Capítulo 2 · 19 min de lectura
Instrucciones prácticas
Ya hemos considerado los fundamentos bíblicos de la doctrina de la sanidad por la fe en Dios. Surge ahora la pregunta práctica: ¿cómo puede quien cree plenamente en esta doctrina recibir la bendición y apropiarse de la sanidad?
1. Está plenamente persuadido de LA PALABRA DE DIOS en este asunto.
Este es el único fundamento seguro de una fe racional y bíblica. Tu fe debe descansar sobre los grandes principios y las promesas de la Biblia, o jamás podrá resistir la prueba de las oposiciones y las dificultades que ciertamente vendrán. Debes estar tan seguro de que esto forma parte del Evangelio y de la redención de Cristo, que ninguna enseñanza ni razonamiento de los mejores hombres pueda hacerte vacilar. La mayoría de los fracasos prácticos de la fe en este asunto proceden de convicciones defectuosas o dudosas respecto de la Palabra divina. Séale permitido al autor mencionar el caso de una dama que había abrazado plenamente esta verdad y aceptado a Cristo como su Sanador. Fue de inmediato fortalecida en gran manera, tanto en el espíritu como en el cuerpo, y su corazón rebosante no hacía sino gozarse en contar la buena nueva a todas sus amistades. Entre otras personas, se encontró con su pastor y le habló de su fe y de su bendición. Para sorpresa suya, él objetó al instante semejantes ideas, la previno contra este nuevo fanatismo y le dijo que aquellas promesas en las que ella se apoyaba no eran para nosotros, sino solo para los apóstoles y la era apostólica. Ella escuchó, cuestionó, cedió y abandonó su confianza. En menos de un mes, cuando el autor volvió a verla, había caído en tal abatimiento que apenas sabía si creía o no en la Biblia. Si aquellas promesas eran para los apóstoles —razonaba ella—, ¿por qué no habrían de ser también solo para ellos todas las demás promesas de la Biblia? Se la invitó a dedicar un tiempo a examinar la enseñanza de la Palabra de Dios. Se compararon con cuidado las promesas de sanidad desde Éxodo hasta Santiago, y toda cuestión fue sopesada con calma, hasta que la verdad se hizo tan manifiesta y su evidencia tan abrumadora que ella solo pudo decir: «Sé que está aquí, y sé que es verdad, aunque el mundo entero lo negara.» Entonces se arrodilló y pidió al Señor perdón por su debilidad y su incredulidad, renovó su solemne profesión de fe y consagración, y reclamó de nuevo la promesa de la sanidad y el bautismo del Espíritu Santo. Desde aquel día ha sido restaurada y bendecida con toda bendición espiritual, hasta el punto de que el mismo pastor que la hizo tropezar se ha visto obligado a reconocer que esto es el dedo de Dios. Pero el punto de partida de toda su bendición fue el momento en que aceptó plenamente la Palabra de Dios y descansó en ella.
2. Está plenamente seguro de la VOLUNTAD DE DIOS DE SANARTE.
La mayoría de las personas están bastante dispuestas a admitir el poder de Cristo para sanar. El diablo mismo lo admite. La verdadera fe implica una confianza igual en la disposición de Dios a responder a esta oración de fe. Cualquier duda sobre este punto paralizará con seguridad nuestra oración por una sanidad concreta. Si hay alguna duda al respecto, no puede haber certeza en nuestra expectativa. Una simple confianza vaga en la posible aceptación de nuestra oración no es lo bastante fuerte para luchar contra las fuerzas de la enfermedad y de la muerte. La oración por la sanidad, «si es Su voluntad», no lleva consigo ningún reclamo por el cual Satanás suelte su presa. Este es un asunto acerca del cual debemos conocer Su voluntad antes de pedir, y entonces quererla y reclamarla porque es Su voluntad. ¿Nos ha dado algún medio por el cual podamos conocer Su voluntad? Con toda certeza. Si el Señor Jesús la ha comprado para nosotros en Su redención, debe de ser la voluntad de Dios que la tengamos, pues toda la obra redentora de Cristo no fue sino la ejecución de la voluntad del Padre. Si Jesús nos la ha prometido, debe de ser Su voluntad que la recibamos, pues ¿cómo podemos conocer Su voluntad sino por Su palabra? Más aún: si Jesús nos la ha legado en el Nuevo Testamento, que no es sino SU ÚLTIMA VOLUNTAD, entonces es