Capítulo 11 · 16 min de lectura
Las cosas que no pueden ser sacudidas
«Y esta frase: “Aún una vez”, indica la remoción de las cosas movibles, como cosas hechas, para que queden las inconmovibles» (Hebreos 12:27).
Después de todo lo que hemos venido considerando acerca del amor y el cuidado insondables de Dios, a quienes no entienden los caminos más profundos del amor podría parecerles que ninguna prueba ni dureza podría entrar jamás en la vida de sus hijos. Pero si miramos el asunto a fondo, veremos que muchas veces el amor mismo tiene que traer la dureza. «Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo. Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina? Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos» (Hebreos 12:6-8).
Si el amor ve que aquellos a quienes ama van por mal camino, tiene que hacer, por su amor mismo, cuanto pueda por salvarlos; y el amor que no hace esto no es más que egoísmo. Por eso, precisamente a causa de su amor insondable, el Dios de amor —cuando ve que sus hijos hacen reposar el alma sobre cosas que pueden ser sacudidas— necesariamente tiene que quitar esas cosas de su vida, para que se vean impulsados a reposar solo en las cosas que no pueden ser sacudidas. Este proceso de quitar es a veces muy duro.
Todos reconoceremos, creo yo, que si nuestra alma ha de reposar en paz y consuelo, solo puede hacerlo sobre fundamentos inconmovibles. Al alma le es tan imposible estar tranquila cuando trata de reposar sobre «cosas que pueden ser sacudidas» como lo es para el cuerpo. Nadie puede descansar a gusto en una cama que se sacude, ni sentarse cómodamente en una silla desvencijada.
Los fundamentos, para ser confiables, tienen que ser siempre inconmovibles. «Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca. Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca. Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena; y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina» (Mateo 7:24-27).
Es muy posible, en la vida cristiana, edificar la propia casa espiritual sobre fundamentos tan inseguros que, cuando las tormentas la azotan, grande es la ruina de esa casa. Más de una experiencia religiosa que parecía bastante buena mientras todo iba bien en la vida se ha tambaleado y caído cuando llegaron las pruebas, porque sus fundamentos eran inseguros. Por eso es de vital importancia para cada uno de nosotros cuidar de que nuestra vida religiosa esté edificada sobre «cosas que no pueden ser sacudidas».
Por supuesto, el pensamiento inmediato que acudirá a toda mente es que debe edificarse sobre la Roca, Cristo Jesús. Esto es cierto; pero lo importante es qué se quiere decir con esa expresión. Es una de esas frases religiosas que a menudo se usan de manera convencional, sin ningún sentido definido ni real. Por convención creemos que Cristo es la única Roca sobre la cual edificar, pero en la práctica —aunque quizá sin darnos cuenta— creemos que, para tener una roca sobre la cual sea de veras seguro edificar, hay que añadir a Cristo muchas otras cosas. Pensamos, por ejemplo, que hay que añadir los estados de ánimo y los sentimientos correctos, o las doctrinas o los dogmas correctos, o cualquier otra cosa que a cada uno le parezca constituir el grado necesario de seguridad. Y si fuéramos del todo sinceros con nosotros mismos, sospecho que muchas veces descubriríamos que nuestra dependencia estaba casi por completo en estas añadiduras nuestras, y que Cristo mismo, como nuestra roca de dependencia, tenía una importancia enteramente secundaria.
Lo que deberíamos querer decir cuando hablamos de edificar sobre la Roca, Cristo Jesús, es lo que a lo largo de todo este libro intento dejar en claro: que el Señor basta para nuestra salvación —solo el Señor, sin ninguna añadidura nuestra—. Es el Señor mismo, tal como es en su propio carácter intrínseco, nuestro Creador y Redentor, y nuestra porción todosuficiente.
«Pero el fundamento de Dios está firme» (2 Timoteo 2:19), y es el único fundamento que lo está.
Por eso necesitamos ser «sacudidos» y arrancados de todo otro fundamento, para que nos veamos obligados a reposar únicamente sobre el fundamento de Dios. Esto explica la necesidad de esas «sacudidas» por las que tantos cristianos parecen llamados a pasar. El Señor ve que están edificando su casa espiritual sobre fundamentos endebles que no podrán resistir «el río que dio con ímpetu contra aquella casa» (Lucas 6:48) durante las tormentas de la vida. No con ira, sino con el más tierno amor, sacude nuestra tierra y nuestro cielo hasta que todo lo que «puede ser sacudido» es quitado, y solo quedan aquellas «cosas que no pueden ser sacudidas».
