Un tizón arrebatado del fuego
Mi matrimonio

Capítulo 12 · 4 min de lectura · 5 min de escucha

Mi matrimonio

Poco después de mi conversión, un joven que me había acompañado a lugares de diversión, y por quien yo había llegado a sentir bastante afecto, profesó fe en Cristo y se unió a la misma iglesia a la que yo pertenecía. Pocos meses después me propuso matrimonio. Luché no poco por apartar de mi mente aquella idea, principalmente porque él no estaba santificado. Pero mis sentimientos estaban tan comprometidos que tuve la seguridad de que algún día sería mi esposo. Le leía y le hablaba sobre el tema de un corazón limpio. Él asentía a todos mis argumentos, diciendo que lo creía y que lo buscaría.

Durante las pocas semanas que permaneció con nosotros trabajé mucho con él para que alcanzara la liberación, pero nos dejó para irse a Boston, Mass. Nos escribíamos con regularidad; él me contaba lo mucho que gozaba en la religión, pero que no oía nada acerca de la santificación. Grande era mi ansiedad de que el diablo le arrebatara del corazón la buena semilla. El Señor, y solo él, sabe cuántas veces le supliqué que hiciera brillar la clara luz de la santidad en el corazón de aquel hombre. En medio de todo esto mi pensamiento perseveraba en Dios; descansaba en la voluntad del Señor.

Una noche, como un mes después de su partida, no podía dormir, porque el tentador andaba inusualmente ocupado conmigo. Me levanté y me postré delante del Señor. Estando así, rostro en tierra, me vinieron estas palabras de Dios: «Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas; mas fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado» (Hebreos 4:15). Al instante me levanté, dando gracias a Dios por sus preciosas palabras; tomé mi Biblia y las leí una y otra vez, así como el versículo dieciocho del segundo capítulo de Hebreos. No tenía conciencia de haber cometido pecado, y clamé: «Apártate de mí, Satanás; soy del Señor». Con eso el tentador se fue, y yo me entregué, con todos mis intereses, en las manos de Dios. ¡Gloria a su santo nombre! «Por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud», y de su plenitud he tomado yo, y gracia por gracia.

«Alabad a Dios, de quien fluye todo bien; alabadle, criaturas todas aquí abajo.»

El día que siguió a aquella noche de tentación fue de gran paz —paz que fluía como un río, hasta desbordarse de su cauce—, y apareció tal gloria del Señor que casi me privó de las fuerzas corporales. Olvidé todo trabajo y toda preocupación.

Esto fue justo un año después de que mi corazón fuera vaciado de pecado. Por la fe recibí al Salvador, y en esa misma fe he perseverado desde entonces, y he comprobado que él es poderoso para guardar del pecado. ¡Bendito sea Dios! Todos mis deseos están satisfechos en él. Él es en verdad mi Dios reconciliado, el Cristo Jesús cuya preciosa sangre es toda mi justicia.

«Nada bueno que yo haya hecho; nada sino la sangre de Jesús.»

¡Gloria a la sangre que me compró! ¡Gloria a la sangre que me limpió! ¡Gloria a la sangre que me guarda limpia! A mí, un tizón arrebatado del fuego.

George volvió como al año para reclamarme como su esposa. Seguía dando pruebas de ser cristiano, pero no había sido limpiado de la mente carnal. Yo seguía orando por su santificación, y deseaba que se realizara antes de nuestra unión, pero le tenía tanto cariño que no pude resistir sus ruegos; así que, en el tiempo señalado, nos casamos, en la iglesia, en presencia de mucha gente, muchos de los cuales nos siguieron a la casa de mi padre para darnos sus felicitaciones.

Solo nos quedamos en casa un día después de la ceremonia. Ese día lo pasé preparando nuestra partida y despidiéndome de mis amigos. Por tiernamente que amara a mis padres, y por mucho que amara a la iglesia, me encontré muy dispuesta a dejarlos a todos según lo dispuesto por Dios.

Al día siguiente, acompañados por varios amigos, partimos hacia Boston en una diligencia a la antigua, pues en aquel tiempo no había ferrocarriles. Mientras viajábamos, yo admiraba la bondad de Dios, y mi corazón rebosaba de gratitud hacia él, que me había bendecido con el poder de escoger su voluntad y me había hecho capaz de decir con verdad: «Gustosa lo dejo todo para seguirte».

En otro tiempo, la idea de dejar la casa de mi padre para ir a vivir entre extraños me habría parecido terrible, pero ahora me regocijaba de ser tan favorecida como para ser llamada a hacer este pequeño sacrificio y demostrar mi amor a aquel que dice: «El que ama padre o madre más que a mí, no es digno de mí».

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