El Evangelio de la sanidad
Principios de la sanidad divina

Capítulo 4 · 20 min de lectura

Principios de la sanidad divina

Hay ciertos principios que subyacen a todas las enseñanzas de las Sagradas Escrituras respecto a la sanidad; principios que es importante comprender y clasificar, y que, rectamente entendidos, resultan de gran ayuda para una fe inteligente.

1. LAS CAUSAS DE LA ENFERMEDAD y del sufrimiento se remontan claramente a la Caída y al estado pecaminoso del hombre. Si la enfermedad fuera parte de la constitución natural de las cosas, podríamos enfrentarla enteramente en el terreno natural y por medios naturales. Pero si es parte de la maldición del pecado, ha de tener su verdadero remedio en la gran Redención. Que la enfermedad es resultado de la Caída, y uno de los frutos del pecado, seguramente nadie puede ponerlo en duda. La muerte, se nos dice, pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron, y lo mayor incluye lo menor. Se la nombra entre las maldiciones de Deuteronomio, que Dios había de enviar por el pecado de Israel. Además, se la relaciona claramente con la agencia personal de Satanás. Él fue el instrumento directo del sufrimiento de Job, y nuestro Señor atribuyó definidamente las enfermedades de su tiempo al poder directo de aquel. Fue Satanás quien tuvo atada dieciocho años a la mujer paralítica; y fue la influencia demoníaca la que sujetaba y aplastaba los cuerpos y las almas de aquellos a quienes Él libró. Si la enfermedad es resultado de una agencia espiritual maligna, es evidentísimo que ha de ser enfrentada y contrarrestada por una fuerza espiritual superior, y no por un mero tratamiento natural.

Y, una vez más, en el supuesto de que la enfermedad sea una disciplina y un castigo divinos, es aún más evidente que su remoción ha de venir, no por medios mecánicos, sino por causas espirituales. Sería a la vez ridículo y vano que el brazo del hombre pretendiera arrebatar la vara del castigo de la mano del Padre por la fuerza o la habilidad físicas. La única manera de apartar su golpe es someter el espíritu con arrepentimiento a su voluntad, y buscar con humildad y fe su perdón y su alivio; de modo que, desde cualquier lado que miremos la enfermedad, se hace cada vez más evidente que su remedio ha de hallarse solo en Dios y en el Evangelio de su Redención.

2. Si la enfermedad es resultado de la Caída, podemos esperar que quede comprendida en las provisiones de la Redención, y naturalmente buscaríamos algún indicio de un remedio en LA DISPENSACIÓN PREPARATORIA que precedió al Evangelio. Y no quedamos defraudados. El gran principio de que el cuidado y la providencia de Dios abarcan las necesidades temporales y físicas de su pueblo tanto como las espirituales recorre todo el Antiguo Testamento. En todas las ordenanzas de Moisés se hace clara provisión para la sanidad divina. Y el cuadro profético del Libertador que había de venir es el de un gran Médico, además de un Rey glorioso y un Salvador lleno de gracia. La sanidad de Abimelec, María, Job, Naamán y Ezequías; el caso del leproso y de la serpiente de bronce, el estatuto en Mara, y las bendiciones y maldiciones en Ebal y Gerizim, la terrible reprensión de Asa, el Salmo ciento tres, y el capítulo cincuenta y tres de Isaías, dejan el testimonio del Antiguo Testamento claro y definido: que la redención del cuerpo era prerrogativa y designio divinos.

