La vida de confianza
La fe confirmada por la prosperidad

Capítulo 21 · 46 min de lectura · 1 h de escucha

La fe confirmada por la prosperidad

1846-1848.

EL ESPÍRITU DE SÚPLICA CONCEDIDO Y LA ORACIÓN RESPONDIDA—EL TIEMPO DE LA NECESIDAD DEL HOMBRE Y DE LA GENEROSIDAD DE DIOS—LA FE NO CONMOVIDA—TRATAR SOLO CON DIOS—LA CANTIDAD NECESARIA PROVISTA—PERPETUA «NECESIDAD»—SIN CANSARSE EN LA OBRA DE DIOS—GOZO EN LA ORACIÓN RESPONDIDA—CUATRO PETICIONES CONCEDIDAS—«CONSTANTES EN LA ORACIÓN»—SE COMIENZA LA CONSTRUCCIÓN—HISTORIA PERSONAL—UNA LIBERACIÓN NOTABLE.

En el capítulo siguiente, el señor Müller ha agrupado, bajo los encabezamientos correspondientes, los principales acontecimientos relacionados con cada uno de los departamentos de la obra del Señor que estaba en sus manos.

I. AYUDA A LOS OBREROS MISIONEROS.

En ningún período anterior, desde que emprendí el envío de ayuda a obreros en el país y en el extranjero, me confió el Señor sumas tan grandes como durante el que abarca este capítulo. Nunca había tenido más necesidad de provisión económica que durante esos dos años, a causa de las muchas demandas apremiantes; pero, al mismo tiempo, tuve el grandísimo gozo y privilegio de poder responder a ellas como nunca antes se me había permitido. Estas observaciones se aplican a todos los diversos objetos del Instituto, pero especialmente a la provisión para los hermanos que trabajan en el país y en el extranjero en la palabra y la doctrina, sin estar vinculados a ninguna sociedad, o sin tener ningún salario fijo por predicar la palabra.

El 26 de mayo de 1846, después de cerradas las cuentas, se me dio un cheque de cien libras, cuyo destino se dejó a mi disposición. Puse la mitad de la cantidad en el fondo para estos objetos, y la mitad en el fondo de los huérfanos. Cuando se cerraron las cuentas, había en caja para estos objetos noventa y una libras, cuatro chelines y once peniques y tres cuartos, a lo que se añadieron estas cincuenta libras; por tanto, comencé este período con más recursos de los que había tenido en caja en ningún momento anterior al comienzo de un nuevo período; y como fue su comienzo, así fue su continuación. Muchas veces me ha llamado la atención que una razón especial por la que, en conjunto, se me permitió tener tan poca prueba en cuanto a recursos para la obra durante esos dos años, en comparación con tiempos anteriores, puede haber sido que el Señor quería decir con ello que estaba dispuesto a dar lo que hiciera falta una vez construida la nueva Casa de Huérfanos, aunque los gastos serían unas dos mil quinientas libras al año más que antes.

4 de junio de 1846. Hoy se me dio, justo cuando me levantaba de estar de rodillas, después de haber pedido al Señor más recursos, especialmente para fines misioneros, la suma de ciento cincuenta libras, con el ruego de usar de ella cincuenta libras para los huérfanos, cincuenta libras para obreros en Inglaterra y cincuenta libras para obreros en el extranjero.

Desde el comienzo de este Instituto, el 5 de marzo de 1834, había sido mi deseo emplear parte de los fondos que se me confiaran en ayudar a hermanos misioneros en tierras extranjeras que no se sostienen con ningún salario fijo; y durante varios años había tenido asimismo el deseo de ayudar a hermanos que trabajaban en circunstancias semejantes en Gran Bretaña e Irlanda. El Señor también me había dado el gran privilegio de ayudar a tales hermanos, en mayor o menor medida, durante el tiempo que este Instituto llevaba funcionando; pero especialmente durante los dos años a que se refiere este capítulo comenzó a permitirme hacerlo en un grado mucho mayor que antes. Yo sabía que era un hecho que muchos hermanos que predican la palabra, sin tener salario alguno por hacerlo ni bienes de qué vivir, estaban necesitados. Ahora bien, podría decirse que tales hermanos deben confiar en Dios; que, si predican a Jesús como la única esperanza para la salvación de los pecadores, deben darles buen ejemplo confiando ellos mismos en Dios para la provisión de sus necesidades temporales, a fin de que los inconversos sean llevados por ello a confiar solo en el Señor Jesús para la salvación de sus almas. Esto es cierto, completamente cierto. Los predicadores de las preciosas buenas nuevas de salvación para todo pecador que pone su confianza en los méritos del Señor Jesús deben, en efecto, depender ellos mismos de Dios, su Señor y Padre, para la provisión de sus necesidades temporales; pero yo también sentía que, como hermano suyo, debía procurar ayudarlos en cuanto estuviera de mi parte. A esto me dediqué más que nunca después del comienzo del año 1846, pues sabía que, por causas particulares, había un llamado especial a ayudar a tales hermanos; y como mis propios recursos no llegarían muy lejos, me entregué a la oración por tales hermanos con más fervor que nunca. El resultado fue que, durante los dos años de este período, el Señor respondió de tal manera a mis súplicas diarias en este particular, que tuve el honor de enviar a obreros del país y del extranjero casi el triple que en cualquier período anterior de la misma duración. Se gastaron de este modo mil quinientas cincuenta y nueve libras, once chelines y seis peniques, con lo que se ayudó a veintiún hermanos que trabajaban en tierras extranjeras y a diecinueve que trabajaban en Gran Bretaña e Irlanda. Por grande que sea esta suma en comparación con lo que yo había podido hacer en este particular en años anteriores, es sin embargo pequeña, muy pequeña, en comparación con lo que mi corazón deseaba poder hacer por estos cuarenta hermanos. Con frecuencia, sí, casi siempre, ha sucedido que la ayuda que Dios me ha permitido enviar a tales hermanos les ha llegado en un momento de gran necesidad. A veces no les quedaba dinero alguno. A veces hasta sus últimas provisiones estaban casi consumidas cuando les envié ayuda. Algunos de ellos son padres de familias numerosas, o tienen esposas e hijos enfermizos; algunos tuvieron en otro tiempo una buena posición en este mundo, pero por amor de Cristo se han hecho pobres; y a algunos, por amor de Cristo, se les ha quitado todo lo que tenían. ¿No es un honor ayudar a tales hermanos? Podría llenar cientos de páginas con extractos de las cartas de los queridos hermanos a quienes he enviado ayuda, y serían de gran edificación para el lector; pero no me siento libre para hacerlo. Como no solo he estado trabajando en oración por estos hermanos, para que Dios me confiara recursos y me concediera el privilegio de ayudarlos, sino que también he pedido a Dios que me dirigiera especialmente a enviar a los que estuvieran en particular necesidad, en caso de no poder ayudarlos a todos; y como he procurado fortalecer sus manos en Dios con una palabra de aliento; tengo mucha razón para creer que estos queridos hermanos no solo han sido ayudados por esta provisión económica en lo temporal, sino también que el hecho de que Dios les enviara ayuda en su extremidad ha servido para refrescar y fortalecer sus corazones, y para llevarlos más y más a confiar en él.

