El Evangelio de la sanidad
Testimonios de la Escritura

Capítulo 5 · 55 min de lectura

Testimonios de la Escritura

El valor de los testimonios sobre este tema no puede ponerse en duda. Son enteramente bíblicos, y muchas veces acercan el evangelio al plano personal y al contacto directo con el que sufre, como la mera enseñanza abstracta no puede hacerlo.

Pero deben ser siempre sencillos, modestos, tan impersonales como sea posible, y han de ilustrar principios. Tal es el carácter de todos los testimonios de la Escritura. Consideraremos brevemente algunos de ellos.

EL CASO DE JOB. Job 1, etc.

Este es el caso más antiguo que la Escritura relata con todo detalle.

1. Su enfermedad vino por el toque de Satanás. Nuestro Señor enseña también con toda claridad la intervención de este en la enfermedad, y su poder no ha disminuido todavía. 2. La enfermedad de Job fue permitida por Dios. Estaba destinada a llevarlo a examinar su corazón y a ver su absoluta necesidad de santificación. 3. Su enfermedad no lo santificó, sino que solo condujo a manifestaciones más profundas de su pecado y de su propia justicia. La enfermedad no purifica a nadie, aunque puede llevarnos a ver nuestra necesidad de santidad y a recibirla de Dios. 4. Su enfermedad le fue quitada cuando vio su pecado y lo reconoció delante de Dios. Esto le sucedió cuando Dios se le reveló. Entonces clamó: «Ahora mis ojos te ven; por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza.» Entonces vino su completa justificación, y con ella un espíritu de perdón y de amor hacia sus enemigos. Y luego, mientras oraba por ellos, el Señor lo restauró de su cautiverio. Cuando nos ponemos a bien con Dios, no necesitamos orar mucho por nosotros mismos. Al orar por los demás, muchas veces vendrá nuestra propia bendición. La sanidad de Job hizo nuevas todas las cosas, y todas sus bendiciones fueron dobladas. Y sin duda la bendición espiritual fue la más profunda de todas. ¡Cuán instructivo es contemplar este caso reposando en las manos de Dios hasta que el alma esté lista para aprender su lección espiritual, y recibir entonces de la propia mano de Dios vida y restauración!

LOS ISRAELITAS HERIDOS Y LA SERPIENTE DE BRONCE. Números 21.

1. Esta enfermedad vino del pecado. Murmuraron, y Dios les dio algo por qué murmurar. Es cosa grave quejarse, porque de seguro trae aquello que tememos, o algo peor: «El temor que temía me ha sobrevenido.»

2. Esta enfermedad vino de Satanás; de la serpiente. Así también, todavía hoy, él muerde nuestra vida y envenena nuestra sangre. Era una serpiente ardiente. Las palabras hebreas son «las serpientes, los serafines». No todos nuestros adversarios espirituales son gusanos rastreros. Muchos de ellos son elevados y sumamente astutos. 3. El remedio estaba en la semejanza de la enfermedad; en suma, una figura de la serpiente con el veneno ya extraído, y un aviso impresionante para el campamento doliente y para un mundo herido por el pecado: que Satanás ha sido despojado de su aguijón, y que la enfermedad y el pecado no son más que sombras de lo que fueron. Había también en aquella serpiente de bronce la idea de Jesús hecho por nosotros, Jesús tomando el vil y deshonrado nombre del hombre pecador, y contado por Dios, y tratado por los hombres, como si en verdad fuera una serpiente y un criminal. Así, por nosotros, ha quitado el aguijón a Satanás, al pecado y a la muerte, y ha colgado sobre la cruz levantada el trofeo de la victoria. 4. La sanidad vino al mirar a la serpiente de bronce. Hay un poder indecible en una mirada. Una mirada de maldad hiela el alma. Una mirada de pureza y de amor la transfigura. El ojo introduce en el alma el objeto que contempla. Al mirar al sol, este se hace presente en el ojo. Mirar a Jesús trae su vida a todo nuestro ser.

Esto era vida física. La misma vida sigue viniendo de la cruz, tanto para el alma como para el cuerpo, mientras miramos a Jesús.

NAAMÁN. 2 Reyes 5.

1. Este fue un caso típico de enfermedad. La lepra era el símbolo particular del pecado, que destruye a la vez el alma y el cuerpo. Era el estigma especial de los efectos físicos del pecado. 2. El instrumento de esta cura fue, en primer lugar, una muchacha hebrea; y en su gran utilidad aprendemos cómo Dios puede servirse de un mensajero muy humilde y de una palabra dicha al pasar. En efecto, los propios criados de Naamán, poco después, le salvaron su bendición con su sabio consejo. 3. Enseguida hay que aprender la lección de la fe humilde y obediente. El yo orgulloso y la voluntad de Naamán deben morir antes de que su cuerpo pueda ser sanado por el toque divino. Y así Eliseo sale al encuentro de su espléndida grandeza con serena independencia, y le envía un mensaje sencillo y humillante: que se lave siete veces en el Jordán y quede limpio. Los enfermos muchas veces quedan hondamente heridos por nuestro aparente descuido, pero Dios les enseña así, a veces, la humildad de la fe, y aparta sus pensamientos de sí mismos y de los demás. Naamán, como todos los demás pecadores orgullosos, al principio rechaza la cruz, y está a punto de perder su bendición cuando una palabra de honrada franqueza de sus criados lo hace volver en sí, y lo envía al Jordán. 4. La fe de Naamán consistió en hacer exactamente lo que el profeta le dijo. Tomó el camino de Dios sin reservas, y perseveró en él hasta que vino su bendición. Quizá la primera, o la segunda, o la sexta vez no hubo señal alguna de sanidad; pero siguió adelante, y por fin vino la maravillosa bendición: la carne como la de un niño, y el reconocimiento y la adoración exclusiva del gran Jehová que había hallado.

5. Su petición de un poco de tierra del lugar de su sanidad fue una hermosa anticipación de aquellas arras del mayor porvenir que también nosotros recibimos: el Espíritu Santo. La palabra arras significa un puñado de tierra. Naamán se llevó a su casa un puñado de tierra de Canaán; y nosotros, en nuestra sanidad, recibimos las arras del Espíritu, una parte del cielo comenzada en la tierra. 6. Es hermoso ver cómo Eliseo lo despide apoyándose solo en Dios. A su pregunta acerca de inclinarse en el templo de Rimón, Eliseo no le da respuesta directa, sino que lo remite a Dios solo, y le dice que vaya en paz. ¡Cuán poco aparece el hombre en todo esto, y cuán sencillo y glorioso es Dios! 7. Pero también Satanás ha de meter la mano. Y suele mostrarla en algún plan mercenario como el de Giezi. Así también, todavía hoy, el espiritismo y las artes afines de Satanás buscan hacer mercadería de las cosas de Dios. Pero si miras de cerca, verás la mano y el rostro del leproso, blancos como la nieve.

EZEQUÍAS. 2 Reyes 18.

1. Era un caso sin esperanza. Todos los razonamientos de los hombres acerca del papel que el remedio tuvo en su cura deberían quedar acallados por el hecho de que él estaba fuera del alcance de todo remedio, pues hasta Dios había dicho que moriría, y que no viviría. El hombre y los medios, por tanto, nada podían tener que ver con su cura; fue enteramente divina. 2. Se volvió a Dios con humildad. No intentó buscar ayuda en el hombre. Se echó, desvalido, en la misericordia del Señor. Su oración no fue muy confiada; pero Dios oyó su clamor impotente, y envió liberación. 3. La respuesta a su oración fue definida y clara: quince años más de vida, de parte del mismo Dios. Fue enviada a Isaías y comunicada a él; y él al instante la creyó, y comenzó a alabar. 4. Fue acompañada de una doble señal. Primero, el retroceso del reloj quince grados, y luego una cataplasma de higos. Ambas cosas se llaman señales. Los higos no eran medicinales, pues la medicina de nada servía, sino simbólicos, y por eso fueron administrados por un profeta, no por un médico. 5. El desenlace de su sanidad fue indigno de ella. Ezequías no correspondió al beneficio recibido, sino que su corazón se enalteció, y largos años después los amargos frutos de su pecado y de su necedad siguieron demostrando cuán solemne cosa es recibir las grandes misericordias de Dios, y con cuánta santidad debe emplearse para Él nuestra vida redimida. La gente siempre pregunta: «¿No demostró acaso el caso de Ezequías que es correcto usar remedios?» No. Demostró que es correcto hacer exactamente lo que Dios nos dice respecto de nuestra sanidad. Dios le dijo a Naamán que se lavara en el Jordán. Cualquier otra cosa habría sido desobediencia. Dios le dijo a Ezequías que usara higos. Cualquier otra cosa habría sido desobediencia. Si Dios nos hubiera dicho que usáramos higos, cualquier otra cosa sería desobediencia. Pero Dios nos ha dicho que usemos el aceite de la unción y la oración de fe; ¿acaso es genuina obediencia cualquier otra cosa?

