Biografía
- 1515
- 1535
- 1554
- 1559
- 1582
No es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama.
Hoy se recuerda a Teresa de Ávila como mística, una santa cuyas visiones Bernini esculpió en mármol y cuyos libros se siguen leyendo cinco siglos después de su muerte. Vale la pena empezar, entonces, por el hecho menos místico de su vida: durante unos veinte años fue una monja que apenas sabía orar. Rezaba las horas, vestía el hábito, estaba dentro de toda la maquinaria de la vida religiosa y, según su propio relato, pasó la mayor parte de esas dos décadas inquieta, distraída y tibia delante de Dios. La mujer a quien la Iglesia un día nombraría su primera Doctora pasó sus primeros veinte años en el claustro como una religiosa corriente, que batallaba y no destacaba en nada. Eso no es una nota al pie de su santidad. Es el camino que llevó a ella.
Una hija de Ávila
Nació como Teresa de Cepeda y Ahumada el 28 de marzo de 1515, en la amurallada ciudad castellana de Ávila. Su familia era próspera, pero arrastraba una sombra que aquella época no perdonaba con facilidad: su abuelo paterno era un judío que se había convertido al cristianismo y había sido reconciliado por la Inquisición de Toledo en 1485. Teresa era, en el lenguaje de entonces, de ascendencia conversa, un origen que hacía que la posición de su familia nunca estuviera del todo segura en una España obsesionada con la limpieza de sangre. Creció despierta, sociable y aficionada al mundo, a ratos devota y a ratos vanidosa.
Su madre, Beatriz, murió cuando Teresa tenía unos trece años. La muchacha, afligida, acudió a una imagen de la Virgen y le pidió que fuera madre en su lugar: el primer gesto de una vida que no dejaría de convertir el dolor y el anhelo en oración. Pocos años después su padre la internó por un tiempo en un colegio de monjas; y poco a poco, contra su propia resistencia y contra la oposición inicial de su padre, llegó a creer que estaba llamada a la vida religiosa.
En 1535 entró en el monasterio carmelita de la Encarnación de Ávila, y profesó sus votos en 1537. Lo que siguió no fue un ascenso en línea recta. Cayó gravemente enferma, tanto que en cierto momento la dieron por muerta y le prepararon la sepultura. Se recuperó, pero su salud quedó quebrantada de por vida, y su oración se aflojó. La Encarnación era una casa grande, cómoda y medio mundana, donde las monjas recibían visitas y conservaban bienes propios, y Teresa —encantadora, muy querida, fácil de distraer— se dejó llevar por la corriente. Más tarde hablaría de aquellos años sin concederse nada, sin culpar a nadie más que a sí misma de una vida de oración que ella llamó mediocre y casi abandonada.
El Cristo llagado
El cambio, cuando llegó, llegó tarde y llegó de golpe. Hacia 1554, con casi cuarenta años y casi veinte de monja, Teresa pasó junto a una imagen que habían traído al convento: un Ecce Homo, una imagen de Cristo azotado y llagado antes de su muerte. Se detuvo. Algo en la visión de aquel sufrimiento la quebró por dentro. Se arrojó al suelo delante de él, deshecha en lágrimas, y suplicó a Dios que la fortaleciera de una vez por todas. Por esos mismos días leyó las Confesiones de san Agustín —un alma inquieta que se reconocía en otra— y encontró allí las palabras para lo que le estaba sucediendo.
Esta es la bisagra de su vida. Todo lo que hoy el mundo asocia con Teresa —las visiones, la reforma, los libros— viene después de ese momento, y nada de ello viene antes. La mística no nació de una piedad natural, sino de una mujer que por fin se rindió, a los cuarenta años, tras veinte años perdidos, delante de una imagen quebrantada de Cristo.
La oración como amistad
De aquella entrega nació la enseñanza por la que se la ama. Teresa no concebía la oración como una actuación, ni como una técnica para los espiritualmente dotados. La concebía como una relación: sencilla, personal y al alcance de cualquiera que estuviera dispuesto a dedicarle tiempo. Su definición de la oración mental, escrita en el capítulo octavo de su Libro de la vida, es la frase más citada de cuanto escribió, y es de una sencillez que desarma:
No es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama.
