Capítulo 24 · 7 min de lectura
Reencuentro con nuestras raíces
Los momentos destacados de los cuatro años que pasamos a bordo del Anastasis fueron muchos. Fue una época especial tanto para Anne como para mí. Sin embargo, cuando pienso en “piedras de paso”, veo no solo cómo Dios me estaba preparando para un ministerio futuro, sino también cómo nos estaba permitiendo “reencontrarnos con nuestras raíces”. Voy a contar algunas de las maravillosas “coincidencias” que se sucedieron durante aquel tiempo.
Nos unimos al barco en Ámsterdam y nos recibieron con mucho cariño varias personas a las que recordábamos de nuestros días en Victoria. Entre ellas estaba Odd Neilson, que asistió a mi iglesia durante los catorce meses que el barco estuvo en dique seco, en 1986. Me contó que iba a casarse seis semanas después, cuando el barco llegara a Oslo, Noruega, y me preguntó si yo oficiaría la ceremonia. Naturalmente, me encantó la idea.
La boda iba a celebrarse en la Iglesia Pentecostal Salem. Así que, al llegar el barco, asistimos al culto del domingo una semana antes de la fecha prevista para la boda. El pastor me invitó a saludar a su congregación y a darles información sobre el Anastasis. Así lo hice, y luego añadí: «También les traigo saludos de mi suegra, que asistía a esta iglesia hace más de cincuenta años con su esposo y sus dos hijos». El pastor preguntó el nombre del padre de Anne, por si acaso alguien allí se acordaba de ellos.
Al terminar el culto, una señora se acercó a Anne y le dijo: «Me acuerdo de tu madre y de tu padre, y de tu hermana Betty y de tu hermano David. Tu padre tiene una hermana, Paula, que ahora vive en Karlskoga, Suecia, y es mi mejor amiga. ¡Y además, en este momento está de visita en mi casa, a solo una cuadra de esta iglesia!». Naturalmente, Anne estaba encantada de acompañar a la señora después del culto para conocer a la tía Paula y, a través de ella, a todos los demás familiares que vivían en Oslo. En las tres semanas siguientes conocimos a más de veinticinco parientes de Anne, y cada noche cenábamos en una casa distinta.
Antes de que el barco dejara Europa para pasar seis meses en África, tuvimos la oportunidad de visitar a muchos otros amigos que habíamos conocido durante nuestros años en Hamm con las Fuerzas Británicas. Parecía que los únicos a quienes no veríamos serían Lars y Marion Friedner, amigos de la familia en Estocolmo. Por eso nos alegró muchísimo recibir una invitación para enseñar en un campamento de JUCUM (Juventud con una Misión) para su ministerio juvenil KING’S KIDS, en Laxo, a cuatro horas al suroeste de Estocolmo. Enseguida escribimos a Lars y Marion contándoles nuestro plan de ir en coche a verlos uno de los días libres del campamento, pero no recibimos respuesta antes de dejar el barco. No sabíamos que ellos estaban de vacaciones la misma semana de nuestro campamento, y que su casa de veraneo estaba a muy poca distancia de Laxo.
El jueves, su hija Ingemo y su esposo viajaron para visitar a sus padres y les llevaron todo el correo reciente, incluida nuestra carta. Al detenerse a almorzar por el camino, Ingemo reconoció nuestros nombres en el reverso del sobre, así que lo abrió y leyó que estaríamos en Laxo en esas fechas. Se quedó boquiabierta, porque justamente se habían detenido a descansar en el centro de Laxo. Esa tarde, Lars nos llamó y quedamos en vernos todos al día siguiente.
Nuestro último ministerio con el Anastasis fue dirigir el Equipo de Avanzada antes de su visita a Cardiff, Gales, en septiembre de 1994. Dirigí un equipo de cinco jóvenes maravillosos mientras contactábamos con los medios de comunicación, iglesias, empresas, escuelas, etc., para informarles y prepararlos para la llegada del barco.
