La vida de confianza
Prueba

Capítulo 12 · 20 min de lectura · 26 min de escucha

Prueba

1838.

EL MINISTERIO DE LA ENFERMEDAD—PAZ DEL ALMA—JESÚS, UN SOCORRO PRESENTE—POBREZA EXTREMA—ALEGANDO ANTE DIOS—ORACIÓN EN COMÚN.

6 de enero de 1838. Siento la cabeza apenas un poco mejor, aunque mi salud en general parece haber mejorado; pero mi bondadoso médico dice que estoy mucho mejor, y ahora me aconseja un cambio de aires. Esta tarde una hermana que vive a unas cincuenta millas de aquí, y que no sabe nada del consejo médico que se me dio esta mañana, me envió quince libras con el propósito expreso de que cambiara de aires; y me escribió que, por haber sufrido ella una aflicción semejante, estaba segura de que nada me haría tanto bien, humanamente hablando, como la tranquilidad y un cambio de aires.

7 de enero. Este es el noveno día del Señor que me veo impedido de ministrar la palabra. Mi aflicción va acompañada de una gran tendencia a la irritabilidad; sí, de cierto sentimiento satánico, ajeno a mí aun por naturaleza.

10 de enero. Hoy fui con mi familia a Trowbridge. 14 de enero. Día del Señor. Hoy he pasado varias horas en oración; he leído de rodillas y he orado durante dos horas sobre el Salmo 63. Dios ha bendecido mucho mi alma hoy. Mi alma ha llegado ahora a tal estado que me deleito en la voluntad de Dios en lo que respecta a mi salud. Sí, ahora puedo decir de corazón que no quisiera que esta enfermedad me fuera quitada hasta que Dios, por medio de ella, haya concedido la bendición para la cual fue enviada.

15 de enero. Desde ayer por la tarde he sufrido menos de la cabeza que en los últimos ocho días, aunque todavía está muy lejos de estar bien. Sigo teniendo una seguridad interior, a causa de las bendiciones espirituales que el Señor me ha concedido, de que por medio de esta aflicción él solo me está purificando para su bendito servicio, y de que pronto volveré a la obra. Hoy también Dios me ha mantenido el fervor de espíritu que disfruto ya desde hace tres días seguidos. Hoy también ha atraído mi alma a mucha comunión verdadera con él, y a santos deseos de ser más conforme a su amado Hijo. ¡Cuando Dios da un espíritu de oración, qué fácil es entonces orar! Sin embargo, se me concedió en el uso de los medios, cuando el sábado pasado me puse de rodillas para leer su palabra meditándola y convertirla en oración. Hoy pasé unas tres horas en oración sobre los Salmos 64 y 65. En relación con esa preciosa palabra, «oh tú que oyes la oración» (Salmo 65:2), presenté al Señor las siguientes peticiones, y le rogué que las registrara en el cielo y que las respondiera.

1. Que me diera gracia para glorificarlo con un espíritu sumiso y paciente en mi aflicción.

2. Que, ya que ahora me era dado, y solo ahora de corazón, alabar a Dios por esta aflicción, no apartara de mí su mano hasta haberme capacitado para su obra más de lo que lo he estado hasta ahora.

3. Que tuviera a bien conceder que la obra de conversión, por medio del hermano Craik y de mí, no cesara, sino que siguiera adelante tanto ahora como cuando llegamos a Bristol, sí, aún más abundantemente que entonces.

4. Que tuviera a bien dar a la iglesia que está a nuestro cuidado más verdadera prosperidad espiritual que la que hemos disfrutado hasta ahora.

5. Después de alabarlo por la venta de tantos ejemplares de mi Relato en tan poco tiempo, le rogué que hiciera que se vendieran todos los ejemplares.

6. Le pedí que siguiera haciendo reposar su rica bendición sobre esta pequeña obra, y más abundantemente, de modo que muchos se conviertan por medio de ella, y muchos de los hijos de Dios sean verdaderamente beneficiados por ella, y que así pudiera yo hablar ahora por medio de ella, aunque esté apartado del servicio activo.

