Capítulo 13 · 16 min de lectura · 21 min de escucha
Para que Dios sea todo en todos
1 Corintios 15:24-28.—«Luego el fin, cuando entregue el reino al Dios y Padre, después de haber suprimido todo dominio, toda autoridad y potencia. Porque es menester que él reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies. Y el postrer enemigo que será destruido es la muerte. Porque “todas las cosas sujetó debajo de sus pies”. Y cuando dice: “Todas las cosas han sido sujetadas”, claro está que se exceptúa aquel que sujetó a él todas las cosas. Pero luego que todas las cosas le estén sujetas, entonces también el Hijo mismo se sujetará al que le sujetó a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todos.»
Esta será la gran conclusión del gran drama de la historia del mundo y de la redención de Cristo. Vendrá un día —su gloria es tal que no podemos formarnos idea alguna de ella, el misterio es tan profundo que no alcanzamos a comprenderlo—, sí, viene un día en que el Hijo entregará el Reino que el Padre le dio, que él ganó con su sangre y que ha establecido y perfeccionado desde el trono de su gloria. «Cuando entregue el reino al Dios y Padre». 1 Corintios 15:24.
El Hijo mismo se sujetará también al Padre, «para que Dios sea todo en todos». No puedo entenderlo: el Hijo eternamente bendito, igual a Dios desde la eternidad y por toda la eternidad; el Hijo eternamente bendito, sentado en el trono, se sujetará al Padre; y de una manera que sobrepasa por completo nuestra comprensión, entonces se hará manifiesto, como nunca antes, que Dios es todo en todos.
Por esto ha estado obrando Cristo; por esto obra hoy en nosotros; por esto juzgó que valía la pena dar su sangre; esto es lo que su corazón anhela en cada uno de nosotros; esta es la esencia misma y la gloria del cristianismo: «para que Dios sea todo en todos». Y ahora bien, si esto es lo que llena el corazón de Cristo, si esto expresa el único fin de la obra de Cristo, entonces, si quiero tener en mí el espíritu de Cristo, el lema de mi vida debe ser: Todo sujeto a él y absorbido en él, «para que Dios sea todo en todos». ¡Qué triunfo sería si la Iglesia peleara de veras con esa bandera ondeando sobre ella! ¡Qué vida podría ser la nuestra si esa fuera de verdad nuestra bandera! ¡Servir a Dios plenamente, enteramente, únicamente; tenerlo a él como todo en todos! ¡Cómo ennoblecería, ensancharía y estimularía todo nuestro ser! Trabajo, peleo, «para que Dios sea todo en todos»; para que se apresure el día de la gloria. Oro, y el Espíritu Santo lucha en mí con anhelo indecible, «para que Dios sea todo en todos». ¿Llegaremos los cristianos a comprender en relación con qué causa tan grande trabajamos y oramos, y a tener alguna idea de qué Reino somos partícipes y para qué manifestación de Dios nos estamos preparando?
Para ilustrar qué cosa tan grande es pertenecer al Reino de Dios y a la gloriosa Iglesia de Cristo en la tierra, John McNeill cuenta que, cuando era un muchacho de doce años que trabajaba en una línea de ferrocarril y ganaba el espléndido salario de seis chelines por semana, solía volver a casa con su madre y sus hermanas, que tenían en altísima estima a su pequeño Johnnie, y las deleitaba contándoles la posición que ocupaba. Decía con gran orgullo: «¡Ah, nuestra compañía! Por sus manos pasan tantos miles de libras cada año; transporta tantos cientos de miles de pasajeros cada año; y tiene tantas millas de vía, y tantas locomotoras y vagones; ¡y tantos miles de empleados!»
La madre y las hermanas estaban muy orgullosas de él, porque era socio de un negocio tan importante.
Cristianos, si tan solo despertáramos para creer que pertenecemos al Reino que Cristo se prepara para entregar al Padre, para que Dios sea todo en todos, ¡cómo llenaría la gloria nuestros corazones y expulsaría todo lo mezquino, lo bajo y lo terrenal! ¡Cómo nos sentiríamos llevados adelante por esta bendita fe! Vivo para esto: para que Cristo tenga el Reino que entregar al Padre. Vivo para esto, y un día lo veré sujeto al Padre, y entonces a Dios todo en todos. Vivo para él, y estaré allí no solo como testigo, sino que tendré parte en todo ello. ¡El Reino entregado, el Hijo sujeto, y Dios todo en todos! Tendré parte en ello, y en adoración rendida compartiré la gloria y la bienaventuranza.
