El Dios de toda consolación ·El Señor, nuestra morada

Capítulo 8 · 19 min de lectura

El Señor, nuestra morada

«Señor, tú nos has sido refugio de generación en generación» (Salmo 90:1).

El consuelo o la incomodidad de nuestra vida exterior depende en gran medida del lugar donde habita nuestro cuerpo; del mismo modo, el consuelo o la incomodidad de nuestra vida interior depende de la morada de nuestra alma.

Nuestra morada es el lugar donde de verdad vivimos, no un lugar que solo visitamos. Es nuestro hogar.

Todos los intereses de nuestra vida terrenal están ligados a nuestro hogar, y hacemos cuanto podemos por volverlo atractivo y cómodo. Pero nuestra alma necesita una morada acogedora aún más que nuestro cuerpo. El consuelo interior es mucho más importante que el exterior; cuando el alma está llena de paz y de gozo, lo que nos rodea físicamente importa muy poco.

Es vital, entonces, que descubramos exactamente dónde vive nuestra alma. El Señor declara que Él ha sido nuestra morada a lo largo de toda la historia, pero la pregunta es: ¿vivimos de verdad en nuestra morada? El salmista dice de los hijos de Israel que «anduvieron perdidos por el desierto, por la soledad sin camino, sin hallar ciudad en donde vivir; hambrientos y sedientos, su alma desfallecía en ellos» (Salmo 107:4-5). Me temo que hoy hay en la iglesia muchas almas errantes a quienes esta descripción les queda perfecta. Toda su vida cristiana han andado vagando por un desierto espiritual, sin hallar un hogar permanente, y su alma ha desfallecido de hambre y de sed. Y sin embargo, todo ese tiempo la morada de Dios ha estado abierta de par en par, invitándolas a entrar y a quedarse para siempre.

Nuestro Señor mismo nos insta con esta invitación: «Permaneced en mí, y yo en vosotros» (Juan 15:4). Y luego nos habla de los benditos frutos de quedarnos allí y de las tristes consecuencias de marcharnos.

La verdad es que nuestra alma fue hecha para Dios. Él es nuestro hogar natural, y en ningún otro lugar podremos hallar reposo. «Anhela mi alma y aun ardientemente desea los atrios de Jehová; mi corazón y mi carne cantan al Dios vivo» (Salmo 84:2). Siempre tendremos hambre y desfalleceremos por los atrios del Señor mientras no hagamos allí nuestro hogar.

Solo Dios es el hogar de la criatura; aunque el camino sea áspero y estrecho, nada más puede saciar al alma que anhela a Dios.

¿Cómo describir esta morada viva? David la describe cuando dice: «Jehová es mi roca y mi fortaleza, y mi libertador; Dios mío, fortaleza mía, en él confiaré; mi escudo, y el fuerte de mi salvación, mi alto refugio; mi salvador; de violencia me libraste» (2 Samuel 22:2-3). Vemos, pues, que nuestra morada es también nuestra fortaleza, nuestra alta torre, nuestra roca y nuestro refugio. Todos sabemos lo que es una fortaleza. Es un lugar seguro donde los débiles e indefensos pueden esconderse del enemigo y quedar a salvo. Cuando se nos dice que Dios es nuestra fortaleza, solo puede significar una cosa: si vivimos en Él, estaremos perfectamente a salvo de todo enemigo posible.

«Porque él me esconderá en su tabernáculo en el día del mal; me ocultará en lo reservado de su morada; sobre una roca me pondrá en alto» (Salmo 27:5). «El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente» (Salmo 91:1). «En lo secreto de tu presencia los esconderás de la conspiración del hombre; los pondrás en un tabernáculo a cubierto de contención de lenguas» (Salmo 31:20). En «lo reservado de la morada de Dios», ningún enemigo puede hallarnos y ninguna aflicción puede alcanzarnos. El orgullo humano y la murmuración no encuentran entrada en «el abrigo» de Dios. «Lo secreto de su presencia» es un refugio más seguro que mil Gibraltares. No quiero decir que no vengan pruebas.

Pueden venir en abundancia, pero no pueden penetrar el santuario del alma. Podemos habitar en perfecta paz aun en medio de las tormentas más feroces de la vida.

Pero, ¡ay!, ¡qué pocos de nosotros sabemos esto! Podríamos usar el lenguaje de David, pero para nosotros no es más que una figura sin realidad alguna. Decimos las palabras en un tono formal y religioso: «Ah, sí, sé que el Señor es mi morada, y me he encomendado a su cuidado, como todo cristiano debería.