7. Le pedí que su bendición, en forma de conversiones, reposara sobre los huérfanos y sobre los niños de la escuela dominical y de las escuelas diurnas que están a nuestro cuidado.

8. Le pedí medios para sostener estas Instituciones y para ampliarlas.

Estas son algunas de las peticiones que he presentado a mi Dios esta tarde, en relación con esta palabra suya. Creo que me ha oído. Creo que, a su debido tiempo, él hará manifiesto que me ha oído, y he anotado estas peticiones mías, hoy, 15 de enero de 1838, para que, cuando Dios las haya respondido, reciba por ello gloria su nombre. [Mientras escribo esta segunda parte, añado, para alabanza del Señor y para aliento de los hijos de Dios, que las peticiones 4, 5, 6, 7 y 8 han sido respondidas plenamente, y las demás también en parte.]

16 de enero. Martes. Un día bendito. ¡Qué bueno es el Señor! Por su gracia, se me mantiene el fervor de espíritu; aunque esta mañana, de no ser por la ayuda de Dios, lo habría vuelto a perder. Desde hace varios días hace mucho frío; pero hoy lo sufrí mucho, ya fuera porque hacía más frío que antes, o porque yo lo sentía más a causa de la debilidad de mi cuerpo y de haber tomado tantas medicinas. Me levanté de donde estaba arrodillado y aticé el fuego, pero seguí teniendo mucho frío. Esto me irritó un poco. Me pasé a otra parte de la habitación, pero sentí el frío aún más. Por fin, después de orar un rato, me vi obligado a levantarme y salir a caminar para que me circulara la sangre. Durante el paseo rogué entonces al Señor que no permitiera que esta circunstancia me robara la preciosa comunión que había tenido con él en los últimos tres días; porque ese era el blanco al que apuntaba Satanás. Confesé también mi pecado de irritabilidad a causa del frío, y procuré que mi conciencia fuera limpiada por la sangre de Jesús. Él tuvo misericordia de mí, se me devolvió la paz, y cuando regresé busqué de nuevo al Señor en oración, y tuve con él una comunión ininterrumpida.

Como su salud seguía débil, el señor M. salió de Inglaterra el 6 de abril rumbo a Alemania, y regresó a Bristol el 7 de mayo. Continúa su relato:—

8 de mayo. Esta tarde fui a la reunión de oración en Gideon. Leí el Salmo 103 y pude dar gracias al Señor públicamente por mi reciente aflicción. Es la primera vez que tomo parte en las reuniones públicas de los hermanos desde el 6 de noviembre de 1837.

12 de julio. Los fondos, que hace hoy un año eran de unas setecientas ochenta libras, se han reducido ahora a unas veinte libras; pero, gracias al Señor, mi fe es tan fuerte como cuando teníamos en caja la suma mayor, o más fuerte aún; y desde el comienzo de la obra él nunca me ha permitido desconfiar de él. Sin embargo, como nuestro Señor quiere ser buscado en oración, y como la fe verdadera se manifiesta como tal llevando a la oración, me entregué a la oración con el hermano T——, de la Casa de Huérfanos para varones, que había venido a verme, y que, aparte de mi esposa y del hermano Craik, es la única persona con quien hablo del estado de los fondos. Mientras orábamos, trajeron a un niño huérfano de Frome, y algunos creyentes de Frome, que habían reunido entre ellos cinco libras, enviaron este dinero con el niño. Así recibimos la primera respuesta en un momento de necesidad. Hemos avisado para que ingresen siete niños, y nos proponemos avisar a cinco más, aunque nuestros fondos están tan bajos, esperando que Dios mire nuestras necesidades.