Llevemos esto a nuestro corazón, para que gobierne nuestra vida: este único pensamiento, esta única fe, este único propósito, este único gozo: Cristo vivió, y murió, y reina; yo vivo y muero, y en su poder reino; solo por esta única cosa, «para que Dios sea todo en todos». Que esto posea todo nuestro corazón y toda nuestra vida. ¿Cómo podemos lograrlo? Es una pregunta seria, a la que deseo darte unas pocas respuestas sencillas. Y digo, ante todo: Permite que Dios ocupe su lugar en tu corazón y en tu vida. Lutero decía a menudo a quienes acudían a él agobiándolo con sus dificultades: «Deja que Dios sea Dios». ¡Oh, dale a Dios su lugar! ¿Y cuál es ese lugar? «Para que Dios sea todo en todos». Deja que Dios sea todo en todos cada día, de la mañana a la noche. Dios para gobernar, y yo para obedecer. ¡Ah, qué bienaventuranza poder decir: «Dios y yo»! ¡Qué privilegio tener un socio así! ¡Primero Dios, y luego yo! Y sin embargo, podría haber una secreta exaltación de uno mismo en asociar a Dios conmigo. Y encuentro en la Biblia una palabra más preciosa todavía. Es esta: «Dios, y no yo». No es «Dios primero, y yo segundo»; Dios lo es todo, y yo no soy nada. Pablo dijo: «He trabajado más que todos ellos; pero no yo». Hermanos, procuremos dar a Dios su lugar: comencemos en nuestro aposento, en nuestra adoración y en la oración. El poder de la oración depende casi por completo de que comprendamos quién es aquel con quien hablo. Es de la mayor importancia, si solo tenemos media hora para orar, que nos tomemos tiempo para contemplar a este gran Dios, en su poder, en su amor, en su cercanía, esperando precisamente para bendecirnos. Esto es mucho más importante que pasar toda la media hora derramando innumerables peticiones y alegando innumerables promesas.
Lo importante es sentir que estamos depositando nuestras súplicas en el seno del Amor omnipotente. Antes y por encima de todo, tomemos tiempo cuando oramos para percibir la gloria y la presencia de Dios. Da a Dios su lugar en cada oración. Digo: permite que Dios tenga su lugar. Yo no puedo dar a Dios su lugar en el trono; en cierto sentido sí puedo, y debo procurarlo. Pero lo importante es que yo sienta que no puedo comprender cuál es ese lugar, y que Dios se revelará cada vez más a sí mismo y el lugar que ocupa. ¿Cómo sé yo algo acerca del sol?
Porque el sol brilla, y en su luz veo lo que es el sol. El sol es su propia evidencia. Ningún filósofo podría haberme hablado del sol si el sol no brillara.
Ningún poder de meditación ni de pensamiento puede asir la presencia de Dios. Quédate quieto, confiando y descansando, y el Dios eterno resplandecerá en tu corazón y se revelará a ti. Y entonces, con la misma naturalidad con que disfruto de la luz del sol, y con la misma naturalidad con que miro las páginas de un libro sabiendo que puedo ver las letras porque la luz brilla, con esa misma naturalidad se revelará Dios al alma que espera, y hará de su presencia una realidad. Dios ocupará su lugar como Dios en la presencia de su hijo, de modo que, absoluta y realmente, lo principal en el corazón del hijo sea: «Dios está aquí; Dios se da a conocer».
Amado, ¿no es esto lo que anhelas: que Dios ocupe un lugar que nunca ha tenido; que Dios venga a ti con una cercanía que todavía no has sentido; y, sobre todo, que Dios venga a ti en una comunión permanente e ininterrumpida? Dios puede ocupar su lugar delante de ti todo el día. Repito lo que ya he mencionado, porque Dios me ha enseñado una lección con ello: así como Dios hizo la luz del sol tan suave, tan dulce, tan brillante, tan universal y tan incesante que nunca me cuesta un minuto de esfuerzo disfrutarla, así también, y de una manera mucho más real que la luz que brilla sobre mí, la cercanía de mi Dios puede revelárseme como mi porción permanente. Oremos todos «para que Dios sea todo en todos» en nuestra vida diaria.
