Texto
Miqueas 6:6-8
Traducción por IA — pendiente de revisión
En breve
“¿Con qué me presentaré ante el Señor?” M'Cheyne la llama la pregunta punzante de toda alma despertada, y la responde como solo él sabía: no con carneros ni ríos de aceite, no con el fruto del cuerpo, sino por el buen camino que Dios mismo ha mostrado: venir en Cristo, con el corazón quebrantado, para hacer justicia, amar misericordia y andar humildemente con nuestro Dios. Termina con su propio verso final.
“¿Con qué me presentaré ante el Señor, y me postraré ante el Dios Altísimo? ¿Vendré ante Él con holocaustos, con becerros de un año? ¿Se agradará el Señor de millares de carneros, o de diez mil arroyos de aceite? ¿Daré mi primogénito por mi rebelión, el fruto de mis entrañas por el pecado de mi alma? Él te ha declarado, oh hombre, lo que es bueno; y ¿qué pide de ti el Señor, sino hacer justicia, y amar misericordia, y andar humildemente con tu Dios?”
Doctrina.—El buen camino de venir ante el Señor.
La pregunta de un alma despertada.—“¿Con qué me presentaré ante el Señor?” Un hombre no despertado nunca se hace esa pregunta. El hombre natural no tiene deseo de venir ante Dios, ni de postrarse ante el Dios Altísimo. No le gusta pensar en Dios. Preferiría pensar en cualquier otro tema. Olvida con facilidad lo que se le dice acerca de Dios. El hombre natural no tiene memoria para las cosas divinas, porque no tiene corazón para ellas. No tiene deseo de venir ante Dios en oración. No hay nada que el hombre natural aborrezca más que la oración. Preferiría con mucho pasar media hora cada mañana en ejercicio corporal o en duro trabajo, que en la presencia de Dios. No tiene deseo de venir ante Dios cuando muere. Sabe que ha de comparecer ante Dios, pero ello no le da gozo alguno. Preferiría hundirse en la nada; preferiría no ver jamás el rostro de Dios. ¡Ah! amigos míos, ¿es esta vuestra condición? ¡Con cuánta certeza podéis saber que tenéis “la mente carnal, que es enemistad contra Dios”! Sois como Faraón: “¿Quién es el Señor, para que yo le obedezca?” Decís a Dios: “Apártate de mí, porque no quiero el conocimiento de tus caminos.” ¡Qué estado tan terrible es no tener deseo alguno de Aquel que es la fuente de aguas vivas!
Un alma despertada siente que su mayor felicidad está en venir ante Dios. Esta era la felicidad de Adán antes de la caída. Se sentía como un niño bajo la mirada de un Padre amoroso. Su gozo supremo era venir ante Dios—ser amado por Él—ser como una mota en el rayo de sol—estar continuamente bañado en la luz de su amor—sin que nube ni velo se interpusieran. Este es el gozo de los santos ángeles: venir ante el Señor, y postrarse ante el Dios Altísimo. En su presencia hay plenitud de gozo. “Los ángeles siempre contemplan el rostro de mi Padre.” Sea cual sea el encargo de amor en que vuelen, siempre sienten que su mirada de amor está sobre ellos—este es su gozo diario, su gozo de cada hora. Esta es la verdadera felicidad de un creyente. Oíd a David (Salmo xlii.): “Como el ciervo anhela las corrientes de las aguas, así te anhela a ti, oh Dios, el alma mía; mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios?” No anhela los dones de Dios—no sus favores ni sus consuelos—sino a Él mismo. El creyente suspira por Dios—por venir a su presencia—por sentir su amor—por sentirse cerca de Él en lo secreto—por sentir, en medio de la multitud, que está más cerca que todas las criaturas. ¡Ah! amados hermanos, ¿habéis probado alguna vez esta bienaventuranza? Hay mayor reposo y consuelo en la presencia de Dios por una sola hora, que en una eternidad en la presencia del hombre. Estar en su presencia—bajo su amor—bajo su mirada—es el cielo, dondequiera que sea. Dios puede haceros felices en cualquier circunstancia. Sin Él, nada puede.