sencillamente uno de los legados del testamento de nuestro Hermano, y toda cuestión sobre Su voluntad debe cesar. La Palabra de Dios es para siempre la norma de Su voluntad, y esa palabra ha declarado de manera inmutable que el mayor deseo de Dios, y su principio de acción y voluntad inalterable, es dar a cada hombre conforme a lo que crea, y en especial salvar a todos los que reciban a Cristo por la fe, y sanar a todos los que la reciban por una fe semejante. A nadie se le ocurre pedir el perdón «si el Señor quiere». Tampoco debemos arrojar una duda mayor sobre Su promesa de redención física. Ambas se ofrecen gratuitamente a todo corazón confiado que las acepte. Un caso muy notable llegó hace poco a la observación del autor. Una dama, bastante destacada en la obra cristiana, había recibido oración y unción para su sanidad. Regresó al cabo de unas semanas diciendo que no había mejorado. Se le preguntó si había creído plenamente. «Sí —respondió—; creí que sería sanada si era Su buen agrado, y si no, estoy dispuesta a que sea de otro modo.» «Pero —fue la respuesta—, ¿no podemos conocer el agrado de Dios en este asunto por Su propia palabra, y pedir con la plena expectativa de la bendición? Es más, ¿debemos pedir algo a Dios sin tener razón para creer que es Su voluntad? ¿No es Su palabra la indicación de Su voluntad, y, después de haberla prometido tan plenamente, no es una molestia y una burla dar a entender una duda sobre Su buena disposición?» Ella se fue, y a la mañana siguiente reclamó la promesa. Le dijo al Señor que ahora no solo creía que Él podía, sino que quería, y que en efecto quitaba el mal. En menos de media hora este había desaparecido por completo y de manera visible; y se trataba de un tumor externo de tamaño considerable, respecto del cual no cabía imaginación ni error. A menudo hay mucha incredulidad sutil en la oración «Hágase tu voluntad». Esa bendita petición expresa en realidad la más alta medida del amor y la bendición divinos. Nada más bondadoso puede venir a nosotros que esa voluntad. Y, sin embargo, muchas veces la pedimos como si fuera la mano de hierro de un déspota cruel y de un destino inexorable.
3. Cuida de estar tú mismo BIEN CON DIOS.
Si tu enfermedad te ha sobrevenido a causa de algún pecado, asegúrate de arrepentirte a fondo y de confesar tus pecados, y de hacer plena restitución en la medida de tus posibilidades. Si ha sido una disciplina destinada a apartarte de algún mal, preséntate de inmediato a Dios en franco juicio de ti mismo y en consagración, y reclámale la gracia para santificarte y guardarte en santidad. Un corazón impuro es una fuente constante de enfermedad. Un espíritu santificado es en sí mismo tan saludable como santo. Al mismo tiempo, no dejes que Satanás paralice tu fe echándote en cara tu indignidad y diciéndote que no eres lo bastante bueno para reclamar esto. Jamás podremos merecer ninguna de las misericordias de Dios. El único alegato es el nombre, los méritos y la justicia de Cristo. Pero sí podemos renunciar al pecado conocido, podemos andar de modo que agrademos a Dios. Podemos juzgarnos a nosotros mismos y apartar todo lo que Dios nos muestra como malo. En el momento en que hacemos esto, somos perdonados. «Si nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados.» «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.» No esperes a sentir el perdón o el gozo, sino que tu voluntad se vuelva por entero a Dios, y cree de inmediato que eres aceptado; y luego acércate con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificado tu corazón de mala conciencia y lavado tu cuerpo con agua pura.
Es del todo vano que intentemos ejercer fe por nosotros mismos o por otros frente a una transgresión voluntaria y en desafío del castigo que Dios ha querido que respetemos y al que nos sometamos. Pero cuando recibimos Su corrección y nos volvemos a Él con corazones humildes y obedientes, Él quitará bondadosamente la mano del dolor, y hará del toque de la sanidad la señal de Su amor perdonador. «La oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si hubiere cometido pecados, le serán perdonados. Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados.»