EL HIJO DEL NOBLE. Juan 4.

Este fue el primer milagro de sanidad de Cristo. Parece hablar de manera especial a nuestros propios tiempos.

1. Nos enseña que no necesitamos la presencia física y visible de Jesús para ser sanados. Él estaba lejos de aquel niño enfermo y simplemente pronunció una palabra de poder, que cruzó esas distancias intermedias con energía omnipotente, así como todavía puede alcanzar desde el cielo hasta la tierra. «¡Oh, si Él estuviera aquí!», dices. Pues bien, su primer gran milagro fue realizado desde una distancia quizá tan grande como la que hay entre la tierra y el cielo. 2. Fue por fe sencilla y desnuda, sin vista ni señales. El Señor Jesús tuvo que empujar a aquel hombre más lejos de todo, hasta dejarlo solo con su propia palabra: «Si no veis señales y prodigios —exclamó—, no creeréis.» Y luego probó su fe con una palabra sencilla: «Ve, tu hijo vive.» Y el hombre aceptó la dura lección, creyó la palabra desnuda, y el niño quedó sano. Mostró su fe volviéndose tranquilamente a su casa y dejando de clamar más por que el Señor fuera con él. 3. Este caso comenzó en un momento fijo, y se desarrolló callada y gradualmente, como muchos son sanados hoy. «Preguntó a qué hora había comenzado a mejorar.» Y la respuesta fue que en cierto momento la fiebre había cedido. Ya estaba convaleciente. Así también el amado Maestro obra para todos los que confían en Él. La fe tiene sus instantes y también sus horas. Debemos aprender a aceptar ambos: contar el golpe mortal asestado en el momento de creer, y luego seguir adelante mientras va cumpliendo todas las etapas de la bendición.

LA SANIDAD DE LA SUEGRA DE PEDRO. Marcos 1.

Este fue el segundo milagro de sanidad registrado de Cristo. Acababa de salir de la sinagoga, donde, en medio del asombro del pueblo, había echado fuera un demonio. La suegra de Pedro yacía enferma de fiebre. Era, pues, un caso de enfermedad común. Y sin embargo nuestro Señor reconoce claramente otra intervención detrás de la fiebre. Pues «reprendió a la fiebre», y esto implica algún agente personal y maligno que hubo de causarla. Él no reprendería una mera ley natural. No hay culpa donde no hay voluntad personal. Más aún, la fiebre no era sino el toque abrasador de una mano demoníaca; y esto fue lo que Él reprendió.

Luego, ella debe tomar activamente el poder sanador que Él está dispuesto a administrarle. La tomó de la mano, la levantó, y ella se puso en pie. Estaba, por supuesto, su toque poderoso y su ayuda omnipotente. Pero estaba también la cooperación de ella: su asirse de la mano que Él le extendía, su sacudirse el letargo y el cansancio de la enfermedad, su esfuerzo por levantarse, y su levantarse. Así también nosotros debemos salir al encuentro de su ayuda y de su poder.

Y luego estuvo el empleo de su nueva fuerza en servir a Él y a los demás. Esta fue la mejor prueba de la sanidad, y también el mejor uso de ella. Así debemos entregar siempre nuestra nueva vida a Dios, y sirviendo a los demás y olvidándonos de nosotros mismos, hallaremos nuestra propia fuerza continuamente renovada. Al entregar nuestra vida, la salvaremos; y al servir a los demás, Él proveerá para todas nuestras necesidades. Es un bendito intercambio de responsabilidad y de cuidado descubrir que no tenemos otra cosa que hacer sino vivir para Él, y que Él no tiene sino un solo asunto: vivir para nosotros y suplir toda nuestra necesidad.

LA SANIDAD DE LA MULTITUD. Mateo 8.

Los siguientes casos de sanidad que leemos en la vida de Cristo fueron un gran número de casos diversos, la tarde de aquel sábado en que había sanado a la suegra de Pedro. Habían estado reuniéndose durante todo el día, esperando a que pasara el sábado. Y tan pronto como llegó la hora de las seis, se agolparon sobre Él por todos lados, en gran número y variedad, y Él los sanó a todos. Ahora bien, la primera lección que aprendemos de estos casos está ligada a este mismo hecho: que esperaron a que pasara el sábado. Muestra con cuánta exactitud sus ideas predominantes sobre la sanidad se parecían a las ideas impías de nuestra propia época secular. Consideraban que el cuerpo, y todo lo que a él pertenece, era puramente secular. La sanidad, por tanto, era un mero oficio secular, y, como tal, tarea impropia del santo día de reposo. ¿No es esto justamente lo que la incredulidad moderna ha enseñado a las iglesias de la cristiandad? La cura del cuerpo es asunto de leyes naturales y de remedios, y de médicos seculares, una profesión que se estudia y se ejerce para provecho secular como cualquier otro negocio, pero en ningún sentido tan sagrada y santa como la salvación y el cultivo del alma. Por el momento nuestro Señor los encontró en su propio terreno; pero pronto llegó el día en que, deliberada e intencionadamente, sanó en el día de reposo, para repudiar y pisotear esta idea absurda e impía, y mostrar a los hombres que el cuerpo era tan sagrado como el alma; que su restauración era parte igualmente de la redención de Dios; que en ningún sentido quedaba abandonado a ser objeto de un mero tratamiento profesional; que sanarlo era su propia prerrogativa santa y su propio asunto; y que era obra tan santa y sagrada para el día de reposo como el culto del templo o la salvación de las almas de los hombres. La siguiente lección que enseñan estos casos es la universalidad de su sanidad. Sanó a todos los que tenían necesidad. Quiso mostrar que no era para casos privilegiados, como la suegra de un apóstol, sino para todas las vidas pobres, pecadoras y dolientes que pudieran confiar en Él.

Y la más alta y provechosa de todas las lecciones es el modo en que estos casos se enlazan con la profecía de Isaías, que anuncia el verdadero carácter del Mesías como el que lleva la enfermedad y la dolencia. No fue, pues, un hecho meramente incidental que estuviera sanando a estos dolientes; no fue una manifestación especial y excepcional de su poder como Hijo de Dios. Fue el propósito y el designio real de su condición mesiánica; y así todas las edades pueden venir a Él y descargar sobre Él sus cargas y sus dolores.

¡Cuán hondas y plenas estas palabras: «Él mismo tomó nuestras enfermedades y llevó nuestras dolencias»! Él mismo, no Él y los médicos, sino Él solo; Él mismo, no Él y nosotros, sino que Él toma toda la carga por sí mismo, y nos deja del todo libres; Él mismo, de modo que la sanidad no puede obtenerse aparte de poseerle a Él. Todo está encerrado en Él mismo: su vida en nosotros, su morada interior, su cuerpo, su carne y sus huesos. Él mismo tomó y llevó, no una sola vez, sino para siempre; no solo levantando, sino guardando y cargando para siempre. ¡Bendita sanidad! ¡Bendito Sanador!

EL LEPROSO. Marcos 1.

Esto ocurrió poco después, en uno de los recorridos de Cristo por Galilea.

