Texto
Juan 1:29
En breve
Newton contrapone el clamor del Bautista —“He aquí el Cordero de Dios”— a toda la creación visible, cuyas maravillas de algún modo nos dejan impasibles. Mayor que toda obra de la mano de Dios, sostiene, es el Cordero que quita el pecado del mundo: el único objeto digno de detener todo ojo. Explica por qué el Redentor es figurado como un cordero —la inocencia, la mansedumbre, el sacrificio— y convierte el anuncio en un llamamiento a mirar y vivir.
Juan 1:29
¡He aquí el Cordero de Dios,
que quita el pecado del mundo!
¡Grandes y maravillosas son las obras del SEÑOR Dios Todopoderoso! Vivimos en medio de ellas, y la poca impresión que nos causan prueba suficientemente nuestra depravación. Él es grande aun en lo más pequeño; y no hay planta, flor ni insecto que no lleve la firma de una sabiduría y un poder infinitos. ¡Cuán vivamente, pues, deberíamos ser conmovidos por la consideración del Todo, si el pecado no hubiera cegado nuestro entendimiento y endurecido nuestro corazón! En el principio, cuando todo era tinieblas, desorden y vacío, su Palabra poderosa produjo luz, vida, belleza y orden. Mandó al sol que brillara y a los planetas que giraran. La inmensidad de la creación está mucho más allá del alcance de nuestras concepciones. Las innumerables estrellas, los mundos que, por grandes que sean en sí mismos, apenas son visibles por su lejanía, nos son de poco más uso inmediato y conocido que el de ensanchar nuestra idea de la grandeza de su Autor. Pequeño, en verdad, es el conocimiento que tenemos de nuestro propio sistema; pero sabemos lo bastante para hacer inexcusable nuestra indiferencia. La gloria del sol ha de herir todo ojo, y en esta época ilustrada hay pocas personas que no tengan alguna idea de la magnitud de los planetas, y de la rapidez y regularidad de sus movimientos. Además, la rica variedad que adorna esta creación inferior, la dependencia y relación de sus diversas partes, y su subordinación general al servicio del hombre, su principal habitante, junto con la preservación de los individuos y la continuidad de toda especie de animales, son asuntos que no están por encima del alcance de las capacidades comunes, y que ofrecen un campo casi sin fin e infinito para la reflexión y la admiración. Pero la mayor parte de los hombres no los toma en cuenta. Las vicisitudes del día y la noche, y de las estaciones que se suceden, son para ellos cosas naturales, como si se siguieran unas a otras sin causa ni designio. Y aunque los filósofos que declaradamente se consagran al estudio de las obras de la naturaleza quedan abrumados por las huellas de una sabiduría y un orden que no alcanzan a comprender, pocos de ellos son llevados a pensamientos reverentes de Dios por el jactancioso conocimiento que tienen de sus criaturas. Así viven los hombres sin Dios en el mundo, aunque viven, se mueven y son en Él, y están rodeados sin cesar de las pruebas más patentes de su presencia y energía. Quizá un terremoto o un huracán, despertando sus temores, les imponga a la fuerza la convicción de su poder sobre ellos, y provoque algún ruego ocasional y momentáneo dirigido a Él; pero cuando creen pasado el peligro, recaen en su antigua insensibilidad.