7 de marzo de 1847. Muchas veces últimamente había rogado al Señor que tuviera a bien dignarse usarme todavía más como mayordomo, permitiéndome enviar ayuda a los muchos queridos hermanos que conozco que trabajan en el país y en el extranjero sin ningún salario, y de muchos de los cuales conocía la necesidad. En estas circunstancias recibí esta mañana ciento cincuenta libras, con las siguientes líneas:—

Querido hermano:

Tengo mucho gusto en enviarte cien libras para los obreros de la viña del Señor en el país y en el extranjero, y cincuenta libras para otra obra que está en tus manos.

Muy afectuosamente tuyo,
* * *

5 de abril. He estado orando día tras día, desde que el mes pasado pude enviar unas ciento treinta libras a obreros del país y del extranjero, para que el Señor tuviera a bien darme pronto otra vez recursos para ellos, a causa de su gran necesidad; de hecho, todos nuestros recursos estaban tan agotados que solo tenía lo justo para mañana por la tarde, para hacer frente a los gastos semanales de las seis escuelas diurnas, cuando esta mañana recibí ciento veinticinco libras para estos objetos. Casi inmediatamente después de recibir este donativo, me llegó una carta de Demerara sobre la gran necesidad entre los hermanos que trabajan allí, noticia con la cual la oportuna ayuda que acababa de recibir se me hizo aún más preciosa.

26 de mayo de 1848. Por el amor fiel del Señor se me ha concedido hacer frente a todos los fuertes gastos relacionados con estos objetos durante los dos últimos años, que ascienden a casi dos mil seiscientas libras, y al mismo tiempo no deber nada a nadie, y tener un saldo en caja de cinco libras, diecinueve chelines y siete peniques y medio.

II. EL SOSTÉN DE LOS HUÉRFANOS.

20 de enero de 1847. Durante todo este período desde el 26 de mayo de 1846, cuando se cerraron las cuentas, es decir, casi ocho meses, siempre hemos tenido abundancia de recursos, y durante la mayor parte del tiempo unas doscientas libras en caja. En menos de ocho meses han entrado para los huérfanos mil sesenta y cinco libras, a lo que hay que añadir el saldo de ochenta y cinco libras, cuatro chelines y nueve peniques y tres cuartos que había en caja cuando se cerraron las cuentas. Así he podido siempre, sin excepción, dar por adelantado a las directoras de las cuatro Casas de Huérfanos el dinero que se necesitaba para los gastos de una semana. Pero ahora, después de haber pagado anoche cuarenta y cinco libras y cinco chelines para el sostenimiento de la casa durante una semana por adelantado y para otros gastos, el dinero que queda en caja se necesita para el alquiler y para la avena molida que se ha encargado a Escocia. Por eso esta mañana me di particularmente a la oración en cuanto a recursos para el uso presente de los huérfanos. ¡Qué bienaventurado es tener al Dios vivo a quien acudir! ¡Especialmente precioso es conocerlo en estos días de penuria tan extendida! Las patatas están demasiado caras para alimentar a los huérfanos en este tiempo. El arroz, que hemos puesto en su lugar, cuesta el doble de lo habitual; la avena molida, más del doble, y el pan, la mitad más de lo habitual. Pero las riquezas de Dios son tan grandes como siempre. Él sabe que nuestros gastos son grandes. Él sabe que poco no basta en estos días, en que las provisiones están tan caras, pues hay que proveer para unas ciento cincuenta personas, incluidos maestros y aprendices. Mi alma está en paz.—Tarde. Hacia el mediodía recibí de un médico piadoso la siguiente nota, con un cheque de cinco libras:—

Mi querido señor:

Le envío algo para comprar pan para los huérfanos. La carestía de los alimentos ha de sentirse en muchos hogares; pero el Señor, aun en el juicio, es misericordioso. Él sostendrá. Soy su sincero amigo, que le desea todo bien,

* * * *

9 de marzo. Esta tarde, martes, encuentro que desde el martes pasado por la tarde han entrado otra vez cuarenta y cuatro libras, un chelín y seis peniques y tres cuartos. ¡Qué bueno es el Señor al ayudarme semana tras semana con los fuertes gastos, especialmente en esta época de honda penuria y carestía de provisiones! Para su alabanza puedo decir que en todo este invierno no nos ha faltado nada. Mientras preparaba estos extractos de mi diario para la imprenta, recordé haber oído las siguientes observaciones acerca del tiempo del que estoy escribiendo ahora, me refiero a la época de escasez durante el invierno de 1846-7: «¿Cómo les irá ahora a los huérfanos? Si el señor Müller puede ahora, proveer para ellos como lo ha hecho, no diremos nada». Cuando oía observaciones semejantes, no decía nada sino esto: «No nos falta nada»; o: «Dios nos ayuda». Si esto llegara a manos de alguno que haya tenido tales pensamientos, recuerde que es precisamente el tiempo para que la fe obre, cuando la vista cesa. Cuanto mayores son las dificultades, más fácil le es a la fe. Mientras quedan ciertas perspectivas naturales, a la fe no le va ni siquiera tan fácilmente (si se me permite decirlo) como cuando fallan todas las perspectivas naturales. Es cierto que durante el tiempo de la escasez nuestros gastos fueron considerablemente mayores que de costumbre; también es cierto que muchas personas que de otro modo habrían dado no pudieron hacerlo, o encauzaron su sobrante por otros canales, como Irlanda, etc.; pero el oro y la plata son del Señor. A él elevamos nuestra oración. En él pusimos nuestra confianza. Y él no nos desamparó. Porque pasamos aquel invierno con tanta facilidad como cualquier otro invierno desde que la obra existía. Y no podía ser de otro modo; porque Dios tenía en ese mismo tiempo una oportunidad especial de mostrar lo bienaventurado que es confiar en él. Procura, querido lector, poner cada vez más tu confianza en él para todo, y aun en lo que toca a esta vida hallarás que hacerlo es preciosísimo.