— Teresa de Ávila, Libro de la vida
Todo lo demás en sus escritos espirituales es un desplegarse de esa frase. En la Vida comparó el crecimiento de la oración con cuatro maneras de regar un huerto: sacar el agua de un pozo a mano, que es la trabajosa oración de los principiantes; sacarla con noria, que cuesta menos; dejar correr un río o arroyo, que cuesta menos aún; y por último la lluvia, que nada pide al hortelano y es dada enteramente por Dios. Años más tarde, en Las moradas, imaginó el alma como un castillo de cristal transparente con siete clases de moradas, y la vida de oración como un viaje hacia dentro a través de ellas, hasta la morada más íntima donde habita Dios. Escribía para sus propias monjas, con una voz cálida, directa y a veces bromista, e insistía siempre en que esa amistad con Dios no estaba reservada a los extraordinarios.
El fuego y el dardo
Las experiencias místicas de Teresa fueron vívidas, y ella las contó con la misma llaneza con que contaba todo lo demás. La más famosa, que describe en el capítulo veintinueve de su Vida y que suele fecharse hacia 1559, la ofrece enteramente como testimonio propio, y es justo recibirla así: como lo que ella dijo que le sucedió. Vio junto a sí, escribió, a un ángel en forma corporal, pequeño y muy hermoso, con el rostro encendido. En las manos tenía un largo dardo de oro con la punta de fuego, y se lo hundía una y otra vez en el corazón, hasta llegarle a las entrañas. El dolor, dijo, era tan grande que la hacía quejarse en voz alta; y sin embargo era tan suave que no podía desear que se le quitara, y la dejaba toda abrasada en un gran amor de Dios.
Es esta escena la que Bernini fijó después en mármol en Roma. La propia Teresa habría recelado de tanta atención; desconfiaba de las experiencias espirituales que el alma iba buscando, y siempre apartaba a sus monjas de los arrobamientos para devolverlas al trabajo corriente y escondido del amor y la obediencia. El fuego en el corazón, para ella, nunca fue lo esencial. Lo esencial era la amistad.
Descalza, y por los caminos
Una mujer tan viva para Dios no podía quedarse tranquila en una casa relajada y cómoda. Teresa se convenció de que la vida carmelita necesitaba volver a sus raíces: comunidades pequeñas, de estricta clausura, que vivieran en verdadera pobreza, entregadas a la oración. En 1562 fundó el primer convento reformado, el de San José de Ávila, inaugurado el 24 de agosto. Las monjas de allí no poseían nada, no aceptaban rentas, vestían hábitos toscos y sandalias de cuerda y esparto. De aquellos pies descalzos vino el nombre que les quedó: las carmelitas Descalzas, las que andaban «sin zapatos».
La oposición fue inmediata y feroz. Las autoridades de la ciudad de Ávila la llevaron a los tribunales, alarmadas ante un convento sin rentas ni medio visible de sustento. A los eclesiásticos les inquietaba una mujer que enseñaba la oración mental con tanta audacia, en una época en que la Inquisición vigilaba muy de cerca estas cosas y la vida interior de una monja podía tenerse por peligrosa. Teresa hizo frente a todo ello con una combinación en la que los documentos no dejan de insistir: era una auténtica contemplativa y, a la vez, una organizadora astuta, graciosa e infatigable. A lo largo de los veinte años siguientes, con mala salud y por los malos caminos de Castilla, fundó convento tras convento por toda España.
En 1567, en Medina del Campo, conoció a un joven fraile, menudo e intenso, que quería llevar la misma reforma a los hombres de la orden. Se llamaba Juan de la Cruz, y llegaría a ser por derecho propio uno de los más grandes poetas y místicos de la tradición cristiana. Juntos pusieron en marcha la reforma entre los frailes, cuya primera casa se abrió en Duruelo en 1568. Fue una alianza costosa. Hacia 1575 estalló una amarga guerra de jurisdicciones entre los Descalzos y los carmelitas Calzados («con zapatos»), más antiguos; Juan fue apresado y encarcelado por sus adversarios; Teresa estuvo, durante un tiempo, recluida y silenciada. Solo en 1580 se reconoció por fin a los Descalzos como provincia aparte, y la reforma quedó asegurada.