3. EL MINISTERIO PERSONAL DE JESUCRISTO es la siguiente gran etapa en el desarrollo de estos principios. Su propia vida fue un compendio completo del cristianismo; y de sus palabras y sus obras podemos sin duda deducir el gran propósito de la redención. ¿Y cuál fue el testimonio de su vida en cuanto a la sanidad del cuerpo? Recorría las ciudades de ellos sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. Sanaba a todos los que tenían necesidad de sanidad, para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías: «Él mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias». Ahora bien, cuando recordamos que esto no era un incidente ocasional, sino una parte principal de su ministerio; que con ello comenzó su obra, que lo continuó hasta el término de su vida; que lo hizo en toda ocasión posible y en la más variada suerte de casos, que lo hizo de corazón, de buena voluntad, y sin dejar duda ni cuestión alguna sobre su voluntad; que dijo claramente al leproso que dudaba: «Quiero», y que solo se entristecía cuando los hombres vacilaban en confiar plenamente en Él; y cuando comprendemos que en todo esto no hacía sino desplegar el verdadero propósito de su gran redención, y revelar su propio carácter y amor inmutables, y que nos ha asegurado claramente que Él es todavía «el mismo ayer, y hoy, y por los siglos», seguramente tenemos un gran principio sobre el cual descansar nuestra fe, tan seguro como la Roca de los Siglos.

4. Pero la redención halla su centro EN LA CRUZ de Jesucristo, y allí hemos de buscar el principio fundamental de la sanidad divina. Descansa sobre el sacrificio expiatorio del Señor Jesucristo. Esto se sigue necesariamente del primer principio que hemos expuesto. Si la enfermedad es resultado de la Caída, ha de quedar incluida en la expiación de Cristo, que alcanza «hasta donde se halla la maldición».

Pero, además, se declara con toda claridad en el capítulo cincuenta y tres de Isaías, como hemos visto: se dice de Él que llevó nuestras enfermedades y cargó nuestros dolores; la palabra «llevar» es la misma que se emplea para la expiación del pecado; la misma que se usa en otro lugar para describir el acto del macho cabrío expiatorio al llevarse lejos la culpa del pueblo, y la misma que se usa en ese mismo capítulo respecto a que Él «llevó el pecado de muchos». En el mismo sentido, pues, en que ha llevado lejos nuestros pecados, ha llevado también nuestras enfermedades. Y Pedro afirma asimismo que «Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero... por cuya herida fuisteis sanados». En su propio cuerpo ha llevado todas nuestras deudas corporales por el pecado, y nuestros cuerpos quedan libres. Aquel único y cruel «azote» suyo —pues la palabra está en singular— resumió en sí todos los dolores y las penas de un mundo doliente; y ya no hay necesidad de que suframos lo que Él ha llevado suficientemente. Así, nuestra sanidad viene a ser un gran derecho de redención, que sencillamente reclamamos como herencia comprada para nosotros por la sangre de su Cruz.

5. Pero hay algo aún más alto que la Cruz. Es LA RESURRECCIÓN de nuestro Señor. Allí el Evangelio de la Sanidad halla el manantial de la vida más profunda. La muerte de Cristo destruye la raíz de la enfermedad: el pecado. Pero es la vida de Jesús la que provee la fuente de salud y de vida para nuestros cuerpos redimidos. El cuerpo de Cristo es la fuente viva de toda nuestra fuerza vital. Aquel que salió de la tumba de José, con la nueva vida física de la resurrección, es la Cabeza de su pueblo para vida e inmortalidad. No para sí solo recibió el poder de una vida indestructible, sino como vida nuestra. Lo dio por cabeza sobre todas las cosas a su Iglesia, la cual es su cuerpo. Somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos. La sanidad que Cristo nos da no es nada menos que su propia nueva vida física, infundida en nuestro cuerpo desde su mismo corazón, y que nos introduce en comunión con su ser más íntimo. Aquel Resucitado y Ascendido es la fuente y la medida de nuestra fuerza y de nuestra vida. Comemos su carne y bebemos su sangre, y Él permanece en nosotros, y nosotros en Él. Como Él vivió en el Padre, así el que le come vivirá por Él. Este es el gran principio, el vital, el más precioso, de la sanidad física en el nombre de Jesús. Es la vida misma de Jesús manifestada en nuestra carne mortal.

