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Contra Eutropio

Retrato de John Chrysostom John Chrysostom

Texto

Eclesiastés 1:2

En breve

“Vanidad de vanidades”—predicado en la catedral de Constantinopla mientras Eutropio, el ministro caído de la corte que en otro tiempo había intentado despojar a la Iglesia de su derecho de asilo, se aferraba temblando al mismo altar que había atacado. Crisóstomo no le perdona nada y, sin embargo, intercede por él, convirtiendo la ruina de aquel hombre en un sermón sobre la vaciedad del poder y la misericordia que ampara aun al enemigo.

1. “Vanidad de vanidades, todo es vanidad”—siempre es oportuno decir esto, pero más especialmente en el tiempo presente. ¿Dónde está ahora el brillante esplendor de tu consulado? ¿dónde las antorchas relucientes? ¿Dónde las danzas, y el ruido de los pies de los danzantes, y los banquetes y las fiestas? ¿dónde las guirnaldas y los telones del teatro? ¿dónde el aplauso que te saludaba en la ciudad, dónde la aclamación en el hipódromo y las lisonjas de los espectadores? Se han ido—todo se ha ido: un viento ha soplado sobre el árbol, derribando todas sus hojas, y mostrándonoslo del todo desnudo, y sacudido desde su misma raíz; porque tan grande ha sido la violencia de la ráfaga, que ha conmovido todas estas fibras del árbol y amenaza con arrancarlo de raíz. ¿Dónde están ahora tus fingidos amigos? ¿dónde tus festines de bebida, y tus cenas? ¿dónde el enjambre de parásitos, y el vino que se escanciaba todo el día, y los variados manjares inventados por tus cocineros? ¿dónde los que cortejaban tu poder y hacían y decían cualquier cosa por ganar tu favor? Todos ellos no fueron más que visiones de la noche, y sueños que se han desvanecido con el alba del día: fueron flores de primavera, y cuando pasó la primavera todas se marchitaron: fueron una sombra que ha pasado—fueron un humo que se ha disipado, burbujas que han reventado, telarañas que han sido hechas pedazos. Por eso cantamos continuamente este cántico espiritual—“Vanidad de vanidades, todo es vanidad.” Porque este dicho debería estar escrito continuamente en nuestras paredes, y en los vestidos, en la plaza del mercado, y en la casa, en las calles, y en las puertas y entradas, y sobre todo en la conciencia de cada uno, y ser tema perpetuo de meditación. Y puesto que las cosas engañosas, y las máscaras y el fingimiento, parecen a muchos realidades, conviene que cada uno, cada día, tanto en la cena como en el desayuno, y en las reuniones sociales, diga a su prójimo y oiga a su prójimo decirle a su vez: “vanidad de vanidades, todo es vanidad.” ¿No te decía yo continuamente que la riqueza era una fugitiva? Pero no quisiste escucharme. ¿No te dije que era una sierva ingrata? Pero no te dejaste persuadir. He aquí que la experiencia misma ha probado ahora que no solo es una sierva fugitiva e ingrata, sino también homicida, pues es ella la que te ha hecho ahora temer y temblar. ¿No te decía yo, cuando continuamente me reprendías por decir la verdad: “Te amo más que los que te lisonjean?” “¿Yo, que te reprendo, me preocupo más por ti que los que te hacen la corte?” ¿No añadí a estas palabras que las heridas de los amigos son más de fiar que los besos voluntarios de los enemigos? Si te hubieras sometido a mis heridas, sus besos no te habrían acarreado esta destrucción: porque mis heridas obran salud, pero sus besos han producido una enfermedad incurable. ¿Dónde están ahora tus coperos, dónde los que te abrían paso en la plaza y cantaban tus alabanzas sin cesar a los oídos de todos? Han huido, han renegado de tu amistad, procuran su propia seguridad por medio de tu desgracia. Pero yo no obro así; antes bien, en tu infortunio no te abandono, y ahora que has caído te protejo y te cuido. Y la Iglesia, a la que trataste como enemiga, ha abierto su seno y te ha recibido en él; mientras que los teatros que cortejabas, y por los cuales muchas veces te indignabas conmigo, te han traicionado y arruinado. Y sin embargo, nunca dejé de decirte: “¿por qué haces estas cosas?” “estás exasperando a la Iglesia, y arrojándote de cabeza al precipicio”; pero tú te apartabas apresuradamente de todas mis advertencias. Y ahora los hipódromos, después de agotar tu riqueza, han afilado la espada contra ti, pero la Iglesia, que experimentó tu ira intempestiva, corre por todas partes en su deseo de arrancarte de la red.