El Apóstol nos dice que las cosas que son sacudidas son las «cosas hechas» (Hebreos 12:27); es decir, las cosas fabricadas por nuestros propios esfuerzos: sentimientos que nosotros mismos avivamos, doctrinas que elaboramos y buenas obras que realizamos. No es que en sí mismas sean cosas malas. Solo cuando el alma empieza a reposar en ellas en lugar de en el Señor, él se ve obligado a «sacudirnos» y desprendernos de ellas. Y esta sacudida alcanza, se nos dice, «no solamente la tierra, sino también el cielo» (Hebreos 12:26). Esto significa, estoy segura, que es posible tener «cosas hechas» aun en asuntos religiosos. Cuánto de la llamada religiosidad de muchos cristianos consiste en estas «cosas hechas», no sabría decirlo; pero a veces pienso que los grandes trastornos y sacudimientos en cuestiones de fe, que tanto angustian a los cristianos en estos tiempos, quizá no sean más que la necesaria sacudida de las «cosas hechas», para que solo permanezca aquello que «no puede ser sacudido».
Hay momentos, tal vez, en nuestra vida religiosa, en que nuestra experiencia parece tan asentada e inamovible como las raíces de los montes eternos. Pero entonces llega un vuelco; todos nuestros fundamentos son sacudidos y derribados, y estamos a punto de desesperar y de preguntarnos si acaso podemos ser cristianos siquiera. A veces es un vuelco en nuestras circunstancias externas, y a veces en nuestra experiencia interior. Si alguien ha reposado en sus buenas obras y en su fiel servicio, el Señor muchas veces se ve obligado a quitarle toda capacidad para obrar o toda oportunidad, para que el alma sea expulsada de su falso lugar de reposo y obligada a reposar únicamente en el Señor.
A veces la dependencia está en los buenos sentimientos o en las emociones piadosas, y el alma tiene que ser privada de ellos antes de que pueda aprender a depender solo de Dios. A veces la dependencia se pone en la «sana doctrina», y una persona siente que ocupa una posición invulnerable porque sus «opiniones» son tan correctas y sus doctrinas tan «ortodoxas». Entonces el Señor se ve obligado a «sacudir» esas doctrinas y a sumir a esa persona, tal vez, en confusión y tinieblas respecto de sus «opiniones». Fue justamente en un momento así cuando mi propia alma tuvo su primera visión real de Dios; lo que había parecido segura ruina y derrota espiritual se convirtió en la más triunfante victoria.
O puede ser que el vuelco venga en nuestras circunstancias externas. Todo ha parecido tan firmemente establecido en la prosperidad que ningún sueño de desastre nos inquieta. Nuestra reputación está asegurada, nuestro trabajo ha prosperado, todos nuestros esfuerzos han tenido éxito más allá de lo que esperábamos, y nuestra alma está a sus anchas; el necesitar de Dios corre peligro de volverse lejano y vago. Entonces el Señor se ve obligado a ponerle fin a todo. Nuestra prosperidad se derrumba a nuestro alrededor como una casa edificada sobre la arena, y nos sentimos tentados a pensar que está enojado con nosotros. Pero en verdad no es ira, sino el más tierno amor. Su amor mismo lo obliga a quitarnos la prosperidad exterior que impide a nuestra alma entrar en el reino espiritual interior que anhelamos.
«Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos, aunque falte el producto del olivo, y los labrados no den mantenimiento, y las ovejas sean quitadas de la majada, y no haya vacas en los corrales; con todo, yo me alegraré en Jehová, y me gozaré en el Dios de mi salvación» (Habacuc 3:17-18).
Entonces, y muchas veces no antes, nuestra alma aprenderá a alegrarse solo en el Señor.
Pablo declaró que «estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor» (Filipenses 3:8). Cuando aprendemos a decir lo mismo, la paz y el gozo que el evangelio promete llegan a ser posesión permanente nuestra.
«¿Qué maldad hallaron en mí vuestros padres, que se alejaron de mí, y se fueron tras la vanidad, y se hicieron vanos?», pregunta el Señor a los hijos de Israel (Jeremías 2:5).
«Porque dos males ha hecho mi pueblo: me dejaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen agua» (Jeremías 2:13).
Como los israelitas, también nosotros abandonamos la fuente de agua viva y tratamos de cavar cisternas de nuestra propia invención. Buscamos saciar nuestra sed con nuestras propias experiencias o actividades, y luego nos preguntamos por qué seguimos teniendo sed. Es para librarnos de perecer por falta de agua que el Señor halla necesario destruir nuestras cisternas rotas; solo entonces podemos ser obligados a beber de la fuente de agua viva.