A través de todo ello llevaba consigo un papelito, hallado tras su muerte en su breviario, escrito de su puño y letra: unos pocos versos que encierran todo el temple de una vida vivida bajo la enfermedad, la sospecha, los pleitos y el camino:
Nada te turbe, nada te espante; todo se pasa, Dios no se muda. La paciencia todo lo alcanza; quien a Dios tiene nada le falta: solo Dios basta.
— Teresa de Ávila, el «Nada te turbe» hallado en su breviario
Lo que dejó, y unas palabras que no dijo
Teresa murió en la noche del 4 al 15 de octubre de 1582 en Alba de Tormes, agotada por un último viaje. Las fechas no son una errata: murió justamente la noche en que entró en vigor el calendario gregoriano, cuando al 4 de octubre le siguió directamente el 15, y por eso su fiesta cae el día quince. Dejó tras de sí una orden reformada, un puñado de conventos pequeños y pobres, y cuatro libros que nunca han dejado de imprimirse: el Libro de la vida, el Camino de perfección, Las moradas o Castillo interior y el Libro de las fundaciones. Fue canonizada en 1622. El 27 de septiembre de 1970, Pablo VI la nombró Doctora de la Iglesia: la primera mujer que recibió jamás ese honor, una semana antes de que el mismo título se concediera a Catalina de Siena.
Toda relación honesta de su vida debe incluir una advertencia. Una oración muy querida que comienza «Cristo no tiene ahora más cuerpo que el tuyo, ni manos ni pies en la tierra sino los tuyos» se imprime con muchísima frecuencia bajo su nombre. No es suya. Es una composición posterior, del siglo XIX o del XX, y por hermosa que sea, atribuírsela a Teresa es un error. Sus verdaderas palabras se sostienen por sí solas y no necesitan préstamos.
Lo que de verdad deja es más pequeño y más fuerte que cualquier oración citable. Deja el testimonio de una mujer que durante veinte años fue exactamente el tipo de creyente cansada, distraída y a medias que casi todos reconocemos, y que fue alcanzada, tarde, delante de un Cristo llagado, y llegó a ser una de las grandes amigas de Dios. Toda su enseñanza puede recogerse en la única frase que nos dejó: que la oración no es ni más ni menos que tratar a solas con quien sabemos nos ama. Tenía casi cuarenta años cuando llegó a creerlo. Pasó el resto de su vida demostrando que era verdad.
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Preguntas y respuestas
¿De dónde venía Teresa de Ávila?
Nació como Teresa de Cepeda y Ahumada el 28 de marzo de 1515 en la amurallada ciudad castellana de Ávila, en el seno de una familia próspera de ascendencia conversa: su abuelo paterno era un judío reconciliado por la Inquisición, de modo que su posición nunca fue del todo segura en una España obsesionada con la limpieza de sangre. Despierta, sociable y a ratos devota y a ratos vanidosa, perdió a su madre a eso de los trece años y acudió a una imagen de la Virgen para pedirle que fuera madre en su lugar. Contra su propia resistencia y la oposición inicial de su padre, entró en el monasterio carmelita de la Encarnación de Ávila en 1535 y profesó sus votos en 1537.
¿Es cierto que pasó unos veinte años como monja que apenas podía orar?
Sí, y ella misma lo dijo sin buscar excusas. Poco después de entrar en el convento cayó tan gravemente enferma que en cierto momento la dieron por muerta y hasta le prepararon una sepultura; se recuperó, pero su salud quedó quebrantada de por vida y su oración se enfrió. Durante casi dos décadas en aquella casa cómoda y medio mundana —donde las monjas recibían visitas y conservaban bienes propios— fue, según su propio relato, una religiosa distraída y mediocre, y no culpó a nadie más que a sí misma.
¿Cuál fue el punto de inflexión en su vida espiritual?
Hacia 1554, cuando rondaba los cuarenta años, Teresa pasó junto a una imagen de Cristo azotado y llagado que habían traído al convento, y la visión de aquel sufrimiento la quebró por dentro. Se arrojó al suelo llorando y suplicó a Dios que la fortaleciera de una vez por todas para no volver a ofenderlo. Al leer por esos mismos días las Confesiones de san Agustín, dató desde aquel día el verdadero comienzo de su oración.
¿Cómo entendía Teresa la oración?