10 de marzo. Anoche pude hacer frente con toda holgura a todos los gastos de la semana próxima, pero entonces no nos quedó nada, pues aparté el resto del dinero para no endeudarnos en cuanto al alquiler, los gastos de los aprendices, etc. Cuando ahora otra vez no quedaba nada para los gastos futuros de la casa, una señora cristiana que vive a considerable distancia me informó por el correo de esta mañana que ha ingresado en manos de los señores Stuckey & Co., de Bristol, mis banqueros, la suma de cien libras para que yo la use en beneficio de los huérfanos. Por el mismo correo he recibido también diez chelines de Droitwich. ¡Alabado sea el santo nombre del Señor por esta oportuna ayuda!

11 de mayo. Esta tarde he podido hacer frente a todos los gastos de la casa de la semana próxima con lo que ha entrado desde el 4 de mayo, pero al mismo tiempo no me queda nada. Hasta ahora a los niños no les ha faltado nada. Nunca, desde el comienzo de la obra, habían estado las provisiones ni de lejos tan caras como ahora. El pan cuesta casi el doble que hace dieciocho meses, la avena molida casi el triple que antes, el arroz más del doble del precio habitual, y no se pueden usar patatas a causa de su precio excesivamente alto.

30 de mayo. Domingo por la mañana. Acabo de recibir, en nuestra gran necesidad, cuando no había en caja lo suficiente para las necesidades de mañana, seis libras y seis chelines de un caballero cristiano con título nobiliario de Zúrich, en Suiza, a una distancia de unas mil millas. ¡Qué ayuda tan oportuna! Así puedo enviar todo el resto de lo que se necesita hasta el martes por la tarde.

En estos días de estrechez surgiría naturalmente la pregunta: Si, teniendo que cuidar solo de ciento treinta huérfanos, eres tan pobre, ¿qué harás cuando sean trescientos, para quienes estás a punto de construir una casa? Y además: ¿No es esto una indicación para no ampliar la obra, viendo que ahora eres tan pobre con solo una tercera parte, más o menos, del número de huérfanos que te propones recibir en la nueva Casa de Huérfanos? Sin embargo, no me inquietan tales pensamientos; porque sé que: 1. Solo para la prueba de mi fe, como hasta ahora, el Señor permite que otra vez sea pobre. Nunca en ningún momento han sido tan grandes los gastos de la obra como del 26 de mayo de 1846 al 26 de mayo de 1847; pero tampoco ha entrado nunca tanto en el mismo espacio de tiempo durante ningún otro período de esta obra. 2. Es para provecho de la iglesia en general que ahora tengo que pasar otra vez por estos días de pobreza. 3. Es tan fácil para el Señor proveerme de todos los recursos que la obra requiera una vez abierta la nueva Casa de Huérfanos, como darme lo que necesito ahora, aunque probablemente los gastos serán entonces dos mil quinientas libras al año más que en la actualidad.

13 de julio. El producto de una alcancía para los huérfanos de Stafford, cuatro libras, siete chelines y seis peniques. El amigo que envió el dinero deseaba saber si llegó en un momento de necesidad. He tenido muchas peticiones semejantes, a las que no puedo responder nada, o a lo sumo decir que la respuesta podrá conocerse por el próximo Informe. Se comprenderá fácilmente, pensándolo bien, que si yo dijera que llegó oportunamente, eso daría a entender que teníamos poco o nada en caja, ¿y qué significaría esto a su vez sino: «Como nuestros gastos son tan grandes, lo que ahora has enviado pronto se habrá acabado otra vez; por tanto, envíanos algo más, o consigue que algún amigo nos ayude»? Pero con esto mismo se estorbaría el objeto principal de esta obra, «Mostrar cuán bienaventurado es tratar solo con Dios, y cuán bienaventurado es confiar en él en los momentos más oscuros». Por esta misma razón tampoco publico las cuentas con mucha frecuencia, por ejemplo cada trimestre, como se me ha pedido; sino que me complace esperar un año, o dieciocho meses, o dos años, o más; y aun entonces no las publico para obtener dinero (aunque sin duda Dios ha usado los Informes como instrumentos para procurarnos recursos), sino para beneficio de la iglesia de Dios, para refrescar, animar, exhortar e instruir a mis hermanos en Cristo; y también porque es necesario que de cuando en cuando dé cuenta pública de cómo se han gastado las considerables sumas que se me han confiado.

19 de octubre. Salí de Bristol con mi querida esposa, en parte porque ambos necesitábamos mucho un cambio de aires, y en parte porque tenía un gran deseo de trabajar en la palabra unas semanas en Westmoreland y Cumberland. No pude dejar más recursos que los suficientes para unos tres días de gastos de la casa. Pero no habría podido quedarme en Bristol aunque no hubiera habido absolutamente nada en caja; mi esperanza era que Dios ayudaría durante mi ausencia. Durante todo el tiempo de mi estancia en Bowness, en Westmoreland, del 20 de octubre al 20 de noviembre, hubo día tras día, con excepción de los tres primeros días después de mi partida, necesidad de esperar en Dios para la provisión diaria de los huérfanos. A consecuencia de esto, todos los donativos, sin excepción, que se recibieron durante mi ausencia llegaron muy oportunamente. En parte por mi salud, y en parte por las oportunidades de servicio en Westmoreland y en otros lugares, no creí correcto volver a Bristol antes de lo que lo hice, aunque había tan gran pobreza; ni podría haber hecho en Bristol nada que no pudiera hacer en Westmoreland en cuanto a procurar recursos, puesto que la oración y la fe son todos los medios que uso para obtener provisión cuando estamos en necesidad.

23 de diciembre. La necesidad de hoy era de once libras. Esta suma me la dio el Señor así: anoche recibí una libra, junto con un par de pantalones y unas polainas, y un retal de fustán para los huérfanos. Pero como sabía cuánto se necesitaría hoy, esperé más en el Señor esta mañana pidiendo ayuda, y, al minuto de haberme levantado de estar de rodillas, recibí una carta de Liverpool con diez libras para los huérfanos. El donante escribe: «He tenido el billete de diez libras adjunto en mi cajón durante algún tiempo, con la intención de enviárselo para los huérfanos; pero mi tiempo está tan ocupado que, en algún momento oportuno en que estaba en mi escritorio, lo he pasado por alto. Ahora, sin embargo, lo adjunto», etc. ¡Qué oportuna esta ayuda! ¡Qué exactamente, hasta el último chelín, lo que se necesita hoy! ¡Qué notable que precisamente ahora este donante de Liverpool se sienta guiado a enviar las diez libras que, según sus propias palabras, habían estado algún tiempo en su cajón con el propósito de enviarlas! Todo esto prueba abundantemente la providencia más minuciosa y particular de Dios, y su prontitud para responder a las súplicas de sus hijos.

