Cristo que mora en nosotros
Cristo, nuestra vida

Capítulo 6 · 18 min de lectura · 23 min de escucha

Cristo, nuestra vida

Colosenses 3:4.— Cristo, vuestra vida.

Una pregunta que surge en toda mente es esta: «¿Cómo puedo vivir esa vida de perfecta confianza en Dios?» Muchos no conocen la respuesta correcta ni la respuesta completa. Es esta: «Cristo debe vivirla en mí». Para eso se hizo hombre: para vivir, como hombre, una vida de confianza en Dios, y así mostrarnos cómo debemos vivir. Cuando hubo hecho eso en la tierra, subió al cielo para hacer más que mostrárnosla: para darnos esa vida de confianza y vivirla en nosotros. Es a medida que comprendamos qué es la vida de Cristo y cómo llega a ser nuestra, que estaremos preparados para desear y para pedirle que él mismo la viva en nosotros. Cuando hayamos visto primero qué es esa vida, entonces comprenderemos cómo es que él puede de verdad tomar posesión de nosotros y hacernos semejantes a él. Quiero dirigir la atención especialmente a esa primera pregunta. Deseo poner delante de ti la vida de Cristo tal como él la vivió, para que podamos comprender qué es lo que él tiene para nosotros y qué podemos esperar de él.

Cristo Jesús vivió en la tierra una vida que espera que nosotros imitemos. A menudo decimos que anhelamos ser como Cristo. Estudiamos los rasgos de su carácter, señalamos sus pisadas y pedimos en oración la gracia para ser como él; y sin embargo, de algún modo, logramos muy poco. ¿Y por qué? Porque queremos arrancar el fruto mientras falta la raíz. Si de verdad queremos entender lo que significa la imitación de Cristo, debemos ir a aquello que constituía la raíz misma de su vida delante de Dios. Fue una vida de dependencia absoluta, de confianza absoluta y de entrega absoluta, y mientras no seamos uno con él en lo que es el principio de su vida, es en vano procurar copiar aquí o allá las gracias de esa vida.

En el relato del Evangelio encontramos cinco grandes puntos de especial importancia: el nacimiento, la vida en la tierra, la muerte, la resurrección y la ascensión. En ellos tenemos lo que un antiguo escritor llamó «el proceso de Jesucristo;» el proceso por el cual llegó a ser lo que es hoy: nuestro Rey glorificado y nuestra vida. En todo este proceso de vida debemos ser hechos semejantes a él. Mira el primero. ¿Qué decimos de su nacimiento? Esto: recibió su vida de Dios. ¿Y de su vida en la tierra? Vivió esa vida en dependencia de Dios. ¿Y de su muerte? Entregó su vida a Dios. ¿Y de su resurrección? Fue levantado de los muertos por Dios. ¿Y de su ascensión? Vive su vida en gloria con Dios.

Primero, recibió su vida de Dios. ¿Y por qué importa que nos fijemos en ello? Porque Cristo Jesús tuvo en ello el punto de partida de toda su vida. Él dijo: «El Padre me ha enviado»; «El Padre ama al Hijo, y todas las cosas ha dado en su mano»; «Como el Padre tiene vida en sí mismo, así dio también al Hijo el tener vida en sí mismo». Juan 5:26. Cristo la recibió como su propia vida, así como Dios tiene vida en sí mismo. Y sin embargo, todo el tiempo fue una vida dada y recibida. «Porque el Padre todopoderoso me ha dado esta vida a mí, el Hijo del Hombre en la tierra, puedo contar con Dios para que la sostenga y me lleve a través de todo». Y esa es la primera lección que necesitamos. Necesitamos meditarla a menudo, orar, pensar y esperar delante de Dios hasta que nuestro corazón se abra a la maravillosa conciencia de que el Dios eterno tiene dentro de nosotros una vida divina que no puede existir sino por medio de él. Creo que Dios ha dado su vida, que está arraigada en él. Siento que debe ser sostenida por él.

A menudo pensamos que Dios nos ha dado una vida que ahora es nuestra, una vida espiritual de la que debemos hacernos cargo; y luego nos quejamos de que no podemos mantenerla en buen estado. No es de extrañar. Debemos aprender a vivir, aprender a vivir como vivió Jesús. Tengo un tesoro dado por Dios en este vaso de barro. Tengo la luz del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Cristo. Tengo dentro de mí la vida del Hijo de Dios, la vida que Dios mismo me ha dado, y solo puede ser sostenida por Dios mismo mientras vivo en comunión con él.

