El Evangelio de la sanidad
Objeciones populares

Capítulo 3 · 24 min de lectura

Objeciones populares

Nos referiremos ahora a algunas de las objeciones más contundentes contra las buenas nuevas de que Aquel «que perdona todas nuestras iniquidades», «tan verdadera y tan plenamente también sana todas nuestras dolencias».

1. La era de los milagros ha pasado: esto se da comúnmente por sentado como un axioma, y casi se cita como si fuera un texto bíblico. En respuesta, preguntémonos: ¿en qué era nos hallamos? Ha habido, y habrá, diversas eras y dispensaciones, a saber: la paradísiaca, la antediluviana, la patriarcal, la mosaica, la cristiana, la milenaria y la eterna. No estamos en la patriarcal ni en la mosaica, no estamos en la milenaria; debemos, por tanto, hallarnos en la cristiana. Pero quizá haya dos o tres eras cristianas: una para Cristo y sus apóstoles, y otra para nosotros. Y, sin embargo, Pablo dice que vivió en «estos postreros días». Habla de los hombres de su generación como aquellos sobre quienes «han llegado los fines de los siglos». Y Pedro, en su sermón del día de Pentecostés, reclama para su tiempo una profecía de Joel acerca de los postreros días. Debemos, pues, hallarnos en la era de Cristo y del cristianismo; y si aquella no fue la era de los milagros, ¿cuál lo es entonces? Pero quizá había de mediar un gran abismo entre los primeros y los últimos períodos de esta era. Quizá solo había de comenzar con manifestaciones especiales del poder divino, para luego atenuarse hasta caer en la sobria vulgaridad. ¿Por qué, entonces, habría de decir Joel que el señalado derramamiento del Espíritu Santo sería «en los postreros días», y que los dones especiales del Espíritu sobre las siervas y los siervos, y las señales y prodigios sobrenaturales tanto en la tierra como en el cielo, serían de manera particular «antes que venga aquel día grande y terrible de Jehová», esto es, hacia el fin de la era cristiana, y antes del Advenimiento? ¿Por qué también habría de insistir Pablo con tanta fuerza, en 1 Corintios 12, en que la Iglesia de Cristo es un solo cuerpo, no dos, y en que los dones de cada parte pertenecen al todo? Si existiera una diferencia esencial entre la era apostólica y la posterior, entonces la Iglesia no sería un solo cuerpo, sino dos; entonces los dones de aquellos miembros no fluirían hacia los nuestros; entonces la gloriosa figura y el poderoso razonamiento de aquel capítulo serían falsos y engañosos. Si somos el mismo cuerpo, tenemos la misma vida y el mismo poder.

¿Qué hacía a los apóstoles más poderosos que los hombres comunes? No era su compañía con Jesús; era el don del Espíritu Santo. ¿No lo tenemos nosotros también? ¿Y no exaltamos a los hombres y menospreciamos al Espíritu que los hizo lo que fueron, cuando hablamos de su poder como algo excepcional y pasajero? Funciones peculiares y excepcionales tuvieron, en verdad, como testigos de la resurrección de Cristo y organizadores de la Iglesia en la tierra; pero, para mostrar a los hombres que los dones milagrosos de la Iglesia no se limitaban a ellos, tales dones se distinguen expresamente del apostolado en 1 Corintios 12. Fueron conferidos en grado preeminente a Esteban, a Felipe y a otros que no eran apóstoles en absoluto, y fueron encomendados por Santiago al gobierno ordinario y permanente de los ancianos de la Iglesia. Más aún, el amado Maestro nunca contempló ni propuso abismo alguno postapostólico de impotencia y fracaso. La incredulidad y el pecado del hombre lo han abierto. La propia corrupción de la Iglesia lo ha causado. Pero Él nunca lo deseó ni dispuso para ello. Situado a medio camino entre la tierra y el cielo, y mirando hacia el siglo diecinueve con un amor tan tierno, y una gracia tan plena y potente como la que ejerció con los primeros, y hablando en tiempo presente, como si todos estuviéramos igualmente cerca de Aquel que nunca habría de separarse de nosotros, dijo: «Toda potestad me es dada en el CIELO Y EN LA TIERRA, y he aquí, YO ESTOY con vosotros TODOS LOS DÍAS, hasta el fin de la ERA» (griego). Había de ser una sola era, no dos, y su plena potestad jamás fue retirada. Él había de ser un perpetuo SOY, y estar tan cerca al final como al principio. De hecho, la obra que habíamos de realizar no sería sino el complemento de la suya; más aún, su propia obra, pues Lucas dice: «comenzó a hacer y a enseñar». Por tanto, Él debe de estar aún terminando su obra. Y esto es precisamente lo que Él mismo dijo que sería nuestra obra: «El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también (es decir, serán obra de Cristo y nuestra, en sociedad), y en nada quedarán disminuidas por su aparente ausencia; porque “mayores obras hará, porque yo voy a mi Padre”».

