En breve
Elliot sobre el significado de la cruz: la verdad que los cristianos nunca dejan de necesitar recordar, y el derecho que reclama sobre la vida entera.
El significado de la cruz. Nunca podemos ir más allá de la necesidad de recordarnos lo que significa la cruz. Creo que Dios quiere que la cruz penetre hondo, como una espada, en la vida de cada uno de nosotros.
Así que, cuando hablo del significado de la cruz, hablo del significado profundo y personal de ese tremendo símbolo de nuestra fe. Cuando era niña empecé a amar los himnos sobre la cruz. Estoy segura de que muchas veces, cuando la gente me ha preguntado cuál es mi himno favorito, he contestado: «Bajo la cruz de Jesús».
Fue cuando tenía unos catorce años que me di cuenta de que mentía cuando cantaba ese himno. Porque, tal como está, dice: «Tomo, oh cruz, tu sombra por mi morada; no pido otro sol que el sol de su rostro».
Y pensé: yo conozco muchísimas clases de sol que me gustarían, que pediría, además del sol del rostro de Jesús. Pero he aprendido que estas expresiones tan elevadas del deseo espiritual no siempre podemos decirlas con sinceridad, pero sí podemos convertirlas en oración. Y así canto estos himnos, no mintiendo, sino diciendo sencillamente: «Señor, ayúdame a poder decir esto con sinceridad; haz que esto sea real en mi vida».
Pero pasaron muchos años más antes de que pensara a fondo en el significado de esas palabras, y todo el himno es un intento de mostrar que la cruz, que es un símbolo del sufrimiento, y significa tortura, ¿no es así? La cruz en la que clavaron a Jesús era el instrumento de ejecución en tiempos de Jesús. Y estoy segura de que muchas de vosotras lleváis hoy una crucecita de oro colgada al cuello. Pues bien, ¿os imagináis llevar una sillita eléctrica de oro colgada al cuello? Nos parecería la idea más horrible.
Y, sin embargo, la cruz era el instrumento de tortura y de muerte en tiempos de Jesús. Pero él ha transformado ese instrumento para todos nosotros, para todos los tiempos, de modo que de verdad podemos cantar: «En la cruz de Cristo me glorío, que se alza por encima de las ruinas del tiempo». Ese es otro de los grandes himnos sobre la cruz.
Volviendo a «Bajo la cruz de Jesús», lo que Elizabeth Clephane, la autora de ese himno, nos señalaba es que era la sombra de una roca poderosa en una tierra cansada, un hogar en medio del desierto, un descanso en el camino. ¿Habéis pensado alguna vez en la cruz como una sombra contra el calor, un hogar en el desierto, un descanso en el camino? Y luego ella la describe y dice: «Sobre esa cruz de Jesús mis ojos a veces pueden ver la forma misma, moribunda, de aquel que sufrió allí por mí. Y de mi corazón herido brotan dos maravillas, lo confieso: las maravillas de su glorioso amor y mi propia indignidad absoluta».
Los lingüistas modernos han cambiado casi siempre esa última expresión por «mi falta de méritos», pero en la versión original era más fuerte que eso: «mi propia nulidad». Y luego pone una estrofa sobre un lugar de cita. Ahora tengo que detenerme a pensar.
Trata de un lugar de encuentro entre Dios y nosotros, y en realidad de un consuelo y un descanso. Toda la estrofa habla de un descanso y de un lugar, un lugar de cita entre Dios y el hombre. En otras palabras, un lugar de encuentro.
Llegamos a la cruz como llegó Cristiano en El progreso del peregrino. Y si no habéis leído El progreso del peregrino de John Bunyan, os lo recomiendo encarecidamente. Leedlo vosotras mismas, leédselo a vuestros hijos, leedlo y releedlo, porque es una descripción de toda la vida cristiana.
Y cuando el peregrino, Cristiano, llegó a la cruz, había estado cargando una carga de pecado tremendamente pesada. Y cuando llegó a la cruz, la historia nos cuenta que esa carga simplemente se le soltó de la espalda y rodó cuesta abajo por el monte Calvario hasta caer en el sepulcro. Y él alzó los ojos a la cruz y dijo: «Él me ha dado descanso por sus penas, y vida por su muerte».
Dios nos da descanso por medio de la cruz. Hay dos grandes principios que comprende el entendimiento de la cruz. Y esta primera charla tratará del primero, que es la renuncia.
El segundo es la aceptación. Renuncia y aceptación. ¿Y recordáis cuáles son las tres condiciones del discipulado? Cuando Jesús dijo: «Si quieres ser mi discípulo, tienes que hacer dos cosas», tres cosas.
Número uno: «Niégate a ti mismo». Eso suena muy peligroso en estos tiempos, ¿verdad? Nos ponemos nerviosos y preocupados porque eso es negación. Y si estás en negación, entonces, claro, de verdad necesitas ayuda profesional.
Bueno, tomemos la palabra de Jesús. Necesitamos negación. Y lo que él quiere decir con eso es renunciar a nuestro derecho sobre nosotras mismas.
Esa es otra traducción: «Si quieres ser mi discípulo, tienes que renunciar a tu derecho sobre ti mismo». ¿Es fácil? Creo que es lo más difícil que cualquiera de nosotras tiene que hacer durante toda la vida.
No importa cuánto tiempo hayamos andado con el Señor. No pasa un solo día sin que Dios nos dé la oportunidad de renunciar a nuestro derecho sobre nosotras mismas. Y eso es muerte.
En resumidas cuentas, es muerte. Tenemos que morir a nosotras mismas. No solo una vez, sino una y otra y otra vez.
La segunda condición es: «Toma la cruz». Eso significa aceptación. Y «sígueme».
Y eso significa obediencia. Hemos estado cantando canciones sobre la adoración. Y oigo esa palabra muchísimo más hoy en día en las iglesias de lo que jamás la oí en la iglesia en la que me crie.
No se usaba esa palabra. Adorábamos, por supuesto. Pero no hablábamos de la adoración.
Ni cantábamos cosas como «De verdad quiero adorarte, Señor», y cosas así. Y en una de esas canciones que oímos esta mañana se hacía una afirmación bastante asombrosa.
Que me pondré en pie y te adoraré toda la noche, y todo el día también. Y pienso en lo relativamente fácil que es cantar sobre la adoración. Escribir sobre la adoración.
Hablar de la adoración. E incluso orar sobre la adoración. En comparación con la forma más alta de adoración.
¿Sabéis cuál es la forma más alta de adoración? No es cantar, ni hablar, ni orar, ni escribir. Es la obediencia. La obediencia es la forma más alta de adoración.
A veces pienso que, cuando hacemos afirmaciones deslumbrantes en nuestras canciones, si estuviéramos atentos a la voz del Espíritu Santo, quizá nos estaría diciendo: «No me lo digas. Demuéstramelo». Cuando Amy Carmichael era una misionera recién llegada a la India, había estado viajando de un lugar a otro, anunciando el evangelio por medio de intérprete.
Y un anciano se le acercó después de una de sus charlas y le dijo: «Hemos oído tus palabras. Ahora, ¿puedes mostrarnos la vida de tu Señor Jesús?». Y años después, siendo misionera en la India —estuvo en la India cincuenta y tres años sin un solo permiso—, volvió a suceder casi exactamente lo mismo. Había hablado muchas veces en aquella aldea, y un anciano se le acercó y le dijo: «Hemos oído la predicación.
¿Puedes ahora mostrarnos la vida de tu Señor Jesús?». Y eso es lo que el mundo está buscando, señoras. Si cada mujer de esta sala viniera esta mañana a la santa cruz y renunciara a su derecho sobre sí misma, cambiaría el estado de California. No se puede saber hasta dónde llegarían las ondas de un compromiso así.
Dios nos está llamando a la renuncia. Y eso significa decirnos que no a nosotras mismas. La renuncia es un «no» a mí misma.
Renuncio a mi derecho sobre mí misma. Y digo: «No se haga mi voluntad, sino la tuya». Hay muchas clases de renuncia.
Jesús renunció a todo lo que había disfrutado en el cielo y vino a la tierra como un bebé indefenso. El Señor del universo renunció a todo ese poder, a toda esa omnipotencia, a toda esa omnisciencia, a toda esa omnipresencia, porque omnipresencia, claro, significa estar en todas partes al mismo tiempo. Y Dios es omnipresente.
Pero Jesús se hizo un bebé pequeñito, indefenso, envuelto en pañales. No habría podido sobrevivir sin su madre. Renunció a toda aquella gloria.
Otro de mis himnos favoritos cuando era niña era «De los palacios de marfil», un himno sobre su renuncia: «De los palacios de marfil a un mundo de dolor, solo su grande y eterno amor trajo a mi Salvador».
