Capítulo 12 · 17 min de lectura
Una palabra a los que vacilan
«Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra. No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor» (Santiago 1:6-7).
Sería difícil encontrar algo que produzca más inquietud en la vida religiosa que una fe vacilante. La imagen que nos da el apóstol Santiago la describe con exactitud: «una onda del mar... arrastrada por el viento y echada de una parte a otra». Así como es imposible que un viajero llegue a su destino avanzando un día y desandando sus pasos al siguiente, es igualmente imposible que el alma vacilante alcance un lugar de paz estable mientras siga vacilando.
En nuestro capítulo anterior consideramos las sacudidas de Dios. Podría pensarse que nuestro vacilar se parece a su sacudir, pero son cosas muy distintas. Las sacudidas de Dios nacen de su amor, para bendecirnos; siempre conducen al reposo y a la paz. Nuestras vacilaciones nacen de nuestra falta de fe; siempre conducen a la inquietud y al desasosiego.
Un cristiano vacilante es alguien que un día confía en el amor de Dios y al siguiente lo pone en duda, y que, como resultado, es alternativamente feliz o desdichado. Un día sube a la cumbre del gozo, y al siguiente desciende al valle de la desesperación. Es llevado de un lado a otro por todo «viento de doctrina», siempre esforzándose pero sin alcanzar jamás nada. Es víctima de toda influencia cambiante: sea su salud física, las personas que lo rodean o incluso el estado del tiempo.
Se pensaría que hasta el más inexperto hijo de Dios sabría que esta clase de experiencia está mal. Vacilar así en la fe deshonra profundamente al Señor, porque pone en tela de juicio su verdad y su fidelidad. Sin embargo, muchos cristianos están tan cegados que en realidad piensan que esta tendencia a vacilar es señal de humildad. Tratan cada nuevo ataque de duda como si fuera una virtud piadosa.
Un cristiano vacilante podría decir con complacencia: «Ah, pero sé que soy tan indigno que estoy seguro de que hago bien en dudar». Con frecuencia da a entender que, si quien lo escucha fuera verdaderamente humilde, también dudaría. Conocí una vez a un cristiano consagrado cuya vida religiosa era un tormento constante de dudas. Después de que lo insté a tener más fe, me dijo con toda seriedad: «Querido amigo, si alguna vez fuera tan arrogante como para sentirme seguro de que Dios me ama, tendría por cierto que voy camino directo al infierno».
Era evidente que pensaba que semejante seguridad solo podía provenir de sentirse «suficientemente bueno» para merecer el amor de Dios. Tenía razón en que creernos dignos del amor de Dios es arrogancia.
Sin embargo, el fundamento de nuestra seguridad no proviene de nuestra propia bondad, sino de la bondad de Dios. Aunque nunca deberíamos contentarnos con nuestra propia bondad, no cabe duda alguna —para quien crea en la Biblia— acerca de la total suficiencia de la suya.
Para ver lo absurda que es esta postura de duda, consideremos cómo funcionaría en las relaciones humanas.
Imagina un matrimonio, o la relación entre un hijo y su padre; el Señor se sirve de ambas cosas como símbolos de nuestra relación con él. Si una esposa o un esposo tuviera una «experiencia vacilante» de confianza en su cónyuge —confiando un día y dudando al siguiente—, ¿se vería eso como señal de humildad o como una virtud digna de estimarse? Del mismo modo, si los hijos vacilaran en su confianza hacia sus padres como los cristianos lo hacen con su Padre celestial, ¿qué palabra sería bastante dura para semejante conducta impropia de un hijo? En las relaciones humanas, tal vacilación podría excusarse si una de las personas fuera realmente indigna de confianza. Pero con Dios no hay tal excusa. La fe vacilante de sus hijos puede llevar incluso a los de afuera a concluir que él no es digno de mucha confianza.