Y, en efecto, mientras la Iglesia antigua conservó, aun en medida limitada, la fe y la santidad de los primeros días, las mismas obras se hallaron de manera uniforme. En los siglos segundo, tercero y cuarto, padres tan célebres como Ireneo y Tertuliano dan testimonio de la abundancia de muchos milagros indudables de sanidad, e incluso de la resurrección de muertos en el nombre de Jesús. Y aun en el siglo quinto, sucesos sobrenaturales, en el caso de numerosos hombres y mujeres bien conocidos y todavía vivos, son atestiguados por autoridades tan elevadas como Procopio y Justiniano, con evidencia tan fuerte que el sobrio editor de Mosheim declara que quien pretendiera dudarlo habría de estar dispuesto a poner en tela de juicio todos los hechos de la historia. La era de los milagros no ha pasado. La Palabra de Dios nunca dio indicio alguno de tal cosa. Al contrario, han de estar entre las señales del día postrero; y el adversario mismo habrá de falsificarlos, y enviará al fin los espíritus de demonios que hacen prodigios a los reyes de la tierra. De modo que la única defensa contra los falsos milagros serán los verdaderos. Estamos en la era de los milagros, la era de Cristo, la era que se extiende entre dos Advenimientos, y bajo la mirada de una incesante Presencia divina; la era del poder, la era que, por encima de todas las demás edades del tiempo, debería estar intensamente viva.

2. Se dice que los mismos resultados que se atribuyen a la fe en la sanidad de la enfermedad acompañan también a las prácticas del espiritismo, el magnetismo animal, la clarividencia, etc. No negaremos que, si bien algunas de las manifestaciones del espiritismo son indudables fraudes, hay muchas que son incuestionablemente sobrenaturales, y son producidas por fuerzas para las que la ciencia física no tiene explicación. De nada sirve pretender hacer frente a este espantoso monstruo del ESPIRITISMO —en el cual, como dice Joseph Cook, está, quizá, el gran SI de nuestro futuro inmediato en Inglaterra y América— con la apresurada y superficial negación de los hechos, o con su explicación como trucos de prestidigitación. A menudo son, sin duda, reales y sobrehumanos. Son «espíritus de demonios que hacen señales», que reúnen a los hombres para el Armagedón. Son las fuerzas resucitadas de los magos egipcios, los oráculos griegos, los arúspices romanos y los hechiceros de los indios. No son divinas, son menos que omnipotentes, pero son más que humanas. Nuestro Señor nos ha advertido expresamente de ellas, y nos ha dicho que las probemos, no por su poder, sino por sus frutos, por su santidad, su humildad y su homenaje al nombre de Jesús y a la Palabra de Dios; y su existencia misma hace más imperativo que seamos capaces de oponerles —como la vara de Moisés que se tragó a los magos, y al fin silenció su poder limitado— las fuerzas vivas de un cristianismo santo, tanto en el mundo físico como en el espiritual.

