Capítulo 12 · 12 min de lectura · 16 min de escucha
La fuente del poder en la oración
Romanos 8:26-27.—Y asimismo el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles. Mas el que escudriña los corazones, sabe cuál es el intento del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios demanda por los santos.
Aquí tenemos la enseñanza de Dios acerca de la ayuda del Espíritu Santo en la oración. La primera mitad de este capítulo es de suma importancia en relación con lo que la palabra de Dios enseña acerca del Espíritu. En Romanos 6 leemos acerca de estar muertos al pecado y vivos para Dios, y en Romanos 7, acerca de estar muertos a la ley y casados con Cristo, y también acerca de la impotencia del hombre no regenerado para hacer la voluntad de Dios. Todo esto no es más que una preparación para mostrarnos cuán impotentes somos; y luego, en el capítulo octavo, viene la bendita obra del Espíritu, expresada principalmente en estas palabras: «Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús te ha librado de la ley del pecado y de la muerte». Romanos 8:2. El Espíritu nos hace libres del poder del pecado, y nos enseña y nos guía para que andemos conforme al Espíritu.
En nuestra disposición interior podemos llegar a ser de mente espiritual y quedar capacitados para hacer morir las obras del cuerpo. El Espíritu Santo ayuda nuestra flaqueza. La oración es lo más necesario en la vida espiritual. Sin embargo, no sabemos orar ni qué pedir como conviene. El Espíritu, nos dice Pablo, ora con gemidos indecibles. Y nos dice además que muchas veces nosotros mismos no sabemos lo que el Espíritu está haciendo dentro de nosotros, pero hay uno, Dios, que escudriña los corazones. Las palabras revelan a menudo mis pensamientos y mis deseos, pero no lo que está en lo profundo de mi corazón; y Dios viene y escudriña mi corazón, y allá en lo hondo, escondido, lo que yo no puedo ver y lo que para mí era un anhelo indecible, Dios lo halla.
¡Oración poderosa! ¡La confesión de ignorancia! Ah, amigos, muchas veces temo por mí mismo, como ministro, que oro con demasiada facilidad. Llevo orando estos cuarenta o cincuenta años, y llega a ser, en lo que al hombre respecta, cosa fácil orar. A todos se nos ha enseñado a orar, y cuando se nos pide que oremos, podemos hacerlo; pero se vuelve demasiado fácil, y temo que con frecuencia creemos estar orando cuando hay poca oración verdadera. Ahora bien, si hemos de tener en nosotros la oración del Espíritu Santo, una cosa es necesaria: tenemos que empezar por sentir: «No puedo orar». Cuando un hombre se quebranta y no puede orar, y hay un fuego que arde en su corazón y una carga que pesa sobre él, hay algo que lo está atrayendo hacia Dios. «No sé qué pedir», No somos lo bastante ignorantes. Abraham salió sin saber a dónde iba; había allí un elemento de ignorancia y también un elemento de fe (véase Hebreos 11:8).
Jesús dijo a sus discípulos, cuando vinieron con su petición acerca del trono: «No sabéis lo que pedís». Mateo 20:22. Pablo dice que «nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios». 1 Corintios 2:11. Tú dices: «Si no he de orar las viejas oraciones que aprendí de mi madre, o de mi profesor en la universidad, o de mi experiencia de ayer y de anteayer, ¿qué he de pedir?». Yo respondo: haz oraciones nuevas, y elévate más alto en las riquezas de Dios.
Ya sabes lo que solemos pensar de un estudiante que entra en la universidad imaginando que lo sabe todo. Ese no aprenderá gran cosa. Sir Isaac Newton dijo: «No sé lo que pueda parecer al mundo; pero a mí mismo me parece haber sido solo como un niño que juega a la orilla del mar y se divierte encontrando de vez en cuando un guijarro más liso o una concha más bonita que de ordinario, mientras el gran océano de la verdad se extendía, todo él por descubrir, delante de mí». Y así también con respecto a la iglesia: queremos tomar nuestro lugar como miembros de la iglesia de Cristo en esta tierra y, como parte de ese gran cuerpo, decir: «Señor Dios, ¿no hay nada que pueda hacerse para bendecir a la iglesia de esta tierra, para avivarla y sacarla de su mundanalidad y de su debilidad?».
Podemos deliberar juntos y concluir sin fe: «No, no sabemos qué hacer; no tenemos influencia ni poder sobre todos estos ministros y sus iglesias». Pero, por otra parte, ¡qué bendito es venir a Dios y decir: «Señor, no sabemos qué pedir. Tú sabes qué conceder»! El Espíritu Santo podría orar cien veces más en nosotros si tan solo fuéramos conscientes de nuestra ignorancia, porque entonces sentiríamos nuestra dependencia de él.