¿Qué puede captar la atención, o ablandar la obstinación, de tales criaturas? ¡He aquí una maravilla más, mayor que todas las anteriores; el último y más alto efecto de la bondad divina! Dios ha amado de tal manera a pecadores rebeldes e ingratos, que les ha designado un Salvador en la persona de su Hijo unigénito. Los profetas previeron su manifestación en la carne, y predijeron sus dichosas consecuencias —que su presencia cambiaría el desierto en campo fértil, que venía a dar vista a los ciegos y vida a los muertos; a poner en libertad a los cautivos; a desatar la carga pesada; y a bendecir con descanso a los cansados. Pero este cambio no había de obrarse meramente por una palabra de poder, como cuando dijo: Sea la luz; y fue la luz (Génesis 1:3). Grande cosa fue sacar el mundo de la nada con su palabra; pero mucho mayor, redimir a los pecadores de la miseria. La salvación de la cual Él es el Autor, aunque gratuita para nosotros, había de costarle cara. Antes de que la misericordia de Dios pudiera dispensarse de hecho a tales ofensores, había que atender a los derechos de su justicia, a las exigencias de su ley y al honor de su gobierno. La temprana institución y el prolongado uso de los sacrificios habían señalado claramente la necesidad de una expiación; pero la Expiación real y verdadera solo podía hacerla el MESÍAS. La sangre de animales sacrificados no podía quitar el pecado, ni manifestar la justicia de Dios al perdonarlo. Esta era la obra designada y pactada del MESÍAS, y solo Él podía llevarla a cabo. Con esta mira había dicho: He aquí, vengo (Salmos 40:7). Y fue con esta mira que, cuando Juan le vio, lo señaló a sus discípulos, diciendo: ¡He aquí el Cordero de Dios!
Tres puntos se ofrecen a nuestra consideración:
I. El título que aquí se da al MESÍAS: El Cordero de Dios.
II. La eficacia de su sacrificio: Él quita el pecado.
III. Su alcance: El pecado del mundo
I.
Él es el Cordero de Dios. El cordero pascual, y los corderos que se ofrecían cada día, mañana y tarde, conforme a la ley de Moisés, eran de institución divina; pero este Cordero fue, además, provisto por Él. Los otros no eran más que tipos [símbolos proféticos]. Aunque muchos, todos eran insuficientes para limpiar de culpa a los que los ofrecían (Hebreos 10:1); y todos quedaron abolidos cuando el MESÍAS, por la única ofrenda de sí mismo, una vez para siempre, puso fin al pecado y trajo la justicia perdurable, en favor de todos los que creen en su nombre.
Este título, pues, El Cordero de Dios, se refiere a su sustitución voluntaria en lugar de los pecadores, para que por sus padecimientos y muerte los que merecían morir obtuviesen la vida eterna por medio de Él y por amor de Él. El género humano era universalmente culpable de transgredir la ley de Dios, y estaba en un estado de enemistad con Él. A la ley que habían quebrantado iba unida una pena para el caso de desobediencia, a la cual ellos, como ofensores, estaban por tanto sujetos. Aunque sería presunción en gusanos como nosotros determinar, según principios propios, si el soberano Juez del universo podía o no, de modo coherente con su propia gloria, remitir esta pena sin satisfacción, sin embargo, puesto que nos ha favorecido con una revelación de su voluntad sobre este punto, podemos hablar con más confianza y afirmar que no era compatible con su verdad y santidad, ni con las de su gobierno moral, hacerlo, porque esta es su propia declaración. Podemos ahora estar seguros de que el perdón de un solo pecador, y aun de un solo pecado, por un acto de mera misericordia y sin ninguna consideración interpuesta, era incompatible con la inflexibilidad de la ley y con la verdad y la justicia del Legislador. Pero la misericordia se proponía el perdón de innumerables pecadores, cada uno de ellos cargado de innumerables pecados. Y la declaración de que Dios es así misericordioso había de quedar registrada y ser públicamente conocida a lo largo de una larga sucesión de siglos, y de extenderse a pecados aún no cometidos. Un acto de gracia tan general y sin reservas podría llevar a los hombres (por no hablar de inteligencias superiores) a pensamientos que menoscabaran la santidad de Dios, y aun alentarlos a pecar con la esperanza de la impunidad, si no estuviera unido a alguna provisión que mostrase que el ejercicio de su misericordia estaba en plena armonía con el honor de todas sus perfecciones. Cómo podía Dios ser justo, y aun así justificar a aquellos a quienes su propia constitución justa condenaba, era una dificultad demasiado grande para que la resolvieran entendimientos finitos (Romanos 3:26). Pero en esto es Dios glorioso. Su sabiduría propuso, y su amor proveyó, el remedio adecuado, el único posible. Reveló a nuestros primeros padres su propósito, que cumplió en el cumplimiento del tiempo, de enviar a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para redimir a los pecadores de la maldición de la ley (Gálatas 4:4, 5), sufriéndola por ellos. Considerada la dignidad de su persona y la perfección de su obediencia, sus padecimientos y muerte por pecados que no eran suyos mostraron la gravedad del pecado, y el severo desagrado de Dios contra él, a una luz mucho más fuerte de lo que jamás podría hacerlo la ejecución de la sentencia sobre los ofensores. Muestra también la justicia de esta sentencia, puesto que ni la dignidad ni la santidad del Fiador pudieron eximirle del sufrimiento; y que, aunque era el Amado de Dios, no fue perdonado. Esto es lo que yo entiendo por expiación y satisfacción por el pecado.