6. De aquí se sigue que ha de ser enteramente UNA VIDA NUEVA. La Muerte y la Resurrección de Jesucristo han abierto un abismo tremendo entre el presente y el pasado de toda vida redimida. De aquí en adelante, si alguno está en Cristo, es UNA NUEVA CRIATURA. Las cosas viejas pasaron; TODAS SON HECHAS NUEVAS. La muerte de Jesús ha dado muerte a todo nuestro viejo yo. La vida de Jesús es el manantial de toda vida nueva. Esto es cierto de nuestra vida física. No es la restauración de la vieja fuerza natural a la vida. No es la reconstrucción de nuestra antigua constitución. Es el soltar todas las viejas dependencias. Es, a menudo, el desfallecimiento y la ruina de toda nuestra fuerza natural. Es una fuerza que «de debilidad es hecha fuerte», que no cuenta con recurso alguno para empezar; que, a semejanza de la creación, es hecha de la nada; que, a semejanza de la resurrección, sale de la tumba oscura y de la extinción de todo auxilio y toda esperanza anteriores. Este principio es de inmensa importancia en la experiencia práctica de la sanidad. Mientras la busquemos en la vieja vida natural, quedaremos defraudados. Pero cuando dejamos de poner confianza en la carne, y miramos únicamente a Cristo y a su vida sobrenatural en nosotros para nuestra fuerza de cuerpo tanto como de espíritu, hallaremos que todo lo podemos en Cristo que nos fortalece.

7. De aquí se sigue que la redención física que Cristo trae NO ES MERAMENTE SANIDAD, SINO TAMBIÉN VIDA. No es el reajuste de nuestra vida sobre la vieja base, dejándola en adelante marchar como una máquina en el plano natural, sino la infusión de una nueva clase de vida y de fuerza. Por tanto, está tan plenamente al alcance de las personas sanas como de las enfermas. Es sencillamente una clase de vida más alta, la conversión del agua de la vida en el vino celestial de Él. Por eso, también ha de conservarse permaneciendo constantemente en Él, y recibiendo de Él. No es un depósito permanente, sino una dependencia diaria, una renovación del hombre interior día tras día, una fuerza que solo viene a medida que la necesitamos, y que continúa únicamente mientras moramos en Él. Una VIDA así es cosa muy sagrada. Da una santidad peculiar a cada mirada, cada tono, cada acto, cada órgano y cada movimiento del cuerpo. Vivimos de la vida de Dios, y hemos de vivir como Él y para Él. Un cuerpo así vivificado por lo divino añade fuerza multiplicada por diez al alma, y a todo el servicio de la vida cristiana. Las palabras dichas en esta energía divina, las obras hechas por medio de la vida misma de Dios, quedarán revestidas de una eficacia positiva que forzosamente hará sentir a los hombres que el cuerpo, tanto como el espíritu, es en verdad el Templo mismo del Espíritu Santo.