17 y 18 de julio. Estos dos días hemos tenido dos reuniones especiales de oración, de seis a nueve de la tarde, para encomendar públicamente al Señor la Casa de Huérfanos para varones. Nuestros fondos están muy bajos. Hay unas veinte libras en caja, y dentro de pocos días se necesitarán por lo menos treinta; pero a propósito evité decir nada de nuestras necesidades presentes, y solo hablé, para alabanza de Dios, de la abundancia con que nuestro Padre bondadoso, «padre de los huérfanos», nos ha provisto hasta ahora. Esto se hizo para que la mano de Dios, al enviar ayuda, se viera con tanta mayor claridad.

22 de julio. Esta tarde paseaba por nuestro pequeño jardín, meditando en Hebreos 13:8: «Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos». Mientras meditaba en su amor, su poder, su sabiduría, etc., que no cambian, y lo convertía todo, según avanzaba, en oración respecto a mí mismo; y mientras aplicaba también su amor, su poder y su sabiduría inmutables, etc., tanto a mis circunstancias espirituales como a las temporales del momento,—de repente me vino a la mente la necesidad presente de las Casas de Huérfanos. Al instante fui llevado a decirme: Jesús, en su amor y su poder, me ha suplido hasta ahora lo que he necesitado para los huérfanos, y con el mismo amor y poder inmutables me proveerá lo que pueda necesitar en adelante. Una oleada de gozo inundó mi alma al comprender así la inmutabilidad de nuestro adorable Señor. Como un minuto después me trajeron una carta que contenía una letra de cambio por veinte libras.

18 de agosto. No tengo ni un penique en caja para los huérfanos. Dentro de uno o dos días se necesitarán de nuevo muchas libras. Mis ojos están puestos en el Señor. Tarde. Antes de que terminara este día, he recibido cinco libras de una hermana. Hacía algún tiempo que había apartado sus alhajas para que se vendieran en beneficio de los huérfanos. Esta mañana, mientras oraba, le vino a la mente: «Tengo estas cinco libras y no debo nada a nadie; por tanto, sería mejor dar este dinero enseguida, ya que puede pasar algún tiempo antes de que pueda vender las alhajas». Así que lo trajo, sin saber que no había ni un penique en caja.

29 de agosto. Hoy se bautizaron dieciséis creyentes. Entre los bautizados había un hermano anciano de más de ochenta y cuatro años, y otro de más de setenta. Por este último su esposa creyente había orado treinta y ocho años, y al fin el Señor respondió sus oraciones con su conversión.

31 de agosto. He estado esperando en el Señor por medios, porque me han traído las cuentas de la directora de la Casa de Huérfanas, y no hay dinero en caja para adelantar los gastos de la casa. Pero hasta ahora el Señor no ha tenido a bien enviar ayuda. Como la directora vino hoy a pedir dinero, uno de los colaboradores dio dos libras suyas para las necesidades presentes.

1 de septiembre. El Señor, en su sabiduría y su amor, todavía no ha enviado ayuda. De dónde ha de venir no tiene por qué ser asunto mío. Pero creo que Dios, a su debido tiempo, enviará ayuda. Todavía no ha llegado su hora. Como también hacía falta dinero en la Casa de Huérfanos para varones, el mismo hermano al que acabo de referirme dio también dos libras para ella. Así fuimos librados también esta vez. Pero ahora se le han acabado los medios. Esta es la hora más dura que he tenido hasta ahora en la obra en lo que respecta a los medios; pero sé que todavía alabaré al Señor por su ayuda.

