La vid verdadera ·La Limpieza

Capítulo 7 · 3 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

La Limpieza

Y todo aquel que lleva fruto, le limpiará, para que lleve más fruto—Juan 15.2

Hay dos cosas notables acerca de la vid. No hay planta cuyo fruto tenga en sí tanto espíritu, de la cual pueda destilarse espíritu tan abundantemente, como la vid. Y no hay planta que tan pronto se desmande en madera silvestre, que estorba su fruto, y que por ello necesite la poda más despiadada. Miro por mi ventana, aquí, grandes viñedos: el cuidado principal del viñador es la poda. Puedes tener una vid en emparrado, con raíces tan hondas en buen suelo que no necesite ni cava, ni abono, ni riego: de la poda no puede prescindir, si ha de llevar buen fruto. Algún árbol necesita poda ocasional; otros dan fruto perfecto sin ninguna: la vid la ha de tener. Y así nos dice nuestro Señor, aquí, al comienzo mismo de la parábola, que la única obra que el Padre hace al pámpano que lleva fruto es: le limpia, para que lleve más fruto.

Considera un momento qué es esta poda o limpieza. No es quitar las malas hierbas o los espinos, ni nada de fuera que pueda estorbar el crecimiento. No; es cortar los largos sarmientos del año anterior, quitar algo que viene de dentro, que ha sido producido por la vida misma de la vid. Es quitar algo que es prueba del vigor de su vida; cuanto más vigoroso ha sido el crecimiento, mayor es la necesidad de la poda. Es la madera sana y buena de la vid la que ha de ser cortada. ¿Y por qué? Porque consumiría demasiada savia para llenar todos los largos sarmientos del crecimiento del año pasado: la savia ha de guardarse y emplearse solo para el fruto. Los sarmientos, a veces de ocho y diez pies de largo, se cortan junto al tronco, y no se deja sino apenas una o dos pulgadas de madera, lo bastante para llevar las uvas. Es cuando todo lo que no es necesario para llevar fruto ha sido cortado sin miramientos, y se ha dejado tan poco de los sarmientos como es posible, cuando puede esperarse fruto pleno y abundante.

¡Qué lección tan solemne y preciosa! No es solo al pecado a lo que se refiere aquí la limpieza del Labrador. Es a nuestra propia actividad religiosa, tal como se desarrolla en el acto mismo de llevar fruto. Es esto lo que ha de ser cortado y limpiado. Al trabajar para Dios, hemos de usar nuestros dones naturales de sabiduría, o elocuencia, o influencia, o celo. Y sin embargo, están siempre en peligro de desarrollarse desmedidamente, y de que luego confiemos en ellos. Y así, después de cada temporada de trabajo, Dios ha de llevarnos al fin de nosotros mismos, a la conciencia de la impotencia y del peligro de todo lo que es del hombre, a sentir que no somos nada. Todo lo que ha de quedar de nosotros es apenas lo bastante para recibir el poder de la savia vivificante del Espíritu Santo. Lo que es del hombre ha de reducirse a su medida más ínfima. Todo lo que es incompatible con la más entera devoción al servicio de Cristo ha de ser quitado. Cuanto más perfecta sea la limpieza y el corte de todo lo que es del propio yo, cuanto menos superficie haya sobre la cual el Espíritu Santo haya de extenderse, tanto más intensa podrá ser la concentración de todo nuestro ser, para estar enteramente a disposición del Espíritu. Esta es la verdadera circuncisión del corazón, la circuncisión de Cristo. Esta es la verdadera crucifixión con Cristo, llevando en el cuerpo el morir del Señor Jesús.

¡Bendita limpieza, la limpieza de Dios mismo! ¡Cómo podemos regocijarnos en la seguridad de que llevaremos más fruto!

Oh santo Labrador nuestro, limpia y corta todo lo que hay en nosotros que quisiera hacer buena apariencia, o que pudiera llegar a ser fuente de confianza propia y de jactancia. Señor, guárdanos muy bajos, para que ninguna carne se gloríe en tu presencia. Confiamos en que Tú harás tu obra.

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La vid verdadera Andrew Murray

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