8. El gran agente que trae esta nueva vida a nuestra vida es EL ESPÍRITU SANTO. La obra redentora de Jesús no puede completarse sin su bendito ministerio. No como una presencia física visible sale ahora este Jesús de Nazaret al encuentro del enfermo, del cojo y del ciego, sino por una manifestación espiritual. Tiene todo el antiguo poder físico, y produce sobre el cuerpo doliente todos los antiguos resultados, pero el acercamiento es espiritual, no físico. La presencia ha de ser traída a nuestra conciencia; el contacto de nuestra necesidad con su vida ha de venir por medio del Espíritu Santo. Así lo hubo de aprender María en el instante mismo de la resurrección: «No me toques, que aún subo». De este modo, en adelante, había de conocerlo como el Ascendido. Así también Pablo había dejado de conocer a Cristo Jesús según la carne. Por eso hubo Él de precaver a los discípulos en Capernaúm, donde, hablando del Pan Vivo —la Fuente de la sanidad—, añade: «¿Pues qué, si viereis al Hijo del Hombre subir adonde estaba primero? El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha». Esta es la razón por la cual muchos hallan difícil encontrarse con el Sanador. No conocen al Espíritu Santo. No conocen a Dios espiritualmente. El sol de los cielos no sería más que una fría y deslumbrante bola de hielo si no fuera por la atmósfera que nos trae su calor y su luz y los difunde por nuestro mundo. Y la vida y el amor de Cristo no pueden llegar hasta nosotros sin el Espíritu intermediario, la Luz, la Atmósfera, el Medio divino que trae y derrama su vida y su luz, su amor y su Presencia en nuestro ser, tomando las cosas de Jesús y mostrándonoslas, extrayendo la esencia misma de su vida y de su cuerpo, y difundiéndola dulcemente por cada vaso, nervio, órgano y función de nuestro ser. Sí, Él es el gran Vivificador. Fue por el Espíritu Santo que Jesús echó fuera demonios en la tierra; y ahora, si el Espíritu de aquel que levantó a Jesús de los muertos mora en nosotros, el que levantó a Cristo de los muertos también vivificará nuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en nosotros.

9. Esta nueva vida ha de venir, como todas las bendiciones de la redención de Cristo, como la GRACIA GRATUITA DE DIOS, SIN OBRAS, Y SIN DISTINCIÓN DE MÉRITO NI ACEPCIÓN DE PERSONAS.

Todo lo que viene por medio de Cristo ha de venir como gracia. No puede haber obras mezcladas con la fe que justifica, salvo aquellas que vienen después de la justificación, y como frutos suyos. Cualesquiera otras son obras muertas, y funestas para nuestra salvación. Del mismo modo, nuestra sanidad ha de ser enteramente de Dios, o no ser de gracia en absoluto. Si Cristo sana, ha de hacerlo Él solo. Este principio debería zanjar para siempre la cuestión del uso de medios junto con la fe para la sanidad. Lo natural y lo espiritual, lo terrenal y lo celestial, las obras del hombre y la gracia de Dios, no pueden mezclarse, como tampoco podría uno pretender uncir una tortuga a una locomotora, o hacer un gran cable submarino en parte de hierro y en parte de cáñamo. No pueden obrar juntos. Los dones del Evangelio son dones soberanos. Dios puede hacer Él mismo por nosotros las cosas más difíciles. Pero no puede ayudar a nuestra suficiencia propia a hacer las más fáciles. Un caso desesperado es, por tanto, mucho más esperanzador que aquel en que pensamos que podemos hacer algo por nosotros mismos. Hemos de «aventurarnos en Él, aventurarnos por entero, sin dejar que se entrometa otra confianza».

Si la sanidad ha de buscarse por medios naturales, obtengamos todos los mejores resultados de la pericia y la experiencia. Pero si ha de ser por el nombre de Jesús, ha de ser por gracia solamente.

Se sigue también, en la misma línea, que si es parte del Evangelio y un don de Cristo, ha de ser un don imparcial, limitado únicamente por el gran «todo aquel» del Evangelio. No es un don especial de favoritismo selectivo, sino una grande y común herencia de fe y obediencia. Es: «Y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente». Cierto es que todos los que vengan han de ajustarse a las sencillas condiciones de la fe obediente; pero estas son imparciales, sin acepción de personas, y están al alcance de todos.

