Un tizón arrebatado del fuego
Reencuentro con un hermano perdido

Capítulo 16 · 3 min de lectura · 4 min de escucha

Reencuentro con un hermano perdido

Como no tenía hijos, después de la partida de mi esposo disponía de bastante tiempo libre, así que visité a muchos de los pobres y desamparados, leyéndoles y hablándoles de Jesús, el Salvador. Un día el Espíritu me guió a visitar el Hospital de la Marina. Al pasar por una de las salas, oí que alguien me llamaba por mi nombre de soltera. Fui al catre de donde venía la voz y vi lo que me pareció un esqueleto humano. Al mirarlo, empecé a reconocer el parecido de familia, y reconocí a mi hermano mayor, que se había ido de casa muchos años antes, cuando yo era muy pequeña. Como no habíamos sabido nada de él, lo habíamos llorado como muerto. Con voz débil me contó su vida errante de marinero; «y ahora, hermana», dijo, «me estoy muriendo».

Le pregunté si estaba dispuesto a morir, si estaba preparado para comparecer ante Dios. «¡No, oh, no!», dijo. Le rogué que orara. Movió la cabeza, diciendo: «No puedo orar; mi corazón está demasiado duro, y mi mente oscura y confundida», y luego clamó, en la agonía de su alma: «¡Oh, ese terrible infierno de fuego! ¿Cómo puedo escapar de él?».

Le insté a orar y a creer que Jesús murió por todos. Oré por él y me quedé a su lado todo lo que pude. Una mañana, cuando fui a verlo, me mostraron sus restos sin vida en el depósito de cadáveres. Fue, en verdad, un momento solemne para mí.

Tenía muy poca esperanza en cuanto a la muerte de mi hermano. Pero hay un Sumo Sacerdote que vive siempre para interceder por todos, y confío en que él prevaleció. El Señor es el Juez de toda la tierra, y todas las almas están en sus manos, y de ningún modo tendrá al culpable por inocente, aunque es misericordioso y sabio. La incredulidad voluntaria es un pecado que clama al cielo, y no quedará sin castigo. Dios juzga con justicia, y es el vengador de todo pecado. La justicia se aplica a todos, ya sea aquí o en la eternidad. ¡Alabado sea el Señor! Toda mi alma se une para decir: ¡Alabado sea el Señor!

Dios, en su gran misericordia, me devolvió a mi esposo sano y salvo, por lo cual me incliné con gran gratitud. George me contó que el barco era un mal lugar para servir al Señor, y que lo que más oía eran juramentos. Dijo que a veces se escabullía para orar, y que en una ocasión el capitán lo sorprendió, lo llamó «necio» y le dijo que se levantara y se pusiera a trabajar. A pesar de todo esto, mi esposo se enroló para un segundo viaje. ¡Alabado sea el Señor! Me libró de sentir dolor en la despedida. Con gozo podía decir: «¡Oh Dios, presente en todas partes, hágase tu voluntad!».

Durante el año que llevaba fuera de casa, me habían llegado con bastante frecuencia cartas de mis padres y amigos, que me llenaban de alegría y de gratitud por las muchas bendiciones y palabras de aliento que contenían. Pero ahora llegó una carta con la noticia de que mi familia estaba a punto de mudarse a Silver Lake, que quedaba mucho más lejos de mí. Fui temblando a mi Padre celestial, quien al instante me dio gracia y fuerza.

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