Así que seguimos a nuestro Señor Jesús cuando renunciamos a nuestro derecho sobre nosotras mismas. El apóstol Pablo pudo decir: «Con Cristo estoy juntamente crucificado, y vivo, no ya yo, mas vive Cristo en mí.
Y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó, y se entregó a sí mismo por mí». Hemos sido crucificados con Cristo. Duele.
¿Qué otra cosa esperamos? Tantas veces oímos a la gente decir: «Pues no sé por qué fulana tiene que sufrir como sufre. Es tan buena persona». «No sé por qué el Señor permitió que le pasara esto a él.
Es un hombre tan maravilloso». «No sé por qué el Señor permite que haya hambrunas, inundaciones, terremotos e incendios, y que se aborte a niños pequeños». Desde luego, tenemos que inclinarnos y reconocer que estamos ante un misterio.
Pero no es un misterio total cuando se trata del sufrimiento humano, sobre todo del sufrimiento de los cristianos. En mi libro titulado Un camino a través del sufrimiento tengo un apéndice que da al menos veintiocho razones distintas que la Biblia nos ofrece a modo de explicación de por qué tenemos que sufrir. Bueno, una parte de la respuesta es para que conozcamos a Cristo.
El apóstol Pablo dijo que solo quería una cosa en el mundo. Dijo: «Una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo al blanco, al premio de la soberana vocación de Dios en Cristo Jesús». Quiero conocerle a él, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos.
Y no podría haber habido resurrección sin la crucifixión. Ni tú ni yo podemos resucitar a una vida nueva con Jesucristo sin renunciar a nuestro derecho sobre nosotras mismas. Ahora bien, dejemos esto muy claro: tenemos una opción.
No tenemos que renunciar a nuestro derecho sobre nosotras mismas a menos que queramos ser seguidores de Jesús. Recuerdo haber oído a Henry Grant, el psicólogo, contar que tenía cuatro heladerías allá por los años sesenta, creo que fue, cuando todo se había venido abajo y ya no quedaban modales. Y decidió que en esas heladerías tendría jóvenes bien parecidos, aseados, bien vestidos y educados.
Y una y otra vez los clientes se le acercaban y le decían: «¿De dónde saca usted a todos estos jóvenes tan bien parecidos, tan bien vestidos y tan aseados? Son tan corteses. ¿Dónde los encuentra?». Y él decía: «No los encontramos; los hacemos». Y contaba que una de las primeras cosas que hacía cuando un muchacho venía a pedir trabajo era enseñarle la foto de un chico con un corte de pelo bien arreglado.
Y le decía: «Pues así es como vas a llevar el pelo». Ninguna explicación de palabra, sino simplemente: «Mira, mira esta foto; así es como vas a llevar el pelo». Y el muchacho decía: «¿Me va a decir usted cómo puedo llevar el pelo?».
Y él respondía: «No, a menos que quieras trabajar aquí. Estas son las condiciones». Y las chicas tenían que llevar medias y zapatos decentes.
Y contaba que, invariablemente, alguna chica llegaba a trabajar el primer día sin medias, sin los zapatos adecuados, y él le decía: «Bueno, vete a casa y ponte los adecuados». Ella decía: «¿A casa? Vivo en la otra punta de la ciudad; tardo hora y media en llegar aquí». Él le decía: «Bueno, procura no cometer el mismo error otra vez.
Hasta luego». Es una opción. Si quieres seguir a Jesucristo, entonces renuncias a tu derecho sobre ti misma.
Y eso significa: ya no soy mía. Eso es lo que dice en 1 Corintios 6: «No sois vuestros, porque comprados sois por precio: glorificad pues a Dios en vuestro cuerpo».
Y es en este cuerpo físico. El mío resulta ser alto y anguloso, anglosajón y femenino, y ese es el único cuerpo en el que estoy aquí en este mundo para glorificar a Dios. Pero no soy mía.
Soy propiedad suya. Y eso explica muchísimas cosas. Cuando preguntamos «¿por qué?», recordemos que yo le entregué los derechos a Jesucristo.
Le dije que quería su voluntad y no la mía. Jesús estuvo indefenso como un bebé. Lo seguían multitudes, pero no por las palabras que decía.
Lo seguían por los panes y los peces que repartía y por los milagros que la gente quería ver. Y lo desafiaron, discutieron con él, lo odiaron y finalmente lo apresaron, le vendaron los ojos, lo azotaron, lo abofetearon, lo coronaron de espinas y lo clavaron en una cruz. Renuncia, humillación.
¿Entendemos la cruz en nuestra vida diaria? En Lucas 18:31 Jesús les está diciendo a los discípulos exactamente lo que va a suceder. Dice: «He aquí subimos a Jerusalén, y serán cumplidas todas las cosas que fueron escritas por los profetas del Hijo del hombre. Será entregado a los gentiles.
Será escarnecido, e injuriado, y escupido; le azotarán y le matarán; mas al tercer día resucitará». Ahora bien, no es la primera vez que Jesús les ha explicado esto a sus discípulos.
El versículo 34 dice: «Pero ellos nada de estas cosas entendían, y esta palabra les era encubierta, y no entendían lo que se decía». ¿No es asombroso que los doce discípulos a quienes Jesús había escogido personalmente para que lo siguieran, para que anduvieran con él, para que vieran los milagros, para que lo oyeran orar, para que comieran con él y subieran con él a los montes y a los bosques…?
Los que más de cerca observaron su vida no sabían de qué estaba hablando. No sabían de qué estaba hablando. Y en Mateo 16:21 tenemos un pasaje parecido.
«Jesús comenzó a declarar a sus discípulos que le convenía ir a Jerusalén y padecer mucho de los ancianos, de los príncipes de los sacerdotes y de los escribas, y ser muerto». ¿Os habéis parado alguna vez a pensar en esta necesidad que encontramos aquí, la voluntad del Dios que creó el mundo, que puede hacer cuanto quiere?
Y a Jesús se le sometió a esa necesidad en manos de los hombres. A sus caprichos. A merced de su odio.
«Le convenía ir a Jerusalén, padecer, ser muerto, y resucitar al tercer día». Y Pedro le dijo justo lo que tú y yo le habríamos dicho si hubiéramos estado allí: lo tomó aparte y comenzó a reprenderle. «En ninguna manera, Señor», le dijo, «esto no te acontecerá».
Otra traducción dice: «Señor, ten compasión de ti: en ninguna manera esto te acontezca». Y la reacción de Jesús es bastante sorprendente, ¿verdad? Se vuelve hacia él, hacia Pedro, a quien unos versículos antes acaba de llamar roca. Le dice: «Te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia.
Y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Y a ti daré las llaves del reino de los cielos». Una responsabilidad tremenda la que le está ofreciendo a Pedro. Pero cuando Pedro dice: «En ninguna manera, Señor, esto no te acontecerá», Jesús se vuelve y le dice a Pedro: «Quítate de delante de mí, Satanás.
Me eres escándalo; porque no entiendes lo que es de Dios sino lo que es de los hombres». ¿Qué había en el fondo de la objeción de Pedro? Una invitación a la autocompasión.
Quería que Jesús se protegiera a sí mismo. Que sintiera lástima de sí mismo. Que escapara del sufrimiento que le estaba señalado.
Y así Pedro se pone del lado de Satanás. A Satanás le encanta la autocompasión. Si consigue meternos en un pantano, en un lodazal, sintiendo tanta lástima por la pobrecita de mí: «¿Qué he hecho yo para merecer esto?», está encantadísimo.
Le encanta. Porque la autocompasión es satánica. Es satánica.
Y es algo a lo que las mujeres somos propensas. Y tenemos que luchar con todo lo que tenemos, con uñas y dientes, para negarnos la triste, dulce y apestosa compasión de la autocompasión. Y tengo que confesar que esa frase viene de mi antiguo maestro de Biblia, Richard Maxwell, del Instituto Bíblico Prairie, en Canadá.
Recuerdo que, después de una larga sesión supuestamente de oración, los muchachos se levantaron y confesaron toda clase de cositas ridículas y triviales que lamentaban mucho y de las que en realidad nadie quería oír. Y cuando terminó la reunión de oración, él simplemente se levantó y dijo: «Oh Señor, líbranos de nuestro triste, dulce y apestoso yo». Recordad: cuando sentís lástima de vosotras mismas, os ponéis del lado de Satanás.
Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque cualquiera que quisiere salvar su vida, la perderá.
Y cualquiera que perdiere su vida por causa de mí, la hallará». Y, fijaos, eso lo dijo Jesús. Jim Elliot dijo: «No es ningún necio el que da lo que no puede retener para ganar lo que no puede perder».
No sabría deciros cuántas personas me han dicho que esa es la verdad más maravillosa. ¿Cómo se le ocurrió eso a Jim Elliot? Pues leyó la Biblia. No hay nada realmente original en la idea.
