La vida de confianza
Hogar para huérfanos desamparados

Capítulo 10 · 21 min de lectura · 28 min de escucha

Hogar para huérfanos desamparados

1835-1836.

LAS OBRAS DE FRANKE LE SIGUEN—SE CONCIBE UNA GRAN EMPRESA—RAZONES PARA ESTABLECER UNA CASA DE HUÉRFANOS—ORACIÓN PIDIENDO DIRECCIÓN—TESORO GUARDADO EN EL CIELO—CON ORACIÓN Y CON FE SE COMIENZA LA OBRA.

20 de noviembre. Esta tarde tomé el té en casa de una hermana, donde encontré la biografía de Franke. Desde hace mucho tiempo he pensado con frecuencia en trabajar de manera parecida, a una escala mucho menor; no para imitar a Franke, sino confiando en el Señor. ¡Que Dios lo haga claro! 21 de noviembre. Hoy se me ha grabado muy hondo en el corazón que ya no debo solo pensar en establecer una casa de huérfanos, sino ponerme realmente a ello, y he orado mucho al respecto para conocer la voluntad del Señor. 23 de noviembre. Hoy me enviaron diez libras desde Irlanda para nuestro Instituto. El Señor, en respuesta a la oración, me ha dado en pocos días unas cincuenta libras. Yo solo había pedido cuarenta. Esto ha sido un gran estímulo para mí, y me ha movido aún más a pensar y orar acerca del establecimiento de una casa de huérfanos. 25 de nov. Ayer y hoy he vuelto a orar mucho acerca de la casa de huérfanos, y estoy cada vez más convencido de que es de Dios. ¡Que él en su misericordia me guíe!

Quizá convenga exponer con cierto detalle las razones que me llevaron a establecer una casa de huérfanos. Por medio de mis labores pastorales, de mi correspondencia y de los hermanos que visitaban Bristol, se me presentaban constantemente casos que demostraban que una de las cosas que más necesitaban los hijos de Dios en nuestros días era que su fe fuera fortalecida. Podía visitar a un hermano que trabajaba catorce o incluso dieciséis horas al día en su oficio, con el resultado inevitable de que no solo sufría su cuerpo, sino que su alma estaba flaca y no tenía gozo en Dios. Podía señalarle que debía trabajar menos, para que no se resintiera su salud corporal y para que pudiera cobrar fuerzas para el hombre interior leyendo la palabra de Dios, meditando en ella y orando. Pero la respuesta que solía recibir era más o menos esta: «Pero si trabajo menos, no gano lo suficiente para mantener a mi familia. Aun ahora, trabajando tanto, apenas me alcanza». No había confianza en Dios, ni verdadera fe en la verdad de aquella palabra: «Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas». Yo podía responder algo así: «Mi querido hermano, no es tu trabajo el que sostiene a tu familia, sino el Señor; y el que te ha alimentado a ti y a tu familia cuando no podías trabajar en absoluto a causa de la enfermedad, sin duda proveería para ti y los tuyos si, para obtener alimento para tu hombre interior, trabajaras solo tantas horas al día como te permitieran tener el tiempo debido para el retiro. ¿Y no es cierto que ahora comienzas el trabajo del día tras haber tenido apenas unos pocos momentos apresurados para la oración; y que cuando dejas tu trabajo por la tarde, con la intención de leer entonces un poco de la palabra de Dios, estás demasiado agotado de cuerpo y de mente para disfrutarla, y que a menudo te quedas dormido mientras lees las Escrituras, o mientras estás de rodillas en oración?». El hermano admitía que así era; admitía que mi consejo era bueno; pero aun así yo leía en su rostro, aunque no llegara a decirlo: «¿Cómo me las arreglaría si pusiera en práctica tu consejo?». Anhelaba, pues, tener algo que mostrar al hermano como prueba visible de que nuestro Dios y Padre es el mismo Dios fiel que siempre fue,—tan dispuesto como siempre a mostrarse el Dios vivo, en nuestros días igual que antes, a todos los que ponen en él su confianza.

