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Dios glorificado en la dependencia del hombre
Jonathan EdwardsTexto
1 Corintios 1:29-31
En breve
Lo primero que Edwards publicó en su vida, predicado en la conferencia de Boston cuando tenía veintisiete años: la redención está dispuesta de tal manera que el hombre depende de Dios para todo —el bien mismo, el darlo y el camino por el que llega—, para que nadie se jacte en su presencia. El manifiesto de un joven para todo el Despertar que vino después.
A fin de que nadie se jacte en su presencia. Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención; para que, como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor.
AQUELLOS cristianos a quienes el apóstol dirigió esta epístola vivían en una parte del mundo donde la sabiduría humana gozaba de gran reputación; como observa el apóstol en el versículo 22 de este capítulo: "los griegos buscan sabiduría." Corinto no estaba lejos de Atenas, que por muchos siglos había sido la sede más famosa de la filosofía y el saber en el mundo. Por eso el apóstol les hace notar cómo Dios, por medio del evangelio, destruyó y redujo a nada la sabiduría de ellos. Los doctos griegos y sus grandes filósofos, con toda su sabiduría, no conocieron a Dios; no fueron capaces de hallar la verdad en las cosas divinas. Pero, después de haber hecho cuanto pudieron sin resultado alguno, agradó a Dios al fin revelarse por medio del evangelio, que ellos tenían por locura. "Lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es." Y el apóstol les declara en el texto por qué obró así: A fin de que nadie se jacte en su presencia, etc.- En las cuales palabras puede observarse,
1. Lo que Dios se propone en la disposición de las cosas en el asunto de la redención, a saber, que el hombre no se gloríe en sí mismo, sino solamente en Dios; A fin de que nadie se jacte en su presencia, --para que, como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor.
2. Cómo se alcanza este fin en la obra de la redención, a saber, por aquella dependencia absoluta e inmediata que los hombres tienen de Dios en esa obra, para todo su bien. Por cuanto,
Primero, Todo el bien que tienen está en Cristo y es por medio de él; Él nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención. Todo el bien de la criatura caída y redimida está comprendido en estas cuatro cosas, y no puede distribuirse mejor que en ellas; pero Cristo es cada una de ellas para nosotros, y no tenemos ninguna de ellas de otro modo que en él. Nos ha sido hecho por Dios sabiduría: en él está todo el bien propio y la verdadera excelencia del entendimiento. La sabiduría era cosa que los griegos admiraban; pero Cristo es la verdadera luz del mundo; solamente por medio de él se imparte a la mente la verdadera sabiduría. En Cristo y por Cristo tenemos la justificación: es por estar en él que somos justificados, que nuestros pecados son perdonados y que somos recibidos como justos en el favor de Dios. Por Cristo tenemos la santificación: tenemos en él verdadera excelencia del corazón tanto como del entendimiento; y él nos ha sido hecho justicia inherente tanto como imputada. Por Cristo tenemos la redención, o sea, la liberación efectiva de toda miseria, y la concesión de toda felicidad y gloria. Así, todo nuestro bien lo tenemos por Cristo, que es Dios.
Segundo, Otro ejemplo en que se manifiesta nuestra dependencia de Dios para todo nuestro bien es este: Que es Dios quien nos ha dado a Cristo, para que tengamos estos beneficios por medio de él; él nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, etc.
Tercero, Es por él que estamos en Cristo Jesús, y llegamos a tener parte en él, y así recibimos aquellas bendiciones que él nos ha sido hecho. Es Dios quien nos da la fe por la cual nos unimos a Cristo.
De modo que en este versículo se muestra nuestra dependencia de cada persona de la Trinidad para todo nuestro bien. Dependemos de Cristo, el Hijo de Dios, por cuanto él es nuestra sabiduría, justificación, santificación y redención. Dependemos del Padre, que nos ha dado a Cristo y le ha hecho ser estas cosas para nosotros. Dependemos del Espíritu Santo, pues por él estáis vosotros en Cristo Jesús; es el Espíritu de Dios quien da la fe en él, por la cual le recibimos y nos unimos a él.
DOCTRINA.
"Dios es glorificado en la obra de la redención en esto: que se manifiesta en ella una dependencia tan absoluta y universal de los redimidos respecto de él." -- Aquí me propongo mostrar, 1º, Que hay una dependencia absoluta y universal de los redimidos respecto de Dios para todo su bien. Y, 2º, Que Dios es por ello exaltado y glorificado en la obra de la redención.
I. Hay una dependencia absoluta y universal de los redimidos respecto de Dios. La naturaleza y la disposición de nuestra redención son tales, que los redimidos dependen de Dios en todo, directa, inmediata y enteramente: dependen de él para todo, y dependen de él en todos los sentidos.