3. Los milagros de Cristo y de sus apóstoles fueron destinados a establecer los hechos y las doctrinas del cristianismo; no necesitamos que continúen. ¿Por qué, entonces, los críticos ponen en duda la existencia de esos hechos y la credibilidad de esos escritos? ¿Cómo han de conocer los habitantes de tierras nuevas la divinidad de estos oráculos? ¿Qué acceso tienen ellos, o en verdad las grandes masas de hombres en todas partes, a los archivos de la erudición o a los manuscritos de la Biblia? Más aún, cada generación necesita un Cristo vivo, y toda comunidad nueva necesita «estas señales que siguen», para confirmar la palabra. Y a veces hemos visto al agnóstico plausible y persistente, a quien ninguna razón podía satisfacer, silenciado y confundido al ser puesto cara a cara con alguna mujer humilde e iletrada, cuando ella le contaba con ferviente sinceridad —que él sentía en lo profundo de su corazón— que había sido levantada de una impotencia de toda la vida únicamente por la palabra y el nombre de Jesús. Hasta que Él venga otra vez, el mundo nunca dejará de necesitar el toque de su poder y su presencia, «testificando Dios juntamente con ellos, con señales y prodigios, y con dones del Espíritu Santo según su propia voluntad».

Existe también un error corriente acerca del pleno propósito de los milagros de Cristo, que les quita la mitad de su hermosura y valor. Se los considera única y principalmente como testimonios especiales del poder y la divinidad de Cristo. Pero si esto hubiera sido todo, unos pocos casos especiales y señalados habrían bastado. No habría, entonces, sanado a los millares que a diario lo apretujaban. Pero se nos dice, al contrario, que no fueron aislados y ocasionales, sino numerosos y casi universales. Se nos dice que «sanó a todos los que tenían necesidad de curación, y a todos los enfermos, no tanto como prueba de su poder, sino para mostrar aquello que ahora deseaba que ellos conocieran —su amor sin límites—, para cumplir el antiguo cuadro profético del bendito Cristo, y para que se cumpliese lo que fue dicho por el profeta Isaías: “Él mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias”». Pero si le era necesario cumplir aquel carácter entonces, otro tanto lo es todavía; tan necesario aún que jamás deje de ser fiel al cuadro que Dios trazó de Él, y que Él trazó de sí mismo. Si esto no fuera verdad todavía para nosotros, entonces «Jesucristo» NO «es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos». Si esto no fuera aún verdad para nosotros, entonces —quizá— las demás promesas de la Escritura tampoco lo son, y Él no ha llevado nuestros pecados más de lo que ha llevado nuestra enfermedad y nuestro sufrimiento. Más aún, «su corazón es todavía el mismo:—

«Pariente, Amigo y Hermano Mayor, es su nombre eterno; Tú eres para mí el Todo en todo, oh Viviente de Betania».

4. Una objeción común se plantea de esta manera: la última promesa de Cristo en Marcos abarca mucho más que la sanidad; pero si reclamas una, debes reclamarlas todas. Si esperas la sanidad de los enfermos, debes incluir también el don de lenguas y el poder de vencer venenos malignos; y si el don de lenguas ha cesado, del mismo modo ha cesado el poder sobre la enfermedad. Aceptamos de buen grado la severa lógica; no podemos permitirnos renunciar a ninguna de las promesas. Confesamos nuestra fe en la presencia del Sanador en todos los carismas de la Iglesia pentecostal. No vemos razón alguna por la que un humilde siervo de Cristo, ocupado en la obra del Maestro, no pueda reclamar con fe sencilla el poder de resistir la malaria y otros venenos y peligros malignos; y creemos que el don de lenguas solo fue retirado de la Iglesia primitiva porque se abusó de él para vana ostentación, o porque se hizo innecesario para el uso práctico, a causa de la rápida evangelización del mundo; y se repetirá tan pronto como la Iglesia lo reclame con humildad para la difusión universal del Evangelio. En verdad, no faltan hoy ejemplos de su aparente restauración en las labores misioneras, tanto en la India como en África.