30 de diciembre. Cuando comenzó este día, estaba sin nada para las necesidades del día, aunque tenía razones para creer que de nuevo se necesitarían varias libras. Por eso estaba otra vez a la espera de nueva provisión. Y así, hacia las diez de esta mañana, un hermano en el Señor que había venido anoche a pasar una noche en mi casa me dio diez libras, para usarlas donde más se necesitaran. Hay que notar en relación con este donativo: 1. No hacía mucho había recibido de él un donativo. 2. Este hermano había indicado generalmente cómo deseaba que se aplicaran sus donativos, y habían sido principalmente para fines misioneros; pero esta vez me dejó a mí usar este dinero donde más se necesitara, y por tanto pude tomar de él lo que hacía falta para los huérfanos. 3: Yo estaba ahora sumamente pobre también en cuanto a los fondos para todos los demás objetos, de modo que el martes pasado por la tarde, día 28, tuve que decir a los maestros de las escuelas diurnas que, si no llegaba nueva provisión, no podría darles sus salarios semanales, como de costumbre, el próximo martes por la tarde, pues estaba ahora más pobre en este particular de lo que había estado en años. ¡Qué bondadoso, pues, el Señor, no solo al darme este dinero por medio de este hermano en este momento, sino también al inclinar su corazón a dejar a mi criterio su aplicación donde más se necesitara! Tomé la mitad para los gastos de la casa de hoy para los huérfanos, y la mitad para el fondo de las escuelas, para los salarios semanales de los maestros el próximo martes. Además, recibí esta mañana medio soberano de Droitwich. Lo poco que quedó, una vez cubiertos los gastos de la casa, se apartó para el alquiler y los gastos de los aprendices, y otra vez me quedé sin un penique, a la espera de nueva provisión para mañana.

31 de diciembre de 1847. Había llegado ya el último día de otro año. Grandes y muchas habían sido las misericordias de Dios para conmigo este año en todos los aspectos, particularmente también en relación con los huérfanos; pero ahora otra vez no tenía nada para hoy, excepto dos chelines que hay en una de las alcancías de mi casa. Sin embargo, por la gracia de Dios, pude esperar provisión también para este último día de otro año, plenamente seguro de que el Señor no me avergonzaría. Y así ha sido, conforme a mi expectativa; porque, antes de que se me pidiera dinero, recibí cien libras, que se dejaron a mi criterio para aplicarlas a cualquier parte del servicio del Señor donde pareciera haber mayor necesidad.

2 de febrero de 1848. Esta mañana, en mi paseo antes del desayuno, me sentí guiado fuera de mi camino habitual en una dirección por la que no había ido desde hacía algunos meses. Al pasar por encima de un portillo me dije: «Quizá Dios tenga una razón aun en esto». Unos cinco minutos después me encontré con un caballero cristiano que me dio dos soberanos para los huérfanos, y entonces supe la razón por la que había sido guiado por este camino.

3 de febrero. El lector podría decir: «Estás continuamente en necesidad. Apenas se satisface una demanda, llega otra. ¿No te resulta una vida penosa, y no estás cansado de ella?» Mi respuesta es: es cierto que estoy más o menos continuamente en necesidad en relación con esta obra. Y si abriera al lector todo mi corazón acerca de ello, tendría aún más razón para decir que estoy continuamente en necesidad. Porque lo que he escrito aquí trata casi exclusivamente de cómo le ha placido a Dios proveerme de dinero para llevar adelante la obra; pero afirmo deliberadamente que esto, por mucho que le parezca a uno u otro, no es en modo alguno lo principal que necesito día tras día. Solo insinuaré unas pocas cosas más. Enfermedades entre los niños, casos muy difíciles y largos, en los que, a pesar de todos los medios que se emplean mes tras mes, sí, año tras año, los niños siguen enfermos. No queda más que conservarlos, o enviarlos a la Unión Parroquial a la que pertenecen, pues no tienen parientes capaces de mantenerlos. El hecho mismo de haberlos cuidado y velado por ellos durante años solo nos los hace más queridos, y haría más penoso devolverlos a su parroquia. Esta es una «necesidad» que me lleva a Dios. Aquí se requiere oración, no solo por los recursos que tales niños enfermos exigen, sino por guía y sabiduría de lo alto.

A veces hay que colocar a los niños como sirvientes o aprendices. Se necesita un lugar adecuado, o de lo contrario más vale que sigan a nuestro cuidado. Conseguir ese lugar adecuado es una verdadera «necesidad». Es más difícil de obtener que el dinero. A veces he tenido que esperar en Dios durante muchas semanas para que esta «necesidad» fuera suplida; pero él siempre ha ayudado al final. A veces ha sido grande mi «necesidad» de sabiduría y guía para saber cómo debía tratarse a ciertos niños en circunstancias particulares; y especialmente cómo comportarme con ciertos aprendices o sirvientes que antes estuvieron en las Casas de Huérfanos. Una «necesidad» en este aspecto no es cosa pequeña; aunque he hallado que en esto y en todos los demás asuntos en que estaba en «necesidad», he sido ayudado, con tal que de veras pudiera esperar con paciencia en Dios. Aquella palabra: «la piedad para todo aprovecha, pues tiene promesa de esta vida presente, y de la venidera» (1 Timoteo 4:8,), la he hallado verdadera en mi propia experiencia en ocasiones casi sin número.

Además, cuando uno u otro de los obreros necesitaba dejar la obra por razones de salud o por otras causas, me he hallado en esos momentos en una «necesidad» mucho mayor que cuando me hacía falta dinero para los diversos objetos del Instituto. Tal «necesidad» solo podía ser suplida esperando en Dios. No podía hacer otra cosa que hablar con mi Padre celestial sobre este asunto, y él siempre ha ayudado. Una de las mayores dificultades relacionadas con esta obra es obtener personas piadosas adecuadas para ella; hay que tener en cuenta tantas cosas. Edad adecuada, salud, don, experiencia, amor a los niños, verdadera piedad, disposición a servir a Dios en la obra y no a sí mismos, disposición a sobrellevar las muchas pruebas y dificultades que trae consigo, un propósito manifiesto de trabajar, no por la remuneración, sino para servir a Dios en su trabajo; ciertamente, obtener personas piadosas en quienes se hallen reunidas estas cualidades, aunque sea en alguna medida, no es cosa fácil. No es que nadie vaya a suponer que me refiero a que busco colaboradores perfectos. No es que nadie vaya a suponer que hablo de mis colaboradores como si estuvieran sin debilidades, deficiencias y faltas. Yo mismo estoy lejos, muy lejos, de estar sin debilidades, deficiencias y faltas. Además, nunca espero encontrar para esta obra colaboradores que no tengan sus debilidades; pero esto sí quiero decir: que la obra de Dios que está en mis manos es de tal carácter, y, por la gracia de Dios, se lleva realmente adelante con un propósito tan verdadero de servir con ella a Dios (por mucho que yo y mis colaboradores fallemos), que es para mí un asunto de hondo peso encontrar para ella personas verdaderamente adecuadas, en quienes se hallen reunidas, en lo posible, las cualidades antes dichas. Y por mucho que falte, este es cada vez más mi objetivo: obtener tales ayudantes; y de ahí se puede comprender fácilmente cuán grande ha de ser una y otra vez mi «necesidad» por este mismo motivo. Aconsejo aquí especialmente que, si alguien solicitara en el futuro un puesto en relación con esta obra, tenga presentes estas observaciones; porque, por la gracia de Dios, es mi propósito no dar nunca a nadie un puesto relacionado con el Instituto si no es adecuado para él según la luz que Dios me da.