Nos horrorizaría hacer que la gente pensara mal del carácter de Dios. Pero, si somos sinceros, hemos de reconocer que una fe vacilante transmite exactamente esa impresión. Es, en esencia, deslealtad hacia un Dios digno de confianza, y debería considerarse un pecado grave.
La verdad es que nuestro vacilar procede de una forma sutil, a menudo inconsciente, de orgullo, y no de humildad. La verdadera humildad acepta el amor y los dones que se le conceden con una gratitud mansa y gozosa. El orgullo, en cambio, rehúye aceptar la bondad y teme creer en la bondad desinteresada de quien da. Si fuéramos verdaderamente humildes, aceptaríamos el amor de Dios con mansa gratitud. Aun reconociendo nuestra propia indignidad, la veríamos solo como algo que realza su gracia y su bondad al escogernos.
Una fe vacilante no solo es desleal hacia Dios, sino que es fuente de gran desdicha para nosotros. No puede hacer avanzar nuestros intereses espirituales; solo puede estorbarlos. El apóstol nos dice que «somos hechos participantes de Cristo, con tal que retengamos firme hasta el fin nuestra confianza del principio» (Hebreos 3:14). Ser firme es precisamente lo contrario de vacilar. Esperar los frutos de la firmeza mientras se vacila es tan insensato como intentar alcanzar la cima de una montaña alternando cortos ascensos con largos y desastrosos resbalones hacia abajo.
Sin embargo, muchos esperan precisamente eso. Hacen un «principio de confianza» y, mientras dura la frescura, están llenos de gozo. Luego vienen las pruebas y las tentaciones, y las dudas empiezan a entrometerse. En lugar de tratar esas dudas como enemigas a las que hay que resistir, las reciben como amigas.
Al poco tiempo empiezan a vacilar en su fe y en su lealtad, y su paz desaparece. Cuando la vida es luminosa, su fe revive; cuando las cosas salen mal, las dudas vencen y vuelven a vacilar.
Hablé una vez con un eminente clérigo sobre la posibilidad de una vida religiosa de paz permanente.
Me dijo con franqueza que no creía que fuera posible, y que la mayoría de las experiencias cristianas eran como la suya. «Cuando quiero escribir mis sermones —dijo—, llego a la cumbre por medio de la oración y el esfuerzo. Pongo el pie sobre una promesa y luego sobre otra hasta que alcanzo la cima y puedo empezar.
«Va bien por un tiempo, pero entonces llega una interrupción —un problema con mis hijos o una riña con un vecino— y me vengo abajo. Solo puedo volver a subir mediante otro fatigoso ascenso. Puedo permanecer en la cima unos pocos días o, muy de vez en cuando, unas pocas semanas. Pero en cuanto a “permanecer” allí de continuo, no puedo creerlo».
Esto describe la experiencia de muchos de los hijos de Dios que anhelan la paz que Cristo prometió, pero solo la hallan por momentos. Alcanzan un destello de fe, pero luego regresan las viejas dudas. «Mira tu corazón —dicen—; mira qué frío e indiferente es. ¿Cómo puedes creer que Dios ama a una criatura tan pobre e indigna como tú?». Suena tan razonable que se hunden de nuevo en las tinieblas.
Todo el problema procede de una falta de fe. En la vida espiritual, siempre es conforme a nuestra fe. Esta es una ley espiritual que no puede pasarse por alto ni eludirse. Es inherente a la naturaleza de las cosas y, por tanto, es inalterable. De igual manera, si ha de ser conforme a nuestra fe, también será para nosotros conforme a nuestras dudas.
La causa de nuestro vacilar no son nuestros pecados, sino nuestras dudas. Las dudas abren un abismo infranqueable entre nuestra alma y el Señor, igual que lo hacen entre nosotros y nuestros amigos. Ningún fervor puede tender un puente sobre ese abismo. «No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor» (Santiago 1:7). Y no es porque Dios esté airado; es porque la naturaleza de las cosas hace imposible que la duda y la confianza coexistan. «¿Y a quiénes juró que no entrarían en su reposo, sino a aquellos que desobedecieron? Y vemos que no pudieron entrar a causa de incredulidad» (Hebreos 3:18-19). No fue que Dios no los dejara entrar como castigo; sencillamente no podían entrar. Era una imposibilidad. La fe es la única puerta al reino de los cielos, y no hay otra. Si no queremos entrar por esa puerta, no podemos entrar en absoluto, porque no hay otro camino.