Además, a veces encontraba a hijos de Dios atribulados en su mente por la perspectiva de la vejez, cuando quizá ya no pudieran trabajar, y por eso los acosaba el temor de tener que ir al asilo de pobres. Si en un caso así les señalaba cómo su Padre celestial siempre ha ayudado a los que ponen en él su confianza, quizá no dijeran que los tiempos han cambiado; pero era bastante evidente que no veían a Dios como el Dios vivo. Anhelaba poner delante de los hijos de Dios algo con lo que pudieran ver que él no desampara, ni siquiera en nuestros días, a los que se apoyan en él.

Otra clase de personas eran los hermanos dedicados a los negocios, que sufrían en su alma y cargaban de culpa su conciencia al llevar sus negocios casi del mismo modo que los inconversos. La competencia en el comercio, los malos tiempos, el país superpoblado, se daban como razones por las que, si el negocio se llevaba sencillamente conforme a la palabra de Dios, no podía esperarse que prosperara. Un hermano así quizá expresaba el deseo de encontrarse en otra situación, pero muy rara vez veía yo que se tomara una postura firme por Dios, que hubiera la santa determinación de confiar en el Dios vivo y depender de él, a fin de conservar una buena conciencia. También a esta clase deseaba mostrar, con una prueba visible, que Dios es inmutablemente el mismo.

Había además otra clase de personas: individuos que ejercían profesiones en las que no podían continuar con buena conciencia, o personas que se hallaban en una posición antibíblica en cuanto a las cosas espirituales; pero unos y otros temían, por las consecuencias, abandonar la profesión en la que no podían permanecer con Dios, o dejar su posición, no fuera que se quedaran sin empleo. Mi espíritu anhelaba ser instrumento para fortalecer su fe, dándoles no solo ejemplos tomados de la palabra de Dios de su voluntad y su poder para ayudar a todos los que se apoyan en él, sino mostrándoles con pruebas que él es el mismo en nuestros días. Sabía bien que la palabra de Dios debería bastar; pero consideraba que debía tender una mano a mis hermanos, por si de algún modo, mediante esta prueba visible de la fidelidad inmutable del Señor, podía confortar sus manos en Dios; porque recordaba la gran bendición que mi propia alma había recibido por medio de los tratos del Señor con su siervo A. H. Franke, quien, dependiendo solo del Dios vivo, estableció una inmensa casa de huérfanos, que yo había visto muchas veces con mis propios ojos. Por eso me consideré obligado a ser siervo de la iglesia de Cristo en el punto particular en que yo había alcanzado misericordia; a saber, en poder tomar a Dios por su palabra y apoyarme en ella.

Todos estos ejercicios de mi alma, que nacían del hecho de que tantos creyentes a quienes llegué a conocer vivían acosados y angustiados en su mente, o cargaban de culpa su conciencia por no confiar en el Señor, fueron usados por Dios para despertar en mi corazón el deseo de presentar ante la iglesia en general, y ante el mundo, una prueba de que él no ha cambiado en lo más mínimo; y me pareció que la mejor manera de hacerlo era estableciendo una casa de huérfanos. Tenía que ser algo que se pudiera ver, aun con los ojos naturales. Ahora bien, si yo, un hombre pobre, obtenía solo por medio de la oración y la fe, sin pedir nada a ninguna persona, los medios para establecer y sostener una casa de huérfanos, habría algo que, con la bendición del Señor, podría servir para fortalecer la fe de los hijos de Dios, además de ser un testimonio a la conciencia de los inconversos de la realidad de las cosas de Dios.

Esta fue, pues, la razón principal para establecer la casa de huérfanos. Ciertamente deseaba de corazón ser usado por Dios para beneficiar el cuerpo de niños pobres, privados de padre y madre, y procurar en otros aspectos, con la ayuda de Dios, hacerles bien para esta vida. Anhelaba también en particular ser usado por Dios para que los queridos huérfanos fueran criados en el temor de Dios; pero aun así, el objetivo primero y principal de la obra era, y sigue siendo, que Dios fuera engrandecido por el hecho de que los huérfanos a mi cargo reciben todo lo que necesitan solo por la oración y la fe, sin que yo ni mis colaboradores pidamos nada a nadie, de modo que pueda verse que Dios sigue siendo fiel y sigue oyendo la oración. Que no me equivoqué se ha demostrado abundantemente desde noviembre de 1835, tanto por la conversión de muchos pecadores que han leído los informes publicados en relación con esta obra, como por la abundancia de fruto que ha seguido en el corazón de los santos, por lo cual deseo, desde lo más hondo de mi alma, estar agradecido a Dios; la honra y la gloria de ello no solo le corresponden a él solo, sino que yo, con su ayuda, puedo atribuírselas.