Un alma despertada siente dificultades en el camino. “¿Con qué...?”, etc. Hay dos grandes dificultades.
1o, La naturaleza del pecador.—“¿Con qué...?”, etc. Cuando Dios despierta de veras a un alma, le muestra su propia vileza y odiosidad. Dirige la mirada hacia dentro. Le muestra que todo designio de su corazón no ha sido de continuo sino el mal; que cada miembro de su cuerpo lo ha empleado al servicio del pecado; que ha tratado a Cristo de manera vergonzosa; que ha pecado tanto contra la ley como contra el amor; que ha mantenido cerrada la puerta de su corazón contra el Señor Jesús, hasta que su cabeza se llenó de rocío, y sus cabellos de las gotas de la noche. Oh hermanos, si Dios os ha descubierto alguna vez a vosotros mismos, os asombraríais de que semejante masa de infierno y pecado haya sido dejada vivir y respirar tanto tiempo; de que Dios haya tenido paciencia con vosotros hasta el día de hoy. Vuestro clamor será: “¿Con qué me presentaré ante el Señor?” Aunque todo el mundo viniera ante Él, ¿cómo podré yo?
2o, La naturaleza de Dios.—“El Dios Altísimo.” Cuando Dios despierta de veras a un alma, por lo general le revela algo de su propia santidad y majestad. Así trató a Isaías (vi.): “Vi al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo. Por encima de él estaban los serafines; el uno clamaba al otro: Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria. Entonces dije: ¡Ay de mí! que soy muerto.” Cuando Isaías vio que Dios era un Dios tan grande, y tan santo, se sintió deshecho. Sintió que no podía estar en pie en la presencia de un Dios tan grande. ¡Oh hermanos! ¿Habéis tenido alguna vez un descubrimiento de la grandeza y la santidad de Dios, tal que os postrara a sus pies? Oh, orad por un descubrimiento de Dios como el que tuvo Job: “De oídas te había oído, mas ahora mis ojos te ven; por tanto me aborrezco, y me arrepiento en el polvo y en la ceniza.” ¡Ay! temo que la mayoría de vosotros nunca conoceréis a ese Dios con quien tenéis que ver, hasta que estéis culpables y sin habla ante su gran trono blanco. ¡Oh, si oraseis por un descubrimiento de Él ahora, para que podáis clamar: “¡Con qué me presentaré ante el Señor, y me postraré ante el Dios Altísimo!”
3o, La ansiedad del alma despertada la lleva a la pregunta: “¿Con qué?”—¡Ah! es una pregunta punzante. Es la pregunta de quien ha sido hecho sentir que “una cosa es necesaria.” Cuanto tiene lo entregaría por alcanzar paz con Dios. Si tuviera mil carneros, o diez mil arroyos de aceite, los daría de buena gana. Si la vida de sus hijos, los objetos más queridos sobre esta tierra, la alcanzara, los entregaría. Si tuviera diez mil mundos, los daría todos por una parte en Cristo. ¡Ay de vosotros los que reposáis en Sion! ¡Ay de aquellos de vosotros que jamás os hicisteis esta pregunta: ¿Con qué me presentaré ante el Señor? ¡Ah! ¡necios que jugáis con las cosas eternas! ¡Pobres mariposas, que revoloteáis de flor en flor, y no consideráis la oscura eternidad que tenéis delante! ¡Prepárate para venir al encuentro de tu Dios, oh Israel! Os apresuráis hacia la muerte y el juicio, y sin embargo nunca preguntáis: “¿Qué vestidura me cubrirá, cuando esté ante el gran trono blanco? Si fuerais a comparecer ante un monarca terrenal, preguntaríais de antemano: ¿Con qué he de ataviarme? Si fuerais a ser juzgados ante un tribunal terrenal, os aseguraríais de un abogado. ¿Cómo es que os precipitáis tan velozmente hacia el tribunal de Dios, y nunca hacéis la pregunta: ¿Con qué compareceré? “¿Y si el justo con dificultad se salva, en dónde aparecerá el impío y el pecador?”