Naturalmente, como muchacho de la zona, yo tenía muchos contactos en las iglesias, y mi agenda estaba repleta de compromisos para predicar. Me invitaron a hablar en una Fiesta de la Cosecha por la tarde en Zoar, la iglesia presbiteriana de mi juventud y de mi escuela dominical, donde mi madre tocaba el piano y donde está enterrada. Mientras visitaba su tumba, se me acercó un anciano y me dijo: «¿Cómo demonios un pícaro como tú llegó a ser pastor?». Más tarde, entre sándwiches de pepino y té caliente, me presentaron a un joven que estaba de vuelta en casa desde Madagascar, donde sirve como misionero. Descubrí que era hijo de mi primera novia, de cuando yo tenía apenas diez años. ¡Ay, cuántos palmetazos recibí de mi director en aquellos días por escribirle cartas de amor a Barbara!
Más tarde, cuando el barco estaba en el muelle y muchas señoras subieron a bordo para unas reuniones de mujeres, busqué en vano a ver si Barbara estaba entre las visitantes. Sin embargo, un par de días después, me pasaron una nota desde nuestra recepción que decía: «Querido capellán: solo para que sepa que el novio actual de su primera novia subió hoy a bordo».
Una semana después de lo de Zoar, me tocaba hablar en una reunión de personas mayores en su iglesia hermana, a unos ocho kilómetros. Mientras estaba sentado en el primer banco preparando mi material, el pastor vino con una señora mayor y me preguntó si ella podía sentarse a mi lado, ya que «Dolly es nuestra miembro de más edad y necesita sentarse delante para oír». Le pregunté si estaba cómoda y entonces ella me preguntó quién era yo. Cuando se lo dije, exclamó: «¡Vaya, tú y yo somos parientes!». Descubrí que Dolly Hallett era prima de mi madre y que había vivido en la casa de al lado en Railway Terrace, Peterston-super-Ely, el lugar donde mi madre pasó su niñez.
De hecho, esa misma tarde yo había dado la vuelta con el coche en la entrada de su casa mientras recorría los lugares de mi juventud y había ido a ver la antigua casa de mis abuelos. Le prometí visitarla al mediodía siguiente y llevar a Anne conmigo. Nos recibieron Dolly y sus dos hijas, Dorothy y Thelma, que al verme exclamaron: «¡Ay, tú sí que eres un Lovelock!». Luego me contaron historias maravillosas de mi madre cuando era niña, historias que yo nunca había oído. Recordaban la tristeza que sintieron cuando ella murió, siendo «una joven tan encantadora».
Les hablé de la llegada del barco dentro de dos semanas y añadí que George Thomas, Lord Tonypandy, antiguo presidente de la Cámara de los Comunes y uno de los hombres más célebres de la historia de Gales, sería nuestro invitado un día a bordo. «Ah, conocemos bien a George», dijeron las hermanas. «Solía venir a Railway Terrace a visitar a su hermana, que vivía aquí. Hemos estado en su casa muchas veces».
El día señalado, Lord Tonypandy vino y pasó unas dos horas con algunos de nuestros líderes, compartiendo su propia fe en el Señor y animándonos en nuestra labor. Más tarde, mientras lo acompañaba por la pasarela de vuelta a su coche, le pregunté qué recordaba de Dolly Hallett y sus hijas. Tenía muchos recuerdos entrañables, pero luego me preguntó de qué las conocía yo. Le conté que Dolly era prima de mi madre y que habían vivido en la casa de al lado en Peterston. Cuando oyó que mi madre era Ethel, exclamó en voz alta: «¡Ethel! ¿Eres el hijo de Ethel?». Por lo visto, él también guardaba un recuerdo muy cariñoso de la menor de “aquella familia tan numerosa”. (Mi madre era la menor de trece hermanos).
Al volver a subir por la pasarela, me di cuenta de que él debía de tener la misma edad que mi mamá; ¡quizá ella fue su primera novia! Me pregunto si él también recibió muchos palmetazos por escribir cartas de amor. Fue tan bueno reencontrarme con estas raíces y oír comentarios tan cariñosos sobre mamá.
Capítulo 24 completado
Reencuentro con nuestras raíces