Las diversas maneras en que un ser puede depender de otro para su bien, y en que los redimidos de Jesucristo dependen de Dios para todo su bien, son estas, a saber: Que tienen todo su bien de él, y que lo tienen todo por medio de él, y que lo tienen todo en él: Que él es la causa y el origen de donde viene todo su bien, y en esto es de él; y que él es el medio por el cual se obtiene y se comunica, y en esto lo tienen por medio de él; y que él es el bien mismo dado y comunicado, y en esto está en él. Ahora bien, los que son redimidos por Jesucristo dependen de Dios, en todos estos respectos, muy directa y enteramente para su todo.
Primero, Los redimidos tienen todo su bien de Dios. Dios es el gran autor de él. Él es su primera causa; y no solo eso, sino que es su única causa propia. De Dios tenemos a nuestro Redentor. Es Dios quien ha provisto un Salvador para nosotros. Jesucristo no solo es de Dios en su persona, por cuanto es el Hijo unigénito de Dios, sino que procede de Dios en cuanto nosotros tenemos que ver con él, y en su oficio de Mediador. Él es el don de Dios para nosotros: Dios le escogió y le ungió, le señaló su obra y le envió al mundo. Y así como es Dios quien da, así también es Dios quien acepta al Salvador. Él da al que compra, y concede la cosa comprada.
Es de Dios que Cristo llega a ser nuestro, que somos traídos a él y unidos a él. Es de Dios que recibimos la fe para unirnos a él, a fin de tener parte en él. Ef. 2:8. "Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios." Es de Dios que recibimos efectivamente todos los beneficios que Cristo ha comprado. Es Dios quien perdona y justifica, y libra de descender al infierno; y en su favor son recibidos los redimidos cuando son justificados. Así también es Dios quien libra del dominio del pecado, nos limpia de nuestra inmundicia y nos transforma de nuestra deformidad. Es de Dios que los redimidos reciben toda su verdadera excelencia, sabiduría y santidad; y esto de dos maneras, a saber: por cuanto el Espíritu Santo, por quien estas cosas son obradas inmediatamente, es de Dios, procede de él y es enviado por él; y también por cuanto el Espíritu Santo mismo es Dios, por cuya operación y morada son conferidos y sostenidos el conocimiento de Dios y de las cosas divinas, una disposición santa y toda gracia. Y aunque se hace uso de medios para conferir la gracia a las almas de los hombres, sin embargo es de Dios que tenemos estos medios de gracia, y es él quien los hace eficaces. Es de Dios que tenemos las Santas Escrituras; son su palabra. Es de Dios que tenemos las ordenanzas, y su eficacia depende de la influencia inmediata de su Espíritu. Los ministros del evangelio son enviados por Dios, y toda su suficiencia proviene de él.-- 2 Co. 4:7. "Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros." Su fruto depende entera y absolutamente de la bendición e influencia inmediatas de Dios.
1. Los redimidos lo tienen todo de la gracia de Dios. Fue por pura gracia que Dios nos dio a su Hijo unigénito. La gracia es grande en proporción a la excelencia de lo que se da. El don era infinitamente precioso, porque era el de una persona infinitamente digna, una persona de gloria infinita; y también porque era el de una persona infinitamente cercana y querida para Dios. La gracia es grande en proporción al beneficio que se nos da en él. El beneficio es doblemente infinito, por cuanto en él tenemos liberación de una miseria infinita, por ser eterna, y recibimos además gozo y gloria eternos. La gracia al conceder este don es grande en proporción a nuestra indignidad, a quienes se da; en lugar de merecer semejante don, merecíamos infinitamente el mal de manos de Dios. La gracia es grande según la manera de dar, o en proporción a la humillación y al costo del método y los medios por los cuales se abre el camino para que tengamos el don. Le dio para que habitase entre nosotros; nos le dio encarnado, o en nuestra naturaleza, y en semejantes flaquezas, aunque sin pecado. Nos le dio en un estado bajo y afligido; y no solo eso, sino inmolado, para que fuese un banquete para nuestras almas.
La gracia de Dios al conceder este don es enteramente gratuita. Era algo que Dios no tenía ninguna obligación de conceder. Pudo haber desechado al hombre caído, como desechó a los ángeles caídos. Era algo que nosotros jamás hicimos nada por merecer; fue dado cuando aún éramos enemigos, y antes de que nos hubiésemos siquiera arrepentido. Procedió del amor de Dios, que no vio en nosotros excelencia alguna que lo atrajese; y fue sin esperanza de ser jamás recompensado por ello. Y es por pura gracia que los beneficios de Cristo se aplican a tales y tales personas en particular. Los que son llamados y santificados han de atribuirlo solamente al beneplácito de la bondad de Dios, por el cual son distinguidos. Él es soberano, y tiene misericordia de quien quiere tener misericordia.