Además, que los obreros trabajen felizmente unidos entre sí, y que yo siga felizmente sirviendo con ellos; que yo sea su siervo, por una parte, y que, por otra, mantenga el lugar que Dios me ha dado en esta obra: sin duda, si alguien considera esto con atención, verá enseguida que hay aquí una dificultad y una «necesidad» mucho mayor que cualquiera de las relacionadas con el dinero. ¡Oh, cómo estos asuntos lo llevan a uno a clamar a Dios! ¡Cómo le hacen sentir continuamente su «necesidad»! En verdad, estoy necesitado, continuamente necesitado. Podría referirme a muchos otros puntos de esta obra en los que estoy más o menos continuamente en «necesidad»; pero solo mencionaré uno. Hace ya muchos años que me glorío en el Dios vivo de una manera tan pública por medio de mis publicaciones. Por esta razón, Satanás sin duda está acechando mi tropiezo, y si yo fuera dejado a mí mismo, caería presa de él. El orgullo, la incredulidad u otros pecados serían mi ruina, y me llevarían a traer la más terrible deshonra sobre el nombre de Jesús. He aquí, pues, una «necesidad», una gran «necesidad». Me siento de veras en «necesidad», en gran «necesidad», aun de ser sostenido por Dios; porque no puedo mantenerme en pie ni un momento si soy dejado a mí mismo. ¡Oh, que ninguno de mis queridos lectores me admire, ni se asombre de mi fe, ni piense de mí como si yo estuviera más allá de la incredulidad! ¡Oh, que ninguno de mis queridos lectores piense que yo no podría envanecerme por el orgullo, o deshonrar a Dios de la manera más terrible en otros aspectos, y así al fin, aunque Dios me ha usado hasta ahora para bendición de tantos, llegar a ser una señal de advertencia para la iglesia de Cristo! No, soy tan débil como siempre. Necesito, tanto como siempre, ser sostenido en cuanto a la fe y a toda otra gracia. Estoy, por tanto, en «necesidad», en gran «necesidad»; y por eso, querido lector cristiano, ayúdame con tus oraciones.

Admito, pues, plenamente que estoy en continua «necesidad». Así es en lo que toca a los asuntos de dinero, porque la obra es ahora muy grande. Unos cientos de libras alcanzan para muy poco. Muchas veces ha habido semanas en que mis gastos han sido de varios cientos de libras por semana, y por eso se comprenderá fácilmente que, aunque lleguen donativos grandes, no duran mucho. Pero, aunque admito esto, deseo que el lector cristiano tenga presente que hay otras necesidades, y aun mayores que las relacionadas con el dinero. Sin embargo, si el lector dijera que piensa que «debo de encontrar esta vida muy penosa, y que debo de estar cansado de ella», le ruego que me permita decirle que está enteramente equivocado. No encuentro penosa la vida ligada a esta obra, sino muy feliz. Es imposible describir la abundancia de paz y de gozo celestial que a menudo ha inundado mi alma por medio de las nuevas respuestas que he obtenido de Dios, después de esperar en él para recibir ayuda y bendición; y cuanto más tiempo he tenido que esperar en él, o cuanto mayor era mi necesidad, tanto mayor ha sido el gozo cuando al fin llegó la respuesta, que muchas veces ha venido de una manera muy notable, para hacer más manifiesta la mano de Dios. Declaro, por tanto, solemnemente que no encuentro penosa esta vida, sino muy feliz, y en consecuencia no estoy en lo más mínimo cansado de ella. Desde el principio mismo esperaba apuros y dificultades. Antes de comenzar este servicio ya los esperaba; más aún, el objeto principal de él era que la iglesia en general fuera fortalecida en la fe, y fuera llevada a confiar en el Dios vivo de manera más sencilla, habitual y sin reservas, al ver su mano extendida a mi favor en la hora de la necesidad. Esperaba, por tanto, pruebas, grandes pruebas y apuros; pero con alegría, para la gloria de Dios y el provecho de los queridos hijos de Dios, deseaba pasar por ellas, con tal que los santos fueran beneficiados por los tratos de Dios conmigo. Cuanto más avanzo en este servicio, mayores se hacen las pruebas de una u otra clase; pero al mismo tiempo más feliz soy en este servicio mío, y más seguro estoy de que estoy ocupado como el Señor quiere que lo esté. ¿Cómo, pues, podría cansarme de llevar adelante la obra de Dios sobre los principios en que lo hago?

III. LA NUEVA CASA DE HUÉRFANOS EN ASHLEY DOWN.

Hasta el 26 de mayo de 1846 se habían recibido £2,710, 3s. 5½d. para la construcción de la nueva Casa de Huérfanos.

4 de julio de 1846. Durante unos tres meses mi fe y mi paciencia han sido sumamente probadas en cuanto al terreno que he comprado para construir la casa de huérfanos, pues surgieron las mayores dificultades para que, después de todo, yo llegara a poseerlo; pero, por la gracia de Dios, mi corazón fue guardado en paz, plenamente seguro de que, si el Señor me quitaba este terreno, sería solo con el propósito de darme otro todavía mejor; porque nuestro Padre celestial nunca quita a sus hijos ninguna cosa terrenal, a menos que se proponga darles en su lugar algo mejor. Pero en medio de toda esta gran prueba de fe no podía menos que pensar, a juzgar por la manera tan manifiesta en que Dios me había dado este terreno, que las dificultades solo eran permitidas para la prueba de mi fe y de mi paciencia. Y así fue. Anoche recibí una carta con la que se eliminaron todas las dificultades, y ahora, con la bendición de Dios, dentro de pocos días se otorgará la escritura de traspaso.