1. La petición de este hombre es una buena muestra del estado de ánimo en que encontramos al cristiano medio. Tiene plena confianza en el poder de Cristo para sanar, pero está muy inseguro en cuanto a su disposición. Ahora bien, si un amigo va a dudar de mí, preferiría con mucho que viniera a decirme: «Estoy seguro de que me ayudarías si pudieras», antes que: «Sé que está en tu poder auxiliarme, pero tengo poca confianza en tu disposición a hacerlo.» ¿Cuándo verán los hombres que esa charla fácil y de buen talante acerca de la voluntad de Dios encierra la desconfianza más sutil y ofensiva? 2. La respuesta de Cristo a él es explícita y enfática, y debería zanjar la cuestión de su voluntad de sanar al doliente sincero y confiado: «Quiero; sé limpio.» No hay evasión ni ambigüedad, ni vacilación ni condición. Es una respuesta grande, pronta y regia, y en ella todas las edades pueden oír su palabra dirigida a todos nosotros. 3. El toque de Cristo significaba mucho para un leproso. Hacía largo tiempo que una mano de amor no lo tocaba. No fue un toque frío ni mecánico. Fue movido a compasión. Todo su corazón de amor y su vida misma estaban en él. Sí, Él nos ayuda, no porque su promesa le obligue, sino con amor desbordante e ilimitada condescendencia. Toca nuestra vida inmortal con la suya, y hace que nuestros corazones leprosos se estremezcan con la sangre fresca y cálida de su ser. 4. Debe luego ir al sacerdote en Jerusalén, y presentar el debido reconocimiento y testimonio, y contener todo otro testimonio hasta haber dado testimonio ante las autoridades religiosas de la nación. Así también nosotros debemos dar testimonio de sus obras poderosas en nosotros, y debemos hacerlo donde Él lo quiere, quizá en el lugar más difícil para nosotros, y ante la misma faz del orgullo y la oposición religiosos. Era un largo viaje de Galilea a Jerusalén; pero si nuestro testimonio exige por Él un sacrificio tan grande, ¿no vale su amor todo eso?

EL PARALÍTICO. Marcos 2.

1. Este es uno de los más notables milagros de sanidad de Cristo, porque ahora, por primera vez, expuso la doctrina del pecado en relación con la enfermedad, y se atribuyó el derecho de perdonar pecados en la tierra. Y desde este momento fue tenido por blasfemo. Este pobre hombre vino en busca de sanidad, pero el Señor vio una necesidad más profunda que primero había de suplirse. Su vida espiritual debía preceder a la física. Y por eso pronuncia primero la palabra de perdón: «Hijo, tus pecados te son perdonados.» Así debemos comenzar siempre. ¡Y a cuántos su necesidad de sanidad los ha llevado al pensamiento mismo de la salvación! 2. Luego sigue su sanidad física. Pero también esta debe ser tomada por él mismo en el ejercicio de una fe audaz y obediente. No fue sanado postrado sobre aquel lecho. Debía levantarse, quitar su cama, y andar. Cristo no te sanará en tu cama. Debes levantarte y avanzar apoyado en su fuerza. 3. No fue sanado, como comúnmente se supone, por la fe de los hombres que lo llevaron a Jesús, sino por la suya propia. La fe de ellos lo puso a los pies de Jesús, y le trajo la palabra de misericordia perdonadora. Pero la suya propia debía reclamar la sanidad. Y hubo de ser una fe real la que pudo levantarse ante aquella multitud y cargar su cama. La fe de los demás puede hacer mucho por nosotros, sumada a la nuestra, pero un corazón incrédulo nada puede recibir del Señor.

4. El lugar que ocupa la sanidad, como prenda de perdón y señal del poder salvador de Cristo, es muy solemne. Sanó a este hombre para que supieran que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados. Y Cristo siempre quiere convencer al mundo de la realidad de su evangelio mediante sus milagros físicos. ¿Cómo podemos esperar que los hombres crean que sus dones espirituales son reales cuando Él no manifiesta poder suficiente para vencer los males físicos de nuestra vida? ¿Qué derecho tiene ningún hombre a estar seguro de que alguna parte de su religión es real, cuando su fe nunca ha tenido bastante vigor para lograr algo verdaderamente difícil en su vida práctica?

EL PARALÍTICO EN BETESDA. Juan 5.

1. Este milagro ocurrió en Jerusalén, hacia la mitad de su ministerio. Fue su primer caso abierto y deliberado de sanidad en el día de reposo, y estuvo destinado a propósito a desafiar sus ideas absurdas acerca de la naturaleza secular de la enfermedad y de la sanidad, y a mostrarles que era lo bastante sagrada como para hacerse en el día de reposo y ser parte de su ministerio espiritual. Muchos siguen temiendo exaltar indebidamente la importancia del cuerpo, olvidando que, cada vez que Cristo lo toca, hace de él el canal y el vaso de toda vida y bendición santas. 2. La siguiente gran lección de este caso se refiere a la insensatez de las cosas en que los hombres se apoyan para su sanidad. Este hombre esperaba que el estanque de Betesda lo sanara, y tenía cierta idea supersticiosa de que a veces se agitaba con virtudes curativas. Ahora bien, resulta que el versículo acerca del ángel que descendía en ciertas ocasiones es una interpolación, y todo aquello no era sino una necia mentira. Tan insensatas y tan falsas son las esperanzas de quienes miran a fuentes terrenales de sanidad. Decepcionan o desaparecen como Betesda y su falsa leyenda. Cuando el Señor se dispuso a sanarlo, no prestó atención a Betesda ni a ningún otro medio, sino que pronunció una sola palabra de poder, y le mandó levantarse en la fuerza de Dios. 3. Hay también una lección para los que aguardan, esperando que llegue algún día de socorro, y siguen esperando hasta la tumba. Cuando Jesús lo sanó, disipó todo aquel porvenir soñador, y lo puso sobre el terreno práctico y firme de un acto presente de decisión. Así todavía la esperanza se confunde muchas veces con la fe. La prueba de la fe es que siempre es presente, y toma la bendición ahora. 4. Otra lección importantísima es la insensatez y la impotencia de apoyarse en los demás. «Señor, no tengo quien me meta en el estanque» expresa la lánguida dependencia de cientos que todavía esperan la sanidad por medio de la ayuda de otros, y paralizan toda su propia fuerza y su poder de creer al mirar a la fe y las oraciones de algún otro. Los demás no pueden ayudarnos hasta que creamos firmemente por nosotros mismos. Si nos aferramos a ellos, nuestras manos los atan y los estorban, como el aferrarse de un ahogado a quien lo rescata, y ambos pueden hundirse juntos. Pero cuando tenemos un asidero propio y firme de Cristo, entonces Él puede dar a nuestros amigos un asidero semejante por nosotros y con nosotros. 5. Otra vez, «¿Quieres ser sano?» expresa el verdadero elemento de la fe eficaz. Obra por medio de una voluntad firme y decidida. La fe no es mera fuerza de voluntad, pero su asiento y su región es la voluntad. Esta es la cosa más poderosa que Dios ha dado al hombre, y nadie puede recibir mucho de Dios sin una elección firme y decidida. Primero debemos ver que es su voluntad sanarnos, y luego debemos reclamarlo para nosotros con una fuerza y una tenacidad que arrastren consigo todo el poder de nuestro ser. 6. Una lección más ha de enseñarnos este pobre doliente: «No peques más, para que no te venga alguna cosa peor.» No siempre, pero sí a menudo, tan largos y terribles trastornos son el resultado directo de algún camino de complacencia pecaminosa. Muchas vidas son hoy impotentes a causa de un pecado secreto y juvenil. Debe haber, por tanto, un claro reconocimiento, confesión y repudio de todo pecado, y la vida redimida ha de ser pura y vigilante si quiere conservar su vida sagrada. Cada corazón y cada conciencia deben responder por sí mismos, y el Espíritu de Dios lo hará muy claro a todos los que deseen conocerlo para obedecer plenamente. Pero no hay piedra de toque tan penetrante como esta vida de Cristo, ni cuerda que ate el alma con más santidad sobre el altar de la santidad que «Yo soy Jehová tu sanador». Este milagro no debe separarse del discurso que sigue sobre la VIDA que Cristo ha venido a dar. Fue precisamente una ilustración de aquella vida bendita. La sanidad de Cristo no es ni más ni menos que su propia vida divina insuflada en nosotros, que vivifica nuestras almas y cuerpos impotentes, y comienza ya la vida eterna. Esto es justamente lo que les enseña aquí: «El Hijo da vida a los que quiere.» «Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán.»