II.
La eficacia de esta Expiación es completa. El Cordero de Dios, así inmolado, quita el pecado, tanto en lo que toca a su culpa como a su contaminación. Los israelitas, mirando a la serpiente de bronce (Números 21:9), eran librados de la muerte y sanados de sus heridas. El Cordero de Dios es un objeto propuesto, no a nuestra vista corporal, sino al ojo de la mente, el cual, en verdad, en el hombre caído es ciego por naturaleza; pero el mensaje del Evangelio, vivificado por la poderosa acción del Espíritu Santo, está destinado a abrirlo. El que así ve al Hijo, y cree en él (Juan 6:40), es librado de la culpa y de la condenación, es justificado de todo pecado. Tiene derecho a alegar los padecimientos del Cordero de Dios como impedimento contra los suyos propios; y toda la obediencia del Salvador hasta la muerte, como fundamento y título de su aceptación para vida. Quitada la culpa, o sujeción al castigo, el alma tiene libre acceso a Dios y está dispuesta para recibir bendiciones de Él. Pues así como el sol, fuente de la luz, llena el ojo que antes era ciego en el instante en que recibe la vista, así Dios, que es la Fuente de la Bondad, ilumina a todas sus criaturas inteligentes según su capacidad, a menos que estén cegadas por el pecado e incapacitadas para la comunión con Él. El Salvador es ahora recibido y entronizado en el corazón, y de su plenitud se deriva y se mantiene la vida de la gracia. Así se quita no solo la culpa, sino también el amor al pecado y su dominio, sometidos por la gracia, y cordialmente [sinceramente] renunciados por el pecador creyente y perdonado. La sangre que le libra de la angustia conserva viva en su corazón la memoria del gran peligro y la miseria de que ha sido librado; le inspira gratitud hacia su Libertador; y le provee de un motivo permanente y constreñidor para una obediencia alegre y universal.
III.
El alcance que se propone esta remoción gratuita del pecado, por la oblación del Cordero de Dios, se expresa de una manera amplia e indefinida. Él quita el pecado del mundo. Muchos de mis oyentes no necesitan que se les diga qué disputas tan encarnizadas y voluminosas se han sostenido acerca del alcance de la muerte de Cristo. Temo que los provechos de tales controversias no hayan correspondido al celo de los contendientes. En cuanto a mí, deseo ser conocido por ningún otro nombre que el de cristiano, y no adoptar ciegamente otro sistema que la Biblia. Suelo procurar predicar al corazón y a la conciencia, y eludir [evitar], en cuanto puedo, todos los puntos de controversia. Pero como el asunto está ahora directamente delante de mí, aprovecharé la ocasión y, con sencillez y franqueza, os abriré los sentimientos de mi corazón acerca de él.