A menudo nuestra enfermedad no es sino una malaria moral contraída al adentrarnos en el territorio de Satanás. No podemos ser sanados hasta que salgamos del lugar prohibido y nos plantemos de nuevo en tierra santa. De modo que esta cuestión de nuestro estado personal, aunque no es una condición de la sanidad, es un elemento muy importante de ella. El gran propósito de Dios en todos Sus tratos con nosotros es nuestro mayor bien y nuestra salud espiritual. Por tanto, para el cristiano que sufre no hay mejor consejo que la antigua exhortación: «Escudriñemos nuestros caminos, y busquemos, y volvámonos a Jehová. Porque él no aflige ni entristece voluntariamente a los hijos de los hombres. Bueno es Jehová a los que en él esperan, al alma que le busca.»
El autor quisiera ilustrar esto refiriéndose de nuevo a un hecho real: un miembro de su propia familia fue atacado de repente por una enfermedad violenta y peligrosa. Era un niño pequeño, de tan corta edad que resultaba seguro que no podía deberse a ninguna falta o pecado propio. En medio de violentas convulsiones se prescindió pronto de todos los remedios humanos, y el caso fue presentado a Dios en oración y unción. Se obtuvo un alivio inmediato, pero el mal no fue del todo removido, y de nuevo aquella noche sobrevino una recaída muy amenazadora, y la oración de fe pareció hallar una espantosa nube de estorbo. De inmediato quedó hondamente impreso en su corazón que algo andaba gravemente mal por parte de algún miembro de la familia. Se hizo una búsqueda diligente, y al fin se comprobó que en verdad era así. Una persona había pecado gravemente y lo había encubierto. Pero entonces se hizo una confesión profunda y cabal, se enmendó solemnemente el mal a la vista de Dios, y se buscó y reclamó Su perdón. Entonces toda la carga se disipó, y el inocente que padecía fue sanado al instante, y a la mañana siguiente se levantó con la más admirable salud y vigor, y desde entonces no ha vuelto a enfermar de gravedad.
4. Habiéndote persuadido plenamente de la Palabra de Dios, de la Voluntad de Dios y de tu propia aceptación personal ante Dios, AHORA ENCOMIENDA TU CUERPO A ÉL Y RECLAMA SU PROMESA DE SANIDAD en el nombre de Jesús por la simple fe. No te limites a pedirla, sino reclámala humilde y firmemente como la prenda de Su pacto, como tu herencia, como un derecho de redención comprado, como algo que ya te ha sido plenamente ofrecido en el Evangelio y que solo espera tu aceptación para hacer efectiva tu posesión. Hay una gran diferencia entre pedir y reclamar, entre desear y tomar. Debes tomar a Cristo como tu Sanador; no como un experimento, no como un quizá futuro, sino como una realidad presente. Debes creer que Él, ahora mismo, conforme a Su promesa, toca tu vida con Su mano todopoderosa, y vivifica las fuentes de tu ser con Su fuerza. No creas meramente que lo hará, sino reclama y cree que Él te toca ahora y comienza la obra de sanidad en tu cuerpo. Y sal adelante teniéndolo por hecho, reconociéndolo y alabándole por ello. Es bueno prepararse para este solemne acto de entrega y de fe que se apropia. Debe ser un paso muy deliberado y definitivo, y por la naturaleza misma de las cosas no puede repetirse. Como la ceremonia matrimonial, es la señalización y el sello de una gran transacción, y su valor depende de la realidad de la unión que sella. Antes de dar este paso debemos sopesar a fondo toda cuestión, y luego tenerla por resuelta para siempre, y entonces avanzar solemne, definitiva e irrevocablemente sobre terreno nuevo, sobre la promesa de Dios, con la honda convicción de que es para