Capítulo 7 · 19 min de lectura
El Señor es bueno
«Gustad, y ved que es bueno Jehová; dichoso el hombre que confía en él» (Salmo 34:8).
¿Te has preguntado alguna vez qué piensas honestamente de Dios en lo más hondo de tu corazón: si lo crees un Dios bueno o un Dios malo? Imagino que la pregunta te escandalizará, y que te horrorizará la insinuación de que pudieras, de algún modo, pensar que Dios es malo. Pero antes de que termines este capítulo, sospecho que te verás forzado a reconocer que, quizá sin darte cuenta pero no por ello menos ciertamente, con tus dudas y tus quejas le has atribuido un carácter que te horrorizaría ver atribuido a ti mismo.
Nunca olvidaré la hora en que descubrí por primera vez que Dios era realmente bueno. Por supuesto, siempre había sabido que la Biblia decía que era bueno, pero había pensado que solo significaba que era bueno en un sentido religioso; jamás se me había ocurrido que quisiera decir que era real y prácticamente bueno, con la misma clase de bondad que nos ha mandado tener a nosotros. La expresión «la bondad de Dios» no me había parecido más que una especie de fórmula celestial que no cabía esperar que yo entendiera. Y entonces, un día, al leer la Biblia me topé con las palabras «Gustad, y ved que es bueno Jehová», y de pronto significaron algo.
El Señor es bueno, me repetí. ¿Qué significa ser bueno? ¿Qué, sino esto: vivir a la altura de lo mejor y más elevado que uno conoce? Ser bueno es exactamente lo contrario de ser malo. Ser malo es conocer lo recto y no hacerlo; pero ser bueno es hacer lo mejor que sabemos. Y vi que, como Dios lo sabe todo, forzosamente conoce cuál es el bien mejor y más elevado de todos, y que, por tanto, su bondad tiene que estar necesariamente fuera de toda duda. Nunca podré expresar lo que esto significó para mí. Tuve tal visión de la bondad real y verdadera de Dios que comprendí que nada podía salir mal bajo su cuidado, y me pareció que nadie podría volver a angustiarse jamás.
Y una y otra vez, cuando las apariencias han estado en su contra, y cuando me he sentido tentada a preguntarme si había sido cruel, o negligente, o indiferente, me han detenido en seco las palabras «El Señor es bueno»; y he visto que sencillamente era impensable que un Dios que es bueno hubiera podido hacer las cosas malas que yo había imaginado.
Quizá te horrorices ante la insinuación de que pudieras, en cualquier circunstancia, incluso en lo secreto de tu corazón, atribuir a Dios algo malo. Y, sin embargo, no vacilas en acusarlo de hacer cosas que, si las hiciera uno de tus amigos, tendrías por sumamente deshonrosas y crueles. Por ejemplo: los cristianos se ven en apuros; todo se ve oscuro, y no tienen ninguna percepción de la presencia del Señor. Empiezan a preguntarse si el Señor los habrá abandonado, y a veces hasta lo acusan de indiferencia y descuido. Nunca se dan cuenta de que estas acusaciones equivalen a decir que el Señor no cumple sus promesas, y que no los trata con la bondad y la honra con que ellos esperan que los traten todos sus amigos humanos. Si uno de nuestros amigos humanos nos abandonara por estar nosotros en apuros, tendríamos a semejante amigo por muy lejos de ser bueno. ¿Cómo es, entonces, que podemos acusar al Señor, siquiera por un momento, de tales acciones? No, querido amigo: si el Señor es bueno —no solo piadoso, sino realmente bueno—, tiene que ser porque siempre, en toda circunstancia, obra a la altura del ideal más alto de aquello que él mismo nos ha enseñado que es la bondad. La bondad en él tiene que significar, igual que en nosotros, vivir a la altura de lo mejor y más elevado que conoce.
En la práctica, pues, significa que no descuidará ninguno de sus deberes para con nosotros, y que siempre nos tratará del mejor modo posible. Esto puede sonar a lugar común, y quizá exclames: «¿Para qué nos dices esto, si es lo que todos creemos?». Pero ¿de veras lo crees? Si lo creyeras, ¿te sería posible pensar alguna vez que él es negligente, o indiferente, o cruel, o egoísta, o desconsiderado?