Concebía la oración no como una técnica reservada a los dotados, sino como una amistad abierta a cualquiera que estuviera dispuesto a dedicarle tiempo. En el capítulo octavo de su Libro de la Vida dejó su definición más citada: 'No es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama.' Insistía en que esa cercanía con Dios jamás estaba reservada a los extraordinarios.
¿Qué fue la visión del ángel y la 'transverberación'?
En el capítulo veintinueve de su Libro de la Vida, que suele fecharse hacia 1559, Teresa describió que vio junto a sí a un ángel en forma corpórea, pequeño y hermoso, con el rostro encendido, que sostenía un largo dardo de oro rematado en fuego y se lo clavaba una y otra vez en el corazón. El dolor, escribió, era tan grande que la hacía gemir en voz alta, y a la vez tan dulce que no podía desear verse libre de él, dejándola toda encendida en amor de Dios; es la escena que Bernini tallaría después en mármol en Roma. Con todo, y pese a raptos tan vívidos, Teresa era sobria y práctica, desconfiaba de las experiencias que el alma iba buscando y sin cesar devolvía a sus monjas hacia el trabajo escondido y corriente del amor y la obediencia: para ella el fuego en el corazón nunca era lo esencial, sino la amistad.
¿Cuál fue su reforma de los carmelitas y por qué el nombre de 'Descalzos'?
Convencida de que la vida carmelita necesitaba volver a sus raíces, Teresa fundó un primer convento reformado, el de San José de Ávila, en 1562: pequeño, de estricta clausura y con verdadera pobreza, las monjas sin poseer nada y vistiendo hábitos toscos con sandalias de cuerda y esparto, de donde vino el nombre que se les quedó: las Descalzas, o carmelitas 'sin zapatos'. La oposición fue feroz; la ciudad la llevó a los tribunales por fundar un convento sin rentas, y a los eclesiásticos les inquietaba que una mujer enseñara la oración mental con tanta audacia en plena época de la Inquisición. A lo largo de los veinte años siguientes, con mala salud y por los malos caminos de Castilla, fue fundando convento tras convento por toda España, y afrontó todo aquello a la vez como auténtica contemplativa y como organizadora astuta, graciosa e infatigable.
¿Cuál fue su relación con Juan de la Cruz?
En 1567, en Medina del Campo, Teresa conoció a un joven fraile llamado Juan de la Cruz, que quería llevar la misma reforma a los hombres de la orden, y juntos la pusieron en marcha entre los frailes, cuya primera casa abrió en Duruelo en 1568. La alianza tuvo un alto precio: estalló una amarga guerra de jurisdicciones con los carmelitas calzados más antiguos, Juan fue apresado y encarcelado por sus adversarios, y la propia Teresa estuvo por un tiempo confinada y silenciada. Solo en 1580 se reconoció a los descalzos como provincia aparte, lo que aseguró la reforma.
¿Qué libros escribió Teresa de Ávila?
Dejó cuatro libros que nunca han dejado de reimprimirse: el Libro de la Vida, el Camino de perfección, El Castillo interior (Las Moradas) y el Libro de las Fundaciones. En El Castillo interior imaginó el alma como un castillo de cristal transparente con siete conjuntos de moradas, y la vida de oración como un viaje hacia dentro, hacia la morada más íntima donde habita Dios. Escribía con una voz cálida, directa y a veces bromista, sobre todo para sus propias monjas.
¿Qué es la oración 'Nada te turbe' hallada en su breviario?
Tras su muerte se encontró en su breviario un pequeño papel de su puño y letra que llevaba estos versos: 'Nada te turbe, nada te espante; todo se pasa, Dios no se muda. La paciencia todo lo alcanza; quien a Dios tiene nada le falta: solo Dios basta.' Conocida por su comienzo, 'Nada te turbe,' encierra todo el temple de una vida vivida bajo la enfermedad, la sospecha, los pleitos y el camino.
¿Cómo murió y por qué se la llama Doctora de la Iglesia?
Teresa murió en la noche del 4 al 15 de octubre de 1582 en Alba de Tormes, agotada por un último viaje; las fechas extrañas son reales, porque murió la mismísima noche en que entró en vigor el calendario gregoriano, razón por la cual su fiesta cae el 15 de octubre. Fue canonizada en 1622, y el 27 de septiembre de 1970 el papa Pablo VI la nombró Doctora de la Iglesia: la primera mujer honrada así, por el valor perdurable de su enseñanza sobre la oración.
