Capítulo 5 · 7 min de lectura
¡Adelante, joven!
Los cuatro años que pasé en el hermoso campus de Brynmill, en Swansea, fueron muy gratificantes. Aunque había entrado en la universidad para estudiar matemáticas, durante el segundo año me pasé al departamento de física, porque cada vez me interesaba más. (Mirándolo ahora, también en esto se puede ver la dirección del Señor). Al principio había pensado ir a Birmingham, ya que aquella universidad era conocida por su departamento de matemáticas. ¡Y ahora estaba estudiando física en Swansea, una facultad conocida por su departamento de física! Obtuve en física una calificación mejor de lo que nadie esperaba y, en mi último año, un diploma en educación. Al dejar la universidad, conseguí mi primer empleo: enseñar física como jefe de departamento en un nuevo instituto de secundaria.
El hogar de los Evans se convirtió en un lugar especial donde me trataban como a uno más de la familia; de hecho, hasta el día de hoy siguen siendo familia para mí. Asistíamos a la misma iglesia, y me uní al Swansea Gospel Male Voice Choir, un coro masculino del que Mary Evans era la pianista y Aubrey Evans el encargado de las partituras. Mary se aseguraba de que yo comiera muy bien, mientras que su marido, Aubrey, aunque era un hombre sin estudios, me dio muchas perlas de sabiduría que me han acompañado a lo largo de los años.
Una vez, cuando yo estaba algo frustrado por la aparente falta de celo entre los jóvenes de la iglesia, me llevó aparte y me dijo: «Recuerda, hijo, que los que siguen de lejos todavía pueden ver al Señor, pero los que se adelantan un paso a la Luz del mundo ya no pueden verle. Se encuentran caminando en su propia sombra».
Russell estudió metalurgia en la universidad y más tarde llegó a ser catedrático en esa misma institución. Era un estudiante excelente y me ayudó muchísimo mientras yo me abría paso a duras penas en mis asignaturas de física nuclear de la licenciatura con honores.
Don Evans fue a un instituto bíblico, fue pastor durante algunos años y después entró en el Swansea University College para estudiar filosofía. Ahora vive en Dunedin, Nueva Zelanda, donde es profesor, y es uno de los académicos más destacados del mundo en el campo de la ética médica. Ha viajado mucho, tanto en círculos académicos como conferenciante en el movimiento de renovación carismática.
Fue durante aquellos maravillosos años en Swansea cuando conocí a Anne, una secretaria que asistía a la misma iglesia que yo. Su padre era noruego y había sido un fiel ministro del Evangelio, aunque su salud llevaba muchos años siendo delicada. Me ayudó a comprender muchas de las cosas profundas de Dios, y todavía atesoro los libros devocionales que me regaló. Su madre se había criado en la iglesia donde Evan Roberts era el líder de los jóvenes cuando estalló el avivamiento galés de 1904.
Ella conoció a muchos de los “santos” de aquella época y más tarde fue miembro del «Grupo de Oración de Rees Howells». Con una herencia tan piadosa, no es de extrañar que Anne haya mostrado el profundo carácter cristiano que he aprendido a apreciar en ella.
Nos comprometimos el día de mi graduación y nos casamos un año después, al terminar mi curso de diploma de magisterio. Nos mudamos a nuestra primera casa a tiempo para que yo empezara a dar clases en el Cynffig Comprehensive School. Nunca entendí cómo conseguí aquel puesto; debió de ser otra de las citas del Señor, porque era una oportunidad que yo nunca había buscado.
Un día, en la universidad, uno de mis profesores se me acercó y me preguntó si ya había encontrado trabajo. Le respondí que no, pero sin preocupación, porque todavía faltaba algún tiempo para terminar la universidad. Entonces me sugirió que escribiera a una dirección, que él me había anotado, y preguntara si había algún puesto disponible. Poco después me invitaron a una entrevista para el puesto de Cynffig. Por lo que he podido averiguar, fui el único entrevistado, y luego me ofrecieron el trabajo de enseñar física hasta el nivel avanzado.