EL HOMBRE DE LA MANO SECA. Mateo 12:10.

Este milagro fue una repetición, en Galilea, de la audaz lección acerca de la sanidad en el día de reposo que Jesús acababa de dar en Jerusalén con la sanidad del inválido en Betesda. Ambos subrayan el mismo gran principio respecto de la libertad del día de reposo, la santidad del cuerpo y el carácter sagrado de su cura.

Ambos enseñan también la misma gran lección acerca de la necesidad de una fe activa y decidida para recibir el poder sanador de Cristo. Este hombre estaba impedido, también, en su mano enferma. No tenía en sí mismo poder para levantarla. Pero debía, no obstante, poner por obra un esfuerzo de la voluntad y un acto de fuerza; no como un mero intento, sino de buena fe y esperando realmente lograrlo. Y al hacerlo así, el poder divino salió, callada y plenamente, al encuentro de su cooperación obediente, y lo llevó hasta la fuerza y la victoria. Así la fe debe hacer las cosas que no tenemos fuerza para hacer, y a medida que avanza vendrá la nueva fuerza. Los pies deben avanzar hacia lo hondo, y aun tocar las aguas frías al adelantarse, pero Él no fallará. En la espera pasiva no puede venir de Dios ni vida ni poder. Debemos poner los pies en el suelo de Canaán, debemos extender las manos y tomar del árbol de la vida, y comer, y vivir para siempre. La araña se aferra con sus manos, y por eso está en palacios de reyes. Muchos cristianos no tienen manos. No tienen firmeza en los dedos, ni fibra en la voluntad, ni asidero en la fe. Oye su voz, tú que estás sin fuerzas: «EXTIENDE TU MANO.»

En sus argumentos con los fariseos acerca de este caso, Jesús no deja lugar a dudas sobre la luz en que considera la sanidad como algo ligado a la voluntad de Dios. Ridiculiza sus prejuicios contra el hecho de sanar a un doliente en el día de reposo, y reivindica la sanidad de este hombre, primero por razón de simple humanidad, como no más de lo que cualquiera haría por un buey o una oveja caídos en un pozo, y en segundo lugar por razón de derecho: hacerlo es «hacer el bien», «salvar la vida»; no hacerlo es «hacer el mal», «destruir» la vida. Esto no se parece mucho a tratar la enfermedad como un gran beneficio. Y sin embargo, enseñanzas tan tiernas y misericordiosas solo exasperaban a aquellos hombres malvados; y cuando ven que el poder de Dios vindica sus enseñanzas, y que el hombre se presenta sano ante sus ojos, se llenan de furor, y consultan cómo podrían destruirle.

Así, el prejuicio todavía ciega a los hombres a la verdad y al amor de Dios, y hoy, tanto como siempre, se opone al ministerio sanador de Cristo en aras de la coherencia doctrinal.

LA MUJER CON EL ESPÍRITU DE ENFERMEDAD. Lucas 13:10-20.

Este hermoso incidente ocurrió bastante más tarde, pero, como fue uno de los milagros de Cristo en el día de reposo, y pertenece a la misma clase general que los que acabamos de mencionar, complementando y reforzando los mismos principios, lo introduciremos aquí.

1. La naturaleza de su enfermedad. Era un caso de parálisis y deformidad sin remedio. Estaba encorvada, y de ningún modo podía enderezarse. Era, además, de mucho tiempo. Llevaba dieciocho años en esta condición. Era, por tanto, un caso crónico tan difícil como pudiera llevarse al gran Sanador. 2. La causa de su enfermedad. Aquí se arroja un rayo de luz maravillosamente clara y penetrante, no solo sobre su caso, sino sobre toda la cuestión de la enfermedad. El Señor declara claramente que sus males no habían venido por causas naturales, sino por acción personal directa, la acción de un espíritu maligno; que su propio cuerpo está atado por UN ESPÍRITU DE ENFERMEDAD. Y después declara que SATANÁS LA HA ATADO durante estos dieciocho años. No lo reconoce como un caso de disciplina providencial, sino como la mano directa del diablo sobre su cuerpo. Esto no admite evasión ni ambigüedad. Y bien puede hacer estremecer a quien ha estado alimentando y mimando a algún demonio inmundo, como si fuera un ángel. 3. La cuestión de la voluntad de Dios también se aclara maravillosamente. No hay palabra más grande en la ética cristiana que «DEBER». Es la palabra de la conciencia, de la ley, del Derecho eterno. Es un cable que ata a la vez a Dios y al hombre. Cuando Dios dice que algo debe hacerse, no hay apelación, ni componenda, ni alternativa, sino únicamente obedecer de manera absoluta. No significa que una cosa sea posible, o permisible, o que quizá deba hacerse, sino que es necesario hacerla, y que no hacerla sería MALO. Y Cristo dice a aquellos hombres malvados que anteponían estos mezquinos prejuicios a la voluntad bondadosa de Dios y a la felicidad de sus criaturas: «¿NO DEBÍA SER LIBERTADA DE ESTA LIGADURA ESTA MUJER?» Eso debería zanjar la cuestión de cómo considera Dios nuestra sanidad. 4. Pero hay un principio más, el más grande de todos, que condiciona y limita este «deber» y todo lo demás en su caso; y es la fe de la mujer. El Señor la llama expresamente hija de fe. Ese es precisamente el sentido de la expresión «hija de Abraham». Y es esto lo que hace que sea cuestión de «deber» el que ella sea sanada. «¿No debía esta mujer, siendo hija de Abraham, ser libertada de esta ligadura?» ¿Es la voluntad de Dios sanar a todos? Es la voluntad de Dios sanar a todos los que creen. La expresión «hija de Abraham» significa más que mera fe. Expresa una fe muy fuerte, una fe que, como la de Abraham, creyó sin ver, y frente a aparentes imposibilidades. ¿Tenemos alguna prueba de tal fe de parte de ella? La tenemos. Se nos dice que Jesús la llamó a sí y le dijo: «Mujer, eres libre de tu enfermedad.» En la versión revisada dice: «La llamó.» Da a entender que le exigió acercarse primero a Él. Esto habría requerido un esfuerzo y una fe sobrenaturales, de modo que debió de intentar acercarse antes de que Él la tocara. Luego, al venir ella, Él declaró hecha la obra: «Mujer, eres libre de tu enfermedad»; y puso sobre ella las manos y completó la obra. Pero su fe tuvo que tomar la iniciativa, y, como Abraham, salir sin saber a dónde, sobre la sola llamada y la fuerza de Dios. Entonces la obra pudo contarse por hecha: «Eres libre.» Y entonces comenzaron a seguir los resultados plenos.

EL SIERVO DEL CENTURIÓN. Mateo 8:5.