siempre. Esto da gran fuerza y descanso al corazón, y cierra la puerta a mil dudas y tentaciones. Desde ese momento, la duda debe tenerse por absolutamente descartada, e inadmisible incluso el mero pensamiento de retroceder o de recurrir a los antiguos medios. Por supuesto, tal persona abandonará de inmediato todos los remedios y el tratamiento médico. Dios se ha hecho el Médico, y Él no dará Su gloria a otro. Dios ha sanado, y todo intento humano de ayudar implicaría una duda de la realidad de la sanidad. Cuanto más completo sea este acto de fe como entrega total, tanto más poder tendrá. Si tienes alguna duda acerca de tu fe para esto, hazlo objeto especial de preparación y de oración. Pide a Dios que te dé una fe especial para este acto. Todas nuestras gracias deben venir de Él, y la fe entre ellas. Nada tenemos de nuestro, y hasta nuestra propia fe no es sino la gracia de Cristo mismo en nosotros. Podemos ejercerla, y hasta ahí llega nuestra responsabilidad; pero Él debe impartirla, y nosotros simplemente la vestimos y la llevamos como recibida de Él. Y esto hace del ejercicio de una fe fuerte una posibilidad muy sencilla y bendita. Jesús no nos dice: Tened vosotros mismos una gran fe. Pero sí nos dice: Tened la fe de Dios. Eso es mejor. La fe de Dios es del todo suficiente, y podemos tenerla y usarla. Podemos tomar a Cristo como nuestra fe, así como lo tomamos para nuestra justificación, para nuestras victorias sobre la tentación, para nuestra santificación. Así podemos descansar dulcemente en la seguridad de que nuestra fe no ha dejado de cumplir las exigencias de la promesa, porque ha sido la fe misma de Cristo. Simplemente venimos en Su nombre, y le presentamos a Él como nuestra ofrenda perfecta, nuestro alegato, nuestra fe, nuestro abogado, nuestra justicia y nuestro todo; y simple y enteramente recibimos, por amor de Cristo, nuestra fe misma, que no es sino el tomar Su don gratuito de gracia. Ven, pues, y reclama Su promesa; y, hecho esto, cree conforme a Su palabra que la has recibido.
5. ACTÚA TU FE. «Levántate, toma tu lecho, y anda.» No para mostrar tu fe, ni para hacer alarde de tu valor, sino a causa de tu fe, comienza a actuar como quien está sano. Trata a Cristo como si confiaras en Él, intentando en Su nombre y en Su fuerza lo que sería imposible con las tuyas; y Él no te fallará si de veras confías en Él y sigues actuando tu fe con constancia y valentía. Pero es muy importante que cuides de no hacer esto por la fe o la palabra de ningún otro. No te levantes de tu cama ni andes sobre tu pie enfermo porque alguien te lo diga. Eso no es fe, sino presunción. Él ciertamente te dirá que lo hagas, pero ha de ser como TU SEÑOR; y si andas con Él y confías en Él, conocerás Su voz. Tu oración, como la de Pedro, debe ser: «Señor, mándame que vaya a ti sobre las aguas»; y Él ciertamente te lo mandará, si ha de sanarte; pero en esta grande y solemne obra, cada uno de nosotros debe conocer y ver al Señor por sí mismo. Y luego, cuando salgas a actuar tu fe, cuídate de no ponerte a observar el resultado, ni a mirar los síntomas, ni a comprobar si te sostienes. Debes hacer caso omiso de todos los síntomas, y ver solo a Él delante de ti, todopoderoso para sostenerte y librarte de caer. El hombre que desentierra su semilla para ver si está creciendo muy pronto la matará de raíz. El verdadero labrador confía en la naturaleza y la deja crecer en silencio. Así confiemos en Dios, dispuestos incluso a ver la respuesta sepultada como aquella semilla, y muriendo en el suelo oscuro del desaliento, sabiendo que «si muere, lleva mucho fruto».
