos o no, y no arriesguéis vuestras almas en una seguridad negligente.
Capítulo 3 completado
Sermón I