28 de noviembre. Todos los días de esta semana he orado mucho acerca de la casa de huérfanos, suplicando sobre todo al Señor que quitara de mi mente todo pensamiento al respecto si el asunto no es de él; y también he examinado repetidamente mi corazón en cuanto a mis motivos en este asunto. Pero cada vez me he confirmado más en que es de Dios.

2 de diciembre. Estos últimos días he vuelto a orar mucho acerca de la casa de huérfanos, y he examinado con frecuencia mi corazón, para descubrir si en algo deseaba establecerla por complacerme a mí mismo. Con ese fin he conversado también con el hermano Craik sobre ello, para que él pudiera ser instrumento para mostrarme cualquier corrupción oculta de mi corazón en cuanto al asunto, o cualquier otra razón bíblica en contra de que yo lo emprenda. La única razón que alguna vez me ha hecho dudar de que sea de Dios que yo me ocupe de esta obra es la multitud de compromisos que ya tengo. Pero si el asunto es de Dios, él enviará a su debido tiempo a personas adecuadas, de modo que este servicio ocupe comparativamente poco de mi tiempo.

Esta mañana pedí especialmente al Señor que tuviera a bien enseñarme por medio del hermano C.; y fui a verlo, para que tuviera ocasión de sondear mi corazón. Porque, como solo deseo la gloria del Señor, me alegraría ser instruido por medio de cualquier hermano si el asunto no es de él. Pero el hermano C., por el contrario, me animó mucho en ello. Por tanto, hoy he dado el primer paso concreto en el asunto, encargando que se impriman carteles que anuncian una reunión pública el 9 de diciembre, en la que me propongo exponer a los hermanos mis pensamientos sobre la casa de huérfanos, como medio para conocer con más claridad la voluntad del Señor en este asunto. 5 de diciembre. Esta tarde, leyendo las Escrituras, me impresionaron estas palabras: «Abre bien tu boca, y yo la llenaré». Me sentí llevado a aplicar esta Escritura a la casa de huérfanos, y pedí al Señor un local, mil libras y personas adecuadas para cuidar de los niños. 7 de diciembre. Hoy recibí el primer chelín para la casa de huérfanos.

9 de diciembre. Esta tarde nos dieron el primer mueble,—un gran ropero. Esta tarde y esta noche me sentí abatido en cuanto a la casa de huérfanos, pero en cuanto comencé a hablar en la reunión recibí una ayuda especial de Dios. Después de la reunión me dieron diez chelines. A propósito no hubo colecta, ni habló nadie más que yo; porque no se pretendía en lo más mínimo influir en los sentimientos, ya que yo procuraba estar completamente seguro de la voluntad de Dios. Después de la reunión, una hermana se ofreció para la obra. Volví a casa feliz en el Señor y lleno de confianza en que el asunto se realizará, aunque solo se han dado diez chelines. 10 de diciembre. He enviado a la imprenta una declaración que contiene lo sustancial de lo que dije anoche en la reunión. He recibido una carta en la que un hermano y una hermana escribían así: «Nos ofrecemos para el servicio de la casa de huérfanos que se proyecta, si nos considera aptos para ello; también para entregar para su uso todos los muebles, etc., que el Señor nos ha dado; y para hacerlo sin recibir salario alguno, creyendo que, si es la voluntad del Señor emplearnos, él suplirá todo lo que nos falte», etc. Por la noche un hermano trajo, de parte de varias personas, tres fuentes, veintiocho platos, tres palanganas, una jarra, cuatro tazones, tres saleros, un rallador, cuatro cuchillos y cinco tenedores.