5. Quizá ninguna objeción se esgrime con más fuerza que la de la gloria que redunda para Dios de nuestra sumisión a su voluntad en la enfermedad, y los felices resultados de la aflicción santificada. Pues bien, si quienes proponen y dicen practicar esta idea aceptaran de veras su enfermedad, y permanecieran pasivos bajo ella, al menos serían coherentes. Pero ¿acaso no mandan llamar al médico, y hacen cuanto pueden por salir de esta dulce voluntad de Dios? ¿Es esto someterse mansamente a la aflicción? ¿Y no llega, por lo común, la sumisión cuando ya se sabe que el desenlace es inevitable? No negamos los felices resultados de muchos casos de dolorosa enfermedad en apartar el alma de algún camino prohibido y conducirla a experiencias más profundas de Dios; ni ponemos en duda la profunda y ferviente piedad, y el adelanto espiritual, de muchos inválidos que no pueden confiar en Dios para la sanidad; pero estamos seguros de que existe una inmensa cantidad de malentendidos vagos y ajenos a la Escritura respecto a los principios de la disciplina cristiana. No creemos que Dios castigue a un hijo obediente simplemente para hacerlo bueno. «Por esta causa hay muchos débiles y enfermos entre vosotros, y muchos duermen; porque si nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados». He aquí una ley definida e inmutable en el trato de Dios con sus amados hijos. Cuando nos juzgamos a nosotros mismos, no seremos juzgados. Mientras escuchamos y obedecemos, Él «no pondrá sobre nosotros ninguna de las enfermedades que puso sobre los egipcios». El estado normal que Él dispone para sus hijos fieles es la salud del cuerpo, del alma y del espíritu (1 Tesalonicenses 5:23). Su propia oración por ellos es que tengan salud y sean prosperados, así como prospera su alma. Su voluntad para ellos es que obren en estas cosas conforme a su palabra. Es siempre «el beneplácito de su bondad», y «aquella buena voluntad de Dios, agradable y perfecta». «Muchas» son, es verdad, «las aflicciones del justo»; pero también es verdad que «de todas ellas lo librará Jehová. Él guarda todos sus huesos; ni uno de ellos será quebrantado». Y entre la «aflicción» y la enfermedad conviene recordar bien que hay una distinción muy clara. En Mara, los hijos de Israel tuvieron que beber agua amarga, y esta solo fue endulzada, no quitada; así como muchas pruebas son santificadas y bendecidas. Pero fue allí mismo donde Él estableció un estatuto y una ordenanza de sanidad, y les dijo que si le obedecían no enfermarían, y que Él sería su Sanador constante, mostrándoles así que Mara no era enfermedad. Y en exacto paralelo, Santiago nos dice, en el versículo 13: «¿Está alguno entre vosotros afligido? Haga oración»; es decir, por gracia y fortaleza. Pero: «¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia», y sea sanado. La aflicción es «padecer juntamente con Cristo»; y Él no estuvo enfermo. «En el mundo tendréis aflicción»; pero tanto más necesitamos un corazón sano y fuerte, para soportar y vencer.