5 de septiembre. Nuestra hora de prueba continúa todavía. El Señor, en su misericordia, ha dado lo suficiente para suplir nuestras necesidades diarias; pero ahora da día a día, y casi hora a hora, según lo necesitamos. Ayer no entró nada. He suplicado al Señor una y otra vez, ayer y hoy. Es como si el Señor dijera: «Aún no ha venido mi hora». Pero tengo fe en Dios. Creo que ciertamente enviará ayuda, aunque no sé de dónde ha de venir. Se necesitan muchas libras dentro de pocos días, y no hay ni un penique en caja. Esta mañana uno de los colaboradores de la obra dio dos libras para las necesidades presentes. Tarde. Este mismo día el Señor envió de nuevo algo de ayuda para animarme a seguir esperando en él y confiando en él. Mientras oraba esta tarde por este asunto, me sentí plenamente seguro de que el Señor enviaría ayuda, y lo alabé de antemano por ella, y le pedí que por medio de ella animara nuestros corazones. Ayer y hoy he sido llevado también a pedir especialmente al Señor que no permitiera que me faltara la fe. Pocos minutos después de haber orado, vino el hermano T—— y trajo cuatro libras, un chelín y cinco peniques, que habían entrado en varios donativos pequeños. Me dijo al mismo tiempo que mañana traerían las cuentas de la Casa de Huérfanos para párvulos, y que entonces habría que adelantar dinero para los gastos de la casa. Por un momento pensé que convendría guardar tres libras de este dinero con ese fin. Pero enseguida me vino a la mente: «Basta al día su afán.» El Señor puede proveer para mañana mucho más de lo que necesito; así que envié tres libras a una de las hermanas cuyo salario trimestral vencía, y la libra, un chelín y cinco peniques restantes a la Casa de Huérfanos para varones para los gastos de la casa. Así sigo sin un penique. Mi esperanza está en Dios; él proveerá.

6 de septiembre. Esta mañana trajeron las cuentas de la Casa de Huérfanos para párvulos, y la directora mandó preguntar cuándo debía venir a recogerlas, dando a entender cuándo estarían revisadas y cuándo se adelantaría dinero para los gastos de la casa. Le dije: «mañana», aunque no tenía ni un solo penique en caja. Como una hora después, el hermano T—— me envió una nota para decirme que esta mañana había recibido una libra, y que anoche un hermano había enviado veintinueve libras de sal, cuarenta y cuatro docenas de cebollas y veintiséis libras de sémola de avena.

7 de septiembre. Había llegado el momento en que tenía que enviar dinero a la Casa de Huérfanos para párvulos, pero el Señor no había enviado más. Di, pues, la libra que había entrado ayer, y dos chelines y dos peniques que se habían echado en la alcancía de mi casa, confiando en que el buen Señor enviaría más.

8 de septiembre. Todavía no ha agradado a mi bondadoso Señor enviarme ayuda. Ayer y hoy he estado presentando ante Dios once argumentos por los cuales tuviera a bien, en su gracia, enviar ayuda. Los argumentos que presento ante Dios son:—

1. Que emprendí la obra para la gloria de Dios, es decir, para que hubiera una prueba visible, al suplir Dios solo en respuesta a la oración las necesidades de los huérfanos, de que él es el Dios vivo, y está muy dispuesto, aun en nuestros días, a responder a la oración; y que, por tanto, tuviera a bien enviar provisiones.

2. Que Dios es «padre de los huérfanos», y que, por tanto, como padre de ellos, tuviera a bien proveer. Salmo 68:5.

3. Que he recibido a los niños en el nombre de Jesús, y que, por tanto, él mismo, en estos niños, ha sido recibido, y es alimentado y vestido; y que, por tanto, tuviera a bien tomar esto en cuenta. Marcos 9:36, 37.

4. Que hasta ahora la fe de muchos de los hijos de Dios ha sido fortalecida por esta obra, y que, si Dios retuviera los medios en adelante, los débiles en la fe vacilarían; mientras que, si continuaran los medios, su fe podría fortalecerse todavía más.

5. Que muchos enemigos se reirían, si el Señor retuviera las provisiones, y dirían: ¿No predijimos que este fanatismo vendría a parar en nada?