2. Y digo ahora estas cosas no como quien pisotea al que está postrado, sino por el deseo de hacer más seguros a los que todavía están en pie; no para irritar las llagas del que ha sido herido, sino más bien para conservar en buena salud a los que aún no han sido heridos; no para hundir al que es sacudido por las olas, sino para instruir a los que navegan con viento favorable, a fin de que no sean anegados. ¿Y cómo puede lograrse esto? observando las vicisitudes de las cosas humanas. Porque aun este hombre, si hubiera temido la vicisitud, no la habría experimentado; pero ya que ni su propia conciencia ni los consejos de otros obraron en él enmienda alguna, sacad vosotros al menos, los que os envanecéis de vuestras riquezas, provecho de su calamidad: porque nada hay más débil que las cosas humanas. Cualquier término, pues, que uno emplee para expresar su insignificancia, se quedará corto ante la realidad; ya las llame humo, o hierba, o sueño, o flores de primavera, o por cualquier otro nombre; tan perecederas son, y más nada que la misma nada; pero que junto con su nulidad tienen también un elemento muy peligroso, tenemos una prueba delante de nosotros. Porque, ¿quién fue más encumbrado que este hombre? ¿No superaba al mundo entero en riqueza? ¿no había subido a la cumbre misma de la distinción? ¿no temblaban y temían todos delante de él? Y sin embargo, ¡mirad! se ha vuelto más miserable que el prisionero, más digno de lástima que el esclavo servil, más menesteroso que el mendigo que se consume de hambre, teniendo cada día ante sus ojos la visión de espadas afiladas y de la fosa del criminal, y del verdugo público que lo lleva a la muerte; y ni siquiera sabe si alguna vez gozó de placer pasado, ni percibe siquiera el rayo del sol, sino que a mediodía se le oscurece la vista como si estuviera envuelto en las tinieblas más densas. Pero por más que me esfuerce, no podré presentaros con palabras el sufrimiento que naturalmente ha de padecer, en la espera a cada hora de la muerte. Mas, en verdad, ¿qué necesidad hay de palabras mías, cuando él mismo nos lo ha pintado claramente como en una imagen visible? Porque ayer, cuando vinieron a él de la corte real con intención de llevárselo por la fuerza, y él corrió a refugiarse junto a los objetos sagrados, su rostro era entonces, como lo es ahora, no mejor que el semblante de un muerto: y el castañeteo de sus dientes, y el temblor y estremecimiento de todo su cuerpo, y su voz desfallecida, y su lengua balbuciente, y de hecho todo su aspecto, daban a entender a uno cuya alma estaba petrificada.

3. Ahora bien, digo estas cosas no para reprocharle, ni para insultar su desgracia, sino por el deseo de ablandar vuestros ánimos hacia él, y moveros a compasión, y persuadiros a contentaros con el castigo que ya se le ha infligido. Porque, como hay entre nosotros muchas personas inhumanas que quizá se inclinan a censurarme por haberlo admitido en el santuario, expongo sus sufrimientos con el deseo de ablandar con mi relato la dureza de su corazón.