1. Lo primero que resulta notable en este caso es el alto elogio que Cristo hace aquí de la fe de un gentil y pagano, que tan poca oportunidad tenía de conocer a Dios y de gozar de luz. La lección más solemne de toda la Biblia acerca de la fe es que se desarrolló con más fuerza en quienes tenían poca luz, mientras que las mayores ventajas solían encontrarse con la incredulidad más irracional. Quienes no usan prontamente la luz que tienen, no es probable que hagan buen uso de más. Este hombre tenía muy poca luz más allá de la que había aprendido en su propia profesión, y del poco de enseñanza judía que hubiera reunido; pero había sido un hombre recto en cuanto conocía su deber, y había mostrado su amor al pueblo de Dios y su bondad hacia la congregación judía, cuya sinagoga había edificado a sus propias expensas. 2. Su fe fuerte se mostró primero en reconocer el dominio absoluto de Cristo sobre todas las fuerzas del universo, así como él gobernaba a sus disciplinados soldados; y en segundo lugar, en reconocer que bastaba la sola palabra de Cristo para detener la enfermedad en un instante. No pidió más que una palabra del Señor del cielo y de la tierra. Y aquella palabra la tomó como un decreto tan definitivo como el decreto de los césares. Reconoció la autoridad de la palabra de Cristo. Recorre este universo como un mandato grande e irresistible, y aun en las manos de un niño es tan poderosa como su propia omnipotencia. ¡Cuán tremenda es la fuerza de la ley! Que una sola voz humana pronuncie la sentencia de aquel tribunal, y todo el poder de la riqueza y de la influencia es incapaz de impedir que ese hombre vaya a una celda. La palabra que Cristo nos ha hablado es palabra de ley, y cuando la fe la reclama, todos los poderes del infierno y de la tierra no se atreven a resistirla. Este es el terreno propio de la fe: tomar aquella palabra imperial y usar su autoridad contra las fuerzas de la enfermedad y del pecado. 3. La humildad de este hombre es un hermoso acompañamiento de su fe. Sintió hondamente su indignidad de la visita de Cristo. No era frecuente que un romano orgulloso se reconociera indigno de una visita, pero este centurión sintió que estaba delante de Uno mayor que su emperador, y su espíritu se inclinó en humilde reverencia y adoración. Nosotros podemos acercarnos más aún. No solo entrará Él bajo nuestro techo, sino que hará de nuestro corazón su hogar para siempre.

LOS ENDEMONIADOS GADARENOS. Mateo 8:28.

Este incidente nos presenta una clase de casos de gran importancia: los dementes y las enfermedades de la mente. No parece haber razón para dudar de que sigan siendo iguales en carácter y causa que los casos de posesión demoníaca de los días de Cristo. Nuestro Señor atribuye claramente las causas de estos trastornos a la acción de Satanás. El poder que dominaba a este hombre era suficiente para destruir tres mil cerdos. ¡Qué fuerzas espantosas puede albergar un solo corazón humano! El poder que el espíritu maligno ejercía sobre su cuerpo, capacitándolo para romper cualquier cadena que la mano del hombre le pusiera, puede darnos alguna idea de cómo las fuerzas espirituales pueden afectar el cuerpo, sea para bien o para mal. Toda fuerza física es espiritual en su causa. Este hombre desdichado parece haber tenido conciencia de dos principios dentro de sí: el uno, su propia voluntad, que luchaba débilmente por la libertad; el otro, los espíritus malignos que lo dominaban y aplastaban su voluntad bajo ellos. La diferencia entre un caso así y otro entregado voluntariamente a Satanás es muy grande. El Señor salió al encuentro de este caso con honda compasión. Lo consideró víctima de un poder que no podía resistir, y con una palabra de mando lo puso en libertad. Al instante cambió todo su aspecto. El maníaco salvaje y temido está sentado a los pies de Jesús, vestido y en su sano juicio. El terrible poder que lo había poseído pronto se hizo evidente en la destrucción de los cerdos. Él mismo se aferraba a su Libertador, y deseaba ir con Él. Pero Jesús sabía que necesitaba ser empujado a la disciplina de la confesión y el servicio, y lo envió enseguida a permanecer solo y a difundir la noticia en su tierra. Cada nuevo avance le daría nueva seguridad y fuerza, y en poco tiempo toda la región de Decápolis quedó tan conmovida por sus testimonios, que se preparó el camino para la visita del Maestro y la poderosa obra que se cerró con la alimentación de los cuatro mil. Así también nosotros debemos muchas veces confiar al joven discípulo el servicio más audaz y difícil, y la confianza en sí mismo.

El tratamiento de los dementes es una de las cuestiones más importantes ligadas al tema de la fe. El verdadero remedio es el poder de Cristo. Sin duda es un asunto de mucha dificultad; y en muchos casos hay pruebas largas y severas de la fe, y necesidad de hogares tranquilos donde puedan ser apartados, guardados y puestos bajo la influencia de la enseñanza y de la fe cristianas. El resultado de lo poco que se ha intentado ha mostrado cuánto puede hacerse con santa sabiduría y fe valiente.

LA MUJER QUE TOCÓ SU MANTO. Lucas 8:48.

1. Lo más hermoso de este milagro es el modo en que está engastado en el corazón de otro mayor: la resurrección de la hija de Jairo. Parecería como si en estos dos milagros gemelos el Señor quisiera escribir, en una sola y notable lección, los dos principios tan bellamente ilustrados en cada uno: por una parte, el poder absoluto de Dios, capaz de obrar aun allí donde no hay más que muerte; y por otra, el poder absoluto de la fe para tomarlo todo de Dios. Subrayan las dos maravillosas omnipotencias que Cristo ha unido: «Para Dios todo es posible» y «al que cree todo le es posible». 2. La naturaleza incurable de su enfermedad y el fracaso de los médicos humanos se expresan con mucha franqueza. No se intenta disculpar a la profesión médica, sino que se nos dice sin rodeos que todo lo que se había hecho por ella solo la había puesto peor. Se notará que es un médico, Lucas, quien nos da el cuadro más vivo de todo esto. 3. El proceso de la fe y de la sanidad es muy llamativo. Hubo tres etapas. Primero, ella creyó que sería sanada. Dijo: «Si tocare tan solo su manto, seré salva.» Luego, en segundo lugar, vino y tocó. Hizo algo. El elemento personal y vivo de la fe se pone aquí de relieve muy vivamente. La fe es más que creer: es un contacto vivo con un Salvador vivo. Es el extenderse de una necesidad consciente en nosotros, que busca a tientas y halla su provisión en Él. No es un mero acercamiento externo, ni siquiera un mero acercamiento mental. Cientos lo apretaban, pero solo una lo TOCÓ. Luego, en tercer lugar, está el recibir consciente, después del creer desnudo y del venir real. Al instante se detuvo su hemorragia; sintió en su cuerpo que estaba sana de aquel azote. No sintió primero para luego creer, sino que creyó y luego sintió. 4. Pero su bendición debía ser confesada. Cristo no nos permite retener sus dones sin reconocerlos. Ni podemos gozarlos y conservarlos mucho tiempo en secreto. Como las plantas, necesitan la luz del día. Y por eso toda su sensibilidad de mujer debía dejarse a un lado, y su corazón tímido debía contar sus bendiciones a los pies de Él, a oídos de todos los hombres. ¡Cuánto perdemos por la timidez y el silencio! 5. ¡Y cuánto ganó ella con aquella confesión! «Hija, ten ánimo; tu fe te ha salvado. Ve en paz.» Una hija, consolada, sanada y ahora enviada a la paz: aquel hondo y divino reposo que viene con el toque de Dios, y que es la parte más rica de la herencia que la fe trae. No es solo que la paz entre en ella. Ella entra en la paz, una tierra tan ancha y fecunda que nunca podrá echar de menos sus límites ni agotar sus preciosos tesoros. ¿Y podía un solo pequeño acto de fe por su cuerpo traer toda esta honda bendición espiritual? Sí; la parte más preciosa de la bendición que da su sanidad es que sana a todo el ser, y nos trae a unión con Dios, con una plenitud que nunca habríamos conocido sin este contacto vivo y humano. En efecto, se hallará que la mayoría de las grandes bendiciones espirituales, experiencias y revelaciones de Dios a su pueblo en las Escrituras comenzaron con lo que llamaríamos bendiciones temporales. Abraham llegó a ser el padre de la fe creyendo a Dios para tener un hijo. Jacob llegó a ser el Príncipe de Israel reclamando una liberación temporal. Daniel vio la venida de Jesús mientras pedía la restauración del cautiverio. La mujer sirofenicia ganó su trascendente victoria por una hija que sufría. Y así todavía las cosas que llamamos pequeñas y comunes, como los diminutos ejes enjoyados en las ruedas de nuestros relojes, son los pivotes mismos sobre los que giran las mayores experiencias espirituales; y confiar en Dios para un dolor de cabeza o un dólar puede enseñarnos a confiar en Él para toda la plenitud de su gracia y de su santidad.