No te des aires de justicia diciendo: «Ah, pero yo jamás lo acuso de tales cosas. No me atrevería». ¿No lo haces? ¿Nunca lo has culpado de cosas que te avergonzaría hacer a ti mismo? ¿Cómo fue cuando llegó aquella última y dolorosa decepción? ¿No sentiste como si el Señor hubiera sido cruel al permitir que algo así te sucediera, cuando te esforzabas tanto por servirle? ¿Nunca ves su voluntad como una voluntad tiránica y dominante, a la que hay que someterse, por supuesto, pero que de ningún modo podría amarse? ¿No te parece a veces algo duro decir «Hágase tu voluntad»? Pero ¿podría parecerte duro si de veras creyeras que el Señor es bueno, y que siempre hace lo que es bueno?
El Señor Jesús tuvo gran cuidado de decirnos que él era un buen Pastor, porque sabía cuántas veces las apariencias estarían en su contra, y cuán tentados estaríamos a poner en duda su bondad. «Yo soy el buen pastor», dice en efecto, «no uno malo. Los malos pastores descuidan y abandonan a sus ovejas, pero yo soy un buen Pastor, y nunca descuido ni abandono a mis ovejas. Yo pongo mi vida por las ovejas». Su ideal de bondad en un pastor era que el pastor debía proteger a las ovejas confiadas a su cuidado, aun a costa de su propia vida; y él vivió a la altura de su propio ideal. Ahora bien, ¿no podemos ver que si de veras creemos que él es bueno —no de algún modo misterioso y religioso, sino en este sentido humano y de sentido común— seremos llevados de inmediato a un lugar de gran paz y consuelo? Si yo soy una oveja, y el Señor es un buen Pastor en la definición corriente y de sentido común de «bueno», ¡cuán absolutamente seguro estoy! ¡Cuán cierto puedo estar del mejor cuidado en todo sentido! ¡Cuán a salvo estoy para el tiempo y para la eternidad!
Seamos honestos con nosotros mismos. ¿Nunca hemos acusado, en lo secreto del corazón, al Señor de los rasgos que él nos ha dicho en Ezequiel que son las marcas de un mal pastor? ¿No hemos pensado que le importaba más su propia comodidad o su gloria que la nuestra? ¿No nos hemos quejado de que no nos ha fortalecido cuando estábamos débiles, ni ha vendado nuestro corazón quebrantado, ni nos ha buscado cuando estábamos perdidos?
¿No hemos llegado, incluso, a mirar nuestra condición enferma, desvalida y perdida como una razón por la que él ya no querría tener nada más que ver con nosotros? ¿En qué se diferencia esto de decir sin rodeos, con toda claridad, que el Señor es un mal pastor y que no cumple sus deberes para con sus ovejas? Quizá te horrorices ante esta traducción de tus murmuraciones y quejas interiores, pero ¿qué otra cosa, te pregunto, pueden significar honestamente? Es de vital importancia sacar de cuando en cuando nuestros pensamientos y sentimientos secretos acerca del Señor a la plena luz del Espíritu Santo, para que veamos cuál es de veras nuestra actitud hacia él. Es fatalmente fácil caer en el hábito de pensar mal de Dios, pensamientos que insensiblemente nos separarán de él con un ancho abismo de duda e incredulidad.
Más que ninguna otra cosa, más aún que el pecado, los pensamientos equivocados acerca de Dios socavan los cimientos de nuestra vida espiritual y entristecen su corazón de amor. Podemos entenderlo por nosotros mismos. Nada nos apena tanto como que nuestros amigos nos juzguen mal y nos malinterpreten, y nos atribuyan motivos que despreciamos. Y nada, creo, apena tanto al Señor. Es, de hecho, idolatría. Porque ¿qué es la idolatría sino crear y adorar a un dios falso? Y ¿qué otra cosa hacemos sino precisamente esto, cuando nos permitimos juzgarlo mal y atribuirle acciones y sentimientos crueles e indignos de confianza?
En la Biblia se le llama hablar contra Dios. «Y hablaron contra Dios, diciendo: “¿Podrá Dios poner mesa en el desierto?”». Parecía una pregunta muy inocente. Pero Dios había prometido suplir todas sus necesidades en el desierto; y hacer esta pregunta suponía una secreta falta de confianza en su capacidad de cumplir lo que había prometido; y era por tanto, pese a su apariencia inocente, un verdadero «hablar contra» él. Un Dios bueno no podía haber guiado a su pueblo al desierto y luego haber dejado de «poner mesa» para ellos; y poner en duda si podía hacerlo era dar a entender que no era bueno.