El hombre tiene ahora una dependencia de la gracia de Dios mayor que la que tenía antes de la caída. Depende de la bondad gratuita de Dios para mucho más de lo que dependía entonces. Entonces dependía de la bondad de Dios para que le confiriese la recompensa de la obediencia perfecta; porque Dios no estaba obligado a prometer y conceder esa recompensa. Pero ahora dependemos de la gracia de Dios para mucho más; necesitamos la gracia, no solo para que se nos conceda la gloria, sino para librarnos del infierno y de la ira eterna. Bajo el primer pacto dependíamos de la bondad de Dios para que nos diese la recompensa de la justicia; y así dependemos ahora; pero necesitamos la gracia gratuita y soberana de Dios para que nos dé esa justicia; para perdonar nuestro pecado y librarnos de su culpa y de su demérito infinito.
Y así como dependemos de la bondad de Dios para más cosas ahora que bajo el primer pacto, así también dependemos de una bondad mucho mayor, más gratuita y maravillosa. Ahora dependemos más del beneplácito arbitrario y soberano de Dios. En nuestro primer estado dependíamos de Dios para la santidad. Teníamos de él nuestra justicia original; pero entonces la santidad no se concedía por vía de beneplácito soberano, como ahora. El hombre fue creado santo, porque convenía a Dios crear santas a todas sus criaturas racionales. Habría sido un menoscabo de la santidad de la naturaleza de Dios si hubiese hecho una criatura inteligente sin santidad. Pero ahora, cuando el hombre caído es hecho santo, es por pura y arbitraria gracia; Dios puede negar para siempre la santidad a la criatura caída, si así le place, sin menoscabo alguno de ninguna de sus perfecciones.
Y no solo somos en verdad más dependientes de la gracia de Dios, sino que nuestra dependencia es mucho más patente, porque nuestra propia insuficiencia e impotencia en nosotros mismos es mucho más evidente en nuestro estado caído y perdido que antes de que fuésemos pecadores o miserables. Somos más evidentemente dependientes de Dios para la santidad, porque primero somos pecadores y enteramente contaminados, y después santos. Así la producción del efecto es sensible, y su procedencia de Dios más manifiesta. Si el hombre hubiese sido santo y siempre lo hubiese sido, no sería tan evidente que no poseía la santidad necesariamente, como una cualidad inseparable de la naturaleza humana. Así somos más evidentemente dependientes de la gracia gratuita para el favor de Dios, pues primero somos con justicia objetos de su desagrado, y después somos recibidos en su favor. Somos más evidentemente dependientes de Dios para la felicidad, siendo primero miserables y después felices. Es más evidentemente gratuita y sin mérito en nosotros, porque de hecho carecemos de toda clase de excelencia con que merecer, si es que pudiese haber tal cosa como mérito en la excelencia de una criatura. Y no solo carecemos de toda verdadera excelencia, sino que estamos llenos, y del todo contaminados, de aquello que es infinitamente aborrecible. Todo nuestro bien procede más evidentemente de Dios, porque primero estamos desnudos y enteramente sin bien alguno, y después somos enriquecidos con todo bien.
2. Lo recibimos todo del poder de Dios. De la redención del hombre se habla a menudo como de una obra de maravilloso poder tanto como de gracia. El gran poder de Dios se manifiesta en sacar a un pecador de su bajo estado, de las profundidades del pecado y la miseria, a un estado tan exaltado de santidad y felicidad. Ef. 1:19. "Y cuál la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza."----
Dependemos del poder de Dios a lo largo de cada paso de nuestra redención. Dependemos del poder de Dios para convertirnos y darnos la fe en Jesucristo y la nueva naturaleza. Es una obra de creación: "De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es," 2 Co. 5:17. "Somos hechura suya, creados en Cristo Jesús," Ef. 2:10. La criatura caída no puede alcanzar la verdadera santidad sino siendo creada de nuevo. Ef. 4:24. "Y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad." Es un resucitar de entre los muertos. Col. 2:12-13. "En el cual fuisteis también resucitados con él, mediante la fe en el poder de Dios que le levantó de los muertos." Más aún, es una obra de poder más gloriosa que la mera creación, o que el resucitar a la vida un cuerpo muerto, por cuanto el efecto alcanzado es mayor y más excelente. Aquel ser santo y feliz, y aquella vida espiritual, que se produce en la obra de la conversión, es un efecto mucho mayor y más glorioso que el mero ser y la mera vida. Y el estado desde el cual se efectúa el cambio -- una muerte en el pecado, una corrupción total de la naturaleza y un abismo de miseria -- está mucho más alejado del estado alcanzado que la mera muerte o el no ser.