12 de diciembre. Mientras oraba esta mañana para que el Señor nos diera una nueva señal de su favor en cuanto a la casa de huérfanos, un hermano trajo tres fuentes, doce platos, una palangana y una manta. Después de recibir esto, di gracias a Dios y le pedí que ese mismo día nos diera otro estímulo. Poco después nos dieron cincuenta libras, y de parte de una persona de quien, por varias razones, no podía haber esperado esa suma. Así la mano de Dios se mostró tanto más claramente. Aun entonces me sentí llevado a pedir que ese día el Señor diera todavía más. Y, en efecto, por la noche una hermana envió veintinueve yardas de tela estampada. También una hermana se ofreció para la obra. 13 de diciembre. Hoy un hermano se sintió movido a dar cuatro chelines por semana mientras el Señor le dé los medios: dio ocho chelines como suscripción de dos semanas. Hoy un hermano y una hermana se ofrecieron, con todos sus muebles y todas las provisiones que tienen en casa, si pueden ser útiles en los asuntos de la casa de huérfanos.

14 de diciembre. Hoy una hermana ofreció sus servicios para la obra. Por la noche otra hermana se ofreció para la institución. 15 de diciembre. Una hermana trajo, de parte de varios amigos, diez palanganas, ocho tazones, un plato, cinco cucharas de postre, seis cucharillas, una espumadera, un tenedor para tostar, un espolvoreador de harina, tres cuchillos y tenedores, una sábana, una funda de almohada y un mantel; además, una libra. Por la tarde enviaron cincuenta y cinco yardas de tela para sábanas y doce yardas de calicó. 16 de diciembre. Saqué de la caja de mi cuarto un chelín. 17 de diciembre. Anoche y esta mañana estaba bastante abatido en cuanto al asunto, preguntándome si debía ocuparme de esta manera, y me sentí llevado a pedir al Señor que me diera algún estímulo más. Poco después un hermano envió dos piezas de tela estampada, una de siete yardas y otra de veintitrés y tres cuartos, seis yardas y tres cuartos de calicó, cuatro piezas de forro, unas cuatro yardas en total, una sábana y una vara de medir. Esta noche otro hermano trajo una cantidad de artículos domésticos y me dijo que Dios había puesto en el corazón de una persona enviar mañana cien libras.

18 de diciembre. Esta tarde el mismo hermano trajo, de parte de una hermana, una colcha, un soporte para la plancha, ocho tazas con sus platillos, un azucarero, una lechera, una taza de té, dieciséis dedales, cinco cuchillos y tenedores, seis cucharas de postre, doce cucharillas, cuatro peines y dos ralladores pequeños; de parte de otra amiga, una plancha y una taza con su platillo. Al mismo tiempo trajo las cien libras antes mencionadas. Desde la publicación de la segunda edición, el Señor ha tenido a bien llevarse consigo a la donante de estas cien libras, y por eso doy, en la presente edición, algún relato más de la donación y de la donante.