6. Que muchos de los hijos de Dios que no están instruidos, o que están en un estado carnal, se sentirían justificados para seguir aliándose con el mundo en la obra de Dios, y para continuar como hasta ahora con sus procedimientos contrarios a las Escrituras respecto a instituciones semejantes, en lo que toca a la obtención de medios, si él no me ayudara.

7. Que el Señor se acordara de que soy su hijo, y que en su gracia tuviera compasión de mí, y recordara que yo no puedo proveer para estos niños, y que, por tanto, no permitiera que esta carga pesara mucho tiempo sobre mí sin enviar ayuda.

8. Que se acordara también de mis colaboradores en la obra, que confían en él, pero que serían probados si él retuviera las provisiones.

9. Que recordara que yo tendría que despedir a los niños, sacándolos de nuestra instrucción bíblica, para devolverlos a sus antiguas compañías.

10. Que demostrara que se equivocaban quienes decían que al principio, mientras la cosa era nueva, podía esperarse que llegaran provisiones, pero no después.

11. Que yo no sabría, si él retuviera los medios, qué interpretación dar a todas las numerosas y notabilísimas respuestas a la oración que me había dado hasta ahora en relación con esta obra, y que me han mostrado del modo más pleno que ella es de Dios.

En alguna pequeña medida entiendo ahora, por experiencia, el sentido de aquella palabra, «hasta cuándo», que aparece con tanta frecuencia en las oraciones de los Salmos. Pero aun ahora, por la gracia de Dios, mis ojos están puestos solo en él, y creo que enviará ayuda.

10 de septiembre. Lunes por la mañana. Ni el sábado ni ayer había entrado dinero alguno. Me pareció entonces necesario dar algunos pasos a causa de nuestra necesidad, es decir, ir a las Casas de Huérfanos, reunir a los hermanos y hermanas (que, excepto el hermano T——, nunca habían sido informados del estado de los fondos), exponerles el caso, ver cuánto dinero se necesitaba por el momento, decirles que en medio de toda esta prueba de fe yo seguía creyendo que Dios ayudaría, y orar con ellos. Sobre todo me proponía ir para decirles que no debía comprarse ningún artículo más de los que tuviéramos medios para pagar, pero que no se dejara faltar nada a los niños en cuanto a alimento nutritivo y ropa necesaria; porque preferiría despedirlos enseguida antes que dejarlos pasar necesidad. Me proponía ir también para ver si quedaban todavía artículos de los que se habían enviado para ser vendidos, o si había algunos realmente innecesarios, para convertirlos en dinero. Sentía que el asunto había llegado ahora a una crisis solemne. Hacia las nueve y media entraron seis peniques que alguien había echado de forma anónima en la alcancía de la Capilla de Gideon. Este dinero me pareció como una prenda de que Dios tendría compasión y enviaría más. Hacia las diez, después de volver de casa del hermano Craik, a quien había abierto otra vez mi corazón, mientras oraba una vez más pidiendo ayuda, vino una hermana que dio dos soberanos a mi esposa para los huérfanos, diciendo que se había sentido impulsada a venir y que ya había tardado demasiado en hacerlo. Pocos minutos después, cuando entré en la habitación donde estaba, me dio otros dos soberanos, y todo esto sin saber lo más mínimo de nuestra necesidad. Así el Señor, en su gran misericordia, nos ha enviado un poco de ayuda, para gran aliento de mi fe. Pocos minutos después me pidieron dinero de la Casa de Huérfanos para párvulos, adonde envié dos libras, y una libra y seis peniques a la Casa de Huérfanos para varones, y una libra a la Casa de Huérfanas.

Hoy he visto a un hermano joven que, al igual que una de sus hermanas, ha sido llevado al conocimiento del Señor por medio de mi Relato.

11 de septiembre. El buen Señor, en su sabiduría, todavía considera necesario mantenernos muy escasos. Pero esta tarde vino el hermano T—— y me dijo que uno de nuestros colaboradores había vendido su reloj de metal y dos alfileres de oro por una libra y un chelín, que habían entrado nueve chelines y seis peniques, y que dos de nuestros colaboradores habían enviado dos lotes de libros suyos, diecinueve y veintiuno, para venderlos en beneficio de los huérfanos.

