Piedras de paso
Mi palabra no volverá vacía

Capítulo 17 · 5 min de lectura

Mi palabra no volverá vacía

Durante las cuatro semanas siguientes di seis clases más a los alumnos de 13.º grado. No había ninguna barrera que me impidiera hablar del Señor y de mi fe. No puedo decir que alguno de los alumnos llegara a la fe salvadora en Él, pero, convencido de que Dios nunca siembra en vano, estoy seguro de que tenía un propósito eterno al concederme semejante privilegio... y al planearlo tantos años antes.

Tengo la convicción de que el Señor volverá pronto, conforme a la promesa que dio a los apóstoles. En ese tiempo habrá gran tribulación y dolor sobre la Tierra; sin embargo, Dios ha dispuesto que 144.000 judíos sean protegidos durante ese tiempo, como testigos suyos, encargados de proclamar su gloria por todo el mundo. Como resultado de su testimonio, muchos creerán, aun hasta la muerte: los santos de la tribulación (Apocalipsis 7 y 14). Creo que algunos de aquellos alumnos bien podrían estar entre los 144.000 y, si no, estarán entre los que reconozcan al Salvador en ese tiempo. Oro para que el rabino S. esté entre ellos.

El trimestre de primavera terminó con el fin de semana del Día de Canadá. Era costumbre que, en ese fin de semana largo, todos los alumnos salieran de “excursión”. Algunos alumnos de 11.º grado se me acercaron y me preguntaron si iría con ellos a la ciudad de Quebec.

Les dije que lo haría con mucho gusto, pero dudaba que me dieran permiso para ir, ya que no conocía bien el Kashrut (las leyes judías sobre las costumbres, la comida y las oraciones). Cuando el Sr. Diamond me repitió la invitación a la mañana siguiente, le expresé los mismos temores. Me encantaría dirigir el viaje, pero, sabiendo cómo a todos los alumnos les gusta aprovecharse de los profesores que no saben, no podía hacerme responsable de hacer cumplir las prácticas propias del judaísmo. Él me aseguró que iría también otro profesor judío para quitarme esa preocupación, así que acepté la invitación, y me alegré mucho cuando más tarde Ari Barchi me preguntó si podía ser mi compañero de asiento.

Salimos de Toronto justo después de la puesta del sol del sábado por la tarde (después del día de reposo) y viajamos toda la noche a través de Ontario hasta entrar en Quebec. Ari y yo íbamos sentados justo detrás del conductor. A medida que el entusiasmo inicial de nuestros 40 alumnos se fue apagando hasta convertirse en un silencio soñoliento, conversamos sobre nuestras distintas creencias. En Montreal paramos a recoger comida kosher para el día siguiente, y por fin llegamos a la hermosa ciudad de Quebec temprano el domingo por la mañana. Yo estaba muy cansado mientras comíamos sentados en un parque, antes de que nos llevaran al hotel Chateau de Frontenac.

Un joven se me acercó y me preguntó: «¿Son ustedes el grupo de Toronto? Seré su guía durante los próximos días».

Le di la bienvenida y le ofrecí un sándwich, diciéndole: «Son sándwiches kosher... muy sabrosos. Seguramente sabe que somos de una escuela judía», y luego añadí, sin pensarlo: «Pero yo no soy judío. Soy un cristiano nacido de nuevo». Puedes imaginarte mi alegría cuando me respondió con entusiasmo que él también era creyente.

Me volví hacia Ari y le dije: «¿Ves qué bueno es el Señor? Él sabe lo cansado que estoy y cuántas preguntas tienes tú, ¡así que ha enviado a otro para que te las conteste!».

Pasamos juntos un fin de semana maravilloso. Jean Mark Deneau, nuestro guía, resultó ser un compañero admirable y todos lo apreciaron. Tuvo un momento especial con los alumnos cuando entramos en la catedral de Notre Dame. Los alumnos guardaban silencio, pero estaban impactados por las estatuas de las estaciones del vía crucis, así que los invitó a sentarse en los primeros bancos mientras él, con la Biblia abierta, les iba explicando paso a paso la Pasión de Jesús.

Era bien pasada la medianoche del martes cuando llegamos a las afueras de Toronto. Íbamos a pasar por delante de mi casa, lo cual me habría ahorrado el trayecto desde la escuela, pero decidí quedarme con Ari y los alumnos por si surgía algún imprevisto. Pronto estuvimos de vuelta en la escuela, donde se guardó todo el equipaje, vinieron a recoger a los alumnos y yo me quedé solo con el autobús y su conductor. Me quedaba otra hora de viaje antes de poder llegar a mi cama, y desde luego no me hacía ninguna ilusión tomar los dos autobuses y los dos trenes de metro que iba a necesitar.

«¿Va usted en mi dirección?», me preguntó Al, nuestro conductor. Tenía que llevar el autobús al centro, lo que me ahorraría la mitad del trayecto. Mientras viajábamos juntos, añadió una asombrosa posdata a nuestro fin de semana.

«He estado escuchándolos a Ari y a usted», me dijo. «¿Sabía que soy mitad judío y mitad católico? Llevo unas semanas buscando la verdad, viendo programas cristianos en la televisión y preguntándome si lo que dicen es verdad. ¿Es realmente cierto que puedo saber que mis pecados están perdonados y que Jesús puede ser mi Salvador personal?»

No podía dar crédito a lo que oía, aunque a estas alturas ya debería haberme acostumbrado a los caminos del Señor. En los diez minutos siguientes lo animé a confiar en la obra del Calvario, y cuando me despedí de él, me aseguró que ya estaba comenzando un nuevo caminar de fe con el Salvador.

Sentado en el tren del metro, alabé a nuestro Señor por su bondad y me alegré mucho de haber obedecido su impulso de no bajarme del autobús demasiado pronto.

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