Si se infiere que Él efectivamente se propuso e intentó la salvación de todos los hombres, porque aquí se dice que la muerte de Cristo quita el pecado del mundo, o (como lo expresa este Evangelista en otro lugar) de todo el mundo (1 Juan 2:2), tal inferencia sería contradicha por los hechos. Porque es cierto que no todos los hombres serán salvos (Mateo 7:13, 14). Es de temer que la mayor parte de aquellos a quienes es enviada la Palabra de su salvación perezcan en sus pecados. Si, pues, Él no puede ser frustrado en su propósito, puesto que muchos perecen, no pudo ser su designio fijo que todos los hombres fuesen final y absolutamente salvos.
Del número sobremanera grande de los que, una vez muertos en delitos y pecados, se hallarán a su diestra en el gran Día de su aparición, se habla a menudo en un lenguaje apropiado y peculiar. Se les llama sus ovejas (Juan 10:11, 16), por las cuales puso su vida; sus escogidos (Marcos 13:27), los suyos (Juan 13:1); aquellos a quienes es concedido creer en su nombre (Filipenses 1:29), y respecto de los cuales fue el beneplácito del Padre predestinarlos para ser adoptados hijos suyos (Ef. 1:5). Por naturaleza son hijos de ira, lo mismo que los demás (Efesios 2:3); y no están en sí mismos más dispuestos a recibir la verdad que los que obstinada y finalmente la rechazan. Cuando llegan a estar dispuestos, son hechos tales en un día de poder divino (Salmos 110:3); y en aquello en que difieren, es la gracia la que los hace diferir (1 Corintios 4:7). Los pasajes de las Escrituras en este sentido son innumerables; y aunque se ha empleado mucho ingenio para suavizarlos y hacerles hablar el lenguaje de una hipótesis, son tan claros en sí mismos que el que corre puede leerlos. No es el lenguaje de la conjetura, sino de la inspiración, que a los que Dios el Señor antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo (Romanos 8:29). Y aunque algunas personas serias se confunden con razonamientos innecesarios y penosos respecto a la soberanía de Dios en su trato con los hombres, todas ellas, si son verdaderamente espirituales e iluminadas, se apoyan en su propia experiencia sobre este mismo terreno. Muchos que parecen diferir de nosotros en la manera de argumentar concuerdan perfectamente con nosotros cuando hablan sencillamente de lo que Dios ha hecho por sus almas. Saben, y reconocen tan de buena gana como nosotros, que primero fueron hallados por Él cuando no le buscaban; y que de otro modo ni le habrían buscado ni habrían podido buscarle en absoluto; ni pueden dar mejor razón que esta de por qué son salvados del mundo: que agradó al SEÑOR hacerlos pueblo suyo (1 Samuel 12:22)
Pero, por otra parte, no puedo pensar que el sentido de la expresión quede suficientemente explicado diciendo que se habla del mundo, y de todo el mundo, para enseñarnos que el sacrificio del Cordero de Dios no se limitaba, como las ofrendas levíticas, a la sola nación de Israel, sino que es eficaz para los pecados de un número determinado de personas, llamadas los Escogidos, que están dispersas entre muchas naciones y se hallan en una gran variedad de estados y circunstancias de la vida humana. Esto es, sin duda, la verdad, hasta donde alcanza; pero no, a mi entender, plenamente conforme a la manera o representación de la Escritura. Que hay una elección de gracia, se nos enseña claramente; sin embargo, no se dice que Jesucristo vino al mundo para salvar a los Escogidos, sino que vino para salvar a los pecadores, a buscar y a salvar lo que se había perdido (1 Timoteo 1:15; Lucas 19:10). Sobre este fundamento, entiendo que los ministros tienen autorización para predicar el Evangelio a toda criatura, y para dirigirse a la conciencia de todo hombre delante de Dios; y que toda persona que oye este Evangelio tiene por ello una autorización, un aliento, sí, un mandamiento, para acudir a Jesucristo en busca de salvación. Y que los que se niegan se excluyen a sí mismos por ello y perecen, no porque nunca tuvieran, ni pudieran posiblemente tener, parte alguna en su expiación, sino sencillamente porque no quieren venir a Él para tener vida. Conozco algo de las cavilaciones y los razonamientos curiosos que corren sobre este asunto, y sé que se me pueden oponer dificultades que no soy capaz de resolver a entera satisfacción de los espíritus inquisitivos y especulativos. No me desanimo por encontrar algunas cosas que están más allá del alcance de mis escasas facultades en un libro que creo inspirado por Aquel cuyos caminos y pensamientos son más altos que los nuestros, como son más altos los cielos que la tierra (Isaías 55:8, 9). Pero creo que los vanos razonamientos, la obstinación, el apego a nombres y partidos, y la inclinación a sacar nuestras opiniones de sistemas humanos en lugar de formarlas mediante un estudio atento y humilde de la Biblia, con oración pidiendo la enseñanza divina, son las principales fuentes de nuestras perplejidades y disputas.