12 de septiembre. La prueba continúa todavía. Hoy solo entraron nueve chelines, que dio uno de los colaboradores. En medio de esta gran prueba de fe, el Señor en su misericordia me sigue guardando en gran paz. También me permite ver que nuestro trabajo no es en vano; porque ayer murió Leah Culliford, una de las huérfanas, de unos nueve años, verdaderamente convertida y traída a la fe algunos meses antes de su partida.

13 de septiembre. Todavía no ha llegado ayuda. Esta mañana vi que era absolutamente necesario informar a los hermanos y hermanas del estado de los fondos y dar las instrucciones necesarias en cuanto a no contraer deudas, etc. Oramos juntos y tuvimos una reunión muy feliz. Todos parecían tranquilos. Se sacaron doce chelines y seis peniques de las alcancías de las tres casas, uno de los colaboradores dio doce chelines, y había entrado una libra y un chelín por labores de costura hechas por los niños. Una de las hermanas que trabajan en la obra mandó decirme, cuando ya me había ido, que no me preocupara por su salario, porque no lo necesitaría en un año.

14 de septiembre. Esta mañana me reuní otra vez con los hermanos y hermanas para orar, ya que el Señor todavía no ha enviado ayuda. Después de la oración, uno de los colaboradores me dio todo el dinero que tenía, dieciséis chelines, diciendo que no sería recto orar si no daba lo que tenía. Una de las hermanas me dijo que dentro de seis días daría seis libras que tenía en la caja de ahorros para un momento de necesidad como este. Hasta este día, las directoras de las tres casas habían acostumbrado pagar al panadero y al lechero semanalmente, porque estos habían preferido recibir los pagos de esta manera, y a veces había ocurrido lo mismo con el carnicero y el tendero. Pero ahora, como el Señor nos reparte día a día, consideramos que sería un error seguir así, porque podría vencer el pago de la semana sin que tuviéramos dinero para hacerle frente; y de ese modo podríamos causar perjuicio a aquellos con quienes tratamos, y hallarnos obrando contra el mandamiento del Señor: «No debáis a nadie nada». Romanos 13:8. Desde este día en adelante, mientras el Señor nos dé nuestras provisiones día a día, nos proponemos, por tanto, pagar al momento cada artículo que se compre, y no comprar nunca nada que no podamos pagar al momento, por mucho que parezca necesitarse, y por mucho que aquellos con quienes tratamos deseen que se les pague solo por semanas. Lo poco que se debía quedó pagado este mismo día.

15 de septiembre. Sábado. Esta mañana nos reunimos otra vez para orar. Dios consuela nuestros corazones. Esperamos ayuda. Vi que había provisiones suficientes para hoy y mañana, pero no había dinero en caja para comprar el pan como de costumbre, a fin de que los niños no tuvieran que comer pan recién hecho. Esta tarde uno de los colaboradores, que había estado varios días fuera de Bristol, regresó y dio una libra. Esta noche nos reunimos otra vez para orar, y vi que desde la mañana habían entrado diez chelines y seis peniques más. Con esta libra, diez chelines y seis peniques pudimos comprar, aun este sábado por la noche, la cantidad habitual de pan (pues podría ser difícil conseguir pan del día anterior el lunes por la mañana), y aún nos sobró algo de dinero. Alabado sea Dios, que nos dio gracia para llegar a la decisión de no tomar pan hoy como de costumbre, ni comprar nada que no podamos pagar al momento. Estábamos muy tranquilos, recibiendo con gratitud este dinero de las manos de nuestro Padre, como prueba de que todavía cuida de nosotros y de que, a su debido tiempo, nos enviará sumas mayores.


Página 1 / 1 · 20 min restantes en el capítulo
Anterior Siguiente