Supón que allá lejos, en Sudáfrica, hay una mujer cuyo marido ha emprendido un largo viaje al interior. Estará meses lejos de toda oficina de correos. La esposa está ansiosa por recibir noticias. Hace semanas que no ha tenido carta ni noticia alguna de él. Un día, estando ella a su puerta, llega un cafre enorme y salvaje. Tiene un aspecto espantoso y lleva sus lanzas y su escudo. La mujer se alarma, corre a la casa y cierra la puerta. Él se acerca y llama a la puerta, y ella está aterrorizada. Envía a su criada, que vuelve y le dice: «El hombre dice que tiene que verla». Ella va, toda asustada. Él saca un periódico viejo. Ha venido de parte de su marido, tras un mes de viaje a pie, y dentro del sucio periódico hay una carta de su marido en la que le cuenta que está bien. ¡Cómo se deleita esa esposa con aquella carta! Olvida el rostro que la había aterrorizado. Y ahora, a medida que pasan otra vez las semanas, ¡cómo empieza a anhelar a aquel feo mensajero cafre! Tras una larga espera, él vuelve, y esta vez ella sale corriendo a su encuentro, porque es el mensajero que viene de su amado esposo, y sabe que, con todo su aspecto repelente, es portador de un mensaje de amor. ¡Oh, aprende a aceptar la voluntad de Dios en todo!
Si Dios ha de ser todo en todos en tu corazón y en tu vida, no digo solamente: Permítele ocupar su lugar, y acepta toda su voluntad, sino, en tercer lugar: Confía en su poder. Queridos amigos, es «Dios el que obra así el querer como el hacer, por su buena voluntad». Es «el Dios de paz», según otro pasaje, quien os «haga aptos en toda obra buena para que hagáis su voluntad, haciendo él en nosotros lo que es agradable delante de él». Te quejas de debilidad, de flaqueza, de vacío. No importa; para eso has sido hecho: para ser un vaso vaciado en el que Dios pueda poner su plenitud y su fuerza. Aprende de veras esta lección. Sé que no es fácil. Mucho tiempo después de que Pablo fuera apóstol, el Señor Jesús tuvo que venir a él de una manera muy especial para enseñarle a decir: «De buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades» 2 Corintios 12:9. Pablo estaba en peligro de enaltecerse a causa de las revelaciones del cielo, y Jesús vino a él y le dijo: «Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad» 2 Corintios 12:9.
Desde aquel momento la vida de Pablo cambió en este aspecto, y dijo: «Por amor de Cristo, pues, me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte». 2 Corintios 12:10.
¿Deseas de veras que Dios sea todo en todos? Tómate tiempo cada día, al inclinarte delante de Dios, para decir: «El poder omnipotente de Dios que obra en el sol, y en la luna, y en las estrellas, y en las flores, está obrando en mí. Es tan cierto como que vivo. El poder omnipotente de Dios está obrando en mí. Solo necesito postrarme y estar quieto; necesito ser más sumiso y estar más entregado a su voluntad; necesito confiar más, y permitir que Dios haga conmigo lo que quiera». Deja que Dios haga contigo a su manera, deja que Dios obre, y él obrará poderosamente. Muchas veces se ha comprobado que la quietud más profunda es la inspiración de la acción más elevada. Se ha visto en la experiencia de muchos de los santos de Dios, y es precisamente la experiencia que necesitamos: que en la quietud de la entrega y de la fe se ha manifestado la obra de Dios.
En cuarto lugar: si Dios ha de ser todo en todos, sacrifícalo todo por su reino y su gloria. «Para que Dios sea todo en todos».
Este es un propósito tan noble, tan glorioso, tan santo, que Cristo dijo: «Por esto daré mi vida. Por esto lo daré todo, hasta la muerte de cruz. Por esto me daré a mí mismo». Si esto valía tanto para Cristo, ¿carece de valor para ti?
Si alguien hubiera preguntado a Jesús de Nazaret: «¿Para qué es el cuerpo? ¿Cuál es el uso más elevado de tu cuerpo?», él habría respondido: «El uso y la gloria de mi cuerpo es que puedo darlo en sacrificio a Dios. Eso lo es todo». ¿De qué sirve tener una mente; y de qué sirve tener dinero; y de qué sirve tener hijos? De que puedo darlos a Dios; porque Dios debe ser todo en todos en todas las cosas. Pido a Dios que nos dé una visión tal de su reino y de su gloria que todo lo demás desaparezca. Entonces, aunque tuvieras diez mil vidas, dirías: «Esta es la belleza y el valor de la vida: “que Dios sea todo en todos” para mí, y que yo pueda demostrar a los hombres que Dios es más que todo, que la vida solo merece vivirse en la medida en que se entrega a Dios para que él la llene».
Sacrifiquémoslo todo por su reino y su gloria. Comienza a vivir día tras día con esta oración: «Dios mío, me he entregado a ti. Sé tú mi todo en todos». Dices: «¿Puedo yo hacer esto realidad?». Sí, de esta manera: deja que el Espíritu Santo more en ti; deja que el Espíritu Santo arda en ti como un fuego, y arda en ti con gemidos indecibles, clamando a Dios mismo para que revele su presencia y su voluntad en ti. En el capítulo octavo de Romanos, Pablo habló de los gemidos de toda la creación.