LOS DOS CIEGOS. Mateo 9:27.

Esta breve historia ilustra varios principios importantes.

1. La mera oración no sana al enfermo. Estos ciegos lo siguieron desde la casa de Jairo clamando: «¡Ten misericordia de nosotros!» Y sin embargo no obtuvieron respuesta. «Llevo cuarenta años orando por mi sanidad», nos dicen a veces las personas, «y no estoy mejor.» Pues bien, no es de extrañar; porque si hubieras orado con fe, no habrías orado tanto tiempo. 2. El mero venir a la presencia de Cristo no nos sana. Vinieron a Él, a la casa, y con todo no fueron sanados. Así, hay personas que van a las reuniones, procuran ponerse bajo influencias espirituales, y parecen pensar que esas cosas les traerán sus bendiciones. Quizá hasta se presentan de manera definida ante Él para pedir su ayuda y su sanidad, y sin embargo no están mejor. 3. La razón se da en el último paso que aquí se destaca. Todo esto de nada sirve a menos que creamos de manera definida que Él hace por nosotros lo que reclamamos. «¿Creéis?», pregunta, y luego pronuncia la gran ley de la fe que determina para cada uno de nosotros la medida de nuestras bendiciones: «Conforme a vuestra fe os sea hecho.» Entonces su toque trae vista y sanidad, y ellos salen a la luz gloriosa del día. Hay un secreto en todo; hay un resorte secreto, o una combinación, con que se abre la caja fuerte. Hay un modo secreto de hacer que aquel documento llegue ante el gobierno. Hay un secreto por el cual las poderosas fuerzas de la naturaleza pueden ser dominadas y utilizadas. Y hay un secreto que abre el cielo, que manda sobre todas las fuerzas y recursos del trono. No es la oración angustiada; no es mucho trabajo; es simplemente esto: «Conforme a vuestra fe os sea hecho.»

LA MUJER SIROFENICIA. Mateo 15:21.

1. Este fue otro ejemplo de fe donde había poca luz u oportunidad. Es dudoso que esta mujer hubiera oído alguna vez una promesa o un pasaje de la Escritura, o hubiera visto a un maestro inspirado en toda su vida. Pertenecía a una raza ajena y maldita, y todo estaba en contra suya. Y cuando vino a Jesús, también Él pareció estar en contra suya. A su lastimero clamor de socorro no le respondió palabra. A la súplica de sus discípulos de que la despidiera, es decir, que le concediera su petición y la dejara ir, responde con palabras que parecían excluirla imperativamente de todo derecho a su misericordia. Y cuando por fin llegó a sus mismos pies e imploró su ayuda, respondió con palabras tan duras y repelentes que parecía cortejar el insulto acercarse de nuevo a Él. Hasta la había llamado perra, símbolo en Oriente de lo inmundo e inepto para la comunión; y sin embargo, frente a todo esto, su fe solo se hizo más fuerte, hasta que al fin sacó de la negativa misma de Él el argumento para su bendición. Las dificultades no pueden dañar la fe verdadera. Son el estímulo mismo de su crecimiento.

2. Vemos el designio del Señor al tratar con nosotros, y al parecer, a veces, rechazarnos. Durante toda aquella lucha Él la conocía y la amaba, y veía la confianza que no se dejaría rechazar. Y solo esperaba su plena manifestación. Más aún, la probó únicamente porque sabía que resistiría la prueba, y que saldría al fin como oro. Así nos mantiene a sus pies, y hasta parece rechazar nuestro clamor, para hacer brotar toda la hondura de nuestra confianza y de nuestro fervor. Otro propósito, también, tenía con ella. La estaba llevando a la muerte del yo y al sentido del pecado. Y cuando al fin ella estuvo dispuesta a aceptar el juicio de Él sobre sí misma, y a ocupar su lugar como una pobre pecadora sin valor, indigna de cualquiera de sus bendiciones, entonces pudo recibirlo todo. La fe es un descender tanto como un ascender, una muerte tanto como una vida. 3. Su gran fe consistió no solo en su persistencia, en insistir hasta el último momento en su importuna súplica, sino en su ingenio para hallar algún fundamento sobre el cual suplicar y reclamar la bendición. La fe es un proceso de lógica, un argumentar nuestra causa con Dios, y siempre está buscando algo en que apoyarse. Su corazón pareció apoyarse al principio en la gracia y el amor de Él, que de algún modo sentía instintivamente. Algo le decía que aquel rostro sereno y bondadoso no podía negársele. Pero aún no tenía palabra de Él. Una sola palabrita, un susurro, una leve concesión le bastaría. Pero Él no había dicho sino palabras duras e inevitables de exclusión, exclusión basada en los grandes principios y límites de su venida, principios que parecían hacer que fuera indebido que Él la ayudara. Al fin pronuncia una palabra que parece cerrar la puerta para siempre. No solo gentil, sino perra. No está bien. ¿Cómo puede ella salvar eso? ¡Maravilloso! Eso llega a ser el puente mismo por el cual cruza el Jordán. Perra: eso le da un lugar. Perra: pues bien, hasta una perra tiene algunos derechos. Ella reclamará los suyos. Solo una migaja. Lo que pide no es sino una migaja para Él, tan grande que poderosas obras de poder y de amor caen de sus dedos como bocados, ¡pero, oh, tanto para ella! Señor, lo acepto. Me echo a tus pies, a los pies de tus hijos; no pido su ración, sino esto que no es más que su sobra; esto que no les quitará nada; esto que aun ahora ellos, allá en Galilea, han tenido hasta la saciedad, tanto que han rehusado tomar más: esto reclamo humildemente para mí y para mi hija, y no puedes negármelo. 4. No. No pudo. Lleno de amor y de asombro, responde: «Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres.» Y quedó hecho el poderoso prodigio. «Como quieres.» Aquí, de nuevo, tenemos el mismo elemento de decisión, de voluntad fija y concentrada que es esencial a toda fe y acción fuertes. Era la misma voluntad, en forma negativa, que el «no te dejaré» que venció en Peniel dieciséis siglos antes; y estos dos casos, ambos por una liberación temporal, son cuadros gemelos de la fe que vence.

EL NIÑO ENDEMONIADO. Mateo 17:14.

Inmediatamente después de la Transfiguración, Jesús fue puesto cara a cara con el poder de Satanás en la forma de un caso de posesión demoníaca que había resistido a todos los discípulos. La causa de su fracaso fue su falta de fe, y la razón de su incredulidad fue su disputa por la ambición personal. Cuando Jesús llega a la multitud, reprende la incredulidad que percibe por todas partes, y luego llama a su presencia al padre y al niño. En el momento en que el padre comienza a hablar de las dificultades del caso, cae en un paroxismo de desaliento y clama: «Si puedes hacer algo, ten misericordia de nosotros, y ayúdanos.» Pero la respuesta del Señor pronto lo lleva a ver que no es cuestión del poder de Cristo, sino de su propia fe: «Si puedes creer, al que cree todo le es posible.» Al instante reconoce la tremenda responsabilidad que esto pone sobre él, y le hace frente: «Señor, creo; ayuda mi incredulidad.» Estas dos frases juntas —la gran palabra del Señor a él, y su palabra al Señor— están entre las más maravillosas enseñanzas de la Biblia acerca de la fe. La primera nos dice las posibilidades de la fe: todas las cosas, igual a la propia omnipotencia de Dios, pues el único otro a quien todo le es posible es Dios. La fe, en efecto, toma y usa su propia omnipotencia. La segunda define la posibilidad de la fe, es decir, ¿hasta dónde podemos creer? Ahora bien, muchos pasan la vida preguntándose si pueden creer. Otros, más sabiamente, como este hombre, ponen por obra el esfuerzo y extienden primero la mano, y luego se echan sobre Dios para que los sostenga y los lleve en ello. Si hubiera dicho «Señor, ayuda mi incredulidad» sin decir primero «Señor, creo», habría sido en vano. Si hubiera dicho «Señor, creo» y se hubiera detenido ahí, habría sido igualmente en vano, pues no habría sido sino su propia fuerza de voluntad. Puso por obra su voluntad, y luego dependió de Cristo para la fuerza. Esto es la fe. Todo viene de Cristo, y es, en verdad, su propia fe en nosotros, pero debe ser tomada por nosotros y usada con mano firme y resuelta. El poder sanador viene entonces, pero al principio parece solo empeorar las cosas, y provoca una resistencia tan desesperada de parte de Satanás que, en el conflicto, los espectadores tienen al niño por realmente muerto. Así, muchas veces, cuando Dios comienza a sanarnos, realmente parecemos empeorar, y el mundo nos dice que nos hemos destruido. Pero la muerte debe preceder a la vida, la demolición a la renovación. No temamos, sino confiemos en Aquel que sabe, y todo irá bien. Toma al niño de la mano, lo levanta, y el demonio lo ha dejado para siempre.