«Pero...» —y aquí vuelve el tono de siempre— «pero no puedo olvidar que soy una persona pobre y sin ningún valor, sin fuerzas para vencer la tentación. Difícilmente puedo esperar ser guardado en la seguridad perfecta de la que habla David». Y a continuación viene una historia de temores y ansiedades, exactamente como si jamás se hubiera oído hablar de la morada de Dios, y como si el alma anduviera sola y desprotegida en un mundo de peligros.

Hay un salmo que yo llamo «la morada de Dios». Es el Salmo noventa y uno, y ofrece una descripción maravillosa de lo que es este hogar. «El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente. Diré yo a Jehová: “Esperanza mía, y castillo mío; mi Dios, en quien confiaré”» (Salmo 91:1-2). Nuestra idea de una fortaleza suele ser la de un duro edificio de piedra donde uno está seguro, pero también muy incómodo. Pero hay otras clases de fortalezas que son blandas, tiernas y llenas de consuelo. Este salmo las describe: «Con sus plumas te cubrirá, y debajo de sus alas estarás seguro» (Salmo 91:4), tal como la gallina cubre a sus polluelos indefensos con sus alas cálidas. La fortaleza del corazón de una madre —sea humana, un ave o incluso una tigresa— es la fortaleza más fuerte que el mundo conoce, y a la vez la más tierna. Esta es la clase de fortaleza que es el Señor. «Como pastor apacentará su rebaño; en su brazo llevará los corderos, y en su seno los llevará» (Isaías 40:11).

«El eterno Dios es tu refugio, y acá abajo los brazos eternos» (Deuteronomio 33:27). ¡Alas, seno, brazos! ¡Qué benditas fortalezas son estas! Todo lo que ellas envuelven está a salvo. La naturaleza está llena de ejemplos así. Piensa en lo que cierto escritor dice de una tigresa. Cuando nacen sus cachorros, un poder le enseña a ser tierna, un espíritu al que no puede resistirse, porque es el espíritu de su Creador. El instinto de la tigresa es responder a la ofensa. Si le tiraras del pelo o la golpearas, te despedazaría. Pero responder a la ofensa no es su impulso más fuerte. Mira a esos cachorros indefensos jugando con ella. Son tan frágiles que un movimiento descuidado de su enorme zarpa los destruiría, pero ella no hace ningún movimiento descuidado. Le causan más dolor del que le causaría un golpe, y aun así no devuelve mal por mal. Los acaricia con amor en los ojos y lame a sus pequeños atormentadores.

El amor transforma sus gemidos de dolor físico en sonidos de deleite. Mueve su enorme cabeza de un modo que muestra que la creó el mismo Dios que te enseñó a «poner la otra mejilla». Cuando tiene fuerzas para levantarse, sale a sacrificarse por los suyos. Pasará hambre para que ellos prosperen. Es temible por amor a sus pequeños, así como Dios es temible por amor a los suyos.

Hemos visto estas «fortalezas maternales» cientos de veces y las hemos llamado divinas. Uno pensaría que semejante espectáculo nos haría correr a refugiarnos en Dios y dejar todo temor afuera. Pero el problema es que nos negamos rotundamente a creer que la Biblia signifique tan buenas nuevas. Tal vez no con palabras, pero en la práctica decimos: «Los brazos del Señor no son tan de fiar como los de una madre humana; el corazón del Señor no es tan tierno como el de una tigresa; las alas del Señor no protegen tanto como las de una gallina». Sabemos que Él hizo estas fortalezas terrenales, pero no podemos creer que Él esté a su altura. Tenerlo a Él por fortaleza no nos parece ni la mitad de seguro o tierno que tener a una madre por fortaleza. Y así, ¡se confía en las madres, pero no en Dios!

Mira, sin embargo, cuán segura declara el salmista que es esta morada divina. Dice que quienes estamos en este hogar no temeremos nada: ni el terror de la noche, ni la saeta que vuela de día, ni la pestilencia que anda en la oscuridad, ni la destrucción que asola al mediodía. Aunque caigan miles a nuestro alrededor, ningún mal le sucederá al alma escondida en Dios. Ninguna plaga se acercará a quienes han hecho de Dios su «morada».

Aquí está previsto remedio para todos los terrores que han hecho tan incómoda nuestra vida religiosa. Seremos librados de todos ellos si hacemos del Señor nuestro hogar. Esto no significa que no tengamos pruebas exteriores. Las plagas pueden atacar tu cuerpo o tus bienes, pero esas cosas no son tú. Nada puede acercarse a tu verdadero yo interior mientras habitas en Dios.

Buena parte del dolor de la vida proviene del acechante «temor del mal». Nuestra vida está llena de «¿y si...?».

