Capítulo 13 · 3 min de lectura · 4 min de escucha
Boston — La obra de la salvación plena
Al llegar a Boston, después de un viaje largo y fatigoso, fuimos enseguida a la casa de la señora Burrows, donde mi esposo había dispuesto que yo me hospedara mientras él estaba fuera trabajando durante la semana. Él trabajaba en Chelsea, y no podía venir a ver cómo estaba yo más que una vez por semana. Los huéspedes de aquella casa eran en su mayoría caballeros, y casi todos estaban sin Cristo. La señora Burrows era miembro de la iglesia, pero no sabía nada de los gozos plenos de la salvación.
El primer domingo que pasé allí fui a la iglesia, me quedé a la reunión de clase, entregué al ministro mi carta de membresía y fui recibida en la iglesia. Al dar mi primer testimonio, hablé de mi conversión, completa y feliz, y de mi santificación como una segunda y distinta obra del Espíritu Santo.
Después de la reunión de clase, muchos se me acercaron haciendo preguntas acerca de la santificación; otros se quedaron aparte, en grupos, conversando, mientras unos pocos me siguieron hasta mi casa de huéspedes. Todos parecían muy alterados por lo que les había contado. Empecé a ver que no había sido la voz del hombre la que me había mandado salir de mi tierra natal y de mi parentela, sino la voz de mi amado Señor. Estaba completamente preparada para todo lo que siguió, sabiendo que «a los que a Dios aman, todas las cosas les ayudan a bien». El cambio de gente, de lugares y de circunstancias no pesaba nada para mí, porque tenía una morada segura con mi Padre. Algunas personas me habían tratado con un espíritu tan poco cristiano que yo les había hablado, y había hablado de ellas, de manera bastante imprudente. Ahora veía cada vez más la gran necesidad de ordenar todas mis palabras como en la presencia inmediata de Dios, para poder mantener aquella pureza de labios y de vida que el evangelio exigía. Dios es santo, y si yo quería gozar de comunión constante con él, debía guardar todas las entradas de mi alma y vigilar cada pensamiento de mi corazón y cada palabra de mi lengua, para ser sin mancha delante de él en amor. El Señor me ayude a estar siempre en guardia, y, habiendo acabado todo, a estar firme. Amén y amén.
A los pocos meses mi esposo alquiló una casa justo al otro lado del camino, frente a mi casa de huéspedes, y me puse a llevar mi propio hogar. «Mamá» Riley, una cristiana excelentísima, llegó a ser como una madre para mí en esta tierra extraña, lejos de mi propia y querida madre. ¡Bendito sea el Señor! Él suplió todo lo que me faltaba. «Mamá» Riley tenía dos hijas mayores; una, más o menos de mi edad, estaba casada y tenía dos hijos. Eran unas mujeres cristianas muy queridas, y como hermanas para mí. La madre creía haber gozado en otro tiempo de la bendición de la pureza de corazón, pero las muchachas nunca habían oído hablar de que uno pudiera ser santificado y que se le permitiera seguir viviendo.* La mayor, que estaba tísica y era de salud delicada, pronto se interesó profundamente en el tema. Comenzó a tener hambre y sed de justicia, y no descansó hasta ser lavada y limpiada en la sangre de Jesús. Su testimonio, claro y preciso, tuvo un gran efecto sobre la iglesia, pues su familia era una de las primeras de la comunidad en riqueza y posición.
Dios honró maravillosamente la fe de esta joven santa en su incesante trabajo por los demás.
Asistíamos a reuniones y visitábamos de casa en casa, juntas, casi constantemente, cuando ella podía salir. ¡Gloria a Dios! La iglesia se avivó mucho; algunos se sumergieron en el océano del amor perfecto y salieron testificando del poder de la sangre. Otros no lo creyeron y ridiculizaron esta «doctrina necia», como la llamaban, diciendo que era tan imposible vivir sin cometer pecado como vivir sin comer, y aducían pasajes sueltos de la Escritura para respaldarse.
Capítulo 13 completado
Boston — La obra de la salvación plena