6 de julio. La razón por la que durante varios meses había entrado tan poco para el fondo de construcción me pareció ser esta: que por el momento no necesitábamos el dinero; y que, cuando hiciera falta, y cuando mi fe y mi paciencia hubieran sido suficientemente probadas, el Señor enviaría más recursos. Y así ha resultado; porque hoy se me ha dado la suma de dos mil cincuenta libras, de las cuales dos mil libras son para el fondo de construcción, y cincuenta libras para las necesidades presentes.

Es imposible describir mi gozo en Dios cuando recibí este donativo. No estaba ni excitado ni sorprendido; porque yo espero respuestas a mis oraciones. Creo que Dios me oye. Sin embargo, mi corazón estaba tan lleno de gozo que solo pude sentarme delante de Dios y admirarlo, como David en 2 Samuel 7. Al fin me postré rostro en tierra, y prorrumpí en acción de gracias a Dios, y en una nueva entrega de mi corazón a él para su bendito servicio.

21 de julio. Esta mañana me visitó un caballero de Devonshire que iba de camino a Londres. Cuando llegó, yo estaba precisamente en oración, y entre otros asuntos había presentado también delante del Señor los puntos siguientes: 1. Le había estado pidiendo algún socorro para mis propias necesidades materiales, pues estaba necesitado. 2. Le había pedido más recursos para el fondo de construcción, y le había rogado que apresurara el asunto, a causa de los vecinos de Wilson Street, a causa del bienestar de los niños y de quienes los tienen a su cargo en las Casas de Huérfanos, y por último para que yo pudiera admitir más huérfanos, siendo tan grande el número de solicitudes. 3. También había pedido al Señor recursos para el uso presente de los huérfanos, pues los gastos son muy grandes. 4. Había pedido recursos para los demás objetos. Cuando vi a este caballero de Devonshire, me dio veinte libras, de las cuales diez libras han de usarse para el fondo de construcción, cinco libras para el uso presente de los huérfanos, dos libras para el hermano Craik y para mí, y las tres libras restantes quedaron a mi disposición, y las apliqué a los demás objetos del Instituto de Conocimiento Bíblico. Así recibí, en el mismo momento en que había estado pidiendo a Dios, cuatro respuestas a mis oraciones.

19 de noviembre. Ahora me siento llevado cada vez más a importunar al Señor para que me envíe los recursos necesarios a fin de poder comenzar la construcción. Porque, 1. Desde hace algún tiempo se ha declarado públicamente por escrito que considero que no sin fundamento algunos de los vecinos de Wilson Street se sienten molestos porque las Casas de Huérfanos están en esa calle, y por eso anhelo poder trasladar de allí a los huérfanos lo antes posible. 2. Me convenzo cada vez más de que, con la bendición de Dios, sería de gran beneficio para los niños, tanto física como moralmente, estar en la situación que han de ocupar cuando se construya la nueva Casa de Huérfanos. Y 3. Porque el número de huérfanos muy pobres y desamparados que esperan ser admitidos es muy grande, y constantemente se presentan nuevas solicitudes. Ahora bien, aunque, por la gracia de Dios, no desearía que la construcción se comenzara ni un solo día antes de lo que sea su voluntad; y aunque creo firmemente que él me dará, a su debido tiempo, cada chelín que necesito, sé también que él se deleita en que se le ruegue con insistencia, y que se complace en la perseverancia en la oración y en que se le importune, como se ve tan claramente por la parábola de la viuda y el juez injusto. Lucas 18:1-8. Por estas razones anoche me entregué otra vez de manera particular a la oración, para que el Señor enviara más recursos, sintiéndome además especialmente movido a hacerlo, aparte de las razones dichas, porque desde el día 29 del mes pasado había entrado comparativamente poco. Esta mañana, entre las cinco y las seis, oré de nuevo, entre otros puntos, por el fondo de construcción, y luego tuve un largo rato de lectura de la palabra de Dios. En el curso de mi lectura llegué a Marcos 11:24: «Todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá». La importancia de la verdad contenida en este pasaje la he sentido y he hablado de ella a menudo; pero esta mañana la sentí de nuevo de manera muy particular, y, aplicándola a la nueva Casa de Huérfanos, dije al Señor: «Señor, creo que me darás todo lo que necesito para esta obra. Estoy seguro de que lo tendré todo, porque creo que lo recibo en respuesta a mi oración». Así, con el corazón lleno de paz respecto a esta obra, seguí con la otra parte del capítulo y con el capítulo siguiente. Después del culto familiar tuve otra vez mi rato habitual de oración por todas las muchas partes de la obra y sus diversas necesidades, pidiendo también bendiciones para mis colaboradores, para la distribución de Biblias y tratados, y para las preciosas almas de la escuela de adultos, las escuelas dominicales, las seis escuelas diurnas y las cuatro Casas de Huérfanos. Entre todas las muchas cosas, presenté de nuevo mis peticiones acerca de los recursos para la construcción. Y ahora, observa: unos cinco minutos después de haberme levantado de mis rodillas, se me entregó una carta certificada que contenía un cheque por trescientas libras, de las cuales doscientas ochenta libras son para el fondo de construcción, diez libras para mis gastos personales y diez libras para el hermano Craik. Alabado sea el santo nombre del Señor por este precioso estímulo, con el que el fondo de construcción asciende ahora a más de seis mil libras.

9 de diciembre. Hace ya cuatrocientos días que, día tras día, he estado esperando en Dios para que me ayude en cuanto a la construcción de la Casa de Huérfanos; pero hasta ahora me mantiene todavía en la prueba de la fe y de la paciencia. Todavía me está diciendo, por así decirlo: «Aún no ha venido mi hora». Sin embargo, me sostiene para que siga esperando en él. Por su gracia, mi fe no está en lo más mínimo quebrantada; antes estoy completamente seguro de que él, a su debido tiempo, me dará todo lo que necesito para esta obra. Cómo recibiré los recursos que aún hacen falta, y cuándo, no lo sé; pero estoy seguro de que Dios me ayudará a su tiempo y a su manera. Entretanto, tengo abundantes motivos para alabar a Dios por no estar esperando en él en vano; porque desde hoy hace un año me ha dado, en respuesta a la oración, un terreno muy apropiado, y seis mil trescientas cuatro libras para el fondo de construcción, y unas dos mil setecientas libras para el uso presente de la obra, de modo que en total he recibido, desde hoy hace un año, únicamente en respuesta a la oración, la suma de nueve mil libras. ¡Ciertamente no estoy esperando en el Señor en vano! Con su ayuda, pues, estoy resuelto a seguir este camino hasta el fin.

