Un tizón arrebatado del fuego
No améis al mundo

Capítulo 29 · 5 min de lectura · 7 min de escucha

No améis al mundo

«Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él.» 1 Juan 2:15. El espíritu que está en el mundo es muy diferente del Espíritu que es de Dios; sin embargo, muchos se imaginan vanamente que pueden unir los dos. Pero, como leemos en Lucas 16:26, así sucede entre el espíritu del mundo y el Espíritu que es de Dios. Hay una gran sima puesta entre ellos, una sima que corta toda unión y todo trato; y esa sima impedirá eternamente el menor grado de comunión en espíritu.

Si somos de Dios y tenemos el amor del Padre en nuestro corazón, no somos del mundo, porque todo lo que es del mundo no es de Dios. Tenemos que ser lo uno o lo otro. No podemos unir el cielo y el infierno, la luz y las tinieblas. La honra mundana, el placer mundano, la grandeza mundana, los designios mundanos y las ocupaciones mundanas son todos incompatibles con el amor del Padre y con aquel reino de justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo, que no es del mundo, sino de Dios. Por eso Dios dice: «No os conforméis a este mundo, sino transformaos por la renovación de vuestro entendimiento, para que experimentéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.» Romanos 12:2.

Al mirar a los cristianos profesantes de hoy, surge la pregunta: ¿No se conforman todos a las máximas y modas de este mundo, aun muchos de los que profesan haber sido santificados? Pero ellos dicen que la transformación y la renovación de que aquí se habla se refieren, como dice el texto, al entendimiento, no a la ropa. Pero si el entendimiento es renovado, por fuerza ha de afectar a la ropa. Es por la Palabra de Dios por la que hemos de ser juzgados, no por nuestra opinión acerca de la Palabra; por tanto, ¡a la ley y al testimonio! De igual manera dice también la Palabra: «Que las mujeres se atavíen con ropa decorosa, con pudor y modestia; no con peinado ostentoso, ni oro, ni perlas, ni vestidos costosos, sino con buenas obras, como corresponde a mujeres que profesan piedad.» 1 Timoteo 2:9, 10; 1 Pedro 3:3-5. Podría citar muchos pasajes en el mismo sentido, si tuviera tiempo o espacio. ¿No los buscaréis vosotros mismos, y los leeréis con cuidado y con oración?

Queridos cristianos, ¿no es el bajo estado de la religión pura en todas las iglesias el resultado de esta mundanalidad? Hay mucha apariencia exterior; ¿y no presagia esta apariencia exterior los duros juicios de Dios que han de ejecutarse sobre los ministros y los miembros? Malaquías 2:7 dice: «Los labios del sacerdote han de guardar la sabiduría», etc. Pero es un hecho lamentable que los labios de demasiados sacerdotes hablan vanidad. Muchos profesan enseñar, pero pocos son capaces de apacentar a los corderos, mientras las ovejas mueren por falta de alimento y del verdadero conocimiento de la salvación.

Siendo el oficio de los sacerdotes estar entre Dios y el pueblo, deberían conocer la mente de Dios hacia su pueblo: cuál es la voluntad agradable y perfecta de Dios. Bajo la ley se requería que los sacerdotes fueran sin defecto, que todo el hombre interior y exterior fuera tan completo, uniforme y coherente como era posible bajo aquella dispensación; mostrando así la gran pureza que Dios exige a todos los que se acercan a él. «Di a Aarón y a sus hijos que se aparten», etc. El Señor da aquí a los sacerdotes un mandato, bajo severa pena, de que en todos sus acercamientos se santifiquen. Así quería Dios enseñar a sus ministros y a su pueblo que él es un Dios santo, y que ha de ser adorado en la hermosura de la santidad por todos los que entran en su presencia.

El hombre puede desempeñar exteriormente su oficio en la iglesia, y Dios, en su mucha misericordia, puede acercarse al pueblo cuando está devotamente reunido para adorarle; pero si el ministro no ha acudido antes a la fuente que está abierta para el pecado y la inmundicia, ni ha sentido las influencias santificadoras y renovadoras del Espíritu Santo, se sentirá excluido de estas comunicaciones divinas. ¡Oh, que Dios bautice al ministerio y a la iglesia con el Espíritu Santo y con fuego!

Por el bautismo de fuego la iglesia ha de ser purgada de sus formas muertas y de sus nociones sobre el pecado que mora en todos los creyentes hasta la muerte. El Maestro dijo: «Ya vosotros sois limpios por la palabra que os he hablado; permaneced en mí», etc. ¡Oh, bendita unión! Cristiano, Dios quiere afirmar tu corazón irreprensible en santidad. 1 Tesalonicenses 3:13; 4:7; Hebreos 12:14; Romanos 6:19. ¿Le dejarás hacerlo, desechando toda inmundicia de la carne y también del espíritu? «¿No sabéis que sois templo de Dios?», etc. 1 Corintios 3:16, 17; 2 Corintios 6:16, 17. Así seguiremos escudriñando y hallando cuál es la voluntad de Dios respecto de sus hijos. 1 Tesalonicenses 4:3, 4. ¡Bendito sea Dios! Todos podemos tener esa santificación interior e instantánea por la cual la raíz, el pecado que mora dentro, es destruida.

No me malinterpretéis. No enseño la perfección absoluta, porque esa pertenece solo a Dios. Tampoco me refiero a un estado de perfección angélica o adámica, sino a la perfección cristiana: la extinción de toda disposición contraria al amor.

«Ahora, el Dios de paz os santifique por completo: todo vuestro espíritu, alma y cuerpo. 1 Tesalonicenses 5:23. ¡Gloria a la sangre!» «Fiel es el que os ha llamado; el cual también lo hará.» Pablo dice: Él es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos. Efesios 3:20.

Amado lector, recuerda que no puedes cometer pecado y ser cristiano, porque «el que hace pecado es del diablo». Si eres regenerado, el pecado no reina en tu cuerpo mortal; pero si eres santificado, el pecado no existe en ti. El único fundamento de nuestra perfecta paz respecto de toda la mente carnal está en la sangre de Jesús, porque él es nuestra paz, a quien Dios ha puesto como propiciación por medio de la fe en su sangre. «Por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes», habiendo entrado en el lugar santísimo por la sangre de Jesús.

Que la sangre sea el centinela que mantenga fuera al tentador, para que tengas paz constante dentro; porque Satanás no puede cruzar las aguas a nado. Isaías 30:7.

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