EL CIEGO DE BETSAIDA. Marcos 8:22.

1. Lo primero que Cristo hizo con este hombre fue tomarlo de la mano y sacarlo fuera de la aldea, apartándolo así de la multitud, dándole tiempo para pensar, y enseñándolo a caminar de la mano de Jesús y a confiar en Él en la oscuridad. Así nos toma primero a todos, y nos saca a solas con Él mismo, mucho antes de que miremos su rostro o sepamos que nos está guiando. 2. Luego comienza la obra de sanarlo con una simple unción, a modo de señal, poniendo sus manos sobre los ojos de él. El resultado es una sanidad parcial, pero distorsionada e insatisfactoria. Así querría enseñarnos que a veces nuestro progreso será parcial y por etapas sucesivas. Muchos nunca pasan de esta primera etapa. 3. Hay una tercera etapa —la vista perfecta— y viene de una sola causa: una mirada a Jesús. «Veo a los hombres», dijo la primera vez; y mientras solo veía hombres, nada veía con claridad. Pero la segunda vez el Señor le hizo «mirar hacia arriba», y entonces vio claramente. Aquella sola mirada a Jesús, aun a través de la niebla, hizo que todo quedara claro y entero.

EL CIEGO EN JERUSALÉN. Juan 9.

1. La cuestión del pecado en relación con la enfermedad recibe en este incidente una limitación muy importante. Cristo enseña a sus discípulos que hay casos de dolencia en los que no ha habido iniquidad especial más allá de la culpa común de todos los hombres, y en los que el mal ha sido permitido para dar ocasión a que Dios muestre su amor y su poder al restaurar. 2. En la sanidad de este hombre, el Señor usó de nuevo una simple señal. Le ungió los ojos con saliva y barro. Nadie dirá que esto pudiera tener efecto medicinal alguno para curar ojos ciegos de nacimiento. Era simplemente una señal de su toque. Luego lo envió a lavarse en el estanque de Siloé, y él vino viendo. Si se dijera que había alguna virtud en el barro, puede añadirse, con igual fuerza, que no recibió la vista hasta que el barro fue lavado en el estanque de Siloé. Este estanque era figura de Cristo, y del Espíritu Santo; Siloé era lo mismo que Siloh, y significaba el Enviado. El agua significaba el Espíritu Santo, también el Enviado del Padre y del Hijo. 3. El testimonio de este hombre, después, fue de lo más glorioso. Con aguda ironía, puso al descubierto las incoherencias de los escribas y fariseos que fueron a verlo por el asunto, y a sacar de él alguna prueba contra Cristo, que de nuevo había quebrantado el día de reposo con este acto de sanidad. Pero el humilde campesino fue más que rival para ellos, y la controversia que sigue es intensamente aguda e interesante. Al fin recurren a la fuerza grosera, y lo expulsan de la sinagoga. Pero él es un verdadero mártir; y poco después Jesús se le aparece de nuevo y le revela su verdadero carácter y su gloria, y el hombre se hace un amoroso discípulo.

EL CIEGO BARTIMEO Y SU COMPAÑERO. Lucas 18.

1. Había una honda percepción en el clamor de Bartimeo: «¡Hijo de David!» Jesús venía ahora a reclamar su trono, y el título por el cual había de ser conocido era «el Hijo de David». Era extraño que su propio pueblo fuera ciego a su derecho, y que un pobre ciego anciano fuera el primero en verlo. Así todavía los sabios son los ciegos; así todavía los ciegos ven. 2. Vemos una fe persistente. Clamó a gran voz; clamó tanto más cuando lo reprendían; clamó y arrojó sus vestidos, enseñándonos que debemos apartar del camino todo estorbo. Tenía una sola petición: su fe ferviente resumió toda su intensidad en una palabra: «Señor, que se abran mis ojos.» No puede haber fe fuerte sin deseo fuerte. La oración lánguida no tiene en sí motivo suficiente para subir hasta Dios. 3. Su sanidad fue sencilla y gloriosa. Hubo una pausa, un llamado, una pregunta, una respuesta ferviente; se pronuncia la palabra, queda hecha la obra: contempla la hermosa escena, los hombres a su alrededor, y el rostro del Señor. Y luego no mira más allá, sino que eleva sus gritos de alabanza, y sigue a Jesús en el camino.

LA HIGUERA SECA. Marcos 11:20.

Este es el único milagro de juicio de Cristo, y parecería una pobre fuente de fe y de consuelo. Pero Cristo hizo de él la ocasión de su más alta enseñanza acerca de la fe, y es, en verdad, un símbolo de la más honda y tierna operación de su gracia. El principio más grande de la Escritura es la salvación por destrucción, la vida por la muerte. La vida del mundo es la destrucción de Satanás, del pecado y de la muerte. La santificación del alma es el marchitarse de la vida natural. La sanidad del cuerpo es el golpe de muerte a la raíz de un maligno crecimiento de enfermedad. Hay cosas que necesitan el fuego de Dios y la santidad de Dios. Hay veces en que queremos algo más que misericordia y ternura, y todo el espíritu anhela el toque de la aguda espada que mata del todo la cosa inmunda que va aplastando nuestra vida y nuestra pureza. ¡Oh, cuán gloriosa es en tal hora la santidad consumidora del Dios vivo! Este es el sentido de la higuera seca. «Haréis esto que se ha hecho a la higuera», dice a sus discípulos. Sí, podemos pronunciar aquella poderosa palabra de fe, y he aquí que la carne se marchita y muere. Podemos pronunciarla otra vez, y he aquí que el árbol venenoso de la enfermedad se marchita, y comienza a secarse desde la raíz. Y aunque las hojas y las ramas conserven por un tiempo su forma y su color, sabemos que el golpe de muerte ha sido asestado en la raíz, y que la verdadera obra está hecha.

El secreto de todo es este: «Tened la fe de Dios.»

La lectura marginal está tan por encima del texto como el cielo está sobre la tierra. La fe de Dios es tan distinta de la fe en Dios como la fe de Cristo lo es de la de los discípulos que se afanaban con el niño endemoniado. Jesús quiere en verdad enseñarnos que nada menos que una fe como la suya hará estas cosas, y que podemos tenerla, y debemos tomarla.

EL COJO A LA PUERTA LA HERMOSA. Hechos 3:10.

El primer milagro del Espíritu Santo después de la ascensión de Cristo se distingue por el reconocimiento más enfático del nombre de Jesús como única fuente del poder con que se obra, y por el más claro repudio de todo poder o gloria humanos en él. Los apóstoles usan claramente ese nombre como su primera palabra al hombre, y cuando la gente se agolpa a su alrededor, y los gobernantes los citan ante sí, una y otra vez niegan tener parte alguna en ello, más allá de meramente representar el poderoso nombre y poder de Aquel que había sido crucificado por los hombres que tenían delante. No es ahora un Señor presente, sino ausente, representado por sus ministros y por su nombre.