Es también por el poder de Dios que somos preservados en un estado de gracia. 1 P. 1:5. "Guardados por el poder de Dios mediante la fe para la salvación." Así como la gracia es al principio de Dios, así también lo es continuamente, y es mantenida por él, tanto como la luz en la atmósfera procede del sol durante todo el día, y no solo al primer albor o a la salida del sol. -- Los hombres dependen del poder de Dios para todo ejercicio de la gracia, y para llevar adelante esa obra en el corazón, para someter el pecado y la corrupción, acrecentar los principios santos y capacitar para dar fruto en buenas obras. El hombre depende del poder divino para llevar la gracia a su perfección, para hacer al alma completamente amable en la gloriosa semejanza de Cristo y llenarla de un gozo y una bienaventuranza que satisfacen; y para resucitar el cuerpo a la vida, y a un estado tan perfecto que sea apto como morada e instrumento de un alma tan perfeccionada y bienaventurada. Estos son los efectos más gloriosos del poder de Dios que se ven en la serie de los actos de Dios respecto de las criaturas.
El hombre dependía del poder de Dios en su primer estado, pero depende más de su poder ahora; necesita el poder de Dios para que haga más cosas por él, y depende de un ejercicio más maravilloso de su poder. Fue un efecto del poder de Dios hacer santo al hombre al principio; pero lo es de modo más notable ahora, porque hay muchísima oposición y dificultad en el camino. Es un efecto de poder más glorioso hacer santo lo que estaba tan depravado y bajo el dominio del pecado, que conferir santidad a lo que antes no tenía nada de lo contrario. Es una obra de poder más gloriosa rescatar un alma de las manos del diablo y de las potestades de las tinieblas, y llevarla a un estado de salvación, que conferir santidad donde no había ocupación previa ni oposición. Lc. 11:21-22. "Cuando el hombre fuerte armado guarda su palacio, en paz está lo que posee. Pero cuando viene otro más fuerte que él y le vence, le quita todas sus armas en que confiaba, y reparte el botín." Así es una obra de poder más gloriosa sostener un alma en un estado de gracia y santidad, y llevarla adelante hasta que sea traída a la gloria, cuando queda tanto pecado en el corazón que resiste, y Satanás se opone con todas sus fuerzas, que lo que habría sido guardar al hombre de caer al principio, cuando Satanás no tenía nada en el hombre.-- Así hemos mostrado cómo los redimidos dependen de Dios para todo su bien, por cuanto lo tienen todo de él.
Segundo, Dependen también de Dios para todo, por cuanto lo tienen todo por medio de él. Dios es el medio de ello, tanto como su autor y fuente. Todo cuanto tenemos, la sabiduría, el perdón del pecado, la liberación del infierno, la aceptación en el favor de Dios, la gracia y la santidad, el verdadero consuelo y la felicidad, la vida eterna y la gloria, viene de Dios por un Mediador; y este Mediador es Dios; Mediador del cual tenemos una dependencia absoluta, como aquel por medio de quien lo recibimos todo. De modo que he aquí otra manera en que tenemos nuestra dependencia de Dios para todo bien. Dios no solo nos da el Mediador, y acepta su mediación, y por su poder y gracia concede las cosas compradas por el Mediador; sino que él, el Mediador, es Dios.
Nuestras bendiciones son cosas que tenemos por compra; y la compra se hace a Dios, las bendiciones se compran de él, y Dios da al que compra; y no solo eso, sino que Dios es el que compra. Más aún, Dios es a la vez el comprador y el precio; porque Cristo, que es Dios, compró estas bendiciones para nosotros ofreciéndose a sí mismo como precio de nuestra salvación. Compró la vida eterna por el sacrificio de sí mismo. He. 7:27. "Ofreciéndose a sí mismo." Y 9:26. "Se presentó una vez para siempre, en la consumación de los siglos, para quitar de en medio el pecado por el sacrificio de sí mismo." Ciertamente fue la naturaleza humana la que fue ofrecida; pero era la misma persona que la divina, y por tanto era un precio infinito.