«Cualquiera que quisiere salvar su vida, la perderá, y cualquiera que perdiere su vida por causa de mí, la hallará». La renuncia es estar dispuesta a perder la vida.
A perder la reputación. A perder el control sobre los hijos. No sabría deciros cuántas cartas recibo de mis oyentes de radio con historias tristes de dificultades con la familia política, porque los padres nunca soltaron, nunca se hicieron a un lado ni se callaron.
Ahora bien, estoy muy agradecida de que Dios me haya dado el privilegio de ser suegra, y tengo un yerno de lo más insólito, que de hecho me pide consejo a veces. Y procuro no repartirlo hasta que me lo pide. Pero esa es una de las grandes renuncias, ¿verdad? Y cuando tu primer hijo se va a primer grado, o a la guardería, o adondequiera que lo mandes fuera de casa, eso es una renuncia, ¿no es así? Nunca olvidaré aquello, unos días antes de que mi hija Valerie se fuera a la universidad.
Pensé que esa era de verdad la primera gran separación, porque ya nunca iba a volver a vivir en casa. Sí que fue a un colegio público durante parte de su educación. Pero me di cuenta: se va a la universidad, y se acabó; ya casi no va a volver a estar en casa.
Quizá pase aquí un poco de tiempo en verano, y tal como resultaron las cosas, se casó en cuanto terminó la universidad. Pero fue algo tremendamente doloroso darme cuenta de que ya era mayor, de que mi tarea prácticamente había terminado y de que tenía que entregársela a Dios. ¿Entendemos la cruz? Los discípulos no la entendían.
Nosotras tampoco. Entendamos aquí que el sufrimiento es una necesidad. Dice en Hebreos que Jesús aprendió la obediencia por lo que padeció.
Ahí hay un misterio. El Hijo de Dios, sin mancha, tuvo que aprender la obediencia. No por las cosas que disfrutó, sino por las cosas que padeció.
Así que, si alguna vez, alguna vez, nos sentimos tentadas a decir: «¿Por qué tengo que sufrir yo?», olvidemos esa pregunta y hagámonos esta otra: «¿Quién me creo que soy?». ¿Que debería estar exenta? Mi Señor Jesús aprendió la obediencia por lo que padeció, y dice en Hebreos 2:10 que él es el capitán de nuestra salvación, que fue perfeccionado ¿por medio de qué? Del sufrimiento. Perfeccionado por el sufrimiento.
La necesidad del sufrimiento, si vamos a ser seguidores. De eso se trata la cruz. Renuncia a tu derecho sobre ti misma.
Ahora bien, esto supone una mentalidad radicalmente distinta. Y he traído una carta que es una de las cartas más asombrosas e insólitas que he recibido, y recibo cientos de cartas muy asombrosas. Pero no puedo resistirme a leeros esta carta como ilustración de esta mentalidad radicalmente distinta, un giro total en la vida de una mujer.
La historia, dice ella, es que mi matrimonio de treinta y tres años se estaba acabando. No había comunicación, y nos preparábamos para poner fin a aquel matrimonio doloroso que no solo arruinó mi vida, sino también la de mis dos hijos, de treinta y veintisiete años. El pasado daba miedo y dolía; el futuro no parecía mejor, así que empecé a clamar a Dios: «Por favor, sana mi matrimonio».
Le supliqué a Dios durante casi un mes. Dios me dijo por medio de usted: «Ve y trata a tu marido como tratarías a Jesús. Llámalo Señor y sírvele».
Ahora quiero aseguraros que esa no es una idea de Elisabeth Elliot. Eso también lo saqué de la Biblia. Porque es demasiado absurdo, ¿verdad? ¿Os imagináis decirle a alguien que ha tenido un matrimonio terrible durante treinta y tres años: «Bueno, empieza a tratarlo como tratarías a Jesús y llámalo Señor»?
¿De dónde saqué eso? Pues dice en 1 Pedro 3, hablando de cómo las mujeres casadas con maridos no cristianos deben tratarlos: tomad a Sara como ejemplo. Ella lo llamaba señor. Llamaba señor a Abraham, y no se dejaba vencer por temores histéricos.
La carta sigue. No tenía nada que perder, así que decidí intentarlo. Me fui a casa.
Él seguía sentado en su sillón como una momia, sin parpadear siquiera, mirando la tele. Odio esa escena. Pero me contuve y con mucho respeto le pregunté si podía hablar con él un momento.
Para mi sorpresa, apagó la tele al instante y me escuchó. ¿Qué le dices después a Jesús? Le pides perdón, ¿verdad? Pues eso hice. Le dije lo comprensiva que era, lo poco comprensiva que era, lo tonta que era y lo equivocada que había estado toda mi vida, y le pedí perdón aunque él había decidido no continuar con nuestro matrimonio.
Otra sorpresa. Me dijo que me amaba y que siempre me había amado, y que quería hacerlo porque sentía que era una carga para mí y para nuestra familia. Como no trabaja, y antes fumaba y bebía, se siente incapaz en sí mismo, y eso no tiene nada que ver conmigo.
Entonces le dije lo importante que es para mí, y también para los chicos, que él esté con nosotros y en casa, y así comprendí cómo nuestra comunicación se había distorsionado por nuestros propios sentimientos distorsionados el uno hacia el otro. Seguimos siendo las mismas personas, pero nuestro hogar se basa en la enseñanza de Dios, y cada vez que me enojo con él y quiero menospreciarlo, me acuerdo de cómo lo trataría si él fuera Jesús. Toda mi actitud cambia.
Mis palabras son tan diferentes. Le hablo con amor y respeto. ¿Y sabe qué? Llevamos más de un mes sin una sola pelea; eso no había pasado nunca en 33 años.
Ya no se me encoge el estómago cuando él abre la boca para hablar. Lo amo de verdad, lo acepto como es y hago con gusto lo que él me pide que haga. Escucho y respeto sus ideas, aunque estén a 180 grados de las mías, y también tengo el valor de decir lo que pienso, pero procuro decirlo de una manera que no le ofenda.
Es un trabajo duro, pero vale la pena. Elisabeth, hay en mi casa una paz como nunca, nunca la había tenido. La casa la edificó Jesús, y permanecerá para siempre.
Doy gracias a Dios. P. D.: Procuro no herir a mi marido, pero no siempre lo consigo, así que le pido perdón el mismo día. Tal como enseña la Biblia, también hablo con él de lo que me hiere y lo resolvemos el mismo día.
¡Ay, qué bien funciona! Lo único que lamento es no haberlo sabido antes. Dios ha prometido restaurar mi pasado, y confío en que lo hará.
Amo a Dios con todo mi corazón, con toda mi alma, con toda mi mente y con todas mis fuerzas. Pues bien, logré dar con esta señora, la llamé por teléfono y le dije: «¿Puedo leer su carta? ¿Puedo hacerla pública?». Y me dijo: «Claro que sí». Habían pasado cuatro meses, y le pregunté: «¿Y cómo van las cosas ahora?». «Mejor cada día», me dijo.
«Vivo con Jesús». ¿A qué renunció ella? A su derecho a tener razón. ¿Hay alguna de nosotras que no quiera tener razón? Más de una vez me han dicho: «Usted siempre tiene que tener razón, ¿verdad?». Y me dan ganas de contestar: «¿Ha conocido alguna vez a alguien que quiera estar equivocado?». Yo nunca.
Pero seguro que doy la impresión de creer que tengo razón todo el tiempo, y sé que eso está muy lejos de la verdad. Pero esta mujer renunció a su derecho sobre sí misma. Renunció a su derecho a que su marido le pidiera perdón.
¿Y cuántas veces nos aferramos a nuestros derechos y decimos: «Bueno, es culpa suya, él lo hizo, y voy a esperar hasta que me pida perdón, porque sabe que se equivocó»? Y tú puedes quedarte en la cama con las lágrimas corriéndote hasta los oídos, y él no se va a mover ni un milímetro. Se va a poner a roncar.
Estará roncando antes de que te des cuenta. Esta señora perdió su vida y la halló. Tenemos tanto miedo de perder nuestros derechos, de perder el respeto, de perder terreno si hacemos lo correcto.
«El que perdiere su vida, la hallará». Y ella halló una vida totalmente nueva y un marido totalmente nuevo, todo por ese único y sencillo principio, que viene de Mateo 25:40. Jesús dijo: «En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos pequeñitos, a mí lo hicisteis».
Tu marido es uno de sus hermanos. Hazlo por Jesús. Claro que Jesús, en aquel momento, resultaba que hablaba de niños chiquititos.
No importa quién sea. Como tratamos a cualquiera es como estamos tratando a Jesús. «En cuanto no lo hicisteis a uno de estos pequeñitos, ni a mí lo hicisteis».