¿Qué nos enseña el apóstol Pablo en Romanos 6, donde acaba de decirnos que debemos considerarnos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús? Enseguida pasa a decir: «presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos» Romanos 6:13. ¡Cuántas veces oye un cristiano palabras solemnes acerca de estar vivo para Dios y de tener que considerarse verdaderamente muerto al pecado y vivo para Dios en Cristo! No sabe qué hacer; enseguida se pone a buscar: «¿Cómo puedo conservarlo, esta muerte y esta vida?» Escucha lo que dice Pablo. En el momento en que te consideres muerto al pecado y vivo para Dios, ve con esa vida a Dios mismo, preséntate como vivo de entre los muertos y dile a Dios: «Señor, tú me has dado esta vida. Solo tú puedes guardarla. Te la traigo. No puedo entenderlo todo. Apenas sé lo que he recibido, pero vengo a Dios para que perfeccione lo que él ha comenzado». Para vivir como Cristo, debo ser consciente en cada momento de que mi vida ha venido de Dios, y de que solo él puede sostenerla.

Luego, en segundo lugar, ¿cómo vivió Cristo su vida durante los treinta y tres años en que anduvo aquí en la tierra? La vivió en dependencia de Dios. Sabes con cuánta frecuencia dice: «De cierto, de cierto os digo: No puede el Hijo hacer nada de sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre». Juan 5:19. Esperaba sin cesar la enseñanza, los mandamientos y la dirección del Padre. Oraba pidiendo poder al Padre. Todo lo que hacía, lo hacía en el nombre del Padre. Él, el Hijo de Dios, sentía la necesidad de mucha oración, de oración perseverante, para hacer descender del cielo y mantener la vida de comunión con Dios en oración.

Oímos hablar mucho de confiar en Dios. ¡Bienaventurada cosa! Y podemos decir: «Ah, eso es lo que quiero», y podemos olvidar cuál es el secreto mismo de todo: que Dios, en Cristo, debe obrarlo todo en nosotros. No solo necesito a Dios como objeto de mi confianza, sino que debo tener a Cristo dentro de mí como el poder para confiar; él debe vivir en mí su propia vida de confianza.

Recuerda aquella historia del aguijón en la carne, en 2 Corintios 12, y piensa en lo que significa. Pablo estaba en peligro de enaltecerse, y el bendito Maestro vino a humillarlo y a enseñarle. Si hemos de entrar en el reposo de la fe y permanecer allí; si hemos de vivir la vida de victoria en la tierra de Canaán, tiene que empezar aquí.

Debemos ser quebrantados en toda confianza en nosotros mismos y aprender, como Cristo, a depender absoluta e incesantemente de Dios. Hay en esto una obra mayor por hacer de lo que quizá sabemos. Debemos ser quebrantados, y el hábito de nuestra alma debe ser incesante: «Yo no soy nada; Dios lo es todo. No puedo andar delante de Dios como debo ni una sola hora si Dios no guarda la vida que me ha dado».

¡Qué bendita solución da Dios a todas nuestras preguntas y dificultades cuando dice: «Hijo mío, Cristo lo ha atravesado todo por ti. Cristo ha formado una nueva naturaleza que puede confiar en Dios, y Cristo, el Viviente, en el cielo, vivirá en ti y te capacitará para vivir esa vida de confianza»! Por eso dijo Pablo: «Tal confianza tenemos por Cristo para con Dios», 2 Corintios 3:4. ¿Qué significa esto? ¿Significa solamente por medio de Cristo como mediador o intercesor? De ningún modo. Significa mucho más: por medio de Cristo, que vive en nosotros y nos capacita para confiar en Dios como él confió en él.

Luego viene, en tercer lugar, la muerte de Cristo. ¿Qué nos enseña acerca de la relación de Cristo con el Padre? Nos abre una de las lecciones más profundas y solemnes de la vida de Cristo, una que la Iglesia de Cristo entiende demasiado poco. Sabemos lo que significa la muerte de Cristo como expiación, y nunca insistiremos demasiado en aquella bendita sustitución y aquel derramamiento de sangre por los cuales se ganó para nosotros la redención. Pero recordemos que eso es solo la mitad del significado de su muerte.