10. La sencilla condición de esta gran Bendición —igual que la condición de todas las bendiciones del Evangelio— es FE SIN VISTA. La gracia sin obras y la fe sin vista han de ir siempre juntas como principios gemelos del glorioso Evangelio. Lo único que Dios pide de todos los que han de recibir su gracia es que confíen en su sencilla palabra allí donde no tienen otra cosa sino su palabra en que confiar. Pero esta ha de ser confianza verdadera. Ha de creer y no dudar. Si la palabra de Dios es verdadera en algo, lo es absoluta y enteramente. Basta un grano muy pequeño de mostaza, que con sus raíces vivas hendirá las grandes rocas y montañas, pero ha de ser un grano entero. El grano ha de estar íntegro. Una pequeña incisión matará su vida. Y una sola duda destruirá la eficacia de la fe; por eso ha de comenzar en el alma, tomando a Dios pura y sencillamente por su palabra. Una fe que va a esperar señales y evidencias nunca será fuerte. Las plantas que empiezan apoyándose serán siempre frágiles y necesitarán un enrejado. En verdad, la fe que descansa en el ver no es fe. Bienaventurados los que no vieron, y creyeron. Abraham hubo de creer a Dios y tomar el nuevo nombre de fe y de paternidad antes de que hubiera indicio alguno de probabilidad, y cuando, en efecto, toda señal natural lo contradecía y lo desmentía. Es hermoso notar la forma de expresión en Génesis 17. Primero se le dice: «Serás padre de muchedumbre de gentes». Luego viene el cambio del nombre de Abraham, que era la profesión de su fe, y el reconocimiento, ante un mundo que se burlaba, de que había creído a Dios. Después sigue la siguiente palabra de Dios. Pero ¡cuán maravilloso! El tiempo verbal ha cambiado por completo. Ya no es una promesa, sino un hecho consumado: «TE HE PUESTO por padre de muchedumbre de gentes». Está hecho. La fe ha convertido el futuro en pasado, y ahora Dios llama las cosas que no son, como si fuesen. Así hemos de creer nosotros, y recibir la vida sanadora de Jesús y todas las bendiciones del Evangelio.

11. ¿Hay algún principio que envuelva LA OBLIGACIÓN de la fe en cuanto a la sanidad del cuerpo? ¿Es cosa optativa para nosotros cómo hemos de ser sanados, y si hemos de confiar en Dios o mirar al hombre? ¿Es «una ordenanza y un estatuto» para nosotros, y una cuestión de simple obediencia? ¿Es su gran prerrogativa disponer de los cuerpos que ha redimido, y una impertinencia que el hombre —y el hombre no santificado— los manipule, e igual impertinencia que nosotros escojamos alguna otra vía que la suya? ¿Es el Evangelio de la salvación un mandamiento tanto como una promesa, y es el Evangelio de la sanidad de igual autoridad? ¿Ha querido Él legislar acerca del modo en que ha de tratarse la plaga que ha entrado en su mundo, y tenemos nosotros algún derecho a inmiscuirnos en sus grandes Leyes de Salud? ¿Ha provisto Él, a un costo enorme, un remedio para sus hijos como parte de su redención, y es celoso de la honra y de los derechos del Nombre de su amado Hijo en este asunto? ¿Reclama ser el dueño de los cuerpos de sus hijos, y reclama el derecho de cuidar de ellos? ¿Nos ha dejado una gran prescripción para la enfermedad, y es todo otro camino no autorizado, desobediente y por nuestra propia cuenta y riesgo? Seguramente estas preguntas se responden por sí solas, y no dejan sino un solo camino abierto a todo hijo de Dios sencillo y obediente.

12. El orden del trato de Dios con nuestras almas y nuestros cuerpos está regulado por ciertos principios fijos.

A. Él obra de adentro hacia afuera, comenzando por nuestra naturaleza espiritual y difundiendo luego su vida y su poder por todo nuestro ser físico. Muchas personas vienen a Dios en busca de sanidad cuya vida espiritual es del todo defectuosa y errada. Dios no rehúsa la sanidad, pero comienza en lo profundo del alma, y cuando esta está preparada para recibir su vida, puede empezar a sanar el cuerpo.

B. Hay un paralelo constante entre el estado del alma y el del cuerpo. Juan ora que Gayo «tenga salud y sea prosperado, así como prospera su alma». Una pequeña nube de pecado sobre el corazón dejará una sombra sobre el cerebro y los nervios, y una presión sobre todo el organismo. Un soplo malicioso de mal espiritual envenenará la sangre y deprimirá todo el sistema. Y un espíritu claro, sereno y confiado traerá vigor a toda la vida física, y abrirá el paso a las plenas y fuertes pulsaciones de la vida propia del Señor en nosotros.