Así como tenemos nuestro bien por medio de Dios, tenemos una dependencia de él en un respecto en que el hombre en su primer estado no la tenía. El hombre había de tener entonces la vida eterna por medio de su propia justicia; de modo que tenía en parte una dependencia de lo que había en sí mismo; porque dependemos de aquello por medio de lo cual tenemos nuestro bien, tanto como de aquello de lo cual lo tenemos; y aunque la justicia del hombre, de la cual dependía entonces, procedía en verdad de Dios, era sin embargo suya propia, era inherente en sí mismo; de modo que su dependencia no era tan inmediatamente de Dios. Pero ahora la justicia de la cual dependemos no está en nosotros mismos, sino en Dios. Somos salvos por medio de la justicia de Cristo: Él nos ha sido hecho justicia; y por eso se profetiza de él, Jer. 23:6, bajo ese nombre: "Jehová, justicia nuestra." Por cuanto la justicia por la cual somos justificados es la justicia de Cristo, es la justicia de Dios. 2 Co.5:21. "Para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él." --Así, en la redención no solo tenemos todas las cosas de Dios, sino por él y por medio de él, 1 Co. 8:6. "Para nosotros, sin embargo, sólo hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas, y nosotros somos para él; y un Señor, Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas, y nosotros por medio de él."
Tercero, Los redimidos tienen todo su bien en Dios. No solo lo tenemos de él y por medio de él, sino que consiste en él; él es todo nuestro bien.-- El bien de los redimidos es o bien objetivo o bien inherente. Por su bien objetivo entiendo aquel objeto extrínseco en cuya posesión y goce son felices. Su bien inherente es aquella excelencia o deleite que está en el alma misma. Con respecto a ambos, los redimidos tienen todo su bien en Dios, o, lo que es lo mismo, Dios mismo es todo su bien.
1. Los redimidos tienen todo su bien objetivo en Dios. Dios mismo es el gran bien a cuya posesión y goce son llevados por la redención. Él es el sumo bien, y la suma de todo aquel bien que Cristo compró. Dios es la herencia de los santos; él es la porción de sus almas. Dios es su riqueza y su tesoro, su alimento, su Vida, su morada, su ornamento y su diadema, y su honra y gloria eternas. No tienen a nadie en el cielo sino a Dios; él es el gran bien al cual los redimidos son recibidos en la muerte, y al cual han de resucitar al fin del mundo. El Señor Dios es la luz de la Jerusalén celestial; y es el "río de agua de vida" que corre, y "el árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios." Las gloriosas excelencias y la hermosura de Dios serán lo que por siempre ocupará las mentes de los santos, y el amor de Dios será su banquete eterno. Los redimidos gozarán en verdad de otras cosas; gozarán de los ángeles, y gozarán unos de otros; pero lo que gocen en los ángeles, o unos en otros, o en cualquier otra cosa que les proporcione deleite y felicidad, será lo que se vea de Dios en ellos.
2. Los redimidos tienen todo su bien inherente en Dios. El bien inherente es doble: es o excelencia o deleite. Estas cosas los redimidos no solo las derivan de Dios, como causadas por él, sino que las tienen en él. Tienen excelencia y gozo espirituales por una especie de participación de Dios. Son hechos excelentes por una comunicación de la excelencia de Dios. Dios pone su propia hermosura, es decir, su hermosa semejanza, sobre sus almas. Son hechos participantes de la naturaleza divina, o imagen moral de Dios, 2 P. 1:4. Son santos por ser hechos participantes de la santidad de Dios. He. 12:10. Los santos son hermosos y bienaventurados por una comunicación de la santidad y el gozo de Dios, como la luna y los planetas brillan por la luz del sol. El santo tiene gozo y deleite espirituales por una especie de efusión de Dios sobre el alma. En estas cosas los redimidos tienen comunión con Dios; es decir, participan con él y de él.
Los santos tienen tanto su excelencia espiritual como su bienaventuranza por el don del Espíritu Santo y por su morada en ellos. No solo son causadas por el Espíritu Santo, sino que están en él como en su principio. El Espíritu Santo, al hacerse morador, es un principio vital en el alma. Él, obrando en el alma, sobre ella y con ella, se hace fuente de verdadera santidad y gozo, como un manantial lo es del agua, por la efusión y difusión de sí mismo. Jn. 4:14. "Mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna." Compárese con el cap. 7:38-39. "El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él." La suma de lo que Cristo ha comprado para nosotros es aquella fuente de agua de que se habla en el primero de esos lugares, y aquellos ríos de agua viva de que se habla en el segundo. Y la suma de las bendiciones que los redimidos recibirán en el cielo es aquel río de agua de vida que sale del trono de Dios y del Cordero, Ap. 22:1. Lo cual sin duda significa lo mismo que aquellos ríos de agua viva explicados en Jn. 7:38-39, y que en otra parte se llama el "torrente de tus delicias." En esto consiste la plenitud de bien que los santos reciben de Cristo. Es participando del Espíritu Santo como tienen comunión con Cristo en su plenitud. Dios le ha dado el Espíritu, no por medida; y ellos reciben de su plenitud, y gracia sobre gracia. Esta es la suma de la herencia de los santos; y por eso aquel poco del Espíritu Santo que los creyentes tienen en este mundo se dice que es las arras de su herencia, 2 Co. 1:22. "El cual también nos ha sellado, y nos ha dado las arras del Espíritu en nuestros corazones." Y cap. 5:5. "Mas el que nos hizo para esto mismo es Dios, quien nos ha dado las arras del Espíritu." Y Ef. 1:13-14. "Fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida."