La otra mitad es esta: así como Cristo fue mi sustituto, que murió por mí, así también es mi cabeza, en quien y con quien yo muero; y así como vive por mí, para interceder, vive en mí, para llevar a cabo y perfeccionar su vida. Y si quiero saber qué es esa vida que él vivirá en mí, debo mirar su muerte.

Con su muerte demostró que poseía la vida solo para tenerla y gastarla para Dios. Hasta lo sumo, sin la sombra de una excepción de un solo momento, vivió para Dios: en todo momento y en todo lugar tuvo la vida solo para su Dios. Y así, si uno quiere vivir una vida de perfecta confianza, debe haber una entrega perfecta de su vida y de su voluntad, aun hasta la muerte misma. Debe estar dispuesto a llegar hasta el final con Jesús, aun hasta el Calvario.

A los doce años, Jesús dijo (Ref. en Lucas 2:49): «¿No sabíais que en la casa de mi Padre me es necesario estar?»

y otra vez, cuando vino al Jordán para ser bautizado: «Así nos conviene cumplir toda justicia». Mateo 3:15.

A lo largo de su vida dijo: «Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra». Juan 4:34 «Heme aquí para hacer tu voluntad». Y en la agonía de Getsemaní sus palabras fueron «no se haga mi voluntad, sino la tuya».Lucas 22:42. Alguien dice: «De veras deseo vivir la vida de perfecta confianza; deseo dejar que Cristo la viva en mí; anhelo llegar a una comprensión tal de Cristo que me dé la certeza de que Cristo permanecerá para siempre en mí; quiero llegar a la plena seguridad de que Cristo, mi Josué, me guardará en la tierra de la victoria». ¿Qué se necesita para eso? Mi respuesta es: «Cuida de no tomar un Cristo falso, un Cristo imaginario, un medio Cristo». ¿Y qué es el Cristo completo? El Cristo completo es el hombre que dijo: «Lo entrego todo hasta la muerte para que Dios sea glorificado. No tengo un pensamiento; no tengo un deseo; no quisiera vivir un solo momento sino para la gloria de Dios». Tú dices enseguida: «¿Qué cristiano podrá jamás alcanzar eso?» No hagas esa pregunta; pregunta más bien: «¿Lo ha alcanzado Cristo, y promete Cristo vivir en mí?» Recíbelo en su plenitud y déjale que te enseñe hasta dónde puede llevarte y qué puede obrar en ti.

No pongas condiciones ni estipulaciones en cuanto al fracaso, sino échate sobre este Cristo, abandónate a él, que vivió aquella vida de entrega total a Dios para preparar una nueva naturaleza que pudiera impartirte y en la cual pudiera hacerte semejante a él. Entonces estarás en el camino por el cual él puede conducirte a la bendita experiencia y posesión de lo que puede hacer por ti. Cristo Jesús vino al mundo con un mandamiento del Padre de que pusiera su vida, y vivió toda su vida con ese único pensamiento en su pecho. El único pensamiento que debería estar en el corazón de todo creyente es este: «Estoy en la muerte con Cristo; absoluta e inmutablemente entregado a esperar en Dios, para que Dios lleve a cabo su propósito y su gloria en mí de momento en momento».

Pocos alcanzan de inmediato la victoria, el gozo y la experiencia plena. Pero esto sí puedes hacer: toma la actitud correcta y, mientras miras a Jesús y lo que él fue, di: «Padre, tú me has hecho participante de la naturaleza divina, participante de Cristo. Es en la vida de Cristo entregada a ti hasta la muerte, en su poder y en su morada interior, en su semejanza, donde deseo vivir mi vida delante de ti».

La muerte es algo solemne, algo terrible. En el Huerto le costó a Cristo una gran agonía morir aquella muerte, y no es de extrañar que no sea fácil para nosotros. Pero consentimos de buena gana cuando hemos aprendido el secreto: solo en la muerte vendrá la vida de Dios; en la muerte hay una bienaventuranza indecible. Fue esto lo que hizo a Pablo tan dispuesto a llevar en sí mismo la sentencia de muerte; conocía al Dios que da vida a los muertos. La sentencia de muerte pesa sobre todo lo que es de la naturaleza. Pero ¿estamos dispuestos a aceptarla, la acogemos con amor?, ¿o no estamos más bien tratando de escapar de la sentencia o de olvidarla? No creemos plenamente que la sentencia de muerte pesa sobre nosotros. Todo lo que es de la naturaleza debe morir. Pide a Dios que te haga dispuesto a creer de corazón que morir con Cristo es el único camino para vivir en él. Preguntas: «Pero ¿entonces ha de ser un morir cada día?» Sí, amado; Jesús vivía cada día con la perspectiva de la cruz, y nosotros, en el poder de su vida victoriosa, hechos conformes a su muerte, debemos regocijarnos cada día en descender con él a la muerte.