Se representa con frecuencia el alcance de la Expiación como si se hubiera hecho un cálculo de cuánto sufrimiento era necesario que soportara el Fiador para expiar exactamente el número total de todos los pecados de todos los Escogidos; que Él sufrió precisamente tanto, y no más; y que cuando esta exigencia quedó enteramente satisfecha, dijo: Consumado es, inclinó la cabeza y entregó el espíritu (Juan 19:30). Pero esta minucia de cómputo no parece análoga a aquella ilimitada magnificencia y grandeza que abruma a la mente atenta en la contemplación del proceder divino en el mundo natural. Cuando Dios riega la tierra, la riega abundantemente (Salmos 65:10). No limita la lluvia a los lugares cultivados o capaces de mejora, sino que, con una profusión de liberalidad digna de sí mismo, sus nubes derraman agua, con igual abundancia, sobre la montaña estéril, el desierto solitario y el océano sin caminos. ¿Por qué no podemos decir con la Escritura que Cristo murió para manifestar la justicia de Dios (Romanos 3:25, 26), para mostrar que Él es justo al justificar a los impíos que creen en Jesús? Y, por cuanto sabemos, la misma manifestación de la maldad y el demérito del pecado, por medio de las agonías y la muerte del Redentor, podría haber sido igualmente necesaria aunque el número de los Escogidos fuese mucho menor de lo que resultará ser cuando todos ellos se reúnan delante del trono de gloria. Si Dios hubiera formado esta tierra para la morada de un solo hombre, y le hubiera placido concederle la misma clase y el mismo grado de luz de que nosotros gozamos, el mismo glorioso sol que ahora basta para alumbrar y alegrar a millones de seres humanos habría sido necesario para el servicio de esa sola persona. Así, quizá, si le hubiera placido salvar a un solo pecador de un modo que diera la más alta manifestación posible de su justicia y de su misericordia, esto no podría haberse hecho por otro método que el que Él ha escogido para la salvación de las innumerables multitudes que, en el Gran Día, se unirán en el cántico de alabanza al Cordero que los amó y los lavó de sus pecados con su propia sangre. Así como el sol tiene luz suficiente para ojos (si hubiera tantos capaces de contemplarlo) en número igual a las hojas de los árboles y a las briznas de hierba que crecen sobre la tierra, así en Jesús, el Sol de Justicia, hay abundante redención; Él es rico en misericordia para con todos los que le invocan (Salmos 130:7; Romanos 10:12); e invita a los pecadores sin excepción, a quienes es enviada la Palabra de su salvación, hasta los confines de la tierra, a mirar a Él para que sean salvos (Isaías 45:22)
Bajo la dispensación del Evangelio, y por medio de ella, Dios manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan (Hechos 17:30). Todos los hombres, pues, en todo lugar, son alentados a esperar el perdón conforme a la constitución que prescribe el Evangelio; de otro modo el arrepentimiento sería a la vez impracticable e inútil. Y por tanto, el mandamiento de arrepentirse implica una autorización para creer en el nombre de Jesús, como el que quita el pecado del mundo. No se diga que llamar a los hombres a creer, lo cual es un acto que está por encima de su poder natural, es burlarse de ellos. Hay medios prescritos para obtener la fe, a los cuales no está por encima de su poder natural sujetarse, si no son voluntariamente obstinados. Tenemos la Palabra de Dios por autoridad nuestra. Dios no puede ser burlado (Gálatas 6:7), ni se burla Él de sus