Porque dime, amado hermano, ¿por qué te indignas conmigo? Dices que es porque el que continuamente hizo guerra a la Iglesia se ha refugiado dentro de ella. Pero ciertamente deberíamos glorificar a Dios en sumo grado por permitir que se viera en tan grande aprieto como para experimentar tanto el poder como la bondad de la Iglesia:—su poder, en que ha sufrido esta gran vicisitud a consecuencia de los ataques que le hizo: su bondad, en que ella, a la que atacó, interpone ahora su escudo delante de él y lo ha recibido bajo sus alas, y lo ha puesto en plena seguridad, sin resentirse de ninguna de sus injurias pasadas, sino abriéndole su seno con el mayor amor. Porque esto es más glorioso que cualquier clase de trofeo, esta es una brillante victoria, esto avergüenza tanto a gentiles como a judíos, esto muestra el rostro resplandeciente de la Iglesia: en que, habiendo recibido a su enemigo como cautivo, lo perdona, y cuando todos lo han despreciado en su desamparo, solo ella, como madre afectuosa, lo ha ocultado bajo su manto, oponiéndose tanto a la ira del rey como a la furia del pueblo y a su odio abrumador. Esto es un ornamento para el altar. Extraña clase de ornamento, dices, cuando al pecador acusado, al extorsionador, al ladrón, se le permite asirse del altar. ¡No! no digas eso: porque aun la ramera se asió de los pies de Jesús, ella, que estaba manchada con el pecado más maldito e inmundo: y sin embargo su acción no fue ningún oprobio para Jesús, sino que más bien redundó en admiración y alabanza suya: porque la mujer impura no causó daño alguno al que era puro, sino que más bien la vil ramera fue hecha pura por el toque de Aquel que era el puro y sin mancha. No tengas, pues, envidia, oh hombre. Somos siervos del Crucificado, que dijo: “perdónalos, porque no saben lo que hacen.” Pero, dices, él suprimió aquí el derecho de asilo por sus ordenanzas y diversas clases de leyes. ¡Sí! pero ahora ha aprendido por experiencia qué fue lo que hizo, y él mismo, por sus propios hechos, ha sido el primero en quebrantar la ley, y se ha hecho espectáculo para el mundo entero, y aunque calla, desde allí dirige a todos una voz de advertencia, diciendo: “no hagáis cosas como las que yo he hecho, para que no sufráis cosas como las que yo sufro.” Aparece como maestro por medio de su calamidad, y el altar despide gran resplandor, inspirando ahora el mayor temor reverente por el hecho de que tiene al león en cautiverio; porque cualquier imagen de la realeza quedaría muy realzada si el rey no solo se viera sentado en su trono, vestido de púrpura y llevando su corona, sino si también, postrados a los pies del rey, unos bárbaros con las manos atadas a la espalda inclinaran profundamente la cabeza. Y de que no se han empleado argumentos persuasivos, vosotros mismos sois testigos por el fervor y el concurso del pueblo. Porque brillante en verdad es la escena que hoy tenemos delante, y magnífica la asamblea, y veo hoy aquí una concurrencia tan grande como en la santa fiesta de la Pascua. Así este hombre os ha convocado aquí sin hablar, y sin embargo emitiendo por sus hechos una voz más clara que el sonido de una trompeta: y todos habéis acudido hoy aquí en tropel, las doncellas dejando sus aposentos, y las matronas las habitaciones de las mujeres, y los hombres la plaza del mercado, para ver la naturaleza humana convicta, y expuesta la inestabilidad de las cosas del mundo, y aquel rostro de ramera que hace pocos días resplandecía (tal es la prosperidad que procede de la extorsión) más feo que el de cualquier vieja arrugada; este rostro, digo, podéis verlo despojado de su esmalte y sus afeites por la acción de la adversidad, como por una esponja.