El Espíritu Santo y las cosas buenas se mencionan en la Escritura como una misma cosa; como si el Espíritu de Dios, comunicado al alma, comprendiese todas las cosas buenas, Mt. 7:11. "¿Cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?" En Lucas dice, cap. 11:13. "¿Cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?" Esta es la suma de las bendiciones que Cristo murió para procurar, y el objeto de las promesas del evangelio. Gá. 3:13-14. "Hecho por nosotros maldición, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu." El Espíritu de Dios es la gran promesa del Padre, Lucas 24:49. "He aquí, yo envío la promesa de mi Padre sobre vosotros." Por eso el Espíritu de Dios es llamado "el Espíritu Santo de la promesa," Ef. 1:13. Esta cosa prometida la recibió Cristo, y le fue dada en su mano, tan pronto como hubo acabado la obra de nuestra redención, para concederla a todos los que había redimido; Hch. 2:33. "Así que, exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís." De modo que toda la santidad y felicidad de los redimidos está en Dios. Está en las comunicaciones, la morada y la acción del Espíritu de Dios. La santidad y la felicidad están en el fruto, aquí y en el más allá, porque Dios mora en ellos, y ellos en Dios.
Así, Dios nos ha dado al Redentor, y es por él que nuestro bien es comprado. Así Dios es el Redentor y el precio; y él es también el bien comprado. De modo que todo cuanto tenemos es de Dios, y por medio de él, y en él. Ro. 11:36. "Porque de él, y por él, y para él," o en él, "son todas las cosas." Lo mismo que en el griego aquí se traduce para él, se traduce en él en 1 Co. 8:6.
II. Dios es glorificado en la obra de la redención por este medio, a saber: Por haber una dependencia tan grande y universal de los redimidos respecto de él.
1. El hombre tiene tanto mayor ocasión y obligación de advertir y reconocer las perfecciones y la plena suficiencia de Dios. Cuanto mayor es la dependencia de la criatura respecto de las perfecciones de Dios, y cuanto más tiene que ver con ellas, tanto mayor ocasión tiene de advertirlas. Cuanto más tiene uno que ver con el poder y la gracia de Dios, y cuanto más depende de ellos, tanto mayor ocasión tiene de advertir ese poder y esa gracia. Cuanto mayor y más inmediata es la dependencia de la santidad divina, tanto mayor ocasión hay de advertirla y reconocerla. Cuanto mayor y más absoluta es la dependencia que tenemos de las perfecciones divinas, en cuanto pertenecen a las diversas personas de la Trinidad, tanto mayor ocasión tenemos de observar y confesar la gloria divina de cada una de ellas. Aquello con lo que más tenemos que ver es sin duda lo que más está al alcance de nuestra observación y atención; y esta clase de relación con cualquier cosa, a saber, la dependencia, tiende especialmente a atraer y obligar la atención y la observación. Aquellas cosas de las que no dependemos mucho, es fácil descuidarlas; pero apenas podemos hacer otra cosa que atender a aquello de lo que dependemos grandemente. A causa de nuestra dependencia tan grande de Dios y de sus perfecciones, y en tantos respectos, él y su gloria se ponen más directamente ante nuestra vista, a dondequiera que volvamos los ojos.
Tenemos mayor ocasión de advertir la plena suficiencia de Dios cuando toda nuestra suficiencia procede así de él en todos los sentidos. Tenemos más ocasión de contemplarle como un bien infinito y como la fuente de todo bien. Tal dependencia de Dios demuestra su plena suficiencia. Cuanto más depende de Dios la criatura, tanto mayor aparece la vaciedad de la criatura en sí misma; y cuanto mayor es la vaciedad de la criatura, tanto mayor ha de ser la plenitud del Ser que la suple. El tenerlo todo de Dios muestra la plenitud de su poder y gracia; el tenerlo todo por medio de él muestra la plenitud de su mérito y dignidad; y el tenerlo todo en él demuestra su plenitud de hermosura, amor y felicidad. Y los redimidos, a causa de la grandeza de su dependencia de Dios, no solo tienen tanto mayor ocasión, sino también obligación, de contemplar y reconocer la gloria y la plenitud de Dios. ¡Cuán irrazonables e ingratos seríamos si no reconociésemos aquella suficiencia y gloria de la cual dependemos absoluta, inmediata y universalmente!