criaturas. Nuestro Señor no se burló del joven principal cuando le dijo que, si vendía sus posesiones en la tierra y le seguía, tendría tesoro en el cielo (Lucas 18:22). ¿No tenía este principal poder para vender sus posesiones? No dudo de que él mismo pensaba que tenía poder para venderlas si quería. Pero mientras amaba su dinero más que a Cristo, y prefería los tesoros terrenales a los celestiales, no tenía voluntad de desprenderse de ellos. Y la falta de voluntad, en un agente moral, es falta de poder en el sentido más fuerte. Nadie presuma ofrecer a su Hacedor excusas tales como las que él no aceptaría en sus propios asuntos. Si decís de un hombre que es tan mentiroso que no puede decir una palabra de verdad; tan profano que no puede hablar sin un juramento; tan deshonesto que no puede dejar pasar una sola ocasión de engañar o robar, ¿habláis de su incapacidad para hacer el bien como una atenuante, y porque pensáis que le libra de culpa? Sin duda pensáis que, cuanto más indispuesto está para hacer el bien y más habituado al mal, peor es. ¡Un hombre que puede decir mentiras y perjurar, que puede engañar y robar, pero es tan enemigo de la verdad y de la bondad que no puede hacer nada bondadoso ni recto, debe ser en verdad un carácter espantoso! No juzguéis más favorablemente de vosotros mismos si podéis amar al mundo y los placeres sensuales, pero no podéis amar a Dios; si podéis temer a un gusano como vosotros, pero vivís sin el temor de Dios; si podéis pisotear osadamente sus leyes, pero no queréis, y por tanto no podéis, humillaros delante de Él y buscar su misericordia por el camino que Él ha señalado. No podemos atribuir demasiado a la gracia de Dios; pero debemos cuidar de que, so color de exaltar su gracia, no proveamos al perezoso y al infiel de excusas para su obstinación y maldad (Mateo 25:16). Dios es misericordioso; pero sea el hombre justamente responsable de su propio mal, y no presuma exponer su caso de tal modo que, por justa consecuencia, represente al Dios santo como causa del pecado, que Él aborrece y prohíbe.
Todo puede resumirse en dos puntos, que encomiendo a vuestra seria atención; que ha de ser la tarea de mi vida inculcar, y de los cuales confío que no me arrepentiré de haberlos inculcado, ni en la hora de la muerte ni en el Día del Juicio, cuando yo tenga que dar cuenta de mi predicación, y vosotros de lo que habéis oído en este lugar.
(1.)
Que la salvación es, en verdad, enteramente por gracia. El don de un Salvador, el primer rayo de luz en el corazón, todos los sostenes y provisiones necesarios para llevar adelante la obra, desde el fundamento hasta la piedra de remate, todo es de gracia gratuita.
(2.)
Que ahora que se os predica al Cordero de Dios como el que quita el pecado del mundo, si le rechazáis, ¡lo cual no permita el Señor!, digo que si le rechazáis, vuestra sangre será sobre vuestra propia cabeza. Estáis advertidos, estáis invitados. No os atreváis a decir: ¿Por qué, pues, inculpa? porque ¿quién ha resistido a su voluntad? (Romanos 9:19). Si Él quiere salvarme, seré salvo; si no, ¿qué puedo hacer yo? Dios es misericordioso, pero también es santo y justo; es todopoderoso, pero su poder infinito va unido a la sabiduría y regulado por los grandes designios de su gobierno. Él puede hacer innumerables cosas que no hará. Lo que Él hará (en cuanto a nosotros concierne) su Palabra nos lo dice, y ni una jota ni una tilde de ella dejará de cumplirse (Mateo 5:18)
—— O ——
Dominio público. Texto original de la edición original.