Alguien ha dicho que el matrimonio es el mobiliario de tu vida. Ahora bien, eso no es algo que la gente le recuerde a la novia, porque ella va avanzando por el pasillo de la iglesia. Va avanzando por el pasillo con un solo objetivo en mente.
Ese rostro amado que la espera allá adelante. No le importa nada más. Allí está él, y ella está a punto de entregarse totalmente a él, para siempre, en presencia de Dios y de testigos.
En la enfermedad y en la salud, en la riqueza y en la pobreza, en lo bueno y en lo malo. No le preocupa la enfermedad, ni le preocupa la pobreza, ni le preocupa lo malo. Eso ya vendrá.
Lo que ella cree que es un gran premio va a resultar una caja de sorpresas. Pero si en nuestra consejería prematrimonial pudiéramos simplemente sentar a estas dos personas y decirles: «Cada uno de vosotros está renunciando a su vida. Estáis entregando vuestra vida a esta persona y por esta persona».
Porque el amor significa dos cosas. La intención de la unidad. Y yo voy a tener que renunciar a mí misma si me propongo mantener y fomentar la unidad entre mi marido Lars y yo, Lars que está allí de pie junto a la puerta del fondo dándome consejos.
Y la otra cosa es la intención del bien del ser amado. La preocupación por el bien del ser amado. Intención de unidad, preocupación por el bien del ser amado.
La señora cuya carta leí estaba segura de que nada iba a funcionar y de que iban a divorciarse. Y pensó: «Bueno, ¿qué tengo que hacer? Probaré lo que dijo Elisabeth». Y eso Elisabeth lo sacó directamente de Mateo 25:40.
Amy Carmichael dice en su librito, una pequeña joya, titulado Si (y os recomiendo los libros de Amy Carmichael: empezad a leerla y os podéis olvidar de leer a Elisabeth Elliot, porque siento que todo lo que sé lo aprendí de Amy Carmichael; bueno, es una ligera exageración), pero ella escribió un libro que es una obra maestra. Un libro muy delgado, con una sola frase en cada página.
Y una de ellas dice: «Si me niego a ocupar el segundo lugar, o el vigésimo, sin armar un escándalo, entonces nada sé del amor del Calvario». Renuncia.
Renunciamos al control sobre nuestros hijos, y cualquiera de nosotras que haya estado intentando controlar a su marido: es hora de soltar eso. Porque Dios no nos nombró sus guardianas morales. No estamos a cargo de la moralidad de nuestros maridos.
Podemos orar por ellos, y tenemos otra arma además de la oración, que es un espíritu agradable y pacífico. Y recibo muchísimas cartas de mujeres que me cuentan todas las cosas terribles que hacen sus maridos, o todas las cosas maravillosas que deberían hacer y no hacen. Me confiesan los pecados de sus maridos y me dicen: «¿No cree usted que tengo razón?».
Y puede que sea pecado, desde luego, pero ¿desde cuándo nos puso Dios por encima de nuestros maridos? No está en el libro. Este libro dice que el marido es cabeza de la mujer. Así que olvidaos de controlar a vuestro marido, olvidaos de controlar a vuestros hijos una vez que han crecido. Yo tengo que esforzarme por no intentar controlar a mis nietos; quiero toda clase de cosas para mis nietos.
Quiero enseñarles cosas. Quiero mostrarles cosas, y lo hago, y mi hija quiere que lo haga, mi yerno quiere que lo haga, pero tengo que tener cuidado. Mi nieto mayor lleva un corte de pelo que no fue idea mía.
No me consultó al respecto. Y no le he dicho cómo debería llevarlo en realidad. Solo le di una pequeña indirecta; le dije: «¿Sabes?, me pareces tan guapo que me gustaría verte más la cara».
Y él se lo toma de buen talante y se ríe: «Bah, es cosa de la abuela». Renuncia al deseo de las cosas que Dios no te está dando. El matrimonio, por ejemplo, ¿qué hay de eso? ¿Se lo ofrecerás sin más a Jesucristo? Abre las manos, suéltalo y di: «Señor, quiero lo que tú quieras darme.
Tú sabes lo que es mejor para mí. Renuncio a este deseo ardiente, insistente, que me absorbe por completo y que controla mi vida». Muchas mujeres jóvenes han puesto, por así decirlo, su vida en pausa esperando a un hombre.
La Biblia dice: «Espera en el Señor». Dios sabe si el matrimonio es bueno para ti, y Dios sabe si no lo es. Puede que estés pidiendo una piedra creyendo que es pan.
Renuncia a la obra hecha para Dios. Algunas de vosotras conocéis la historia de cómo, en mi primerísimo año como misionera, puse por escrito el idioma de cierta tribu. Fue un trabajo difícil.
Me llevó buena parte de nueve meses solo ponerlo por escrito. Eso está muy lejos de traducir la Biblia, pero es el primer paso. Pero los nueve meses de trabajo estaban en una maleta, y la robaron.
En aquellos tiempos no había fotocopiadoras ni grabadoras. Oramos para que Dios nos devolviera la maleta. Nunca la recuperé.
Hice ese trabajo para Dios, y estoy dispuesta a renunciar a mis derechos sobre lo que hago para Dios si parece quedar en nada. Si nadie lo aprecia jamás. Si nadie me da nunca las gracias.
Si nadie llega nunca a beneficiarse de ello. Dios nunca desperdicia el tiempo de un siervo. Renuncia a mis derechos.
Y hay algunas personas aquí esta mañana que están llenas de amargura. No sé quiénes sois, pero alguien hizo algo imperdonable, y no vais a perdonar a esa persona por lo menos hasta que ella os pida perdón. Y lo más probable es que no lo haga.
Él nos enseñó a orar: «Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a los que nos piden perdón». La cruz corta hondo. Si venimos a la cruz de Jesús, tenemos que abrir las manos.
Suelta. Deja que Dios tome el control de tu vida. Entrégale tu persona.
Entrégale tus derechos. Muere. Anda, sencillamente muere.
Y, citando otra vez a mi profesor de Biblia, el señor Maxwell: una vez se le acercó una señora y le dijo: «Ay, señor Maxwell, tengo tanto miedo de que el Señor me llame a ser misionera, misionera en el extranjero. No quiero ser misionera en el extranjero». Y dijo: «Creo que me moriría si él me hiciera eso».
Y el señor Maxwell le puso la mano en el hombro a la señora y le dijo: «Haz las dos cosas, hermana. Nunca servirás para nada como misionera ni como sierva del Señor hasta que mueras». Renuncia a tu derecho a una disculpa.
Muere a ti misma. Suéltalo. «El que perdiere su vida por causa de mí, la hallará». Dios os bendiga.
Ahora bien, las dos cosas que Jesús nos demostró de manera tan inequívoca cuando fue a la cruz son la renuncia y la aceptación. Renunció a todos sus derechos cuando vino a este mundo como un bebé indefenso, y lo entregó todo por el Padre. Y oró en Getsemaní: «No se haga mi voluntad, sino la tuya».
Y esa debería ser la nota de nuestra vida, semejante a la de María cuando recibió a aquel visitante que le anunció que sería la madre del Hijo de Dios. La respuesta de María fue inmediata: una renuncia total a sus propios planes. ¿Cómo podía siquiera imaginar el intento de explicarle a José que no le había sido infiel?
Y, como recordaréis por la historia, José sí creyó que ella le había sido infiel, porque la Biblia dice que él, como era justo, quiso dejarla secretamente, porque, claro, según la ley judía no podía casarse con una fornicaria. ¿Cómo iba ella a explicárselo a la gente del pueblo? ¿Cómo iba a explicarles a sus padres su embarazo? Pero no encontramos ni una sola palabra de defensa propia por parte de María. Dios se encargó de explicárselo a José.
Envió un ángel para dejarlo claro. Pero María renunció a sus planes. Podéis imaginar, solo podéis intentar imaginar, la conmoción de recibir esa clase de visitante y esa clase de anuncio. Pero ella abrió las manos, y esa debería ser nuestra actitud hacia Cristo durante toda la vida.
Manos abiertas. Soltar lo que Dios quiere quitar y recibir lo que Dios quiere dar. Y no podemos recibir lo que él quiere dar hasta que hayamos soltado lo que él quiere quitar.
Así que la renuncia y la aceptación son los grandes principios de la cruz. Ahora mirad lo que exigió la encarnación. Se puso en una situación en la que tenía hambre.
Estaba cansado. Tenía sed. Nunca tuvo casa propia.
Fue un rabino itinerante en los únicos tres años de los que sabemos mucho. Solo podemos suponer que debió de trabajar duro en el taller de carpintería con su padre adoptivo, José. Y pienso que cuando dice: «Yo hago las obras que veo hacer a mi Padre», se refería, por supuesto, a su Padre celestial; pero de niño tuvo que aprender de José a usar las herramientas.