6. Se objeta que es presuntuoso reclamar la sanidad de la enfermedad de manera absoluta, y que el modelo de toda verdadera oración son las palabras de Cristo en el huerto: «Si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú quieras». Sí, pero han olvidado que Él sabía que no era posible que esa copa pasara; que en este caso pedía algo para lo cual, por decir lo menos, no tenía promesa ni garantía, y que rechazó al instante, diciendo: «Sálvame de esta hora; mas para esto he llegado a esta hora. Padre, glorifica tu nombre». Ciertamente, en tales circunstancias, cuando la extrema angustia nos mueve a pedir algo para lo cual no tenemos garantía clara, promesa ni indicación favorable de la voluntad divina, siempre debemos remitir el asunto al arbitrio de esa voluntad desconocida. Pero cuando sabemos, por su propia palabra, que una bendición está conforme a su voluntad, que ha sido provista, comprada y prometida, ¿no es acaso evasivo, poco franco, falso, y en verdad una afectación, acudir a Él con duda e incertidumbre, o revestir nuestras peticiones con el lenguaje de la ambigüedad? ¿No es muy semejante a que un hijo en la universidad siguiera escribiéndote y pidiéndote permiso para cosas sobre las cuales ya le habías dado las instrucciones más completas en tu primera carta? ¿Oró así Cristo cuando pidió cosas que sabía conformes a la voluntad de Dios? ¿No nos es tan lícito imitarlo en una oración como en otra, en Betania igual que en Getsemaní? Y allí, ¿qué dijo? «Padre, yo sé que siempre me oyes», y de nuevo: «Padre, quiero que ellos estén conmigo». En su nombre, ¿no podemos orar tal como Él, allí donde su voluntad se ha dado a conocer claramente? «Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid TODO LO QUE QUERÉIS, y os será hecho». ¿Oramos acaso con vaguedad cuando pedimos perdón? Lo tomamos y lo reclamamos, y siendo fuertes en la fe, así glorificamos a Dios de la manera más eficaz.

7. Se nos dice que hay muchos casos de fracaso; y a Pablo y sus compañeros se los enumera en primer lugar. El inevitable aguijón de Pablo se guarda como una preciosa reliquia para atormentar a los cristianos que dudan; y a Trófimo y a Epafrodito se los arrastra sobre sus lechos para animar al paciente dispuesto en el hospital del Castillo de la Duda. En cuanto al aguijón de Pablo, debemos decir, primero: es muy incierto que fuese una enfermedad; era un mensajero de Satanás que lo abofeteaba, es decir, alguna humillación —quizá la tartamudez—. Segundo: fue de tal modo sanado, y más que sanado, fuera lo que fuese, que hizo reposar sobre él el poder de Cristo con tanta fuerza que quedó abundantemente capacitado para todas sus labores y deberes, y anhelaba más provocaciones de bendición como aquella. Y quien logra ver en esto a un débil inválido apartado del trabajo, padece de estrabismo espiritual. Tercero: antes de que alguien pueda pretender que su enfermedad es una visitación celestial como la de Pablo, para impedir que se exalte desmedidamente, tendría que haber subido con él al tercer cielo y oído cosas que al hombre no le es lícito expresar. Y cuarto: Pablo sí nos da en otro lugar el relato de su sanidad (2 Corintios 1:10); y fue, sin lugar a dudas, por la oración de fe y la poderosa confianza en Dios que resucita a los muertos. En cuanto a Epafrodito, fue sanado por la misericordia de Dios. Trófimo, sin duda, también lo fue, aunque hubo de retrasarse. La sanidad, aun por la fe, no siempre es instantánea. Hay «milagros» y «dones de sanidades»: los unos súbitos y estupendos, los otros sencillos y probablemente graduales. Que Trófimo fuera él mismo el culpable de su enfermedad o de la lentitud de su fe no es de extrañar; y que solo haya dos casos semejantes en todos estos bosquejos personales inspirados es lo más asombroso.

Todavía hay casos de fracaso, pero pueden explicarse: quizá por un conocimiento deficiente o por la incredulidad, por alguna desobediencia a Dios, por no seguir con constancia las enseñanzas de la Palabra y del Espíritu, o en aras de una disciplina espiritual más profunda. Y hay fracasos en la vida espiritual, por las mismas o parecidas causas, que en modo alguno desmienten la realidad de las promesas divinas ni la suficiencia de la gracia de Cristo. «Sea Dios veraz», aunque «todo hombre» sea «mentiroso».