2. Por ello se demuestra cuán grande es la gloria de Dios considerada comparativamente, o en comparación con la de la criatura. Por ser la criatura así total y universalmente dependiente de Dios, se ve que la criatura es nada, y que Dios lo es todo. Por ello se ve que Dios está infinitamente por encima de nosotros; que la fuerza, la sabiduría y la santidad de Dios son infinitamente mayores que las nuestras. Por grande y glorioso que la criatura conciba que es Dios, si no es consciente de la diferencia entre Dios y ella, de modo que vea que la gloria de Dios es grande comparada con la suya propia, no estará dispuesta a dar a Dios la gloria debida a su nombre. Si la criatura en algún respecto se pone al nivel de Dios, o se exalta a sí misma hasta competir con él, por más que conciba que a Dios pueden corresponderle gran honra y profundo respeto de parte de los que están a mayor distancia, no será tan consciente de que se lo debe ella. Cuanto más se exaltan los hombres a sí mismos, tanto menos dispuestos estarán ciertamente a exaltar a Dios. Es sin duda lo que Dios se propone en la disposición de las cosas en la redención (si admitimos que las Escrituras son una revelación de la mente de Dios), que Dios aparezca lleno, y el hombre vacío en sí mismo; que Dios aparezca como todo, y el hombre como nada. Es el designio declarado de Dios que otros no "se jacten en su presencia;" lo cual implica que es su designio realzar su propia gloria comparativa. Cuanto más "se jacta" el hombre "en la presencia de Dios," tanto menos gloria se atribuye a Dios.
3. Por estar así dispuesto que la criatura tenga una dependencia tan absoluta y universal de Dios, se provee que Dios tenga nuestras almas enteras y sea el objeto de nuestro respeto indiviso. Si tuviésemos nuestra dependencia en parte de Dios y en parte de alguna otra cosa, el respeto del hombre se dividiría entre aquellas diferentes cosas de las cuales dependiese. Así sería si dependiésemos de Dios solo para una parte de nuestro bien, y de nosotros mismos, o de algún otro ser, para otra parte: o si tuviésemos nuestro bien solo de Dios, y por medio de otro que no fuese Dios, y en alguna otra cosa distinta de ambos, nuestros corazones estarían divididos entre el bien mismo, y aquel de quien, y aquel por medio de quien, lo recibíamos. Pero ahora no hay ocasión para esto, pues Dios no solo es aquel de quien tenemos todo bien, sino también aquel por medio de quien lo tenemos, y es ese mismo bien que tenemos de él y por medio de él. De modo que todo cuanto haya que atraiga nuestro respeto, la tendencia es siempre directamente hacia Dios; todo se une en él como en su centro.
APLICACIÓN.
1. Podemos observar aquí la maravillosa sabiduría de Dios en la obra de la redención. Dios ha hecho de la vaciedad y miseria del hombre, de su estado bajo, perdido y arruinado, en el cual se hundió por la caída, una ocasión de mayor realce de su propia gloria, así como de otras maneras, particularmente en esta: que hay ahora una dependencia mucho más universal y manifiesta del hombre respecto de Dios. Aunque a Dios le place levantar al hombre de aquel lúgubre abismo de pecado y desdicha en que había caído, y exaltarle en gran manera en excelencia y honra, y a una alta cumbre de gloria y bienaventuranza, sin embargo la criatura no tiene nada en ningún respecto de qué gloriarse; toda la gloria pertenece evidentemente a Dios, todo está en una mera, absolutísima y divina dependencia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Y cada persona de la Trinidad es igualmente glorificada en esta obra: hay una dependencia absoluta de la criatura respecto de cada una para todo: todo es del Padre, todo por medio del Hijo y todo en el Espíritu Santo. Así aparece Dios en la obra de la redención como el todo en todos. Es propio que aquel que es, y no hay otro, sea el Alfa y la Omega, el primero y el último, el todo y el único, en esta obra.