4. Tal es la fuerza de esta calamidad: ha hecho que quien era ilustre y conspicuo parezca el más insignificante de los hombres. Y si un rico entra en la asamblea, saca mucho provecho de lo que ve: porque cuando contempla al hombre que sacudía al mundo entero, ahora derribado de tan alta cumbre de poder, acurrucado de espanto, más aterrado que una liebre o una rana, clavado a aquella columna, sin cadenas, sirviéndole su miedo en lugar de cadena, sobrecogido de pánico y temblando, rebaja su altivez, depone su orgullo, y habiendo adquirido la clase de sabiduría acerca de las cosas humanas que le conviene tener, se marcha instruido por el ejemplo en la lección que la Sagrada Escritura enseña por el precepto:—“Toda carne es como hierba, y toda la gloria del hombre como flor de la hierba. La hierba se seca, y la flor se cae” o “como hierba serán pronto cortados, y como la hierba verde se secarán” o “como humo son sus días,” y todos los pasajes de esa clase. A su vez, el pobre, cuando ha entrado y contemplado este espectáculo, no piensa mezquinamente de sí mismo, ni se lamenta a causa de su pobreza, sino que se siente agradecido a su pobreza, porque es para él un lugar de refugio, y un puerto tranquilo, y un baluarte seguro; y cuando ve estas cosas, preferiría muchas veces quedarse donde está antes que gozar de la posesión de todos los hombres por un breve tiempo y después ver su propia vida en peligro. ¿Ves cómo ricos y pobres, grandes y pequeños, esclavos y libres, han sacado no poco provecho de que este hombre se haya refugiado aquí? ¿Ves cómo cada uno se marchará de aquí con un remedio, curado con solo esta vista? Pues bien, ¿he ablandado vuestra pasión, y expulsado vuestra ira? ¿he apagado vuestra crueldad? ¿os he movido a compasión? Así lo creo en verdad; y vuestros semblantes y los torrentes de lágrimas que derramáis son prueba de ello. Ya que, pues, vuestra dura roca se ha convertido en tierra profunda y fértil, apresurémonos a producir algún fruto de misericordia, y a mostrar una cosecha exuberante de compasión, postrándonos ante el Emperador, o más bien implorando al Dios misericordioso que ablande de tal modo la ira del Emperador y enternezca su corazón, que conceda la totalidad del favor que pedimos. Porque, en efecto, ya desde aquel día en que este hombre huyó aquí en busca de refugio, se ha producido un cambio no pequeño; porque tan pronto como el Emperador supo que se había apresurado a este asilo, aunque el ejército estaba presente, e indignado por sus fechorías, y exigía que se le entregara para ser ejecutado, el Emperador pronunció un largo discurso procurando calmar la furia de los soldados, sosteniendo que debían tenerse en cuenta no solo sus delitos, sino también cualquier buena obra que hubiera hecho, declarando que sentía gratitud por esta última, y que estaba dispuesto a perdonarle, como a un semejante, los hechos que habían sido de otra clase. Y cuando ellos le instaron de nuevo a vengar el insulto hecho a la majestad imperial, gritando, saltando y blandiendo sus lanzas, derramó torrentes de lágrimas de sus apacibles ojos, y habiéndoles recordado la santa Mesa a la que el hombre había huido en busca de refugio, logró por fin aplacar su ira.

5. Además, permitidme añadir algunos argumentos que nos conciernen a nosotros mismos. Porque, ¿qué perdón podríais merecer, si el Emperador no guarda resentimiento cuando ha sido insultado, y vosotros, que nada de esto habéis experimentado, mostráis tanta ira? ¿y cómo, después de disuelta esta asamblea, tocaréis los santos misterios, y repetiréis aquella oración en la que se nos manda decir: “perdónanos, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores,” cuando estáis exigiendo venganza contra vuestro deudor? ¿Os ha infligido grandes agravios e insultos? No lo negaré. Pero este es tiempo no de juicio sino de misericordia; no de pedir cuentas, sino de mostrar bondad: no de investigar reclamaciones sino de condonarlas; no de sentencias y venganza, sino de misericordia y favor. Que nadie, pues, se irrite ni se enoje, sino más bien supliquemos al Dios misericordioso que le conceda una tregua de la muerte, y lo libre de esta destrucción inminente, para que pueda despojarse de su transgresión, y unámonos para acercarnos al misericordioso Emperador, suplicándole, por amor de la Iglesia, por amor del altar, que conceda la vida de un solo hombre como ofrenda a la santa Mesa. Si hacemos esto, el Emperador mismo nos aceptará, y aun antes de su alabanza tendremos la aprobación de Dios, que nos otorgará una gran recompensa por nuestra misericordia. Porque así como Él rechaza y aborrece al cruel e inhumano, así acoge y ama al hombre misericordioso y humano; y si tal hombre es justo, tanto más gloriosa es la corona que se le teje: y si es pecador, Él pasa por alto sus pecados, concediéndole esto como recompensa de la compasión mostrada a su consiervo. “Porque”, dice Él, “misericordia quiero, y no sacrificio,” y a lo largo de las Escrituras lo hallaréis siempre preguntando por esto, y declarando que es el medio de librarse del pecado. Así, pues, lo dispondremos a sernos propicio, así nos libraremos de nuestros pecados, así adornaremos la Iglesia, así también nuestro misericordioso Emperador, como ya he dicho, nos alabará, y todo el pueblo nos aplaudirá, y los confines de la tierra admirarán la humanidad y mansedumbre de nuestra ciudad, y todos los que oigan de estos hechos por todo el mundo nos ensalzarán. Para que gocemos, pues, de estos bienes, postrémonos en oración y súplica, rescatemos del peligro al cautivo, al fugitivo, al suplicante, a fin de que nosotros mismos obtengamos los bienes venideros por la gracia y misericordia de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Escritura en este sermón Eclesiastés 1:2

Dominio público. Texto original de la edición original.