Conocí a A. L. casi desde el principio de mi llegada a Bristol, en 1832. Se ganaba el pan cosiendo, con lo que obtenía de dos a cinco chelines por semana; el promedio, supongo, no pasaba de tres chelines y seis peniques, pues era débil de cuerpo. Pero no recuerdo haberla oído nunca pronunciar una palabra de queja por ganar tan poco. Algún tiempo antes de que yo fuera llevado a establecer una casa de huérfanos, había muerto su padre, por lo cual ella había entrado en posesión de cuatrocientas ochenta libras, suma que le había dejado su abuela (y la misma cantidad a su hermano y a sus dos hermanas), pero de la cual su padre había cobrado los intereses mientras vivió. El padre, que había sido muy dado a la bebida, murió endeudado, y los hijos quisieron pagar esas deudas; pero los demás, aparte de A. L., no quisieron pagarlas íntegramente, y ofrecieron a los acreedores el veinticinco por ciento, que estos aceptaron con gusto, pues no tenían el menor derecho legal sobre los hijos. Después de pagadas las deudas según este acuerdo, la hermana A. L. se dijo: «Por pecador que haya sido mi padre, era mi padre, y puesto que tengo los medios para pagar sus deudas por completo, debo hacerlo como hija creyente, ya que mi hermano y mis hermanas no lo harán». Fue entonces en secreto a todos los acreedores y pagó el importe total de las deudas, lo que le costó cuarenta libras más de su dinero, además de su parte, que ya había dado antes: Su hermano y sus dos hermanas dieron entonces cincuenta libras cada uno de sus bienes a su madre; pero A. L. se dijo: «Yo soy hija de Dios; sin duda debo dar a mi madre el doble que mis hermanos». Así que dio a su madre cien libras. Poco después me envió las cien libras para la casa de huérfanos. No poco me sorprendió recibir de ella este dinero, porque siempre la había conocido como una muchacha pobre, nunca había oído nada de que hubiera entrado en posesión de ese dinero, y su forma de vestir jamás me había dado el menor indicio de un cambio en su situación. Sin embargo, antes de aceptar de ella este dinero, tuve una larga conversación con ella, en la que procuré sondear sus motivos y averiguar si, como yo temía, quizá había dado este dinero llevada por el sentimiento del momento, sin haber calculado el costo. Pero no había conversado mucho con esta amada hermana cuando descubrí que era, en este particular, una seguidora tranquila, serena y reflexiva del Señor Jesús, y alguien que deseaba, dijera lo que dijera la razón humana, obrar conforme a las palabras de nuestro Señor: «No os hagáis tesoros en la tierra». «Vended lo que poseéis, y dad limosna». Cuando le hice objeciones, para ver si había calculado el costo, me dijo: «El Señor Jesús dio por mí hasta su última gota de sangre, ¿y no habría yo de darle estas cien libras?». Quiso además que yo tomara cinco libras para los santos pobres que están en comunión con nosotros. Menciono aquí en particular que esta querida hermana guardó todas estas cosas para sí y las hizo en lo posible en secreto; y mientras vivió, supongo que ni seis hermanos y hermanas entre nosotros sabían que alguna vez hubiera poseído cuatrocientas ochenta libras, ni que hubiera dado cien libras para la casa de huérfanos.

Relato un caso más. El 4 de agosto de 1836, siete meses y medio después de haber dado las cien libras, vino a verme una mañana y me dijo: «Anoche me sentí especialmente movida a orar por los fondos del Instituto de Conocimiento Bíblico; pero mientras oraba pensé: ¿de qué sirve que yo ore pidiendo medios, si no doy cuando tengo los medios?, y por eso te traigo estas cinco libras». Como tenía razones para creer que para entonces la mayor parte de su dinero ya se había ido, volví a conversar largamente con ella, para ver si de verdad había calculado el costo, y si también esta donación se daba al Señor o por una excitación momentánea, en cuyo caso era mejor no dar el dinero. Sin embargo, también en esta ocasión se mantuvo firme, fundada en la palabra de Dios y evidentemente constreñida por el amor de Cristo; y todo el efecto que tuvo en ella mi conversación fue que dijo: «Tienes que tomar cinco chelines además de las cinco libras, como prueba de que doy las cinco libras con alegría». Y así me obligó a tomar las cinco libras y cinco chelines.—Hay cuatro cosas que merecen notarse especialmente acerca de esta amada hermana en todo este período de su peregrinación terrenal: 1. Hizo todas estas cosas en secreto, evitando al máximo toda ostentación, y demostró así que no buscaba la alabanza de los hombres. 2. Siguió siendo, como antes, de espíritu humilde y sencillo, y demostró así que lo que había hecho lo había hecho para el Señor, y no para los hombres. 3. Su forma de vestir siguió siendo, durante todo el tiempo en que tuvo esta relativa abundancia, la misma de antes. Era limpia, pero tan sencilla y tan barata como cuando todos sus ingresos eran de tres chelines y seis peniques, o a lo sumo cinco chelines por semana. No hubo la menor diferencia en cuanto a su alojamiento, su vestido, su manera de vivir, etc. Siguió siendo en todo la pobre sierva del Señor, en cuanto a toda apariencia exterior. 4. Pero, lo que es tan hermoso como lo demás, siguió trabajando con la aguja todo este tiempo. Ganaba con su trabajo, como antes, sus dos chelines y seis peniques, o tres chelines, o un poco más, a la semana; mientras regalaba el dinero en soberanos o en billetes de cinco libras. Al final todo su dinero se acabó, y eso algunos años antes de que durmiera en el Señor; y como su salud corporal nunca había sido buena desde que yo la conocía, y ahora era mucho peor, se encontró particularmente dependiente del Señor, que nunca la desamparó, hasta los últimos momentos de su carrera terrenal. Su cuerpo se fue debilitando cada vez más, por lo que durante muchos meses antes de morir pudo trabajar muy poco; pero el Señor le proveyó de todo lo que necesitaba, aunque ella nunca pidió nada. Por ejemplo, una hermana en comunión con nosotros le envió durante muchos meses todo el pan que consumía. Su boca estaba llena de acción de gracias, aun en medio de los mayores sufrimientos corporales.

