Capítulo 27 · 4 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
En Quietud
Día Vigésimo Quinto. ESPERANDO EN EL SEÑOR: En Quietud.
«Bueno es que el hombre espere y aguarde en quietud la salvación del Señor.»—Lam. 3:26
«GUÁRDATE y ten quietud; no temas, ni desmaye tu corazón». «En quietud y en confianza será vuestra fortaleza». Tales palabras nos revelan la estrecha conexión que hay entre la quietud y la fe, y nos muestran cuán honda necesidad hay de quietud como elemento del verdadero esperar en Dios. Si nuestro corazón entero ha de estar vuelto hacia Dios, ha de estar apartado de la criatura, de todo cuanto lo ocupa y lo interesa, sea de gozo o de tristeza.
Dios es un ser de tan infinita grandeza y gloria, y nuestra naturaleza se ha vuelto tan extraña a Él, que hacen falta todo nuestro corazón y todos nuestros deseos puestos en Él, aun para conocerle y recibirle en alguna pequeña medida. Todo lo que no es Dios, todo lo que excita nuestros temores, o mueve nuestros esfuerzos, o despierta nuestras esperanzas, o nos alegra, nos estorba en nuestra perfecta espera en Él. El mensaje es de hondo sentido: «Guárdate y ten quietud»; «en quietud será vuestra fortaleza»; «bueno es que el hombre aguarde en quietud».
Cuán hondamente debería acallarnos el solo pensamiento de Dios en su majestad y santidad, la Escritura lo atestigua en abundancia.
«El Señor está en su santo templo; calle delante de Él toda la tierra» (Hab. 2:20).
«Calla en la presencia del Señor Dios». (Sof. 1:7).
«Calla, toda carne, delante del Señor, porque Él se ha levantado de su santa morada» (Zac. 2:13).
Mientras el esperar en Dios se considere principalmente como un fin encaminado a una oración más eficaz y a la obtención de nuestras peticiones, no se alcanzará este espíritu de perfecta quietud. Pero cuando se ve que el esperar en Dios es en sí mismo una bienaventuranza indecible, una de las formas más altas de comunión con el Santo, la adoración de Él en su gloria humillará necesariamente al alma en un silencio santo, abriendo camino para que Dios hable y se revele. Entonces se llega al cumplimiento de la preciosa promesa de que todo lo del yo y del propio esfuerzo será abatido: «La altivez del hombre será abatida, y el Señor solo será ensalzado en aquel día».
Recuerde la lección todo el que quiera aprender el arte de esperar en Dios: «Guárdate y ten quietud»; «bueno es que el hombre aguarde en quietud». Toma tiempo para apartarte de todos los amigos y de todos los deberes, de todos los cuidados y de todas las alegrías; tiempo para estar quieto y en silencio delante de Dios. Toma tiempo no solo para asegurar el silencio respecto de los hombres y del mundo, sino respecto del yo y de su energía. Sean la Palabra y la oración muy preciosas; pero recuerda que aun estas pueden estorbar la espera sosegada. La actividad de la mente al estudiar la Palabra, o al dar expresión a sus pensamientos en la oración, y las actividades del corazón, con sus deseos y esperanzas y temores, pueden ocuparnos de tal modo que no lleguemos a la espera callada delante del Todo Glorioso; nuestro ser entero no queda postrado en silencio delante de Él. Aunque al principio parezca difícil saber cómo esperar así en quietud, con las actividades de la mente y del corazón sometidas por un tiempo, todo esfuerzo por lograrlo será recompensado; hallaremos que va creciendo en nosotros, y el breve rato de adoración silenciosa traerá una paz y un reposo que serán bendición no solo en la oración, sino durante todo el día.
«Bueno es que el hombre aguarde en quietud la salvación del Señor». Sí, bueno es. La quietud es la confesión de nuestra impotencia: que con todo nuestro querer y nuestro correr, con todo nuestro pensar y orar, no se hará; hemos de recibirlo de Dios. Es la confesión de nuestra confianza en que nuestro Dios vendrá a su tiempo en nuestro auxilio: el reposar sosegado solo en Él. Es la confesión de nuestro deseo de hundirnos en nuestra nada y de dejar que Él obre y se revele. Esperemos, pues, en quietud. En la vida diaria haya, en el alma que aguarda a que el gran Dios haga su obra maravillosa, una reverencia sosegada, una vigilancia constante contra el absorberse demasiado en el mundo; y todo el carácter llegará a llevar el hermoso sello: Esperando en quietud la salvación de Dios.
«¡Alma mía, espera solamente en Dios!»