La salvación de Dios no es una compra que hacer, ni un salario que ganar, ni una cima que escalar, ni una tarea que cumplir; es sencilla y únicamente un don que recibir, y solo puede recibirse por fe. La fe es un elemento necesario en la aceptación de todo don, sea terrenal o celestial. Mis amigos pueden poner sus regalos sobre mi mesa, o incluso colocarlos en mi regazo, pero, a menos que crea en su afecto y en la honestidad de su intención lo bastante como para aceptar esos regalos, nunca podrán ser verdaderamente míos.
Es evidente, por tanto, que la Biblia simplemente anuncia la naturaleza de las cosas, como siempre lo hace, cuando declara: «Conforme a vuestra fe os sea hecho» (Mateo 9:29). Cuanto antes lo asumamos, mejor. Todo nuestro vacilar procede de que no creemos en esta ley. Reconocemos, por supuesto, que está en la Biblia, pero pensamos que no puede querer decir realmente lo que dice. Pensamos que ha de haber algún añadido, como «conforme a nuestro fervor nos será hecho», o «conforme a nuestra perseverancia», o «conforme a nuestro merecimiento».
Si se dijera toda la verdad, nos inclinamos a pensar que estos añadidos nuestros son, con mucho, la parte más importante del asunto. En consecuencia, nuestra atención se dirige sobre todo a dejar zanjadas estas cuestiones. Vigilamos nuestros propios estados de ánimo y sentimientos, y escudriñamos nuestro propio merecimiento o desmerecimiento con tanta diligencia que casi pasamos por alto por completo el único principio fundamental de la fe, sin el cual nada puede hacerse. Es más, como nuestros humores y sentimientos son lo más variable del universo, y nuestra sensación de merecimiento cambia con esos sentimientos, nuestra experiencia no puede sino vacilar. La posibilidad de una fe firme se aleja cada vez más al fondo. En suma, hacemos que la fidelidad de Dios y la verdad de su palabra dependan del estado de nuestros sentimientos.
Estoy segura de que, si alguno de nuestros amigos nos tratara de esta manera dudosa, nos sentiríamos heridos e indignados sin medida. Ningún sentimiento de indignidad de su parte podría excusarlo ante nuestros ojos por semejante vacilación de su confianza en nosotros. De hecho, preferiríamos con mucho que nuestros amigos pecaran contra nosotros antes que dudaran de nosotros. Ninguna clase de pecaminosidad estorbó jamás al Señor Jesús, mientras estuvo en la tierra, para hacer sus grandes obras. Lo único que lo estorbaba era la incredulidad. En su propia ciudad, entre sus propios vecinos y amigos, donde le habría gustado hacer milagros, se nos dice que «no hizo allí muchos milagros, a causa de la incredulidad de ellos» (Mateo 13:58). No fue que no quisiera, sino sencillamente que no pudo. Y no puede en nuestro caso, como tampoco pudo en el de ellos.
Pero me temo que tal vez pienses que me equivoco. Podrías pensar que, a pesar de lo que Dios ha dicho, la persona cuya fe vacila todavía puede recibir algo del Señor con tal de que sea lo bastante ferviente y sincera. Eso significaría que no crees que Dios entienda las leyes de su reino tan bien como tú, y que es más seguro seguir tus propias ideas que su palabra. Sin embargo, has de saber que, hasta ahora, tus dudas no te han traído más que tinieblas y desdicha. Recuerda los días, las semanas, o incluso los años de una vida religiosa vacilante, tropezante e incómoda, y pregúntate con sinceridad si la causa de todo ello no ha sido tu fe vacilante.