Del mismo modo, a veces nos vemos duramente tentados a hacer una pregunta parecida. Muchas veces las circunstancias parecen hacer tan imposible que Dios supla nuestras necesidades, que nos hallamos tentados una y otra vez a «hablar contra» él preguntando si puede. Por más veces que lo haya hecho antes, parecemos incapaces de creer que pueda hacerlo de nuevo, y en nuestro corazón lo «limitamos», porque no creemos su Palabra ni confiamos en su bondad.
Si nuestra fe fuera lo que debiera ser, ninguna circunstancia, por adversa que fuese, podría hacernos «limitar» el poder de Dios para suplir nuestras necesidades. El Dios que puede crear las circunstancias sin duda puede gobernar las circunstancias, y puede, aun en el desierto, «poner mesa» para todos los que confían en él.
Hay muchas preguntas semejantes en la Biblia, cada una de ellas sembrando dudas sobre la bondad de Dios, y cada una, me temo, es un duplicado de las preguntas que hoy hacen los hijos de Dios.
«¿Está Dios entre nosotros, o no?»
«¿Ha olvidado Dios el tener misericordia?»
«¿Ha cesado para siempre la misericordia de Dios?»
«¿Ha encerrado Dios con ira sus piedades?»
«¿Han fallado para siempre las promesas de Dios?»
«¿Por qué, oh Dios, nos has desechado para siempre?»
«¿Por qué me has hecho así?»
Consideremos un poco estas preguntas, y veamos si podemos hallarles alguna réplica en nuestros propios cuestionamientos secretos.
«¿Está Dios entre nosotros, o no?»
Él nos ha declarado en términos inequívocos, como lo hizo a los hijos de Israel, que está siempre con nosotros y que nunca nos abandonará; y, sin embargo, cuando llega la aflicción, empezamos, como ellos, a dudar de su Palabra y a preguntarnos si de veras puede estar ahí. Moisés llamó a esto, cuando los israelitas lo hacían, «tentar al Señor», y merece la misma condenación cuando lo hacemos nosotros. Nadie puede hacer semejante pregunta sin arrojar una duda sobre la veracidad y la fidelidad del Señor; y hacerla es, si lo supiéramos, insultarlo y difamar su carácter. Sé que es, ¡ay!, una pregunta común aun entre los propios hijos de Dios, y sé también que muchos de ellos piensan que es solo verdadera humildad hacerla, y que, para criaturas tan indignas como se sienten, sería el colmo de la presunción estar seguros de su presencia con ellos.
Pero ¿qué hay de su propia Palabra en este asunto? Él nos ha declarado de todas las maneras posibles que está con nosotros, y que nunca nos dejará ni nos desamparará; y ¿nos atreveremos a «hacerlo mentiroso» poniendo en duda la verdad de su Palabra? Un Dios bueno no puede mentir, y debemos renunciar para siempre a hacer una pregunta como esta. El Señor está con nosotros tan verdaderamente como nosotros estamos con nosotros mismos, y sencillamente tenemos que creer que lo está, sean cuales fueren las apariencias.
«¿Ha olvidado Dios el tener misericordia?»
Hacer esta pregunta es «hablar contra» él tan gravemente como lo sería preguntarle a una buena madre si ha olvidado a su hijo. Y, sin embargo, el Señor mismo dice: «¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque ella lo olvidare, yo nunca me olvidaré de ti». Las que somos madres sabemos muy bien cuán apenadas e insultadas nos sentiríamos si alguien insinuara la posibilidad de que olvidáramos a nuestros hijos; y nosotras las madres, al menos, si nadie más, deberíamos poder entender cómo semejante cuestionamiento ha de apenar al Señor.
«¿Ha cesado para siempre su misericordia?» «¿Ha encerrado Dios con ira sus piedades?»
Hacer estas dos preguntas a un Dios bueno es insultarlo. Sería tan imposible que sus piedades se cerraran para con nosotros, o que su misericordia se apartara de nosotros para siempre, como lo sería que las tiernas misericordias de una madre llegaran a su fin. El salmista dice: «Bueno es Jehová para con todos, y sus misericordias sobre todas sus obras». Por la naturaleza misma de las cosas esto tiene que ser así, porque él es un Dios bueno y no puede obrar de otro modo.
«¿Han fallado para siempre las promesas de Dios?»