Toma una ilustración. Toma un roble de unos cien años. ¿Cómo nació ese roble? En una tumba. La bellota fue plantada en la tierra, y se le hizo una tumba para que la bellota muriera. Murió y desapareció; echó raíces hacia abajo y echó brotes hacia arriba, y ahora ese árbol lleva cien años en pie. ¿Dónde está en pie? En su tumba; todo el tiempo en la misma tumba donde murió la bellota; ha estado allí extendiendo sus raíces cada vez más hondo en aquella tierra en la que se hizo su tumba, y sin embargo, todo el tiempo, aunque estaba en la misma tumba donde había muerto, ha ido creciendo más alto, y más fuerte, y más ancho, y más hermoso. Y todo el fruto que jamás dio, y todo el follaje que lo adornó año tras año, se lo debía a aquella tumba en la que sus raíces están echadas y guardadas. Así también, Cristo lo debe todo a su muerte y a su tumba. Y nosotros también lo debemos todo a aquella tumba de Jesús. ¡Oh, vivamos cada día arraigados en la muerte de Jesús! No temas, sino di: «A mi propia voluntad moriré; a la sabiduría humana, y a la fuerza humana, y al mundo, moriré; porque es en la tumba de mi Señor donde su vida tiene su comienzo, y su fuerza, y su gloria».

Esto nos lleva a nuestro siguiente pensamiento. Primero, Cristo recibió la vida del Padre; segundo, Cristo la vivió en dependencia del Padre; tercero, Cristo la entregó en la muerte al Padre; y ahora, cuarto, Cristo la recibió de nuevo, levantado por el Padre, por el poder de la gloria del Padre. ¡Oh, el profundo significado de la resurrección de Cristo! ¿Qué hizo Cristo cuando murió? Descendió a la oscuridad y a la impotencia absoluta de la muerte.

Entregó una vida que estaba sin pecado; una vida dada por Dios; una vida hermosa y preciosa; y dijo: «La entregaré en manos de mi Padre si él me la pide;» lo hizo, y estuvo allí en la tumba esperando en Dios para que hiciera su voluntad; y porque honró a Dios hasta lo sumo en su impotencia, Dios lo levantó hasta lo sumo de la gloria y del poder. Cristo no perdió nada al entregar su vida en la muerte al Padre. Y así, si quieres que la gloria y la vida de Dios vengan sobre ti, es en la tumba de la impotencia total donde nacerá esa vida de gloria. Jesús fue levantado de los muertos, y ese poder de resurrección, por la gracia de Dios, puede obrar en nosotros y obrará. Que nadie espere vivir una vida recta hasta que viva una plena vida de resurrección en el poder de Jesús.

Permíteme expresar de otra manera lo que significa esta resurrección. Cristo tenía una vida perfecta, dada por Dios. El Padre dijo: «¿Me entregarás esa vida? ¿Te desprenderás de ella por mandato mío?» Y él se desprendió de ella, pero Dios se la devolvió en una segunda vida diez mil veces más gloriosa que aquella vida terrenal. Así hará Dios con cada uno de nosotros que consienta de buena gana en desprenderse de su vida. ¿Lo has comprendido alguna vez? Jesús nació dos veces.

La primera vez nació en Belén. Aquel fue un nacimiento a una vida de debilidad. Pero la segunda vez nació de la tumba; él es «el primogénito de los muertos». Colosenses 1:18. Porque entregó la vida que tenía por su primer nacimiento, Dios le dio la vida del segundo nacimiento, en la gloria del cielo y en el trono de Dios.

Cristianos, eso es exactamente lo que necesitamos hacer.