Supón que sucede esto, o que sucede aquello, ¿qué haríamos? ¿Cómo lo soportaríamos? Pero si vivimos en la «alta torre» de Dios, todos estos «¿y si...?» desaparecen de nuestra vida. «Viviremos tranquilos, sin temor del mal» (Proverbios 1:33), porque ninguna amenaza de mal puede penetrar la torre de Dios. Aun al andar por el valle de sombra de muerte, el salmista podía decir: «No temeré mal alguno» (Salmo 23:4); si habitamos en Dios, nosotros también podemos decirlo.

Pero quizá preguntes cómo entrar en esta morada divina. Mi respuesta es: simplemente múdate a ella. Si un amigo nos alquilara una casa y nos dijera que ya está lista, y el contrato estuviera firmado y en regla, no preguntaríamos cómo entrar: sencillamente haríamos las maletas y nos mudaríamos. Debemos hacer lo mismo aquí. Dios dice que Él es nuestra morada. La Biblia contiene todos los documentos necesarios, firmados y con sus testigos.

Nuestro Señor nos invita —más aún, nos manda— a entrar y a quedarnos. Nos está diciendo: «Dios es tu hogar; asegúrate de fijar allí tu residencia. Múdate».

¿Cómo te mudas? Por la fe. Dios ha dicho que Él es tu morada; ahora tú también debes decirlo.

«Diré yo a Jehová: “Esperanza mía, y castillo mío; mi Dios, en quien confiaré”» (Salmo 91:2).

La fe toma la Palabra de Dios y afirma que es verdad. Cristo dice: «Permanece», y nosotros debemos decir: «Permaneceré». Lo hacemos nuestra «morada» al creer que Él es nuestro hogar y al declararlo sin cesar. Como dijo el poeta Coleridge: la fe es una afirmación y un acto que hace de la verdad eterna un hecho presente.

Debemos hacer de la verdad eterna de que el Señor es nuestra morada un hecho presente, afirmándolo con nuestra fe y adoptando los pensamientos y las acciones propias de quien vive en la presencia de Dios.

Una de las primeras cosas que tendríamos que hacer es renunciar para siempre a la preocupación y la ansiedad. Es impensable que la preocupación pueda entrar en la morada de Dios; al entrar nosotros, debemos dejarla afuera.

Hablamos de obedecer los mandamientos del Señor y nos concentramos en los deberes exteriores, mientras pasamos por alto mandamientos acerca de la vida interior que son mil veces más importantes. «No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo» (Juan 14:27) es un mandato de nuestro Señor que casi todos desobedecen. Y dudo que ninguna otra desobediencia lastime tanto su corazón. Estoy segura de que me dolería mucho más que mi hijo desconfiara de mí y sintiera que sus intereses no están seguros en mis manos, que si me desobedeciera en un momento de tentación. Estoy convencida de que no nos damos cuenta de cuánto hiere a nuestro Señor que su pueblo no se sienta seguro con Él.

Podemos entenderlo a partir de nuestra propia vida. Supón que un amigo nos entrega algo para que se lo guardemos, y le damos toda clase de garantías de que estará a salvo. Luego el amigo se marcha y vive angustiado por ello, expresando a otros las mismas ansiedades que nosotros expresamos por las cosas que hemos entregado a Dios.

¿Cómo nos sentiríamos? Nos dolería profundamente. Al final, quizá diríamos: «Ya que es evidente que no confías en mí, mejor cuida tú mismo de tus cosas». Es asombroso que los hijos de Dios se atrevan a angustiarse después de haberle encomendado un asunto; es tal desprecio hacia su carácter.

Los de afuera lo ven y piensan que tener al Señor por morada no debe de significar gran cosa, pues de lo contrario no estaríamos tan angustiados.

Aquel que cuida de los gorriones y tiene contados los cabellos de nuestra cabeza no puede fallarnos. Él es una fortaleza indestructible donde ningún mal ni ningún enemigo puede entrar. Lo tengo por verdad evidente: en el momento en que de verdad he encomendado algo a esta morada divina, toda ansiedad debería cesar. Mientras guardo las cosas bajo mi propio cuidado, tengo razón para temblar, porque no están seguras; pero bajo el cuidado de Dios, la seguridad es absoluta.

«Torre fuerte es el nombre de Jehová; a él correrá el justo, y será levantado» (Proverbios 18:10). La única meta, entonces, es «correr» a esta torre y quedarse allí para siempre. Sería una necedad quedarse fuera de una fortaleza, rodeado por el enemigo, clamando por ponerse a salvo. Si quiero estar a salvo, debo entrar.