Ese es el primer pensamiento: nuestra ignorancia. Porque «qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos»; pero «el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles». Romanos 8:26. Oímos hablar a menudo de la obra de Dios Padre, del Hijo y del Espíritu Santo al llevar a cabo y consumar la gran redención, y sabemos que cuando Dios obró en la creación del mundo no se fatigó; y sin embargo leemos aquella maravillosa expresión del libro de Éxodo acerca del día de reposo: «Reposó». Génesis 2:2. Recibió refrigerio; el día de reposo fue para él un refrigerio. Dios tuvo que obrar y Cristo tuvo que obrar, y ahora obra el Espíritu Santo, y su lugar secreto de trabajo, el lugar donde toda obra ha de comenzar, es el corazón, adonde él viene para enseñar al hombre a orar.
Cuando un hombre comienza a vislumbrar lo que se necesita, lo que está prometido y lo que Dios espera realizar, siente que todo ello sobrepasa su entendimiento; entonces es cuando estará dispuesto a decir: «No puedo limitar al Santo de Israel con mis pensamientos; me entrego en la fe de que el Espíritu Santo puede estar orando por mí con gemidos, con anhelos, que no pueden expresarse». Aplica eso a tus oraciones.
Hay diferentes aspectos de la oración. Está la adoración, cuando el hombre simplemente se postra para adorar al gran Dios. Nosotros no nos tomamos el tiempo necesario para adorar. Necesitamos adorar en secreto, solo para ponernos cara a cara con el Dios eterno, a fin de que él nos cubra con su sombra, nos envuelva y nos llene de su amor y de su gloria. Es el Espíritu Santo quien puede obrar en nosotros un anhelo tal que renunciemos a nuestros placeres, y aun a parte de nuestros negocios, para poder encontrarnos a menudo con nuestro Dios.
El siguiente aspecto de la oración es la comunión. En la oración no hay solo la adoración que se rinde a un rey, sino la comunión de un hijo con Dios. Los cristianos dedican demasiado poco tiempo a la comunión con Dios. Piensan que la oración consiste solamente en venir con sus peticiones. Si Cristo ha de hacer de mí lo que debo ser, tengo que detenerme en comunión con Dios. Si Dios ha de dejar que su amor entre, y brille y arda a través de mi corazón, tengo que tomar tiempo para estar con él.
El herrero mete su barra de hierro en el fuego. Si la deja allí solo por poco tiempo, no se pone al rojo vivo. Puede sacarla para hacer algo con ella y, al cabo de un rato, volver a meterla unos minutos, pero tampoco esta vez se pone al rojo vivo. En el curso del día puede meter la barra en el fuego muchísimas veces y dejarla allí dos o tres minutos cada vez, pero nunca llega a calentarse del todo. Si se toma tiempo y deja la barra diez o quince minutos en el fuego, todo el hierro se pondrá al rojo vivo con el calor que hay en el fuego. Así también, si hemos de recibir el fuego de la santidad, del amor y del poder de Dios, tenemos que pasar más tiempo con Dios en comunión. Eso fue lo que dio su fuerza a hombres como Abraham y Moisés. Eran hombres que habían sido apartados para la comunión con Dios, y el Dios vivo los hizo fuertes. ¡Oh, si tan solo comprendiéramos lo que puede hacer la oración!
Otro aspecto de la oración, y el más importante, es la intercesión. ¡Qué obra ha abierto Dios a los que son sus sacerdotes, los intercesores! Hallamos una expresión maravillosa en la profecía de Isaías; Dios dice: «Echen mano de mi protección» Isaías 27:5, y también: «No hay nadie que invoque tu nombre, ni que se despierte para asirse de ti». Isaías 64:7. En otros pasajes Dios se refiere a los intercesores de Israel. ¿Te has asido alguna vez de Dios? Gracias a Dios, algunos de nosotros lo hemos hecho; pero, oh amigos, representantes de la iglesia de Cristo en los Estados Unidos, si Dios nos mostrara cuánta oración intensa hay en toda la iglesia por un avivamiento, cuánta confesión sincera de los pecados de la iglesia, cuánto clamor ante Dios sin darle tregua hasta que ponga a Jerusalén por gloria en la tierra, creo que todos nos avergonzaríamos. Necesitamos entregar nuestro corazón al Espíritu Santo, para que él ore por nosotros y en nosotros con gemidos indecibles.