2. De aquí que aquellas doctrinas y sistemas de teología que en algún respecto se oponen a tal dependencia absoluta y universal de Dios menoscaben su gloria y frustren el designio de nuestra redención. Y tales son aquellos sistemas que ponen a la criatura en el lugar de Dios, en cualquiera de los respectos mencionados, que exaltan al hombre al lugar del Padre, del Hijo o del Espíritu Santo, en cualquier cosa que pertenezca a nuestra redención. Por más que admitan una dependencia de los redimidos respecto de Dios, niegan sin embargo una dependencia que sea tan absoluta y universal. Reconocen una dependencia entera de Dios para algunas cosas, pero no para otras; reconocen que dependemos de Dios para el don y la aceptación de un Redentor, pero niegan una dependencia tan absoluta de él para obtener parte en el Redentor. Reconocen una dependencia absoluta del Padre por dar a su Hijo, y del Hijo por obrar la redención, pero no una dependencia tan entera del Espíritu Santo para la conversión, y para estar en Cristo, y así llegar a tener derecho a sus beneficios. Reconocen una dependencia de Dios para los medios de gracia, pero no absolutamente para el provecho y el fruto de esos medios; una dependencia parcial del poder de Dios para obtener y ejercitar la santidad, pero no una dependencia pura de la gracia arbitraria y soberana de Dios. Reconocen una dependencia de la gracia gratuita de Dios para ser recibidos en su favor, en cuanto es sin mérito propio alguno, pero no en cuanto es sin ser atraída o movida por excelencia alguna. Reconocen una dependencia parcial de Cristo, como aquel por medio de quien tenemos la vida, por haber comprado nuevas condiciones de vida, pero sostienen todavía que la justicia por medio de la cual tenemos la vida es inherente en nosotros mismos, como lo era bajo el primer pacto. Ahora bien, cualquier sistema que sea incompatible con nuestra dependencia entera de Dios para todo, y con tenerlo todo de él, por medio de él y en él, es contrario al designio y al tenor del evangelio, y le roba aquello que Dios tiene por su lustre y su gloria.
3. De aquí podemos aprender una razón por la cual la fe es aquello por lo que llegamos a tener parte en esta redención; pues en la naturaleza de la fe va incluido un reconocimiento sentido de la dependencia absoluta de Dios en este asunto. Es muy propio que se requiera de todos, para que tengan el beneficio de esta redención, que sean conscientes de su dependencia de Dios para ella y la reconozcan. Es por este medio que Dios ha dispuesto glorificarse a sí mismo en la redención; y es propio que él tenga al menos esta gloria de parte de los que son los sujetos de esta redención y tienen el beneficio de ella.-- La fe es un sentir de lo que es real en la obra de la redención; y el alma que cree depende enteramente de Dios para toda la salvación, en su propio sentir y acto. La fe abate a los hombres y exalta a Dios; le da a él solo toda la gloria de la redención. Es necesario, para la fe salvadora, que el hombre sea vaciado de sí mismo, que sea consciente de que es "desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo." La humildad es un gran ingrediente de la verdadera fe: el que verdaderamente recibe la redención la recibe como un niño pequeño, Marcos 10:15. "El que no recibiere el reino de Dios como un niño, no entrará en él." Es el deleite del alma creyente abatirse a sí misma y exaltar solamente a Dios: tal es su lenguaje, Salmo 115:1. "No a nosotros, oh Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria."
4. Seamos exhortados a exaltar solamente a Dios y a atribuirle toda la gloria de la redención. Procuremos obtener, y crecer en, un sentir de nuestra gran dependencia de Dios, tener nuestros ojos puestos solo en él, mortificar una disposición confiada en sí misma y justa en su propia opinión. El hombre es por naturaleza sumamente propenso a exaltarse a sí mismo y a depender de su propio poder o bondad; como si de sí mismo hubiese de esperar la felicidad. Es propenso a tener respeto a goces ajenos a Dios y a su Espíritu, como aquellos en que ha de hallarse la felicidad.-- Pero esta doctrina debe enseñarnos a exaltar solamente a Dios; tanto por la confianza y el apoyo en él como por la alabanza. El que se gloría, gloríese en el Señor. ¿Tiene alguno esperanza de estar convertido y santificado, y de que su mente está dotada de verdadera excelencia y hermosura espiritual? ¿de que sus pecados son perdonados, y él recibido en el favor de Dios, y exaltado a la honra y bienaventuranza de ser su hijo y heredero de la vida eterna? dé a Dios toda la gloria; pues solo él le hace diferir de los peores hombres de este mundo, o de los más miserables de los condenados en el infierno. ¿Tiene alguno mucho consuelo y firme esperanza de la vida eterna? no le envanezca su esperanza, sino más bien dispóngale a abatirse a sí mismo, a reflexionar en su propia extrema indignidad de semejante favor, y a exaltar solamente a Dios. ¿Es alguno eminente en santidad y abundante en buenas obras? no tome para sí nada de la gloria de ello, sino atribúyala a Aquel de quien somos hechura, "creados en Cristo Jesús para buenas obras."
Dominio público. Texto original de la edición original.