«¡Jerusalén, Jerusalén!... ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!» (Mateo 23:37). Si un polluelo quiere estar a salvo, debe correr a las alas de su madre. Muchos se quedan fuera de la morada de Dios porque se sienten demasiado indignos o débiles para entrar. ¿Qué pensaríamos de un polluelo que, viendo venir al halcón y oyendo a su madre llamarlo, se quedara afuera temblando y diciendo: «Ay, soy un polluelo tan débil e indefenso que no soy digno de ponerme bajo esas alas»? Si la gallina pudiera hablar, diría: «Criatura tonta, precisamente porque eres débil e indefenso te quiero aquí. Si fueras un gallo grande y fuerte, capaz de cuidarte solo, no necesitaría recogerte en absoluto». ¿Hace falta que explique la idea?

Pero no basta con «correr» a nuestra morada. «Yo habitaré en tu tabernáculo para siempre; estaré seguro bajo la cubierta de tus alas» (Salmo 61:4). Debemos hacer lo mismo. Permanecer en su tabernáculo para siempre es, lo admito, a veces muy difícil. Es relativamente fácil dar un paso de fe, pero mucho más difícil quedarse en ese lugar. Muchos corren a la fortaleza de Dios el domingo y vuelven a salir en cuanto llega la mañana del lunes. Algunos corren a ella cuando se arrodillan para la oración de la noche, y salen cinco minutos después al meterse en la cama. Esto es una total insensatez. No te imaginarías a un refugiado que corre a una fortaleza un día y al siguiente vuelve a salir corriendo hacia el enemigo.

Pensaríamos que ha perdido la razón. Pero ¿no es aún más insensato en el caso del alma? ¿Acaso nuestros enemigos están menos activos el lunes? ¿Acaso estamos mejor preparados para enfrentarlos dormidos que orando?

La pregunta es: ¿queremos solo visitar a Dios, o queremos vivir allí? ¿Queremos refugiarnos hoy y quedar expuestos a los enemigos mañana? Nadie elegiría eso a propósito, pero demasiados van cayendo en ello. Permanecer en Cristo es enteramente cuestión de fe, pero no lo alcanzamos a ver. Pensamos que nuestras luchas intensas o nuestro arduo esfuerzo son lo principal; cuando estos se desvanecen, nuestra fe se debilita. Pero la vida cristiana se vive por fe. Sin fe es imposible agradar a Dios. Es inútil perder el tiempo en esfuerzos propios que nada consiguen.

Debemos poner nuestra voluntad y nuestra energía en la fe. Debemos estar decididos a mudarnos a la morada de Dios y a quedarnos allí, pese a toda tentación de dudar o de desanimarnos.

«El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente» (Salmo 91:1). «Habitar» y «confiar» son prácticamente sinónimos; significan lo mismo.

Mientras confío en el Señor, permanezco en Él. Si confío en Él de forma constante, permanezco en Él de forma constante. Si confío en Él solo de vez en cuando, entro y salgo. Yo solía pensar que había un misterio en «habitar», pero ahora veo que simplemente significa confiar plenamente en Él. Una vez que lo entiendes, es lo más sencillo del mundo. A veces decimos de dos personas que «viven la una en el corazón de la otra». Esto solo quiere decir que tienen amor y confianza perfectos el uno en el otro, y que la duda es imposible. Si mi confianza en la fortaleza del Señor es absoluta, estoy habitando en esa fortaleza. Esa es toda la historia.

Lo práctico, por tanto, ya que se declara que Dios es nuestra fortaleza y nuestra alta torre, es poner nuestro ser y todos nuestros intereses en esta morada divina mediante un acto definido de entrega y fe, y luego apartar de nuestra mente toda preocupación o ansiedad por ellos. Puesto que el Señor es nuestra morada, nada de lo que se encomiende a su cuidado puede sufrir daño alguno. Mientras lo creamos, nuestros asuntos permanecen en su cuidado; en el momento en que empezamos a dudar, volvemos a tomar nuestros asuntos en nuestras propias manos, y ya no están en la fortaleza divina.

Las cosas no pueden estar en dos lugares a la vez. Si están bajo nuestro propio cuidado, no pueden estar bajo el cuidado de Dios; y si están bajo el cuidado de Dios, no pueden estar bajo el nuestro. Esto es claro como la luz del día, y sin embargo, por falta de un poco de sentido común, la gente suele confundirse. Intentan poner sus asuntos en la fortaleza de Dios mientras a la vez los guardan en la suya, y luego se preguntan por qué no son atendidos. Esto es una necedad. O confías del todo en el Señor, o confías del todo en ti mismo; pero no trates de mezclar ambas cosas, porque no se mezclan.