¿Qué he de hacer si he de tener dentro de mí a este Espíritu Santo? El Espíritu quiere tiempo y lugar en el corazón; quiere todo el ser. Quiere que todo mi interés y toda mi influencia se encaminen a la honra y la gloria de Dios; quiere que yo me entregue. Amado amigo, no sabes lo que podrías hacer si te entregaras a la intercesión. La intercesión es una obra que un enfermo postrado en su cama año tras año puede hacer con poder. Es una obra que un pobre que apenas tiene una moneda que dar a una sociedad misionera puede hacer día tras día. Es una obra que una muchacha que vive en la casa de su padre y tiene que ayudar en las tareas del hogar puede hacer por el Espíritu Santo. La gente pregunta a menudo: ¿Qué hace la Iglesia de nuestros días para alcanzar a las masas? Lo preguntan, aunque lo preguntan con temor, porque se sienten tan impotentes: ¿Qué podemos hacer contra el materialismo y la incredulidad de lugares como Londres, Berlín, Nueva York y París? Lo hemos dado por perdido, como cosa sin esperanza. ¡Ah, si se pudiera llamar a hombres y mujeres a unirse para asirse de Dios! No hablo de ninguna unión de oración ni de ningún tiempo de oración fijado de antemano; pero si el Espíritu pudiera hallar hombres y mujeres que entregaran su vida a clamar a Dios, el Espíritu vendría con toda seguridad.
No es egoísmo, ni es mera felicidad lo que buscamos cuando hablamos de la paz, el descanso y la bendición que Cristo puede dar. Dios nos quiere, Cristo nos quiere, porque él tiene una obra que hacer; la obra del Calvario ha de realizarse en nuestro corazón; hemos de sacrificar nuestra vida para interceder ante Dios por los hombres. Oh, rindámonos día tras día y pidamos a Dios que le plazca dejar que su Espíritu Santo obre en nosotros.
Luego viene el último pensamiento: que Dios mismo viene a mirar con agrado la actitud de su hijo.
Quizá aquel pobre hombre no sabe que está orando; quizá se avergüenza de sus oraciones. Tanto mejor para él. Quizá se siente agobiado e inquieto, pero Dios oye, Dios descubre cuál es el intento del Espíritu, y responderá. Oh, piensa en este maravilloso misterio: Dios el Padre en el trono, dispuesto a concedernos sus bendiciones conforme a las riquezas de su gloria; Cristo, el sumo sacerdote todopoderoso, intercediendo día y noche. Abramos y ensanchemos nuestro corazón y digamos a Dios: «¡Oh, si yo pudiera ser un sacerdote, para estar continuamente en la presencia de Dios, asirme de Dios y traer bendición a mis semejantes que perecen!».
Dios anhela hallar la intercesión de Jesús reflejada en el corazón de sus hijos, y donde la halla, es para él un deleite. Mas el que escudriña los corazones, sabe cuál es el intento del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios demanda por los santos. La palabra de Dios nos llega continuamente para que oremos por todos y no nos contentemos con nosotros mismos. Piensa en los centenares de miembros de iglesia de esta tierra: multitudes sin convertir, multitudes recién convertidas, pero aún mundanas y descuidadas. Piensa en los millares de cristianos nominales: ¡cristianos de nombre, pero que roban a Dios! ¿Y podemos estar contentos? Si llevamos la carga de las almas, ¿podemos tener esta paz y este gozo? Dios te da paz y gozo sin otro fin que el de que seas fuerte para llevar la carga de las almas en el gozo de la salvación de Cristo.
No queremos decir: «Estoy procurando ser tan santo como puedo; ¿qué tengo yo que ver con esa gente mundana que me rodea?». Si hay una enfermedad terrible en mi mano, mi cuerpo no puede decir: «No tengo nada que ver con ella». Cuando el pueblo había pecado, Esdras rasgó sus vestidos, se postró en el polvo e hizo confesión. Se arrepintió en nombre del pueblo.
Nehemías, cuando la nación pecó, hizo confesión y se postró delante de Dios, lamentando la desobediencia de ellos al Dios de sus padres. Daniel hizo exactamente lo mismo que ellos. ¿Y piensas que nosotros, como creyentes, no tenemos una gran obra que hacer?
Supongamos que estuviéramos sin un solo pecado; supongámoslo tan solo: ¿podríamos entonces hacer confesión? ¡Mira a Cristo, sin pecado! Descendió a las aguas del bautismo con los pecadores; se hizo uno con ellos. Dios nos ha hablado para preguntarnos si de verdad nos damos cuenta de lo que somos. Ahora nos pregunta si pertenecemos a la iglesia de esta tierra y si hemos llevado la carga del pecado que nos rodea. Vayamos a Dios, y que él, por el Espíritu Santo, llene nuestro corazón de una carga indecible por la iglesia, y que Dios nos dé la gracia de llorar delante de él. Y cuando comencemos a confesar los pecados de la iglesia, comenzaremos a sentir nuestros propios pecados como nunca antes. En cinco de las epístolas a las siete iglesias de Asia, la nota dominante fue «Arrepiéntete» No había en ellas idea alguna de vencer y obtener una bendición si no se arrepentían. Arrepintámonos en nombre de la iglesia de Cristo, y Dios nos dará valor para sentir que él avivará su obra.
Capítulo 12 completado
La fuente del poder en la oración