Llegan momentos en la vida de todo cristiano en que nos vemos tentados a hacer esta pregunta. Todo parece ir mal, y todas las promesas de Dios parecen haber fallado. Pero si recordamos que el Señor es bueno, veremos que dejaría de ser bueno si tal cosa pudiera suceder. Al hombre que quebranta sus promesas se le tiene por deshonroso e indigno de confianza; y un Dios que pudiera quebrantar las suyas, si tal cosa pudiera imaginarse, sería también deshonroso e indigno de confianza. Y hacer semejante pregunta es echar un estigma sobre su bondad, que bien puede calificarse de «hablar contra Dios». Por más que las cosas parezcan ir mal, de esto podemos estar seguros: que, porque Dios es bueno, ninguna promesa suya ha fallado jamás, ni puede fallar.
El cielo y la tierra pasarán, pero su Palabra jamás.
«¿Por qué, oh Dios, nos has desechado para siempre?»
Le será tan imposible a un Dios bueno desecharnos como lo sería a una buena madre desechar a su hijo. Podemos estar en aflicción y en tinieblas, y podemos sentirnos como desechados y desamparados, pero nuestros sentimientos nada tienen que ver con los hechos, y el hecho es que Dios es bueno y no podría hacerlo. El buen Pastor no desecha a la oveja que se ha perdido para no cuidar más de ella, sino que sale a buscarla, y la busca hasta hallarla. Sospechar que él nos desecha para siempre es herir y entristecer su amor fiel, tal como heriría el corazón de una buena madre suponerla capaz de desechar a su hijo, por lejos que ese hijo se haya extraviado. La cosa es imposible en ambos casos, pero mucho más imposible en el caso de Dios que aun en el de la mejor madre que jamás haya existido.
«¿Por qué me has hecho así?»
Esta es una pregunta que somos muy propensos a hacer. Apenas hay, imagino, uno solo de nosotros que no haya sido tentado alguna vez a «replicar contra Dios» respecto de nuestra propia constitución personal. No nos gustan nuestros temperamentos peculiares ni nuestras características particulares, y anhelamos ser como algún otro que tiene, según creemos, mayores dones de apariencia o de talento. Estamos descontentos con nuestra hechura, tanto interior como exterior, y nos sentimos seguros de que todos nuestros fracasos se deben a nuestros desdichados temperamentos; y nos inclinamos a culpar a nuestro Creador por habernos «hecho así».
Recuerdo vívidamente una época de mi vida en que estuve tentada a rebelarme mucho contra mi propia hechura. Yo era una persona franca y enérgica, que trataba de ser una buena cristiana, pero sin ningún aire especial de piedad. En cambio, tenía una hermana de aspecto tan santo, y de un porte tan piadoso, que parecía ser la encarnación misma de la piedad; y yo estaba segura de que podría ser una cristiana mucho mejor con solo lograr su aspecto y su porte de santa. Pero todos mis esfuerzos por conseguirlos fueron inútiles.
Mi temperamento natural era demasiado enérgico y franco para dar apariencia alguna de santidad, y muchas veces le decía en mi corazón al Señor, reprochándoselo: «¿Por qué me hiciste así?». Pero un día me topé con una frase en un viejo libro místico que pareció abrirme los ojos. Decía así: «Conténtate con ser lo que tu Dios te ha hecho»; y me deslumbró la idea de que en verdad era un hecho que Dios me había hecho, y que él debía de saber la clase de criatura que quería que yo fuese; y que si me había hecho una mata de papas, debía contentarme con dar papas, y no querer ser un rosal y dar rosas; y que si me había formado para tareas humildes, debía contentarme con dejar que otros hicieran la obra más grandiosa. Somos «hechura de Dios», y Dios es bueno; por tanto, su hechura también ha de ser buena; y podemos confiar con seguridad en que, antes de terminar con nosotros, hará de nosotros algo que sea para su gloria, por más que aún nos sintamos muy distintos de eso.
El salmista parecía deleitarse en repetir una y otra vez este bendito estribillo: «porque el Señor es bueno». Valdría la pena que tomaras tus concordancias y vieras cuántas veces lo dice. Y exhortaba a todos a unirse a él en decirlo. «Díganlo los redimidos del Señor», era su ferviente clamor. Debemos unir nuestra voz a la suya: el Señor es bueno, el Señor es bueno. Pero no debemos decirlo solo con los labios, y luego desmentir con nuestros actos nuestras palabras. Debemos «decirlo» con todo nuestro ser, con el pensamiento, la palabra y la obra, de modo que la gente vea que de veras lo creemos, y quede convencida de que es un hecho tremendo.