El martillo, la sierra y la azuela. Y probablemente Jesús dijo justo lo que dice cualquier niño cuando está aprendiendo algo de su papá: «¿Está bien así, papá? ¿Es así como se agarra? ¿Es esto lo que tengo que hacer?». Y su padre lo corrige, y lo corrige, y lo corrige.
Y Jesús fue un niño pequeño. Un niño pequeño e indefenso, para empezar. No era omnipotente.
La Biblia dice que no pudo hacer muchas maravillas en ciertos lugares a causa de la incredulidad de ellos. Asombroso, ¿verdad?, pensar que aquel que creó los cielos y las estrellas queda impotente por la falta de fe de la gente a la que hablaba. Y solo quiero daros un atisbo de su poder, cuando la Biblia dice que hizo las estrellas, ¡vaya manera lacónica de quedarse corto!, e hizo las estrellas como si fuera, por así decirlo, ni siquiera tan complicado como hacer unos huevos revueltos u hornear un pastel.
Pues bien, hace unos años, un par de años, me enteré de una estrella que está en la constelación de Escorpio, que se ve baja en el horizonte en verano. Es una estrella supergigante rosácea. 390 veces el tamaño del sol.
Y el sol, como algunas de vosotras sabéis, es un millón y cuarto de veces el tamaño de la tierra. ¿Podéis comprender eso? Yo me pierdo cuando paso del millón. Un millón y cuarto ya es demasiado.
Esta estrella es 390 veces el tamaño del sol, que es un millón y cuarto de veces el tamaño de la tierra. Así que algunas de vosotras podréis calcular de cabeza lo grande que es esa estrella. Pero si tomáis una pelota de goma hueca, la cortáis por la mitad y dejáis que esa pelota represente a esta estrella llamada Antares, entonces podéis meter dentro de la pelota a Venus, Mercurio, Marte, la tierra y el sol.
Y Venus, Mercurio, Marte y la tierra seguirán sus órbitas alrededor del sol sin tocar el interior de esa pelota de goma. Ese es el tamaño de una estrella. Una sola estrella.
Y cuando oí a un predicador escocés contar esto (fue de una grabación de donde lo aprendí), él terminó esta noticia asombrosa, este tamaño incomprensible y tremendo, diciendo: «Son guijarros en las orillas de un gran océano de espacio y tiempo, donde la luz nada mil millones de años de un universo isla a otro universo isla, y de toda esa magnitud estelar la Biblia dice, con hermosa sencillez: “Hizo también las estrellas”».
Son la obra de sus dedos; esas manitas diminutas fueron indefensas y al final fueron clavadas, inmóviles, por ti y por mí: renuncia, aceptación de la voluntad de su Padre. Mirad a Jesús. En primer lugar, nunca hizo un milagro para librarse de las limitaciones de su propia humanidad. ¿Cuál fue la tentación de Satanás en el desierto? Jesús llevaba 40 días ayunando, tenía mucha hambre, y Satanás vino a él, se aprovechó al instante de aquel momento de debilidad y le sugirió: «¿Por qué no mandas que las piedras se hagan pan?». Jesús nunca, ni una sola vez, hizo un milagro para su propio bien, para librarse de las limitaciones de su humanidad. Nadie más puede convertir piedras en pan. Él sí hizo milagros, convirtió el agua en vino, pero no fue para sí mismo; nunca lo hizo para sí mismo. Nunca quebrantó la dureza del corazón de sus
oyentes. Podría haberlo hecho, ¿verdad? Pero era la voluntad de Dios lo que él había aceptado; había aceptado totalmente de la mano de su Padre su voluntad de que fuera un ser humano, un hombre que vivía en un cuerpo de hombre, un cuerpo judío, durante 33 años, andando aquí en la tierra con los pies llenos de polvo, tan cansado que tuvo que sentarse junto al pozo, con sed en la cruz. Sus propios discípulos no sabían de qué hablaba; no entendían. Vivió, como alguien ha dicho, «sus cadenas hasta el terrible final». Vivió sus cadenas hasta el terrible final. Ahora bien, en este momento no veo aquí a nadie con alguna discapacidad, pero estoy segura de que tiene que haber alguien. Veo un par de andadores, así que alguien por aquí tiene alguna dificultad para caminar sin ayuda, y estoy segura de que hay unas cuantas personas con muchas clases distintas de
limitaciones. Os encantaría libraros de esas cadenas, de esas restricciones, ¿verdad? Mi marido tiene glaucoma, y el glaucoma, invariable y previsiblemente, lleva a la ceguera a menos que uno se ponga gotas. Nunca pueden garantizar que, si te pones las gotas con regularidad y fielmente, nunca te vayas a quedar ciego, pero sin duda puedes retrasarlo por un tiempo. Diez veces al día mi marido tiene que ponerse gotas; eso es una restricción. Y diez veces al día tiene que mantener los ojos cerrados durante cinco minutos y apretarse los conductos lagrimales así durante cinco minutos: cincuenta minutos al día. Bueno, eso es, como diríais vosotras (ya me imagino que después diréis: «Solo estaba haciendo la cuenta»), eso no es nada. Él nunca se queja por ello; siempre da gracias a Dios porque todavía puede ver, y no le da ninguna importancia. Una y otra vez, apenas nos hemos
sentado en un restaurante, justo cuando llega la camarera, ahí está mi marido sentado así. La azafata le dijo ayer en el avión: «Bueno, estaba usted en profunda meditación, así que decidí no molestarle». Bueno, uno no puede andar explicándoselo todo a todo el mundo todo el tiempo, ¿verdad? Pero es solo una cosa pequeña. No sé cuáles serán vuestras cadenas; quizá sean emocionales, quizá mentales, quizá espirituales, quizá físicas, quizá todo lo anterior. ¿Habéis aceptado alguna vez lo que no se puede cambiar? No se puede cambiar. Hay un montón de cosas en nuestra vida que no se pueden cambiar. La mujer cuya carta os leí esta mañana no podía cambiar a su marido, y Dios sabía que lo había intentado. Y supongo que cada una de nosotras que ha tenido marido alguna vez podría pensar en una o dos pequeñas
sugerencias que podríamos hacerle y que lo convertirían en el marido perfecto que creíamos que nos llevábamos. Y yo he estado casada con tres hombres muy, muy diferentes, muy diferentes. Ahora, quedaos tranquilas: los dos primeros están en el cielo. Nunca me he divorciado, pero Dios me ha dado pruebas para aprender a ser sumisa a tres clases de hombres muy, muy diferentes. Esas son las circunstancias en que Dios me ha puesto. Renuncia significa no a mí misma; aceptación significa sí a Dios: «Sí, Señor, lo acepto». Yo pensaba que era una cruz terrible que tener que llevar el ser tan alta como soy cuando tenía 12 años. La mayoría de las chicas dejan de crecer a los 12 años, pero cuando mides un metro setenta y cinco y tienes 12 años, y todos los chicos de octavo grado te llegan más o menos por aquí, es tremendamente vergonzoso, y yo pensaba
que era una gran desventaja. Bueno, hace ya mucho que aprendí a dar gracias a Dios por las circunstancias. Ahora bien, hay muchas cosas en nuestra vida que no podemos cambiar. No tenéis nada que ver con la fecha de vuestro nacimiento, lo cual significa que no tenéis absolutamente nada que ver con el hecho de ser viejas. A algunas de vosotras me gustaría preguntaros: «¿Cuándo empieza la mediana edad?». Bueno, la Biblia dice que la duración normal de la vida es de 70 años, así que la mediana edad es a los 35. No queríais oír eso, ¿verdad? Y después de eso ya sois viejas. Por más que lo intento, no logro entender a las mujeres cristianas que detestan esa idea. ¿Por qué? Fue idea de Dios, no vuestra. En el hermoso himno de Joseph Addison hay una estrofa que dice: «En cada etapa de mi vida tu bondad seguiré, y tras la muerte, en mundos lejanos, el glorioso tema renovaré». Ahora bien, en esta
etapa de mi vida no solo soy vieja, sino que algunos dirían que soy anciana. No envejezco más que cualquier otra persona; vuestro bebé de 3 meses está envejeciendo al mismo ritmo que yo. Así que todos estamos envejeciendo. Pero ¿qué es eso que acabo de oír, lo políticamente correcto, que resulta que hemos estado diciendo mal? Ah, sí: le han cambiado el nombre a la residencia de jubilados; ya no es para viejos, es para mayores; no es para ancianos, sino para personas que envejecen. Pues yo soy anciana y soy vieja, y doy gracias a Dios por ello, pero es una de las circunstancias de mi vida sobre la que no tuve elección. No tuve absolutamente nada que ver con ello. No tuve nada que ver con mis padres, con quiénes eran, con el color que iba a tener, con la estatura que iba a tener, con cuáles podrían resultar mis limitaciones, mi inteligencia, mi temperamento, mis