20 de diciembre. Una hermana dio cinco libras. 21 de diciembre. Un amigo envió una libra. Suscripción semanal de cuatro chelines. 22 de diciembre. Una hermana me dio una libra, y un amigo envió dos chelines y seis peniques. 23 de diciembre. Un hermano dio esta tarde un trozo de cordón para persianas y una docena de borlas para persianas. Hacia las diez de la noche, un caballero me trajo, de parte de una persona cuyo nombre no debía mencionar, cuatro libras, de las cuales se me permitía tomar dos para la casa de huérfanos y dar las otras dos a creyentes pobres. 31 de diciembre. Esta noche tuvimos una reunión especial de oración y alabanza. Durante el año pasado se han recibido en la iglesia 59 personas. Hay en comunión con nosotros 95 hombres. He recibido para mis necesidades temporales, en ofrendas voluntarias, regalos, etc., £285 1s. 1¼d.

De enero a mayo de 1836 se hicieron numerosas donaciones de muebles, provisiones, ropa usada y dinero (desde cien libras hasta medio penique). Animado por estas ofrendas no solicitadas, el señor Müller decidió abrir la Casa de Huérfanos.

21 de abril. Este día se apartó para la oración y la acción de gracias por la Casa de Huérfanos, que ya está abierta. Por la mañana oraron varios hermanos, y el hermano Craik habló sobre los últimos versículos del Salmo 20. Por la tarde me dirigí a los niños de nuestras escuelas diurnas y dominicales, a los huérfanos y a otros niños presentes. Por la noche tuvimos otra reunión de oración. Hay ahora diecisiete niños en la Casa de Huérfanos.

6 de mayo. Desde hace algunos años, y sobre todo en estos últimos meses, he estado más o menos pensando y orando acerca de publicar un breve relato de los tratos del Señor conmigo. Hoy por fin he decidido hacerlo, y he comenzado a escribir.

16 de mayo. Durante estas semanas nuestros ingresos han sido escasos; y aunque había orado muchas veces para que el Señor nos permitiera apartar el dinero de los impuestos, la oración seguía sin respuesta. En medio de todo, mi consuelo era que el Señor enviaría ayuda para cuando hiciera falta. Una cosa en particular nos ha sido una prueba últimamente, mucho más que nuestras propias circunstancias temporales: apenas hemos podido aliviar en medida alguna la necesidad de los santos pobres. Hoy el Señor, por fin, después de haberle orado muchas veces en estas últimas semanas, respondió a mis oraciones, pues se me dieron siete libras, doce chelines y un cuarto de penique como mi parte de las ofrendas voluntarias recogidas en las cajas,—ya que ayer se habían depositado dos billetes de cinco libras, uno para el hermano Craik y otro para mí. Así el Señor nos ha librado de nuevo y ha respondido a nuestras oraciones, y eso ni una sola hora demasiado tarde; porque todavía no han venido a cobrar los impuestos. ¡Que él llene mi corazón de gratitud por esta nueva liberación, y tenga a bien capacitarme cada vez más para confiar en él y esperar con paciencia su ayuda!


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