Esperando en Dios ·Un Argumento en la Oración

Capítulo 9 · 4 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

Un Argumento en la Oración

Día Séptimo. ESPERANDO EN DIOS: Un Argumento en la Oración.

«Integridad y rectitud me guarden, porque en ti espero.»— Sal. 25:21

POR tercera vez en este salmo aparece la palabra esperar. Como antes en el v. 5, «En ti espero todo el día», así también aquí el suplicante creyente apela a Dios para que recuerde que él está esperando en Él, a la espera de una respuesta. Es cosa grande para un alma no solo esperar en Dios, sino estar tan llena de esa conciencia —que todo su espíritu y toda su postura son los de quien espera— que pueda decir, con confianza de niño: ¡Señor! Tú sabes que espero en ti. Será un poderoso argumento en la oración, y dará una audacia de expectación siempre creciente para reclamar la promesa: «¡Los que esperan en mí no serán avergonzados!»

La oración en conexión con la cual se presenta aquí este argumento es de gran importancia en la vida espiritual. Si nos acercamos a Dios, ha de ser con corazón sincero. Ha de haber integridad perfecta, una entrega de todo el corazón, en nuestro trato con Dios. Como leemos en el Salmo siguiente (26:1, 11): «Júzgame, oh Señor, porque yo en mi integridad he andado», «Mas yo andaré en mi integridad», ha de haber perfecta rectitud o sencillez de corazón delante de Dios. Como está escrito: «Su justicia es para los rectos de corazón.» El alma ha de saber que no consiente nada pecaminoso, nada dudoso; si de veras ha de encontrarse con el Santo y recibir su bendición plena, ha de ser con un corazón entera y únicamente entregado a su voluntad. Todo el espíritu que nos anima en la espera ha de ser este: «Integridad y rectitud» —tú ves que deseo venir así a ti, tú sabes que espero de ti que las obres perfectamente en mí—; que ellas «me guarden, porque en ti espero».

Y si, en nuestro primer intento de vivir de veras la vida de esperar plena y siempre en Dios, empezamos a descubrir cuánto falta esa integridad perfecta, esto será precisamente una de las bendiciones que la espera estaba destinada a obrar. Un alma no puede buscar comunión estrecha con Dios, ni alcanzar la conciencia permanente de esperar en Él todo el día, sin una entrega muy honesta y entera a toda su voluntad.

«Porque en ti espero»: no solo en conexión con la oración de nuestro texto, sino con toda oración puede emplearse este argumento. Usarlo a menudo será para nosotros mismos una gran bendición. Estudiemos, pues, bien las palabras hasta conocer todo su alcance. Ha de estarnos claro qué es lo que esperamos. Puede tratarse de cosas muy distintas. Puede ser esperar a que Dios, en nuestros tiempos de oración, ocupe su lugar como Dios y obre en nosotros el sentido de su santa presencia y cercanía. Puede ser alguna petición especial de la que aguardamos respuesta. Puede ser toda nuestra vida interior, en la que estamos atentos a que Dios despliegue su poder. Puede ser el estado entero de su Iglesia y de sus santos, o alguna parte de su obra, por la cual nuestros ojos están siempre puestos en Él. Es bueno que a veces contemos para nosotros mismos exactamente cuáles son las cosas que esperamos, y al decir con toda precisión de cada una de ellas: «En ti espero», cobraremos ánimo para reclamar la respuesta: «Porque en ti espero.»

Ha de estarnos claro también, en Quién esperamos. No en un ídolo, un dios del que nos hemos hecho una imagen mediante nuestras propias ideas de lo que Él es. No, sino en el Dios vivo, tal como realmente es en su gran gloria, su santidad infinita, su poder, su sabiduría y su bondad, en su amor y su cercanía. Es la presencia de un amo amado o de un amo temido lo que despierta toda la atención del siervo que espera ante él. Es la presencia de Dios, tal como Él puede darse a conocer en Cristo por su Espíritu Santo, y guardar al alma bajo su cobertura y su sombra, lo que despertará y fortalecerá el verdadero espíritu de espera. Estemos quietos, y esperemos, y adoremos, hasta saber cuán cerca está, y digamos entonces: «En ti espero.»

Y luego, que esté muy claro también que estamos esperando. Que eso llegue a ser de tal modo nuestra conciencia que la palabra brote espontánea: «En ti espero yo todo el día; yo espero en ti.» Esto implicará ciertamente sacrificio y separación, un alma enteramente entregada a Dios como su todo, su único gozo. Este esperar en Dios apenas ha sido reconocido todavía como el único cristianismo verdadero. Y sin embargo, si es verdad que solo Dios es bondad y gozo y amor; si es verdad que nuestra más alta bienaventuranza está en tener de Dios todo cuanto podamos; si es verdad que Cristo nos ha redimido enteramente para Dios y ha hecho posible una vida de permanecer continuamente en su presencia, nada menos debiera satisfacernos que respirar siempre esta bendita atmósfera: «En ti espero.»

«¡Alma mía, espera solamente en Dios!»

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Esperando en Dios Andrew Murray

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