8. Pero se nos dice: si estas cosas son así, la gente nunca debería morir. ¿Por qué no? ¿Por qué habría de ir la fe más lejos que la Palabra? Todo lo que excede de eso es presunción. La Palabra pone un límite a la vida humana, y todo lo que la fe conforme a la Escritura puede reclamar es suficiencia de salud y de fuerzas para la obra de nuestra vida, y dentro de sus justos límites. Puede ser más larga o más corta, pero no tiene por qué, como los impíos, dejar de vivir la mitad de sus días. Debería ser completa, satisfactoria, y durar tanto como quede por hacer la obra de la vida. Y luego, cuando llegue el fin, ¿por qué habría de ser con una enfermedad dolorosa y deprimente, como la manzana podrida que cae en junio a causa de la dolencia, con un gusano en la raíz? ¿Por qué no habría de ser más bien como aquella manzana madura que cae en septiembre, madura, sazonada y dispuesta a desprenderse sin lucha en la mano del hortelano? Así Job describe el fin de la vida de un hombre bueno como la plena madurez de «la gavilla que se recoge a su tiempo».

9. Algunos nos preguntan: ¿acaso no hizo Dios todos estos medios, y no quiere que los usemos? Y, en efecto, ¿no es presunción esperar que Él haga algo mientras no hagamos todo cuanto podemos por nosotros mismos? Respondemos, primero: Dios en ninguna parte ha prescrito los medios médicos, y no tenemos derecho a inferir que los fármacos sean de ordinario sus medios. No se los menciona, como al alimento, una y otra vez como necesarios o mandados para nuestro uso. Es un hecho de lo más singular e irrefutable que en toda la historia de los patriarcas no se hace referencia alguna al uso de tales medios. En la historia de Job, tan llena de detalles vívidos, se describe a todos menos al médico, y todo en el universo menos los fármacos. No hay médico que lo atienda, pues de seguro lo habríamos vislumbrado en aquella cámara; y cuando Job se restablece, es enteramente por la mano directa de Dios, y cuando él mismo desciende a su verdadero lugar de humildad ante Dios y de amor hacia el hombre. En las prescripciones, prohibiciones y disposiciones, aún más elaboradas, del libro de Levítico sobre todos los detalles de la vida humana, incluida hasta la enfermedad de la lepra, no hay la más remota insinuación de un médico ni de una botica. Y no es sino después del tiempo de Salomón, y de la importación, sin duda, de la cultura y la ciencia impías de Egipto, cuando hallamos el primer caso definido de tratamiento médico; y allí el paciente muere, y muere bajo el estigma de la incredulidad y del apartamiento de Dios. En el Nuevo Testamento tales «medios» se mencionan en términos apenas más halagüeños, al describirse a la mujer que tocó el borde de su manto. Si Lucas era médico, abandonó su ejercicio por la obra evangelística, como puede inferirse con fuerza de su vida itinerante; pues ninguna práctica podría sostenerse en tales circunstancias. Sin ir más lejos, al menos esto queda claro:

Primero, que Dios no ha prescrito la medicina.

Segundo, que ha prescrito otro camino en el nombre de Jesús, y ha provisto para él en la expiación, ha señalado una ordenanza para distinguirlo, y en efecto lo ha mandado y ordenado.