¿Y por qué gime toda la creación? Por la redención, por la libertad gloriosa de los hijos de Dios (véase Romanos 8:19). Estoy persuadido de que eso era lo que Pablo quería decir cuando habló de los gemidos del Espíritu Santo: los gemidos indecibles por el tiempo venidero de gloria, cuando Dios sea todo en todos. Cristiano, sacrifica tu tiempo; sacrifica tus intereses; sacrifica las mejores fuerzas de tu corazón orando, deseando y clamando para que «Dios sea todo en todos».
Y por último: si Dios ha de ser todo en todos, espera continuamente en él todo el día. Mi primer punto se refería a dar a Dios su lugar, pero quiero destacarlo de forma más directa al concluir. Espera continuamente en Dios todo el día. Si has de hacerlo, debes vivir siempre en su presencia. El lugar santo en los cielos en el que hemos de vivir es la presencia inmediata de Dios. La presencia permanente de Dios es ciertamente la herencia de todo hijo de Dios, como lo es que el sol brilla. El Padre nunca esconde su rostro de su hijo. El pecado lo esconde, y la incredulidad lo esconde, pero el Padre hace brillar su amor todo el día sobre el rostro de sus hijos. El sol brilla de día y de noche. No se pondrá jamás tu sol. Comienza a buscar esto. Ven y vive en la presencia de Dios. Hay en verdad una morada permanente en su presencia, en lo reservado de su pabellón, de la que alguien ha cantado muy bellamente: Conmigo, dondequiera que vaya, Va esa gran Presencia; Esa alegría indecible, Reposo imperturbable.
Por doquier, la bendita quietud De aquel Lugar Santo; Quietud del amor que adora, Mudo ante su rostro.
Esta es la porción de aquellos a quienes se concede esta oración: «Una cosa he demandado al Señor, esta buscaré: que esté yo en la casa del Señor todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura del Señor, y para inquirir en su templo». Salmo 27:4. «Porque él me esconderá en su tabernáculo». V. 5. Dios mismo te tomará y te guardará allí, de modo que toda tu obra sea hecha en Dios. Amado, espera continuamente en Dios. No puedes hacerlo a menos que estés en su presencia. Debes vivir en su presencia. Entonces aprenderás el bendito hábito de esperar en Dios. La verdadera dificultad para llegar a esperar de veras en Dios está en que la mayoría de los cristianos no han procurado percibir la cercanía de Dios y darle a Dios el primer lugar. Pero esforcémonos por alcanzarlo, confiemos en que Dios nos lo dará por su gracia, y esperemos en Dios todo el día. «Mis ojos —dice uno— están siempre hacia ti». Espera en Dios para que te guíe, y Dios, si esperas mucho en él, te llevará a un nuevo poder para su servicio, a un nuevo gozo en su comunión. Te conducirá a una confianza más amplia en él; te preparará para esperar de él cosas nuevas. Amado, no hay manera de saber lo que Dios hará por un hombre que se ha entregado por completo a él. ¡Alabado sea su nombre! Que cada uno de nosotros diga: «Sea mi vida vivir y morir, trabajar y orar continuamente por esta única cosa: que en mí, y a mi alrededor, y en la iglesia, y en todo el mundo, “Dios sea todo en todos”».
Una pequeña semilla es el comienzo de un gran árbol. Un grano de mostaza se convierte en un árbol en el que pueden anidar las aves del cielo. Aquel gran día del que habla el texto, cuando Cristo mismo se sujete al Padre y entregue el Reino al Padre, y Dios sea todo en todos, es el gran árbol del Reino de Dios que llega a su perfecta consumación y gloria. Oh, tomemos en nuestro corazón la semilla de esa gloria, inclinémonos en humilde entrega y sumisión, y digamos: «Amén, Señor; sea este mi único pensamiento. Sea esta mi vida: hablar y obrar, orar y existir solo para que otros también sean llevados a conocerlo. Esta es mi vida: rendirme a los anhelos indecibles del Espíritu Santo, para no descansar, sino tener siempre la mirada puesta en aquel día —el día de la gloria— en que, en verdad, Dios será todo en todos».
Que Dios nos ayude a cada uno de nosotros. Dios nos ayude a todos a rendirnos a él, y a Cristo, y a hacer de ello nuestra vida de cada día; por amor de su nombre. Amén.
Capítulo 13 completado
Para que Dios sea todo en todos