Piedras de paso
El corazón quebrantado de Dios

Capítulo 22 · 8 min de lectura

El corazón quebrantado de Dios

Poco imaginábamos, mientras disfrutábamos de la comunión con tantos amigos a bordo del M/V Anastasis, que el Señor iba otra vez delante de nosotros, preparando el siguiente paso de nuestra creciente experiencia de su guía en nuestras vidas. Sin duda nos alegraba estar vinculados a la tripulación del barco, pero no teníamos ninguna expectativa ni esperanza de que algún día formaríamos parte de esa familia. De hecho, aunque Anne había dicho muchas veces lo mucho que le gustaría tener una “casa junto al mar”, jamás soñé que un día tendría un “¡hogar sobre el mar!”. Estoy seguro de que, si tan solo le hubiera insinuado algo así cuando el barco estaba en Victoria, habría oído un rotundo «¡Ni hablar!».

Pero antes, Dios tenía que hacer algo más en mi corazón para desprenderme de la seguridad de un puesto asalariado como pastor “a tiempo completo”. Ya había dejado un puesto de maestro con “buen sueldo y buena pensión” para ser pastor con “medio sueldo y media pensión”. Él quería llevarme todavía más lejos, a ser misionero ¡“sin sueldo y sin pensión”!

Como pastor de una iglesia de la Alianza Cristiana y Misionera, animaba a mi gente a tener presente el mandato misionero que el Señor nos dio de ir por todo el mundo y predicar el evangelio. Cada año hacíamos grandes esfuerzos para recaudar fondos y sostener a nuestros misioneros en el campo, convencidos de que la obra que realizan es muy importante.

Predicaba mensajes misioneros y animaba a la oración. Sin embargo, no fue hasta 1988 cuando por primera vez tomé conciencia de cómo llora Dios por los perdidos y los que sufren en el mundo.

Había establecido en la iglesia una escuela Mission Bridge, que se reunía dos veces por semana para escuchar enseñanzas grabadas y de pastores locales sobre el discipulado cristiano. Había quince alumnos en la clase, procedentes de varias iglesias. Su compromiso era de seis meses de estudios, incluidas tres semanas de “alcance” trabajando en orfanatos de México. Fue precisamente estando en uno de esos orfanatos cuando el Señor me reveló su corazón.

Mi amigo mexicano Francisco estaba fotografiando a los niños pequeños para enviar las fotos a Canadá, Estados Unidos y Gran Bretaña, con el fin de animar a padrinos cuyo apoyo económico mensual permitiera que la obra de los orfanatos siguiera adelante. Una de mis alumnas estaba sentada en un muro bajo del orfanato, abrazando con los dos brazos a una niñita mexicana. Cindy lloraba, y las lágrimas se le juntaban en la barbilla antes de caerle en el regazo. Francisco se volvió hacia ella y le dijo en voz baja: «Cindy, ¡a nosotros el corazón se nos rompe todos los días!». Yo había predicado constantemente sobre la fidelidad de Dios. Él había llegado a ser mi Salvador, mi Fortaleza, mi Provisión, mi Sanador, mi Santificador y mucho más. Daba testimonio con alegría de toda su bondad para conmigo. ¡Él existía para bendecirme!

Mientras Francisco le hablaba a Cindy, yo podría haber dado testimonio de que estoy sentado en los lugares celestiales en Jesús, disfrutando de la seguridad de su regazo (Efesios 2:6). Sin embargo, en aquel momento sentí, como si fuera la primera vez, sus cálidas lágrimas cayendo sobre mi cabeza. Sentí su corazón quebrantado, no solo por los pequeños huérfanos de México, sino por todos los pobres, heridos y lastimados de este mundo. ¡Cuánto anhelaba él que yo lo bendijera a él! Quería que yo fuera sus manos extendidas. Fue en aquel primer viaje a México cuando se me concedió una alegría especial.

Durante varios años, Anne y yo habíamos apadrinado niños con Compassion, y nuestra niña de entonces, Vicky, vivía en algún lugar de México. ¡Imagínate mi alegría al descubrir que vivía a solo quince minutos de donde estábamos trabajando y que sería posible conocerla a ella y a su familia! No era huérfana, pero su familia era extremadamente pobre, y mi apadrinamiento les permitía recibir alimentos y ropa básicos a través de Compassion. Cuando conocí a Vicky, ¡me enamoré de ella! Nos ha visitado en Canadá, y yo he estado en su casa varias veces.

Su familia se convirtió en mi familia, y aún hoy, muchos años después, ahora que Vicky tiene cuatro hijas, seguimos escribiéndonos y a menudo terminamos nuestras conversaciones con un «Te quiero mucho».

Durante aquellos dos viajes a México perdí allí una parte de mi corazón. Como muchos del equipo de alcance, nunca volvería a ser el mismo. Dios estaba a punto de llevarme a otra montaña alta, ¡pero para llegar a ella tendría que atravesar un valle largo y oscuro!

Tras regresar de México en enero de 1990, me involucré con creyentes indígenas de la zona. Varios de sus jóvenes habían llegado a confiar en el Señor y ahora sufrían persecución en la reserva. A una de ellas la “secuestraron” y la llevaron a la casa comunal, donde iba a ser sometida a una ceremonia de iniciación para recibir espíritus demoníacos. Era contra su voluntad, pero la policía canadiense hacía poco por impedirlo, porque cruzar los límites de la reserva era un asunto político muy delicado.