La respuesta de paz al alma despertada.“Él te ha declarado, oh hombre, lo que es bueno.”
Nada de lo que el hombre pueda traer consigo lo justificará delante de Dios. El corazón natural siempre se afana por traer algo que le sirva de manto de justicia delante de Dios. No hay nada que un hombre no haría—nada que no sufriría—con tal de poder cubrirse delante de Dios. Lágrimas, oraciones, deberes, reformas, devociones—el corazón hará cualquier cosa por ser justo delante de Dios. Pero toda esta justicia es como trapos de inmundicia. Porque,
El corazón sigue siendo un abismo espantoso de corrupción. Todo aquello en que ese corazón tiene parte queda contaminado y vil. Sus mismas lágrimas y oraciones necesitarían ser lavadas.
Aun suponiendo perfecta esta justicia, no puede cubrir el pasado. Solo responde por el tiempo en que se hizo. Los pecados antiguos, y los pecados de la juventud, quedan todavía sin cubrir. ¡Oh! amados hermanos, si Jesús ha de justificaros, debe hacer como hizo con Josué: “Quitadle esas vestiduras viles”; y “te vestiré de ropas de gala.”—Zac. iii.4. Solo la mano de Jesús puede vestiros de ropas de gala. Cristo es el buen camino.—“Él te ha declarado...”, etc. “Paraos en los caminos, y mirad, y preguntad por las sendas antiguas, cuál es el buen camino, y andad por él, y hallaréis descanso para vuestras almas.” Cristo es el buen camino al Padre.
Primero, porque es tan idóneo. Responde exactamente al caso del pecador; para cada pecado del pecador tiene una herida, para cada desnudez tiene un vestido, para cada vacío tiene una provisión. No hay temor de que no reciba al pecador, pues vino al mundo con el propósito de salvar a los pecadores. No hay temor de que el Padre no se agrade de nosotros en Él, pues el Padre lo envió, puso sobre Él nuestra iniquidad, lo levantó de entre los muertos, y os señala a Él. “Él te ha declarado, oh hombre, lo que es bueno.”
Segundo, es tan gratuito.—“Como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así por la obediencia de uno los muchos serán constituidos justos.” Hasta donde alcanza la maldición de Adán, hasta allí alcanza el ofrecimiento de perdón por Jesús. He aquí buenas nuevas para el más vil de los hombres. Podéis ser cubiertos tan completa y gratuitamente como los que nunca han pecado como vosotros habéis pecado. “Él te ha declarado, oh hombre, lo que es bueno.”
Tercero, glorifica tanto a Dios.—Todos los demás caminos de salvación glorifican al hombre, pero este camino glorifica a Dios; por eso es bueno. Aquel camino es bueno y el mejor que da gloria al Cordero. El camino de justicia por Jesús es bueno por esta razón: que Jesús recibe toda la alabanza. A Él sea la gloria. Es por fe, para que sea por gracia. Si un hombre pudiera justificarse a sí mismo, o si pudiera creer por sí mismo y extender la justicia de Cristo sobre su alma, ese hombre se gloriaría. Pero cuando un hombre yace muerto a los pies de Jesús, y Jesús extiende su blanca vestidura sobre él, por pura y soberana misericordia, entonces Jesús recibe toda la alabanza. ¿Habéis escogido el buen camino de ser justificados? Este es el camino que Dios ha venido mostrando desde la fundación del mundo. Lo mostró en el cordero de Abel, y en todos los sacrificios, y por todos los profetas. Lo muestra por su Espíritu al corazón. ¿Os ha sido revelado este buen camino? Si así ha sido, tendréis todas las cosas por pérdida, por la excelencia del conocimiento de él. ¡Oh dulce y divino camino de justificar a un pecador! ¡Oh, si todo el mundo lo conociera! ¡Oh, si viéramos más de él! ¡Oh, si pudierais valeros de él! “Andad por él, y hallaréis descanso para vuestras almas.”