En mi tercer año en aquella primera escuela, me invitaron a enseñar con las Fuerzas Británicas en Alemania. El Ejército Británico del Rin tenía varias escuelas donde se educaban los hijos del personal militar, y yo iba a enseñar en el Windsor Boys School, que, al igual que su escuela hermana de chicas, acogía a más de 500 alumnos de secundaria.
Por aquel entonces, yo era el profesor más joven que el Ministerio de Defensa había contratado jamás, pues no había hecho ni el «servicio militar obligatorio» ni tenía los cinco años de experiencia docente que normalmente se exigían.
No conocía esos requisitos cuando, tímidamente, solicité por primera vez enseñar con el B.O.A.R., así que me sentí un poco decepcionado cuando recibí su primera negativa. Ya había abandonado toda idea de un puesto así cuando, unos meses después, llegó otra carta diciéndome que había una vacante para enseñar en Hamm, en Alemania Occidental. Al parecer, el profesor de física de aquella escuela había sido ascendido a subdirector y yo era el único profesor de física con la titulación adecuada que tenían en sus listas. ¡Dios puede pasar por encima incluso de los reglamentos del ejército!
Fueron años buenos para Anne y para mí. Dios ya nos había bendecido con una hija, Corinne, nacida en Gales, y ahora nos dio dos más, Andrea y Lynette, para completar nuestra familia. Hicimos muchos amigos alemanes y disfrutamos viviendo entre dos culturas.
Los domingos íbamos a una base del ejército canadiense cercana, donde el Ejército de Salvación celebraba un culto por la tarde. Mientras compartíamos la comunión, mi corazón se fue encariñando con aquella gente tan hospitalaria de la tierra de los indios y los inuit, de los “Mounties” y los tramperos, de los osos y las águilas, de la pizza y el salmón. Y así, animados por ellos, empezamos a explorar la posibilidad de enseñar en Canadá.
Pronto recibí una carta que me informaba de que me habían aceptado para enseñar física en un conocido instituto técnico de Toronto, Canadá. Debía enviarles fotocopias de mis títulos de licenciatura y de diploma para verificar mi titulación, y ellos me informarían de los detalles del vuelo a la gran tierra del norte.
Enviamos nuestros documentos a Bloor Street, en Toronto, y pronto una respuesta me comunicó que probablemente reuniría los requisitos para un «Diploma de Especialista Tipo A». Siguieron exhaustivos exámenes médicos, obtuvimos los visados, presenté mi renuncia en la escuela y esperamos… ¡La segunda carta no fue tan agradable! ¡Se había cometido un error! ¡El director de educación local había nombrado a un profesor para ocupar mi puesto sin saber que el director del instituto ya me había aprobado a mí! Se habían nombrado tres profesores para dos vacantes y, como yo era de fuera del país, fui yo quien se quedó sin el puesto.
La vergüenza fue grande cuando les contamos a nuestros amigos la última noticia. Habíamos dado un testimonio tan entusiasta de la bondad de Dios con nosotros, y ahora parecía que habían sido solo palabras vanas. No teníamos trabajo para el nuevo curso escolar y tendríamos que volver a Gales para buscar otro empleo al menos durante un trimestre. Nuestras oraciones estaban llenas de preguntas, ¡sin darnos cuenta de que el Señor sabía exactamente lo que estaba haciendo!
Tres días después llegó otra carta. Era del Ejército Británico, que lamentaba mi renuncia y me invitaba a reconsiderarla. Escribían: «Tenemos otro puesto disponible de profesor de física en Hong Kong. ¿Podría considerar ese puesto y comunicarnos su decisión lo antes posible?».
Como nuestros amigos más íntimos también iban a Hong Kong, la decisión fue fácil de tomar. Íbamos a descubrir una vez más que el Señor iba unos pasos por delante de nosotros.
Capítulo 5 completado
¡Adelante, joven!