22 de diciembre. Hoy tengo otra vez una preciosa prueba de que perseverar en esperar en el Señor no es en vano. Durante este mes había entrado comparativamente poco para el fondo de construcción; con todo, por la gracia de Dios, se me había concedido, como antes, sí, quizá con más fervor aún que antes, presentar mis peticiones delante de Dios, cada vez más convencido de que debía procurar, mediante la oración ferviente, poder comenzar pronto la construcción. Además de esto, había rogado también especialmente al Señor que me diera recursos para los hermanos misioneros, y también para los hermanos que trabajan en la palabra en diversas partes de Inglaterra e Irlanda, pues se me habían acabado todos los recursos para ellos. También había estado esperando en Dios para tener recursos con que encargar una nueva provisión de tratados. Por último, una y otra vez había rogado al Señor que me diera recursos para los santos pobres de Bristol, que son muchos, y cuya necesidad es ahora particularmente grande. Pues bien, hoy el Señor me ha concedido preciosas respuestas a mis peticiones acerca de estos diversos objetos, porque esta mañana recibí mil libras, con estas palabras: «Le envío algún dinero, parte del cual puede aplicar a los huérfanos y a los demás objetos de su Instituto, según su necesidad, y el resto puede destinarlo al fondo de construcción. Con el precio actual de los víveres, sus gastos para los huérfanos deben de ser grandes. Tome también, por favor, veinticinco libras para sus propias necesidades».

25 de enero de 1847. Se acerca ya la estación en que puede comenzarse a edificar. Por eso me he entregado a la oración con mayor fervor, importunando al Señor para que tenga a bien manifestarse en nuestro favor, y envíe pronto el resto de la suma que se requiere; y últimamente he sentido cada vez más que se acerca el tiempo en que el Señor me dará todo lo necesario para comenzar la construcción. Todos los diversos argumentos que a menudo he presentado delante de Dios se los presenté también de nuevo esta mañana. Hace ya catorce meses y tres semanas que, día tras día, he elevado mis peticiones a Dios a favor de esta obra. Esta mañana me levanté de mis rodillas con plena confianza, no solo de que Dios podía, sino también de que quería enviar los recursos, y pronto. Nunca, en todos estos catorce meses y tres semanas, he tenido la menor duda de que tendría todo lo necesario. Y ahora, querido lector creyente, alégrate y alaba conmigo. Como una hora después de haber orado así, se me dio la suma de dos mil libras para el fondo de construcción. Así he recibido en total £9,285, 3s. 9½d. para esta obra. No puedo describir el gozo que tuve en Dios cuando recibí este donativo. Hay que conocerlo por experiencia para sentirlo. Cuatrocientos cuarenta y siete días he tenido que esperar en Dios antes de que la suma llegara a la cantidad mencionada. ¡Cuán grande es la bendición que obtiene el alma confiando en Dios y esperando con paciencia! ¿No es evidente cuán precioso es llevar adelante la obra de Dios de esta manera, aun en lo que toca a obtener los recursos? Desde el 10 de diciembre de 1845 hasta el 25 de enero de 1847, es decir, en trece meses y medio, he recibido, únicamente en respuesta a la oración, nueve mil doscientas ochenta y cinco libras. Si a esto se añade lo que entró durante ese tiempo para el uso presente de los diversos objetos del Instituto, el total asciende a unas doce mil quinientas libras, enteramente fruto de la oración a Dios. ¿Puede decirse, pues, con fundamento, que esta manera de llevar adelante la obra de Dios puede ir muy bien en pequeña escala y de forma limitada, pero que no serviría en gran escala? El hecho que aquí se muestra contradice tales afirmaciones.

23 de junio. Este día el Señor, en su gran bondad, mediante un donativo de mil libras para el fondo de construcción, ha vuelto a animar abundantemente mi corazón a confiar en él para todo lo que todavía necesitaré a fin de cubrir el resto de los gastos relacionados con el acondicionamiento y amueblado de la nueva Casa de Huérfanos, etc.

29 de abril de 1848. La cantidad total que he recibido para el fondo de construcción es de £11,062, 4s. 11½d. Esta suma me permite cubrir todos los gastos relacionados con la compra del terreno y con la edificación de la casa. Dije antes que no me proponía comenzar la construcción hasta tener todos los recursos necesarios para ella, y esta intención se cumplió. No se hizo una sola cosa hasta que tuve recursos suficientes para cubrir todas las sumas que requerían los diversos contratistas; pero, una vez que tuve todo lo que se necesitaba para ellos, no consideré correcto demorarme más, aunque entonces veía claramente, y después lo he visto con más claridad aún, que todavía necesitaría una suma considerable para completar la obra. Porque, aunque el edificio será en todo sentido muy sencillo y económico, como está destinado a ser la morada de trescientos huérfanos, con todos sus maestros y encargados, necesariamente ha de ser un edificio muy grande, y por eso resultó ser algo más costoso aún de lo que yo había pensado, pues el conjunto (incluidos los accesorios y el mobiliario) no puede realizarse por menos de catorce mil quinientas libras, para lo cual el Señor ya me ha dado, como se ha dicho, once mil sesenta y dos libras, cuatro chelines y once peniques y medio. La suma que aún falta se requiere para todos los accesorios ordinarios, la calefacción, las instalaciones de gas, el amueblado de toda la casa, la construcción de tres grandes patios de recreo y de un pequeño camino, y para algunas obras adicionales que no pudieron incluirse en los contratos. No creí necesario demorar el comienzo de la construcción, aunque harían falta varios miles de libras más, pues todos estos gastos no habían de cubrirse sino muchos meses después de comenzada la obra.

Los trabajos de construcción comenzaron el 5 de julio de 1847. Durante seiscientos siete días busqué la ayuda de Dios, día tras día, antes de que llegáramos a poder comenzar la construcción; pero al fin él me concedió el deseo de mi corazón.

IV. DIVERSOS PUNTOS RELATIVOS AL INSTITUTO DE CONOCIMIENTO BÍBLICO PARA EL PAÍS Y EL EXTRANJERO.

1. Durante todo este período se sostuvieron con los fondos del Instituto seis escuelas diurnas, con 330 niños; dos escuelas dominicales fueron sostenidas enteramente por él, y una tercera fue ayudada ocasionalmente. Además, durante estos dos años, cuatro de los niños de las escuelas dominicales fueron recibidos en la comunión de la iglesia. El número total de niños que recibieron instrucción en las escuelas diurnas del Instituto, desde su comienzo hasta el 26 de mayo de 1848, ascendió a 4,519. El número de alumnos adultos que fueron instruidos durante este período en la escuela de adultos, sostenida con los fondos del Instituto, ascendió a 292; y el número total de adultos que recibieron instrucción desde el 5 de marzo de 1834 hasta el 26 de mayo de 1848 fue de 1,438. El total de los gastos relacionados con todas estas escuelas, durante estos dos años, ascendió a £886, 1s. 11½d.