idiosincrasias, mis peculiaridades, mi personalidad. Esas son la asignación de Dios, y uno de los versículos de mi vida es el Salmo 16:5: «Señor, tú me has asignado mi porción y mi copa, y has asegurado mi suerte». No os puedo decir qué paz me da. Todo está asignado, repartido, otorgado, dado. Ahora bien, si voy a convertir eso en una ofrenda de acción de gracias a Jesucristo, ¿qué tengo que hacer primero? No puedo ofrecer mi vejez hasta que la haya aceptado y recibido con las dos manos y haya dicho: «Sí, Señor, la acepto, y ahora te la ofrezco de vuelta con acción de gracias». Y así es un ciclo continuo. Mi vida es una ofrenda. Renuncio a mi derecho sobre mí misma; mis manos están abiertas; al renunciar, recibo lo que Dios quiere darme, y así mi vida se convierte en alabanza cada minuto de cada día. Parte de mi trabajo es limpiar la casa,
otra parte es cocinar, otra parte es hablar en público, otra parte es preparar programas de radio, otra parte es escribir libros. ¿Creéis que Dios está más impresionado cuando estoy sentada ante la computadora escribiendo un libro que cuando estoy haciendo compota de manzana? Yo no lo creo, porque hacer compota de manzana resulta ser justo lo que él quiere que yo haga en ese momento. Y así, las circunstancias de mi vida me dictan ciertas cosas. Tengo un esposo, de modo que tengo ciertas obligaciones y deberes para con él, y a eso digo: «Sí, Señor». Cuando enviudé por primera vez, era lo último que yo quería en el mundo. No me imagino a nadie que desee el don de la viudez, pero Dios me enseñó que era un don. Jim y yo habíamos estado enamorados durante cinco años y medio antes de que Dios nos uniera; tuvimos veintisiete meses de matrimonio, y luego quedé viuda. Yo había tenido el
don de la soltería al principio, y había tenido el don maravilloso que siempre había anhelado, que era el matrimonio, y luego Dios me dio el don inefable de la maternidad, y después quedé viuda. «Sí, Señor». «En la aceptación está la paz», un poema de Amy Carmichael, «En la aceptación está la paz». Yo no podía cambiar el hecho de que era viuda. Jim no iba a volver. Podía resentirme, podía odiar a Dios, podía levantarle el puño en la cara y decirle: «Ya no voy a confiar en ti». O podía perder mi vida y decir: «Sí, Señor»; y por medio de eso la hallaría, y conocería la paz y el gozo y la libertad. No sé qué es eso que a ti te irrita y que sabes que no puedes cambiar. No puedes cambiar a tu esposo; más vale que dejes de intentarlo. Acepta, ora, y posiblemente, por medio de un espíritu agradable y pacífico, podrías... Lo más probable es que
Dios no quiera cambiarlo de la manera en que tú quieres que cambie. Puede que Dios esté obrando en ti para cambiar algunas cosas. Ahora bien, algunas de vosotras no tenéis esposo y estáis un poco cansadas de oír todo esto, y algunas de vosotras os alegráis mucho de no tener esposo después de haber tenido uno; pero hay algunas de vosotras que os estáis consumiendo por dentro porque nunca habéis tenido uno y no parece que vayáis a conseguirlo nunca. Y hablo muy en serio cuando digo esto: aquí es donde la cruz corta hondo en nuestro corazón. Mi corazón se conmueve por los cientos de hermosas jóvenes cristianas que mi esposo y yo conocemos dondequiera que vamos. ¿Dónde están los hombres cristianos piadosos? A todas os gustaría saber la respuesta a esa pregunta. Pero la soltería es algo que hay que aceptar. «Sí, Señor». No es asunto mío si el próximo
miércoles él va a traer al hombre de mis sueños. Eso no es asunto mío; solo el día de hoy es asunto mío. A veces la gente me dice: «Bueno, ¿cómo sé si tengo el don de la soltería?». Y yo les digo: «¿Qué día es hoy?». «Bueno, es viernes». «Muy bien, ¿estás soltera hoy?». «Sí». «Pues entonces tienes el don de la soltería». Solo Dios sabe si es un don permanente. No tienes que preguntárselo; él te lo mostrará. Yo estaba convencida de que mi viudez era un don permanente. Jamás me imaginé tener un segundo esposo; me parecía un milagro haber conseguido el primero. Así que cuando llegó el segundo, trece años después, pensé: «Bueno, probablemente volveré a quedar viuda», porque él era dieciocho años mayor que yo. Y quedé viuda otra vez después de cuatro años y medio de matrimonio. Bueno, para mí aquello era el final; tenía la mente totalmente
cerrada. Así que cuando Lars Gren empezó a cortejarme, a la manera de un caballero sureño, con deliberada lentitud y paciencia, yo tenía la mente cerrada. El Señor empezaba a decirme, cuando vi que Lars se acercaba para dar el golpe final: «No me has preguntado nada sobre esto». Eso es lo que Dios me estaba diciendo. «Ni siquiera has orado. ¿Cómo sabes que no quiero que te cases con este hombre?». «Bueno, no lo sé, Señor; no podía imaginar que lo quisieras, pero ¿será posible?». Pues sí lo quería. Mi estado civil es un don. Ahora soy esposa, y eso es un don que hay que recibir con acción de gracias y ofrecer de vuelta para estar con Cristo. Ahora bien, yo no sé qué es lo más difícil de vuestra vida; claro que no lo sé. Quizá nadie más lo sabe tampoco. Quizá tienes algo en tu vida de lo que no puedes hablar con nadie; no te atreverías a hablar de ello. Ahí es donde la
cruz cobra su significado profundo y personal. Significa sufrimiento, ¿verdad? Significa muerte a mí misma, quizá a mis sueños, quizá a mis ambiciones, quizá a lo que esperaba para mis hijos, y eso nos duele a muchas de nosotras; quizá a alguna otra cosa que ni siquiera puedo imaginar. Alguien ha escrito esto: «Todo el que se ofrece a Dios debe ofrecer la gloria de la vida que hay en sí mismo, ya sea renunciando a ella o regocijándose en ella». Sea cual sea la ofrenda, ya sea renunciar a algo o regocijarse en algo, ya sea por medio de una renuncia o de un abrazo. Hay ciertas cosas en nuestra vida a las que tenemos que renunciar. Ciertamente renunciamos al pecado en el nombre de Cristo, y vuelve una y otra vez, y renunciamos a él en el nombre de Jesucristo; lo soltamos. Muchas de vosotras que recibís mi boletín quizá leísteis,
hace varios años, cuando mi hija esperaba el número cinco, que yo estaba disgustada por ello; no porque no me gusten las familias numerosas, pues ya os conté que vengo de una familia de seis. Simplemente sentía mucha lástima por mi hija, que iba a tener el número cinco tan poco tiempo después del número cuatro, y ya tenía todo lo que podía manejar: estaba educando en casa a dos niños, tenía dos preescolares, y ahí estaba, embarazada del número cinco. Yo estaba muy disgustada, y escribí sobre esto en mi boletín, contando cómo tuve que ponerme de rodillas y reconocer, antes que nada, que no era en absoluto asunto mío. Ya sabéis, quería decirle a mi yerno: «Quiero que duermas en el patio una temporada». Lo confieso; quiero decir, esto es absurdo, es una tontería. No creo que llegara a decírselo, pero yo estaba revuelta por dentro. Cuando mi yerno y mi hija entraron en mi
cuarto (yo me estaba quedando en su cuarto de huéspedes), entraron hacia las cinco de la mañana con este anuncio. Yo no estaba nada encantada. Me puse de rodillas y simplemente dije: «Señor, sé lo equivocada que está mi actitud en este asunto. Tú eres el autor de la vida. Esta es mi hija, es mi niña, pero te pertenece a ti, no a mí. Y así, tú conoces mis sentimientos, Señor: lástima, disgusto, agitación. No puedo con estos sentimientos; te los entrego, Señor». Ahora bien, para cualquier sentimiento con el que no podáis, os recomiendo este gesto sencillo: simplemente poneos de rodillas, abrid las manos y decid: «Señor, renuncio a esto en el nombre de Jesús, y por tu gracia no lo volveré a tomar». Es asombroso lo que eso puede hacer. Le conté esto a una señora que tenía problemas casi patológicos de celos cuando su esposo hablaba con otra mujer. Ella dijo:
«Cada vez que veo a mi esposo conversando con alguna otra mujer, no lo soporto; me vuelvo loca. Y no tengo ninguna razón para pensar que me haya sido infiel alguna vez ni que quiera serlo». Dijo: «Sé que es una tontería, ¿qué puedo hacer?». Así que simplemente le conté esta pequeña cosa, y me dijo: «No sabe usted la diferencia que eso ha hecho en mi vida». La aceptación de lo que Dios permite. Primero la renuncia, después la aceptación. No a mí misma, sí a Dios. Este mismo autor dice a continuación: «No es haciendo insensible nuestra carne como santificamos el nombre de Dios en la tierra». Ahora bien, cuando he hablado de poner las emociones bajo control y he escrito sobre ello en este libro mío, alguien me dice: «No entiendo cómo te deshiciste de tus emociones». ¿Y por qué dije yo alguna vez algo de deshacerse de ellas? Cuando educas a un niño, no te estás
deshaciendo del niño; estás poniendo al niño bajo autoridad. Cuando entrenas a un caballo de carreras, no te estás deshaciendo del caballo; estás poniendo al caballo de carreras bajo la autoridad de esas riendas. Y así yo estoy poniendo mis emociones bajo la autoridad de Jesucristo. Mis emociones estaban totalmente descontroladas a causa del número cinco de Valerie. Ese no era problema de ella; era mi problema con Dios. «No es haciendo insensible nuestra carne como santificamos el nombre de Dios en la tierra». ¿Y cómo santificamos el nombre de Dios en la tierra? Oramos todo el tiempo: «Santificado sea tu nombre». Y yo tengo que estar dispuesta a cooperar con la santificación de su nombre; en otras palabras, con que su nombre sea tenido por santo. ¿Se ve en mi vida, se ve en tu vida, que eres una mujer que hace que el nombre de Dios parezca santo? El nombre de Dios es santo, por supuesto. No podemos hacer
nada para cambiar el hecho de que su nombre es santo, pero sin duda podemos hacer muchísimo para cambiar la percepción que la gente tiene de su santidad. Por cierto, él lo dice: «No es haciendo insensible nuestra carne». Así que vengo a Dios con todos estos sentimientos que me hierven por dentro, mis debilidades, mis pecados, mis tonterías, mis hábitos irritantes que sacan de quicio a mi esposo, que los hay, y oro, y creo que el Señor ha hecho algún progreso conmigo, porque no quiero ser una molestia para él. Pero esto es lo que traigo a Dios; esto es lo que soy, este es el equipaje con el que vengo. No es que yo pueda deshacerme de él por mí misma. Cristiano tuvo que llegar al pie de la cruz, y fue al pie de la cruz donde la carga se le cayó rodando. Recibo cartas pidiéndome consejo sobre toda clase de problemas de los que no sé absolutamente nada,
ya sabéis. Mi respuesta es sencilla, y me acusan de simplista porque la respuesta es sencilla: llévalo al pie de la cruz. No puedo decirte qué debes hacer en tal o cual situación, pero sí puedo decirte dónde puedes averiguarlo: llévalo al pie de la cruz. Míralo a la luz del rostro de Dios; te parecerá distinto. Si tienes una objeción contra algo que dice la Biblia, y dices: «Bueno, eso es imposible en mi situación, no puedo hacerlo, no puedo someterme a este esposo, no puedo quedarme en casa y cuidar de mis hijos, tengo que trabajar...». Hay muchísimas cosas que la Biblia no trata. Yo no lo sé todo; no sé qué decirle a una mujer en ninguna de esas dos situaciones. Solo sé que la Biblia me dice que puedo someterme a mi esposo, y la Biblia me dice,
como mujer mayor, que enseñe a las mujeres jóvenes a quedarse en casa. Y así hago lo posible por atenerme a lo que la Biblia sí dice. Pero esto es lo que sucede cuando tú o yo venimos al pie de la cruz: venimos no haciendo insensible nuestra carne, sino ofreciéndola a Dios, ardiendo con la llama de la vida. «De mi esclavitud, tristeza y noche, Jesús, vengo a ti; a tu libertad, alegría y luz, Jesús, vengo a ti. De mi enfermedad a tu salud, de mi pobreza a tu riqueza, de mi pecado a ti mismo, Jesús, vengo a ti». Lo ofrezco a Dios ardiendo con la llama de la vida. «Todo puede echarse en el fuego que Cristo vino a encender». La Biblia dice que él vino a meter fuego en la tierra. Bueno, estoy segura de que eso significa mucho más de lo que este escritor me dice, pero ciertamente este escritor me abrió una nueva rendija en la puerta, de modo
que pudiera entender un poquito más. «Todo puede echarse en el fuego que Cristo vino a encender, ya sea la leña amarga del dolor, la leña amarga del dolor, o la sustancia del gozo; arderá hacia lo alto con el mismo esplendor de luz». En Hebreos 12 leemos que hemos de hacer de nuestra vida un sacrificio vivo, santo, agradable a Dios. ¿Qué puede hacer santa mi vida?
Yo no soy santa en mí misma. ¿Cómo puedo presentar mi cuerpo en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios? Es el sacrificio lo que lo santifica. Es el poner mi vida sobre el altar de Dios, sobre ese fuego que él vino a encender en la tierra, lo que se vuelve santo al ser ofrecido. Como ocurría en los tiempos del Antiguo Testamento con los utensilios del tabernáculo: algunos estaban hechos de oro, otros de bronce y otros de plata.
Era el mismo oro, el mismo bronce y la misma plata con que se hacían otros objetos en el mundo, pero los del templo, del tabernáculo, se llamaban santos, no porque estuvieran hechos de un material distinto, sino porque eran ofrecidos a Dios. Mi trabajo en la cocina es santo cuando se ofrece a Dios; mi trabajo en el escritorio es santo porque se ofrece a Dios; mi trabajo en la tabla de planchar es una obra santa. Vosotras, madres de bebés pequeños: es una obra santa cuando amamantáis a ese bebé, es una obra santa cuando le cambiáis los pañales.
Mi nietecita Elizabeth, que ahora es la mayor de las niñas, tendría unos siete u ocho años. Su madre le pidió que le diera un biberón a quien fuera el bebé de entonces, ya lo he olvidado; y sé que aquel bebé no había tomado muchos biberones, porque a todos los amamantaron, pero esta fue una ocasión en que Valerie le dijo: «¿Por favor, le das este biberón al bebé?». Y Elizabeth simplemente puso los ojos en blanco, me miró y me dijo: «Ay, abuelita, creo que le he dado como un millón de biberones». Y yo le dije: «Y si ese fuera el niño Jesús, ¿no lo verías de otra manera?».
«No... supongo que sí». Es ofrecer a Jesús tu vida, tu trabajo, todo lo que tienes, todo lo que haces, todo lo que eres y todo lo que sufres. Ponlo sobre el altar; deja que las llamas lo lleven hacia el cielo. Sé un sacrificio vivo, santo, agradable a Dios. Ahora bien, he encontrado otra carta hermosa, muy distinta, de un granjero que decía: No siempre puedo escuchar su programa, pero sus palabras me han consolado y desafiado a mí, que soy una criatura pecadora pero que anhela ser obediente a Dios. Hace unos meses compré Paso a paso hacia el cielo (que es un libro antiguo, escrito hace cien años por Elizabeth Prentiss), y me ha sido especialmente útil en los últimos dos meses. Mi esposa y yo esperábamos el nacimiento de nuestro primer hijo, y la fecha prevista era mi cumpleaños, el 15 de noviembre. David Levi (da el apellido) nació el 27 de julio. La fecha prevista era noviembre, pero David nació en julio. Vivió más o menos media hora y luego se fue a estar con nuestro Creador. Mi esposa Arletha y yo dábamos clase de escuela dominical a primero y segundo grado. El versículo para memorizar del verano era Marcos 10:13-16: «Dejad los niños venir a mí, y no se lo estorbéis; porque de los tales es el reino de Dios». Tiene ahora para nosotros un significado nuevo y más profundo. Dos días antes de que naciera David, bajé a desayunar en el hospital. Llevé conmigo Paso a paso hacia el cielo (Arletha y yo lo hemos estado leyendo, y todavía lo leemos, en voz alta juntos) y lo abrí en esta entrada del diario. Hay tanto que podría decir. Este libro, Paso a paso hacia el cielo, es el diario de una muchacha que empieza a los dieciséis años y la lleva por el noviazgo, el matrimonio, la maternidad, la muerte, toda clase de cosas de su vida. Y así, él cita su libro: «Y en verdad, con tanto para hacerme feliz, ¿qué sería de mí si no tuviera pruebas?». «Tribulación, paciencia, prueba, esperanza, la cual no avergüenza; porque el amor de Dios está derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo». Ahora bien, esa carta se escribió el 12 de septiembre de 1993. Ha grapado juntas tres páginas más. Esta, enero de 1994: ¿Por qué no he escrito en tanto tiempo?