Si un día crees que Dios te ama y te es favorable, y al día siguiente dudas de su amor y temes que esté airado contigo, ¿no es lógico que tu experiencia vacile del gozo a la desdicha? Solo una fe firme en su amor y su cuidado podría darte una experiencia sin vacilaciones.
La única pregunta, por tanto, para todos aquellos cuya fe vacila, es cómo poner fin a esa vacilación de una vez por todas. Aquí, doy gracias de poder decirlo, conozco un remedio perfecto. Lo único que tienes que hacer es RENUNCIAR A ELLA. Tu vacilación la causa tu dudar, y nada más. Renuncia a tu dudar, y tu vacilación cesará. Persiste en tu dudar, y tu vacilación continuará. Todo el asunto está tan claro como la luz del día, y la decisión está en tus propias manos.
Tal vez pienses que esta es una afirmación exagerada, pues probablemente nunca se te ha pasado por la cabeza que pudieras renunciar del todo a dudar. Pero yo afirmo que puedes. Simplemente puedes negarte a dudar.
Puedes cerrar la puerta a toda insinuación de duda que venga y, por fe, declarar exactamente lo contrario. Tu duda dice: «Dios no perdona mis pecados». Tu fe ha de decir: «Sí me perdona; él dice que lo hace, y yo elijo creerle. Soy su hijo perdonado». Debes afirmar esto con firmeza hasta que todas tus dudas se desvanezcan. No tienes más derecho a decir que eres de una «naturaleza tan dudosa» que no puedes evitar dudar que a decir que eres de una «naturaleza tan ladrona» que no puedes evitar robar. Lo uno se domina tan fácilmente como lo otro. Debes renunciar a tu dudar tal como renunciarías a robar. Debes tratar la tentación de dudar exactamente como quien lucha con el alcohol debe tratar la tentación de beber: debes hacer un voto contra ella.
El método que creo más eficaz es poner nuestras dudas —igual que ponemos nuestros demás pecados— sobre el altar de Dios y entregarlas por completo. Debemos renunciar a toda libertad de dudar y consagrarle a él nuestra facultad de creer, confiando en que él nos guardará confiando. Debemos hacer que nuestra fe en su palabra sea algo tan ineludible y necesario como lo es nuestra obediencia a su voluntad. Debemos ser tan leales a nuestro Amigo celestial como lo somos con nuestros amigos terrenales. Debemos negarnos a admitir la posibilidad de cualquier cuestionamiento o duda de su amor o de su fidelidad.
Por supuesto, vendrán tentaciones de vacilar. A veces parecerá imposible que el Señor pueda amar a seres tan desagradables e indignos como nos sentimos. Pero hemos de hacer oídos tan sordos a estas insinuaciones contra el amor de Dios como los haríamos a cualquier murmuración contra nuestro amigo más querido. La lucha por lograrlo puede ser a veces muy dura, y hasta puede parecer insoportable. Pero nuestra declaración inmutable debe ser continuamente: «Aunque él me matare, en él esperaré» (Job 13:15). Nuestra fe firme nos traerá indefectiblemente una gloriosa victoria.
A menudo parecerá que sería algo «justo» —dadas nuestras muchas faltas— vacilar en la fe y poner en duda si la salvación es para nosotros. Pero si entendemos lo que es la salvación del Señor Jesucristo, hemos de reconocer que todo esto no es más que tentación. Debemos alzar con perseverancia el «escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno» (Efesios 6:16).
El Espíritu de Dios nunca, bajo ninguna circunstancia, sugiere una duda del amor de Dios. Vengan de donde vengan las dudas, una cosa es cierta: no vienen del cielo. Todas las dudas proceden de una fuente maligna y deben tratarse como sugerencias de un enemigo. Es verdad que no podemos impedir que las sugerencias de duda se hagan oír en nuestro corazón, como tampoco podemos impedir que nuestros oídos oigan las blasfemias en la calle. Pero así como podemos negarnos a aprobar ese lenguaje o a sumarnos a él, así también podemos negarnos a prestar la menor atención a estas sugerencias de duda. Los casos son exactamente iguales. Aunque sabemos que estaría mal sumarnos a las blasfemias, a menudo tenemos la persistente sensación de que las dudas podrían ser «piadosas» y deberían fomentarse. Creo que lo uno desagrada a Dios tanto como lo otro.