Un hombre puede ser un cristiano ferviente; un hombre puede ser un obrero de éxito; puede ser un cristiano que ha tenido cierta medida de crecimiento y avance; pero si no ha entrado en esta plenitud de la bendición, entonces necesita llegar a una segunda y más profunda experiencia del poder salvador de Dios; necesita, así como Dios lo sacó de Egipto a través del mar Rojo, llegar a un punto en que Dios lo lleve a través del Jordán a Canaán. Amados, hemos sido bautizados en la muerte de Cristo. Es como cuando decimos: «He tenido una vida muy bendecida, y he tenido muchas experiencias benditas, y Dios ha hecho muchas cosas por mí». Antes de que Cristo obtuviera su vida de reposo y de victoria en el trono, tuvo que morir y entregarlo todo. Hazlo tú también, y compartirás su victoria y su gloria. Es a medida que seguimos a Jesús en su muerte que su resurrección, su poder y su gozo serán nuestros.

Luego viene nuestro último punto. El quinto paso en su maravilloso camino fue este: fue levantado para estar para siempre con el Padre. Porque se humilló a sí mismo, por eso Dios también lo exaltó hasta lo sumo (Filipenses 2:9). ¿En qué consiste la hermosura y la bienaventuranza de esa exaltación de Jesús? Para él mismo, comunión perfecta con el Padre; para otros, participación en el poder de la omnipotencia de Dios. Sí, ese fue el fruto de su muerte. La Escritura promete no solo que Dios, en la vida de resurrección, nos dará gozo, y la paz que sobrepasa todo entendimiento, victoria sobre el pecado y reposo en Dios, sino que nos bautizará con el Espíritu Santo; o, en otras palabras, nos llenará del Espíritu Santo.

Jesús fue levantado al trono del cielo para recibir allí del Padre el Espíritu en su nueva manifestación divina, a fin de que fuera derramado en su plenitud. Y a medida que llegamos a la vida de resurrección, la vida en la fe de aquel que es uno con nosotros y está sentado en el trono —a medida que llegamos a eso—, también nosotros podemos ser partícipes de la comunión con Cristo Jesús tal como él mora siempre en la presencia de Dios, y el Espíritu Santo nos llenará, para obrar en nosotros y por medio de nosotros de una manera que nunca hasta ahora hemos conocido.

Jesús obtuvo esta vida divina dependiendo absolutamente del Padre toda su vida, dependiendo de él aun hasta la muerte. Jesús obtuvo esa vida en la plena gloria del Espíritu que había de ser derramado, entregándose en obediencia y rendición solo a Dios, y dejando que Dios, aun en la tumba, obrara su gran poder; y ese mismo Cristo vivirá su vida en ti y en mí. ¡Oh, el misterio! ¡Oh, la gloria! ¡Y oh, la certeza divina! Jesucristo se propone vivir esa vida en ti y en mí. ¿Qué piensas? ¿No deberíamos humillarnos delante de Dios? ¿Hemos sido cristianos tantos años y hemos comprendido tan poco de lo que somos? Soy un vaso apartado, limpiado, vaciado, consagrado; simplemente de pie, esperando en cada momento que Dios, en Cristo, por el Espíritu Santo, obre en mí tanto de la santidad y de la vida de su Hijo como a él le plazca.

Mientras la Iglesia de Cristo no descienda a la tumba de la humillación, y de la confesión, y de la vergüenza; mientras la Iglesia de Cristo no se postre en el polvo mismo delante de Dios y espere en Dios para que haga algo nuevo, y algo maravilloso, algo sobrenatural, levantándola, seguirá siendo débil en todos sus esfuerzos por vencer al mundo. ¡Dentro de la Iglesia, qué tibieza, qué mundanalidad, qué desobediencia, qué pecado!

¿Cómo podremos jamás pelear esta batalla o hacer frente a estas dificultades? La respuesta es: Cristo, el Resucitado, el Coronado, el Todopoderoso, debe venir y vivir en cada uno de los miembros. Pero no podemos esperar esto sino en la medida en que muramos con él. Me referí al árbol que creció tan alto y hermoso, con sus raíces, cada día durante cien años, en la tumba en la que murió la bellota. ¡Que Dios nos enseñe a esperar en él para que obre en nosotros todo lo que obró en su Hijo, hasta que Cristo Jesús sea formado en nosotros! ¡Amén!

Página 1 / 1 · 18 min restantes en el capítulo
Anterior Siguiente