Casi toda mi energía se ha ido en apoyar a Arletha y en mi trabajo. Esperaba que a estas alturas estuviéramos más avanzados en el proceso del duelo, pero hay momentos en que todavía es bastante duro. Es alguien... y ahí se detiene. Página siguiente, 11 de abril.
Ahora es 11 de abril. Una vez más intento terminar la carta que le escribo a usted, tal como la comencé en enero, aunque no llegué muy lejos. Desde enero Arletha ha estado mucho mejor. Hemos pasado por mucho sufrimiento desde julio, pero también ha habido mucho crecimiento. Todavía escucho su programa cuando puedo.
Todavía puedo oír... y otra vez se detiene. 21 de enero de 1995: Miro atrás, a mis intentos de terminar una carta para su ministerio, y pienso: «No te rindas». Siento como si le hubiera negado un regalo al no hacerle saber cómo su ministerio me ha ayudado en mi andar. Mi esposa y yo esperamos nuestro segundo hijo en abril (eso es el mes que viene), lo que significa que ella está de veintiocho semanas. Sin entrar en detalles, mi petición de oración es por un bebé sano, pero más aún, por que podamos estar en paz y confiar en Dios por completo cada día. También hemos disfrutado leyendo En pos de lo supremo, de Oswald Chambers. A veces no captamos la idea, pero por lo general es perspicaz y desafiante. Hay cosas duras ahí dentro. A mí me cuestan mucho más las cosas que puedo entender que las que no puedo entender. Lo mismo me pasa con la Biblia. Luego dice: ¿Es posible que Dios supiera en su sabiduría que yo debía darle mi primer hijo para crear en mí un verdadero deseo de tener hijos y para darme cuenta de la bendición que son? Hace dos años yo no estaba muy entusiasmado con tener hijos.
No porque no me gustaran, sino porque sabía el conflicto que para mí vendría con la demanda sobre mi tiempo. Se nos debe permitir respirar, pero también necesitamos permitir que otros formen parte del proceso de respirar. Gracias por dejar que Dios la use y por mantenerse fiel. Oro por su ministerio. Simplemente pensé en cómo a este padre se le enseñó lo precioso que es un hijo por medio de su muerte, y los padres aceptaron la muerte de ese hijo. Podemos probar toda clase de maneras de superar el duelo, y el mundo tiene toda clase de etapas psicológicas por las que hay que pasar.
Hay un proceso de duelo por el que, según me dicen, se supone que hay que pasar. Tiene cinco etapas e incluye cosas como la ira y la negociación, por las que no creo que un cristiano necesite pasar. Quizá tú lo superes de esa manera, pero yo sé que cuando supe que mi esposo Jim estaba desaparecido, Dios trajo a mi mente las palabras de Isaías 43: «Cuando pasares por las aguas, yo seré contigo; y por los ríos, no te anegarán. Cuando pasares por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti. Porque yo el Señor, Dios tuyo». Él quiere enseñarnos que nos ama. Y vosotras que educáis a vuestros hijitos dándoles unas nalgadas: tienes que tomar a ese pequeño en tus brazos, y tienes que darle una nalgada y decirle: «Cariño, quiero que aprendas que hice esto porque te quiero». Claro que no lo va a creer. ¿Lo creíais vosotras cuando vuestros padres decían: «Esto me duele más a mí que a ti»?
Claro que no. Pero llega el momento en que tú misma te conviertes en madre o padre, y sabes que es la pura y absoluta verdad. Y la Biblia dice que el padre que detiene el castigo, a su hijo aborrece. El mundo lo pone al revés, ¿verdad? Si le das una nalgada a tu hijo, odias a tu hijo; eso es maltrato. Pues nada podría estar más lejos de la verdad. El maltrato y una nalgada son dos cosas muy, muy diferentes. Dios tiene que, en efecto, darnos unas nalgadas a veces. C. S. Lewis dice que él nos susurra en nuestras alegrías. Muy a menudo no escuchamos a Dios cuando todo va bien; él nos susurra en nuestras alegrías y no lo oímos. Nos habla en nuestra conciencia, y nos grita en nuestro dolor. Es cuando estamos en el fondo del barril, cuando todo parece haberse hecho pedazos, cuando Dios por fin capta nuestra atención. Él dice: «Si sufrís conmigo, también reinaréis conmigo». La cruz de Jesús significa sufrimiento. «Jesús, guárdame junto a la cruz; allí una fuente preciosa, libre para todos, un raudal sanador, mana del monte Calvario. En la cruz, en la cruz, sea siempre mi gloria, hasta que mi alma arrebatada halle descanso más allá del río». ¿Podéis cantar con sinceridad esos himnos sobre la cruz?
Esa estrofa en la que intentaba pensar cuando hablé por primera vez dice: «Oh abrigo seguro y feliz, oh refugio probado y dulce, oh lugar de cita donde el amor del cielo y la justicia del cielo se encuentran. Como al santo patriarca (hablando de David) le fue dado un sueño maravilloso, así me parece a mí la cruz de mi Salvador: una escalera que sube hasta el cielo». La cruz es un abrigo seguro y feliz. No es para temerla, no es para rehuirla, no es para evitarla. Un abrigo seguro y feliz, un refugio probado y dulce. Y esta señora cuya carta leí antes había llegado al límite de sus fuerzas. No había ninguna solución en absoluto, salvo venir a ese lugar de cita y hallar el abrigo de la cruz diciendo: «Sí, Señor, voy a hacer lo que tú dices». Aceptación. Renuncia a toda la amargura. Aceptación de la vida que sale de la muerte. Pablo dijo: «La muerte obra en nosotros, y en vosotros la vida». Y si vas a cooperar con Jesús en esa muerte que obra en el mundo, vas a tener que ser pan partido y vino derramado. La vida va a obrar en algún otro porque la muerte se puso a obrar en ti. Y como dijo un predicador en la capilla cuando yo era estudiante universitaria, y nunca lo olvidé: «Si tu vida se parte en pedazos al entregarla a Jesús, puede ser porque los pedazos alimentarán a una multitud, cuando un pan entero solo puede saciar a un muchachito». El significado de la cruz: renuncia y aceptación. No a mí misma, sí a Dios. Dios os bendiga.
Preguntas para reflexionar
- ¿Qué dos principios dice Elisabeth Elliot que forman el significado de la cruz?
- Elliot dice que el entendimiento de la cruz comprende dos grandes principios: la renuncia y la aceptación. Los resume como «No a mí misma, sí a Dios»: soltar lo que Dios quiere quitar y recibir lo que Dios quiere dar.
- ¿Qué quiere decir Elliot con renunciar a «nuestro derecho sobre nosotras mismas»?
- Entiende el llamado de Jesús a negarse a uno mismo como renunciar a nuestro derecho sobre nosotras mismas, lo cual llama lo más difícil que cualquiera de nosotras tiene que hacer, y una muerte que debe ocurrir «una y otra y otra vez». Basándose en 1 Corintios 6, dice que significa «ya no soy mía», sino propiedad de Dios.
- ¿Por qué llama Elliot satánica a la autocompasión en este sermón sobre la cruz?
- Señala que, cuando Pedro reprendió a Jesús por anunciar su muerte, en el fondo de su objeción había una invitación a la autocompasión, y Jesús respondió: «Quítate de delante de mí, Satanás». Así, dice, cuando sentimos lástima de nosotras mismas nos ponemos del lado de Satanás, y tenemos que negarnos «la triste, dulce y apestosa compasión de la autocompasión».
- ¿Cómo explica el sermón que el trabajo ordinario y el sufrimiento pueden volverse santos?
- Elliot dice que es el sacrificio lo que santifica: como los utensilios del tabernáculo, hechos del oro, la plata y el bronce comunes, pero santos porque eran ofrecidos a Dios, nuestro trabajo en la cocina, en el escritorio y al cambiar pañales se vuelve santo cuando se lo ofrecemos a él. Todo puede echarse en el fuego que Cristo vino a encender, ya sea «la leña amarga del dolor» o «la sustancia del gozo».
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- Elliot, Elisabeth. “El significado de la cruz.” Sermon. Ochorus, https://ochorus.com/es/sermons/the-meaning-of-the-cross/.
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- Elliot, Elisabeth. “El significado de la cruz.” Sermon. Ochorus. https://ochorus.com/es/sermons/the-meaning-of-the-cross/.
- Chicago footnote
- Elisabeth Elliot, “El significado de la cruz,” sermon, Ochorus, https://ochorus.com/es/sermons/the-meaning-of-the-cross/.
- BibTeX
- @misc{elliotsignificado, author = {Elliot, Elisabeth}, title = {{El significado de la cruz}}, howpublished = {Sermon}, publisher = {Ochorus}, url = {https://ochorus.com/es/sermons/the-meaning-of-the-cross/} }