Muchas cosas en las divinas providencias de Dios no parecen bondad a los ojos de los sentidos, y al leer los Salmos nos preguntamos quizá cómo podía el salmista decir, tras algunas de las cosas que consigna: «porque para siempre es su misericordia». Pero la fe se sienta ante misterios como estos y dice: «El Señor es bueno; por tanto, todo lo que hace tiene que ser bueno, sea cual fuere su apariencia, y puedo esperar sus explicaciones».
Una ilustración doméstica me ha ayudado a menudo aquí. Si tengo una amiga que sé que es una buena ama de casa, no me inquieto por el hecho de que, a la hora de la limpieza general, las cosas de su casa parezcan estar más o menos revueltas, las alfombras levantadas, los muebles cubiertos con fundas, y hasta quizá la pintura y la decoración dejando algunas habitaciones inhabitables. Me digo: «Mi amiga es una buena ama de casa, y aunque ahora las cosas se ven tan incómodas, todo este trastorno es solo porque al final se propone dejarlo todo mucho más cómodo de lo que nunca estuvo antes».
Este mundo es la casa que Dios administra; y aunque por ahora las cosas se vean lamentablemente revueltas, sin embargo, como sabemos que él es bueno, y que por tanto ha de ser un buen Administrador de la casa, podemos estar perfectamente seguros de que todo este presente trastorno es solo para lograr al final un estado de cosas mucho mejor del que habría podido haber sin él. Me atrevo a decir que todos hemos sentido a veces como si pudiéramos administrar la casa de Dios mejor que él mismo; pero, cuando comprendemos que Dios es bueno, ya no podemos sentir esto. Y me consuela enormemente, cuando el mundo me parece ir del todo mal, con solo decirme: «No es mi casa la que se administra, sino la del Señor; y el Señor es bueno, por tanto su administración también ha de ser buena; y es una necedad que yo me inquiete».
A un cristiano de profunda enseñanza le preguntó un desesperado hijo de Dios: «¿No le parece a usted que el mundo es como un naufragio?».
«Sí» —fue la respuesta, en un tono de alegre confianza—; «sí, como el naufragio de una semilla que revienta».
Cualquiera de nosotros que haya observado los primeros brotes de un roble desde el corazón de una bellota en descomposición entenderá lo que esto significa. Antes de que la bellota pueda dar el roble, tiene que convertirse ella misma en un naufragio. Ninguna planta ha salido jamás sino de una semilla naufragada.
Nuestro Señor se sirve de este hecho para enseñarnos el sentido de sus procesos con nosotros. «De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto». Juan 12:24.
Aquí se expone toda la explicación del aparente naufragio del mundo en general, o de nuestra propia vida personal en particular. Y, mirado a esta luz, podemos entender cómo es que el Señor puede ser bueno y, sin embargo, permitir la existencia del dolor y del mal en el mundo que ha creado, y en la vida de los seres humanos que ama. Es su bondad misma la que lo obliga a permitirlo. Porque él sabe que solo a través de semejante naufragio aparente puede llevarse a cabo la fruición de sus gloriosos propósitos para con nosotros. Y nosotros, cuyos corazones también anhelan esa fruición, si entendemos sus caminos, podremos alabarlo por toda su bondad, aun cuando las cosas parezcan más duras y misteriosas.
El apóstol nos dice que la voluntad de Dios es «buena, agradable y perfecta». La voluntad de un Dios bueno no puede menos que ser «buena»; de hecho, tiene que ser perfecta; y, cuando llegamos a saber esto, siempre la hallamos «agradable», es decir, llegamos a amarla. Estoy convencida de que todo problema en cuanto a someterse a la voluntad de Dios desaparecería si una vez pudiéramos ver con claridad que su voluntad es buena.
Luchamos y luchamos en vano por someternos a una voluntad que no creemos que sea buena; pero, cuando vemos que de veras es buena, nos sometemos a ella con deleite. Queremos que se cumpla. Nuestro corazón salta a su encuentro.
¡Te adoro, dulce Voluntad de Dios!
Y todos tus caminos venero; y, cada día que vivo, me parece amarte más y más.
Amo besar cada huella donde tú has posado tus pies invisibles: ¡no puedo temerte, bendita Voluntad!
Tu imperio es tan dulce.
El espacio no me alcanza para contar todo lo que podría de la infinita bondad del Señor. Cada uno debe «gustar y ver» por sí mismo. Y si lo hace honesta y fielmente, se cumplirán en él las palabras del salmista: «Proclamarán la memoria de tu inmensa bondad, y cantarán tu justicia». Salmo 145:7.