C. De aquí también que la sanidad sea a menudo gradual en su desarrollo, a medida que la vida espiritual crece y la fe se aferra con más firmeza a Cristo. El principio de la vida divina, como el de la natural, es: «primero hierba, luego espiga, después grano lleno en la espiga. Siempre ha de haber mucha obra preliminar. La semilla ha de ser plantada y morir». «El tallo ha de levantarse y hacerse bastante fuerte para sostener su pesado fruto. Muchas personas quieren la espiga de trigo cuando la hierba aún está tierna. Ahora solo nos abrumaría con su peso. Hemos de tener una fuerza honda y serena para sostener nuestra bendición más alta. A veces esta preparación queda toda completada de antemano. Entonces Dios puede obrar con gran rapidez. Pero en cada caso Él conoce el orden y el proceso mejor adaptados al desarrollo de todo el hombre, que es siempre su gran fin en todas sus obras en nosotros».

13. Las Limitaciones de la Sanidad están también fijadas por ciertos principios.

A. No es la vida inmortal. ¿Por qué habrían de morir jamás las personas, si Cristo siempre sana? Porque la fe solo puede llegar hasta donde llega la promesa de Dios, y Dios en ninguna parte ha prometido que nunca hayamos de morir durante esta Dispensación. La promesa es plenitud de vida, de salud y de fuerza hasta la medida de nuestra vida natural, y hasta que nuestra obra en la vida esté cumplida. Cierto es que es la vida de la resurrección la que tenemos; pero no la totalidad de ella, sino solo las primicias. Hablando de nuestra vida inmortal en 2 Corintios 5, el Apóstol dice: «Mas el que nos hizo para esto mismo es Dios, quien nos ha dado las arras del Espíritu». Es decir, así como nuestras arras eran un puñado del suelo mismo de la heredad comprada, pero solo un puñado, así Dios nos ha dado ahora, por su Espíritu, en nuestra nueva vida física, un puñado de la vida misma de la resurrección. Pero es solo un puñado, y la plenitud no vendrá hasta su venida. Mas ese puñado vale cien veces todo el suelo de la tierra y toda la vida natural.

B. La siguiente limitación se refiere a la medida y al grado en que podemos esperar esta vida en nuestro estado presente. ¿Tendremos fuerza para toda suerte de proezas sobrenaturales y de esfuerzos extraordinarios? Tenemos la promesa de fuerza suficiente para toda la voluntad de Dios y todo el servicio de Cristo. Pero no tendremos fuerza para el mero alarde, y ciertamente ninguna para malgastar en la temeridad, o gastar en el egoísmo y el pecado. Dentro de los límites de la obra que Dios nos ha señalado —y estos límites pueden ser muy amplios, mucho más amplios que cualquier mera fuerza natural—, todo lo podemos en Cristo que nos fortalece, y podemos emprender sin temor toda labor, toda abnegación y toda dificultad frente a la intemperie, la debilidad, las condiciones malsanas del clima, y las más absorbentes demandas sobre nuestra fuerza y nuestro tiempo, allí donde Cristo claramente nos guía y nos llama; y tendremos su poder protector, y hallaremos que «poderoso es Dios para hacer que abunde en nosotros toda gracia, a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo suficiente, abundemos para toda buena obra». Pero toquemos la tierra prohibida, salgamos de ese círculo sagrado de su voluntad, o gastemos nuestra fuerza en el yo o en el pecado, y nuestra vida se marchitará, como la calabacera de Jonás y el brazo de Sansón. Sí, ha de ser verdad en nuestra vida; toda verdad, sin que falte una sola parte: «Porque de Él, y por Él, y para Él, son todas las cosas. A Él sea la gloria por los siglos. Amén».

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