De nuevo lo repetiré: la única manera de tratar las dudas que te hacen vacilar es renunciar a ellas.
Una entrega absoluta es el único remedio. Como quien lucha con la bebida, las medias tintas no sirven de nada. La abstinencia total es la única esperanza.
La manera más práctica de hacerlo es salir al paso de cada duda con una negación rotunda y llevar la guerra al territorio del enemigo mediante una enérgica afirmación de fe. Por ejemplo, si surge la duda de si Dios puede amar a alguien tan pecador e infiel como te sientes, debes afirmar de inmediato en tu propio corazón —y, de ser posible, en voz alta a otra persona— que Dios sí te ama.
Él dice que te ama, y su palabra merece un millón de veces más confianza que cualquiera de tus sentimientos. Si no encuentras a nadie a quien decírselo, entonces escríbelo en una carta o dilo en voz alta para ti mismo y para Dios. Sé muy concreto al respecto.
Si en algo has tenido un «principio de confianza», si alguna vez te has aferrado a alguna promesa del Señor, mantente firme en esa promesa sin vacilar, pase lo que pase.
No puede haber término medio. Si fue verdad una vez, sigue siendo verdad, porque Dios es inmutable. Lo único que puede privarte de ella es tu incredulidad. Mientras crees, la tienes. «Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá» (Marcos 11:24).
Que nada haga tambalear tu fe. Si aun el pecado, por desdicha, te sorprendiera, no debes dejar que te haga dudar. Al instante, al descubrir cualquier pecado, actúa sobre la verdad de que «si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad» (1 Juan 1:9).
Confiesa tu pecado de inmediato y cree al punto que Dios lo perdona, como él lo declara, y que de nuevo te limpia. Ningún pecado, por grave que sea, puede separarnos de Dios ni un solo instante después de haber sido tratado de esta manera. Permitir que el pecado haga vacilar tu fe es solo añadir un nuevo pecado al ya cometido. Vuelve enseguida a Dios como enseña la Biblia y deja que tu fe se aferre con firmeza a su palabra. Créela, no porque la sientas o la veas, sino porque él lo dice. Créela activa y firmemente, en la oscuridad y en la luz, en los altibajos, en tiempos de consuelo y en tiempos de desesperación, y puedo prometerte que tu experiencia vacilante habrá terminado.
«Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano» (1 Corintios 15:58). Ser «inconmovible» en la vida religiosa es precisamente lo contrario de vacilar. En el Salmo cuarenta y seis podemos ver en qué consiste. La tierra puede ceder y los montes pueden traspasarse al corazón del mar; nuestro universo entero puede parecer en ruinas; pero mientras confiemos en el Señor, «no seremos conmovidos» (Salmo 46:5).
La persona que vacila en su fe se altera por las menores nimiedades; la persona firme en su fe puede contemplar con calma incluso la ruina de su universo. Ser así inconmovible es una bendición sumamente anhelable, y puede ser nuestra si tan solo mantenemos firme hasta el fin el principio de nuestra confianza.
«La fe es el más dulce de los cultos para aquel que tanto ama ocultar en las tinieblas sus insoportables esplendores; y confiar en tu palabra, amadísimo Señor, es amor verdadero, pues las oraciones que parecen más negadas son las que más se conceden.
«Y la fe echa sus brazos en torno a todo cuanto le has dicho, y, capaz de abrazar otro tanto más, no puede sino afligirse; ¡podría abrazarte a ti mismo en tu grandeza, Señor, si quisieras revelarte!, y el amor la hace anhelar tener más en qué creer».