6. PREPÁRATE PARA LAS PRUEBAS DE LA FE. No busques siempre la desaparición inmediata de los síntomas. No pienses en ellos. Simplemente hazles caso omiso y sigue adelante, reclamando la realidad que está detrás y debajo de todos los síntomas. Recuerda que la salud que has reclamado no es tu propia fuerza natural, sino la vida de Jesús manifestada en tu carne mortal; y por eso la antigua vida natural puede seguir estando rodeada de muchas flaquezas, pero detrás de ella, junto a ella y frente a ella está la vida enteramente suficiente de Cristo para sostener tu cuerpo. «Habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios.» Pero «Cristo es vuestra vida»; y lo que ahora vives en la carne, lo vives por la fe del Hijo de Dios, que te amó y se entregó a sí mismo por ti. No te asombres, pues, si la naturaleza a menudo te falla todavía. Su sanidad no es naturaleza, es gracia, es Cristo, es la vida corporal del Señor resucitado. Es la energía vital del cuerpo que ascendió a la diestra de Dios; y jamás desfallece ni jamás falla a quienes confían en ella. ES CRISTO QUIEN ES TU VIDA; el cuerpo de Cristo para tu cuerpo, como Su Espíritu lo fue para tu espíritu. Por tanto, no te asombres si hubiere pruebas. Vienen para mostrarte tu necesidad de Cristo y hacerte volver a Él. Y conocer esto, y así revestirse de Su fuerza en nuestra debilidad, y vivir en ella momento a momento, es la sanidad perfecta. Además, las pruebas siempre ponen a prueba y fortalecen la fe en la medida en que es real; ha de mostrarse que es genuina, para que Dios pueda vindicar ante el universo entero la recompensa que le da. Es así como Dios aumenta nuestra fe imponiéndole mayores exigencias, y obligándonos a reclamar y ejercer más gracia. «Como el águila que despierta su nidada» y arroja a sus polluelos en pleno aire para obligarlos a extender sus pequeñas alas, y adiestrarlos a volar, así Dios a menudo nos aparta de todos nuestros propios apoyos y confianzas para obligarnos a extender los brazos y las alas de la fe. De no haber sido por el sacrificio de Isaac, Abraham jamás habría alcanzado, como lo hizo, la fe de la resurrección.
Pero, sean cuales fueren los síntomas, debemos creer firmemente que detrás de todos ellos Dios está obrando Su propia gran restauración. «Por tanto, no desmayamos; antes aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día.»
7. USA PARA DIOS TU NUEVA FUERZA Y SALUD, y cuida de obedecer la voluntad del Maestro. Esta fuerza dada por Cristo es algo muy sagrado. Es la Vida de resurrección de Cristo en nosotros. Y debe gastarse como Él mismo la gastaría. No puede malgastarse en el pecado y el egoísmo: debe entregarse a Dios como «sacrificio vivo». La fuerza fallará allí donde se dedique al mundo, y el pecado siempre traerá castigo corporal. Ordinariamente podemos esperar tener salud y ser prosperados así como prospera nuestra alma.
Tampoco basta con que la usemos para nosotros mismos; debemos dar testimonio de ella a otros. Debemos anunciarla al mundo. Debemos ser testigos intrépidos y fieles del Evangelio de la redención plena. A menudo habrá que dar el testimonio en las circunstancias más difíciles, a personas que con la mayor soberbia lo despreciarán. Pero el Maestro lo manda, y la iglesia lo necesita: que se anuncie todo el consejo de Dios. Y el mundo necesita este Evangelio de sanidad. Las naciones paganas lo necesitan como una prueba del cristianismo. La incredulidad lo necesita como respuesta a su materialismo. La gran obra de las misiones extranjeras lo necesita como una introducción al Evangelio entre los paganos. El próximo gran movimiento misionero incorporará —y debe incorporar— esta poderosa verdad. Y esta verdad será para la obra de difundir el Evangelio infinitamente más de lo que la obra de las misiones médicas ha sido en el pasado. Esta no es una fe que podamos guardar para nosotros mismos. Es un encargo grande y solemne, y quienes lo hemos recibido debemos unirnos para usarlo para la gloria de Dios, como testimonio de la verdad y para la difusión del Evangelio, así como las lenguas de Pentecostés se usaron en los antiguos días del cristianismo. Estas maravillosas manifestaciones del poder de Dios que comenzamos a ver son señales significativas del fin. Son las precursoras de la Gran Aparición. Así como señalaron el tiempo de Su presencia en la tierra, así acompañan Su retorno. Y nos instan a prepararnos con solemne diligencia para Su Advenimiento. Con los ojos ya no puestos en el sepulcro, sino en los cielos que se abren, y con el corazón sintiendo ya algunos de los latidos de aquella vida de resurrección, nos toca velar y trabajar como ningún otro puede; sin escatimarnos en un ansioso cuidado de nosotros mismos, sino obrando en Su gran poder, a tiempo y fuera de tiempo, y hallando cuán cierto es que «el que salva su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de Cristo y del Evangelio, la conservará para vida eterna».
Así, pues, reclamemos, guardemos y consagremos este gran don del Evangelio y de la gracia de Dios. Y ahora: «El mismo Dios de paz os santifique por completo, y que todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es el que os llama, el cual también lo hará.»
Capítulo 2 completado
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