Capítulo 14 · 6 min de lectura

Jesús: el Sanador

Pecados generacionales A lo largo de mis años de consejería, he aprendido que las heridas que estorban a mis pacientes en su caminar con el Señor a menudo tienen su origen en causas de muchos años atrás. A veces hay evidencia de una serie de heridas semejantes que se extiende a través de varias generaciones anteriores. Es una verdad bíblica que «visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación» (Éxodo 20:5).

Además, había un impedimento para que los hijos de la ilegitimidad entraran en plena comunión con la congregación del Señor «ni aun en la décima generación» (Deuteronomio 23:2). Estos son juicios del Antiguo Testamento que muestran cómo el pecado puede afectar no solo al que peca, sino a muchos de sus descendientes. Gracias a Dios, Jesús vino para quitar la maldición del pecado y para librarnos de sus efectos; por tanto, no tenemos que seguir esclavizados a las heridas del pecado de nuestros padres.

El Señor quiere que caminemos en libertad, pero ¿cómo podemos perdonar a quienes causaron las heridas si ya han muerto? Si no podemos perdonarlos, ¿podemos nosotros ser librados? Estos son los tipos de preguntas que a menudo me hacen las personas cuando reconocen las heridas del pasado y los patrones del presente. No creemos que orar por los muertos cambie en modo alguno su posición delante de Dios, el Gran Juez; por tanto, lamentablemente no podemos abrirles el reino de los cielos.

Aunque no podamos usar en su favor la llave del reino que nos ha sido dada, el Señor de todos modos nos librará por la sanidad que Él compró en el Calvario, porque «por sus llagas fuimos nosotros curados» (Isaías 53:5).

Recuerdos ocultos Siempre que aconsejo a alguien, comenzamos pidiendo al Espíritu Santo que dirija nuestros pensamientos. Queremos que Él nos revele las áreas del alma donde puedan hallarse las heridas.

Constantemente me asombra (aunque no debería) con cuánta frecuencia vuelven de golpe los recuerdos de sucesos olvidados hace mucho tiempo. En una ocasión aconsejaba a una mujer de mediana edad que tenía algunos problemas en sus relaciones. Sin razón aparente, comenzó a sollozar en silencio.

Mi ayudante, Debbie, se acercó y la rodeó con sus brazos, ante lo cual la mujer empezó a llorar sin poder contenerse.

Debbie la tomó en su regazo y la abrazó como una madre abrazaría a un niño pequeño. Después de unos momentos de lágrimas profundamente emotivas, la paciente empezó a golpear a Debbie con sus puños, gritando: «¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué lo hiciste?».

Al calmarse, nos contó que había creído estar golpeando a su madre por haber tirado su muñeca de trapo favorita cuando ella tenía apenas cuatro años. ¡Aquella niña había llevado esa herida por más de cuarenta años aunque no la recordaba! Había quedado sepultada en el subconsciente.

Muchas veces los pacientes han vuelto para contarme el recuerdo repentino de algún suceso traumático del pasado. No doy por sentado automáticamente que todos esos recuerdos sean exactos. Hoy existe un gran peligro, porque muchas personas quieren culpar a otros de pecados imaginados del pasado, y quieren excusarse de toda culpa por sus debilidades y actitudes presentes.

Ese no es mi propósito al escribir este libro. Deseo ver a las personas asumir la responsabilidad de sus propias acciones, usar la llave del reino de los cielos, ponerse en libertad y perdonar a quienes pudieron haberlas herido. Ambos son víctimas de Satanás; ambos necesitan ser librados. La recriminación nunca produce libertad; ¡solo el perdón lo hace!

El mismo ayer, hoy y por los siglos A medida que el Espíritu Santo revela las heridas, debemos tomar tiempo para presentar esa herida delante del Señor, para que la toque con su sanidad.

Él es el «Alfa y Omega, el principio y el fin» (Apocalipsis 1:8). Él es «el mismo ayer, y hoy, y por los siglos» (Hebreos 13:8). Él conoce tu herida; estuvo allí cuando ocurrió, y lloró por ti. Cuando le presentamos la herida, con perdón para quien la causó, Él comienza a sanar y a restaurar el alma. Aunque no podamos perdonar en su nombre al que nos hirió, el Señor es fiel para sanarnos y librarnos.

La carta Cuando el paciente y yo hemos conversado, y ha reconocido las ofensas, las heridas y los patrones, lo invito a escribir una carta a la persona que lo hirió, describiendo la herida percibida y el dolor que le causó. Lo animo a expresar sus sentimientos y anhelos.

«Si tan solo entendieras cuánto me heriste cuando… ¡Oh, cuánto anhelaba oírte decir que me amabas!».

La carta puede ser muy detallada, porque no se enviará. Su propósito es sacar a la superficie todos los sentimientos y el dolor del subconsciente. Cuando llega el momento del perdón y de soltar (si es posible), esta carta se convierte en el «contrato» del perdón. «¿Estás dispuesto a perdonar por todo lo que has escrito aquí?», les pregunto. Luego, cuando tengo la certeza de que han comprendido plenamente lo que les he enseñado, y que verdaderamente han perdonado (y soltado) al ofensor, los invito a destruir la carta, anotando el lugar y la fecha de su acción. Después se les anima a orar pidiendo bendiciones sobre su ofensor, si aún vive.

Para completar su liberación, he sabido de personas que llevaron la carta a un cementerio local, donde esparcieron sus cenizas y colocaron flores sobre la tumba del difunto. Para algunos, esta ha sido la primera vez que verdaderamente han hecho duelo por la muerte de un familiar, incluso de uno de sus padres, y han conocido el toque sanador que sigue al verdadero duelo.

Nuestro acto consciente de perdón quebranta el poder de Satanás.

A medida que el Señor hace su obra de sanidad en nuestras vidas, aprendemos a caminar en el poder de su Espíritu.

Cuando nos revestimos de toda la armadura de Dios, el enemigo descubre que no hay en nuestra vida ningún área de debilidad por la cual pueda estorbarnos en la batalla.

Por supuesto, el perdón no es un acto de una sola vez, ni siquiera un compromiso de siete veces. Como Jesús enseñó a Pedro, es un requisito de «setenta veces siete» (Mateo 18:22). En otras palabras, hemos de mantener una actitud de perdón continua.

Siempre debemos estar prontos a reconciliarnos con aquellos cuyas acciones o palabras puedan causar división entre nosotros. Hay que reconocer que bien podría existir la necesidad de «dejar que se enfríen los ánimos», pero no puede haber excusa para una animosidad persistente.

Que lleguemos a estar tan comprometidos a usar la llave que tenemos en la mano, que seamos conocidos como «pacificadores», aquellos que son llamados hijos de Dios (Mateo 5:9).

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