De nuevo, la fe misma por la cual el milagro había sido obrado y recibido es tan claramente negada como algo que en sentido alguno fuera su propia fuerza de voluntad, o la del hombre, pues dicen claramente: «Sí, la fe que es por Él ha hecho estar sano a este hombre en presencia de todos vosotros.» De modo que tanto la fe como el poder son simplemente Jesús mismo, que obra y cree en nosotros.

De nuevo, el milagro mismo solo se valora como testimonio de Jesús, y como ocasión para difundir su palabra más amplia y eficazmente. No se detienen a maravillarse de él. No dejan que acapare su atención, sino que siguen tranquilamente adelante con su obra mayor: la predicación del evangelio. La sanidad de los enfermos es simplemente accesoria a la grande y entera obra del evangelio, y siempre debería ir asociada a ella. Pero el cojo era un argumento irrefutable a favor del evangelio, un verdadero contrafuerte en los muros de la joven Iglesia. «Viendo al hombre que había sido sanado en pie con Pedro y Juan, nada podían decir en contra.» Eso está muy bien. Todavía necesitamos tales testimonios. El mundo, el incrédulo y el diablo no pueden responderles. Hemos visto al más orgulloso incrédulo avergonzado por una pobre mujer que se levanta ante la gente que la conocía, y le cuenta cómo Dios la había sanado.

ENEAS EN LIDA. Hechos 9:34.

El milagro, por manos de Pedro, tiene los mismos rasgos. Primero, Pedro tiene sumo cuidado de reconocer únicamente el poder y el nombre del Maestro: «Eneas, Jesucristo te sana.» Pedro queda del todo fuera de vista, y siempre debe estarlo.

Luego, su efecto es traer los hombres a Dios; no ponerlos a maravillarse, sino ponerlos a arrepentirse. Todo Lida y Sarón lo vieron, y se volvieron al Señor. El verdadero efecto de un evangelio pleno, de poder y fuerza sobrenaturales, es siempre resultados espirituales, y la salvación de los hombres. Y por medio de estas poderosas señales y prodigios vendrá, nos dice Joel, el último gran derramamiento del Espíritu sobre el mundo, y el despertar de los hombres antes de la segunda venida del Señor.

EL COJO EN LISTRA. Hechos 14:10.

Este es uno de los casos de sanidad más instructivos de la Biblia.

1. Esta era una comunidad y un auditorio puramente paganos. No tenían prejuicios preconcebidos. 2. Pablo les predicó «el evangelio». Sin duda les habló de la obra sanadora y redentora de Jesús. 3. Mientras predicaba, percibió la luz de la fe y de la vida que irradiaba en el rostro de uno de sus oyentes más desvalidos. Podemos ver estas cosas en los hombres. Dios da a la mente espiritual instintos de discernimiento. 4. Es evidente que Pablo no habría seguido adelante si no hubiera «percibido» que este hombre tenía «fe para ser sanado». De nada sirve tratar de empujar hacia Cristo a hombres que no tienen manos para tocarlo. No fue la fe de Pablo la que sanó al hombre, sino la suya propia. 5. Pero había que ayudarlo a ponerla por obra. «¡Levántate sobre tus pies!», clama Pablo; y mientras el hombre se alza e intenta, de manera vacilante y torpe, mantenerse en pie, él clama «¡DERECHO!», pues este es el sentido de la palabra (véase la traducción de Young). No debe haber vacilación ni fe a medias. Un paso audaz como este debe llevarse a cabo con osadía. Y he aquí que el hombre responde a las valientes palabras, y ahora no solo se pone en pie, sino que comienza a saltar y a andar. Por las obras se perfecciona su fe. 6. El efecto del milagro y el espíritu humilde de Pablo no necesitan palabra adicional. Dios fue glorificado, y Pablo le dio a Él toda la gloria.

LA PROPIA EXPERIENCIA DE SANIDAD DE PABLO. Hechos 15:19; 2 Corintios 1 y 4.

No pasó mucho tiempo antes de que el gran apóstol tuviera ocasión de probar su propia fe. La gente exaltada primero lo adoró y luego lo apedreó; y, arrastrado fuera de la ciudad por una turba enfurecida por agitadores judíos, quedó por muerto en medio de la pequeña banda de discípulos. Pero ¿murió? No. «Mientras los discípulos lo rodeaban, se levantó en medio de ellos, y al día siguiente partió para Derbe, y allí predicó el evangelio.» ¿Podría haber algo más sencillamente sublime, o más sublimemente sencillo? Ni una palabra de explicación, ni siquiera una expresión de sorpresa, sino un tranquilo desafío al dolor, a la debilidad y a la muerte misma, y el seguir adelante con su obra en la fuerza del Señor.

En la segunda epístola a los corintios, en el capítulo cuarto, nos da el secreto de su fuerza: «Porque nosotros que vivimos, siempre estamos entregados a muerte por causa de Jesús» —esto fue lo que sucedió en Listra— «para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal.» Ese fue el secreto de la maravillosa restauración en Listra. En un versículo posterior nos lo da de nuevo: «Por tanto, no desmayamos; antes aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día.»

En el primer capítulo de la segunda a los corintios nos da otro ejemplo de su sanidad.

Fue una gran tribulación que le sobrevino en Asia, y lo abrumó fuera de medida, más allá de sus fuerzas, de modo que llegó a desesperar aun de la vida. Y, en efecto, cuando miraba a sí mismo, a su condición y a sus sentimientos, la única respuesta que podía obtener era la muerte.

Pero aun en aquella hora oscura tenía una confianza: la vida de Cristo, y «Dios que resucita a los muertos». Y esta confianza no fue vana. Él lo libró de la muerte, y desde entonces había estado librando constantemente a los apóstoles, y estaba seguro de que aún lo libraría hasta el fin. Y simplemente añade su agradecimiento a ellos por las oraciones que tanto lo habían ayudado y consolado, y que dieron ocasión a una acción de gracias tan amplia en su favor, para gloria y gracia de Dios.

LA EXPERIENCIA DE NUESTRO SALVADOR DE LA VIDA FÍSICA EN DIOS. Mateo 3.

Jesús mismo tuvo que aprender, y dejarnos, la gran lección de vivir físicamente no de la fuerza y el sostén naturales, sino de la vida de Dios. Este fue el sentido mismo de su primera tentación en el desierto. Estaba dirigida directamente a su cuerpo. Debilitado y agotado por la abstinencia, vino a Él el tentador y le sugirió que recurriera a los medios usuales de sustento y de fuerza, y que hiciera algún pan terrenal. El Señor le responde que la razón misma de su prueba y de su abstinencia es mostrar que la vida del hombre puede sostenerse sin pan terrenal, por la vida y la palabra de Dios mismo. Las palabras tienen un hondo significado cuando recordamos que están citadas de Deuteronomio, y se usan primero acerca del antiguo pueblo de Dios, a quien, dice, trató de enseñar esta misma lección: que «no solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios». Así que no es solo el Hijo del Hombre quien había de vivir de este modo como prueba especial de su poder divino, sino que la lección es para el hombre, y todos debemos aprender con Él a recibir nuestra vida, para el cuerpo tanto como para el alma, no por la exclusión del pan, sino «no solo de pan», sino también por la palabra de Dios. Esto es exactamente lo que nuestro Salvador quiso decir cuando, dos años después, dijo en la sinagoga de Capernaúm: «Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por mí».

Así aprendió nuestro Señor su lección física, rechazó el pan del diablo, y venció en su cuerpo por nosotros. Las dos tentaciones siguientes fueron dirigidas a su alma y a su espíritu, y fueron, de igual modo, vencidas. Y así llegó a ser para nosotros el autor y consumador de nuestra fe.

Tales son algunos de los testigos. «Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro una tan grande nube de testigos, dejemos todo peso y el pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, PUESTOS LOS OJOS EN JESÚS, EL AUTOR Y CONSUMADOR DE NUESTRA FE.»

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