Lo que Dios requiere del justificado. Cuando Jesús sanó al hombre impotente en el estanque de Betesda, le dijo: “he aquí, has sido sanado; no peques más, para que no te venga alguna cosa peor.” Y de nuevo, cuando cubrió el pecado de la adúltera, dijo: “Ni yo te condeno; vete, y no peques más.”— Juan viii. Así también aquí, cuando muestra el buen camino de la justicia, añade: “¿Y qué pide de ti el Señor?”
Dios requiere que sus redimidos sean santos.—Si sois sus hermanos, os querrá hombres justos y santos.
1o, requiere que hagáis justicia—que seáis justos en vuestros tratos de hombre a hombre. Este es uno de sus propios rasgos gloriosos. Él es un Dios justo. “El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?” “Él es mi Roca, y no hay injusticia en Él.” ¿Habéis venido a Él por Jesús?—Él requiere que reflejéis su imagen. ¿Sois hijos suyos?—habéis de ser como Él. Oh hermanos, sed exactos en vuestros tratos. Sed como vuestro Dios. Guardaos de la deshonestidad; guardaos del engaño en los negocios. Guardaos de alabar vuestra mercancía cuando la vendéis, y de desacreditarla cuando la compráis. “Malo es, malo es, dice el comprador; mas cuando se aparta, entonces se jacta.” No será así entre vosotros. Dios requiere que hagáis justicia.
2o, requiere que améis la misericordia.—Este es el rasgo más resplandeciente en el carácter de Cristo. Si estáis en Cristo, bebed a fondo de su Espíritu; Dios requiere que seáis misericordiosos. El mundo es egoísta, despiadado. Una madre no convertida no tiene misericordia del alma de su propio hijo. Puede verlo caer en el infierno sin misericordia. ¡Oh la infernal crueldad de los hombres no convertidos! No será así con vosotros. Sed misericordiosos, como vuestro Padre en el cielo es misericordioso.
3o, requiere que andéis humildemente con vuestro Dios.—Cristo dice: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón.” Si Dios ha cubierto todos vuestros pecados pasados—rebeliones—recaídas—desbordamientos; entonces no abráis nunca la boca sino en humilde alabanza. Dios requiere esto de vuestra mano. Andad con Dios, y andad humildemente.
Recordad que este es el fin de Dios al justificaros.—Amó a la Iglesia, y se entregó por ella, para santificarla y limpiarla. Este era su gran fin: levantar un pueblo peculiar que le sirviera, y llevara su semejanza, en este mundo y en la eternidad. Por esto dejó el cielo—por esto gimió, sangró, murió, para haceros santos. Si no sois hechos santos, Cristo murió en vano por vosotros.
Todo cuanto Él requiere, da gracia para cumplirlo.—Cristo no solo es bueno como nuestro camino al Padre, sino que es nuestra fuente de aguas vivas. Esfuérzate en la gracia que es en Cristo Jesús. Hay en Cristo lo bastante para suplir la necesidad de todo su pueblo. Un anciano ministro dice que un niño puede llevar poca agua del mar en sus dos manos, y así es poco lo que podemos sacar de Cristo. Hay en Él riquezas inescrutables.
Esfuérzate en la gracia que es en Él. Vive fuera de ti mismo, y vive de Él. Ve y dile que, ya que Él requiere todo esto de ti, ha de darte gracia conforme a tu necesidad. Mi Dios suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús. Te ha mostrado a uno que es bueno—al hermoso Emanuel; ahora apóyate en Él—recibe de Él vida que jamás se secará. Deja que su mano te sostenga en medio de las olas de este mar tempestuoso. Deja que su hombro te lleve por encima de las espinas de este desierto. Mira a Él tanto para la santificación como para la justificación.
Así tu andar será cercano a Dios,
sereno y en calma tu ser;
así una luz más pura marcará el camino
que te lleva al Cordero.
Dominio público. Texto original de la edición original.