Te ayudará en la práctica poner tu confianza en palabras. Di con firmeza: «Dios es mi morada, y voy a quedarme en Él para siempre. Todo está decidido; estoy en este hogar divino, aquí estoy a salvo, y no voy a mudarme de nuevo». Debes hacer frente a cada asalto de duda y desánimo con la sencilla afirmación de que estás allí y de que sabes que no serás avergonzado. Que los demás hagan lo que quieran, pero tú debes declarar que tú, al menos, vas a quedarte en tu morada divina para siempre. Una vez tomada esta postura, debes negarte por completo a volver a considerar el asunto. Está decidido; no hay nada más que decir.

Con todo esto no quiero decir que debamos quedarnos en la cama y dejar que las cosas anden solas. Hablo del aspecto interior de nuestros asuntos, no del exterior. Por fuera quizá tengamos que ser muy activos y cuidadosos, pero todo ello debe brotar de la base interior de un alma que se ha escondido a sí misma y a sus intereses en Dios, y que por eso está «por nada afanosa» (Filipenses 4:6), en el hermoso sentido bíblico de no tener pensamientos angustiosos. No tener cuidado interior es el fundamento más seguro para atender con éxito lo exterior. El alma escondida en Dios es la que puede soportar triunfante las mayores pruebas de la tierra y vencer a sus enemigos más fuertes.

Hay un punto que debo mencionar. Cuando nos mudamos a una casa nueva, no nos mudamos solo nosotros; llevamos todas nuestras pertenencias y, sobre todo, a nuestra familia. Nadie sería tan necio como para dejar afuera a un ser querido. Y sin embargo, me temo que algunos hijos de Dios se mudan a su morada, pero, por falta de fe, dejan afuera a quienes más aman, a menudo a sus propios hijos. Nos horrorizaría un padre que huyera a una fortaleza en busca de seguridad durante el peligro, pero dejara afuera a sus hijos; y no obstante, muchos cristianos hacen exactamente eso. Cada pensamiento de ansiedad que tenemos por nuestros hijos demuestra que en realidad no los hemos llevado con nosotros a la morada de Dios.

Si confiamos para nosotros mismos, debemos confiar también para nuestros seres queridos. Dios es su Padre más que cualquier padre terrenal, y si ellos nos son amados, mucho más amados le son a Él. No podemos hacer nada mejor por ellos que confiarlos a su cuidado, ni casi nada peor que tratar de retenerlos en el nuestro. Conocí a una madre que confiaba en paz para su propia salvación, pero que estaba atormentada por la ansiedad respecto a sus hijos, que parecían indiferentes a la religión. Una tarde oyó hablar de poner por la fe a los seres queridos en la fortaleza de Dios. Vio cuán incoherente era esconderse ella misma en Dios mientras dejaba a sus hijos afuera.

Al instante, su fe los llevó consigo a la fortaleza. Los abandonó al cuidado de Dios tan por completo que su ansiedad se desvaneció. Me dijo que sentía que sus hijos ahora eran hijos de Dios, ya no suyos, y que Él los amaba mejor y los cuidaría con más sabiduría de lo que ella jamás podría. Se mantuvo dispuesta a hacer todo lo que el Señor le indicara para ellos, pero se contentó con dejar el asunto en sus manos. Volvió a casa y les dijo a sus hijos: «He estado tan preocupada por ustedes, y probablemente los he fastidiado con mis sermones. Pero he aprendido a confiar. Los he puesto en la fortaleza de Dios y los he dejado a su cuidado. Él los salvará a su manera. Mis ansiedades se acabaron».

Un año después, me dijo con gozo: «¡Alégrate conmigo! Mis muchachos han estado seguros en la fortaleza de Dios desde entonces, y hoy todos ellos son buenos cristianos».

La conclusión es sencilla: múdate a tu morada en Dios y lleva contigo todo lo que posees y a todos los que amas. Escóndete en Él, lejos de ti mismo y de los demás, y pierde de vista todo lo que está fuera de Él, salvo cuando lo ves a través de sus ojos. Los ojos de Dios son las únicas ventanas de su casa; vistas por ellas, todas las cosas se ven distintas. Veremos las pruebas como bendiciones y a los enemigos como amigos disfrazados. Estaremos tranquilos frente a las preocupaciones de la vida. «Y mi pueblo habitará en morada de paz, en habitaciones seguras, y en recreos de reposo» (Isaías 32:18).

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El Dios de toda consolación Hannah Whitall Smith

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