Se nos dice que si «confiamos en la vanidad», entonces «ella será nuestra recompensa» (Job 15:31), y muchas veces hemos comprobado que es cierto. ¿Alguna vez has cruzado un pantano peligroso lleno de arenas movedizas, donde cada paso era un riesgo? Montículos de aspecto firme te engañaban una y otra vez llevándote a una falsa confianza, haciéndote hundir en el fango y el agua ocultos bajo ellos. Si lo has hecho, entenderás lo que significa «confiar en la vanidad», y sabrás apreciar la bendición de cualquier situación que ponga al descubierto la podredumbre de tus falsas confianzas y te impulse a confiar en lo que es seguro y permanente. Cuando nuestros pies andan sobre «lodo cenagoso», deberíamos dar la bienvenida al Guía Divino que nos saca del lodo y «pone mis pies sobre peña, y endereza mis pasos» (Salmo 40:2), aun cuando los senderos por los que nos llama a andar parezcan estrechos y difíciles.
El profeta Jeremías, al lamentar los pecados de su pueblo, dice: «hemos puesto nuestro refugio en la mentira, y en la falsedad nos esconderemos» (Isaías 28:15). Añade que el Señor declaró: «granizo barrerá el refugio de la mentira, y aguas arrollarán el escondrijo» (Isaías 28:17). Podría parecer que fuera la ira de Dios la que hace esto, y muchos cristianos atemorizados así lo creen; pero su ira es solo contra los refugios de mentira, no contra nosotros. El amor no podría hacer menos que destruir esos refugios para que seamos librados.
Un querido y anciano amigo mío, muy interesado en mi bienestar espiritual, me regaló una vez un pequeño libro titulado Los Diecisiete Falsos Reposos del Alma. Evidentemente sentía que yo corría el peligro de acomodarme en uno de esos falsos reposos. El libro explicaba, en un lenguaje antiguo y pintoresco, que el alma es continuamente tentada a sentarse sobre algo falso como si fuera un lugar de reposo definitivo. Entonces Dios se ve continuamente obligado a «desfondar» todos esos falsos lugares de reposo, muy parecido a como alguien podría quitar el asiento de una silla y dejar caer al que está sentado. Se describían los diecisiete falsos reposos, mostrando cómo el alma —al ser «desfondada» de cada uno por turno— se asentó al fin sobre el único reposo verdadero en Dios.
Este «desfondamiento» no es más que otra palabra para las «sacudidas» y los «vaciamientos» sobre los que he venido escribiendo. Es siempre un proceso doloroso y muchas veces desalentador. Todo parece inestable, y el reposo parece del todo inalcanzable. Apenas hallamos una experiencia o una doctrina en la que creemos que por fin podemos reposar seguros, cuando llega una gran «sacudida» y otra vez nos vemos expulsados. Este proceso tiene que continuar hasta que todo lo que puede ser sacudido sea quitado, y solo permanezcan «aquellas cosas que no pueden ser sacudidas». A menudo la respuesta a nuestras más fervientes oraciones por liberación llega de tal forma que parece como si «se conmovieran los cimientos de los montes, y se estremecieran» (Salmo 18:7). No siempre vemos al principio que es por medio de esta misma sacudida como se realiza la liberación que pedimos, la cual nos lleva al «lugar espacioso» (Salmo 18:19) que anhelamos.
Los antiguos místicos solían enseñar lo que llamaban «desprendimiento», es decir, el soltar el alma de todo lo que pudiera retenerla lejos de Dios. Esta necesidad de desprendimiento es el secreto de muchas de nuestras «sacudidas». No podemos seguir plenamente al Señor mientras estemos atados a cualquier otra cosa, como tampoco una barca puede navegar hacia el océano sin límites mientras está atada a la orilla.
Si queremos llegar a «la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios» (Hebreos 11:10), tenemos que salir como Abraham de toda otra ciudad y desprendernos de todo lazo terrenal.
Todo lo que en la vida de Abraham podía ser sacudido fue sacudido. Fue, por así decirlo, vaciado de vasija en vasija: hoy aquí y mañana en otra parte. Todos sus lugares de reposo fueron perturbados, sin asiento ni consuelo en ninguna parte. Nosotros, como Abraham, buscamos una ciudad con fundamentos, y por eso también nosotros tendremos que ser vaciados de vasija en vasija. No nos damos cuenta de esto, y cuando llegan las sacudidas, caemos en la desesperación, pensando que nunca llegaremos a esa ciudad. Pero son estas mismas sacudidas las que hacen posible que lleguemos a ella.
El salmista había aprendido esto, y después de todas las sacudidas de su agitada vida, clamó: «Alma mía, en Dios solamente reposa, porque de él es mi esperanza. Él solamente es mi roca y mi salvación; es mi refugio, no resbalaré. En Dios está mi salvación y mi gloria; en Dios está mi roca fuerte, y mi refugio» (Salmo 62:5-7). Por fin, Dios lo era todo para él; y entonces descubrió que Dios le bastaba.