2. Durante este período se distribuyeron 649 Biblias y 232 Nuevos Testamentos. Desde el 5 de marzo de 1834 hasta el 26 de mayo de 1848 se distribuyeron 5,746 Biblias y 3,760 Nuevos Testamentos. Durante este período se gastaron en este objeto £74, 9s. 10d. de los fondos del Instituto.

3. Desde el 26 de mayo de 1846 hasta el 26 de mayo de 1848 se gastaron de los fondos del Instituto en objetos misioneros £1,559, 11s. 6d., con lo cual se ayudó a 43 obreros del evangelio, en el país y en el extranjero.

4. Durante este período se distribuyeron 64,021 tratados, y se gastó en este objeto la suma de £63, 1s. 5d. de los fondos del Instituto. El número total de tratados distribuidos desde el 19 de noviembre de 1840 hasta el 26 de mayo de 1848 ascendió a 163,668.

5. Desde el 26 de mayo de 1846 hasta el 26 de mayo de 1848 fueron recibidos en las cuatro Casas de Huérfanos 51 huérfanos, que, junto con los que estaban en las cuatro casas el 26 de mayo de 1846, sumaron 172 en total.

El 26 de mayo de 1848 había 122 huérfanos en las cuatro casas. El número de huérfanos bajo nuestro cuidado desde abril de 1836 hasta el 26 de mayo de 1848 fue de 264. La cantidad total de los gastos relacionados con el sostenimiento de los huérfanos desde el 26 de mayo de 1846 hasta el 26 de mayo de 1848 fue de £3,228, 5s. 11d.

Hago notar, en relación con las Casas de Huérfanos, que, sin que yo haya pedido nada personalmente a nadie, se me dio la suma de £24,771, 19s. 8¾d. como resultado de la oración a Dios, desde el comienzo de la obra hasta el 26 de mayo de 1848. Esta suma incluye las £11,062, 4s. 11½d. que hasta el 26 de mayo de 1848 se habían dado para el fondo de construcción. Puede interesar al lector saber que la cantidad total que se dio como contribuciones voluntarias para los demás objetos, desde el comienzo de la obra hasta el 26 de mayo de 1848, fue de £7,060, 14s. 1¾d.; y que lo que entró por la venta de Biblias y tratados, y por lo que pagaban los niños de las escuelas diurnas, ascendió a £2,373, 3s. 7½d.

V. HISTORIA PERSONAL.

31 de diciembre de 1846. Durante este año han sido recibidos en la comunión 66. El Señor ha tenido a bien darme durante este año £399, 2s. 11d. A esto hay que añadir de nuevo, como expliqué con detalle en un capítulo anterior, que también durante todo este año mi hija estuvo, libre de todo gasto, en un internado, lo cual vale unas cincuenta libras.

En noviembre de 1847 tuve una liberación muy notable, que, para alabanza del Señor, se registra aquí, pues es una ilustración más de cómo el Señor vela por sus hijos.

En octubre y noviembre estuve trabajando por un tiempo en el ministerio de la palabra en Bowness y Keswick. Cuando estaba en Keswick, me hospedé con mi querida esposa en una casa de huéspedes grande, en la que, sin embargo, por entonces estábamos solos, salvo un caballero soltero. Justo antes de salir de Keswick, la mañana del 24 de noviembre, oí que el caballero que se hospedaba en la misma casa se había disparado durante la noche, pero que no estaba del todo muerto. No habíamos oído la detonación de la pistola, por ser una noche muy tormentosa y la casa grande. Dos días después recibí de un hermano cristiano de Keswick la siguiente información acerca del suceso.

Keswick, 25 de noviembre de 1847.

Querido Sr. Müller:

El cuidado tierno y todopoderoso de nuestro amante Padre nunca estuvo más sobre usted, y en verdad sobre todos nosotros, que durante su estancia en casa de la Sra. ——. El Sr. —— estaba completamente trastornado desde dos o tres días antes de que ustedes partieran. Sin que nadie lo vigilara, había estado paseándose por su habitación durante los dos últimos días y noches, con pistolas cargadas en las manos. Además, se le había metido en la cabeza que usted iba a matarlo. ¡Qué bondadoso fue Dios al extender sus alas sobre usted y sobre la querida Sra. Müller, de modo que Satanás no pudiera romper el cerco para dañar ni siquiera un cabello de sus cabezas! Hablando a la manera de los hombres, nada le habría impedido entrar en la habitación donde estábamos todos tomando el té y disparar contra nosotros; pero el Señor fue nuestro refugio y fortaleza, y nos guardó de un peligro que no conocíamos. Se disparó en el cuello y en el pecho, pero no está muerto. Le han puesto una camisa de fuerza. Ayudé a cortarle la ropa, y en otros pequeños servicios necesarios en un momento así, y le hablé del amor de Cristo al morir por los pobres pecadores. «Lo sé», dijo. Se disparó la primera vez hacia las tres de la mañana, y otra vez hacia las siete. ¡Qué escena presentaba su habitación: pistolas tiradas en la sangre; cuchillos ensangrentados, lancetas y navajas de afeitar esparcidos por el suelo, etc.!

Añado un extracto de una segunda carta, escrita por el mismo hermano cristiano, porque muestra todavía más cuán misericordioso fue el Señor con nosotros en aquel tiempo al protegernos.

El Sr. —— sigue con vida, y sus amigos lo han trasladado a Yorkshire. Al parecer, hay locura en su familia, pues su padre está en este momento en un manicomio. Es evidente que llevaba las pistolas en los bolsillos, pero nadie lo supo hasta después de ocurrido el suceso. No sé a qué hora de la noche se acostaron ustedes, pero calculo que serían como las diez. Si fue así, fue a las diez cuando el Sr. —— bajó de su dormitorio, después de haber estado allí seis horas. Fue una misericordia que usted no se encontrara con él, pues está claro que llevaba encima pistolas cargadas.

31 de diciembre de 1847. Durante este año han sido recibidos en la comunión 39; y en total, desde que el Sr. Craik y yo comenzamos a trabajar en Bristol, 1,157, además de los 68 que encontramos en la comunión. Durante este año el Señor ha tenido a bien darme £412, 18s. 8½d. A esto hay que añadir de nuevo la educación gratuita de mi querida hija en un internado, que vale para nosotros por lo menos cincuenta libras.

En abril de 1848, con la ayuda del Señor, pude completar todos los arreglos para la publicación del Relato de los tratos del Señor conmigo en lengua francesa; y hacia septiembre de ese mismo año apareció el libro con el título siguiente: «Exposé de quelques-unes des dispensations de Dieu envers Georges Müller. Paris, librairie Protestante, Rue Tronchet, 2.»


Capítulo 21 completado

La fe confirmada por la prosperidad

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