Capítulo 6 · 5 min de lectura · 7 min de escucha
Mi primer y último baile
PARA entonces ya era una muchacha bastante crecida, de modo que mi madre dispuso que yo me quedara en casa, hiciera las tareas y cuidara de los niños más pequeños mientras ella salía a trabajar a jornal. Mi hermana mayor entró a servir, y todo el cuidado de cuatro chiquillos recayó sobre mí, cosa que no me agradaba en absoluto.
Por este tiempo mis padres se mudaron a Albany, donde había una iglesia metodista africana. Mi padre y mi madre se unieron a la iglesia, y asistían con regularidad a todos los cultos, llevando consigo a todos los niños. Esta fue la primera vez en mi vida que pude entender, con algún grado de inteligencia, lo que era la religión. El ministro visitaba a menudo nuestra casa, cantando, orando y hablando con todos nosotros. Estas visitas me conmovieron mucho, y empecé a ver tal belleza en la religión que resolví servir a Dios pasara lo que pasara. Pero pronto quebranté esta resolución, porque la había hecho con mis propias fuerzas.
Las pompas y vanidades de este mundo empezaron a absorber mi atención como nunca antes. Estaba justo en la edad de dejarme arrastrar por malas compañías. Conseguía el permiso de mi madre para visitar a algunas de las muchachas, y luego me iba a una fiesta; y una vez fui al teatro, la única vez que fui en mi vida. Mi madre se enteró y me castigó con tanta severidad que nunca más tuve deseos de volver. Así cambié las cosas del reino por las necedades del mundo.
Durante todo este tiempo la convicción de pecado me perseguía, y había momentos en que sentía un débil deseo de servir al Señor; pero había probado el mundo y pensaba que no podía renunciar a sus placeres vanos. El Espíritu Santo parecía no contender ya conmigo; aparentemente me había dejado que me saciara del mundo y de sus placeres. Sin embargo, no me olvidé por completo de Dios. Iba a la iglesia y rezaba mis oraciones, aunque no tan a menudo como antes. Doy gracias a mi Padre celestial porque no me abandonó del todo a mi propia destrucción, sino que me siguió, a veces amargando mis placeres y desbaratando mis planes de felicidad mundana, y guardándome con suma bondad de seguir del todo la inclinación de mis deseos.
Mis padres tenían en aquel tiempo muchos problemas con mi hermana mayor, que se escapaba de casa e iba a los bailes, lugar prohibido para todos nosotros. La primera vez que intenté bailar fue en una reunión para hacer colchas, adonde los muchachos vinieron por la tarde y trajeron consigo a un anciano para tocar el violín. Rechacé varias invitaciones, temiendo que mi madre viniera o mandara a buscarme; pero, como no lo hizo, cedí a la insistencia del viejo violinista y salí con él a la pista a bailar.
La última vez que intenté bailar en público me pareció sentir una mano pesada sobre el brazo que me sacaba de la pista. Me asusté tanto que me caí; toda la gente se agolpó a mi alrededor preguntando qué me pasaba, pensando que estaba enferma. Les dije que no estaba enferma, sino que estaba mal que yo bailara. Unas carcajadas tan estrepitosas y burlonas como las que recibieron mi respuesta creo que pocas veces se oyen de este lado de las puertas del tormento, y solo cuando se abren para recibir a un falso profesante del cristianismo. Me llamaron «tontita metodista» y me instaron a intentarlo de nuevo. Avergonzada, lo intenté otra vez, pero apenas había dado unos pasos cuando me sobrevino una sensación de ahogo, y sentí la misma mano pesada que me agarraba el brazo, y en mis oídos una voz que seguía diciendo: «¡Arrepiéntete! ¡Arrepiéntete!». Al instante dejé la pista y me dejé caer en un asiento. La concurrencia se reunió a mi alrededor, pero no con carcajadas burlonas como antes; una presencia invisible parecía llenar el lugar. El baile se deshizo, y todos se fueron muy callados. Así fui otra vez como «un tizón arrebatado del fuego».
Si me hubiera empeñado en bailar, creo que Dios me habría herido de muerte allí mismo. Querido lector, ¿te entregas a esta necedad tan engañosa del baile? Reflexiona un momento; pregúntate: ¿Qué bien me hace todo este desgaste del cuerpo y de la mente? Estás arruinando tu salud, malgastando tu dinero y perdiendo todo gusto por las cosas espirituales. ¿Qué bien te hace? ¿Te ayuda el baile a ser mejor cristiano? ¿Hace más brillante tu esperanza de felicidad más allá de la tumba? El Espíritu Santo susurra a lo más íntimo de tu alma que salgas de en medio de los impíos y te apartes.
A menudo me dicen que la Biblia no condena el baile, que David danzó. Sí, David danzó, pero danzó para expresar al Señor su piadoso gozo. Así también danzó Miriam, pero fue un acto de adoración, acompañado de un himno de alabanza. La hija de Herodes, que era pagana, danzó, y su danza causó la decapitación de uno de los siervos de Dios. ¿Encuentras en estos ejemplos algo que favorezca el baile? No, no; mil veces no. Quita tus ídolos y da a Dios todo el corazón.
Después del baile al que me he referido, pasé varios días y noches en agonía de oración, pidiendo a Dios que tuviera misericordia de mí; pero el velo seguía puesto sobre mi corazón. Poco después se dio una gran fiesta, a la que fue invitada toda nuestra familia. Yo no tenía ganas de ir, pero mi madre insistió en que fuera, diciendo que me haría bien, porque llevaba varios días alicaída. Así que fui a la fiesta. Allí reí y canté y tomé parte en todos los juegos de la velada, y pronto mi convicción de pecado se desvaneció y su lugar lo ocuparon las diversiones necias.
Madres, no sabéis lo que hacéis cuando instáis a vuestra hija a ir a fiestas para que se alegre. Puede que incluso estéis causando la perdición eterna de esa hija. Dios os ayude, madres, a obrar bien.
Capítulo 6 completado
Mi primer y último baile