Lo mismo sucede con nosotros. Cuando todo lo que en nuestra vida y experiencia puede ser sacudido es sacudido, y solo permanece lo que no puede ser sacudido, somos llevados a ver que solo Dios es nuestra roca y nuestro fundamento. Aprendemos a poner nuestra esperanza únicamente en él. «Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida, y se traspasen los montes al corazón del mar; aunque bramen y se turben sus aguas, y tiemblen los montes a causa de su braveza... Dios está en medio de ella; no será conmovida; Dios la ayudará al clarear la mañana» (Salmo 46:2-3, 5).
«No será conmovida»: ¡qué declaración tan alentadora! ¿Será posible que nosotros, que tan fácilmente somos conmovidos por las cosas de la tierra, podamos llegar a un lugar donde nada pueda alterar nuestro ánimo ni perturbar nuestra calma? Sí, es posible; y el apóstol Pablo lo sabía. Cuando iba camino de Jerusalén, donde preveía que le esperaban «prisiones y tribulaciones», podía decir triunfante: «de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo» (Hechos 20:23-24). En el lenguaje antiguo, dijo: «Ninguna de estas cosas me conmueve». Todo lo que en la vida de Pablo podía ser sacudido había sido sacudido. Si dejamos que Dios haga con nosotros a su manera, podemos llegar al mismo lugar. Ni las pequeñas molestias de la vida ni sus grandes pruebas tendrán poder para movernos de la «paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento» (Filipenses 4:7), que es la porción de quienes han aprendido a reposar solo en Dios.
En la Revelación hecha a Juan en la isla de Patmos, el Espíritu dice a las iglesias lo que aguarda a los que venzan: «Al que venciere, yo lo haré columna en el templo de mi Dios.
«Nunca más saldrá de allí» (Apocalipsis 3:12). Ser tan inamovible como una columna en la casa de nuestro Dios es una meta por la cual con gusto uno soportaría todas las «sacudidas» y «desfondamientos» necesarios para llegar allí.
«Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia; porque nuestro Dios es fuego consumidor» (Hebreos 12:28-29). Muchísima gente teme el fuego consumidor de Dios, pero eso es solo porque no entiende lo que es. Es el fuego del amor de Dios que, por su misma naturaleza, tiene que consumir todo lo que pueda dañar a su pueblo. Si nuestro corazón está resuelto a ser lo que el amor de Dios quiere que sea, su fuego será algo que acogeremos con calidez en lugar de temer.
«Implacable es el amor.
«Los enemigos pueden ser comprados o apartados con halagos de su intención maligna; pero queda insaciable aquel que está empeñado en la bondad».
Demos gracias a Dios, pues, de que está «empeñado en la bondad» hacia nosotros, y de que el fuego consumidor de su amor no cesará de arder hasta habernos refinado como se refina la plata. Porque la promesa es que «se sentará para afinar y limpiar la plata; porque limpiará a los hijos de Leví, los afinará como a oro y como a plata, y traerán a Jehová ofrenda en justicia» (Malaquías 3:3). Él nos da esta alentadora seguridad: si tan solo nos sometemos a este proceso purificador, llegaremos a ser «gratos a Jehová» (Malaquías 3:4). «Y todas las naciones os dirán bienaventurados, porque seréis tierra deseable, dice Jehová de los ejércitos» (Malaquías 3:12).
Ser «gratos» y una «delicia» para el Señor puede parecernos imposible cuando miramos nuestras faltas y nuestra indignidad. Pero cuando pensamos en este hermoso fuego consumidor del amor de Dios, podemos cobrar ánimo y ser valientes. Él no se cansará ni desmayará hasta que toda nuestra escoria y nuestra plata inferior sea consumida, y nosotros mismos salgamos a su semejanza, conformados a su imagen.
Nuestra alma anhela el «reino inconmovible» (Hebreos 12:28). Aquel que está «empeñado en la bondad», si se lo permitimos, sacudirá todo lo que en nuestra vida pueda ser sacudido. Nos «desfondará» de todo falso reposo hasta que solo permanezca lo que no puede ser sacudido.
Uno de los sermones más impresionantes que jamás oí lo predicó una anciana cuáquera de rostro dulce. Se levantó en medio del silencio y dijo: «Ayer, la hermana Tabita hizo pedazos mi mejor tetera de porcelana. Pero el Señor, en quien confío, guardó mi alma en perfecta paz y me permitió no pronunciar una sola palabra de reproche». Eso fue todo; el sermón había terminado. Pero en cada corazón entró una noción de lo que significaría ser guardado en el reino inamovible del amor de Dios. Ese reino puede ser nuestro hogar si tan solo nos sometemos a las sacudidas de Dios y aprendemos a reposar solo y siempre en él.
¡Que él apresure ese día para cada uno de nosotros!