Y tercero, que todas las provisiones de la gracia son por fe, no por obras. El uso de los remedios, cuando tiene éxito, suele dar la gloria al hombre, y Dios no obrará de esa manera. Si la sanidad de la enfermedad es una de las adquisiciones de la expiación de Cristo, y una de sus prerrogativas como Redentor nuestro, entonces Él es celoso de ella, y nosotros también lo seremos. Si es parte del plan de salvación, entonces sabemos que todo el plan está trazado conforme a la «ley de la fe»; si las palabras de Santiago son un mandato, entonces excluyen el tratamiento de la enfermedad por remedios humanos tanto como el emplear a un médico excluiría el tratamiento de otro al mismo tiempo y para el mismo caso. Si es el camino de Dios para sanar, entonces los demás métodos han de ser los caminos del hombre, y algún riesgo ha de haber en repudiar deliberadamente el primero por los segundos. No damos a entender con esto que la profesión médica sea pecaminosa, ni que el uso de los medios sea siempre malo. Puede haber, y siempre habrá, innumerables casos en que no se ejercita la fe; y si los medios naturales tienen, como en efecto tienen, un valor limitado, hay amplio lugar para su empleo en tales casos. Pero para el hijo de Dios que confía y obedece existe el camino más excelente que su Palabra ha prescrito con claridad, y por el cual su nombre será siempre glorificado de nuevo, y nuestra vida espiritual continuamente renovada. La época es de un racionalismo creciente, y la incredulidad se esfuerza sin cesar por eliminar del universo todo rastro de obrar sobrenatural directo, y por explicarlo todo mediante causas segundas y desarrollo natural; y Dios, por esta misma razón, quiere mostrar su obrar inmediato dondequiera que nuestra fe le brinde la ocasión. La Alta Crítica va quitando afanosamente lo milagroso de nuestras Biblias, y un más bajo nivel de vida cristiana se ocupa en quitar de nuestra vida todo lo que es divino. Que todos los que creen en un Dios vivo estén dispuestos a probar a una generación burlona que «el Dios eterno, el Creador de los confines de la tierra, no desfallece ni se fatiga», porque «en Él vivimos, y nos movemos, y somos», y que todavía «no hay nada demasiado difícil para Jehová».

10. Solo nos referiremos, para concluir, a la objeción de que estas maneras de ver la verdad exaltan indebidamente la vida del cuerpo, y apartan la mente de los hombres del trascendental interés del alma inmortal, fomentando el fanatismo, además de conducir a otros males.

La misma objeción podría hacerse contra los primeros años del ministerio de nuestro Señor, cuando la sanidad del cuerpo se convirtió en una vía para alcanzar las almas de los hombres, y en un testimonio de sus enseñanzas espirituales. La doctrina del poder sanador de Cristo está tan estrechamente ligada a la necesidad de la santidad, y a las verdades y experiencias más profundas de la vida espiritual, que tiende, en grado preeminente, a fomentar la pureza y la seriedad. El poder que sana el cuerpo suele impartir al corazón un bautismo mucho más rico del Espíritu Santo, y el conservar esta vida y salud divinas exige tan constante comunión con Dios, y tan consagrado servicio al Maestro, que los resultados espirituales superan con mucho a los temporales; y es uno de los frenos e impulsos más poderosos en la vida de quienes lo han recibido de veras. Los abusos de que se quejan se hallarán, por lo común, ligados a una falsa enseñanza y a perversiones ajenas a la Escritura de aquellas cosas que personas temerarias o ambiciosas propagan para sus propios fines impíos. La verdadera doctrina de la sanidad por medio del Señor Jesucristo es de lo más humillante, santo y práctico; no exalta a hombre alguno, no perdona pecado alguno, no ofrece promesas al desobediente, no da fuerzas para la complacencia egoísta ni para fines mundanos, sino que exalta el nombre de Jesús, glorifica a Dios, inspira al alma con fe y poder, convoca a una vida de abnegación y de santo servicio, y despierta a una Iglesia adormecida y a un mundo incrédulo con las solemnes señales de un Dios vivo y de un Maestro que vuelve.

Extravagancias, perversiones y falsificaciones, bien sabemos que las hay: sanadores no autorizados y que se erigen a sí mismos, impostores mercenarios que se hacen pasar por «algún grande», unciones temerarias e indiscriminadas de personas que solo desacreditan la verdad con su ignorancia e incoherencia, y lobos con piel de oveja que reclaman el nombre de Jesús para los pases de la clarividencia, la hechicería del espiritismo y las exhibiciones del magnetismo animal. Pero la verdad de Dios no es responsable del error humano, y la falsificación es a menudo el mejor testimonio de lo genuino. Que los ministros del Señor Jesús respondan y aparten estos males reclamando y ejerciendo, en el poder del Espíritu Santo, los dones y oficios que una vez les fueron encomendados; y que el pueblo de Dios, en estos tiempos peligrosos, «discierna entre el justo y el malo, entre el que sirve a Dios y el que no le sirve».

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