En febrero de 1990, varios indígenas huyeron de la reserva y se escondieron en el sótano de nuestra iglesia. En aquella época yo estaba en contacto constante con políticos tanto federales como provinciales, y me apoyaba mucho en el respaldo de otros pastores.

Los dos que estábamos más directamente implicados en esta situación enfermamos bastante.

Muchos creyentes de todo el noroeste de Estados Unidos y de Canadá me escribían o me llamaban con palabras de ánimo, sabiendo que estaba pasando por un momento difícil, debido quizá, como muchos decían, a una maldición indígena. No estoy seguro de cuál es mi teología respecto a tales maldiciones, aunque sé que muchos creyentes, entre ellos líderes de iglesia, pensaban que ese era el caso.

Desde la primera noche que los indígenas perseguidos pasaron en la iglesia, dejé de dormir. Pedí a amigos pastores que oraran por mí, y una de ellos me dijo que percibía sobre mí un “terrible espíritu de abandono”. Yo no tenía ni idea de lo que quería decir.

En mayo, Anne y yo asistimos a un retiro de una semana para pastores organizado por la Iglesia anglicana. Fue allí donde me dijeron que había estado bajo una maldición, pero que ya estaba rota. El líder añadió: «Falta una parte importante de tus emociones, y tiene que ver con la muerte de tu madre». Una vez más, no entendí lo que quería decir.

En junio, como seguía con insomnio, renuncié a la iglesia. Tenía la mente “embotada”; no podía pensar con claridad para estudiar ni para aconsejar. Me tumbaba en el suelo de mi despacho, clamando al Señor y preguntándole por qué estaba pasando por esta experiencia. Nunca dudé de su presencia, pero no lo sentía. Cada noche tomaba varias pastillas recetadas para ayudarme a relajarme, pero aun así no conseguía dormir. La iglesia rechazó mi renuncia y el superintendente del distrito me pidió que me quedara.

En septiembre, finalmente ingresé en una clínica del sueño de la Universidad de Columbia Británica, en Vancouver. Allí me diagnosticaron un colapso total del mecanismo que desencadena el sueño en la glándula pineal, y me aconsejaron encarecidamente que dejara de trabajar.

El domingo siguiente comuniqué a la iglesia el consejo del especialista y presenté mi renuncia, con efecto inmediato. Comencé lo que mi médico preveía que sería un descanso de dos años del ministerio. Caminaba mucho, leí muchos libros y reflexioné sobre todo lo que había aprendido acerca de mí mismo y del estrés que provoca el insomnio.

El martes siguiente a mi renuncia asistí a un desayuno con algunos amigos pastores. Mientras conversaban sobre mi situación, uno de ellos, nuevo en el grupo, dijo: «Gareth, ¡percibo en ti un terrible espíritu de abandono!». ¡Exactamente la misma expresión que me habían dicho siete meses antes! Al volver a casa, Anne y yo nos sentamos a repasar mi vida. Nos asombró ver las muchas veces en que el niño que llevaba dentro habría sentido el dolor del abandono, y no la menor de ellas cuando murió mi madre y me dejó solo con trece años. No lloré en su muerte; al fin y al cabo, ¡se supone que los chicos no lloran! Sin embargo, había hecho el duelo por dentro, y durante muchos años después.

Esa misma noche tomé un libro para leer. Era una novela sobre las cruzadas del siglo XI. En ella, dos caballeros se enfrentaban cara a cara en la batalla. Pero el caballero cruzado estaba herido, y se había desplomado sobre la silla de montar, con la espada colgándole inútilmente al costado. Su enemigo se acercó para rematarlo, alzando su poderosa espada para matar al cruzado. Iba revestido de una fuerte armadura, y las flechas de los cruzados no habían servido de nada contra él. Pero cuando levantó el brazo, nueve flechas dieron rápidamente en el blanco en su axila desprotegida, y cayó del caballo, herido de muerte. Sentí que el Espíritu de Dios me hablaba: «Gareth, puedes vestirte de toda la armadura de Dios para la batalla de cada día. Pero el enemigo conoce tus puntos débiles y está listo para herirte cuando levantes el brazo contra él.

Tu punto débil, tus heridas, están en el terreno del abandono». Entonces empecé a comprender las tácticas que Satanás había usado para estorbar mi ministerio.

Durante mi enfermedad, a medida que la gente empezó a alejarse de la iglesia, sentía una y otra vez el dolor de un divorcio: el abandono. Vi cómo esto me había afectado incluso antes de que surgiera la situación con los indígenas. Al final, el “dolor” me había provocado el insomnio y me había dejado débil en la batalla.

En aquel valle aprendí muchísimo, y Dios me ha permitido usarlo para aconsejar a muchos que cargan con heridas del alma. En mi otro libro, «La llave en mi mano», cuento algunas de esas historias. Pero Dios nunca nos hace pasar por un valle a menos que quiera llevarnos a la cima de una montaña, y la mía ya asomaba en el horizonte.

Capítulo 22 completado

El corazón quebrantado de Dios

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