Capítulo 11 · 2 min de lectura · 3 min de escucha
Una religión tan antigua como la Biblia
Un día el pastor de nuestra iglesia vino a verme para hablar de mi «nueva religión», como él la llamaba. Tomé mi Biblia y le leí muchos de mis pasajes preferidos, como: «Venid, oíd todos los que teméis a Dios, y contaré lo que ha hecho a mi alma» (Salmos 66:16). «Bienaventurado aquel cuya transgresión es perdonada, y cubierto su pecado» (Salmos 32:1). Mientras leía este versículo, todo mi ser se llenó de tal manera de la gloria de Dios que exclamé: «¡Gloria a Jesús! Él me ha librado de la culpa del pecado, y el pecado ya no se enseñorea de mí; Cristo me hace santa además de feliz».
También leí estas palabras de Ezequiel 36: «Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados; de todas vuestras inmundicias y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra».
Dejé de leer y le pedí al predicador que me explicara estos últimos versículos. Me respondió: «Están muy bien todos; pero debes recordar que eres demasiado joven para leer y dar lecciones a personas mayores que tú, y muchos en la iglesia están descontentos con tu manera de hablar y de obrar». Mientras me contestaba, el Señor habló a mi corazón y la gloria llenó mi alma. Le dije: «Mi querido ministro, ojalá todos fueran a Jesús en oración y con fe, y él les enseñará como me ha enseñado a mí». Cuando el ministro se fue, prorrumpí sin querer en alabanzas:
«Mi alma está llena de gloria que inspira mi lengua; si me encontrara con ángeles, les cantaría un canto».
Aunque mis dones eran bien pequeños, nada de lo que los hombres pudieran pensar o decir me hacía vacilar.
Seguí día tras día, mes tras mes, andando en luz, como él está en luz, en comunión con la Trinidad y con aquellos santos ancianos. La sangre de Jesucristo me limpiaba de todo pecado y me capacitaba para regocijarme en la persecución.
¡Bendice, alma mía, al Señor por esta salvación maravillosa, que me arrebató como tizón del fuego, aun a mí, una pobre muchacha ignorante!
¿Y no hará él por todos lo que hizo por mí? ¡Sí, sí! Dios no hace acepción de personas; la sangre de Jesús lavará todo tu pecado y te hará más blanco que la nieve.
Capítulo 11 completado
Una religión tan antigua como la Biblia